sábado, 6 de agosto de 2016

Ciclo C - TO - Domingo XIX

7 de agosto de 2016 - XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

                            "Estad preparados"

Lucas 12,32-48

      En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
      - No temas, pequeño rebaño; porque vuestro Padre ha tenido a bien daros
el reino.
      Vended vuestros bienes, y dad limosna; haceos talegas que no se echen
a perder, y un tesoro inagotable en el cielo, adonde no se acercan los
ladrones ni roe la polilla. Porque donde está  vuestro tesoro, allí estará 
vuestro corazón.
      Tened ceñida la cintura y encendidas las lámparas. Vosotros estad como
los que aguardan a que su señor vuelva de la boda, para abrirle, apenas venga
y llame.
      Dichosos los criados a quienes el señor, al llegar, los encuentre en
vela: os aseguro que se ceñirá, los hará sentar a la mesa y los irá sir-
viendo.
      Y si llega entrada la noche o de madrugada, y los encuentra así,
dichosos ellos.
      Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora viene el ladrón,
no le dejaría un boquete.
      Lo mismo vosotros, estad preparados, porque a la hora que menos pensáis
viene el Hijo del Hombre.
      Pedro le preguntó:
      -Señor, ¿has dicho esta parábola por nosotros o por todos?
      El Señor le respondió:
      - ¿Quién es el administrador fiel y solícito a quien el amo ha puesto
al frente de su servidumbre para que les reparta la ración a sus horas?
      Dichoso el criado a quien al llegar lo encuentre portándose así. Os
aseguro que lo pondrá al frente de todos sus bienes.
      Pero si el empleado piensa: "Mi amo tarda en llegar" y empieza a
pegarles a los mozos y a las muchachas, a comer y emborracharse; llegará el
amo de ese criado el día y a la hora que menos lo espera y lo despedirá,
condenándolo a la pena de los que no son fieles.
      El criado que sabe lo que su amo quiere y no está dispuesto a ponerlo
por obra, recibirá muchos azotes; el que no lo sabe, pero hace algo digno de
castigo, recibirá pocos.
      Al que mucho se le dio, mucho se le exigirá; al que mucho se le confió,
más se le exigirá.

Comentario

      En conexión con el evangelio del domingo pasado, Jesús insiste sobre
la necesidad de atesorar para el cielo: "Haceos bolsas que no se deterioran,
un tesoro inagotable en el cielo, donde no llega el ladrón ni destruye la
polilla" Lc 12,33. Pero el tema principal de hoy es el de la responsabilidad
y vigilancia cristiana.
      Jesús pide a sus seguidores que sean "como hombres que esperan a que
su señor vuelva de la boda" o "como el administrador fiel y prudente". El
sentido de las dos imágenes, tanto si se refieren a la primera como a la
segunda venida de Cristo es el mismo. Nos viene dado por las últimas palabras
del evangelio: "Aquel siervo que conociendo la voluntad de su señor, no ha
reparado nada ni ha obrado conforme a la voluntad de su señor, recibirá 
muchos azotes, el que no la conoce y hace cosas dignas de azotes, recibirá
pocos". La proporcionalidad en el castigo o en la recompensa no puede llevar
a dormirse sobre los laureles. Al judío se le había dado mucho ("Ellos tiene
la adopción filial, la gloria, las alianzas, la legislación, el culto, las
promesas y los patriarcas" Rm 9,3), al cristiano se le ha dado todo. ("Nos
ha bendecido con toda clase de bendiciones espirituales, en los cielos, en
Cristo" Ef, 1,3). Pero la abundancia de la gracia de Cristo no debe ser una
ventaja inmerecida, sino un estímulo a una mayor responsabilidad. "No te
engrías, mas bien teme. Que si Dios no perdonó a las ramas naturales, no sea
que tampoco a ti te perdone" Rm 11,21. "A quien se le dio mucho, se le
reclamará mucho y a quien se le confió mucho, se le pedirá más".

