sábado, 18 de marzo de 2017

Ciclo A - Cuaresma - Domingo III

19 de marzo de 2017 - III DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo A

                              "El agua viva"

Exodo 17,3-7

   En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés:
   -¿Nos ha hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a
nuestros hijos y a nuestros ganados?
   Clamó Moisés al Señor y dijo:
   -¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.
   Respondió el Señor a Moisés:
   -Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel;
lleva también en tu mano el cayado con que golpease el río y vete, que allí
estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña y saldrá de
ella agua para que beba el pueblo.
   Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel.
   Y puso por nombre a aquel lugar Massá y Meribá, por la reyerta de los
hijos de Israel y porque habían tentado al Señor diciendo: ¿Está o no está 
el Señor en medio de nosotros?

Romanos 5,1-2.5-8

   Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en
paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por Él hemos obtenido
con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos apoyados
en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios. La esperanza no defrauda,
porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espí-
ritu Santo que se nos ha dado.
   En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado,
Cristo murió por los impíos; -en verdad, apenas habrá quien muera por un
justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba
de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió
por nosotros.

Juan 4,5-42

   Llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio
Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del
camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
   Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice:
   -Dame de beber.
   (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida).
   La Samaritana le dice:
   -¿Cómo tú siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?
(Porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
   Jesús le contestó:
   -Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le
pedirías tú, y él te daría agua viva.
   La mujer le dice:
   -Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de donde sacas el agua
viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él
bebieron él, sus hijos y sus ganados?
   Jesús le contestó:
   -El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua
que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá
dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.
   La mujer le dice:
   -Señor, dame de esa agua: así no tendré‚ más sed, ni tendré que venir aquí
a sacarla.
El le dice:
   Anda, llama tu marido y vuelve.
   La mujer le contesta:
   -No tengo marido.
   Jesús le dice:
   -Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no
es tu marido. En eso has dicho la verdad.
   La mujer le dice:
   -Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este
monte, y vosotros decís que el lugar donde se debe dar culto está en
Jerusalén.
   Jesús le dice:
   -Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén
daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros
adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero
se acerca la hora, ya está  aquí, en que los que quieran dar culto verdadero
adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den
culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu
y verdad.
   La mujer le dice:
   -Sé que va a venir el Mesías, el Cristo: cuando venga, Él nos lo dirá
todo.
   Jesús le dice:
   -Soy yo: el que habla contigo.
   En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviese hablando
con una mujer, aunque ninguno le dijo: "¿Qué le preguntas o de qué le
hablas?"
   La mujer, entonces, dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
   Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será  éste el
Mesías?
   Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba Él.
   Mientras tanto sus discípulos le insistían:
   Maestro, come.
   El les dijo:
   -Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis.
   Los discípulos comentaban entre ellos:
   -¿Le habrá  traído alguien de comer?
   Jesús les dijo:
   -Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su
obra.
   ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os
digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados
para la siega; el segador ya está recibiendo el salario y almacenando fruto
para la vida eterna; y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo,
tiene razón el proverbio: "Uno siembra y otro siega". Yo os envío a segar lo
que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus
sudores.
   En aquel pueblo, muchos samaritanos creyeron en Él por el testimonio que
había dado la mujer: "Me ha dicho todo lo que he hecho".
   Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara
con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su
predicación, y decían a la mujer:
   -Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos hemos oído y sabemos
que Él es de verdad el Salvador del mundo.
                      
