sábado, 19 de julio de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XVI

20 de julio de 2014 - XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

"Les hablaré en parábolas"

-Sab 12,13. 16-19
-Sal 86
-Rom 8,26-27

Mateo 13,24-43
   Jesús propuso esta parábola a la gente:
   -El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en
su campo; pero, mientras la gente dormía un enemigo fue y sembró cizaña en
medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la
espiga, apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al
amo:
   -¿Señor, no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la
cizaña?
   Él les dijo:
   -Un enemigo lo ha hecho.
   Los criados le preguntaron:
   -¿Quieres que vayamos a arrancarla?
   Pero Él les respondió:
   -No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta
la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la
cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi
granero.
   Les propuso esta otra parábola:
   -El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra
en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más
alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y
vienen los pájaros a anidar en sus ramas.
   Les dijo otra parábola:
   -El Reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con
tres medidas de harina, y basta para que todo fermente. Jesús expuso todo
esto a la gente en parábolas, y sin parábolas no les exponía nada. Así se
cumplió el oráculo del profeta: "Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré
lo secreto desde la fundación del mundo". Luego dejó a la gente y se fue a
casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:
   -Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.
   Él les contestó:
   -El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el
mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los
partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha
es el fin del tiempo, y los segadores los Ángeles. Lo mismo que se arranca
la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará
a sus Ángeles y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y
los arrojarán en el horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de
dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.
El que tenga oídos, que oiga.

Comentario
   La liturgia de la palabra se abre en este domingo con una reflexión sobre
la paciencia de Dios. El Libro de la Sabiduría, repasando los principales
acontecimientos de la historia de Israel, descubre que Dios ha actuado
siempre con moderación. En el caso concreto de que se ocupa el texto, cuando
los israelitas entraron en la tierra prometida, Dios no exterminó a todos los
pueblos que la poblaban, sino que les ofreció la posibilidad de convertirse.
Este modo de proceder de Dios fue siempre para el pueblo elegido un motivo
de reflexión, cuando no de escándalo.
   Ese preludio veterotestamentario introduce de lleno en el tema central de
la parábola evangélica del trigo y la cizaña, que examinamos a continuación.
   El punto clave de la parábola está en el contraste de pareceres entre el
amo del campo y sus siervos. Estos pretenden poner un remedio inmediato a la
situación desastrosa en que se encuentra el campo por causa de la
intervención del enemigo. El dueño por su parte impone una solución tolerante
que respeta el crecimiento de cada planta y remite al futuro la sentencia
definitiva. En ese modo de actuar se distinguen perfectamente dos tiempos:
el de la paciencia y respeto y el del juicio inapelable. El primero refleja
la situación actual, el segundo se dar  al fin del mundo. Entre ambos tiempos
se juega el crecimiento del Reino de Dios en este mundo.
   La parábola ilumina así, ante todo, la misión de Jesús y su condición
mesiánica. En contraste con las expectativas de muchos, entre los que se
puede contar incluso Juan Bautista, que esperaban un Mesías juez escatológico
para que pronunciara el juicio definitivo de Dios sobre la historia, Jesús
asume una actitud muy diferente. Anuncia la buena nueva y constata cómo,
ofreciendo la salvación de Dios a los pecadores y teniendo paciencia con
ellos, se van abriendo a la misericordia, se convierten y cambian de vida.
No es, pues, el caso de precipitarlo todo pretendiendo abreviar el tiempo de
la misericordia de Dios. Además ello daría una falsa imagen del mismo, que
es justo sí y castiga las faltas hasta la cuarta generación, pero es sobre
todo clemente y misericordioso y tiene paciencia hasta mil generaciones.
"Lento a la ira y lleno de amor" (Salmo).
   La interpretación de la parábola que, según el evangelista, Jesús ofrece
a sus discípulos, de forma privada ya en casa, quizá sea, como en el caso de
la del sembrador, más bien la aplicación que habitualmente hacía de la misma,
la primera comunidad cristiana. Sea como fuere, se nota un desplazamiento del
acento desde la comprensión de la misión mesiánica de Jesús hacia el destino
final que espera a buenos y malos en el juicio de Dios. Desde esa posición
la llamada a la conversión en el tiempo de la Iglesia se hacía más
apremiante.

