sábado, 4 de octubre de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XXVII

5 de octubre de 2014 - XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                                     "Se os quitará  a vosotros el Reino"

-Is 5,1-7
-Sal 79
-Fil 4,6-9

Mateo 21,33-43
   Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo:
   -Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la
rodeó con una cerca, plantó en ella un lagar, construyó la casa del guardia,
la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la
vendimia, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le
correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno,
mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que
la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su
hijo diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo". Pero los labradores, al ver al
hijo, se dijeron: "Este es el heredero; venid, lo matamos y nos quedamos con
su herencia". Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron.
   Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos
labradores? Le contestaron:
   -Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros
labradores que le entregue los frutos a sus tiempos.
   Y Jesús les dijo:
   -¿No habéis leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los
arquitectos es ahora la piedra angular. es el Señor quien lo ha hecho, ha
sido un milagro patente"?
   Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los cielos y se
dará a un pueblo que produzca sus frutos.

Comentario
   La tercera parábola de Jesús en su disputa con los sumos sacerdotes y los
senadores del pueblo es la más dura y directa. Se trata de una descripción,
apenas velada por el artificio literario, del drama que se estaba fraguando.
Pronunciada poco antes de comenzar la pasión, esta parábola es una verdadera
profecía de lo que iba a suceder. Los oyentes y adversarios de Jesús
"comprendieron que se trataba de ellos", dice el evangelista.
   Desde el punto de vista formal, se trata de una parábola alegórica,
porque si bien existe un punto central de comparación con la realidad, hay
también muchos otros fácilmente identificables sin necesidad de
explicaciones.
   Considerando la globalidad del significado, se trata de un resumen de la
historia de la salvación. De una parte está el amor de Dios hacia su pueblo
("la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel", Is 1,6; 1ª lect),
que colma de atenciones a su propiedad y que espera de aquéllos a quienes la
ha confiado "los frutos a su debido tiempo". Pero al "in crescendo" del amor
y de la premura del dueño de la viña corresponde el "in crescendo" de la
maldad de los arrendatarios, que en la parábola está subrayada por la
progresión de los verbos: "apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo
apedrearon".
   Los enviados por el dueño de la viña representan a los profetas, quienes
en los diversos momentos de la historia se encargan de recordar a quién
pertenece el campo y qué frutos espera de Él. Casi siempre encontraron
oposición en su misión y muchas veces pagaron con su vida la fidelidad al
mensaje que llevaban.
   Se llega al punto culminante cuando de forma inesperada, vistos los
resultados precedentes, el dueño decide enviar a su hijo (Marcos subraya "a
mi hijo predilecto", y Lucas "a mi hijo único"). No se trata de un enviado
más, es la última ocasión, y por lo tanto la historia se precipita llegando
a su punto final. La muerte del hijo, que en el absurdo razonar de los
viñadores debía suponer el entrar en posesión de su herencia, se convierte,
por el contrario, en su propia condenación. Mientras el hijo es exaltado y
colocado como piedra angular.
   De forma sarcástica el evangelista hace que los opositores de Jesús
pronuncien su autocondenación al declarar culpables a los viñadores homicidas
en cuanto responsables del campo que se les había confiado.
   La parábola tiene también una lectura eclesial, pues la nueva comunidad
surgida de la muerte y resurrección de Cristo es el pueblo que debe producir
los frutos del Reino. Por lo tanto el amor apremiante de Dios, manifestado
definitivamente en Cristo, está pidiendo una repuesta de plena fidelidad en
el tiempo presente.

