sábado, 10 de septiembre de 2016

Ciclo C - TO - Domingo XXIV

11 de septiembre de 2016 - XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

                "Su padre lo vio de lejos y se enterneció"

Lucas 15,1-32

      En aquel tiempo, se acercaban a Jesús los publicanos y los pecadores
a escucharle. Y los fariseos y los letrados murmuraban entre ellos: Este
acoge a los pecadores y come con ellos..
      Jesús les dijo esta parábola:
      - Si uno de vosotros tiene cien ovejas y se le pierde una, ¿no deja las
noventa y nueve en el campo y va tras la descarriada, hasta que la encuentra?
Y cuando la encuentra, se la carga sobre los hombros, muy contento, y al
llegar a casa, reúne a los amigos y a los vecinos para decirles:
      ¡Felicitadme!, he encontrado la oveja que se me había perdido.
      Os digo que así también habrá  más alegría en el cielo por un solo
pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan
convertirse.
      Y si una mujer tiene diez monedas y se le pierde una, ¿no enciende una
lámpara y barre la casa y busca con cuidado, hasta que la encuentra? Y cuando
la encuentra, reúne a las vecinas paras decirles:
      - ¡Felicitadme!, he encontrado la moneda que se me había perdido.
      Os digo que la misma alegría habrá  entre los ángeles de Dios por un
solo pecador que se convierta.
      También les dijo:
      - Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:
      - Padre, dame la parte que me toca de la fortuna.
      El padre les repartió los bienes.
      No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo emigró a
un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.
      Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre
terrible, y empezó él a pasar necesidad.
      Fue entonces y tanto le insistió a un habitante de aquel país, que le
mandó a sus campos a guardar cerdos. Le entraban ganas de llenarse el
estómago de las algarrobas que comían los cerdos, y nadie le daba de comer.
      Recapitulando entonces se dijo:
      - Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo
aquí me muero de hambre. Me pondré en camino adonde está mi padre y le diré:
"Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo
tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros".
      Se puso en camino adonde estaba su padre: cuando todavía estaba lejos,
su padre lo vio y se conmovió, y echando a correr, se le echó al cuello, y
se puso besarlo.
      Su hijo le dijo:
      - Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme
hijo tuyo.
      Pero el padre dijo a sus criados:
      - Sacad en seguida el mejor traje, y vestidlo, ponedle un anillo en la
mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y matadlo; celebremos
un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba
perdido, y lo hemos encontrado.
      Y empezaron el banquete.
      Su hijo mayor estaba en el campo.
      Cuando al volver se acercaba a casa, oyó la música y el baile, y
llamando a uno de los mozos, le preguntó qué pasaba.
      Este le contestó:
      - Ha vuelto tu hermano, y tu padre ha matado el ternero cebado, porque
lo ha recobrado con salud.
      El se indignó y se negaba a entrar; pero su padre salió e intentaba
persuadirlo.
      Y él replicó a su padre:
      - Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden
tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis
amigos, y cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con
malas mujeres, le matas el ternero cebado.
      El padre le dijo:
      - Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo: deberías
alegrarte, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido, estaba
perdido, y lo hemos encontrado.