La respuesta de Nazaret

      María y José estaban "despiertos" y prontos cuando Dios decidió
intervenir en sus vidas para cumplir los misterios de nuestra salvación. Su
respuesta fue pronta, positiva, sin reservas. "Dichoso aquel siervo a quien
su señor, al llegar, encuentre haciéndolo así". María fue saludada por el
 Ángel como "la llena de gracia" y a través de ella se nos dio al Salvador del
Mundo. En José ha visto la Iglesia al nuevo hijo de Jacob a quien "el Señor
ha puesto al frente de su casa" y "confió la custodia de los misterios de
nuestra salvación" cuando apuntaba el alba de los tiempos nuevos. (Liturgia
de la fiesta de S. José).
      La gran responsabilidad de ambos quedó de manifiesto con todas las
preocupaciones y con el cuidado que pusieron en guardar el "tesoro" (Jesús)
que el Padre les había confiado. Aparece también y de forma muy clara en la
angustia que experimentaron cuando, por tres días, Jesús se pierde en
Jerusalén. Ellos recibieron un Jesús en germen y lo entregaron adulto al
mundo para cumplir su misión. No se limitaron, pues, a "esconder" su talento
como el siervo perezoso. Por eso cuando volvió a visitarlos el Señor los
encontró preparados y dispuestos.
      El papel que desempeñan María y José, en el tiempo de la Iglesia, está 
en relación con los dones que el Señor les confió y con la generosa respuesta
que ellos dieron a su llamada. "De verdad os digo que le pondrá al frente de
toda su hacienda".

Nuestra responsabilidad

      La respuesta generosa de María, la virgen "prudente", y de José, el
hombre "justo", estimulan nuestra fidelidad.
      La vida cristiana es ante todo una vida agradecida (eucarística). La
conciencia de los dones recibidos, de la llamada, de la elección, de la vida
misma recibida de Dios, es una fuerza constante que dinamiza todas las accio-
nes. El cristiano es consciente que jamás hará lo suficiente para responder
dignamente a todo lo que se le ha dado.
      Por eso la vida cristiana es una vida atenta, el don de Dios no se
sitúa sólo y todo de una vez al comienzo. Dios se da y da continuamente. Hay
muchas llamadas de Dios en nuestra vida: el día que no se espera y en el
momento que no se sabe. La actitud de atención y apertura a Dios no es sólo
en vistas al último día. La vida cristiana es una vida vigilante porque el
Señor puede venir en cualquier momento, porque nuestro tesoro lo llevamos en
vasos de barro, porque hay quien busca nuestra perdición, porque nosotros
mismos podemos constituirnos en los peores enemigos de nuestra propia vida...
La vigilancia cristiana es la actitud profunda de quien espera. Estado de
alerta el nuestro, pero no estado de preocupación y de angustia, porque el
cristiano está seguro del cumplimiento de lo que espera. "La esperanza no
falla, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el
Espíritu Santo que nos sido dado" Rom 5,5.
      El cristiano que vive así, no se inquieta de que su Señor venga "en la
segunda vigilia o en la tercera".

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 30 de julio de 2016

Ciclo C - TO - Domingo XVIII

31 de julio de 2016 - XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

                 "La vida de uno no depende de sus bienes"

Lucas 12,13-21

      En aquel tiempo, dijo uno del público a Jesús:
      - Maestro, dile a mi hermano que reparta conmigo la herencia.
      El le contestó:
      - Hombre, ¿quién me ha nombrado juez o árbitro entre vosotros?
      Y dijo a la gente:
      - Mirad: guardaos de toda clase de codicia. Pues aunque uno ande
sobrado, su vida no depende de sus bienes .
      Y les propuso una parábola:
      - Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y empezó a echar cálculos: ¿Qué
haré? No tengo donde almacenar la cosecha.
      Y se dijo:
      - Haré lo siguiente: derribaré los graneros y construiré‚ otros más
grandes, y almacenaré allí todo el grano y el resto de mi cosecha. Y entonces
me diré a mi mismo "Hombre, tienes bienes acumulados para muchos años;
túmbate, come, bebe y date buena vida".
      Pero Dios le dijo:
      - "Necio, esta noche te van a exigir la vida. Lo que has acumulado ¿de
quién será?"
      Así será el que amasa riquezas para sí y no es rico ante Dios.   