El envío del Hijo
   Lo que da toda la profundidad dramática a la parábola es la sorprendente
decisión del dueño de la viña de jugarse la última carta mandando nada menos
que a su hijo único.
   La serie de atenciones prodigadas a la viña en las que se reflejan todas
las acciones de Dios en favor de su pueblo, no pueden tener como explicación
el deseo de unos frutos más o menos abundantes. Es sólo el amor, un amor
inmenso y permanente, deseoso de una respuesta, la única motivación de Dios
en favor de su pueblo. Por amor lo creó, lo eligió y lo condujo a lo largo
de los siglos (Dt 7,7). Pero lo más sorprendente es el gesto final de ese
amor: "Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único" (Jn 3,16). El envío
del Hijo revela la cercanía, la atención, la fidelidad, el amor de Dios hacia
su pueblo más que ninguna otra cosa. De rechazo pone también en evidencia la
maldad de quienes no sólo acaban con los profetas sino que ponen también las
manos sobre el último enviado. La "ingenuidad" del amor paterno ("tendrán
respeto a mi hijo") se encuentra con la astucia y dureza de corazón de los
responsables del pueblo.
   Revelando en la parábola estas cosas, Jesús se muestra plenamente
consciente de su identidad, del vínculo personalísimo que lo une con el
Padre, del sentido de su misión en el mundo y del misterio de iniquidad que
acabará echándole fuera de la ciudad y matándolo (Heb 13,13). Es inexplicable
esa actitud de oposición al Reino de Dios que termina por rechazar al último
y definitivo de sus enviados, al Hijo. Hay en la actitud de los opositores
de Jesús una tremenda inconsciencia unida a la responsabilidad de un
procedimiento madurado largamente y ejecutado a pesar de haber recibido
previamente aviso de la trascendencia del acto que iban a realizar.
   Si el gesto definitivo del amor de Dios enviando al Hijo pone de
manifiesto lo que hay en el fondo de los corazones de los hombres, si revela
el misterio de la iniquidad y el rechazo de algunos, revela también la fe y
la humilde acogida de otros."Vino a los suyos y los de su casa no le
recibieron..."(Jn 1).
   María y José se encuentran entre quienes supieron valorar la
trascendencia del momento final de la historia de la salvación en el que Dios
decidió enviar a su Hijo para demostrar la validez y permanencia de su
alianza con los hombres. Así lo proclama María en el Magnificat evocando los
gestos de misericordia de Dios "en favor de Abrahán y de su descendencia".
Pero sobre todo dando su consentimiento cuando se le anuncia que "el santo
que va a nacer se llamará Hijo de Dios". No se trataba, pues, de uno más de
los enviados por Dios a su pueblo, se trataba del envío de su Hijo.

   Te bendecimos, Padre, por habernos mandado
   en la plenitud de los tiempos
   a tu Hijo amado
   para revelarnos tu amor
   y establecer tu Reino entre los hombres.
   Tu amor y confianza en el hombre
   ha pasado por encima
   de la maldad y perversión
   que anida también en su corazón.
   De esta forma, de la tragedia del Calvario
   ha brotado la efusión del Espíritu Santo
   que construye un pueblo nuevo
   sobre el cimiento que es Cristo
   y que asume la responsabilidad
   de anunciar a todo el mundo esa buena nueva
   y de operar para que venga tu Reino.

Fidelidad
   Si la primera parte del evangelio de hoy se centra en el misterio de la
persona, la misión y el destino de Jesús, el hijo enviado por el Padre, las
sentencias que el evangelista coloca en la segunda parte hablan más bien de
la Iglesia.
   La Iglesia, nuevo pueblo de Dios, llamada no sólo a recibir la herencia
dilapidada por los viñadores infieles, sino también a producir los frutos del
Reino que el Padre espera. De ahí una fuerte llamada a nuestra fidelidad. La
trayectoria del pueblo de Israel ilumina hoy el camino que la Iglesia está 
llamada a recorrer.
   El primer aspecto de la fidelidad al que estamos llamados es la atención
que prestamos y la acogida que dispensamos a quienes son enviados por Dios.
El rechazo definitivo del Hijo es el último eslabón de una cadena de cerrazón
ante las llamadas de atención de muchas embajadas que venían de parte de Dios
y que no fueron aceptadas. La dinámica de la infidelidad lleva al paso,
aparentemente incomprensible, del rechazo total en el momento clave. Lo mismo
puede decirse en sentido opuesto, una actitud permanente de acogida y de
fidelidad prepara el momento cumbre en el que Dios se presenta en persona.
   La segunda reflexión sobre la fidelidad apunta hacia los frutos que Dios
espera de nosotros. El domingo pasado se nos pedía un esfuerzo de claridad
y coherencia cristiana. Los frutos son los que mejor muestran la veracidad
de nuestra vida cristiana y el estado de salud espiritual en que nos
encontramos.
   Pero ¿qué frutos? Ante todo la caridad en sus múltiples manifestaciones.
Una descripción muy válida es la que encontramos en la 2ª. lectura. "Todo lo
que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud
o mérito, tenedlo en cuenta". Es la apertura hacia los valores humanos y

cristianos lo que va consolidando día a día el amor de Dios y estableciendo
ya desde ahora ese Reino de Dios por el que Jesús murió.

sábado, 27 de septiembre de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XXVI

28 de septiembre de 2014 - XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

"Se arrepintió y fue"

-Ez 18,25-28
-Sal 24
-Fil 2,1-11

Mateo 21,28-32
   Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
   -¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le
dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña". El contestó: "No quiero". Pero
después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. El le
contestó: "Voy, señor". Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el
padre?
   Contestaron:
   -El primero.
   Jesús les dijo:
   -Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera
en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el
camino de la justicia y no le creísteis; en cambio los publicanos y las
prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepen-
tisteis ni le creísteis.