La semilla y la levadura
   La mirada nazarena al texto evangélico nos hace hoy considerar con mayor
atención las dos pequeñas parábolas que siguen a la de la cizaña. También
ellas revelan una dimensión importante del Reino de Dios.
   Estas dos parábolas pretenden también corregir la falsa idea de que el
Reino de Dios tiene que instaurarse entre los hombres con gran potencia
externa o de manera precipitada. De rechazo esa concepciones falsean la
imagen del Mesías que anuncia ese Reino y el significado de su obra.
   La clave de interpretación de ambas parábolas se cifra en el contraste
pequeño-grande. Pequeño es el grano de mostaza, "la más pequeña de todas las
semillas", y poca es la levadura que usa la mujer para hacer el pan. Grande
es el árbol capaz de cobijar a muchos pájaros y grande es la masa fermentada
en comparación con la cantidad de levadura.
   Ambas parábolas reflejan de modo admirable el maravilloso modo de actuar
de Dios que lleva a cabo su plan con medios aparentemente desproporcionados
a su fin. Es lo que María canta en el Magníficat ya en los albores de la
salvación traída por Cristo.
   Estas parábolas nos hablan también, en la concisión de la imagen, de la
experiencia humana de Jesús. Él veía cómo en su persona, a pesar de los
orígenes humildes (y aquí podemos incluir todo el período de su vida
escondida en Nazaret) iba tomando cuerpo una realidad maravillosa. Hasta el
anuncio de la buena nueva poco se veía, pero él sabía y notaba que aquello
podía tomar proporciones insospechadas. Bastaba dejarlo crecer...
   Él había visto cómo el anuncio de la buena nueva salvadora parecía ser
cosa de poco, pero puesta en un corazón que la acoge con buena voluntad, es
capaz de transformar la vida entera. Lo había visto en los discípulos que lo
seguían, en los pecadores que se convertían, en la gente que aceptaba su
Palabra... No se trataba, pues, de impacientarse y arrebatar la cosecha. Él
había sabido esperar mucho tiempo hasta empezar a sembrar el anuncio del
Reino, tenía que saber esperar ahora a que la semilla germine, crezca, madure
y dé fruto. Esa esperanza no podía dejar lugar a que la desilusión hiciera
mella en su corazón, sino más bien impulsarlo a darlo todo, incluso la propia
vida, para que la obra de Dios que había comenzado, llegara a cumplirse del
todo.
   La parábola de la levadura, que pone de relieve el dinamismo del Reino de
Dios en la oscuridad y el silencio, cuando aún no se ve ningún resultado,
valoriza de forma significativa el silencio de Nazaret y todos los momentos
de la vida de Jesús, incluido el silencio de los tres días en la tumba, en
los que parece que nada acontece y, sin embargo, todo está fermentando.

   Padre bueno, que nos sorprendes siempre
   con tu sabiduría infinita,
   te bendecimos con el Espíritu Santo,
   que gime en nosotros
   y nos asegura que somos tus hijos.
   Te bendecimos por Jesús,
   que ha elegido el camino de la humildad,
   de la paciencia y del silencio
   para anunciar con su vida y con su palabra
   tu infinita paciencia con todos.
   Danos un corazón abierto
   que deje crecer la semilla
   y espere sin cansarse
   el momento dispuesto por ti
   para que se manifieste tu obra.

