sábado, 10 de diciembre de 2016

Ciclo A - Adviento - Domingo III

11 de diciembre de 2016 -  III DOMINGO DE ADVIENTO - Ciclo C

                                                "¿Eres tú el que ha de venir?"

-Is 35,1-6.8.10
-Sal 145
-St 5,7-10
-Mt 11,2-11

Isaías 35,1-6a. 10

   El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la
estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría.
   Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarón.
   Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced
las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes
de corazón: Sed fuertes y no temáis.
   Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá 
y os salvará.
   Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará 
como ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará y volverán los rescatados del
Señor.
   Volverán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos,
gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

Santiago 5,7-10

   Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor.
   El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras
recibe la lluvia temprana y tardía.
   Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del
Señor está cerca.
   No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser condenados. Mirad que
el juez está ya a la puerta.
   Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los
profetas, que hablaron en nombre del Señor.

Mateo 11,2-11
  
   Juan, que había oído en la cárcel las obras de Cristo, le mandó a
preguntar por medio de dos de sus discípulos:
   -¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?
   Jesús les respondió:
   -Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los
inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos
resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que
no se siente defraudado por mí!
   Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan:
   -¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el
viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con
lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis, a ver un profeta?
   Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito:
   "Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti".
   Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista,
aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él.
                         
Comentario

   Como el domingo pasado, el mensaje de la Palabra de Dios se cifra hoy en
la relación entre Juan Bautista y Jesús. La liturgia nos invita a dar un paso
más en la reflexión, yendo desde los dos estilos de vida y de mensaje hacia
la identidad de las personas.
   De todos los momentos en los que se habla de Juan Bautista en el
evangelio (infancia, predicación inicial, bautismo de Jesús, encarcelamiento
y muerte) el pasaje que leemos hoy tiene un significado particular para
descubrir su identidad y, de rechazo, la del Mesías.
   Por lo que dice el evangelio, podemos suponer que Juan se encuentra en un
momento de crisis; no sólo porque está en la cárcel, sino sobre todo por la
duda que se asoma a su conciencia. Su misión y su vida entera tienen sentido
en función de la aparición inmediata del Mesías. Si esto no acontece, todo
se hunde en el vacío. Pero Juan, en cuanto hombre de gran fe, en cuanto
profeta, no se deja aprisionar interiormente por la situación en que vive,
ni por la desesperanza a la que podría llevarle la duda que empieza a nacer
del contraste entre lo que él anunciaba y lo que oye decir. Por eso pregunta,
y lo hace de una manera explícita y perentoria: "¿Eres tú el que ha de venir
o tenemos que esperar a otro?".
   La respuesta de Jesús comporta la revelación de su propia identidad, y en
segundo término también de la de Juan Bautista.
   En la pregunta y en la respuesta hay una profunda enseñanza para toda
búsqueda que se realiza desde la fe. A Jesús se le reconoce como Mesías por
las obras que realiza. Pero se trata no de una mera constatación del valor
benéfico de éstas, sino de saber interpretarlas como cumplimiento de las
promesas formuladas en la Escritura para el momento de la aparición del
Mesías. Es ese paso de fe, que confirma la esperanza, el que Jesús con su
respuesta ayuda a dar a Juan (y con él a nosotros).
   Quizá la duda de Juan había nacido de la falta de correspondencia entre
las obras que él había anunciado como propias del Mesías y lo que ahora oía
contar desde la cárcel acerca de Jesús, o bien de la dilación en la llegada
del Reino de Dios como él lo entendía. Lo cierto es que necesitaba una ayuda
para seguir creyendo.
   El camino elegido por Dios para salvar al hombre desconcierta, si no se
asume en la fe. Esa fe que hoy, como en los tiempos de Juan, debe revestirse
de paciencia (2ª. lectura) porque, a pesar de todas las apariencias, "la
venida del Señor está cerca". Desde la fe en Cristo, la bella descripción de
la situación que se producirá cuando Dios se manifieste, confirma la
realización de las promesas y nos remite hacia su cumplimiento total en la
plenitud del Reino (1ª. lectura).