Comentario

   Las lecturas de este domingo están elegidas con vista a la celebración de
la Pascua. En su vigilia, en el rito del agua, se celebra o se renueva ese
baño regenerador del Espíritu Santo derramado en nuestro corazones (2ª.
lectura).
   Se abre la liturgia de la Palabra con el grito de protesta de los
israelitas en el desierto: "¿Está  o no está  el Señor en medio de nosotros?"
El agua que brota milagrosamente de la roca es la respuesta que sacia la sed
material del pueblo, pero sobre todo, es la revelación de que Dios es "la
fuente de agua viva" (Jer 2,13) que sacia su otra sed.
   El contenido del evangelio es tan amplio y rico de significados que
resulta imposible abarcarlo todo, por eso nos centraremos en el diálogo entre
Jesús y la samaritana.
   Como trasfondo del diálogo hay tres símbolos (el agua, la montaña y el
templo) cuya interpretación permite penetrar en la identidad de la persona
de Jesús y de su misión. Siguiendo las diversas fases del diálogo entre Él
y la mujer de Samaría, el lector del evangelio es invitado a dar el mismo
paso que ella dio: reconocer a Jesús como Mesías.
   La primera parte del diálogo gira entorno al símbolo del agua, cuyo
significado ambivalente provoca un primer paso hacia la verdad que Jesús
quiere transmitir. Es Él quien inicia la conversación pidiendo de beber, pero
en realidad espera mucho más de la mujer: quiere que brote en ella la fe. La
mujer trata de eludir la cuestión oponiendo dos dificultades: es una mujer
y forma parte de un pueblo hostil al de Jesús. Este vuelve a tomar la
iniciativa en el diálogo y pica la curiosidad de la mujer hablando de otro
tipo de agua. La samaritana opone una nueva dificultad: no entiende de qué
se trata pero intuye que algo misterioso se esconde en aquel hombre y lo
compara nada menos que con Jacob. Es el momento en que Jesús aprovecha para
desvelar su significado del agua: la revelación que él trae es superior a la
del Antiguo Testamento. Al concluir esta primera parte del diálogo, se
invierten los papeles. Ahora que ha empezado a entender de qué se trata, es
la mujer la que pide: "Dame de esa agua".
   La segunda parte del diálogo se abre también con una petición de Jesús y
se centra en la verdadera adoración de Dios. Diciendo a la mujer la verdad
sobre la falsedad de su vida, Jesús se revela como el profeta esperado. No
cae en la trampa de reducir la conversación a una cuestión de ritos o de
legitimidad de los lugares de culto y va directamente al corazón del
problema. Ha llegado la hora en que Dios establece en Cristo una nueva
alianza con todos los hombres. En ella se cumplen las promesas hechas a los
hebreos, pero todos están invitados a dar el paso de la fe que les permite
entrar en esa nueva alianza. La samaritana lo da. Ahora sólo queda saber
quién es el Mesías. Y el diálogo culmina con esa maravillosa revelación por
parte de Jesús: "Soy yo, el que habla contigo".

"Hablando con una mujer"

   La página evangélica que leemos hoy es un ejemplo particularmente feliz
del arte narrativo propio de S. Juan. En ella afloran la ironía, el juego con
el doble sentido de algunas palabras, la fuerza expresiva de los símbolos,
la viveza de un diálogo que capta enseguida la atención del lector o del
oyente.
   Esa maestría en el uso de los recursos literarios es un arma de doble
filo, porque si de una parte es un medio eficaz para transmitir la buena
nueva, por otra es quizá como un velo que nos impide ver al Jesús histórico
en su plena realidad. Aún así, a través de esa página, como de muchas otras
del evangelio, podemos descubrir un Jesús que sabía dialogar, maestro en el
uso de la palabra no sólo para exhortar a la multitud, sino también para
conducir una conversación personal que llega hasta las mayores profundidades.
   Ese dominio del lenguaje es una de las manifestaciones más maravillosas
de la encarnación. El hombre se califica primeramente por el uso de la
palabra. Pero cuando ésta se sabe emplear con todos esos matices que revelan
el conocimiento de la psicología de las personas, de las reacciones que
pueden suscitar ciertos términos, etc, estamos ante alguien que ha aprendido
largamente el arte de hablar.
   Esto nos lleva necesariamente al tiempo de Nazaret, porque es allí donde
Jesús se formó también en este aspecto. "Toda la vida de Jesús es revelación
del Padre; sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su
manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: "Quien me ve a mí ve al Padre
(Jn 14,9), y el Padre: "Este es mi Hijo amado; escuchadle" (Lc 9,35). Nuestro
Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre (cfr Heb
10,5-7), nos "manifestó el amor que nos tiene" (1Jn 4,9) con los menores
rasgos de sus misterios". (Catecismo de la Iglesia Católica, 516).
   S. Lucas en el episodio del hallazgo de Jesús en el templo nos presenta
ya a un Jesús adolescente en diálogo con los doctores, escuchando e
interrogando. En el diálogo con aquella mujer junto al pozo de Jacob hay tres
aspectos que podemos subrayar.
   Jesús parte de lo concreto y lo sencillo (el agua, la sed) para hablar de
los misterios de Dios. Es una pedagogía eficaz y adaptada a todos.
   Jesús es paciente con su interlocutora. El sabe adonde quiere llegar,
pero procede gradualmente. Escucha con calma las digresiones e intentos de
banalizar el diálogo, pero no permite que éste se desvíe de su objetivo
principal.
   Jesús habla con franqueza. En el momento oportuno, no teme decirlo todo:
identificarse con el Mesías.
   Detrás de aquella conversación de Jesús con la samaritana estaba todo su
aprendizaje de Nazaret en el arte de hablar. Podemos ver también el reflejo
de ese otro diálogo, más dilatado aún que Dios ha mantenido siempre con el
hombre y que culmina en la encarnación del Verbo.