 Paciencia
   El Reino de Dios, su acción salvadora no es una doctrina abstracta, es
una realidad que está creciendo constantemente en el mundo, aunque a veces
no sepamos verlo. La Palabra de Dios nos invita hoy a convertirnos a esa
actitud paciente del dueño del campo que refleja la de Dios mismo.
   Esto no significa renunciar a ver el mal. El maligno est  también
trabajando en el mundo y siembra su cizaña siempre que puede. La invitación
a la paciencia no significa cerrar los ojos ante las situaciones concretas
que deben ser mejoradas, ni a resignarse ante el mal como si no supiéramos
que al final la cizaña será quemada. El dueño del campo sabe que no todo es
trigo limpio, pero quiere que sus siervos no se precipiten, sino que asuman
la totalidad del plan que Él tiene. El conocimiento de la totalidad de ese
plan es lo que les debe infundir serenidad y paciencia.
   Ese abandono a la forma de proceder de Dios, pide al discípulo de Jesús
una fuerza interior capaz de imponerse a los juicios precipitados sobre las
situaciones y personas, a ejercitar constantemente el discernimiento para no
dejarse engañar por las apariencias y algunas veces a tener la valentía de
callar, aun sabiendo a donde van a parar ciertos modos de proceder.
   Existe siempre, sin embargo la tentación de precipitarse y de ser
impacientes. Se manifiesta en el deseo de imponer el bien y la verdad a toda
costa. Tal actitud puede llegar a ser opresora e intolerante, llegando a
provocar el rechazo del evangelio y de los mismos valores del Reino en vez
de suscitar la adhesión convencida de las personas.
   Una llamada especial hace el evangelio de hoy a los padres y educadores
y a quienes tienen la responsabilidad de formar a otros. Hay que respetar los
tiempos de maduración, que siempre parecen lentos. Hay que dejar que la
levadura pueda terminar todo su proceso de fermentación para cocer el pan y
poderlo presentar como alimento; si no, se corre el riesgo de estropearlo

todo.

sábado, 12 de julio de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XV

13 de julio de 2014 - XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                                                                        "La semilla es la Palabra de Dios"

-Is 55,10-11
-Sal 64
-Rom 8,18-23

Mateo 13,1-23
   Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a Él tanta gente,
que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó en pie a la
orilla. Les habló mucho rato en parábolas:
   -Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del
camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno
pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó
enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se
secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó
en tierra buena y dio grano: unos ciento, otros sesenta, otros treinta. El
que tenga oídos, que oiga.
   Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
   -¿Por qué les hablas en parábolas?
   El les contestó:
   -A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de los
cielos, y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al
que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábo-
las, porque miran, sin ver, y escuchan, sin oír ni entender. Así se cumplirá 
en ellos la profecía de Isaías: "Oiréis con los oídos, sin entender; miraréis
con los ojos, sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son
duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los
oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure". Di-
chosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que
muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron,
y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros oíd lo que significa la parábola
del sembrador: Si uno escucha la Palabra del Reino sin entenderla, viene el
Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde
del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y
la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y,
en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe. Lo
sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra; pero los afanes
de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo
sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende;
ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.

Comentario
   Después de haber leído en el evangelio de Mateo el discurso de la montaña
(caps. 5-7) y el discurso de la misión apostólica (cap. 10), encontramos en
el cap. 13 el discurso de las parábolas. Con la primera de ellas, la del
sembrador, que leemos este domingo, el evangelista nos descubre también el
motivo del lenguaje parabólico empleado por Jesús.
   El texto de hoy comprende una introducción narrativa que presenta a Jesús
en actitud docente, en un ambiente alejado del lugar habitual de residencia
de la gente (el mar) y rodeado de dos categorías de personas: la multitud
(más bien hostil a Jesús en esta parte del evangelio de Mateo) y los
discípulos. Viene después la parábola propiamente dicha, que examinaremos con
más detalle. Sigue un intermedio en el que Jesús explica las razones de su
hablar en parábolas y a continuación el evangelista ofrece la explicación de
la parábola. Los comentaristas dicen que esta última parte no puede
atribuirse al Jesús histórico sino que sería la explicación que la comunidad
primitiva daba habitualmente de las palabras del Maestro.
   Si nos fijamos en la parábola propiamente dicha, podemos subrayar los
tres actores principales: el sembrador, la semilla y los diferentes tipos de
tierra que producen fruto en medida diferente. Nosotros concentraremos la
atención ahora sólo en la semilla.
   En la narración se pone el acento en su fecundidad. A pesar de que parte
de ella se pierda por falta de acogida, cuando encuentra el terreno adecuado,
la semilla germina y da fruto. El fracaso repetido se interrumpe de modo
sorprendente al final de la narración; cuando todo parece perdido aparece la
tierra buena y se da el éxito final de la siembra e indirectamente del
sembrador. La semilla (identificada con la Palabra de Dios en la
interpretación) es presentada como conteniendo una virtud propia, un poder
germinador que es independiente del suelo donde cae, pero que necesita de un
lugar donde arraigar.
   A subrayar ese poder autónomo de la Palabra contribuye la lectura de la
parábola que se hace en la liturgia ya que viene precedida por el texto de
Isaías que describe el ciclo de la Palabra y su fecundidad. El profeta la
compara con la lluvia que penetra, fecunda la tierra y la hace producir sus
frutos para regresar al lugar donde reside, según la concepción cosmológica
antigua.
   La dificultad de la germinación y la tardanza en producir el fruto
encuentra eco, incluso en dimensiones cósmicas, en la 2ª. lectura. La realidad
germinal de la salvación traída por Cristo reclama la manifestación gloriosa
y el cumplimiento total de lo que es ya una realidad en el hombre bautizado
y en el mundo en cuanto tal.

