martes, 24 de diciembre de 2013

Navidad - 24 de diciembre

24 de diciembre de 2013 – TIEMPO DE NAVIDAD – NATIVIDAD DEL SEÑOR

Misa de la Noche

           "Hoy en la ciudad de David os ha nacido un Salvador"

Isaías 9,1-3. 5-6
   El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban la
tierra de sombras, y una luz les brilló.
   Acreciste la alegría, aumentaste el gozo: se gozan en tu presencia, como
gozan al segar, como se alegran al repartirse el botín.
   Porque la vara del opresor, y el yugo de su carga, el bastón de su
hombro, los quebrantaste como el día de Madián.
   Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado: lleva a hombros el
principado, y es su nombre:
   Maravilla de Consejero, Dios guerrero, Padre perpetuo, Príncipe de la
paz.
   Para dilatar el principado con una paz sin límites, sobre el trono de
David y sobre su reino.
   Para sostenerlo y consolidarlo con la justicia y el derecho, desde ahora
y por siempre. El celo del Señor lo realizará.

Tito 2,11-14
   Ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hom-
bres, enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a
llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la
dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro,
Jesucristo.
   El se entregó por nosotros para rescatarnos de toda impiedad y para
prepararse un pueblo purificado, dedicado a las buenas obras.

Lucas 2,11-14
   En aquellos días salió un decreto del emperador Augusto, ordenando hacer
un censo en el mundo entero.
   Este fue el primer censo que se hizo siendo Cirino gobernador de Siria.
Y todos iban a inscribirse, cada cual a su ciudad.
   También José, que era de la casa y familia de David, subió desde la
ciudad de Nazaret en Galilea a la ciudad de David, que se llama Belén, para
inscribirse con su esposa María, que estaba encinta. Y mientras estaban allí
le llegó el tiempo del parto y dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió
en pañales y lo acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada.
   En aquella región había unos pastores que pasaban la noche al aire libre,
velando por turno su rebaño.
   Y un Ángel del Señor se les presentó: la gloria del Señor los envolvió de
claridad y se llenaron de gran temor.
   El  Ángel les dijo:
   -No temáis, os traigo una buena noticia, la gran alegría para todo el
pueblo: hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el mesías, el
Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y
acostado en un pesebre.
   De pronto, en torno al Ángel, apareció una legión del ejército celestial,
que alababa a Dios, diciendo:
   -Gloria a Dios en el cielo, y en la tierra paz a los hombres que Dios
ama.

Comentario
   El relato del nacimiento de Jesús que nos ofrece el evangelio de Lucas en
el corazón de esta noche santa o noche buena, nos da las coordenadas de
tiempo y de lugar para situar el hecho y para interpretar su alcance. El
evangelista lo hace no sólo en términos generales y solemnes, como conviene
al caso, (emperador reinante, regiones y comarcas del imperio), sino que nos
da también una serie de detalles concretos que convierten el acontecimiento
en algo cercano y familiar.
   Fijémonos en primer lugar en los aspectos que tratan de subrayar la
magnitud de este acontecimiento singular. El texto de Lucas alude en primer
lugar al emperador Augusto y al "censo de todo el mundo". El mismo
evangelista ofrece otras referencias para situar la historia de Jesús. El
censo de todo el mundo y el hecho de que "todos iban a inscribirse" abre el
nacimiento del niño de Belén a unas perspectivas universales insospechadas.
Esa tendencia a amplificar el hecho se refuerza después en el anuncio del
Ángel a los pastores. La alegría que anuncia no es sólo para ellos, sino
"para todo el pueblo". Además el anuncio es presentado como "buena noticia"
(=evangelio), destinada por tanto a propagarse y a comunicarse.
   Dentro de esa perspectiva universalista, no sólo en cuanto al espacio
sino también al tiempo, la liturgia destaca justamente el "hoy" de la cele-
bración. Desde ese "hoy" litúrgico y actual pretende llevarnos a aquel otro
en el que se cumplió nuestra salvación. La palabra "hoy" es el centro del
anuncio del Ángel a los pastores y es igualmente el centro del mensaje que
la Iglesia quiere transmitir permanentemente a los hombres: hoy ha nacido el
Salvador.
   A dar ese sentido de plenitud y cumplimiento que tiene el "hoy" de la
liturgia contribuye también el texto de Isaías que se proclama en la 1ª.
lectura. En él se anuncia la época mesiánica como un paso de las tinieblas
a la luz, de la tristeza a la alegría, a esa alegría plena del momento de las
cosechas o de la liberación de una opresión milenaria. Pero todo ello se da
como algo ya realizado ("una luz les brilló"). El niño que ha nacido es el
príncipe de la paz. Pero al mismo tiempo es algo que se cumplirá en el
futuro: "El celo del Señor lo realizará".
   Ese mismo sentido podemos ver en la 2ª. lectura, cuando el apóstol habla
de la aparición de la gracia de Dios realizada en Cristo. Su venida y su
entrega tienen como finalidad el "prepararse un pueblo purificado", lo que
supone una tarea permanente.
   La lectura de la Palabra nos lleva así a vivir ese "hoy" de la salvación
ya cumplida en Cristo que se hace actual en nuestra historia. Somos invitados
a participar personalmente con María y José‚ con los pastores y con todos los
creyentes en ese maravilloso intercambio en el que Dios presenta y ofrece al
hombre su misma vida y el hombre es llamado a dejarse desarmar y entrar en
esa nueva luz que lo salva.
   En eso consiste la "gloria de Dios" que los Ángeles cantan y que tiene su
eco correspondiente en la "paz" de los hombres en la tierra. La manifestación
de Dios y la salvación del hombre son dos aspectos de la misma realidad.