Comentario

      El tema de la misericordia de Dios encuentra su punto culminante en el
cap. 15 del evangelio de S. Lucas, que leemos hoy. Se compone este capítulo
de una pequeña introducción y de tres parábolas.
      La introducción alude a la costumbre de Jesús de "acoger a pecadores
y descreídos" que "solían acercarse en masa" y a la crítica que los fariseos
y los letrados hacen de tal conducta.
      Podemos decir que las tres parábolas son el mejor comentario a este
modo de proceder de Jesús, en quien "nos ha visitado la entrañable mise-
ricordia de nuestro Dios" Lc 1,78.
      Las parábolas de la oveja y de la moneda perdidas, ponen de
manifiesto el amor de Dios hacia el pecador y su alegría por la conversión
de quien está perdido. Amor de Dios que es activo, inquieto, ansioso, que no
espera sino que busca y va al encuentro; alegría que desborda sobre los
demás.
      En la tercera parábola destaca la figura del padre. Es la parábola del
padre.
      El padre de la parábola, que es la imagen más perfecta de Dios, respeta
la libertad de sus hijos, actúa siempre movido por el amor a sus hijos. Al
menor, lo espera, va a su encuentro, lo abraza y lo besa, lo perdona, no se
detiene a escuchar sus excusas, lo trata como a un huésped de honor, lo
devuelve a su dignidad de hijo. Al hijo mayor, lo llama también hijo, aunque
éste nunca lo llame padre y se considere ofendido por los honores tributados
a su hermano.
      También en esta parábola se destaca la alegría como elemento carac-
terizador de la personalidad del padre: "Había que hacer fiesta, alegrarse".

Nazaret

      Nazaret está también presente en este capítulo del evangelio. Cabe
suponer que la atenta observación de Jesús durante su vida en Nazaret
proporcionó los elementos necesarios para construir estas parábolas. Allí
vería muchas veces el comportamiento de los pastores, de las amas de casa,
de los padres de familia...
      Pero Nazaret está presente sobre todo en el centro del mensaje que
transmiten estas parábolas: Dios ha salido al encuentro del hombre pecador
en Cristo Jesús.
      De este modo en Cristo y por Cristo, se hace también particularmente
visible Dios en su misericordia, esto es, se pone de relieve el atributo de
la divinidad que ya el Antiguo Testamento, sirviéndose de diversos conceptos
y términos, definió como "misericordia" (hesed). Cristo confiere un
significado definitivo a toda la tradición veterotestamentaria de la mise-
ricordia divina. No sólo habla de ella usando semejanzas y parábolas, sino
que además Él mismo la encarna y personifica. El mismo es, en cierto sentido,
la misericordia. A quien la ve y la encuentra en Él, Dios se hace
concretamente "visible" como Padre "rico de misericordia" (Ef 2,4. Juan Pablo
II, Encíclica "Dives in misericordia" Nº 2).     
      Así lo entendieron también María y José. María en el Magnificat alaba
al Señor porque "su misericordia llega a sus fieles de generación en
generación" (Lc 1,50) y porque "se ha recordado de la misericordia en favor
de Abrahán y su descendencia por siempre" Lc 1,54. Precisamente su maternidad
dio cumplimiento a todas las promesas y mostró de forma definitiva la
fidelidad del Señor.


Vivir la misericordia

      Vivir la misericordia significa ante todo proclamar y cantar la
misericordia de Dios, como hizo María. Es aceptar que la fuente de la
misericordia está en Él y que, antes de ser una realidad de la que nos
beneficiamos, es la característica que mejor lo cualifica a Él. Es un modo
de ser de Dios, del que estamos contentos y orgullosos nosotros sus hijos.
      Vivir la misericordia es acoger al Dios que nos busca, admitir que no
somos inocentes y que tenemos siempre necesidad del perdón que viene de Él.
Siempre debemos estar dispuestos a dar testimonio de la misericordia de Dios
y a presentarnos como perdonados, no avergonzándonos de tener que recurrir
siempre a Él.
      Vivir la misericordia es "ser misericordiosos como nuestro Padre es
misericordioso" Lc 6,36. La misericordia debe ser don de Dios operante en
nosotros. Con la gracia del perdón hemos de pedir siempre la gracia de ser
perdonadores y "dar gratuitamente lo que gratuitamente hemos recibido" Mt
10,8.
      La misericordia es piedra fundamental en la construcción de la comu-
nidad cristiana y en las relaciones entre personas y grupos. No anula la
justicia, sino que la hace más profunda y más humana.
      Vivir la misericordia "perdonándonos unos a otros como el Señor nos ha
perdonado" (Col 3,13), es vivir una de las dimensiones más caracterizantes
del amor cristiano, que "disculpa siempre" (ICo 13,7), y situarse en el
corazón mismo del evangelio que proclama la buena nueva del amor de Dios y
bienaventurados a los misericordiosos. (Mt 5,7).