   Señor Jesús, sediento de nuestra sed,
   te bendecimos porque has sabido sentarte junto al pozo
   y hablar con nosotros
   para revelarnos en qué consiste el don de Dios.
   Danos t£ esa agua viva
   para que brote desde nosotros el don que viene de ti
   y pueda saciar nuestra sed y la de los demás.
   Te bendecimos por tu paciencia en el diálogo,
   reveladora de tu amor al hombre
   y de tu deseo de comunicarte totalmente
   al hombre, para que,
   acogiéndote mediante la fe,
   pueda él a su vez entregarse totalmente a ti.

Sed

   Sed de los israelitas en el desierto, sed y cansancio de Jesús en aquella
hora del mediodía, sed de la samaritana que va a buscar agua al pozo de
Jacob... Todo nos habla de esa condición del hombre, de esa situación de cada
uno de nosotros que evoca el salmo 62 con estas palabras: "Oh Dios, tú eres
mi Dios, por ti madrugo; mi alma tiene sed de ti, mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agotada sin agua".
   En realidad son muchos los deseos y aspiraciones que el hombre guarda en
su corazón. Habría que hablar de "sed" en plural, pero ninguna más honda y
duradera que esa aspiración al infinito, al encuentro con Alguien que lo
transciende en su pequeñez y limitación. La condición del hombre es la de un
ser finito portador de un vacío infinito.
   Una de las dos tentaciones a las que estamos siempre expuestos consiste
en pretender eliminar la sed en nosotros y en los demás. Se pretende eliminar
la sed del hombre reduciéndola a una serie de necesidades que periódicamente
o en el arco de la vida de una persona se pueden colmar. Fácilmente se deja
arrastrar uno por la tendencia del mundo actual que pretende tener un remedio
para cada una de las necesidades, una satisfacción a medida de cada deseo,
una solución a cada problema. Pero el requerimiento del hombre va más allá:
"Dame agua de ésa; así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla".
   Pero hay otra tentación aún m s sutil y peligrosa: consiste sencillamente
en negar que exista la sed, en reducir al hombre a las solas coordenadas que
nosotros podemos entender. "Y dicen que los vasos sirven para beber, lo malo
es que no sabemos para qué sirve la sed" (A. Machado). Nuestra manera de
hablar de Dios, del don de Dios, puede suscitar, como hizo Jesús con la
Samaritana, el deseo de buscarlo. Pero podemos también hablar de Él como algo
que no interesa ni responde a las grandes aspiraciones del corazón humano o
del mundo de hoy...
   Ciertamente no es fácil mantener unidos los dos extremos: de hablar de un
Dios que no puede ser reducido a nuestra palabras y hablar a un hombre al que
se deja siempre insatisfecha su ansia de verdad. Pero es esa senda difícil
la única que ayuda verdaderamente a las personas a entrar en su interior y
descubrir al Dios vivo, el don que se hace manantial dentro de nosotros
mismos.

TEDORO BERZAL.hsf

sábado, 11 de marzo de 2017

Ciclo A - Cuaresma - Domingo II

12 de marzo de 2017 - II DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo A

                             "Se transfiguró"

Génesis 12,1-4a

   En aquellos días, el Señor dijo a Abrahán:
   -Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostra-
ré.
   Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una
bendición.
   Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan.
   Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.
   Abrahán marchó, como le había dicho el Señor.