Los signos concretos
   La narración del nacimiento de Jesús se mueve en el evangelio de Lucas a
través de signos muy concretos y muy sencillos que pretenden guiar al lector
a encontrar, también él, como los personajes del relato, al Mesías.
   El signo central, que da sentido a todos los otros, es el "niño": "encon-
traréis un niño". Este niño es presentado en primer lugar como "primogénito".
Es un término de amplio significado en el Nuevo Testamento porque refiere a
Jesús la herencia mesiánica de la casa de David. Además el recién nacido es
designado con tres títulos de gran relieve: Salvador, título ya incluido en
su nombre, el Mesías o Cristo que recoge la profecía sobre la ciudad de David
como lugar de su nacimiento, y, sobre todo, el Señor, aplicando de forma
directa al niño la designación que servirá a los creyentes para hablar de su
condición divina.
   Todo esto dice a quien se acerca al texto evangélico que el "niño" de
quien se habla esconde, tras su apariencia sencilla, un misterio profundo.
Por otra parte hay un gran contraste entre esa "grandeza" y "universalidad",
a la que aludíamos antes, y los signos concretos que se ofrecen para recono-
cer la identidad del niño. Ese contraste estimula también hoy al lector a dar
el mismo paso que los destinatarios del primer anuncio.
   Los signos concretos situados entorno al niño son, en primer lugar, su
condición de impotencia y debilidad; vienen luego los "pañales" que lo
envuelven, pero también que limitan sus movimientos y su libertad. Ese último
aspecto ha llevado a algunos a establecer un paralelismo entre este pasaje
y el de la sepultura de Jesús (Lc 23,53). Está también el detalle del
"pesebre" que puede subrayar el alejamiento del ambiente humano normal en el
que se produjo el nacimiento del niño.
   Por tres veces el texto evangélico recalca esos detalles ("niño", "paña-
les", "pesebre"): en la narración directa del hecho, en el anuncio del Ángel
a los pastores y en la constatación que éstos efectúan. Queda así bien subra-
yada la pobreza de los signos para revelar el altísimo misterio.
   Esos signos concretos ofrecidos a los pastores, pero también a María y a
José (y a nosotros), nos invitan a dar el paso de la fe reconociendo en el
niño recién nacido al Salvador. Y ese paso de la fe es el mismo que María y
José continuaron en Nazaret durante muchos años. Con el tiempo irán cambiando
los signos concretos según las condiciones de vida, pero siempre permanecerán
en el ámbito de la pobreza, de la humildad, de la sencillez. Es como una
invitación constante a mantenerse fieles a ese contraste infinito entre lo
que se ve y lo que se esconde, contraste por donde se mueve la fe.

