viernes, 14 de abril de 2017

Ciclo A - Pascua de Resurrección

16 de abril de 2017 - DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECION – Ciclo A

                                                    "Vio y creyó"

-Hech 10,34. 37-43
-Sal 117
-Col 3,1-4
-Jn 20,1-9

Hechos 10,34a. 37-43

   En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
   -Hermanos: Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los judíos,
cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me
refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo,
que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque
Dios estaba con Él.
   Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo
mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos
lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado:
a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección.
   Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo
ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es
unámine: que los que creen en Él reciben, por su nombre, el perdón de los
pecados.

Colosenses 3,1-4

   Hermanos: Ya habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá 
arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes
de arriba, no a los de la tierra.
   Porque habéis muerto; y vuestra vida está en Cristo escondida en Dios.
Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis,
juntamente con Él, en gloria.

Juan 20,1-9

   El primer día de la semana María Magdalena fue al sepulcro al amanecer,
cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr
y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y
les dijo:
   -Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
   Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían
juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó
primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no
entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio
las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza,
no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces
entró también el otro discípulo, el que había llega primero al sepulcro; vio
y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había
de resucitar de entre los muertos.
                       
Comentario

   En el domingo de Pascua se lee el comienzo del cap. 20 de S. Juan. A
través de todo el capítulo encontramos la narración de cómo se va
constituyendo la comunidad con quienes van llegando a la fe en el resucitado.
Examinemos las dos primeras escenas que corresponden al caso de la Magdalena
y al de Pedro y el otro discípulo.
   La anotación cronológica con la que se abre el texto ("El primer día de
la semana") tiene un alto valor simbólico. La semana hebrea recuerda los días
de la creación y culmina con el sábado. El día siguiente abre una fase nueva;
con él estamos en los tiempos nuevos. Pero Juan dice también que era todavía
de noche, sin duda porque la luz de Cristo no había empezado a brillar en el
corazón de los creyentes.
   En contraste con los otros evangelistas, Juan presenta a la Magdalena
sola cuando va al sepulcro, ve la losa quitada y corre a decírselo a los
apóstoles. Pero el plural que usa en el anuncio ("no sabemos dónde lo han
puesto") empalma perfectamente con la tradición de los otros evangelistas que
hablan de varias mujeres. Sea como fuere, en ese primer momento no hay una
expresión de fe, sino una constatación de hechos. Es una constante a través
de todo el cap. 20 de Juan. A la fe no se llega de forma inmediata, el hombre
pone dudas y resistencias. Parece que habría que hablar, como algunos han
hecho, de una fe difícil.
   La segunda escena presenta a Pedro y a otro discípulo (generalmente
identificado con Juan) que reaccionan ante el anuncio de la Magdalena
corriendo hasta el lugar del sepulcro. Como ella también los discípulos están
inquietos, buscan algo.
   El gesto de deferencia de Juan, que llega antes (¿porque era más joven o
porque se sintió más amado pro Jesús?) pone de relieve la figura de Pedro,
del que no se había hablado después de sus negaciones. Pero esa primacía no
le da ningún privilegio en lo que se refiere a la fe personal. De hecho los
dos discípulos constatan los mismos signos, pero sólo de Juan se dice que
"vio y creyó". Es el primero del que se dice que llegó a la fe después de la
resurrección.
   Ningún privilegio tampoco para el discípulo amado que necesita ver para
creer, colocándose en la misma situación en que se encontrar  más adelante
el apóstol Tomás. Y más aún si se tiene en cuenta el reproche del último
versículo del texto: "Hasta entonces no habían entendido la Escritura".
   Se inaugura así el tiempo nuevo, el tiempo de la Iglesia en el que la fe
es suscitada por Dios mediante los signos que han visto los primeros testigos
y es corroborada por lo que dice la Escritura. Es el tiempo de los que, sin
haber visto, creen (Jn 20,29)