Comentario
   La parábola de los dos hijos que leemos en el evangelio de hoy sigue a la
controversia de Jesús sobre su autoridad con los responsables religiosos del
pueblo judío. Es una parábola propia de Mateo y, situada después de la
entrada mesiánica en Jerusalén y la purificación del templo, tiene una
función de ruptura con las autoridades judías. La respuesta de Jesús a
quienes le preguntaban ¿con qué autoridad cumplía aquellos gestos? comprende
en el evangelio dos partes: la parábola y su explicación.
   La parábola se abre con una pregunta retórica (¿Qué os parece?) que
sirve para relacionarla con el párrafo anterior y al mismo tiempo para
implicar a los oyentes en la explicación.
   El fuerte contraste entre el comportamiento de los dos hijos, reducido en
el relato evangélico a los rasgos esenciales, refleja de forma esquemática
los dos grupos principales de quienes hasta entonces habían escuchado a Jesús
y lo habían seguido y, desde una perspectiva más amplia, los dos componentes
fundamentales de la sociedad judía de su tiempo.
   Viene en primer lugar el hijo que da una respuesta negativa, pero después
se arrepiente, se convierte, dice literalmente el texto. En el polo opuesto
está el otro hijo que llama al padre "señor", tratándole con la debida
reverencia y respeto, considerándolo digno de ser escuchado y a quien se debe
responder con educación. Pero después, en la práctica, no existe concordancia
entre lo que se dice y lo que se hace.
   Ante el padre de la parábola, que representa a Dios, última garantía de
verdad, en el primer hijo están representados quienes no tienen en cuenta las
prescripciones de la ley de Moisés y pertenecen, en un primer momento, a la
categoría de los "pecadores". En el segundo hijo están representados los
observantes de la ley, los que son fieles a las prescripciones de la
religión, los justos. El punto clave está, sin embargo, en el hecho de que,
ante el anuncio del Reino efectuado primero por Juan y luego por Jesús,
fueron los primeros los que se convirtieron y no los segundos.
   A través de la parábola y su explicación evangélica se desplaza así el
problema desde la legitimidad y autenticidad del mensajero (autoridad de Juan
o de Jesús) hacia la acogida efectiva que se da a su mensaje. O si se quiere,
más en general, teniendo también en cuenta lo que se dice en la 1ª. lectura,
la cuestión de fondo es dar una respuesta personal y responsable a Dios, que
nos interpela y nos pide recapacitar y convertirnos a su voluntad para vivir
verdaderamente.

Obediencia de la fe
   La parábola evangélica pone de manifiesto una de las dimensiones
esenciales del misterio de Nazaret, que podemos sintetizar con la expresión:
obediencia de la fe. Fue ese, en efecto el camino que María y José siguieron.
   Muchos judíos contemporáneos suyos, y en particular los fariseos,
esperaban que la venida del Mesías supondría una confirmación de la situación
existente. Es decir, de un lado, ellos, los justos, el pueblo elegido, el
hijo que había dicho sí a su Señor... Del otro, los pecadores, los paganos,
los demás pueblos, que hasta entonces habían dado a Dios una respuesta
negativa. Pero la venida del Mesías rompió totalmente ese esquema, y María
y José, como todos los auténticamente creyentes, lo habían entendido así
desde el principio.
   Ellos comprendieron que de poco sirve ser de la casa de David, ser hijos
de Abrahán o apelar a los privilegios del pasado. Lo importante es la actitud
personal ante Dios. En realidad Este puede sacar hijos de Abrahán incluso de
las piedras, es decir, de los pecadores más insensibles. Lo que cuenta es,
en el momento definitivo, cuando se escucha la llamada de la fe, dar un sí
a Dios sin condiciones.
   Pero el mensaje evangélico ilumina hoy sobre todo la importancia que
tiene la respuesta concreta, la que se da con la vida y no tanto con las
palabras. Entramos así de lleno en el tema de la obediencia de la fe que
tanto brilla en Nazaret.
   Más allá del contraste entre el decir y el hacer, está el que se produce
entre la incredulidad y la fe. La obediencia de la fe traduce esa armonía
profunda entre la aceptación de lo que Dios propone y las transformación de
la propia vida hasta hacerla coincidir con su voluntad.
   Por una parte la obediencia no es posible si antes la fe no descubre en
qué consiste la llamada de Dios, que se manifiesta normalmente a través de
sus mensajeros; por eso la fe debe preceder a la obediencia. Por otra parte,
la fe que no acaba en el cumplimiento de la voluntad de Dios con actos
concretos, es vana, pura ilusión. De algún modo el actuar del creyente es
interpretación de su fe.
   Y eso fue en realidad la existencia de la Sagrada Familia en Nazaret: una
traducción coherente durante largos años del sí dado a Dios al comienzo.
Jesús, María y José mantuvieron siempre la actitud profunda de humildad que
los llevó a vivir como una familia cualquiera, pasando por una de tantas. Ese
es el camino que más tarde llevó a Jesús a la humillación de la cruz y al
triunfo de la resurrección.