Comentario

      Jesús se niega a hacer de árbitro para solucionar un problema de
herencia y aprovecha la circunstancia para dar una enseñanza fundamental
situándose en la línea sapiencial de su pueblo.
      El valor relativo de los bienes de este mundo había sido puesto de
manifiesto repetidas veces en los libros del Antiguo Testamento hasta llegar
a ser una doctrina tradicional en el pueblo de Israel. "¿Qué le queda al
hombre de toda su fatiga y esfuerzo con que se fatigó bajo el sol? Ecli 2,22.
La Biblia reconoce al mismo tiempo el valor de los bienes materiales, su
caducidad y el poder que tienen de pervertir el corazón del hombre.
      Jesús, situándose en esta misma línea de pensamiento, recomienda a sus
discípulos que se guarden de la codicia y condena con una parábola la
actitud del hombre que pone su confianza en la riqueza. Jesús va así una vez
más a la esencia de su mensaje: ante Dios y su reino, que son el único bien
absoluto, las demás cosas tienen sólo un valor relativo. Quien pone éstas en
primer lugar es un "necio", está incapacitado para acoger dentro de sí el
reino de Dios.
      Más allá de la experiencia humana de la transitoriedad de todas las
cosas de este mundo, pero en absoluta coherencia con ella, el mensaje de
Jesús, poniendo a Dios como origen y meta del hombre, da también a éste todo
su valor trascendente y señala cuál es la función de los bienes materiales.

La sabiduría de Nazaret

      La "Sagrada Familia, pobre en bienes de la tierra, pero rica en bienes
del cielo", es una de las invocaciones de las letanías que traduce de forma
muy acertada cómo Jesús, María y José vivieron la enseñanza central del
evangelio de hoy.
      María había celebrado en el Magnificat al Dios que "a los hambrientos
colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada" Lc. 1,53. Las idas y venidas
que los evangelios narran en los comienzos de la vida de Jesús reflejan
necesariamente una situación de pobreza en la Sagrada Familia: falta de
hogar, de patria, de medios. En los largos años de Nazaret la situación debió
mejorar, pero sólo como fruto del trabajo del "carpintero" y del "hijo del
carpintero".
      Aquel que más tarde propondría "buscar ante todo el reino de Dios" Lc
12,31 y llamaría "necio" al que "atesora riquezas para sí y no se enriquece
en orden a Dios" Lc 12,21, no pudo vivir en Nazaret sino con una mentalidad
de pobre.
      Esta sabiduría del pobre, que sabe que lo único que en definitiva vale
la pena es Dios, está admirablemente recogida en algunas expresiones de los
salmos. "En Dios mi salvación y mi gloria, la roca de mi fuerza... No os
fiéis de la opresión, no os ilusionéis con la rapiña; a las riquezas cuando
aumentan, no apeguéis el corazón" Sal 62,8,11; Sal 49.
      Jesús en Nazaret, crecía en "sabiduría". En esa sabiduría que consiste
en dar a cada cosa su justo valor y en poner a Dios como bien absoluto.

Nuestra pobreza

      Miseria es todo lo que impide al hombre ser hombre, la pobreza es una
condición indispensable para ser hombre.
      Desde el punto de vista cristiano, los bienes de la tierra son buenos
en sí mismos en cuanto creados por Dios y como medio de desarrollo de la
persona y de la comunidad humana. Pero la corrupción del corazón del hombre
y la situación de injusticia social pueden hacer que esos mismos bienes sean
un instrumento de opresión y de división. Es más, la abundancia de bienes
materiales puede cegar el corazón del hombre e incapacitarlo para la apertura
a Dios y a sus hermanos. La pobreza, en cuanto actitud de desprendimiento,
aparece así como condición indispensable para acoger el reino de Dios y para
construirlo en comunión con los demás.
      El radicalismo evangélico del "dejarlo todo" para seguir a Jesús se
presenta como característica de todos los discípulos. Es el sentido de las
parábolas del tesoro y de la perla. Mat 13,44-45.
      El gesto del religioso que hace el voto de pobreza tiene como sig-
nificado profundo el afán de perpetuar en la Iglesia de forma palpable y
concreta esta "sabiduría" evangélica que ve en Dios el bien supremo por el
que vale la pena dejar todos los otros bienes. De esta forma la vida
religiosa se convierte en signo de lo que la Iglesia es y de lo que la
Iglesia espera.
      Viendo la vida pobre y humilde de Nazaret, aprendemos de forma in-
tuitiva esta gran sabiduría de organizar la vida cotidiana entorno a lo que
verdaderamente vale y a no apoyarnos en cosas de las que nunca puede venir
la salvación.

TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 23 de julio de 2016

Ciclo C - TO - Domingo XVII

23 de julio de 2016 - XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

                            "Cuando oréis, decid: Padre..."