Jesús de Nazaret

   La convicción interior que supone la fe en el resucitado va creciendo a
medida que se interpretan los signos concretos que los discípulos ven a la
luz de la Escritura y con las pruebas patentes que Cristo ofrece en sus
diversas apariciones. Como vemos en la 1ª. lectura, Pedro proclama en casa del
centurión su fe aduciendo los signos concretos que le han permitido
identificar al resucitado con el Jesús que antes había conocido. "Hemos
comido y bebido con Él después de su resurrección" (Hech 10,39) Esa
constatación de la identidad de Jesús que lo muestra en su dimensión
encarnatoria es fundamental para el testimonio apostólico.
   Si es cierto que Jesús se muestra, también lo es que los discípulos lo
buscan. Es de notar a este propósito que en el evangelio de Juan se subraya
cómo la fe nace de una relación de afecto y amor con Jesús. Se trata de una
relación que compromete a toda la persona. El primero que llega a la fe en
el resucitado es el discípulo que Jesús amaba. Magdalena reconoce a Jesús
cuando se siente llamada por su nombre. Pedro recibe la confirmación de su
misión de pastor sólo después de haber afirmado por tres veces su amor a
Jesús.
   Pero la invitación a la fe tiene también una dimensión comunitaria. Jesús
se aparece a los once en el cenáculo o al borde del lago. Los apóstoles en
seguida comprenden y anuncian que la buena noticia de la resurrección y la
llamada a la fe es para todos los que, mediante su testimonio, pueden creer
sin haber visto. Así nace la Iglesia.
   Rasgos de ese clima de fe naciente los encontramos también cuando los
evangelistas hablan de los primeros años de la vida de Jesús en Nazaret. Los
comentaristas del evangelio se complacen en subrayar la semejanza entre la
búsqueda de María y de José cuando Jesús se queda en el templo de Jerusalén
y la búsqueda de las mujeres y los discípulos el primer día después del
sábado.
   La precipitación de Pedro y Juan en su carrera hacia el sepulcro y la
"angustia" de María y de José al volver a Jerusalén después de la primera
jornada de camino, traducen en un solo gesto la preocupación interior que lleva
a salir, a buscar, a tratar de encontrar... Es el gesto que manifiesta el
amor.
   Pero la fe no se ofrece como recompensa. Sorprende a todos. Por una parte
permanece siempre una zona de oscuridad y de incomprensión, donde el misterio
queda siempre escondido, por otra está la seguridad plena que produce la paz
y la alegría de haber llegado a la verdad, de haber encontrado mucho más de
lo que se buscaba.

   Señor Jesús, vivo y resucitado,
   con María Magdalena, con Pedro y Juan,
   con María y José,
   queremos vivir hoy la búsqueda amorosa
   que enciende la fe.
   La luz de tu resurrección
   hace brillar en nosotros el deseo
   de ir a tu encuentro
   porque reconocemos en el evento
   de tu paso de la muerte a la vida
   la explicación del enigma de nuestra vida
   y de la historia del mundo.
   Ante esta maravilla suprema de Dios
   que es tu resurrección,
   nuestra esperanza, Señor Jesús,
   redobla su fuerza para descubrir tu acción
   en todos los signos de vida que tenemos a nuestro alcance.