   Padre, te bendecimos porque tú conoces lo más íntimo
   de nuestro corazón,
   y porque nos has dado la libertad
   de responder a lo que nos mandas.
   Tú ofreces a todos la salvación
   y a todos pides el paso necesario de la conversión
   para entrar en el Reino.
   Danos el Espíritu Santo
   que cree en nosotros esa armonía profunda
   entre lo que te decimos en la oración
   y lo que hacemos en nuestra vida.
   Enséñanos el camino de la verdad y de la humildad
   que siguió Jesús.

Hágase tu voluntad
   Las lecturas de hoy tienen un sentido mirando no sólo al momento inicial
del anuncio del Reino, que se traduce en la aceptación de la salvación y la
consiguiente conversión. Si las meditamos bien, se refieren también al
momento actual de nuestra vida de cada día. Hay en ellas efectivamente una
llamada a buscar cuáles son las motivaciones profundas y auténticas de
nuestro obrar, a ser coherentes con lo que decimos creer.
   En la vida cristiana, para que se dé un crecimiento constante y sano, la
primera condición es la constante búsqueda de claridad, de autenticidad. La
erradicación de la hipocresía es una labor de toda la vida. Si no estamos
atentos, constantemente tienden a colársenos motivaciones falsas en lo que
hacemos, podemos aparentar estar diciendo sí a Dios cuando en realidad
estamos tratando de realizar nuestra voluntad o los deseos de otros.
   Para eliminar esa falsedad interior, que vicia la raíz de toda vida
cristiana, se necesita una atención constante sobre el propio obrar y sobre
las motivaciones que nos llevan a la acción. "Quien obra la verdad viene a
la luz" (Jn 3,21).
   La principal preocupación del cristiano pasa a ser en este campo un
esfuerzo de discernimiento de la voluntad de Dios: presentarnos ante el Padre
para que nos mande a su viña. Y esto de manera constante y sistemática,
tratando de adherirnos a lo que creemos ser su voluntad. Esto comporta una
apertura de todo nuestro ser en la oración, pero también el deseo de
interpretar los signos y de descubrir en las mediaciones concretas que se nos
van presentando cada día, ese rostro personal y vivo del Padre que envía. En
eso consiste la rectitud del corazón, la claridad interior, imprescindible
para todo progreso espiritual.
   Existirá siempre una distancia entre lo que descubrimos ser la voluntad
de Dios y lo que hacemos. Lo importante es mantenernos siempre en esa actitud
de atención a su palabra y de prontitud en el cumplimiento de lo que nos
pide, convencidos como debemos estar que en la voluntad de Dios est  nuestro

bien, nuestra salvación y la del mundo.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XXV

21 de septiembre de 2014 – XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A

"Id también vosotros a mi viña"

-Is 55,6-9
-Sal 144
-Fil 1,20-27

Mateo 20,1-16  
   Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los cielos se
parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su
viña. Después de ajustar con ellos un denario por jornada, los mandó a la
viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin
trabajo, y les dijo:
   -Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.
   Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo
mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
   -¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?
   Le respondieron:
   -Nadie nos ha contratado.
   Les dijo:
   -Id también vosotros a mi viña.
   Cuando oscureció dijo el dueño al capataz:
   -Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y
terminando por los primeros.
   Vinieron los del atardecer, y recibieron un denario cada uno. Cuando
llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos recibieron
también un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo:
   -Estos últimos han trabajado sólo una hora y los ha tratado como a
nosotros, que hemos aguantado el peso del día y del bochorno.
   El replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos
ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último
igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis
asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos
serán los primeros, y los primeros los últimos.
                     
