miércoles, 6 de noviembre de 2013

Ciclo C - TO - Domingo XXXII


10 de noviembre de 2013 - XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C
"Serán hijos de Dios"

Lucas 20,27-38
En aquel tiempo se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la
resurrección de los muertos, y le preguntaron:
- Maestro, Moisés nos dejó escrito: "Si a uno se le muere su hermano,
dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y descendencia a su
hermano". Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin
hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete
murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la
resurrección de los muertos, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los
siete han estado casados con ella.
Jesús les contestó:
- En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados
dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se
casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque
participan de la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés
lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de abrahán,
Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos, porque
para Él todos están vivos.

Comentario
En el evangelio de hoy los saduceos ("que negaban la resurrección")
proponen a Jesús una pregunta insidiosa. Su finalidad parece ser tanto la de
ridiculizar la concepción que los fariseos tenían de la vida del más allá 
como la de poner en dificultad a Jesús y así desacreditar su enseñanza.
Jesús deja de lado los aspectos más o menos grotescos de la pregunta
y va directamente al punto clave: el hombre no termina con la muerte, Dios
es un Dios de vivos, la condición de vida actual es transitoria con respecto
a la vida futura. Citando las palabras del Exodo (3,6), Jesús refuta a los
saduceos en su propio terreno, pues ellos sólo admitían los libros del
Pentateuco, en cuanto solo esos eran considerados escritos por Moisés. No
responde, pues, a la pequeña pregunta suscitada, sino a la gran cuestión de
la resurrección de los muertos dentro de la cual se resuelve también lo que
le han preguntado.
Las palabras de Jesús dejan entrever algunos detalles de la condición
del hombre en la vida futura: "no se casarán", serán "como los ángeles", "no
pueden morir", "serán hijos de Dios". Es difícil establecer nexos de cau-
salidad entre esas proposiciones. De hecho las traducciones muestran grandes
divergencias. La explicación más correcta parece ser el decir que la razón
de todo está en las palabras que siguen al texto: "Dios es un Dios de vivos".
El es el viviente y fuente de toda vida, por eso "los que sean dignos de la
resurrección" serán en plenitud hijos de Dios, no morirán, no se casarán,
serán como los ángeles.
Con su muerte y resurrección Jesús dará la prueba definitiva de la
verdad de sus enseñanzas. Jesús es el primogénito de los que resucitan de
entre los muertos (Col 1,18), el primogénito de una multitud de hermanos (Rm
8,29).

La vida de Nazaret
En Nazaret empezó ya a vivirse la novedad del Reino de los cielos. Una
de sus características más relevantes es la virginidad: "no se casarán".
En el momento del anuncio del nacimiento del Mesías, descubrimos que
María había hecho propósito de permanecer virgen: "no conozco varón" Lc 1,34.
El relativo anacronismo del propósito de la virginidad pone aún más de
relieve la novedad de los tiempos mesiánicos. Poco después esa planta nacería
con fuerza en la Iglesia.
La concepción virginal del Mesías -tan alejada de los mitos paganos del
mismo género- es un signo claro tanto de la trascendencia de Cristo como de
la realidad de la encarnación. Pero muestra también cómo Dios es el único
autor de la vida nueva. La concepción virginal de Jesús es también una nueva
creación. José no es el padre biológico de Jesús, ni se trata tampoco de una
generación en sentido biológico por parte de Dios.
María y José, unidos en matrimonio, vivieron en Nazaret la novedad de
la virginidad, no como una carencia, sino como una sobreabundancia de vida.
Dios, autor de la vida, había intervenido en María en un modo maravilloso.
Ella, la llena de gracia, había sido colmada por la acción y el poder del
Espíritu Santo. Como sucedió con el arca de la alianza cuando "la gloria del
Señor llenó el santuario y Moisés no pudo entrar en la tienda del encuentro
porque la nube se había posado sobre ella y la gloria del Señor llenaba el
santuario" Ex 40,34-45.
El amor de María y José estuvo al servicio de la llegada del Reino de
Dios a la tierra, por eso, aunque casados, son también perfecto modelo de
"quienes se hacen eunucos por el reino de Dios" Mt 19,12, anticipando como
signo lo que será la condición de todos en la otra vida.

Nuestra vida
En un mundo de ideologías inmanentistas y sumido en algunas partes en
la civilización del consumo, el cristiano, todo cristiano, está llamado a dar
testimonio de la vida futura. Su fe proclama que si esta vida tiene un
sentido es en función de un futuro trascendente. Y ese futuro no falla porque
no está garantizado por la afirmación de una teoría o por el esfuerzo de los
hombres, sino por el mismo Dios, que ha resucitado a Jesús.
El testimonio de la vida futura, de la trascendencia, no es negación
de lo que ahora vivimos, ni de las tareas mundanas, al contrario, es darlas
todo su valor. Pero al mismo tiempo la fe en la otra vida relativiza todo
lo presente, afirmando que lo definitivo no es el orden de este mundo.
En esta línea de pensamiento es particularmente significativa la opción
por el celibato hecha por un cierto número de cristianos. Al igual que la
virginidad de María y de José, el celibato por el reino de los cielos en
seguimiento de Cristo, tiene como motivación última, no la negación del amor,
sino el don de Dios y su intervención en la historia personal de un hombre
o de una mujer para hacerle un signo especial de lo que ser  la plenitud del
Reino.
Quien opta por el celibato introduce en su amor dos dimensiones propias
de la otra vida: la inmediatez del amor absoluto a Dios y la universalidad
del amor a los hombres. Naturalmente, estas dimensiones se viven en la
fragilidad de la carne y con todo el lastre de la debilidad humana. Aun así,
la Iglesia reconoce un signo muy valioso de los bienes futuros, de la si-
tuación final de la historia humana cuando ya "ni hombres ni mujeres se
casarán porque ya no pueden morir puesto que serán como los ángeles".

sábado, 2 de noviembre de 2013

Ciclo C - TO - Domingo XXXI


3 de noviembre de 2013 - XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO Ciclo C

"Hoy ha llegado la salvación a esta casa"

Lucas 19,1-10
En aquel tiempo entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre
llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era
Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más
adelante y se subió a una higuera para verlo, porque tenía que pasar por
allí.
Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:
- Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.
Bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos mur-
muraban diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.
Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor:
- Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de
alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.
Jesús le contestó:
- Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de
Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que
estaba perdido.