"La criatura dio un salto"
  
   La pregunta de Juan desde la oscuridad de la cárcel nos lleva a pensar en
el primer encuentro que tuvo con Jesús, cuando ambos vivían en el seno de sus
madres. Ya desde esos momentos iniciales el evangelio perfila lo que más
tarde se iría manifestando: la misión de Juan está en función de la venida
de Jesús, y con su testimonio ayuda a descubrir quién era realmente el
Mesías.
   Recordemos brevemente la escena descrita por Lucas (1,39-42). María
(algunos autores avanzan la hipótesis poco probable de que fuera acompañada
por José) entra en la casa de Zacarías y saluda a Isabel, su prima, ya
entrada en años y encinta. "En cuanto oyó Isabel el saludo de María, la
criatura dio un salto en su vientre" (1,41). Más adelante la misma Isabel
explica que se trata de un salto "de alegría" (1,44). El término "saltar"
empleado por Lucas es sorprendente. No se refiere a un movimiento cualquiera,
sino a un saltar ritmado, a un paso de danza provocado por la alegría. Los
exégetas lo ponen en relación con la danza de David ante el arca, lugar de
la presencia del Señor (2Sam 6). Y esa alegría de Juan en el seno de su madre
tiene una causa: el Ángel Gabriel se lo había anunciado a Zacarías en estos
términos, "Se llenará de Espíritu Santo ya en el seno de su madre" (Lc 1,15).
Ciertamente se puede observar que en la escena de la visitación no se afirma
explícitamente que Juan fuera lleno del Espíritu Santo, sino su madre. Quizá 
porque el evangelista considera que la madre y el niño (aún en el seno)
forman un solo ser viviente o porque es Isabel la que habla.
   Desde la oscuridad de la cárcel, donde el evangelio nos presenta hoy a
Juan, es bueno recordar esa escena de gozo que anuncia la vocación del
profeta ya en sus comienzos. El es el amigo del esposo, que se alegra mucho
al oír su voz, y su alegría llega al colmo cuando el Mesías crece (Jn 3,30).
   Y, sin embargo, Juan necesita que Jesús le anuncie la buena nueva, le
ayude a dar el paso de la antigua a la nueva alianza para aceptarla como Dios
la ha previsto. En realidad, como Jesús explica en los versículos que siguen
al texto que se lee hoy, hay una ruptura fundamental: "La ley y todos los
profetas han profetizado hasta Juan... Desde que apareció Juan hasta ahora
se usa violencia contra el Reino de Dios" (Mt 11,14.12).
   Todos necesitamos ponernos a la escucha de Jesús para aceptarlo mediante
la fe como el Mesías enviado por Dios, para descubrir que el camino de la
salvación por Él elegido, responde al plan de Dios, y no violenta ni a las
personas ni los tiempos establecidos.
   El camino de la fe pasa por los momentos exaltantes de la alegría, pero
se aquilata cuando, desde la oscuridad se acepta, con la ingenuidad de un
niño, el paso hacia lo que Dios ha dispuesto. Así se es grande en el Reino.
  
   Señor Jesús, tu modo de obrar
   nos revela quién eres,
   y tu manera de ser
   nos dice quién es Dios.
   Te bendecimos Jesús, Hijo de Dios,
   porque también hoy quieres,
   mediante la acción de tu Espíritu,
   que seamos nosotros
   una presencia de salvación
   entre la gente con la que vivimos.
   Tú eres verdaderamente el que debe venir,
   eres t£ el que nosotros necesitamos,
   el que colma y supera
   todas nuestras esperanzas
   y el que nos enseña con su obrar
   como construir ya ahora el Reino que esperamos.