Comentario
   La parábola del dueño de la viña constituye una de las últimas enseñanzas
de Jesús antes de su entrada final en Jerusalén. Es propia del evangelista
Mateo. Los datos de la vida real que forman el conjunto de la parábola,
permiten hacerse una idea de algunos aspectos de la sociedad en tiempo de
Jesús: situación de los obreros y campesinos, dificultad de encontrar
trabajo, el salario, etc. Pero esto no debe llevarnos a pensar que podemos
encontrar en ella enseñanzas sobre los aspectos sociales del mensaje
cristiano. Lo que el evangelio quiere transmitir va por otros caminos.
   El texto evangélico que leemos hoy consta de tres partes: La contratación
de los obreros por el amo de la viña (v. 1-7), la paga del salario al final
de la jornada (v. 8-15) y la sentencia conclusiva (v. 16), que en los otros
evangelios sinópticos se halla en contextos diferentes.
   Nada de particular encontramos en la primera parte de la parábola, si no
es la preocupación del dueño, no sólo por que se realice el trabajo en su
propiedad, sino también por la situación de quienes estaban desocupados todo
el día: "¿Cómo estáis aquí el día entero sin trabajar?".
   Lo que aparece como desconcertante e inesperado (y en ello reside la
fuerza expresiva de la parábola) es el salario que el dueño da a los
trabajadores. La paga, en efecto, no guarda proporción con la tarea que los
obreros, contratados a horas distintas, han podido efectuar. Por eso la
crítica de los primeros parece a primera vista justificada, aunque en
estricta justicia no pueden pretender un salario mayor al del contrato.
   Llegamos así al núcleo central de la parábola que está en la actitud de
liberalidad del amo de la viña, ante quien no cuentan los méritos personales
(nada se dice de la calidad del trabajo de cada uno), pues es él quien da a
todos según su criterio. 
   Esa actitud de generosidad de parte del dueño es reflejo claro de la
de Dios. Y nos muestra no sólo que sus planes son muy distintos del común
pensar de los hombres (1ª. lectura), sino que invita a todos a recibir la
salvación como un don precioso y gratuito. En la paga más que justa de los
últimos se traduce la misericordia del Padre con todos los hombres y la
bondad de Jesús con los pecadores y los que menos contaban en la sociedad de
su tiempo.
   Parece ser que la Iglesia primitiva aplicaba esta parábola a la entrada
de los paganos en la comunidad de salvación. En ella, en efecto, se da ese
cambio de situaciones por la que los últimos llegan a ser los primeros. Es
una lectura de la historia que puede haber influido en la formulación misma
de la parábola. Es de tener en cuenta, sin embargo, que ni en la parábola ni
en la realidad histórica los últimos llegados sustituyen a los que ya
llevaban mucho tiempo en la viña (el pueblo de Israel) y que unos y otros
reciben la misma salvación.