II Timoteo 1,8b-10

   Querido hermano:
   Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que
Dios te dá. El nos salvó y nos llamó a una vida santa no por nuestros méri-
tos, sino porque antes de la creación, desde el tiempo inmemorial, Dios
dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha
manifestado por medio del Evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo,
que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal.

Mateo 17,1-9

   Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó
aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro
resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y
se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él.
   Pedro entonces tomó la palabra y dijo a Jesús:
   -Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres haremos tres chozas: una
para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
   Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su
sombra, y una voz desde la nube decía:
   -Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.
   Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se
acercó y tocándolos les dijo:
   -Levantaos, no temáis.
   Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban
de la montaña, Jesús les mandó:
   -No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de
entre los muertos.                       

Comentario

   El camino de la cuaresma nos lleva cada año a recorrer las etapas de
nuestra iniciación cristiana. Hoy nos presenta en qué‚ consiste el itinerario
de la fe: salida de nuestra tierra y confesión de Jesús como Señor.
   El cristiano, hijo de Abrahán (1ª. lectura) y seguidor de Jesús, es invi-
tado a contemplar a Éste en el episodio de su transfiguración.
   Siguiendo el relato evangélico, cada uno de los personajes que van a-
pareciendo, nos ofrece una posibilidad de acercamiento al misterio.
   -Los discípulos. Son elegidos uno por uno y en número reducido, no sólo
para presenciar, sino también para participar y ser testigos del aconteci-
miento. Su actitud de disponibilidad, de alegría y temor reverencial ante el
misterio que se revela, nos habla del sentido trascendente de la experiencia
que están viviendo. Entre ellos destaca Pedro, a quien Mateo, contrariamente
a los otros evangelistas, no reprocha la falta de comprensión de lo que
sucede. Por el contrario, es él quien llama a Jesús "Señor", título que
corresponde a su situación gloriosa, mientras que en los evangelios de Marcos
y Lucas lo llama "Maestro".
   - Moisés y Elías. Son los dos personajes del Antiguo Testamento que han
visto la gloria de Dios. Representan la ley y los profetas, formula global
que se usaba para designar el conjunto de la revelaci¢n antigua. Existía la
creencia de que ambos aparecerían un día para anunciar la llegada del Mesías.
Su presencia en la transfiguración de Jesús es un testimonio cargado de
simbolismo. Cuando Jesús aparece en su gloria, ellos se eclipsan,
contribuyendo a poner de relieve su figura. Es de notar que el episodio de
la transfiguración acontece entre dos anuncios que Jesús hace de su propia
pasión y muerte, dejando bien claro el doble aspecto, sufrimiento y gloria,
que encierra su misterio.
   Entre los evangelistas, Mateo subraya el aspecto luminoso de la
transfiguración de Jesús: "Su rostro resplandecía como el sol, la nube que
cubrió a los discípulos era "luminosa". Parece que ambas expresiones están
tomadas del pasaje del Antiguo Testamento en el que se describe el paso del
mar Rojo (Ex 34,29-30) y contribuyen a presentar a Jesús como un nuevo
Moisés, tema constante en el primer evangelio.
   Pero más importante que el testimonio mudo de Moisés y de Elías, es la
voz del cielo y la nube que envuelve a los discípulos. Como en el bautismo
de Jesús en el Jordán, la voz del cielo revela la identidad de Jesús: Él es
el Hijo amado del Padre. Aquí se añade además la orden de escucharle,
poniendo así de relieve su misión reveladora.
   De este modo la transfiguración de Jesús no tiene sólo la función de
manifestar de forma anticipada lo que será la gloria de la resurrección, sino
también la de afirmar que con su vida y con su palabra cumple la misión de
revelar y llevar a cabo el plan de Dios para el hombre.