Lucas 11,1-13

      Una vez estaba Jesús orando en cierto lugar; cuando terminó uno de sus
discípulos le dijo:
      - Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos.
      El les dijo:
      - Cuando oréis decid: "Padre, santificado sea tu nombre, venga tu
reino, danos cada día nuestro pan del mañana, perdónanos nuestros pecados,
porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe algo y no nos dejes
caer en la tentación."
      Y les dijo:
      - Si alguno de vosotros tiene un amigo y viene durante la medianoche
para decirle: "Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido
de viaje y no tengo nada que ofrecerle".
      Y desde dentro, el otro le responde: "No me molestes; la puerta está
cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dár-
telos".
      Si el otro insiste llamando, yo os digo que, si no se levanta y se los
da por ser amigo suyo, al menos por la importunidad se levantará y le dará 
cuanto necesite.
      Pues así os digo a vosotros: Pedid y se os dará; buscad y hallaréis;
llamad y se os abrirá; porque quien pide, recibe, quien busca, halla y al que
llama se le abre.
      ¿Qué padre entre vosotros, cuando un hijo le pide pan, le dará una
piedra? ¿O si le pide un pez, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo,
le dará un escorpión?
      Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos,
¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo
piden?

Comentario

      El contenido del evangelio de hoy se refiere a un tema particularmente
estimado por S. Lucas: la oración.
      Jesús enseña a sus discípulos cómo orar. No se limita a decir con qué
palabras hay que dirigirse a Dios, sino que les muestra cuál es la actitud
profunda del orante.
      Ante todo está la confianza filial que lleva a llamar a Dios Padre, es
decir a tratarlo como un ser personal que nos ama, nos escucha y nos
responde. Después viene la alabanza que es apertura y admiración de lo que
Dios es y de que llegue su reino, es decir, de que se cumpla en la actualidad
su plan de salvación. Y la fórmula que Jesús propone se concluye con el gesto
de quien todo lo espera de Dios: el pan, el perdón, la protección contra el
mal.
      La oración misma transforma al orante hasta colocarlo en una actitud
de flexibilidad interior abierta al perdón de las injurias.
      Las palabras que siguen al Padrenuestro, nos enseñan dos caracte-
rísticas esenciales de la oración: la perseverancia (con la parábola del
amigo importuno) y la fe en la eficacia de la oración.
      Pero Jesús no es sólo el maestro de la oración. El ha hecho mucho más
que enseñarnos con qué palabras orar y decirnos cuál es la actitud del
orante. Nos ha dado el Espíritu Santo para que la oración que Él propone
pueda realizarse. "Exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el
Espíritu Santo prometido y ha derramado lo que vosotros veis y oís" Hch 2,33.
"De esta manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues noso-
tros no sabemos cómo pedir para orar como conviene: mas el Espíritu mismo
intercede por nosotros con gemidos inefables" Rm 8,26.

En Nazaret se oraba

      El evangelio dice que el crecimiento de Jesús en todos los órdenes se
efectuaba "ante Dios" Lc 2,52. Por otra parte es fácil suponer cuáles eran
los momentos de oración de la Sagrada Familia, si se examina la vida normal
de una familia hebrea de su tiempo.
      Todo el evangelio de Lucas está envuelto en un clima de oración y de
modo muy especial el evangelio de la infancia de Cristo que gravita entorno
a Belén y Nazaret. Tenemos además una de las oraciones más sublimes de todos
los tiempos salida de los labios de uno de los componentes de la familia de
Nazaret: el Magnificat de María.
      Como el Padrenuestro, el Magnificat arranca con un momento "extático"
en el que el orante se olvida por completo de sí mismo para fijar su mirada
en Dios. Sólo en un segundo momento la atención se centra sobre la persona
que ora y aun entonces es para bendecir a Dios por todo lo que ha hecho en
la historia de la salvación personal y colectiva.
      El Magnificat es fruto de un momento sublime de la acción de la gracia,
es la respuesta al acercamiento supremo de Dios al hombre. En esa oración
podemos sin duda reconocer todas las características de la oración que se
hacía diariamente en Nazaret: una oración hecha bajo la acción del Espíritu
Santo, una oración llena de las expresiones de la Palabra de Dios, una ora-
ción donde predomina la alabanza y la acción de gracias, una oración que
brota de un corazón humilde y pobre, una oración a la vez personal y
comunitaria, una oración anclada en la historia, una oración que lleva a
vivir con intensidad el momento presente de la salvación que Dios opera.