Los últimos
   La meditación del evangelio desde Nazaret nos lleva a detenernos un poco
más en la sentencia que concluye la parábola. En ella se recoge una parte
importante del contenido del texto.
   Los padres de la Iglesia han dado frecuentemente una interpretación de la
parábola desde el punto de vista de la historia de la salvación. San Agustín
escribe: "Los llamados en la primera hora fueron Abel y los justos de su
época; "hacia las nueve", Abrahán y los justos de su tiempo; "hacia
mediodía", Moisés, Aarón y los justos de su tiempo; "hacia las tres de la
tarde", los profetas y los justos coetáneos; a la última hora del día, es
decir, casi al fin del mundo, todos los cristianos". Viendo así el sentido
global de la parábola ciertamente se pone de relieve la desproporción entre
los últimos llegados y el don recibido. No sólo porque el don no corresponde
al tiempo de trabajo efectuado, sino porque los últimos han recibido la
plenitud de la salvación".
   Pero la parábola nos invita a dar un paso más. El cruce de las
situaciones que se produce entre los primeros y los últimos, es una
invitación a entender cómo es "el Reino de los cielos". Y más concretamente
cómo es el rostro de quien ha producido con su comportamiento un tal cambio
de situación. La parábola apunta hacia una fe en un Dios, dueño del mundo,
que interviene en él y se preocupa por su suerte desde el primer hasta el
último y ante quien nadie puede alegar méritos. Pero también nos invita a ver
al Padre que con su comportamiento pone en crisis los modos de pensar con-
siderados normales o racionalmente justos, para dar un vuelco a las si-
tuaciones en favor de quienes tienen menos derecho, menos posibilidades,
menos oportunidades...
   Es la misma mirada en la que nos educa la contemplación del misterio de
Nazaret, porque también allí Dios es alabado como aquél que se fija en los
humildes, en los pobres y en los últimos. Es lo que María canta en el
Magnificat cuando dice: "Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los
humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos"
(Lc 1,52-53).
   Fundamento de todo es la actuación suprema de Dios en la plenitud de los
tiempos cuando decidió manifestar su gloria en la humildad de la naturaleza
humana. En la encarnación se expresa la preferencia de Dios por lo pobre, por
lo humilde. No excluye con ello a los que son "poderosos" o "ricos", sino que
los llama a bajarse del trono y a vaciarse de sus riquezas para recibir
gratis el mismo salario que los pobres y humildes.
   La parábola evangélica llama a todos a una igualdad basada en la
gratuidad del don de Dios y en su amor.

   Te bendecimos, Padre,
   por la abundancia de tu gracia.
   Tú llamas a todas las horas del día
   y a todos los hombres;
   das a cada uno la fuerza para responder
   y para trabajar en la viña,
   y, al final de la jornada,
   das también más de lo que cada uno ha ganado.
   Nadie puede medir tu grandeza y tu generosidad.
   Te agradecemos el don del Espíritu Santo,
   que en Jesús, tu Hijo, nos hace hijos,
   y es ya desde ahora la señal y las arras
   del premio que, cuando todo acabe,
   nos darás un día.

Gratuidad
   En una sociedad como la nuestra donde tienden a intensificarse las
relaciones comerciales entre personas y grupos, quedan siempre menos espacios
para la gratuidad. Todo parece tener un precio, todo puede ser comprado o
pagado.
   El gesto del amo de la viña que paga sin medida, nos lleva a reflexionar
sobre el puesto que ocupa en nuestra vida la gratuidad.
   El primer paso de esta reflexión puede ser una apertura hacia el fluir de
la vida. En ella encontramos muchas cosas que nos son dadas gratuitamente,
sin que nos demos cuenta. Es más, son precisamente las cosas más importantes
las que recibimos gratis, empezando por el don mismo de la existencia. La
mirada de fe descubre detrás de todo lo que recibimos la mano de Dios, rico
en gracia y misericordia, cuya grandeza no se puede medir (Sal resp).
   Como consecuencia brota la actitud profunda del agradecimiento. A la
gratuidad de Dios corresponde la gratitud del hombre. Es una actitud humana
y cristiana de primer orden que lleva a la justa valoración no sólo de lo que
se recibe, sino de quién es el que da y de quién es el beneficiario.
   Pero además esa actitud debe alumbrar en nosotros la fuente de la
gratuidad, según la lógica del "gratis habéis recibido, dad gratis" (Mt
10,8).
   Quien es capaz de abrirse a la gratuidad de Dios, fácilmente entra en la
dinámica del amor, interpretando todo lo que hace como respuesta agradecida
al don recibido. A la "gracia" que viene de Dios, se responde con el
"gracias" de la vida entera. Se entra así en una dinámica que lleva a dar sin
medida y sin esperar recompensa: es la pura caridad cristiana.
   Si nos dejamos llevar por la gratuidad como sentido profundo de lo que
hacemos, contribuiremos en nuestro ambiente a crear un clima más respirable
y a fundar la existencia sobre los verdaderos valores. Estaremos de algún
modo contribuyendo a una "ecología espiritual" al crear espacios donde se
recupera la alegría de vivir al mismo tiempo que los pobres encuentran

también un puesto.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XXIII

7 de septiembre de 2014 - XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                                                               "Si tu hermano te ofende"

-Ez 33,7-9
-Sal 94
-Rom 13,8-10

Mateo 18,15-20
   Dijo Jesús a sus discípulos:
   -Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso,
has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos,
para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si
no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la
comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. Os aseguro que todo lo
que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en
la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro además que, si dos de
vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi
Padre del cielo. Porque donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí
estoy yo en medio de ellos.
                         