Alegría y humildad

   Después de dar el paso de la fe para reconocer en Jesús al enviado de
Dios que cumple todas sus promesas, la Palabra de Dios nos invita a asumir
en nuestra vida y a realizar lo que podríamos llamar la praxis mesiánica, es
decir, ese modo de obrar, a la vez cercano al hombre y trascendente, delicado
y firme, que vemos en Jesús. "El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan
a los hambrientos..." (Sal 145). Ese es el único modo de trabajar con
eficacia en la construcción del Reino de Dios, que se anuncia al proclamar
la buena nueva.
   Para asumir ese talante, ese estilo de vida, hemos destacado dos actitu-
des cristianas muy cercanas entre sí: la humildad y la alegría. Se desprenden
fácilmente de la figura de Juan, vista en su relación con Jesús en los
diversos momentos de su vida, y son un ingrediente necesario del modo de
actuar para los que siguen a Jesús.
   Ese gozo ante la salvación operada por Dios en la historia de manera
definitiva con la venida de Cristo, no debe abandonar nunca al cristiano, ni
siquiera en los momentos de duda o confusión, cuando parece que nada se
mueve, cuando los tiempos son mucho m s largos de lo que se había previsto.
   Y luego está la humildad. ¡Cuánto la necesitamos! En primer lugar para
saber preguntar como Juan. No es fácil a veces reconocer el propio estado de
confusión, de ignorancia, de duda... y saber ir a preguntar a quien nos puede
iluminar, confortar, animar. Humildad también para aceptar en nuestra vida
y en la de los demás que en último término la grandeza en el Reino no se
establece por la importancia de la función que uno desempeña en la Iglesia
o en la sociedad, ni por la belleza del mensaje del Mesías.
TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 3 de diciembre de 2016

Ciclo A - Adviento - Domingo II

4 de diciembre de 2015 - II DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo A

           "Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos"

Isaías 11,1-10

   En aquel día:
   Brotará un renuevo del tronco de Jesé, un vástago florecerá de sus raíz.
   Sobre él se posará el espíritu del Señor: espíritu de ciencia y discerni-
miento, espíritu de consejo y valor, espíritu de piedad y temor del Señor.
   No juzgará por las apariencias, ni sentenciará de oídas; defenderá con
justicia al desamparado, con equidad dará sentencia al pobre. Herirá al
violento con el látigo de su boca, con el soplo de sus labios matará al im-
pío. Será la justicia ceñidor de su cintura. Habitará el lobo con el cordero,
la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos:
un muchacho pequeño los pastorea. La vaca pastará con el oso, sus crías se
tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey. El niño jugará con la hura
del  áspid, la criatura meterá la mano en el escondrijo de la serpiente. No
harán daño ni estrago por todo mi Monte Santo: porque está  lleno el país de
la ciencia del Señor, como las aguas colman el mar.
   Aquel día la raíz de Jesé se erguirá  de los pueblos: la buscarán los
gentiles, y será gloriosa su morada.

Romanos 15,4-9

   Hermanos: Todas las antiguas Escrituras se escribieron para enseñanza
nuestra, de modo que entre nuestra paciencia y el consuelo que dan las
Escrituras mantengamos la esperanza.
   Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo os conceda estar de acuerdo
entre vosotros, como es propio de cristianos, para que unánimes, a una voz,
alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
   En una palabra, acogeos mutuamente como Cristo os acogió para gloria de
Dios. Quiero decir con esto que Cristo se hizo servidor de los judíos para
probar la fidelidad de Dios, cumpliendo los promesas hechas a los patriarcas,
y por otra parte, acoge a los gentiles para que alaben a Dios por su
misericordia. Así dice la Escritura: "Te alabaré en medio de los gentiles y
cantaré a tu Nombre"

Mateo 3,1-12

   Juan Bautista se presenta en el desierto de Judea predicando:
   -Convertíos, porque está  cerca el Reino de los cielos.
   Este es el que anunció el profeta Isaías diciendo: Una voz grita en el
desierto: Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos.
   Juan llevaba un vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la
cintura, y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.
   Y acudía a él toda la gente de Jerusalén, de Judea y del valle Jordán.
   Al ver que muchos fariseos y saduceos venían a que los bautizara, les
dijo:
   -Raza de víboras, ¿quién os ha enseñado a escapar de la ira inminente?
   Dad el fruto que pide la conversión.
   Y no os hagáis ilusiones pensando: "Abrahán es nuestro padre", pues os
digo que Dios es capaz de sacar hijos de Abrahán de estas piedras.
   Ya toca el hacha la base de los árboles, y el  árbol que no da buen fruto
será talado y echado al fuego.
   Yo os bautizo con agua para que os convirtáis; pero el que viene detrás
de mí puede más que yo, y no merezco ni llevarle las sandalias.
   El os bautizará con Espíritu Santo y fuego.
   El tiene el bieldo en la mano: aventará su parva, reunirá su trigo en el
granero y quemará la paja en una hoguera que no se apaga.                            