Nuestra oración

      Hechos hijos de Dios en el bautismo, la oración, diálogo amoroso con
el Padre, es para nosotros algo natural y como instintivo.
      En los cristianos se cumple la nueva alianza anunciada por los pro-
fetas. "Ya no tendrán que adoctrinar uno a su prójimo y otro a su hermano
diciendo: conoce a Yavé, pues todos ellos me conocerán del más chico al más
grande" Jer. 31,34. De este "conocimiento" vivo y personal brota el diálogo
de la oración y a él debe retornar constantemente para mantenerse fresca y
para progresar siempre.
      Contemplando la oración de Nazaret, o mejor, a Jesús, María y José en
oración podemos vivificar constantemente nuestra oración no sólo pretendiendo
una imitación lejana de su modo de orar, sino dejando que su oración
transforme nuestra oración.
      En la oración de Nazaret encontramos todos los elementos capaces de dar
nueva vida a nuestra oración: la tensión hacia el Padre ("Tengo que estar en
la casa de mi Padre"), la presencia permanente de Jesús haciendo unidad
("Bajó con ellos"), el poder del Espíritu Santo ("te cubrirá con su
sombra")... Su vida era oración.
      Si nuestra oración languidece, debemos buscar ante todo una renovada
experiencia de Dios, humillándonos en su presencia, reconociendo nuestro
pecado y poniéndonos de nuevo a su servicio. Sin este primer punto funda-
mental todos los métodos y técnicas, todas las formas y fórmulas serán vanas.
El principio renovador de la oración es Dios mismo que con su espíritu nos
mueve a acercarnos a Él cada vez con más amor y confianza.

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 16 de julio de 2016

Ciclo C - TO - Domingo XVI

 17 de julio de 2016 - XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo C

               "Sentada a los pies del Señor escuchaba su palabra"

Lucas 10,38-42

      En aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta
lo recibió en su casa.
      Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada a los pies del
Señor, escuchaba su palabra.
      Y Marta se multiplicaba para dar abasto con el servicio; hasta que se
paró y dijo:
      - Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con el
servicio? Dile que me eche una mano.
      Pero el Señor le contestó:
      - Marta, Marta: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una
es necesaria. María ha escogido la parte mejor, y no se la quitarán. 

Comentario

      La escucha de la Palabra es una actitud que Jesús destaca como esen-
cial. Aquí no se trata de establecer la complementariedad de los carismas en
la comunidad cristiana (unos especialistas en el servicio y otros en la
oración) y menos aún de establecer una jerarquía interna entre ellos
(superioridad de la contemplación sobre la acción). Las palabras de Jesús que
elogian el comportamiento de María, señalan cual es la condición primera y
esencial de todos los seguidores de Jesús: estar atentos a su palabra. Las
demás cosas vienen después. Podemos leer las palabras finales del evangelio
de hoy en la misma línea de otras que se encuentran en pasajes cercanos: "El
que no está conmigo está contra mí" Lc 11,23. "Dichosos más bien los que oyen
la Palabra de Dios y la guardan" Lc 11,28. "La lámpara de tu cuerpo es tu
ojo. Cuando tu ojo está sano también todo tu cuerpo está luminoso" Lc 11,34.
"Pero ¡ay de vosotros los fariseos! purificáis por fuera la copa y el plato,
mientras por dentro estáis llenos de rapiña y maldad ¡Insensatos!. ¿El que
hizo el exterior no hizo también el interior?" Lc 11,39-41 (cfr. Lc 11,42).
      En todas estas expresiones y en otras muchas del evangelio hay una idea
común: Jesús va a lo esencial. "Una sola cosa es necesaria". Quien ha
entendido de qué se trata no necesita más explicaciones. Cuando se ha dado
con el punto clave, que es la aceptación de Jesús y su mensaje todo lo demás
viene "por añadidura".
      En el evangelio de hoy vemos cómo María supo ir directamente a lo
importante en contraste con la multiplicidad de ocupaciones de su hermana.