Comentario
   La liturgia propone a nuestra reflexión la última parte del capítulo 18
de Mateo en dos domingos sucesivos. Esta última parte trata del perdón de las
ofensas en un tono exhortativo. En el llamado discurso eclesial de Jesús, se
tratan diversas cuestiones que se refieren a la vida concreta de una comu-
nidad cristiana: la precedencia en la asamblea, el respeto y acogida de los
más débiles, la búsqueda de quienes se alejan, la manera de tratar a quienes
hacen un mal a la comunidad...
   El procedimiento propuesto por Jesús para corregir a quien ha cometido
una ofensa, se presenta, desde el punto de vista literario, como una
concatenación de cinco condicionales. Yendo al sentido global, se saca la
conclusión de que hay que poner todos los medios para que quien ha faltado,
reconozca su error y vuelva a la situación normal en la comunidad. Sólo en
casos extremos se puede proceder a la exclusión.
   Si nos detenemos en cada una de las fases del proceso propuesto en el
discurso, podemos descubrir también algunos valores importantes de la vida
de la comunidad que aparecen progresivamente.
   En la fase de la reprensión individual, se pone de manifiesto la
importancia de las relaciones personales y de la responsabilidad de cada uno
respecto a todo lo que afecta a la comunidad. En el texto original, muchos
manuscritos omiten el pronombre de segunda persona en la frase "si tu hermano
te ofende" apoyando la idea de que más que de una ofensa personal, se trata
de un mal causado a la comunidad.
   La fase en que hay que recurrir a testigos, recoge las prescripciones del
A. T. (Dt 19,5) y las prácticas de los grupos esenios. Incluye el principio
de la representatividad de la comunidad en algunos de sus miembros y
recomienda la discreción y prudencia en el modo de proceder.
   La última fase, en la que interviene la comunidad en asamblea, es la más
solemne y pone de relieve el peso que tiene el cuerpo entero reunido.
   Esta importancia de la comunidad viene subrayada por las dos sentencias
que siguen en el texto evangélico. En la primera, Jesús parece atribuir a la
comunidad reunida los mismo poderes que había atribuido poco antes a Pedro:
"Todo lo que atéis en la tierra..."
   La otra expresión da la razón teológica de la importancia que tiene la
reunión comunitaria: Cristo está en medio de los hermanos reunidos en su
nombre. Y esto aun el caso de gran exigüidad de número. Esta presencia de
Cristo es la que constituye a la Iglesia en cuanto tal en sus dimensiones
fundamentales: la relación con Dios en la oración y la construcción de un
grupo de personas reconciliadas, signo de una reconciliación más amplia, la
que Dios ofrece a todo los hombres.