Comentario

   La llamada a la conversión con la que se abre el ministerio de Juan
Bautista centra el mensaje de la Palabra de Dios de este domingo en uno de
los puntos clave de todo el evangelio. También Jesús (Mc 1,1) iniciará su
misión llamando a la conversión.
   Para acercarnos al mensaje del evangelio y dejar que nos vaya penetrando,
podemos dar varios pasos sucesivos. Veamos en primer lugar la ambientación,
las circunstancias de espacio y de tiempo donde se desarrolla el relato
evangélico.
   Dos son los lugares, cargados de simbolismo, a los que nos lleva el
evangelista: el desierto y el río. El desierto es el lugar de la
manifestación de Dios, pero también es allí donde se manifiesta lo más
profundo y turbulento que hay en el hombre: desde el desierto viene la voz
que llama a la conversión. El río simboliza la abundancia del amor y de la
misericordia, en él el hombre encuentra una nueva vida.
   A partir de ese escenario, ya muy significativo, pasemos a los personajes
que en él se mueven. Tenemos primero a Juan, caracterizado como los antiguos
profetas, pero consciente de que está llegando ya el anunciado por todos
ellos. Su figura, su modo de vivir, es ya una provocación, una invitación a
abandonar los caminos trillados de la vida para plantearse las cosas desde
el punto de vista de Dios. Pero Juan no se presenta como protagonista, sino
que anuncia a otro que viene detrás de él. La relación en la que se sitúa con
respecto al Mesías manifiesta ya de algún modo la identidad de éste. Con el
Mesías llega el cumplimiento definitivo de las promesas de Dios a su pueblo.
Será Él quien actuará el día del juicio de Dios (y aquí la perspectiva
inmediatista de la escatología de Juan Bautista sería corregida por Jesús)
y será Él quien bautizará con Espíritu Santo.
   Veamos luego quiénes son los destinatarios del mensaje de Juan que
también entran en escena. Se les pide una sola cosa: la conversión, es decir,
ese entrar en uno mismo para establecer una relación con Dios basada en el
amor y no en la pertenencia externa al pueblo de la alianza. Evidentemente
para el evangelista detrás de quienes recibían el mensaje de Juan están sus
propios lectores.
   Si nos fijamos en lo que Juan dice, podemos descubrir que el contenido de
su mensaje es el anuncio de la llegada del Mesías, que será a su vez también
portador de un mensaje de conversión. Tres son las imágenes usadas por Juan
Bautista para describir cómo serán las palabras del Mesías: el hacha, el
fuego y los frutos en los que se expresa el cambio forjado en el corazón
convertido.
   La situación que resultará es lo que Isaías anuncia en la 1ª. lectura: la
paz cósmica producida por la venida del Mesías y la reconciliación entre los
pueblos, que S. Pablo proclama como ya realizada en Cristo, pero también como
tarea permanente de los cristianos (2ª. lectura).

El desierto y la casa

   Entre Juan el Bautista y Jesús hay una continuidad y una ruptura, que se
advierten claramente en el evangelio.
   Jesús empieza su predicación con las mismas palabras que Juan. Después de
la muerte de éste, Jesús empieza a proclamar: "Convertíos que llega el reino
de Dios", expresión que coincide con la que había usado el Bautista.
   Hay, sin embargo, un fuerte contraste en la visión de la historia de la
salvación que el uno y el otro presentan. Para Juan se diría que el tiempo
está ya a punto de terminar cuando él vive, queda sólo la venida del Mesías
para que se cumpla el juicio de Dios. Por eso exhorta a la conversión a
quienes quieran pasar a formar parte del reino de los cielos.
   La perspectiva de Jesús es mucho más amplia: llega el Reino de Dios, por
eso invita a todos a descubrir su rostro de Padre y a hacerse discípulos
suyos para recibir la plenitud de la gracia y del amor, que los convertirá
en hijos. El núcleo de seguidores que reúne entorno a sí, no es el de los ya
juzgados como buenos en el juicio de Dios, sino el de los encargados de
proclamar al mundo entero la buena nueva de la salvación que en Él se actúa.
   Ya desde una perspectiva que podríamos llamar ambiental, se percibe
también ese contraste entre las figuras de Juan y de Jesús; y ese contraste
pone mayormente de relieve la originalidad y grandeza del último. Juan viene
del desierto, su figura y su modo de vida es ajeno a las situaciones normales
de las gentes de su época y de la nuestra. Jesús, en cambio, sale de Nazaret,
de una familia y de un pueblo como tantos otros, de una situación de vida que
lleva a pensar en una total normalidad. Por otra parte, el mismo Jesús se
encargará de establecer nítidamente el contraste (cfr. Mt 11,18-19).
   Podríamos decir que esa experiencia nazarena de vivir en una casa, en un
hogar, revisten de humanidad, de comprensión y de amor el mensaje que es
idéntico en los dos casos. La raíz común de Jesús con el modo de vivir de la
mayoría de los hombres hace que su voz sea al mismo tiempo más universal y
más cercana a todos sin abandonar por ello la radicalidad y la exigencia. En
la voz de Jesús resuena el mismo mensaje que el de Juan, pero templado por
la experiencia de vivir en una familia.
   Jesús encarna así, de manera plena, la figura a la vez fuerte y flexible,
llena de vigor y de ternura, descrita por el profeta Isaías (1ª. lectura).
Toda su fuerza reside en su palabra. Mediante ella establece la convivencia
y la paz, cosa aparentemente imposible. En lugar de remitir el juicio de Dios
al final de la historia la separación entre buenos y malos, acepta pagar con
su persona, para que el amor y la gracia puedan llegar a todos los hombres.
Sólo así "será gloriosa su morada" (Is 11,10).