   En silencio y llenos de amor
   queremos también nosotros
   llegarnos hasta el pesebre
   y contemplar la Palabra hecha carne.
   Te adoramos, Señor Jesús,
   en la elocuencia y humildad
   de tu primer gesto de encuentro con los hombres.
   Ilumina con tu luz
   las zonas de sombra de nuestra vida,
   esas partes aún no evangelizadas de nosotros mismos
   y del mundo en que vivimos,
   para que encontremos la verdadera paz
   y Dios sea glorificado.

Jesús, María y José
   La fiesta de Navidad nos invita a captar en profundidad el misterio de la
sencillez de los signos. Más que escudriñar los detalles de la narración,
ser  bueno fijarnos con mirada contemplativa en los gestos de María y de José‚
para aprender esas actitudes cristianas que nos llevan a acoger en nuestra
vida la salvación traída por Cristo.
   Fijémonos en María. La sublimidad de su gesto se esconde en las acciones
simples, transparentes, puras que menciona el evangelio: dio a luz a su hijo
primogénito, lo envolvió en pañales y lo acostó en un pesebre... Es el primer
gesto de donación y presentación de Jesús. María ha acogido el Verbo en su
carne y lo ha entregado al mundo. Ningún gesto de posesión, ninguna sombra
de protagonismo ha ensombrecido la gloria de Dios en su entrega al hombre.
Nada hay más personal que engendrar y dar a luz y nada más desprendido que
entregar al recién nacido y permitirle que cumpla su misión.
   La solución inmediata de colocar al niño en el pesebre por no tener sitio
en la posada, sin duda compartida por María y José‚ traduce esa sencillez tan
humana de saberse contentar con lo que se tiene, de saber acomodarse a las
circunstancias como se presentan. Ninguna vanidad herida hubo en ese momento
porque ninguno de los dos pretendía una dignidad que fuera reflejo de la
grandeza del momento que vivían.
   José estaba también allí. Sin duda con la preocupación y premura, con la
responsabilidad y atención que requería un momento tan delicado y en tales
circunstancias. De él no se dice apenas nada, ¿qué importa? Su silencio su
"ausencia" del relato, deja ver con mayor claridad el signo central que es
el niño. También de él tenemos que aprender a desaparecer para que el
Salvador, el Señor, pueda manifestarse.
   Sin embargo, cuando los pastores llegan para comprobar el mensaje del
Ángel encuentran a María y a José junto con el niño. Se diría que las figuras
de María y de José sólo cobran importancia cuando se ha descubierto quién es

el recién nacido.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Ciclo A - Adviento - domingo IV

22 de diciembre de 2013 - IV DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo A

                            "Dios-con-nosotros"

Isaías 7,10-14  
   En aquellos días, dijo el Señor a Acaz:
   -Pide una señal al Señor tu Dios en lo hondo del abismo o en lo alto del
cielo.
   Respondió Acaz:
   -No la pido, no quiero tentar al Señor.
   Entonces dijo Dios:
   -Escucha, casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres sino que
cansáis incluso a Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal.
   Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre
Emmanuel (que significa: "Dios-con-nosotros").

Romanos 1,1-7
   Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para
anunciar el Evangelio de Dios.
   Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras Santas,
se refiere a su Hijo, nacido, según lo humano, de la estirpe de David; cons-
tituido, según el Espíritu, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección
de la muerte: Jesucristo nuestro Señor.
   Por Él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los
gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis
también vosotros, llamados por Cristo Jesús.
   A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de su
pueblo santo, os deseo la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor
Jesucristo.

Mateo 1,18-24
   El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera:
   La madre de Jesús estaba desposada con José‚ y antes de vivir juntos
resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo.
   José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repu-
diarla en secreto. Pero apenas había tomado esta resolución se le apareció
en sueños un Ángel del Señor, que le dijo:
   -"José‚ hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer,
porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un
hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los
pecados".
   Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por
el profeta:
   Mirad: la virgen concebir  y dar  a la luz un hijo, y le pondrá por
nombre Enmanuel (que significa: "Dios-con-nosotros").
   Cuando José‚ se despertó hizo lo que le había mandado el  Ángel del Señor
y se llevó a casa a su mujer.

