sábado, 16 de abril de 2016

Ciclo C - IV Domingo de Pascua

1 de abril de 2016 - VI DOMINGO DE PASCUACiclo C

                           "Y viviremos con él"

Hechos 15,1-2.22-29

      En aquellos días, unos que bajaban de Judea se pusieron a enseñar a los
hermanos que, si no se circuncidaban como manda la ley de Moisés, no podían
salvarse. Esto provocó un altercado y una violenta discusión con Pablo y
Bernabé; y se decidió que Pablo, Bernabé‚ y algunos más subieran a Jerusalén
a consultar a los Apóstoles y presbíteros sobre la controversia.
      Los Apóstoles y los presbíteros con toda la iglesia acordaron entonces
elegir algunos de ellos y mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligie-
ron a Judas Barsabás  y Silas, miembros eminentes de la comunidad, y les
entregaron esta carta: "Los Apóstoles, los presbíteros y los hermanos saludan
a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia convertidos del paganismo.
      Nos hemos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, os han
alarmado e inquietado con sus palabras. Hemos decidido por unanimidad elegir
algunos y enviároslos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, que han dedicado
su vida a la causa de nuestro Señor. En vista de esto mandamos a Silas y a
Judas, que os referirán lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y
nosotros, no imponeros más cargas que las indispensables: que no os
contaminéis con la idolatría, que no comáis sangre ni animales estrangulados
y que os abstengáis de fornicación.
      Haréis bien en apartaros de todo esto. Salud".

Apocalipsis 21,10-14.22-23

      El  ángel me transportó en espíritu a un monte altísimo y me enseñó la
ciudad santa, Jerusalén, que bajaba del cielo, enviada por Dios trayendo la
gloria de Dios.
      Brillaba como una piedra preciosa, como jaspe traslúcido.
      Tenía una muralla grande y alta y doce puertas custodiadas por doce
 ángeles, con doce nombres grabados: los nombres de las tribus de Israel.
      A oriente tres puertas, al norte tres puertas, al sur tres puertas, y
a occidente tres puertas.
      El muro tenía doce cimientos que llevaban doce nombres: los nombres de
los Apóstoles del Cordero.
      Templo no vi ninguno, porque es su templo el Señor Dios Todopoderoso
y el Cordero.
      La ciudad no necesita ni luna que la alumbre, porque la gloria de Dios
la ilumina y su lámpara es el Cordero.

Juan 14,23-29

      En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
      - El que me ama guardará mi palabra y mi Padre lo amará, y vendremos
a él y haremos morada en él.
      El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis
oyendo no es mía, sino del Padre que me envió.
      Os he hablado ahora que estoy a vuestro lado, pero el Paráclito, el
Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe
todo y os vaya recordando todo lo que he dicho.
      La Paz os dejo, mi Paz os doy: No os la doy como la da el mundo. Que
no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y
vuelvo a vuestro lado." Si me amarais os alegraríais de que yo vaya al Padre,
porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda,
para que cuando suceda, sigáis creyendo.

Comentario

      El domingo pasado hemos meditado que cumplir el mandamiento del amor
es posible porque el mismo Cristo, que nos manda amar como Él amó, está pre-
sente en nosotros mediante su Espíritu. Hoy el evangelio nos invita a
contemplar la presencia de las divinas personas en quien acoge el mensaje de
Jesús iniciando con Él una relación íntima y personal, como decía el evange-
lio del buen pastor.
      El Dios que ya desde el principio se había acercado al hombre y con él
"paseaba por el jardín" (Gn 3,8), el Dios que quiso ser huésped de Abrahán
(Gn 18) e hizo alianza con él, el Dios que quiso habitar en medio de su
pueblo (Ex 29,45) y tener morada en Jerusalén (IRe 8,27), "cuando llegó la
plenitud de los tiempos", "acampó entre nosotros" Jn 1,14.
      El texto que leemos hoy muestra cómo, a partir de Jesús, la presencia
de Dios no está ligada a tiempos o lugares, sino a la actitud profunda de la
persona frente a Él. "Si uno me ama hará caso de mi mensaje, mi Padre lo
amará y los dos vendremos con él y viviremos con él". Se trata de una
presencia profundísima y personal. Dios habita (vive con) quien acepta a
Jesús y su mensaje. Es una presencia de comunión que introduce al creyente
en el círculo del amor del Padre y del amor del Padre y del Hijo mediante la
acción del Espíritu Santo. De esta forma la persona se convierte en la casa
de Dios, su templo vivo. "¿Habéis olvidado que sois templo de Dios y que el
Espíritu de Dios habita en vosotros?" ICo 3,16.
      Juan subraya la fusión reveladora del Espíritu Santo. Las palabras
dichas por Jesús deben ser acogidas, asimiladas, incorporadas a nuestro
vivir. El Espíritu Santo es quien nos enseña en cada momento a vivir como
cristianos, a descubrir la profundidad de nuestra existencia, a actuar en
conformidad con lo que llevamos dentro desde el día del bautismo. "Os lo
enseñará todo". El es quien nos enseña ese modo nuevo de vivir caracterizado
por la presencia de Jesús en nosotros. Porque si Jesús se va, se aleja con
su muerte es para ir al Padre y estar de nuevo con Él presente en quien cree.
      Este nuevo modo de vivir viendo a Jesús allí donde el mundo no lo ve
("el mundo no me verá, mas vosotros sí me veréis" Jn 14,19), da la paz. Una
paz que Jesús da y que el mundo no puede dar.     