   Padre, te bendecimos
   por habernos dado a tu hijo Jesús,
   que vivió en la casa y en la familia de Nazaret
   y anunció la llegada de tu Reino.
   El nos ha bautizado en el Espíritu Santo
   en el río del bautismo.
   Danos esa humildad profunda
   que lleva a aceptar siempre la filiación como don
   y a no creernos con ningún derecho frente a ti,
   sino a emprender cada día
   el camino de la conversión,
   que tú siempre nos pides.

Habitar y caminar

   Las figuras y símbolos contrapuestos que aparecen hoy, como una
constante, a lo largo de la Palabra de Dios y que, en nuestra reflexión hemos
sintetizado y personalizado en Juan y Jesús, son también una invitación a dar
el paso de la conversión.
   Si examinamos nuestro comportamiento personal y comunitario con un poco
de atención, nos ser  fácil descubrir como gran parte de nuestra vida puede
estar simbolizada en los animales más violentos, en la paja que no sirve para
nada o en la inutilidad de un agua que debería lavar los pecados, pero que
no está penetrada por la fuerza purificadora del fuego ni por la fecundidad
del Espíritu Santo.
   Pero quizá la Palabra de Dios, sobre todo si la hemos leído a la luz y al
calor de Nazaret, nos invite a dar el paso que media entre Juan y Jesús, paso
al que el mismo Bautista nos invita al presentarnos al que "viene detrás de
él". De una espiritualidad de puro desierto, de sólo camino, tenemos que
saber pasar, en la fe de Abrahán, a la casa donde el Padre reparte a manos
llenas la gracia y el amor.
   Es fácil, incluso para los cristianos, quedarse en actitudes y formas de
actuar lejanas de la buena nueva anunciada por Jesús. Hay visiones estrechas
de la fe cristiana que se contentan con el puro formalismo expresado en el
evangelio de hoy por la frase "Abrahán es nuestro padre", exhibida como
bandera de pertenencia al grupo de los salvados.
   Quien se considera ya en posesión de la verdad o, anticipando el juicio
de Dios, se declara justo, difícilmente emprenderá el camino de la conver-
sión, que lleva a ver las cosas en profundidad (hasta la raíz) y a dejarse
guiar paso a paso por la palabra de Dios siguiendo a Jesús.

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 26 de noviembre de 2016

Ciclo A - Adviento - Domingo I

Ciclo AI DOMINGO DE ADVIENTO

                     "Cuando venga el Hijo del hombre"

-Is 2,1-5
-Sal 121
-Rom 13,11-14
-Mt 24,37-44

Isaías 2,1-5

   Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén:
   Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la
cima de los montes, encumbrado sobre las montañas.
   Hacia Él confluirán los gentiles, caminarán los pueblos numerosos. Dirán:
Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob.
   El nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de
Sión saldrá  la ley, de Jerusalén la palabra del Señor.
   Será árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las
espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas.
   No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.
   Casa de Jacob, ven; caminemos a la luz del Señor.