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 3 de septiembre de 2016

Ciclo C - TO - Domingo XXIII

4 de septiembre de 2016 - XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

                      "Quien no carga con su cruz..."

Lucas 14,25-33

      En aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; Él se volvió y les
dijo:
      - Si alguno se viene conmigo y no pospone a su padre y a su madre, y
a su mujer y a sus hijos, y a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí
mismo, no puede ser mi discípulo.
      Quien no lleve su cruz detrás de mí, no puede ser discípulo mío.
      Así, ¿quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta
primero a calcular los gastos, a ver si puede terminarla? No sea que, si echa
los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de él los que miran,
diciendo: "Este hombre empezó a construir y no ha sido capaz de acabar".
      ¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a
deliberar si con diez mil hombres podrá  salir al paso del que le ataca con
veinte mil?
      Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir
condiciones de paz.
      Lo mismo vosotros: el que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser
discípulo mío.

Comentario

      Jesús va de camino seguido de mucha gente y mientras camina propone una
catequesis sobre el significado del seguimiento.
      Seguir a Jesús quiere decir "ser de los suyos", compartir su proyecto
de vida salvador, ponerse de su lado, conocerlo, estar con Él, llevar
adelante su misión, aceptarlo como Mesías y Señor... Compartir su modo de
vivir que lo llevará a la cruz.
      Es la opción fundamental que se propone en el evangelio. Jesús no
propone un programa o una doctrina, se presenta Él mismo como el objeto de
la opción. Por eso compromete no sólo tal o cual aspecto de la existencia,
sino la vida entera. Se presenta Él como persona por eso la comparación se
establece con otras personas: padre, madre, mujer, hijos, y después con todos
los otros bienes.
      Las dos breves parábolas que siguen tienden a acentuar el radicalismo
de la opción al decir que se trata de algo que debe ser muy meditado puesto
que compromete definitivamente tanto en un sentido como en el otro. El dicho
sobre la sal parece subrayar esta imposibilidad de las medias tintas. La sal
no puede ser sino buena o totalmente desaprovechable ("hay que tirarla"). Ante
Jesús no se puede quedar indiferente. O negarlo o aceptarlo.
      Otros pasajes del evangelio dicen cuáles son las consecuencias de esta
primera opción. La página de hoy las sintetiza diciendo que hay que
preferirlo a todo y a todos, cargar con su cruz y seguirlo.

"Seguir a Jesús en Nazaret"

      María y José fueron los primeros seguidores de Jesús en Nazaret.
      Desde el comienzo optaron por Jesús. Lo prefirieron al padre y a la
madre, a la mujer, al marido y a los hijos, y a sí mismos.
      José había decidido, "repudiarla en secreto" Mt 1,19. María dijo:
¿Cómo sucederá esto si no vivo con un hombre? Lc 1,34. A ambos les pidió el
Señor renunciar al camino normal de la vida para entrar en el misterio de lo
nuevo que estaba preparando. Ellos son el mejor ejemplo de quien lo deja todo
por seguir a Dios cuando Éste llama.
      Y la entrega generosa de los comienzos se fraguó en los años de
Nazaret. No había comenzado Jesús aún a desplazarse por los caminos de
Galilea para poder ir detrás de Él, por eso el seguimiento de Nazaret es la
mejor imagen del seguimiento postpascual del tiempo de la Iglesia. Permane-
ciendo en el lugar donde uno vive se puede seguir a Jesús, porque lo impor-
tante no es ir de acá para allá, sino preferirlo a todos y a todo, renunciar
a lo que uno tiene y cargar con su cruz. "¿Qué otra cosa es seguirlo sino
imitarlo?", se pregunta S. Agustín.
      En Nazaret destaca este aspecto callado del seguimiento que consiste
en compartir la vida, en identificarse totalmente con el modo de vivir de
Jesús, sin proclamarlo, sin que los otros lo sepan, sin moverse mucho.
      La profundidad de Nazaret está en ir pasando a ser discípulo de Jesús
de manera cada vez más auténtica y más real, de modo que uno se dispone a
compartir su cruz y a integrarse en su misterio pascual.