Presencia en Nazaret

      La voluntad de acercamiento de Dios al hombre llegó a su culmen cuando
"la Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros" Jn 1,14. En Nazaret el
Dios hecho hombre vivió entre los hombres, estuvo cercano a los hombres,
compartió su vida, su trabajo, sus inquietudes.
      El Jesús que anunció en el evangelio su presencia con el Padre y el
Espíritu Santo en quien lo acoge, lo anunció también con su vida en Nazaret
al hacerse presente y cercano a cada hombre, al hacerse Él mismo hombre, en
el seno de María.
      María y José son quienes vivieron más prolongadamente y con más in-
tensidad la presencia de Dios hecho hombre en su casa.
      El salto de Dios hacia el interior de cada hombre pasó por la expe-
riencia de Nazaret. Y esto no porque Nazaret sea una zona intermedia, como
si Dios necesitara acostumbrarse a lo humano, sino porque en Nazaret Jesús
no sólo fue acogido en la casa, en el ambiente, en su manera de ser, lo fue
también en el fondo del alma, ¡y de qué modo!, por la fe.
      Cuando Jesús anuncia su presencia en las personas que acogerán su men-
saje, pensaría en primer lugar en su Madre María que ya desde el principio
no sólo había formado su cuerpo sino que lo había acogido en la fe.
      Una vez más podemos decir que lo que se vivió en Nazaret es a la vez
la primera realidad y anuncio y figura de lo que se vivirá  en la Iglesia.

Nazaret soy yo

      El Espíritu Santo enseña todo en el tiempo de la Iglesia y va recor-
dando a los cristianos lo que Jesús dijo. Descubre a través del tiempo y en
cada época la plenitud del evangelio.
      En todos los momentos de la historia de la Iglesia ha habido quienes
se han sentido movidos por el Espíritu Santo para vivir el evangelio de
Nazaret: la pobreza, el silencio, la vida de familia que allí llevó el Hijo
de Dios con María y José.
      Vivir en Nazaret es un modo de vivir cristiano como tantos otros. Cada
palabra del evangelio tiene allí un sabor especial. La que hoy promete la
presencia de las divinas personas en quien ama a Jesús y acepta su mensaje,
tiene una honda resonancia nazarena porque, como hemos visto, es cierto que
Jesús vivió en Nazaret, pero estuvo sobre todo presente en las personas que
allí lo acompañaron.
      Poniendo en primer plano las personas, se comprende fácilmente que lo
importante no es ya, a partir de la resurrección de Cristo, éste o el otro
lugar, sino la actitud que se adopta ante su persona y su mensaje. Además el
Nazaret de la tierra de Israel, sin templo, sin rey, sin historia, es la
confirmación más clara de cuán poco importan los sitios.

            Decid, si preguntan dónde
            que Dios está, sin mortaja
            en donde un hombre trabaja
            y un corazón le responde. (Himno de sexta).

      Recrear el misterio de Nazaret se puede en cualquier parte del mundo.
La condición primera es que el Espíritu Santo haya actuado de tal modo en el
corazón de una persona o de un grupo de personas que el Padre y el Hijo hayan
venido a vivir con él.
      Nazaret nos hace intuir lo que puede significar ese vivir Dios con
nosotros, de manera íntima y prolongada, hasta dónde puede llegar la comunión
de vida con Dios y la familiaridad que se puede tener con Él, lo que es vivir
en alianza con Dios. Desde Nazaret se vislumbra ya el momento en el que "Dios
lo será todo en todos".
TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 9 de abril de 2016

Ciclo C - III Domingo de Pascua

10 de abril de 2016 - III DOMINGO DE PASCUA – Ciclo C

                              "¡Es el Señor!"