Celebrar la Pascua

   S. Pablo exhorta a los primeros cristianos a celebrar la Pascua "no con
levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad) sino con los panes ázimos
de la sinceridad y de la verdad" (1Co 5,8). Quizá tengamos en esas palabras
el primer testimonio de la celebración de la Pascua cristiana. Pero aparte de
su valor histórico son de una lógica contundente para la vida concreta del
cristiano.
   La Pascua de Cristo en la que el cristiano es introducido mediante la fe
y el bautismo pone en su vida una radical novedad, que debe llevar a dejar
de lado lo antiguo, es decir, el pecado. S. Pablo lo expresa aludiendo al
rito hebreo que consistía en eliminar de la casa todo pan fermentado, símbolo
de la impureza, para empezar nuevamente el ciclo de la vida cotidiana con una
pan puro, ázimo.
   Celebrar la Pascua en la liturgia se convierte así en un compromiso a
realizarla en el culto de la vida. Es el compromiso de cada eucaristía.
   La levadura de la "malicia" y de la "corrupción", que fermenta, crece y
da sus frutos de muerte, debe ir dejando el sitio a la "sinceridad", a la
"verdad" y demás virtudes cristianas ya que en la Pascua de Cristo hemos sido
hechos "ázimos". Lo que se nos ha dado como regalo debe ir transformando toda
nuestra vida para poderla ofrecer a nuestra vez como don.
   El don es inicialmente luz interior que da la fe para adherirnos con
certeza a la persona de Jesucristo. En cuanto luz interior tiene una
evidencia subjetiva inapelable. Y es a partir de esa fuerza de convicción que
puede construirse poco a poco una existencia que tiende hacia una mayor
claridad y se expresa progresivamente en comportamientos más coherentes.
   La celebración de la Pascua debería hacer cada vez más clara la razón de
nuestra fe y más nítida la coherencia de nuestro obrar. Como un espejo al ser
desempañado, la Pascua de cada año debería devolvernos cada vez más clara la
imagen de nuestro ser cristiano.

TEODORO BERZAL.hsf

miércoles, 5 de abril de 2017

Ciclo A - Domingo de Ramos

9 de abril de 2017 – Ciclo A - DOMINGO DE RAMOS EN LA PASION DEL SEÑOR

                     "Realmente éste era Hijo de Dios"

Isaías 50,4-7

   Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido,
una palabra de aliento.
   Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados.
   El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he
echado atrás.
   Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi
barba.
   No oculté el rostro a insultos y salivazos.
   Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso endurecí mi
rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado.

Filipenses 2,6-11

   Hermanos: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su
categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición
de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre
cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de
cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el ¡Nombre-sobre-
todo-nombre! de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el
Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es
Señor! para gloria de Dios, Padre.

Mt 26,14 - 27,66

Comentario

   Como centro de la Palabra de Dios tenemos en este domingo la lectura de
la pasión de Jesús. Esta "memoria de la pasión" debe acompañarnos durante
toda la semana que se abre con el Domingo de Ramos. Escuchar el relato
serenamente en la liturgia y leerlo con atención en el silencio es el mejor
comentario que pueda hacerse.
   La versión de la pasión que ofrece S. Mateo coincide casi completamente
con la de S. Marcos. Hay, sin embargo, algunos detalles propios de Mateo que
guiarán nuestra reflexión. Esas diferencias tienden a subrayar la ruptura con
el hebraísmo, el cumplimiento de la Escritura, la dramaticidad de las
situaciones...
   Los acontecimientos que preceden a la pasión, además de su significado
propio, crean el clima que permite comprender en profundidad todo el proceso.
Podemos fijarnos en estos detalles. La traición de Judas es interpretada a
la luz de una cita explícita del profeta Zacarías en la que se concreta el
precio exacto pagado por los sumos sacerdotes; ese precio equivalía a lo que
se había dado por el profeta (Zac 11,13) y era el precio de un esclavo. En
el relato de Mateo es en el que con más nitidez aparece la figura del traidor
pues acentúa el contraste entre la comunión y amistad que supone sentarse a
la misma mesa y la delación inmediatamente posterior. En la institución de
la Eucaristía hay dos expresiones propias de Mateo: la sangre de Jesús será
derramada "para el perdón de los pecados" y, cuando Jesús beberá de nuevo el
fruto de la vid en el Reino del Padre lo hará  "con vosotros". En la
predicción del abandono por parte de Pedro y los demás discípulos, Mateo cita
nuevamente a Zacarías y añade una palabra con gran valor eclesiológico. Para
él se trata de la dispersión de las ovejas "del rebaño".
   Entrando en el relato de la pasión propiamente dicha, encontramos también
algunos aspectos propios de Mateo. Durante la agonía en Getsemaní, atenúa el
drama interior de Jesús. El "terror y angustia" de Mc 14,33,son en Mateo
"tristeza y angustia". En la oración al Padre, Jesús añade un "si es posible"
sumiso y obediente.
   Durante el proceso ante las autoridades religiosas se subraya la
inocencia de Jesús y la falsedad de las acusaciones. Puede notarse también
la correspondencia entre la pregunta de Caifás y la confesión mesiánica de
Pedro (Mt 16,16). El proceso ante las autoridades civiles es presentado como
particularmente inicuo, aunque forma parte del designio de Dios. La mujer de
Pilato ve en Jesús "un hombre justo".
   En los momentos finales de la crucifixión y muerte de Jesús, Mateo se
fija sobre todo en su abandono y soledad. Más que los otros evangelistas
insiste en el cumplimiento de la Escritura aludiendo repetidas veces a
expresiones de los salmos. Característica de Mateo es también la expresión
"Si eres hijo de Dios... ", que hace eco a las palabras del tentador en el
desierto al comienzo del ministerio de Jesús. Finalmente es propia de Mateo
la alusión a los fenómenos cósmicos que acompañaron la muerte y sepultura de
Jesús. Parece que quiere significar con ellos el paso de una era a otra, el
paso de la antigua a la nueva alianza.