Comentario
El evangelio de hoy narra el encuentro de Jesús con Zaqueo en la ciudad
de Jericó. Siguiendo un procedimiento empleado en otras ocasiones, el
evangelista presenta el acontecimiento y, sólo al final, las palabras de
Jesús hacen comprender la hondura de lo que ha sucedido.
En el relato queda bien claro que lo importante es la fe en Jesús y el
encuentro con Él. No se dice por qué motivos Zaqueo deseaba ver a Jesús. Lo
cierto es que según la narración evangélica es Jesús quien levanta la vista
y lo ve. Empieza entonces para él un proceso que le llevará a cambiar de
vida.
Jesús pide alojamiento en casa de Zaqueo, pero lo que busca en realidad
no es tanto la casa como la persona de Zaqueo. Otros acogieron a Jesús en su
casa y nunca se abrieron a la fe en Él (Lc 7,36 ss). Zaqueo, en cambio, es
"hijo de Abrahán", es decir, hombre de fe.
Ese es el paso decisivo para que se dé una auténtica conversión, que
lleva a la transformación de la vida. Pero además la conversión, cuando es
auténtica, opera una verdadera revolución social, sin violencia, pero muy
eficaz: el dinero adquirido con el robo pasa de ser instrumento de opresión
a medio concreto de comunión y de solidaridad con los pobres.
En Zaqueo se realizó de modo admirable la palabra del Apocalipsis:
"Estoy a la puerta y llamo; si alguno me abre, entraré y cenaré con él y él
conmigo" Ap 3,20. La casa de Zaqueo, acogiendo a Jesús y dejándose acoger por
Él, se convirtió en un cenáculo abierto también a los pobres. El encuentro
auténtico con Dios abre siempre al encuentro con los hombres.

El Salvador llegó a Nazaret
La salvación llegó a casa de Zaqueo, cuando Jesús entró en ella, porque
aquel había creído. En la casa de Nazaret entró el Salvador cuando María y
José dieron el sí de la fe al maravilloso plan de Dios de salvar a los
hombres mediante la encarnación de su Hijo.
No podemos decir que la salvación del mundo se produjo porque María y
José creyeron, como si Dios estuviera ligado a tal o cual persona para
cumplir su obra, pero de hecho así aconteció porque Él lo quiso.
Ahora bien; María y José no son sólo el canal por donde vino la
salvación al mundo. En ellos aconteció también la salvación cuando recibieron
al Salvador. Su vida, como la de Zaqueo, como la de todos los creyentes,
sufrió una reorientación radical producida por el encuentro con Cristo.
Ellos no tenían bienes materiales adquiridos injustamente para empezar
a repartir. Pero supieron orientar toda su vida al servicio de Jesús y, a
través de Él, al servicio de todos los hombres.
La casa de Nazaret empezó ya a ser casa de salvación mientras Jesús,
María y José vivían en ella. Por eso no es arriesgado presentar a la familia
de Nazaret como imagen viva de la Iglesia que "es en Cristo como un
sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad
de todo el género humano" L.G. 1.
Más  aún, en Nazaret, en la vida santa de Jesús, en María y José la sal-
vación llegó a su realización más plena y perfecta, de modo que la casa de
Nazaret es también, de alguna manera, anticipación de la casa del Padre en
el momento final de la historia, cuando Dios lo sea "todo en todos" ICo
15,28.

Jesús es nuestro Salvador
Viviendo en Nazaret, el encuentro con Jesús es algo habitual, forma
parte de las realidades de cada día. A partir del primer encuentro y de la
llamada a vivir en Nazaret hoy, Jesús entra en casa siempre como Salvador.
El gran peligro del que vive en Nazaret es acostumbrarse a lo mara-
villoso y hacer que lo cotidiano se vuelva rutinario. Como en Nazaret no
brillaron las luces de la pascua, tampoco en el Nazaret de ahora brilla el
fulgor de la resurrección. No se ven aún los resultados últimos de la sal-
vación.
Pero la salvación está allí donde Jesús está, aunque no se vea.
Necesitamos dejar que nuestros encuentros diarios con Jesús nos vayan
transformando progresivamente, abriendo cada vez más nuestro corazón y
nuestras manos hasta que coincidan con el gesto de entrega total por la
redención del mundo.
El evangelio nada dice de la vida de Zaqueo después del primer paso de
su conversión.
A la luz de Nazaret nosotros sabemos que el primer paso de la acep-
tación de Jesús en la vida, tiene que ir seguido de muchos otros que vayan
haciendo penetrar la salvación en todas las dimensiones de la persona hasta
cambiar todo el yo.
De Nazaret tampoco conocemos los pasos intermedios, pero al final nos
encontramos con Jesús portador de la salvación a todos los hombres y
dispuesto a morir por ellos y a María capaz de seguirlo de cerca hasta la
cruz y de colaborar en la edificación de la Iglesia.
Esa es también la meta de los que hoy queremos vivir en Nazaret: dejar
crecer en nosotros la salvación de modo que podamos ser también, con la
gracia de Dios, portadores de salvación a nuestros hermanos los hombres.