Romanos 13,11-14

   Hermanos: daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de
espabilarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando
empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las
actividades de las tinieblas y pertrechémonos con armas de la luz.
   Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni,
borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Ves-
tíos del Señor Jesucristo, y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los
malos deseos.

Mateo 24,37-44

   Dijo Jesús a sus discípulos:
   -Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del hombre.
   Antes del diluvio la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que
Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los
llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre:
   Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo
dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la
dejarán.
   Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro señor.
   Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene
el ladrón estaría en vela y no dejaría abrir el boquete en su casa.
   Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos
pensáis viene el Hijo del hombre.

Comentario

   El año litúrgico se abre con el anuncio de la segunda venida de Cristo.
Anuncio que nos lleva a tomar conciencia de nuestra condición de caminantes
en esta vida y suscita en nosotros un fuerte impulso de esperanza.
   Al sentirnos miembros de un pueblo peregrinante, que tiene su meta en el
futuro, nos invita la visión de Isaías contada en la primera lectura. Es Dios
quien espera y atrae con su presencia al pueblo elegido y a todos los pueblos
de la tierra hacia su casa, hacia el lugar donde Él habita.
   En ese ambiente de tensión hacia el futuro, en el espacio y en el tiempo,
creado por la liturgia, las palabras de Jesús en el evangelio resuenan con
mayor intensidad. Leemos hoy una parte del llamado discurso escatológico en
la versión de Mateo. Se trata del último de los cinco largos discursos de
Jesús, que jalonan el evangelio de Mateo, quien nos acompañará a lo largo del
ciclo "A".
   La fuerza de las palabras de Jesús radica en una doble comparación. Por
una parte está el argumento histórico: "Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará 
cuando venga el Hijo del Hombre". Por otro lado, la comparación con un hecho
de la vida corriente: "Si supiera el dueño de casa a qué hora viene el
ladrón, estaría en vela".
   En ambos casos el punto central del significado es el "elemento sor-
presa". Ni los coetáneos de Noé pensaban en una posible intervención de Dios,
ni se piensa habitualmente en la "visita" nocturna de los ladrones.
   La conclusión que se debe sacar no es, sin embargo, fatalista, como si
nada se pudiera hacer para prevenir o preparar lo que nos espera. El
evangelio invita, por el contrario, a una actitud de vigilancia, es decir,
de atención y responsabilidad. La suerte distinta que corren los "dos hombres
que están en el campo" y las "dos mujeres que están moliendo", o Noé y su
familia en contraposición con la de sus contemporáneos, no es el resultado
de una solución arbitraria, independiente del modo en que habían vivido.
   De ah¡ la invitación a la atención, a mantenerse despiertos. Esta invita-
ción se hace más apremiante si consideramos, como lo hace S. Pablo en la 2ª.
lectura, que se está produciendo un doble movimiento acelerador de la
historia: la salvación está  cada vez más cerca, viene a nuestro encuentro.
Por nuestra parte debemos dejar que la gracia del bautismo vaya transformando
nuestro hombre viejo y "vistiéndonos del Señor Jesucristo".
   Ser miembros vivos de un pueblo que camina significa introducir la
esperanza como motivo de nuestro propio cambio interior y de las situaciones
que nos rodean para que el reino de Dios esté cada vez más cerca.