Unus de Trinitate passus est

   El misterio de Nazaret educa nuestra mirada de fe para, desde la Sagrada
Familia, contemplar la profundidad trinitaria de Dios.
   La pasión de Jesús nos revela en el punto supremo, la historia del Dios
amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Con S. Agustín podemos decir: "Allí
estaban los tres, el Amante, el Amado y el Amor".
   Con demasiada frecuencia estamos acostumbrados a meditar la pasión viendo
sólo a Jesús e incluso, teniendo en cuenta su doble naturaleza, nos detenemos
casi exclusivamente en sus sufrimientos humanos. Dejamos así de lado su
naturaleza divina que por definición, o quizá más bien por una deformación
mental nuestra, consideramos impasible. Deshacemos así, quizá de manera
inconsciente, la unión hipostática realizada en la encarnación. Por eso hemos
colocado como título de esta reflexión una expresión antiquísima de la fe
cristiana ("uno de la Trinidad ha padecido"), que dice bien esa implicación
de toda la Trinidad en la pasión de Cristo.
   Al "abandono" que Jesús experimenta no sólo como hombre, sino también
como Hijo, sobre todo en el momento de Getsemaní y en la hora de la muerte,
corresponde por parte del Padre ese acto que el Nuevo Testamento llama en
diversos lugares "entrega". "Dios no escatimó su propio Hijo, sino que lo
entregó por todos nosotros" (Rom 8,32). Es más, Dios lo ha hecho "pecado" y
"maldición" (Gal 3,13) por nosotros. En el abandono que el Hijo siente está
del otro lado la entrega por parte del Padre. Si el Hijo no fue escatimado,
eso aconteció para que quienes merecíamos el castigo fuéramos salvados.
Podemos ver, pues, en el abandono del Hijo la entrega del Padre, no sólo en
cuanto da a su propio Hijo, sino en cuanto Él mismo se entrega y compromete
definitivamente con el hombre. Pero el Hijo se entrega a sí mismo
voluntariamente, en perfecta sintonía con la voluntad del Padre. "Me amó y
se entregó por mí" (Gal 2,20).
   En el acontecimiento de la cruz tenemos el momento del máximo abandono,
de la máxima distancia, por así decirlo, entre el Padre y el Hijo, y al mismo
tiempo la máxima comunión. Quien franquea la distancia y une los extremos es
evidentemente el Espíritu Santo. Por eso de Cristo crucificado brota la
abundancia de vida del Espíritu que vivifica a los muertos y se derrama a
todos los hombres.
   El Espíritu Santo "que sondea las profundidades de Dios" (1Co 1,11) está 
en el dolor de Dios por el pecado del hombre; está en el dolor del Padre al
entregar al Hijo para que muera a manos de los hombres; está en la agonía,
en el abandono, en la muerte del Hijo y desde esas situaciones, que a los
ojos de los hombres parecen absurdas y desesperadas hace brotar el amor, un
amor que procede de una libertad total y de una misericordia infinita. "Tanto
amó Dios al mundo que entregó a su hijo único para que tenga vida eterna y
no perezca ninguno de los que creen en Él" (Jn 3,16).