El sembrador
   La meditación del evangelio desde Nazaret nos lleva a fijar la mirada
ahora más bien en el sembrador de la parábola. En realidad todas las
parábolas, al hablarnos del Reino de Dios, nos dicen también algo acerca de
Jesús mismo que lo anuncia y lo personaliza en sí mismo.
   En el caso de la parábola del sembrador de lo que se habla en primer
término es de la experiencia misionera de Jesús. El salió de Nazaret para
anunciar la buena nueva como buen sembrador y sembró abundantemente la
palabra de salvación en su tierra de Galilea. Tras un cierto éxito inicial,
y prueba de ello es el gentío que tiene delante cuando habla, empieza a ver
cómo lo que dice encuentra muchas resistencias para arraigar de verdad en la
gente y para que llegue a dar fruto. Los relatos evangélicos testimonian
ampliamente como a medida que pasa el tiempo el panorama se va ensombrecien-
do. Hay quienes no comprenden lo que dice, su corazón es duro como la tierra
de un camino; el diablo parece llevarse lo que Él había depositado; después
de haberlo seguido un instante muchos lo abandonan. Hay quienes acogen su
mensaje con alegría, muestran incluso deseos de seguirlo, todo hace pensar
que seguirán adelante, pero apenas llega la hora de la prueba se muestran
flojos o bien son otras preocupaciones las que se encargan de sofocar una
planta que prometía... Muchas veces la experiencia del profeta, del
anunciador de la buena nueva es desalentadora.
   Pero cuando todo parece perdido, y en eso está el aspecto que podríamos
llamar profético de la parábola, cambia todo, se da una acogida y una
fecundidad insospechada, la tierra da su fruto. También esto trasluce la
experiencia de Jesús. Cuando las multitudes le vuelven la espalda y hasta
piden su condena a muerte, cuando hasta sus discípulos lo abandonan, cuanto
parece que todo va a terminar en un fracaso he aquí que la palabra empieza
a multiplicarse y sale de Jerusalén para llegar hasta los confines de la
tierra. Jesús vio al ejercer su actividad evangelizadora cómo al lado de la
cerrazón de algunos, otras gentes sencillas se iban abriendo a su palabra y,
aun en medio de muchas resistencias y dificultades, supo con certeza que un
día su mensaje se abriría camino.
   En realidad Jesús está expresando en la parábola su experiencia humana
más profunda. Consciente de poseer y de tener que anunciar el amor del Padre,
el mensaje de salvación, toca con la mano la lentitud, la inconstancia, la
dureza del corazón humano. Encontramos así una prolongación de su camino de
encarnación que tantos años había durado en Nazaret. Y encontramos también
un anuncio de lo que será su experiencia definitiva de abandono en las manos
del Padre cuando llegue el momento de la muerte, como grano caído en tierra.
   En eso consiste la experiencia del sembrador: echar la semilla en tierra
con una gran esperanza, una esperanza que no se doblega ni ante las
apariencias de esterilidad ni ante la dureza de la tierra, sino que confía
totalmente en quien le asignó la misión y en la fuerza misma del mensaje.