Nuestro seguimiento

      El bautismo, que según S. Tomás es "la configuración sacramental con
Cristo crucificado", nos ha identificado con Él.
      Ahora "se debe realizar lo que hemos celebrado en el sacramento"
(implendum est opere quod celebratum est sacramentum) S. León Magno. Sermón
70 n.4.
      El seguimiento de Cristo es la dimensión esencial de toda vida cris-
tiana.
      Nazaret nos enseña esa dimensión del seguimiento que consiste en
compartir la vida. Antes de asumir una misión, antes de comenzar a predicar
el evangelio, está la realidad de compartir la vida con Jesús. S. Marcos pone
de manifiesto este aspecto cuando habla de la llamada de los doce: "Mientras
subía a la montaña, fue llamando a los que Él quiso y se reunieron con Él.
Designó a doce para que fueran sus compañeros y para enviarles a predicar,
con poder de expulsar demonios" Mc. 3,13-14.
      Es muy importante esta dimensión del seguimiento que consiste en "estar
con Él", ser su compañero. Ni siquiera durante el tiempo de la misión se
puede abandonar porque en el fondo el apóstol, como Jesús, tampoco expondrá 
su propia doctrina sino que presentará a una persona e invitará a los demás
a repetir su propia experiencia: seguir a Jesús.
      Nosotros no podemos dividir nuestra vida en un período de "vida oculta"
y otro de vida pública o misión. La dimensión de seguimiento que hemos
aprendido en Nazaret debe acompañar todo nuestra vida. El configurarnos con
Cristo y compartir la vida no es ajeno a la misión que tenemos que llevar a
cabo, es la esencia de la misma misión y la condición de una verdadera
eficacia.

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 27 de agosto de 2016

Ciclo C - TO - Domingo XXII

28 de agosto de 2016 - XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

      "A todo el que se encumbra lo abajarán y al que se abaja lo encumbrarán"

Lucas 14,1.7-14

      Entró Jesús un sábado en casa de uno de los principales fariseos para
comer, y ellos le estaban espiando.
      Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les propuso
este ejemplo:
      - Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal
no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú y vendrá el que
os convidó a ti y al otro, y te dirá: Cédele el puesto a éste. Entonces,
avergonzado, irás a ocupar el último puesto.
      Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para
que, cuando venga el que te convidó, te diga: Amigo, sube más arriba.
Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.
      Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será 
enaltecido.
      Y dijo al que lo había invitado:
      - Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus
hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, porque correspoderán
invitándote a ti y quedarás pagado.
      Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos;
dichoso tú porque no pueden pagarte. Te pagarán cuando resuciten los justos.