"Tomó la forma de esclavo" (Fil, 2,7)

   Para explicar lo que sucedió ante los ojos atónitos de los tres
discípulos, los evangelistas emplean unánimemente la expresión "se
transfiguró" referida a Jesús, y a continuación dan algunos detalles sobre
el aspecto de su rostro y de sus vestidos.
   La palabra griega que corresponde a transfiguración es "metamorfosis",
que significa transformación, cambio de forma o de apariencia. Referido a una
persona es el cambio de su condición de vida.
   Esa transformación o transfiguración de Jesús ante los apóstoles, que
revela de alguna manera su otra condición de vida, la que un día, después de
pasada la prueba de la cruz adquirirá definitivamente, nos hace pensar
también en la encarnación.
   En la carta a los filipenses, S. Pablo emplea la misma terminología que
aparece en el evangelio de hoy para hablar de la otra transformación en
sentido inverso. Cristo Jesús que existía en la "forma" de Dios, se despojó
de esa condición y asumió la "forma" de esclavo, presentándose como un simple
hombre (Fil 2,5-8). Existen, pues, por así decirlo dos transfiguraciones en
sentido opuesto: la una que lleva a Cristo a manifestarse en la humildad del
Siervo, la otra que lo revela como Señor.
   Debemos ahora dar un paso más y descubrir la relación que existe entre
ambas transfiguraciones si queremos meditar el evangelio a la luz del
misterio de Nazaret. La transfiguración del Tabor es transitoria. El rostro
de Jesús transfigurado y radiante de luz será, como Él mismo anuncia,
desfigurado en la pasión hasta perder la apariencia de hombre (Is 53,2-3).
El camino de la encarnación lo había llevado, en un exceso de amor, hasta la
condición infrahumana de la "forma" de esclavo. La "transfiguración" operada
en la encarnación del Verbo hace posible la redención llevándole a compartir
la condición de vida del hombre. Y no se trata de una situación transitoria,
como en el Tabor, sino permanente, pues Dios se ha hecho hombre para siempre.
   La conexión de la encarnación con el misterio de la cruz es presentada
así en la carta a los hebreos: "Al entrar en el mundo dice Él: Sacrificios
y ofrendas no los quisiste; en vez de eso me diste un cuerpo a mí" (10,5).
La condición humana de Jesús no es, pues, una cosa pasajera o aparente. Si
pudo morir en la cruz para salvarnos es porque había nacido de la virgen
María.
   La verdad de la condición divina de Jesús, desvelada momentáneamente en
la escena evangélica de este domingo, prueba la profundidad del misterio que
durante tantos años se ocultó en Nazaret. La fugacidad del momento de gloria
nos ayuda a penetrar en la opacidad de todos los otros momentos en los que
sólo aparece la condición humana de Jesús y a reconocerlo y escucharlo aun
cuando por la violencia de los malos tratos es reducido a la condición de
esclavo.
   Como Él nos ha hablado de hombre a hombre asumiendo nuestro modo de ser,
la transfiguración nos confirma que un día también nosotros podremos hablar
con Dios tratándolo como Él es.

   Señor Jesús,
   tu rostro transfigurado
   nos descubre tu condición gloriosa;
   tu rostro desfigurado en la pasión
   nos recuerda tu inmenso amor por nosotros;
   tu rostro sereno durante tantos años en Nazaret
   nos comunica la cercanía y humildad
   con la que has querido compartir nuestra vida.
   Danos hoy la gracia del Espíritu Santo
   para que, desde el Tabor,
   sepamos ver el Calvario
   y las colinas de Nazaret.