   Señor Jesús, Palabra de Dios,
   tú has sido sembrado en nuestra tierra
   y has experimentado en tu vida
   toda la resistencia y oposición
   que nosotros ponemos para dejarte germinar.
   Danos tu Espíritu Santo
   que rompa la dureza de nuestro corazón
   para que nuestros ojos te vean
   y nuestros oídos te escuchen.
   Así podremos dar los frutos
   que el Padre espera de nosotros.
   Que la esperanza de la cosecha
   venza en nosotros la duda y el abatimiento
   ante la lentitud y las dificultades
   con las que tropieza el Reino.

La tierra
   La donación gratuita y generosa por parte de Dios, que ha sembrado
abundantemente su Palabra, la fuerza germinadora que ésta lleva en sí misma,
la difusión del Evangelio en el mundo, prueba inequívoca de que la misión de
Jesús no ha sido vana, no debe hacernos olvidar el otro actor de la parábola:
la tierra.
   La interpretación de la parábola que ofrece el texto mismo del evangelio,
pone el acento precisamente en los diversos modos de acoger la semilla; se
da por descontado la generosidad del sembrador y la bondad de la semilla.
   El punto clave de la acogida está en el "comprender" la Palabra. Todas
las personas representadas por los tipos de tierra que no dan fruto
"escuchan" la Palabra, pero sólo quien escucha y comprende es tierra buena.
De ahí la importancia de las palabras de Jesús sobre el ver sin ver y el oír
sin oír ni comprender, que marcan la neta diferencia entre la Palabra
sembrada y la Palabra acogida. Es la línea sutil que separa el creer del no
creer. El evangelio no busca las razones de esa distinción: a unos es dado
a otros no. Daría la impresión incluso que en nada depende de las personas.
En realidad, si leemos bien el texto de Isaías 6,9-10, al que remite la
expresión evangélica (Cfr. v. 13) encontramos la explicación. Se trata de
aquellos que por tener un corazón endurecido no pueden ver ni oír. Son
quienes de forma explícita y consciente rechazan la conversión. No son quie-
nes no ven u oyen, sino quienes no quieren ver ni oír.
   La parábola pone el dedo en la llaga de lo que significa acoger o
rechazar la salvación que es ofrecida gratuitamente por Dios. Por eso Jesús
declara dichosos a sus discípulos, porque "ven" y "oyen".
   Los porcentajes en el rendimiento de cada terreno, desde este punto
de vista, tienen una importancia secundaria. Se diría que el sembrador se contenta
con lo que cada uno buenamente puede dar. La oposición principal se produce
entre la tierra buena (solo una) y los diferentes tipos de tierra baldía (que
son tres).
   La tradición cristiana ha visto siempre en los diferentes tipos de
tierra, los diferentes modos de responder a la gracia de Dios. Hay siempre
en ello un más y un menos del que depende no sólo la suerte personal de cada
uno -"cada uno recogerá según lo que haya sembrado" (Gal 6,6)- sino el

progreso del Reino de Dios en este mundo.

sábado, 5 de julio de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XIV

6 de julio de 2014 – TO - XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

"Soy sencillo y humilde"
-Zac 9,9-10
-Sal 144
-Rom 8,9. 11-13

Mateo 11,25-30
   Jesús exclamó:
   -Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la
gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.
   Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el
Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo
quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados  y yo
os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi
carga ligera.
                       