   Señor Jesús, que te has hecho obediente
   hasta morir en la cruz por nuestros pecados,
   pedimos para nosotros ese mismo Espíritu,
   que transformó esa cadena de humillación,
   de dolor, de desprecio, de abandono que fue tu pasión
   en el sacrificio perfecto que salva al mundo.
   Que el Espíritu Santo nos introduzca,
   mediante la fe, la adoración y el compromiso
   en ese misterio inconmensurable
   del amor trinitario
   para que sepamos contemplar
   la expresión humana del dolor de Dios
   manifestada en el sufrimiento.

Por nosotros

   El acontecimiento de la cruz ilumina el misterio de Dios revelándonos la
inmensidad de su amor que se manifiesta en el sufrimiento de Cristo. Pero
proyecta también una luz definitiva sobre el misterio del hombre.
   Ante Cristo abandonado-entregado por el Padre y muerto en la cruz no
podemos ver como irremediable ninguna situación humana, nuestra o de los
demás. Ninguna miseria, ninguna maldad, ningún pecado es ajeno a lo que pasó
aquel día en el Calvario. Nuestro corazón debe ser capaz de dilatarse hasta
comprender toda la extensión del mal y del pecado que existe en el mundo,
para desde ella proclamar que la misericordia de Dios es aún más amplia. El
recorrido que Jesús ha hecho en su pasión por todas las miserias del hombre
nos permite lanzar ese grito de esperanza.
   Pero al mismo tiempo que la comprensión y la misericordia, debe crecer en
nosotros el repudio más absoluto de toda forma de pecado. Y ese repudio, en
nosotros y en los demás, debe nacer de la contemplación del inmenso amor de
Dios que vemos manifestado en Cristo. "No es posible comprender el mal del
pecado en toda su realidad dolorosa sin sondear las profundidades de Dios"
(Dominum et Vivificantem, 39). Sólo quien se hace cargo del dolor que Dios
experimenta por el pecado, puede abrirse al misterio de la redención. "Pero
a menudo el Libro sagrado nos habla de un Padre, que siente compasión por el
hombre, como compartiendo su dolor. En definitiva, este inescrutable e
indecible "dolor" de Padre engendrará sobre todo la admirable economía del
amor redentor en Jesucristo, para que, por medio del misterio de la piedad,
en la historia del hombre el amor pueda revelarse más fuerte que el pecado"
(idem).
   La historia del amor de Dios hacia el hombre se resume en el camino
concreto seguido por Jesús que lo llevó, fiel a Dios y fiel al hombre, a la
cruz. Así nos indicó también la senda que nosotros tenemos que seguir:
"Cristo sufrió por vosotros dejándoos un modelo para que sigáis sus huellas.
El no cometió pecado, ni encontraron mentira en sus labios... El en su
persona subió nuestros pecados a la cruz para que nosotros muramos a los
pecados y vivamos para la honradez" (1Pe 2,23-24).

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 1 de abril de 2017

Ciclo A - Cuaresma - Domingo V

2 de abril de 2017 - V DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo A

                    "Yo soy la Resurrección y la Vida"

Ezequiel 37,12-14

   Esto dice el Señor:
   -Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepul-
cros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros
sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo, sabréis que soy el Señor:
os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis
que yo el Señor lo digo y lo hago. Oráculo del Señor.