Comentario

      Las dos enseñanzas fundamentales del evangelio de hoy, sobre la
humildad y sobre la generosidad con quien no puede pagarte, se ambientan en
un cuadro bien preciso. Jesús es invitado a comer en casa de uno de los jefes
de los fariseos, episodio casi insólito en su vida, teniendo en cuenta su
tendencia a acercarse a la gente humilde y su actitud crítica frente a los
fariseos. Mientras está en casa de este notable, cumple el milagro de la
sanación del hidrópico dejando bien claro el valor de la persona, a quien hay
que salvar por encima de todo.
      "Observando que los invitados escogían los primeros puestos..." La
enseñanza de Jesús a propósito de este hecho está basada en la sabiduría
tradicional de Israel. El autor del libro de los Proverbios (25,7) ya había
advertido: "Más vale escuchar: Sube acá, que ser humillado ante los nobles"
Y Ben Sirá escribe: "Hijo mío, en tus asuntos procede con humildad y te
querrán más que al hombre generoso. Hazte pequeño en las grandezas humanas"
Eclo 3,17-18. Más allá de la sabiduría humana y del sentido común de estas
máximas, Jesús presenta una actitud fundamental de quien quiere entrar en el
reino y ser su discípulo: la humildad. La primera condición para ser salvado
es, en efecto, reconocer la propia pobreza, abrirse al don de la gracia y
aceptar que sea Dios quien nos salve.
      Y la otra enseñanza evangélica que recomienda invitar a comer a quien
no puede a su vez invitarte, descubre un modo de vivir desprendido, generoso,
lleno de fe en la vida eterna y de caridad para con todos. Es una sola nota,
que pone de manifiesto un conjunto de valores ocultos, para quien no ha
descubierto en su vida que jamás podrá dar lo suficiente, puesto que él mismo
lo ha recibido todo de Dios.

En la humildad de Nazaret

      En la familia de Nazaret se ha cumplido de modo admirable el evangelio
de hoy. Jesús "no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se despojó
de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos" Fil
2,6-7. Cuando fue invitado a nuestro banqueta fue "derecho a sentarse en el
último puesto". "Por eso Dios lo encumbró sobre todo..." Fil. 2,9ss
      Y la misma actitud vemos en María, la esclava del Señor, y en José.
      La Sagrada Familia sabía qué gran tesoro albergaba en su seno y no lo
hizo valer para provecho propio. Vivió confundida con las demás familias de
su pueblo, como una de tantas. Supo esperar el momento que Dios designó para
que se manifestara el Mesías. Y cuando surgió la nueva familia de los
creyentes en Jesús, no temió desaparecer, verse reducida a la nada. No hubo
privilegios para los que estuvieron con Jesús desde la primera hora. Por eso
Dios encumbró después a la Sagrada Familia en el cielo.
      Es la realidad que la Iglesia vive cuando pone a María en el primer
puesto entre sus miembros y junto a ella, a San José‚. El esfuerzo realizado
en los últimos tiempos de la historia de la Iglesia por colocar a José junto
a María en la liturgia y en la devoción de los fieles, puede verse como un
intento de reconstruir la familia de Jesús, María y José‚ y el mejor modo de
celebrar lo que Dios mismo ha hecho ya en el cielo.

Humildad

      La llamada a la humildad del evangelio de hoy se hace particularmente
intensa y concreta a la luz de Nazaret.
      Con la ayuda del Espíritu Santo debe penetrar en nosotros la convicción
de que al hombre no le viene la dignidad por lo que él se atribuye con
arrogancia y presunción, sino que su honor y dignidad vienen ante todo de lo
que Dios le da.
      El primer signo de la humildad es saber ocupar el puesto que a uno le
corresponde en la vida, sin pretender abarcar el espacio de los demás y sin
dejarse llevar por la ambición de querer suplantar a otros.
      Ocupar el puesto que a uno le corresponde significa aceptarnos a
nosotros mismos como somos, siendo conscientes de nuestras cualidades y de
nuestras limitaciones. Esto no significa renunciar a crecer ante Dios y ante
los hombres.
      Quien es humilde reconoce la verdad de su propio ser y de su condición
presente: un ser hecho de grandeza y de miseria, de bondad y de pecado, una
condición de plenitud y de indigencia, de posesión y de esperanza.
      Este conocimiento y aceptación de uno mismo es lo que da fuerzas para
aceptar la vida con valor, con dignidad y con optimismo.
      Será también esta actitud humilde la que nos permita acoger y cuidar
a los pobres, a los que no pueden pagarnos el servicio que prestamos. Es la
disposición esencial para entrar en la lógica del evangelio, en el espíritu
de las bienaventuranzas que está en neta contradicción con una lógica
puramente mundana.