Comentario
   En la narración que el evangelista Mateo nos ofrece de los episodios de
la infancia de Jesús, el acontecimiento que hoy presenta la liturgia tiene
la función de establecer la conexión del Mesías con el rey David, portador
de las promesas de Dios.
   La cadena genealógica (Mt 1,1-16), rota en el último eslabón (José‚ no
engendra a Jesús), queda de algún modo restablecida por la intervención de
Dios al reafirmar la unión matrimonial entre María y José: "José‚ hijo de
David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que
hay en ella viene del Espíritu Santo" (1,20).
   Si nos fijamos en el contenido del relato, el peso mayor del texto
evangélico está en la acción de Dios, quien mediante su Espíritu ha realizado
algo que está fuera del alcance de la comprensión humana: la encarnación del
Verbo. Lo que viene después son explicaciones para ayudar a asumir de manera
activa y responsable cuanto Él, en su infinita sabiduría, entiende realizar
para salvar al hombre.
   De esta forma se cumplen también, y Mateo lo subraya de forma especial,
las palabras de los profetas referentes al Mesías. El signo no pedido por
Ezequías, pero aun así ofrecido por Dios, aparece realizado en la plenitud
de los tiempos de forma misteriosa: Jesús, nacido de la estirpe de David,
según lo humano es verdaderamente el Emmanuel, el "Dios-con-nosotros".
   Ya desde el comienzo, se nos revela el dato esencial acerca de la
personalidad de Jesús: aun compartiendo en todo nuestra condición humana, su
origen mismo da entender su naturaleza divina. La sorpresa producida por la
anticipación de Dios a toda intervención humana revela su poder creador y la
libertad y amor de su iniciativa. "El se ha fijado en la humildad de su
esclava", dirá  María (Lc 1,48).
   La virginidad de María y de José son así el lugar donde se manifiesta la
intervención libre y gratuita de Dios en la historia de los hombres en el
momento de su máxima cercanía. Queda así claro el protagonismo divino en la
obra de la salvación. Este aspecto es subrayado por el significado del nombre
que José‚ deberá imponer a la criatura que se está formando en el seno de
María. "Tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los
pecados" (1,21).

El drama de María y de José
   Como en muchos otros momentos de la historia de la salvación, el designio
amoroso de Dios se manifiesta y se realiza a través de las circunstancias
humanas, a veces a través de situaciones dramáticas para las personas. Es lo
que sucede en este caso con María y José.
   Los escasos datos que ofrece el evangelista son suficientes para dejar
adivinar el drama que se produjo en la joven familia, en formación, de Naza-
ret después del anuncio del  Ángel a María. ¿Fue ella quien comunicó a José
la noticia, la buena noticia? Así cabe suponer. Al primer momento de
agradecimiento y admiración por lo que Dios había hecho en la que iba a ser
su esposa, siguen los días de angustia y desconcierto para José: Pero sin
duda también para María a cuya mirada no podía escapar la situación de su
prometido.
   José sufre, pero su dolor no viene de que, ni siquiera por un instante,
se haya asomado a su espíritu la menor duda acerca de la conducta de María.
Toda su preocupación viene de saber cuál es el papel que él puede desempeñar
en los planes de Dios, cuando Éste parece haber tomado la iniciativa y actuar
por su cuenta desbordando las previsiones humanas.
   El mismo "temor" que tantos otros habían experimentado ante una
manifestación portentosa de Dios (recordemos a Moisés, Elías, etc), lo siente
ahora José. Igual le había sucedido a María. Para ella la pregunta, cuando
se le anunció su futura maternidad, era: Entonces, ¿qué va a ser de mi
virginidad? Las palabras del Ángel le dieron la respuesta. Para José la
pregunta ante la gravidez de María era: Entonces, ¿qué va a suceder con
nuestro matrimonio?
   En esa situación una alternativa le atormentaba: o quedarse con María,
usurpando, por así decirlo, el título de "padre", o retirarse, tomando todas
las precauciones para perjudicar lo menos posible a la que estaba a punto de
ser definitivamente su mujer. En esta segunda opción, por la que José se
inclina según el evangelista, el matrimonio se deshace, la perspectiva de la
fundación de una familia queda desvanecida...
   El mensaje del cielo responde punto por punto a todas las preguntas que
angustiaban a José en ese momento difícil:
   "No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer". Dios quiere, pues ese
matrimonio. La familia constituida por María, José‚ y la criatura que nacerá 
está también en sus planes.
   "La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo". Esto confirma y
esclarece plenamente el sentido de la maternidad de María y de su propia
paternidad.
   "Tú le pondrás por nombre Jesús". Será, pues, él quien tendrá que asumir
todas las funciones de padre de Jesús, comenzando por la de darle un nombre
que ya define su misión.
   Con estas palabras, los nubarrones de la angustia se rasgan y aparece el
cielo sereno. Se ve clara la luz que alumbra el camino y que permite acoger
sin reservas el plan de Dios.