Ser "María" en Nazaret

      Jesús no empezó a hablar cuando inició su vida pública. S. Lucas nos
transmite sólo una palabras suyas, significativas al mismo tiempo que
misteriosas, pronunciadas cuando tenía doce años. Y a lo largo de los treinta
años de vida en Nazaret Jesús diría muchas otras cosas semejantes a las que
leemos en el evangelio. Uno no se inventa un modo de hablar a los treinta
años.
      El Evangelio dice por dos veces que María, la madre de Jesús, con-
servaba estas cosas (hechos-palabras) meditándolas en su corazón. Gracias a
ella se conservan seguramente las páginas más bellas del evangelio de la
infancia de Cristo.
      La reflexión de María a la luz de los acontecimientos de la Pascua,
hizo que todos aquellos detalles de la infancia revelaran plenamente su
profundo significado para los seguidores de Jesús. María fue la primera en
descubrirlo.
      Pero la actitud de escucha de la Palabra no se limitó para María al
tiempo de Nazaret. Supo dar el paso de convertirse en discípula de su propio
hijo. Los evangelios nos la presentan siguiendo, al menos ocasionalmente, a
Jesús y recogiendo, junto con un reducido número de personas, sus últimas
palabras al pie de la cruz.

Oyentes de la Palabra

      El comportamiento de María y de José frente a Jesús en Nazaret, la
Palabra hecha carne, nos enseña cómo vivir esta realidad fundamental de la
vida cristiana que es la escucha y asimilación de la Palabra de Dios.
      Escuchar la Palabra, vivir con ella, acogerla y hacerla germinar y
crecer es la esencia misma de la vida nazarena.
      A la luz del evangelio de hoy, la exigencia de dejarlo todo por Jesús,
como hicieron María y José, se hace más apremiante que nunca para quienes
deseamos compartir su vida.
      Importante es también para nosotros la escucha prolongada de la Palabra
tratando de recoger todos sus matices, toda su densidad, toda su fuerza de
fecundación como lo hicieron Jesús, María y José‚ en Nazaret. Nuestra vida hoy
necesita de esa escucha prolongada que a la larga transforma al oyente y con
la fuerza del Espíritu del Espíritu Santo cambia su mentalidad. No podemos
olvidar que hay muchas otras palabras, ideas e imágenes en nuestro mundo que
luchan por borrar la fuerza de la Palabra.
      Finalmente, la imagen de María que escucha a los pies de Jesús nos ayuda
a integrar el momento contemplativo en nuestra vida. Es el momento de suprema
apertura a Dios y a los hombres. No se sitúa en alternativa con la acción,
sino como su complemento indispensable siendo ambas expresión del mismo amor.
TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 9 de julio de 2016

Ciclo C - TO - Domingo XV

10 de julio de 2016 - XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

                            "Haz eso y vivirás"

Lucas 10,25-37

      En aquel tiempo, se presentó un letrado y le preguntó a Jesús para
ponerlo a prueba:
      - Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?
      El le dijo:
      - ¿Qué está  escrito en la Ley?, ¿qué lees en ella?
      El letrado contestó:
      - "Amar s al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma y con
todas fuerzas y con todo tu ser. Y al prójimo como a ti mismo".
      El le dijo:
      - Bien dicho. Haz esto y tendrás la vida.
      Pero el letrado, queriendo aparecer justo, preguntó a Jesús:
      - ¿Y quién es mi prójimo?
      Jesús dijo:
      - Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó, cayó en manos de unos la-
drones, que lo desnudaron, lo molieron a palos y se marcharon, dejándolo
medio muerto. Por casualidad, un sacerdote bajaba por aquel camino, y, al
verlo, dio un rodeo y pasó de largo. Y lo mismo hizo un levita que llegó a
aquel sitio: al verlo dio un rodeo y pasó de largo.
      - Pero un samaritano que iba de viaje, llegó a donde estaba él y, al
verlo, le dio lástima, se le acercó, le vendó las heridas, echándoles aceite
y vino y, montándolo en su propia cabalgadura, lo llevó a una posada y lo
cuidó. Al día siguiente sacó dos denarios y, dándoselos al posadero, le dijo:
      - Cuida de él y lo que gastes de más yo te lo pagaré a la vuelta.
      - ¿Cuál de estos tres te parece qué se portó como prójimo del que cayó
en manos de los bandidos?.
      El letrado contestó:
      - El que practicó la misericordia con él.
      Díjole Jesús:
      - Anda, haz tu lo mismo.