 Hechos 5,27b-32.40b-41

      En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los Apóstoles y les
dijo: ¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése?. En
cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos
responsables de la sangre de ese hombre.
      Pedro y los Apóstoles replicaron: Hay que obedecer a Dios antes que a
los hombres. "El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros
matasteis colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo
jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los
pecados". Testigo de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a
los que le obedecen.   
      Azotaron a los Apóstoles, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y
los soltaron. Los Apóstoles salieron del Consejo, contentos de haber merecido
aquel ultraje por el nombre de Jesús.

Apocalipsis 5,11-14

      Yo, Juan, miré y escuché la voz de muchos  ángeles: eran millares y
millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían
con voz potente: "Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la
riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza".
      Y oí a todas las creaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la
tierra, en el mar, -todo lo que hay en ellos- que decían "Al que se sienta
en el trono y al Cordero la alabanza el honor, la gloria y el poder por los
siglos de los siglos".
      Y los cuatro vivientes respondían: Amén.
      Y los ancianos cayeron rostro en tierra, y se postraron ante el que
vive por los siglos de los siglos.

Juan 21,1-19
     
      En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al
lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro,
Tomás apodado Mellizo, Natanael el de Caná  de Galilea, los Zebedeos y otros
discípulos suyos.
      Simón Pedro les dice:
      - Me voy a pescar.
      Ellos contestaron:
      - Vamos también nosotros contigo.
      Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.
      Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los
discípulos no sabían que era Jesús.
      Jesús les dice:
      - Muchachos, ¿tenéis pescado?
      Ellos contestaron:
      - No.
      El les dice:
      - Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.
      La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces.
Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
      - Es el Señor.
      Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la
túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca,
porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con
los peces.
      Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
      - Traed de los peces que acabáis de coger.
      Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta
de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió
la red.
      Jesús les dice:
      - Vamos, almorzad.
      Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque
sabían bien que era el Señor.
      Jesús se acerca, toma el pan y se los da; y lo mismo el pescado.
      Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después
de resucitar de entre los muertos.
      Después de comer dice Jesús a Simón Pedro:
      - Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
      El le contestó:
      - Sí Señor, tú sabes que te quiero.
      Jesús le dice:
      - Apacienta mis corderos.
      Por segunda vez le pregunta:
      - Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
      El le contesta:
      - Sí Señor, tú sabes que te quiero.
      El le dice:
      - Pastorea mis ovejas.
      Por tercera vez le pregunta:
      - Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
      Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería
y le contestó:
      - Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.
      Jesús le dice:
      - Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te
ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos,
otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.
      Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
      Dicho esto, añadió:
      - Sígueme.