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 20 de agosto de 2016

Ciclo C - TO - Domingo XXI

21 de agosto de 2016 - XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

                          "Esforzaos por entrar"

Lucas 13,22-30

      En aquel tiempo, Jesús, de camino hacia Jerusalén, recorrió ciudades
y aldeas enseñando.
      Uno le preguntó:
      - Señor, ¿serán pocos los que se salven?
      Jesús les dijo:
      - Esforzaos en entrar por la puerta estrecha. Os digo que muchos
intentarán entrar y no podrán. Cuando el amo de la casa se levante y cierre
la puerta, os quedaréis fuera y llamaréis a la puerta diciendo: "Señor,
ábrenos" y él os replicará: "no sé quiénes sois"
      Entonces comenzaréis a decir: "Hemos comido y bebido contigo y tú has
enseñado en nuestras plazas". Pero él os replicará: "No sé quiénes sois.
Alejaos de mí malvados".
      Entonces habrá  llanto y rechinar de dientes, cuando veáis a Abrahán,
Isaac y Jacob y a todos los profetas en el Reino de Dios y vosotros os veáis
echados fuera. Y vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur y se
sentarán a la mesa en el Reino de Dios.
      Mirad: hay últimos que serán los primeros y primeros que serán últimos.

Comentario

      Jesús continúa su largo viaje a Jerusalén donde "se cumplirá todo lo
que escribieron los profetas" acerca de Él (Lc 18,31) y por el camino enseña
cuáles son las condiciones para entrar en el reino que anuncia y para ser
discípulo suyo.
       A la pregunta sobre el número de los que se salvan, Jesús no se deja
atrapar por la cuestión teórica de unos cálculos que nada ayudan a la
salvación misma. Jesús responde de manera concreta, diciendo que Dios ha
dejado la posibilidad de la salvación entre las manos del hombre y que ahora
sólo depende de él el entrar o no.
      Jesús es el gran momento de salvación que Dios ofrece a los hombres.
En Él la puerta está abierta para todos. Heb. 4,7-11.
      Pero si es cierto que todos tienen posibilidad de acceso a la salvación
y que de parte de Dios no hay restricciones, también lo es que hay que
esforzarse por entrar. No valdrán los títulos de ninguna clase para entrar
en el reino. De nada servirá el haber visto y oído a Jesús, el ser judío, ni
siquiera el haber sido bautizado en su nombre. Serán rechazados todos los que
no "obran la justicia". Es decir, que la cuestión esencial en el día de la
verdad es cómo uno ha vivido.
      Habrá , pues gran sorpresa en el último día para quienes tengan otros
criterios sobre el acceso a la salvación. Mientras "echan fuera" a algunos
que daban por descontado su entrada en el reino, habrá otros muchos que
"vengan a sentarse en el banquete del Reino de Dios".

Nazaret

      José y María estuvieron entre los primeros que se esforzaron por entrar
"por la puerta estrecha".
      La llamada a la salvación sería después general, ellos recibieron las
primicias de esa llamada y respondieron humilde y generosamente.
      Ellos, más que nadie, hubieran podido presentar motivos que los
acreditaran ante Dios. No sólo hubieron podido decir con razón: "Hemos comido
y bebido contigo, has enseñado en nuestras calles", sino también: has vivido
con nosotros durante mucho tiempo, te hemos atendido, educado, defendido, te
hemos dado todo lo que teníamos, etc.
      La actitud de María y de José están muy lejos de toda pretensión y de
toda reclamación de derechos. Ellos supieron aceptar con sencillez la Palabra
de Dios y después supieron vivir las exigencias de esa misma Palabra.
Supieron hacerse discípulos de su propio Hijo, supieron "obrar la justicia".
      Por este motivo las palabras de Jesús sobre quién es su madre y quienes
son sus hermanos (Lc 8,19-21) son la mejor confirmación de todo lo que se
vivió en Nazaret. María y José en Nazaret escucharon el mensaje y lo pusieron
por obra. Por eso allí mismo empezó a formarse ya, sobre el cimiento de la
familia de la carne, la nueva familia de la fe. Y esa nueva familia está en
comunión con Abrahán, Isaac, Jacob y todos los profetas, y abierta a oriente
y a occidente, al norte y al sur.
      El valor "vida" en Nazaret es superior al valor "palabra". En Nazaret
no se predicó aún explícitamente el mensaje, pero la vida que allí llevaron
Jesús, María y José quedó explicitada en lo que Jesús dijo cuando comenzó a
hablar.