El camino de la fe

   La Iglesia con el mensaje litúrgico de este domingo nos invita a tomar
nuevos ánimos en el camino de la fe; más aún, nos pide que redescubramos las
razones verdaderas de nuestro creer para que nuestra vida cobre un sentido
más pleno.
   El ejemplo de Abrahán que, llamado por Dios, deja todo y se fía de Él
para emprender un camino con rumbo desconocido, la subida de los apóstoles
con Jesús hacia la cima de Tabor para ser introducidos de forma misteriosa
en lo que es el misterio de Dios, nos indican con fuerza cuál es el camino
de la fe.
   La fe supone, ante todo, una ruptura. Con demasiada frecuencia los
cálculos humanos, las perspectivas a corto plazo, los cuidados de la vida,
ahogan en nosotros esa visión hacia el futuro y hacia el sentido último que
tiene nuestra existencia. Por eso necesitamos, de vez en cuando, sacudir
nuestra torpeza; dejar que la Palabra de Dios entre hasta lo más profundo de
nosotros mismos y ponernos nuevamente en pie para emprender la marcha de la
fe.
   La fe comporta siempre un riesgo. No suprime toda inquietud. Al
contrario, lleva a estar siempre en camino, siempre abiertos a nuevas
perspectivas.
   La obediencia a Dios que comporta la fe nos pone entre sus manos, de
manera que uno pierde, por así decirlo, las riendas del propio destino para
confiar en el Otro. Por eso el creer es también una apuesta que lleva siempre
más allá de las propias posibilidades, hacia rumbos desconocidos.
   La fe es, ante todo, un encuentro gozoso con Jesús; un encuentro
recíproco en el que hay una comunicación fundada en una relación de profunda
amistad. De ese encuentro nace la fuerza para caminar en el llano de la vida
cotidiana y para subir al otro monte, al Calvario, cuando Dios lo disponga.
   Ese encuentro con Jesús abre la fe hacia la esperanza, hacia el
definitivo estar cara a cara con Él, cuando su rostro ya transfigurado
definitivamente en la resurrección nos transfigurará también a nosotros a su
imagen. "Seremos transformados; porque esto corruptible tiene que vestirse
de incorrupción y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad" (1Co
15,53).
   Esa es la "buena noticia" que hemos recibido "ahora por la aparición en
la tierra de nuestro Salvador" (2ª.lectura).

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 4 de marzo de 2017

Ciclo A - Cuaresma - Domingo I

5 de marzo de 2017 - I DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo A

                 "El Espíritu condujo a Jesús al desierto"

Génesis 2,7-9; 3,1-7

   El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un
aliento de vida y el hombre se convirtió en ser vivo.
   El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en Él al
hombre que había modelado.
   El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver
y buenos de comer; además el árbol de la vida, en mitad del jardín, el árbol
del conocimiento del bien y del mal.
   La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor
Dios había hecho. Y dijo a la mujer:
   -¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?
   La mujer respondió a la serpiente:
   -Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto
del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: "No comáis de él
ni lo toquéis, bajo pena de muerte".
   La serpiente replicó a la mujer:
   -No moriréis. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los
ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal.
   La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable porque daba
inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió.
   Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que
estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Romanos 5,12-19

   Hermanos: Lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y
por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos los hombres, porque
todos pecaron...
   Pero, aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se
imputaba porque no había ley.
   Pues a pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso
sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que era figura
del que había de venir.
   Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa
de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la
benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos.
   Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las conse-
cuencias del pecado de uno: la sentencia contra uno acabó en condena total;
la gracia, ante una multitud de pecados, en indulto.
   Si por culpa de aquél, que era un solo, la muerte inauguró su reino,
mucho más los que reciben a raudales el don gratuito de la amnistía vivirán
y reinarán gracias a uno solo, Jesucristo.
   En resumen, una sola culpa resultó condena de todos, y un acto de
justicia resultó indulto y vida para todos.
   En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron
constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos
serán constituidos justos.

Mateo 4,1-11

   Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el
diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final
sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo:
   -Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.
   Pero Él le contestó diciendo:
   -Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que
sale de la boca de Dios.
   Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del
templo y le dice:
   -Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: "Encargará a
los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no
tropiece con las piedras".
   Jesús le dijo:
   -También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios".
   Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los
reinos del mundo y su esplendor le dijo:
   -Todo esto te daré si te postras y me adoras.
   Entonces le dijo Jesús:
   -Vete, Satanás, porque está escrito: "Al Señor tu Dios adorarás y a Él
solo darás culto".
   Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían.
                     