   Te bendecimos, Padre, por tu inmenso amor.
   Te bendecimos por el don de Jesús, hecho hombre.
   Te bendecimos por la acción del Espíritu Santo
   que lleva a cabo, en silencio,
   las grandes obras que nadie puede comprender.
   Gracias también por la fe sincera,
   por la gran humildad,
   por el amor recíproco de María y José,
   que tú pusiste a prueba
   y confirmaste de modo tan claro y tan fuerte.
   Danos hoy su fe para que sepamos acoger
   en Jesús, el Salvador,
   tu designio de amor sobre los hombres.

Vivir el adviento  
   En la última fase del tiempo de adviento, la Iglesia nos guía en su
liturgia hacia una actitud m s contemplativa. Se trata de interiorizar el
sentido de los acontecimientos y de descubrir en su pluralidad y variedad de
significados, el único verdadero acontecimiento: la visita que Dios hace al
hombre.
   El drama de María y de José recogido en el evangelio de hoy no deja lugar
a dudas: Dios traza su historia entre los hechos que nosotros vivimos. Pero
además lo hace de una manera nueva y desconcertante para los hombres. No es
previsible su modo de actuar. Por eso, entonces como ahora, pide una actitud
radical de apertura y de confianza en Él.
   La actitud de alerta, de atención, de vigilancia que se nos pedía al
comienzo del adviento, viendo al "justo" José y a su esposa María, que juntos
se dejan conducir por la mano de Dios, cobra mayor cuerpo y realismo. No se
nos pide una espera indefinida, que remite todo a un futuro borroso e
indeterminado. Dios es el Emmanuel, es el Dios-con-nosotros, que no se ha
resignado, por así decirlo, a vivir en su soledad, sino que ha querido
compartir el destino del hombre y se ha introducido para siempre en su
historia de modo que nada de lo que en ella acontece le es ajeno.
   La disponibilidad de María y de José para acogerlo en el modo en que Él
quería manifestarse en el momento supremo, es la clave para saber acoger
todas las otras manifestaciones de su acción salvadora en el mundo. Sólo
donde se encuentran corazones generosos, capaces de dejar los propios planes,
para acogerse recíprocamente y hacer posible la salvación del hombre, que se
realiza en Cristo, es posible que vaya adelante el plan de Dios.
   Hoy se nos llama a esa "virginidad" de la mente y del corazón para estar

totalmente disponibles a la acción de Dios en nuestras vidas.

sábado, 14 de diciembre de 2013

Ciclo A - Adviento - Domingo III

15 de diciembre de 2013 - III DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo A

                      "¿Eres tú el que ha de venir?"

Isaías 35,1-6a. 10
   El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la
estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría.
   Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarón.
   Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced
las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes
de corazón: Sed fuertes y no temáis.
   Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá 
y os salvará.
   Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará 
como ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará y volverán los rescatados del
Señor.
   Volverán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos,
gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

Santiago 5,7-10
   Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor.
   El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras
recibe la lluvia temprana y tardía.
   Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del
Señor está cerca.
   No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser condenados. Mirad que
el juez está ya a la puerta.
   Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los
profetas, que hablaron en nombre del Señor.