Comentario
   En el cap. 11 de S. Mateo encontramos diversas reacciones ante la persona
y el mensaje de Jesús. Como contrapunto de quienes lo rechazan o de quienes
no saben distinguir el momento histórico excepcional que están viviendo,
aparece el grupo de los humildes y sencillos que dan fe a sus palabras. Este
misterio de la sabiduría de los sencillos viene presentado por el texto que
leemos hoy en tres pasos sucesivos.
   La primera unidad comprende la exclamación orante de Jesús que bendice al
Padre por su designio de revelación. Paradójicamente quedan fuera de él
quienes mejor podían entenderlo. Por el contrario penetran en él quienes
menos dotados estaban para ello, los pequeños. Se ratifica así una constante
de la historia de la salvación que en los tiempos del Mesías llegó al grado
sumo.
   En la segunda parte del texto, formada por los vv. 26 y 27, Jesús, en tono
solemne, se presenta Él mismo como uno de estos "pequeños" que conoce, de
modo perfecto y exclusivo, el misterio del Padre. "Conocer" indica esa
relación de intimidad y recíproca donación que constituye el fondo del amor
trinitario. La simetría respecto al conocer indica la igualdad de las
personas en la esencia divina. De rechazo indica también la necesidad
absoluta de pasar por Jesús para entrar en la intimidad de la vida divina.
Esa revelación se presenta como un acto gratuito, fruto de la generosidad del
Hijo, quien en su condición humana revela los secretos de Dios. La única
condición parece ser esa "pequeñez" o sencillez de la que antes se ha hecho
mención.
   La parte conclusiva es una cálida invitación personal a los cansados y
oprimidos para buscar el descanso, la renovación y el consuelo en Jesús
mismo. ¿Pero de qué tipo de cansancio y opresión se trata? La respuesta
parece venir dada por las palabras que figuran a continuación en el texto.
Veamos por qué. En la tradición del Antiguo Testamento la ley divina se
consideraba como un "yugo" (Cfr Jer 2, 20; Eclo 51,21). La interpretación
rigorista de los fariseos había acentuado su carácter opresor al
desarrollarla en numerosos preceptos imposibles de cumplir para la gente
sencilla. Jesús, identificándose con éstos últimos ("soy humilde y sencillo")
propone otro camino. Se trata de penetrar en el espíritu mismo de la ley y
ver su cumplimiento no tanto como la realización de una exigencia externa,
cuanto la expresión de un corazón que pertenece por entero al Señor. De este
modo, todo aparece más fácil y ligero. Jesús mismo se presenta como modelo
de esa forma de ser ("aprended de mí") que consiste en aceptar con corazón
humilde el amor del Padre y responderle entregando la vida por todos.

"Miró la humildad de su sierva"
   El corazón humilde y sencillo de Jesús se formó en Nazaret, en la casa de
María, la sierva del Señor, y de S. José.
   La primera lectura de este domingo, tomada del profeta Zacarías, nos da
perfectamente la identidad de ese Mesías, a la vez débil y fuerte, sencillo
y humilde que corresponde a las características de quien vivió en Nazaret
durante treinta años.
   El texto de Zacarías comienza con una invitación a la alegría y a la
aclamación a Dios por la llegada del Mesías. Esa alegría y exultación están
motivadas por la intervención salvadora de Dios al final de los tiempos, pero
también porque el Salvador que llega corresponde a la esperanza de los más
humildes.
   El Mesías esperado es presentado como justo y victorioso, pero su figura
no tiene nada de triunfalista. Más adelante el profeta lo presentará bajo la
figura del "pastor golpeado" (11,4-17), de quien ha sido "traspasado", de
alguien por quien se hace luto, como cuando muere el hijo único (12,10-12).
En contraste con otras expectativas, el profeta presenta al Mesías en su
entrada triunfal cabalgando sobre un asno, animal tranquilo y trabajador,
símbolo de la humildad de la vida cotidiana. Pero a pesar de esa actitud
mansa y humilde, ser  ese Mesías quien eliminará las armas de la guerra no
sólo en Jerusalén, sino en todo el territorio de Israel. Con Él llegará la
paz. Y ese es precisamente el motivo del júbilo: el hecho de que Dios cumple
su promesa por medios inesperados y aparentemente inadecuados a la grandeza
del resultado. Así aparece con más claridad que es Él quien salva.
   Esa figura de Mesías es la que Jesús fue "encarnando" y asimilando
progresivamente en el ambiente humilde de Nazaret. Ese trabajo lento de ir
descubriendo como hombre la raíz más auténtica de la esperanza de su pueblo,
fue plasmando su figura y sus actitudes más profundas: ese corazón sencillo
y humilde del que hoy descubrimos la grandeza en el evangelio.
   Sin duda hubiera podido llegar a todo eso en un instante, pero nosotros
sabemos, contemplando el misterio de Nazaret, que el designio de Dios era
otro. Jesús fue creciendo... Y es que las actitudes más profundas del alma
humana exigen irse formando poco a poco, ir impregnándose paulatinamente del
ambiente humano en que se vive para desarrollar las potencialidades la
persona. El tiempo de Nazaret fue decisivo seguramente para la formación de
la personalidad humana de Jesús, para ser alguien capaz de asimilar las
mejores esperanzas de su pueblo, para comprender el cansancio, la aflicción
y la opresión en que vive tanta gente y también para saber cómo el orgullo
puede cerrar el corazón humano para rechazar incluso a Dios y oscurecer la
inteligencia hasta no comprender las cosas más sencillas...
   El corazón humilde de Jesús se forjó en la humildad de Nazaret.