Nuestro esfuerzo

      La oportunidad tan grande y maravillosa que Dios nos ha dado de entrar
en Cristo Jesús es el motivo principal y el estímulo permanente de nuestro
esfuerzo.
      No se trata de arrebatar lo que no nos pertenece, ni de forzar la
situación para aprovechar una ventaja. Nuestro esfuerzo nunca estará  en
competición con la acción de Dios que ya nos ha dado todo. "El es la morada
y la podemos nosotros fabricar para meternos en ella. Y ¡cómo si podemos!,
no quitar de Dios ni poner, sino quitar de nosotros y poner, como hacen estos
gusanitos (de seda); que no habremos acabado de hacer en esto todo lo que
podemos, cuando este trabajillo, que no es nada, junte Dios con su grandeza
y le dé tan gran valor que el mismo Señor sea el premio de esta obra". Santa
Teresa. Las moradas. Moradas quintas, cap. 2,5.
      Este esfuerzo humilde y monótono, que transforma poco a poco a quien
lo hace porque lo hace con amor y porque hay otro que trabaja con él, es el
característico de quien vive en Nazaret.
      Ahora no se ve el resultado del esfuerzo. Como en la comparación usada
por Santa Teresa, del gusano de seda saldrá  la "mariposa blanca" cuando el
Señor quiera. Entonces será el gozo pleno que ya en esta tierra puede
gustarse algunas veces, si el Señor lo da.
      Mientras tanto, esforcémonos. "Pues ¡ea, hijas mías!, prisa a hacer
esta labor y tejer este capuchillo, quitando nuestro amor propio y nuestra
voluntad, el estar asidas a ninguna cosa de la tierra, poniendo obras de
penitencia, oración, mortificación, obediencia, todo lo demás que sabéis; que
así obrésemos como sabemos y somos enseñadas de lo que hemos de hacer". Santa
Teresa. Las moradas. Moradas quintas cap. 2,6.

TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 13 de agosto de 2016

Ciclo C - TO - Domingo XX

14 de agosto de 2016 - XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

                          "Fuego sobre la tierra"

Lucas 12,49-53

      En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
      - He venido a prender fuego en el mundo: ¡y ojalá estuviera ya ar-
diendo!. Tengo que pasar un bautismo, ¡y qué angustia hasta que se cumpla!
      ¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz? No, sino división.
      En adelante, una familia de cinco estará  dividida: tres contra dos y
dos contra tres. Estarán divididos el padre contra el hijo y el hijo contra
el padre, la madre contra la hija y la hija contra la madre, la suegra contra
la nuera y la nuera contra la suegra.

Comentario

      La página del evangelio de este domingo nos ofrece una serie de dichos
de Jesús sin una aparente conexión de unos con otros.
      Se puede ver, sin embargo una cierta unidad si por el "fuego sobre la
tierra" se entiende el mensaje de Jesús que provoca unas consecuencias
graves, en primer lugar para Él mismo, ("tengo que ser bautizado", que gene-
ralmente interpreta como un anuncio de su pasión) y después para los des-
tinatarios del mensaje, en quienes provoca una crisis familiar que es reflejo
de la crisis familiar y anticipación de las crisis escatológica. A pesar de
esto hay quienes no son capaces de discernir la importancia del tiempo en que
Jesús anuncia su mensaje.
      En las comunidades contemporáneas de Lucas, para las que el evangelio
se escribió, estas expresiones debían tener una resonancia muy especial.
Aquellos cristianos de la segunda o tercera generación habían visto que, a
pesar de las resistencias, el "fuego" de la Palabra había prendido por todas
partes. Sabían que el Señor, después de pasar por el bautismo de la muerte,
había resucitado y entrado en la gloria. Constataban que la división creada
por la adhesión al mensaje de Jesús era una realidad de cada día y que se
avivaba en los tiempos de persecución. Finalmente se daban cuenta de que la
ocasión perdida por los judíos, que no habían sabido distinguir el tiempo de
Jesús, era una ocasión de gracia para todos los hombres.