Mateo 11,2-11  
   Juan, que había oído en la cárcel las obras de Cristo, le mandó a
preguntar por medio de dos de sus discípulos:
   -¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?
   Jesús les respondió:
   -Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los
inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos
resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que
no se siente defraudado por mí!
   Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan:
   -¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el
viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con
lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis, a ver un profeta?
   Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito:
   "Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti".
   Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista,
aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él.

Comentario
   Como el domingo pasado, el mensaje de la Palabra de Dios se cifra hoy en
la relación entre Juan Bautista y Jesús. La liturgia nos invita a dar un paso
más en la reflexión, yendo desde los dos estilos de vida y de mensaje hacia
la identidad de las personas.
   De todos los momentos en los que se habla de Juan Bautista en el
evangelio (infancia, predicación inicial, bautismo de Jesús, encarcelamiento
y muerte) el pasaje que leemos hoy tiene un significado particular para
descubrir su identidad y, de rechazo, la del Mesías.
   Por lo que dice el evangelio, podemos suponer que Juan se encuentra en un
momento de crisis; no sólo porque está en la cárcel, sino sobre todo por la
duda que se asoma a su conciencia. Su misión y su vida entera tienen sentido
en función de la aparición inmediata del Mesías. Si esto no acontece, todo
se hunde en el vacío. Pero Juan, en cuanto hombre de gran fe, en cuanto
profeta, no se deja aprisionar interiormente por la situación en que vive,
ni por la desesperanza a la que podría llevarle la duda que empieza a nacer
del contraste entre lo que él anunciaba y lo que oye decir. Por eso pregunta,
y lo hace de una manera explícita y perentoria: "¿Eres tú el que ha de venir
o tenemos que esperar a otro?".
   La respuesta de Jesús comporta la revelación de su propia identidad, y en
segundo término también de la de Juan Bautista.
   En la pregunta y en la respuesta hay una profunda enseñanza para toda
búsqueda que se realiza desde la fe. A Jesús se le reconoce como Mesías por
las obras que realiza. Pero se trata no de una mera constatación del valor
benéfico de éstas, sino de saber interpretarlas como cumplimiento de las
promesas formuladas en la Escritura para el momento de la aparición del
Mesías. Es ese paso de fe, que confirma la esperanza, el que Jesús con su
respuesta ayuda a dar a Juan (y con él a nosotros).
   Quizá la duda de Juan había nacido de la falta de correspondencia entre
las obras que él había anunciado como propias del Mesías y lo que ahora oía
contar desde la cárcel acerca de Jesús, o bien de la dilación en la llegada
del Reino de Dios como él lo entendía. Lo cierto es que necesitaba una ayuda
para seguir creyendo.
   El camino elegido por Dios para salvar al hombre desconcierta, si no se
asume en la fe. Esa fe que hoy, como en los tiempos de Juan, debe revestirse
de paciencia (2ª. lectura) porque, a pesar de todas las apariencias, "la
venida del Señor está cerca". Desde la fe en Cristo, la bella descripción de
la situación que se producirá cuando Dios se manifieste, confirma la
realización de las promesas y nos remite hacia su cumplimiento total en la
plenitud del Reino (1ª. lectura).