Romanos 8,8-11

   Hermanos: Los que están en la carne no pueden agradar a Dios.
   Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espí-
ritu de Dios habita en vosotros.
   El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
   Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el
espíritu vive por la justicia.
   Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en
vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará tam-
bién vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Juan 11,1-45

   Un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana,
había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó
los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro).
   Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo:
   -Señor, tu amigo está enfermo.
   Jesús, al oírlo, dijo:
   -Esta enfermedad no acabará con la muerte, sino que servirá para la
gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
   Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que
estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
   Sólo entonces dice a sus discípulos:
   -Vamos otra vez a Judea.
   Los discípulos le replican:
   -Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿vas a volver allí?
   Jesús contestó:
   -¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza porque ve
la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza porque le falta la
luz.
   Dicho esto añadió:
   -Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo.
   Entonces le dijeron sus discípulos:
   -Señor, si duerme, se salvará.
   (Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del
sueño natural.)
   Entonces Jesús les replicó claramente:
   -Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado
allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.
   Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
   -Vamos también nosotros y muramos con él.
   Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania
distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido
a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano.
   Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro,
mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
   -Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún
ahora sé que todo los que pidas a Dios, Dios te lo concederá.
   Jesús le dijo:
   -Tu hermano resucitará.
   Marta respondió:
   -Sé que resucitará en la resurrección del último día.
   Jesús le dice:
   -Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto,
vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
   Ella le contestó:
   -Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía
que venir al mundo.
   Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:
   -El maestro está ahí, y te llama.
   Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba Él: porque Jesús no
había entrado todavía a la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había
encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que
María se levantaba y salía de prisa, la siguieron, pensando que iba al
sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se
echó a sus pies, diciéndole:
   -Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
   Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acom-
pañaban, sollozó y muy conmovido, preguntó:
   -¿Dónde lo habéis enterrado?
   Le contestaron:
   -Señor, ven a verlo.
   Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
   -¡Cómo lo quería!
   Pero algunos dijeron:
   -Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido
que muriera éste?
   Jesús, sollozando de nuevo, llegó hasta la tumba. (Era una cavidad
cubierta con una losa.) Dijo Jesús:
   -Quitad la losa.
   Marta, la hermana del muerto, le dijo:
   -Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.
   Jesús le dijo:
   -¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?
   Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
   -Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas
siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has
enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente:
   -Lázaro, ven afuera.
   El muerto salió, los pies y la manos atados con vendas, y la cara
envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
   -Desatadlo y dejadlo andar.
   Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había
hecho Jesús, creyeron en Él.
                        