   Te bendecimos, Padre,
   lento a la ira y grande en el amor,
   porque te has manifestado en Jesús,
   el Mesías humilde y pacifico.
   En Él acoges a cuantos están cansados y oprimidos
   y les ofreces la salvación.
   Danos el Espíritu de amor
   que vaya transformando nuestro corazón
   a imagen del de tu Hijo,
   para que en Él aprendamos a conocerte
   y sepamos acoger y confortar de verdad
   a cuantos piden nuestro apoyo.
   Recuérdanos siempre cómo hemos sido nosotros
   acogidos por ti,
   para que no impongamos a los demás cargas
   más pesadas de las que nosotros mismos
   estamos dispuestos a llevar.

El Espíritu da vida
   Aprender a conocer a Jesús, entrar en intimidad con Él, conocer sus
actitudes profundas, no es algo que la inteligencia, el estudio, el dominio
del saber puedan dar por sí solos. "Si uno no tiene el Espíritu de Cristo,
no le pertenece" (Rom. 8, 9). Es el Espíritu Santo, en efecto, que ha sido
dado al cristiano en el bautismo y en la confirmación, quien le guía en esa
tarea constante de conocimiento e identificación con Cristo.
   El primer paso consiste en descubrir cómo nuestra salvación y la de todos
los hombres es fruto de la humildad y de la humillación de Jesús. "Él, a
pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al
contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose
uno de tantos..." (Fil 2,5-7). No es fácil admitir eso; si uno se deja llevar
por la lógica del mundo o de la carne, parece más bien una locura, siguiendo
la expresión de S. Pablo.
   Pero el mismo S. Pablo exhorta a los cristianos a tener los mismos
sentimientos que Cristo y precisamente en ese acto de su abajamiento y
humillación. Tener los mismos sentimientos supone un conocimiento y una
identificación con Cristo que sólo el Padre puede dar por medio del Espíritu
Santo. Es la gran audacia, y al mismo tiempo, el gran privilegio de los que
son humildes.
   Existe un paralelismo entre la actitud de quienes, encerrados en su
propia inteligencia, no saben descubrir los secretos del misterio de Dios y
la existencia "en la carne" de que habla S. Pablo, que rechaza la acción del
Espíritu Santo. El Cristiano está llamado a dejar vivificar toda su
existencia por el soplo del Espíritu Santo y a poner toda su conducta bajo
ese influjo.
   Esa docilidad coincide exactamente con la sencillez evangélica de los
pequeños, que se fían de Dios más que de las propias fuerzas y que quieren
compartir la suerte de Jesús.
Todo ello supone en nosotros un esfuerzo para dejarnos desarmar de nuestras
categoría exclusivamente humanas y de nuestros modos de pensar para entrar
en esa sumisión al Espíritu Santo que llevará nuestro corazón a ser cada vez

más semejante al de Jesús.