Comentario

      El legista que se acercó a Jesús "para ponerlo a prueba", supo res-
ponder muy bien a su propia pregunta. Las dos breves citas del Antiguo Testa-
mento (Dt. 6,5 y Lev. 19,18) que menciona, son el mejor resumen de cuanto
está escrito en la ley y los profetas. El amor a Dios y el amor al prójimo
son el corazón mismo de la alianza entre Dios y su pueblo.
      Jesús por su parte supo detectar muy bien dónde estaba el problema de
los judíos y de modo especial de los judíos instruidos. Ellos conocían bien
la ley pero no la practicaban. Por eso su respuesta es clara y contundente:
"Haz eso y vivirás"; "Vete y haz tú lo mismo".
      San Pablo llega a la misma conclusión cuando analiza el caso de los de
su propio pueblo en el contexto de la historia entera de la salvación. "Pero
si tú, que te dices judío y descansas en la ley, que te glorías en Dios, que
conoces su voluntad, que disciernes lo mejor amaestrado por le ley ... Tú que
te glorías en la ley, transgrediéndola deshonras a Dios" Rm 2,17-24.
      El problema no está pues en la ley, ni en el conocimiento que el
hombre tiene de ella sino en el corazón. El punto crucial no es el cono-
cimiento de la ley sino en saber quién es el prójimo y practicar la mi-
sericordia con él.
      Por eso la característica de la nueva alianza no es una ley nueva sino
la presencia del Espíritu Santo en el creyente, presencia que transforma
interiormente y lo capacita para amar. "El amor de Dios ha sido derramado en
nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado" Rm 5,5.

Ser "samaritano" en Nazaret

      No tenemos apenas datos ciertos para saber cómo Jesús, María y José
"practicaron la misericordia" concretamente en Nazaret. Los evangelios
apócrifos y la imaginación de algunos autores se han esforzado en colmar éste
como otros vacíos. No es difícil por otra parte suponer rasgos de delicadeza,
amor, ayuda eficaz de la Sagrada Familia en el medio en que vivió.
      S. Lucas nos ofrece el rasgo de "buen samaritano" que María ejerció
cuando fue a visitar a su prima Isabel y "permaneció con ella unos tres
meses" (1,56).
      José supo entrar en los planes de salvación que Dios había determinado
y aceptó "ser prójimo" de María tomándola en su casa en circunstancias bien
difíciles. "Despertando José‚ del sueño, hizo como el  Ángel del Señor le había
dicho y tomó consigo a su mujer" Mt 1,24. José‚ "hizo" lo que Dios le pedía.
Es exactamente la actitud que Jesús pide en el evangelio de hoy.
      El relato de S. Mateo muestra a José‚ y a María protegiendo a Jesús de
los planes asesinos de Herodes y fácilmente se supone que prodigaron a Jesús
todos los cuidados y atenciones requeridos por su condición humana en la
situación de debilidad que es la infancia.
      De esta forma se preparó Jesús, el buen samaritano por antonomasia, a
encontrarse con el hombre caído, a pagar por él no sólo con dos monedas de
oro, sino con su propia sangre (IPe 1,18-21), a vendar sus heridas, a ofre-
cerlo no una posada sino la propia casa del Padre.

"Amar"

      El amor es la raíz profunda de la "misericordia". El amor de Dios, el
amor con Dios, "derramado en nuestros corazones", es lo que nos hace
descubrir quién es nuestro prójimo y nos da alas para acudir en su ayuda.
      El amor rompe todas las barreras y es capaz también de quebrar nuestros
propios proyectos para detenernos en el camino y ayudar a quien nos necesita.
Cuando la ayuda brota de un corazón lleno del amor de Dios, los cuidados que
se dan al prójimo no hacen mal, lo curan y lo restablecen en su dignidad.
      Entre el amor a Dios y el amor al prójimo que el cristiano debe vivir
no hay oposición ni alternativa. El amor al prójimo brota necesariamente del
amor a Dios.
      Viendo cómo eran Jesús, María y José‚ en Nazaret no tenemos necesidad
de muchas explicaciones sobre lo que hicieron.
      Cuando el amor de Dios est  dentro de una persona, a lo mejor no queda
memoria de lo que hizo, pero estamos seguros de que no quedará sin
recompensa. "Todo aquel que os dá de beber un vaso de agua por el hecho de
que sois de Cristo, os aseguro que no quedar  sin recompensa" MC 9,41.
      Desde esta perspectiva quedan valorizados todos los actos de mise-
ricordia, desde los más insignificantes hasta los más sublimes. Esto es muy
importante para quien vive en Nazaret, pues ordinariamente sólo en los
detalles de la vida normal encontrar  el modo de descubrir quien es su
prójimo y de practicar con él la misericordia.

TEODORO BERZAL.hsf