Comentario

   El itinerario catecumenal que la Iglesia realiza cada año en la cuaresma
llega hoy a su punto culminante. Mirando a los domingos precedentes, podemos
sintetizarlo así: pasando a través del "agua" del bautismo, el cristiano es
iluminado por la "luz" de Cristo y recibe la "vida" de los hijos de Dios.
   La catequesis litúrgica de este domingo nos lleva a contemplar cómo el
Espíritu de Dios da vida y pone en marcha a todo un pueblo (1ª. lectura),
habitando y transformando la vida desde el interior de cada persona (2ª.
lectura) y conduciéndola a Cristo en quien está la verdadera vida y la resu-
rrección (3ª. lectura).
   Detengámonos un momento en el relato de la resurrección de Lázaro, para
captar el mensaje global de estas lecturas. En el evangelio de Juan ocupa un
lugar importante por tres motivos: se presenta el símbolo (vida) en el que
confluyen los que ha empleado anteriormente (agua, luz); Marta confiesa
explícitamente la fe de la Iglesia: "Sí, Señor, yo creo..."; la consecuencia
de la resurrección de Lázaro es la decisión de los sumos sacerdotes y los
fariseos de condenar a muerte a Jesús.
   El relato de este "gran signo" viene presentado por el evangelista en
tres etapas. Después de unos versículos de introducción en los que se
describe la situación, Jesús da a sus discípulos algunas instrucciones
fundamentales para introducirlos en el significado del milagro que realizará.
El conoce exactamente, aunque a distancia, cómo están las cosas: Lázaro no
está dormido, sino muerto. Pero la muerte no es la situación definitiva de
quienes son "amigos" suyos. Quien muere con Él, no en el sentido material al
que se refiere Tomás invitando a sus compañeros a ir a Jerusalén, sino
vinculándose a Jesús mediante la fe, vivirá.
   La segunda parte de la narración pone el acento sobre el camino de fe que
recorren las hermanas de Lázaro y de modo especial Marta. Ésta, en un diálogo
intenso con Jesús, que tiene como trasfondo el hecho de la muerte de Lázaro,
es conducida a confesar su fe. Ante la afirmación solemne de Jesús
introducida por la expresión "Yo soy", Marta no pone condiciones. Acepta no
sólo que Él puede dar la vida, sino que Él es la vida. Llega así a la verdad
de la fe: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios".
   El gran milagro que sigue confirma la verdad de esa fe. A pesar de las
vacilaciones de las hermanas de Lázaro y de quienes rodean a Jesús, Éste
cumple el signo de llamar a la vida a un muerto, mostrando así que "igual que
el Padre resucita a los muertos y les da la vida, también el Hijo da la vida
a quien quiere" (Jn 5,21-22). El Hijo lo hace, sin embargo, en plena sumisión
al Padre, "para gloria de Dios" (11,4).
   La resurrección de Lázaro anticipa así, en cierto modo, la resurrección
de Jesús "porque el Padre dispone de la vida y ha concedido también al Hijo
el disponer de la vida" (Jn 5,26) y es un signo de la resurrección final de
todos los que duermen en Cristo.

"Jesús se echó a llorar"

   Uno de los aspectos más profundos y delicados en los que se manifiesta la
realidad de la encarnación es en el de los sentimientos. Jesús, llorando por
la muerte de su amigo Lázaro, nos da ocasión para meditarlo. Es más, su
llanto sereno y la potencia de su voz que resucita a los muertos nos revelan
su doble condición, igualmente verdaderas, de hombre y de Dios.
   Dos son los sentimientos que manifiesta Jesús externamente en ese trance:
el primero es el de turbación e indignación, el segundo el de pena por la
pérdida de Lázaro. Algunas traducciones del evangelio no hacen esta
distinción y ven en los versículos 33,35 y 38 diversas manifestaciones,
reprimidas unas y más libres otras, del mismo llanto.
   Sin embargo, ante la actitud de duda e incredulidad de María, la hermana
de Lázaro, y de los judíos, Jesús se turba de indignación. Los comentaristas
vacilan entre dos interpretaciones. Para algunos Jesús se sorprende y se
indigna profundamente por la incredulidad que ve en quienes lo rodean. Para
otros ese sentimiento es producido por la desesperación de la condición
humana necesariamente sometida al sufrimiento y a las tinieblas de la muerte,
cuya raíz está en el pecado. Esta última interpretación contrasta con la
serenidad manifestada al comienzo del relato ante la noticia de la enfermedad
de Lázaro y el retraso voluntario de dos días para ir a Betania, dejando que
se cumpliera el ciclo natural de la enfermedad que desemboca en la muerte.
   Muy distinto sentido tiene el verbo usado en el versículo 35: "Jesús se
echó a llorar". Evoca un llanto silencioso, expresión de una honda pena. Los
judíos así lo entienden y comentan: "¡Mirad cuánto lo quería!". Se trata de
una expresión de la intimidad plenamente humana, como la de cualquier persona
ante la muerte de un familiar o de un amigo.
   Fácil es evocar desde aquí un momento similar en el que Jesús debió
encontrarse en Nazaret cuando murió S. José. El dolor de la despedida
llegaría a la misma intensidad que había llegado la estima, la intimidad, el
amor. María y Jesús debieron compartir el llanto y el dolor mientras el
"hombre justo" los dejaba con la esperanza en el corazón de ver un día la
resurrección. No hubo, sin embargo, entonces ningún milagro: no había llegado
aún la hora de Jesús. Y, sin embargo, Él, la resurrección y la vida estaba
allí.
   Nazaret nos revela también en esto la otra cara del misterio. La
resurrección de Lázaro es un signo, tanto más maravilloso cuanto más
excepcional. La resurrección de Jesús, a la que la de Lázaro nos remite,
descubrirá finalmente en la fe el sentido que tiene toda muerte. Marta creía
en la resurrección de los muertos "en el último día". Jesús le dice que en
Él se encuentra una vida que vence a la muerte, de manera que quien cree en
Él "aunque muera, vivirá ". Luego lo importante no es ya morir o no morir,
sino tener la fe en Cristo para vivir eternamente.
   Así cobra todo su valor el ciclo natural de la vida del hombre que
culmina con la muerte. El signo obrado por Jesús (y otros que hubiera podido
hacer) no tienen el significado de sustraer a algunos del paso de la muerte,
sino de iluminar el sentido que este trance tiene para todos.