Comentario

      El Evangelio de S. Juan en su última página cuenta la tercera aparición
de Jesús a sus discípulos en un relato cargado de símbolos y con detalles muy
significativos.
      Jesús se aparece a los apóstoles junto al mar de Tiberíades. Según el
Evangelio de S. Mateo, el mismo Cristo resucitado había dicho a las mujeres:
"Id a avisarles a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán" Mt 28,10.
Pero al principio no lo reconocen. Sólo después del milagro empiezan a darse
cuenta de quién se trata.
      El primero en reconocerlo es el discípulo amado. Quizá tenía los ojos
más limpios. Cuando su semblante está dibujado dentro, los ojos captan pronto
al Señor. Sin embargo, no es el discípulo amado el protagonista de la escena.
Enseguida interviene Pedro. Era él quien había tenido la iniciativa de ir a
pescar y ahora, movido por su carácter impulsivo y por su gran amor al Señor,
no vacila en lanzarse al agua para ir adonde él estaba. Será también Pedro
quien saque las redes con la pesca milagrosa y el interlocutor de Jesús en
el diálogo que sigue al almuerzo a las orillas del lago.
      Es muy significativa la actitud de los discípulos que "no preguntan
quién era, sabiendo muy bien que era el Señor". Los Hechos de los Apóstoles
dicen que Jesús se les apareció "durante muchos días" Hech. 13,10,pero da la
impresión de que no acababan de acostumbrarse a este modo de presencia del
Señor. Este les prepara el almuerzo, se los da, les hace participar
pidiéndoles algo suyo. Se diría que emplea todos los medios para entrar en
comunicación con ellos, pero ellos parece que no acaban de convencerse. En
la aparición del cenáculo "los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor"
(Jn 20,20) y también sin duda en esta ocasión, pero no acababan de hacerse
a este nuevo modo de estar el Señor con ellos.
      "Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió y lo mismo el pescado".
Es el mismo gesto de la multiplicación de los panes y de la institución de
la Eucaristía. Se diría que con este gesto Jesús ha querido educar a sus
discípulos para que lo reconozcan en el nuevo modo de presencia con que él
estará para siempre en su Iglesia. La Eucaristía, celebrada en la Iglesia,
es el signo por excelencia de su manifestación de su presentarse ante los
Discípulos a partir de entonces. Cada vez que coman y beban el cuerpo y la
sangre del Señor en la Eucaristía, renovarán el misterio de Cristo, muerto
y resucitado, y él estará presente en medio de ellos como don de vida en el
signo del pan y del vino.
      Después de la comida viene en el evangelio el diálogo de Jesús con
Pedro. Con la triple respuesta de amor, Pedro borra la triple negación de su
momento de debilidad. Pedro ya no se escandaliza de su propia fragilidad,
pero sobre todo no se escandaliza de la cruz de Cristo. Como buen discípulo
se apresta a tomar la cruz y a caminar tras el Maestro: Pedro se había ceñido
el vestido para ir en busca del Señor a la orilla del mar. Ahora Jesús le
anuncia que otro le ceñirá indicando con qué muerte iba a glorificar a Dios.
Jesús le había mostrado ya el camino con el gesto de ceñirse para servir ("se
puso a lavarles los pies a los discípulos" Jn 13,5) Ahora Pedro debe com-
prender que su misión de servicio en la Iglesia le llevará hasta el martirio.

Jesús en Nazaret

      También María y José tuvieron que acostumbrarse al nuevo modo de pre-
sencia de Dios entre los hombres cuando vino a "visitarnos" en Jesús.
      El israelita sabía que Dios "está en el cielo" y que el templo de Je-
rusalén era el lugar de la manifestación de su presencia. Por eso hacia ese
lugar convergía toda la actitud religiosa del pueblo de Israel. Los profetas
habían expresado con términos muy claros que Dios está por encima de los
lugares que él mismo elige para manifestarse: "El cielo es mi trono y la
tierra el estrado de mis pies: "¿Qué templo podréis construirme o qué lugar
para mi descanso?" Is 66,1 "No os hagáis ilusiones con razones falsas
repitiendo: el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor"
Jr 7,4 El mismo Salomón que construyó el primer templo oró así: "Ahora, pues,
Dios de Israel, confirma la promesa que hiciste a mi padre David, siervo
tuyo. Aunque, ¿es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el
cielo y en lo más alto del cielo, cuánto menos en este templo que he cons-
truído I Re 8,27.
      Aun así los judíos seguían pensando en Jerusalén como lugar de la
presencia de Dios. "Vosotros (los judíos) decís que el lugar donde hay que
celebrarlo está en Jerusalén" dijo a Jesús la Samaritana (Jn 4, 20). "Sus padres
(María y José‚) iban cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua" Lc 2,41.
      Pero cuando a María "le llegó el tiempo del parto "y dio a luz a su
hijo primogénito" (Lc 2,7), todo cambió. "La Palabra se hizo hombre, acampó
entre nosotros y contemplamos su gloria" Jn. 1,14.  "El es imagen del Dios
invisible" Col 1,15. "Dios, la plenitud total, quiso habitar en él" Col 1,19.
      El tiempo de Nazaret es como los "muchos días" en que Jesús se mani-
festó a sus discípulos después de la resurrección, es un tiempo de aprendizaje
al nuevo modo de estar Dios-con-nosotros. Es un ir acostumbrando los ojos a
la nueva luz.
      La acogida generosa dispensada por María y José‚ al Dios que había ve-
nido para liberar a su pueblo (Lc 1,68), preparó el tiempo en que "no daréis
culto al Padre ni en este monte ni en Jerusalén... Pero se acerca la hora,
o mejor dicho, ha llegado, en que los que dan culto auténtico, darán culto
al Padre con espíritu y verdad, pues de hecho el Padre busca hombres que lo
adoren así" Jn 4,22-23.
      La experiencia de María va aún más adelante puesto que ella vivió tam-
bién de cerca el misterio pascual y los primeros tiempos de la Iglesia post-
pentecostal.