Comentario

   Las lecturas del ciclo "A" dan al tiempo de cuaresma un marcado carácter
bautismal. La Iglesia invita a cada uno de sus miembros a recorrer nuevamente
el camino de la iniciación cristiana para participar, cada vez con mayor
profundidad, en el misterio pascual.
   Por eso el mensaje de este domingo podría sintetizarse de este modo:
Somos invitados a tomar conciencia del plan que Dios tiene para el hombre y
constatar la repuesta negativa del primero de ellos (1ª. lectura). Jesús,
recorriendo las etapas del pueblo elegido, se hace solidario con todos
nosotros y, rechazando la propuesta del diablo, elige dar cumplimiento a lo
que Dios quiere (3ª. lectura). Todos podemos entrar así en ese modo nuevo de
ser hombre en comunión con el nuevo Adán (2ª. lectura).
   Veamos un poco más detenidamente el texto del evangelio.
Al igual que Lucas, Mateo desarrolla ampliamente el acontecimiento de las
tentaciones de Jesús en el desierto ofreciendo su significado, cuando Marcos
se había limitado sencillamente a citarlo.
   Tres son los aspectos más importantes que el texto de Mateo subraya.
   Las tentaciones que Jesús sufre son las mismas que había experimentado el
pueblo de Israel en el desierto. La prueba del hambre para mostrarle que el
hombre no vive sólo de pan (Det 8,1-6); la tentación de poner a Dios al
propio servicio (Det 6,16) y la tentación permanente de adorar otros dioses
(Det 6,13). Allí mismo donde el pueblo había sido infiel, Jesús, con la
fuerza del Espíritu y la espada de la Palabra de Dios, sale vencedor.
   El segundo aspecto, y el más marcado, es evidentemente mesiánico. Las
tentaciones narradas por Mateo son tentaciones de Jesús. La cuarentena en el
desierto, es el momento en que el hombre Jesús ejerce plenamente su libertad.
Ante el proyecto de un mesianismo triunfante y glorificador de su persona,
que el diablo sutilmente le insinúa con palabras de la Escritura, Jesús se
adhiere plenamente al plan de Dios. Esto comporta identificarse con la figura
del siervo de Yavé que le llevará a la cruz.
   Y finalmente las tres tentaciones tienen también un sentido eclesial. Son
también nuestras tentaciones. Resumen perfectamente los puntos críticos donde
se juega la fidelidad de cada uno de nosotros al Señor. También para nosotros
existen las tentaciones de buscar una salvación exclusivamente intramundana
(de solo pan), de pretender acudir a intervenciones milagrosas por parte de
Dios que eliminen el riesgo de la fe, y el deseo del dominio y del poder.
   El pasaje evangélico que hoy leemos, colocado por Mateo como preparación
a la misión de Jesús, nos invita a acoger su mensaje y a emprender con Él, el
camino que nos llevará a la pascua si somos dóciles al Espíritu.

En Nazaret

   Leyendo el relato de las tentaciones de Jesús en el
desierto fácilmente nos detenemos a considerar cómo la neta oposición
presentada a las propuestas del diablo marcan el camino futuro del Mesías.
Es bueno también meditar cómo ese momento importante de la vida de Jesús
descubre también cuáles eran las opciones que Él había vivido hasta entonces
durante los largos años de Nazaret. Como sucede normalmente a los hombres,
el momento de la prueba pone en evidencia su temple, las convicciones más
profundas que ha venid forjándose a lo largo de los años, la orientación que
ha seguido siempre en su vida.
   Desde este punto de vista bien podemos decir que seguir las propuestas
del diablo, no era sólo comprometer el camino previsto por Dios para el
Salvador de los hombres, sino también renegar de su pasado, poner en
entredicho toda la trayectoria que había seguido hasta entonces.
   Como trabajador, Jesús había ganado el pan lo mismo que María y José, con
el sudor de su frente. Por eso sabía lo que valía el pan, sabía cuánto
costaba dar de comer a una familia en las condiciones normales de la vida y
en las situaciones difíciles por las que la suya había pasado. Pero había
visto también algunas veces lo fácil que es para el hombre pasar de la noble
ocupación de ganarse el pan al afán desmedido por acumular riquezas y tesoros
capaces de robarle el corazón. Por eso ahora, cuando el diablo le propone que
para mostrar su condición de Hijo de Dios, cambie las piedras en pan, no lo
hace. El había vivido otro modo de ser hijo de Dios que consistía en trabajar
para tener el pan.
   A Jerusalén, al templo, Jesús había ido todos los años desde joven, pero
siempre andando por el camino y confundido entre la gente de las caravanas.
Como buen israelita sabía la importancia de ese lugar y su significado
mesiánico, pero las murallas, las torres, los pináculos, los había visto
siempre desde abajo. Nunca se le había ocurrido pensar en una demostración
espectacular para desvelar su condición mesiánica. El, al templo, había ido
únicamente para orar y para hablar, como más tarde hará también; había estado
"escuchando y haciendo preguntas" (Lc 2,17). Por eso la negativa a la pro-
puesta de Satanás no pudo ser más clara.
   "Después Jesús bajó a Nazaret y siguió bajo su autoridad" (Lc 2,51). Es
exactamente el camino opuesto al de ir a ver "todos los reinos del mundo" y
pretender que los demás se sometan al propio poder. Hacía tiempo que el
diablo estaba derrotado en el corazón humilde de Jesús, Él que no vino para
ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por todos (Mt 22).
   La victoria sobre el tentador en el desierto deja entrever que Nazaret
era ese nuevo paraíso, quizá  sin árboles frondosos y sin los cuatro ríos,
donde ni el hombre ni la mujer dieron oídos a la serpiente porque en su
corazón, ya desde el principio, no anidaba la raíz del mal. Nazaret es el
lugar de la fidelidad total a Dios, de la apertura absoluta a su Palabra, de
la familiaridad de trato con Él.
  