"La criatura dio un salto"  
   La pregunta de Juan desde la oscuridad de la cárcel nos lleva a pensar en
el primer encuentro que tuvo con Jesús, cuando ambos vivían en el seno de sus
madres. Ya desde esos momentos iniciales el evangelio perfila lo que más
tarde se iría manifestando: la misión de Juan está en función de la venida
de Jesús, y con su testimonio ayuda a descubrir quién era realmente el
Mesías.
   Recordemos brevemente la escena descrita por Lucas (1,39-42). María
(algunos autores avanzan la hipótesis poco probable de que fuera acompañada
por José) entra en la casa de Zacarías y saluda a Isabel, su prima, ya
entrada en años y encinta. "En cuanto oyó Isabel el saludo de María, la
criatura dio un salto en su vientre" (1,41). Más adelante la misma Isabel
explica que se trata de un salto "de alegría" (1,44). El término "saltar"
empleado por Lucas es sorprendente. No se refiere a un movimiento cualquiera,
sino a un saltar ritmado, a un paso de danza provocado por la alegría. Los
exégetas lo ponen en relación con la danza de David ante el arca, lugar de
la presencia del Señor (2Sam 6). Y esa alegría de Juan en el seno de su madre
tiene una causa: el Ángel Gabriel se lo había anunciado a Zacarías en estos
términos, "Se llenará de Espíritu Santo ya en el seno de su madre" (Lc 1,15).
Ciertamente se puede observar que en la escena de la visitación no se afirma
explícitamente que Juan fuera lleno del Espíritu Santo, sino su madre. Quizá 
porque el evangelista considera que la madre y el niño (aún en el seno)
forman un solo ser viviente o porque es Isabel la que habla.
   Desde la oscuridad de la cárcel, donde el evangelio nos presenta hoy a
Juan, es bueno recordar esa escena de gozo que anuncia la vocación del
profeta ya en sus comienzos. El es el amigo del esposo, que se alegra mucho
al oír su voz, y su alegría llega al colmo cuando el Mesías crece (Jn 3,30).
   Y, sin embargo, Juan necesita que Jesús le anuncie la buena nueva, le
ayude a dar el paso de la antigua a la nueva alianza para aceptarla como Dios
la ha previsto. En realidad, como Jesús explica en los versículos que siguen
al texto que se lee hoy, hay una ruptura fundamental: "La ley y todos los
profetas han profetizado hasta Juan... Desde que apareció Juan hasta ahora
se usa violencia contra el Reino de Dios" (Mt 11,14.12).
   Todos necesitamos ponernos a la escucha de Jesús para aceptarlo mediante
la fe como el Mesías enviado por Dios, para descubrir que el camino de la
salvación por Él elegido, responde al plan de Dios, y no violenta ni a las
personas ni los tiempos establecidos.
   El camino de la fe pasa por los momentos exaltantes de la alegría, pero
se aquilata cuando, desde la oscuridad se acepta, con la ingenuidad de un
niño, el paso hacia lo que Dios ha dispuesto. Así se es grande en el Reino.

  
   Señor Jesús, tu modo de obrar
   nos revela quién eres,
   y tu manera de ser
   nos dice quién es Dios.
   Te bendecimos Jesús, Hijo de Dios,
   porque también hoy quieres,
   mediante la acción de tu Espíritu,
   que seamos nosotros
   una presencia de salvación
   entre la gente con la que vivimos.
   Tú eres verdaderamente el que debe venir,
   eres t£ el que nosotros necesitamos,
   el que colma y supera
   todas nuestras esperanzas
   y el que nos enseña con su obrar
   como construir ya ahora el Reino que esperamos.

Alegría y humildad
   Después de dar el paso de la fe para reconocer en Jesús al enviado de
Dios que cumple todas sus promesas, la Palabra de Dios nos invita a asumir
en nuestra vida y a realizar lo que podríamos llamar la praxis mesiánica, es
decir, ese modo de obrar, a la vez cercano al hombre y trascendente, delicado
y firme, que vemos en Jesús. "El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan
a los hambrientos..." (Sal 145). Ese es el único modo de trabajar con
eficacia en la construcción del Reino de Dios, que se anuncia al proclamar
la buena nueva.
   Para asumir ese talante, ese estilo de vida, hemos destacado dos actitu-
des cristianas muy cercanas entre sí: la humildad y la alegría. Se desprenden
fácilmente de la figura de Juan, vista en su relación con Jesús en los
diversos momentos de su vida, y son un ingrediente necesario del modo de
actuar para los que siguen a Jesús.
   Ese gozo ante la salvación operada por Dios en la historia de manera
definitiva con la venida de Cristo, no debe abandonar nunca al cristiano, ni
siquiera en los momentos de duda o confusión, cuando parece que nada se
mueve, cuando los tiempos son mucho m s largos de lo que se había previsto.
   Y luego está la humildad. ¡Cuánto la necesitamos! En primer lugar para
saber preguntar como Juan. No es fácil a veces reconocer el propio estado de
confusión, de ignorancia, de duda... y saber ir a preguntar a quien nos puede
iluminar, confortar, animar. Humildad también para aceptar en nuestra vida
y en la de los demás que en último término la grandeza en el Reino no se
establece por la importancia de la función que uno desempeña en la Iglesia

o en la sociedad, ni por la belleza del mensaje del Mesías.