En el tiempo de la Iglesia

      "Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción
litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la persona del
ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que
se ofreció en la cruz, sea sobre todo en las especies eucarísticas. Está pre-
sente con su virtud en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza
es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en
la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla. Está presente, por último
cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: "Donde están
dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20)
S.C.7.
      Estamos en una nueva fase de la economía de la salvación. Cristo, como
a los apóstoles en la orilla del lago, como a María y José‚ en Nazaret, se nos
presenta en un modo nuevo. Ahora, en el tiempo de la Iglesia, se nos presenta
bajo múltiples formas. Pero como en Nazaret o como en la orilla del lago de
Tiberíades, lo primero que necesitamos para reconocerlo es la fe y lo segundo
es el impulso del amor para seguirlo dando la vida por los demás.
      María y José‚ vivían, como Juan el apóstol, con el corazón despierto,
y cuando Dios se presentó en su vida en un modo inesperado y sorprendente (a
José‚ en sueños, a María a través de un mensajero celeste), ellos en seguida
supieron reconocerlo, supieron también que era "el Señor".
      A la luz del evangelio de hoy, la vida de Nazaret nos enseña a vivir
en nuestro tiempo atentos al Señor que se presenta de mil modos en nuestra
vida y a dar el paso generoso de seguirlo hasta el fin.

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 2 de abril de 2016

Ciclo C - II Domingo de Pascua

3 de abril de 2016 - II DOMINGO DE PASCUA  - Ciclo C

         "Llegó Jesús, se puso en medio y dijo: paz con vosotros"

Hechos 5,12-16

      Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.
      Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los
demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de
ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se
adherían al Señor.
      La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y cami-
llas, para que al pasar Pedro, su sombra por lo menos cayera sobre alguno.
      Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén llevando enfermos y
poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban.

Apocalipsis 1,9-11a.12-13.17-19

      Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino
y en la esperanza en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber
predicado la palabra de Dios y haber dado testimonio de Jesús.
      Un domingo caí en ‚éxtasis y oí a mis espaldas una voz potente, como una
trompeta, que decía: Lo que veas escríbelo en un libro, y envíaselo a las
siete iglesias de Asia.
      Me volví a ver quién me hablaba, y al volverme, vi siete lámparas de
oro, y en medio de ellas una figura humana, vestida de larga túnica con un
cinturón de oro a la altura del pecho.
      Al verla, caí a sus pies como muerto.
      El puso la mano sobre mí y me dijo: No temas: Yo soy el primero y el
último, yo soy el que vive.
      Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos; y tengo las
llaves de la Muerte y del Infierno.
      Escribe, pues, lo que veas: lo que está sucediendo y lo que ha de su-
ceder más tarde.

Juan 20,19-31

      Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los
discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos.
      Y entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
      - Paz a vosotros.
      Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos
se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
      - Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
      Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
      - Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les
quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.
      Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando
vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
      - Hemos visto al Señor.
      Pero él contestó:
      - Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en
el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
      A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con
ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
      - Paz a vosotros.
      Luego dijo a Tomás:
      - Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi
costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
      Contestó Tomás:
      - ¡Señor mío y Dios mío!
      Jesús le dijo:
      - ¿Porque me has visto has creído?. Dichosos los que crean sin haber
visto.
      Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús
a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús
es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su
Nombre.