La sorpresa del anuncio

   El itinerario de crecimiento en la vida cristiana que representa cada año
litúrgico, comienza con la invitación a revivir la espera gozosa del Mesías
en el momento de la encarnación, como modo de preparar su retorno glorioso
al final de los tiempos.
   Esa invitación a revivir el acontecimiento pasado como forma de preparar
el futuro, nos abre el camino para meditar el evangelio que anuncia la
llegada del Hijo del Hombre desde la perspectiva del misterio de Nazaret, es
decir, desde el momento en que se anunció su primera venida.
   La escatología cristiana, que habla de lo que sucederá en las últimas
fases de la historia, hunde sus raíces en el pasado: Por eso la esperanza no
es una utopía, sino una luz animada por la certeza de que se cumplirá lo que
se anuncia.
   "Lo que pasó... pasará...". El punto de referencia que toma Jesús para
indicar cómo será el fin del mundo es lo que sucedía en tiempos de Noé. Todos
vivían inmersos en los quehaceres inmediatos de la vida y sólo algunos (sólo
Noé) percibió la llamada de Dios y se preparó.
   En esa misma línea de atención y escucha hay que situar la atención de
María y de José en Nazaret. Es cierta la amarga constatación del evangelista
Juan cuando hablando de la Palabra, dice: "En el mundo estuvo y, aunque el
mundo se hizo mediante ella, el mundo no la conoció. Vino a su casa pero los
suyos no la recibieron" (Jn 1,10-11). Pero también es cierto que cuando el
anuncio de la llegada del Mesías fue dirigido primero a María y luego a José,
ellos lo acogieron y respondieron afirmativamente. Lo mismo sucederá al final
de los tiempos.
   El anuncio, sin embargo, sorprendió a María. Lucas dice al narrarlo que
ella "se turbó", no tanto por la presencia del Ángel cuanto por el contenido
de las palabras que le dirigía.
   Nadie esperaba tanto la venida del Mesías como los israelitas verdade-
ramente creyentes en las promesas que Dios había hecho a sus padres. Y sin
embargo, cuando se cumple la promesa, cuando llega el Mesías, sorprende a
todos. Sorprende a Herodes, y con él a toda Jerusalén que "se sobresaltó" (Mt
2,3-4) al oír decir que habían visto la estrella que lo anunciaba.
   El anuncio sorprende también a María y a José‚ pero ¡qué distinta la
suerte de quien entonces esperaba verdaderamente y de quien no le importaba
nada o incluso lo temía! Como dijo el anciano Simeón, la aparición de aquel
niño reveló lo que se escondía en el corazón de cada uno. Así sucederá
también al final de los tiempos...
  
   Nos sorprenderás, Señor, cuando llegues.
   No sabemos cuánto queda aún de la noche,
   pero sabemos que la aurora está ya cerca.
   Nos sentimos, con alegría y esperanza,
   parte viva de un pueblo que camina
   hacia ti que vienes a su encuentro.
   Y cuando se crucen nuestros caminos
   comenzará la fiesta que no tiene fin
   en tu santa morada.
   Mientras tanto nos vamos preparando en la espera
   y en la escucha de todos los que nos traen noticias de ti.
   En realidad, todo lo que nos rodea,
   en su belleza incompleta,
   en su miseria o en la tragedia de su armonía truncada
   nos invita a esperar.

Ir hacia el que viene

   El núcleo central del mensaje litúrgico de este domingo, como el de todo
el Adviento, es el anuncio de la venida del Señor, del camino que Él ha hecho
para venir al encuentro del hombre y que culminará  al final de los tiempos
con su aparición gloriosa en este mundo. El adviento (= venida) es ante todo
un movimiento de Dios hacia el hombre.
   Debemos tomar conciencia de que lo que esperamos es el cumplimiento de la
salvación, de ese plan maravilloso que Dios ha concebido para el hombre y
para el mundo, y de que es Él, ante todo, quien lo lleva adelante. Y esto no
para desentendernos, sino para fomentar nuestra responsabilidad y compromiso.
El ha puesto todo entre nuestras manos, ¿qué hemos hecho de ello?
   Hay una espera por parte del hombre de que la salvación llegue a su
cumplimiento. Pero Dios también lo espera y no podemos defraudar la confianza
que Él ha puesto en nosotros.
   La parusía, dice Teillard de Chardin, se producirá por la acumulación de
los deseos y esperanzas de los hombres... Ciertamente, cada esperanza puesta
en un futuro mejor, cada deseo de un encuentro con el Señor son un paso que
contribuye a acelerar el momento del gran encuentro. Pero la parusía viene
sobre todo por el gran deseo que Dios tiene de encontrar al hombre. El nos
sorprenderá no sólo porque llegará en un momento imprevisto, sino también por
el regalo que nos trae: "Lo que el ojo nunca vio, ni la oreja nunca oyó, ni hombre
alguno ha imaginado, es lo que Dios ha preparado para los que le aman" (1Co
2,9).
   Es esa esperanza la que nos pone en pie y nos incita a seguir caminando.
Ella nos lleva también a reanimar todos los motivos de esperanza que vemos
a nuestro alrededor, seguros como estamos de que todos ellos tienen un
sentido en el gran designio de salvación, cuyo panorama completo, por ahora,
sólo Dios ve.

TEODORO BERZAL.hsf