   Padre, te bendecimos por Jesús,
   que movido por el Espíritu Santo,
   entró en el desierto para ser tentado.
   Te bendecimos por su victoria,
   que es también la nuestra
   si seguimos el mismo camino
   que el siguió hasta el momento de la prueba.
   Te bendecimos porque Él entregó su vida
   para que nosotros pudiéramos también vencer.
   Mediante el bautismo,
   en el que hemos renunciado a Satanás para siempre,
   hemos sido hechos hijos tuyos
   y, aunque vivimos esta nueva vida
   en la debilidad de la carne,
   sabemos que contamos con la fuerza de la Palabra
   y que tú no nos abandonas nunca.

"No nos dejes caer en la tentación"

   "En Cristo también tú eres tentado", dice S. Agustín. Nosotros no somos
ajenos a las tentaciones de Jesús: podemos experimentarlo cada día. En
nosotros mismos vemos la fragilidad de la naturaleza humana herida por el
pecado desde sus orígenes (1ª. lectura).
   El primer paso en nuestra vida cristiana será, pues, reconocer nuestra
fragilidad, ser conscientes de la realidad de nuestra situación, saber que
la vida nueva que alienta en nosotros está amenazada, precisamente por el
gran valor que tiene. Esta toma de conciencia de nuestra debilidad no debe
llevarnos a la angustia y desesperación: Dios no somete a la prueba a nadie
por encima de sus fuerzas (1Co 10,13). Debe llevarnos más bien a la
vigilancia y al discernimiento. Discernimiento porque existen dos tipos de
pruebas bien diferenciadas en nuestra vida: las pruebas de proveniencia
varia, que sirven para afianzarnos en el bien, para echar raíces más
profundas, para crecer en el camino espiritual; y las pruebas (tentaciones)
que vienen de nuestra propia naturaleza, de los demás y a veces incluso del
diablo, que van encaminadas a hacernos caer, a privarnos en todo o en parte
de ese tesoro de vida nueva del que somos portadores y beneficiarios.
   Todas las tentaciones, desde la más pequeña hasta aquéllas en las que se
juega el destino de un hombre, repiten el mismo esquema: el mal es presentado
con apariencia de bien, para que el hombre, seducido por su brillo, encaje
el golpe que lo hace caer.
   Por eso ante la tentación, lo más importante es el discernimiento que
desenmascara al tentador revelando el engaño y la fuerza de voluntad para
elegir el verdadero bien.
   Cuando pedimos a Dios en el Padrenuestro "no nos dejes caer en la
tentación", declaramos que necesitamos su ayuda para vencer, y que por
nuestras propias fuerzas no seríamos capaces de sobreponernos al mal.
Expresamos así el deseo de participar también en la victoria de Cristo.
   En la oración deberíamos también aprender a usar las mismas armas que
Jesús usó: la fuerza de la palabra de Dios, ayuno y oración, y la decisión
inquebrantable de una fidelidad total al Señor que se forja en las pequeñas
fidelidades de cada día. Eso es lo que impide al mal agazaparse a nuestra
puerta y entrar en el corazón (Gen 4,7).

TEODORO BERZAL.hsf