Comentario

      El evangelio de hoy nos presenta a Cristo resucitado en plena cons-
trucción de su Iglesia nacida del sacrificio redentor.
      Presentándose en medio de los discípulos, los saluda con la paz y les
infunde la paz, don de la salvación realizada con su muerte y resurrección
para toda la humanidad. El gesto de mostrar las manos y los pies lleva en
primer lugar a los apóstoles a no confundirlo con un fantasma, pero sobre
todo a identificarlo con el Jesús a quien habían conocido antes de la pasión
y muerte. Esta identificación del resucitado con el crucificado es fun-
damental para la fe de los apóstoles y para la nuestra.
      Una vez más el evangelio subraya el cambio radical de quien empieza a
creer. "Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor". Esta vez el
cambio viene expresado como paso de la tristeza a la alegría, cosa que ya
había sido predicha por Jesús antes de padecer: "Lloraréis y os lamentaréis
vosotros. Mientras el mundo estará alegre: vosotros estaréis tristes, pero
vuestra tristeza acabará en alegría" Jn 16,20. La alegría es, en efecto, un
don típico de la pascua.
      La acción del resucitado, reconocido como Señor, en su Iglesia, con-
centrada entonces en la comunidad de los discípulos, comprende tres aspectos:
la misión, la donación del Espíritu Santo y del poder de perdonar los
pecados.
      - "Como el Padre me ha enviado, os envío yo también". Con estas pala-
bras Jesús confía a la Iglesia que Él ha fundado su misma misión divina:
anunciar a la humanidad el reino de Dios y la salvación. La Iglesia se
convierte así en "sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con
Dios y de la unidad de todo el género humano" L.G. 1. Esta confianza que Dios
pone en los hombres al entregarles su plan divino de salvación, es un miste-
rio que a la vez entusiasma y da miedo. La presencia del Cristo resucitado
y la acción del Espíritu Santo son la garantía de que la Iglesia podrá 
cumplir tan sublime misión.
      - "Recibid el Espíritu Santo". "Exaltado así a la diestra de Dios, ha
recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido y lo ha derramado"
Hch. 2,23, dirá  S. Pedro después de Pentecostés. Y S. Juan afirma que antes
de la resurrección de Cristo "no había Espíritu por que Jesús no había sido
glorificado" Jn 7,39.
      El Espíritu Santo comunicado por Cristo funda en los discípulos la
realidad de la vida nueva, los lleva al conocimiento de la verdad completa
y a testimoniar con fuerza y confianza que "Jesús es el Señor".
      - "A quienes perdonáis los pecados..." La donación del Espíritu Santo
y la comunicación del poder de perdonar los pecados están en íntima conexión.
Es con el poder del Espíritu como los apóstoles y sus sucesores pueden
liberar, sanar, renovar al hombre caído en pecado; es con el poder del
Espíritu Santo como la Iglesia se renueva en el camino de crecimiento hacia
la plenitud del Reino.
      La segunda parte del evangelio narra la experiencia de fe del apóstol
Tomás. Su camino de fe subraya la identidad personal entre el crucificado y
el resucitado, pone de manifiesto el riesgo que supone la fe y provoca la
bienaventuranza de "los que tienen fe sin haber visto".

Precariedad y permanencia de Nazaret

      El evangelio de hoy en su conjunto da una sensación de plenitud, de
vida, de inmensa apertura hacia el futuro. La presencia del Señor resucitado
lo llena todo de luz y de paz. La donación del Espíritu garantiza la fuerza
y la unidad.
      Bajar desde estas alturas a Nazaret puede causar impresión de pobreza,
de limitación, de precariedad. Y sin embargo en Nazaret tenemos ya la fe de
quienes creen sin haber visto, pues en nada aparecería la gloria del Señor
cuando estaba con María y José. Su fe, como la de Abrahán, se apoyaba sólo
en la promesa del Señor: ­"¡Dichosa tú la que has creído! porque lo que te ha
dicho el Señor se cumplirá " Lc 1,45.
      En Nazaret fue recibido el Espíritu Santo con mayor fuerza y plenitud
que en ningún otro sitio: "El Espíritu Santo bajará  sobre ti y la fuerza del
Altísimo te cubrirá con su sombra! Lc 1,35. Y su acción transformó por
completo la vida de María y de José.
      En Nazaret se comenzó a experimentar lo que significa vivir con Jesús
como centro de la familia, de la comunidad. Allí los "discípulos" María y
José empezaron a "ver" al Señor.
      Y sin embargo estas grandes realidades estaban ocultas, no aparecían,
se vivían sin el brillo pascual. Pero la muerte y la resurrección de Cristo
han rescatado para siempre el sentido de los años de Nazaret. Lo que en
Nazaret aparecía incipiente y germinal, se ha revelado, a la luz de la
Pascua, permanente y definitivo.

Ahora

      La ascensión de Cristo a los cielos nos obliga a bajar al Nazaret de
ahora donde es más real que nunca la bienaventuranza de "los que creen sin
haber visto".
      La situación es diferente, pero la oscuridad de la fe que se vivió en
Nazaret nos ayuda a vivir la oscuridad y misterio de reconocer a Cristo en
la humildad del pan, en el hermano que está a nuestro lado, en los pobres,
en la Palabra, en quien tiene las manos, los pies o el costado llagados.
      La apuesta que supuso la fe de María y de José en el Cristo aún no
resucitado estimulan nuestra fe en el Cristo que aún no vemos glorioso y nos
ayuda en el camino que lleva hacia Él.

TEODORO BERZAL.hsf