"Donde están dos o tres"
   Acabamos de decir que lo que cualifica a la comunidad cristiana es la
presencia de Cristo en medio de ella y no tanto el número de sus componentes
o la legitimidad formal de la asamblea. La familia de Nazaret se presenta así
nuevamente a nuestro ojos como la comunidad que goza, en el sentido más
fuerte, intenso, tangible y duradero, de la presencia de Jesús. Puede, pues,
presentarse como la comunidad tipo, como aquélla que mejor realiza el ideal
de comunidad descrita en el evangelio.
   La familia de Nazaret es una comunidad reunida en nombre de Cristo. En
primer lugar porque ha sido constituida por Dios, con el libre consentimiento
de María y de José, para acoger a Jesús. Pero también porque éste ocupaba el
centro y era el punto de referencia constante de las preocupaciones y
proyectos de María y de José.
   Las palabras del evangelio de Mateo, puestas en boca de Jesús, sobre su
presencia en medio de dos o tres de sus discípulos, respiran ya un aire
postpascual; se refieren a una presencia que ya no es física sino en el
Espíritu Santo. Es un modo de presencia al que también se refiere San Pablo
con estas palabras: "Reunidos vosotros, y yo en espíritu, en nombre de
nuestro Señor Jesús, con el poder de nuestro Señor Jesús, entregad ese
individuo a Satanás" (1Co 5,4). Lo que crea la fuerza de la comunidad es la
referencia al nombre de Jesús, es decir, en el lenguaje de la Biblia, a su
persona. Y esto en el sentido más fuerte y denso que puede tener la presencia
divina entre los hombres. Como cuando leemos en el libro del Exodo: "En los
lugares donde pronuncie mi nombre, bajaré a ti y te bendeciré" (20,24).
   La Iglesia necesita su referencia a la familia de Nazaret como necesita
la referencia a la comunidad constituida por los apóstoles con Jesús, para
descubrir su rostro verdadero. Y no se trata ciertamente de la imagen
plástica del grupo reunido con Jesús que ayuda a la imaginación, sino de esa
vinculación que se establece con Él por medio de la fe y que es la única
fuente de cohesión y de fuerza espiritual.
   Meditando las palabras del evangelio - "donde dos o tres" - a la luz del
misterio de Nazaret, surge espontáneamente la reflexión sobre la exigüidad
del número de los miembros de la comunidad. En Nazaret, todo está reducido,
por así decirlo, al mínimo indispensable. Vendrá luego la comunidad
pentecostal y las grandes asambleas de todos los tiempos. De Nazaret quedará 
siempre el gusto por lo pequeño, por lo mínimo. Estableciendo así un nexo con
todas las realidades minúsculas de la presencia de la Iglesia (empezando por
la familia "Iglesia doméstica"); con todas esas comunidades pequeñas donde
falta casi todo, donde se vive en el límite mismo entre la existencia y no
existencia de una comunidad; donde, sin embargo, la presencia de Cristo da
esa calidad nueva y esa fuerza que va más allá de la debilidad humana y que
ningún número de personas puede suplir.

   Te bendecimos, Padre, por tu bondad,
   porque tú eres misericordioso
   y paciente con todos.
   Danos ese Espíritu que procede de ti
   y que lleva a olvidar las ofensas recibidas,
   a tender la mano a quien est  caído,
   a no pasar de largo ante quien
   necesita nuestra comprensión.
   Enséñanos a saber construir la comunidad,
   sobre todo en las circunstancias difíciles,
   cuando reina el descontento
   y cuando el pecado nos divide.
   Danos la misma actitud de Jesús
   que supo entregar su vida
   para reunir a tus hijos que estaban dispersos.

Responsabilidad comunitaria
   De la Palabra de Dios recibimos hoy un fuerte impulso para construir la
que llamamos nuestra comunidad, pero también todas las comunidades de las que
por uno u otro motivo formamos parte.
   Punto clave para construir la comunidad es esa responsabilidad compartida
que lleva a la solidaridad, a hacerse cargo los unos de los otros. Podemos
llamarla responsabilidad comunitaria.
   Esa responsabilidad se ejerce de muchas maneras; el evangelio de hoy nos
lleva a tomar en consideración una de ellas: la corrección fraterna ("Si tu
hermano peca...") El ejercicio de la corrección fraterna lleva consigo por
parte de quien la practica algunas cualidades que son esenciales a la vida
cristiana.
   En primer lugar la comprensión hacia quien falta, que proviene de una
actitud de misericordia y de reconciliación. Pero se requiere igualmente
valentía para expresarse con claridad y para sobreponerse a falsas
consideraciones de respeto al otro. Quien corrige o llama la atención al otro
en algo que le parece mal, necesita además una buena dosis de sabiduría para
elegir el momento oportuno de hacerlo y las palabras adecuadas, de modo que
se facilite el camino de retorno de quien con su conducta se ha alejado de
la comunidad.
   Pero hemos de considerar que todos nosotros nos encontramos también
muchas veces de la parte de quien necesita ser corregido. Y también en ese
caso son necesarias algunas actitudes importantes. Está en primer lugar la
humildad para recibir las advertencias que se nos hacen. La Escritura pone
bien claramente las dos posturas posibles por parte de quien recibe la
corrección: "No reprendas al cínico, pues te aborrecerá, reprende al sensato,
que te lo agradecerá" (Prov 9,8). "El hombre perverso rechaza la corrección
y acomoda la ley a su conveniencia" (Eclo 32,17).
   En uno u otro caso, sólo el amor fraterno, que lleva a estimar al prójimo
como a uno mismo, debe regular nuestra conducta. A propósito de la corrección
fraterna ha escrito San Agustín: "Ama y haz lo que quieras. Si callas, calla
por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si
perdonas, perdona por amor. Está en ti la raíz del amor, pues de esta raíz

sólo puede brotar el bien".