   Te bendecimos, Padre,
   porque por la fe que nos has dado en el bautismo,
   Cristo, tu Hijo, se ha acercado
   a cada una de nuestras tumbas
   para llamarnos a la vida,
   la vida verdadera y eterna.
   Danos el Espíritu Santo
   que nos vivifica constantemente,
   nos da la armonía de la vida
   y nos pone en pie para formar tu pueblo
   y caminar al encuentro de todos los hombres.
   Tú, Padre de la vida,
   que tienes en ti mismo la vida en abundancia,
   nos la has dado en Cristo,
   bendito seas.

Vivos para Dios

   "Gloria de Dios es el hombre que vive y vida del hombre es la visión de
Dios", dice S. Ireneo. El bien más precioso que el hombre posee es la vida.
En el mundo actual, a pesar de los muchos atentados de todo tipo que tiene
la vida, va ganando terreno la conciencia de la dignidad de la persona, de
su valor irrepetible, de su derecho a vivir. Es una toma de conciencia muy
importante que puede poner en camino hacia el paso decisivo de la fe.
   En la revelación, Dios se ha presentado siempre como un Dios de vivos y
no de muertos, Él es el Dios de la vida. Y esto en dos sentidos, en cuanto
Él es "la fuente de la vida", el creador de todo, y en cuanto Él asegura y
da una finalidad coherente a todo lo que existe. Pero lo que está por encima
de todo cálculo humano y más allá de lo que nuestro entendimiento puede
concebir es que Él haya querido compartir con el hombre su propia vida,
cumpliendo así la aspiración más honda y más secreta de todo ser humano. Esa
plenitud de vida, nunca merecida, coloca al hombre en una situación
paradójica que lo lleva más allí  de sus límites y posibilidades naturales.
   El mensaje de las lecturas de este domingo nos lleva así a algunas
actitudes prácticas que apuntan hacia la raíz misma de nuestro ser cristiano.
   En primer lugar debemos tener una actitud de apertura que nos lleva a
acoger la vida en todas sus manifestaciones como don de Dios, reconociendo
con gratitud que nos desborda porque nos viene de otro y porque, por gracia,
nos abre unos horizontes nuevos que nos lleva hasta la filiación divina.
   Tenemos que ser conscientes y respetuosos con ese don de la vida que
fluye en nosotros y del que somos portadores. El "Verbo de la vida" (1Jn 1,1)
se hizo hombre y vino entre nosotros para traernos esa posibilidad de vida,
verdadera y plena, que da sentido a todo tipo de vida y eleva al hombre a la
dignidad de hijo de Dios.
   El gesto de Jesús, llamando a Lázaro de nuevo a la vida, nos invita a
prolongar esa llamada, aun en los casos más desesperados, promoviendo la vida
entorno nuestro, siendo transmisores de vida en todas sus manifestaciones.
TEODORO BERZAL.hsf