Nazaret

      El conflicto que provoca el mensaje de Jesús y su presencia misma fue
ya anunciado por Simeón a María y José: "Este está puesto para caída y
elevación de muchos en Israel y para ser señal de contradicción" Lc 2,24.
      La propia presencia de Jesús en el seno de María había provocado ya la
primera gran crisis de su propia familia en formación. "José‚ como era justo
y no quería ponerla (a María) en evidencia, se resolvió a repudiarla en
secreto" Mt 1,19.
      Que el camino de la Palabra no está exento de dificultades y que lleva
consigo desgarrones y rupturas, aparece ya claro en los evangelios de la
infancia de Cristo. La no acogida de los habitantes de Belén, a María y José
cuando aquella iba a dar a luz, que Lucas señala, se convertirá para Mateo
en abierta hostilidad por parte de Herodes. Son todos ellos detalles que pre-
anuncian que el "fuego traído sobre la tierra" encuentra dificultades para
arder.
      El evangelio habla del gran deseo de Jesús de que el fuego esté ya
ardiendo. A la luz de este deseo, de esta "impaciencia" de que el mensaje se
extienda, los largos años de Nazaret no pueden ser tomados como tiempo
perdido o como tiempo vacío de eficacia.
      La dificultad de penetración del mensaje no está tanto en el tiempo que
se requiere para proclamarlo, sino en la resistencia de las personas para
acogerlo. No cuenta tanto el empezar un poco antes o un poco después. Si el
fuego no arde, ya no es por haber empezado tarde a prenderlo, sino porque los
destinatarios se han negado a acogerlo cuando les ha llegado; no han sabido
distinguir el tiempo de gracia del Señor.

Nuestro tiempo

      El evangelio tiene siempre algo de concreto e histórico que queda
irremediablemente anclado en el pasado y tiene también algo de permanente,
válido para el tiempo en que se produjeron los hechos, válido para el tiempo
en que se escribió el evangelio y válido para siempre en la Iglesia.
      La inmersión en el bautismo de la muerte, la dificultad de penetración
del mensaje, la Palabra de Jesús en cuanto signo de división, de ceguera ante
los signos de los tiempos, son realidades de entonces y de ahora.
      El cristiano llamado a guiar sus pasos a la luz de Nazaret encuentra
en Jesús, María y José no sólo el modelo, sino el estímulo y ayuda permanente
para situarse ante esas realidades y para vivirlas en coherencia con la fe
que profesa. De ellos aprende a vivir el momento presente (todos los momentos
presentes) como tiempos de salvación. Momentos todos ellos en los que Dios
actúa en nuestra vida y en la de los demás.
      El gran deseo de que se cumpla el reino de Dios no viene atenuado por
la monotonía de la vida. Pero, quien vive a la luz de Nazaret sabe esperar
y luchar, ante todo en sí mismo, para que el fuego divino lo consuma todo y
evangelice, en primer lugar, su propia persona. Además quien vive en el
Nazaret de después de Pentecostés está seguro de la acción permanente del
Espíritu Santo en la Iglesia y en el mundo porque Él ha experimentado ya
personalmente (como María) su obra maravillosa de transformación. Y esta
experiencia es la clave de la presencia/impaciencia porque el mensaje de
Cristo se extienda a todo el mundo.

TEODORO BERZAL.hsf