sábado, 15 de julio de 2017

Ciclo A - TO - Domingo XV

16 de julio de 2017 - XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                           "La semilla es la Palabra de Dios"

-Is 55,10-11
-Sal 64
-Rom 8,18-23
-Mt 13,1-23

Mateo 13,1-23

   Salió Jesús de casa y se sentó junto al lago. Y acudió a Él tanta gente,
que tuvo que subirse a una barca; se sentó y la gente se quedó en pie a la
orilla. Les habló mucho rato en parábolas:
   -Salió el sembrador a sembrar. Al sembrar, un poco cayó al borde del
camino; vinieron los pájaros y se lo comieron. Otro poco cayó en terreno
pedregoso, donde apenas tenía tierra, y como la tierra no era profunda brotó
enseguida; pero, en cuanto salió el sol, se abrasó y por falta de raíz se
secó. Otro poco cayó entre zarzas, que crecieron y lo ahogaron. El resto cayó
en tierra buena y dio grano: unos ciento, otros sesenta, otros treinta. El
que tenga oídos, que oiga.
   Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:
   -¿Por qué les hablas en parábolas?
   El les contestó:
   -A vosotros se os ha concedido conocer los secretos del Reino de los
cielos, y a ellos no. Porque al que tiene se le dará y tendrá de sobra, y al
que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Por eso les hablo en parábo-
las, porque miran, sin ver, y escuchan, sin oír ni entender. Así se cumplirá 
en ellos la profecía de Isaías: "Oiréis con los oídos, sin entender; miraréis
con los ojos, sin ver; porque está embotado el corazón de este pueblo, son
duros de oído, han cerrado los ojos; para no ver con los ojos, ni oír con los
oídos, ni entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure". Di-
chosos vuestros ojos porque ven, y vuestros oídos porque oyen. Os aseguro que
muchos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron,
y oír lo que oís y no lo oyeron. Vosotros oíd lo que significa la parábola
del sembrador: Si uno escucha la Palabra del Reino sin entenderla, viene el
Maligno y roba lo sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde
del camino. Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que la escucha y
la acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y,
en cuanto viene una dificultad o persecución por la Palabra, sucumbe. Lo
sembrado entre zarzas significa el que escucha la Palabra; pero los afanes
de la vida y la seducción de las riquezas la ahogan y se queda estéril. Lo
sembrado en tierra buena significa el que escucha la Palabra y la entiende;
ése dará fruto y producirá ciento o sesenta o treinta por uno.                    

Comentario

   Después de haber leído en el evangelio de Mateo el discurso de la montaña
(caps. 5-7) y el discurso de la misión apostólica (cap. 10), encontramos en
el cap. 13 el discurso de las parábolas. Con la primera de ellas, la del
sembrador, que leemos este domingo, el evangelista nos descubre también el
motivo del lenguaje parabólico empleado por Jesús.
   El texto de hoy comprende una introducción narrativa que presenta a Jesús
en actitud docente, en un ambiente alejado del lugar habitual de residencia
de la gente (el mar) y rodeado de dos categorías de personas: la multitud
(más bien hostil a Jesús en esta parte del evangelio de Mateo) y los
discípulos. Viene después la parábola propiamente dicha, que examinaremos con
más detalle. Sigue un intermedio en el que Jesús explica las razones de su
hablar en parábolas y a continuación el evangelista ofrece la explicación de
la parábola. Los comentaristas dicen que esta última parte no puede
atribuirse al Jesús histórico sino que sería la explicación que la comunidad
primitiva daba habitualmente de las palabras del Maestro.
   Si nos fijamos en la parábola propiamente dicha, podemos subrayar los
tres actores principales: el sembrador, la semilla y los diferentes tipos de
tierra que producen fruto en medida diferente. Nosotros concentraremos la
atención ahora sólo en la semilla.
   En la narración se pone el acento en su fecundidad. A pesar de que parte
de ella se pierda por falta de acogida, cuando encuentra el terreno adecuado,
la semilla germina y da fruto. El fracaso repetido se interrumpe de modo
sorprendente al final de la narración; cuando todo parece perdido aparece la
tierra buena y se da el éxito final de la siembra e indirectamente del
sembrador. La semilla (identificada con la Palabra de Dios en la
interpretación) es presentada como conteniendo una virtud propia, un poder
germinador que es independiente del suelo donde cae, pero que necesita de un
lugar donde arraigar.
   A subrayar ese poder autónomo de la Palabra contribuye la lectura de la
parábola que se hace en la liturgia ya que viene precedida por el texto de
Isaías que describe el ciclo de la Palabra y su fecundidad. El profeta la
compara con la lluvia que penetra, fecunda la tierra y la hace producir sus
frutos para regresar al lugar donde reside, según la concepción cosmológica
antigua.
   La dificultad de la germinación y la tardanza en producir el fruto
encuentra eco, incluso en dimensiones cósmicas, en la 2ª. lectura. La realidad
germinal de la salvación traída por Cristo reclama la manifestación gloriosa
y el cumplimiento total de lo que es ya una realidad en el hombre bautizado
y en el mundo en cuanto tal.

El sembrador

   La meditación del evangelio desde Nazaret nos lleva a fijar la mirada
ahora más bien en el sembrador de la parábola. En realidad todas las
parábolas, al hablarnos del Reino de Dios, nos dicen también algo acerca de
Jesús mismo que lo anuncia y lo personaliza en sí mismo.
   En el caso de la parábola del sembrador de lo que se habla en primer
término es de la experiencia misionera de Jesús. El salió de Nazaret para
anunciar la buena nueva como buen sembrador y sembró abundantemente la
palabra de salvación en su tierra de Galilea. Tras un cierto éxito inicial,
y prueba de ello es el gentío que tiene delante cuando habla, empieza a ver
cómo lo que dice encuentra muchas resistencias para arraigar de verdad en la
gente y para que llegue a dar fruto. Los relatos evangélicos testimonian
ampliamente como a medida que pasa el tiempo el panorama se va ensombrecien-
do. Hay quienes no comprenden lo que dice, su corazón es duro como la tierra
de un camino; el diablo parece llevarse lo que Él había depositado; después
de haberlo seguido un instante muchos lo abandonan. Hay quienes acogen su
mensaje con alegría, muestran incluso deseos de seguirlo, todo hace pensar
que seguirán adelante, pero apenas llega la hora de la prueba se muestran
flojos o bien son otras preocupaciones las que se encargan de sofocar una
planta que prometía... Muchas veces la experiencia del profeta, del
anunciador de la buena nueva es desalentadora.
   Pero cuando todo parece perdido, y en eso está el aspecto que podríamos
llamar profético de la parábola, cambia todo, se da una acogida y una
fecundidad insospechada, la tierra da su fruto. También esto trasluce la
experiencia de Jesús. Cuando las multitudes le vuelven la espalda y hasta
piden su condena a muerte, cuando hasta sus discípulos lo abandonan, cuanto
parece que todo va a terminar en un fracaso he aquí que la palabra empieza
a multiplicarse y sale de Jerusalén para llegar hasta los confines de la
tierra. Jesús vio al ejercer su actividad evangelizadora cómo al lado de la
cerrazón de algunos, otras gentes sencillas se iban abriendo a su palabra y,
aun en medio de muchas resistencias y dificultades, supo con certeza que un
día su mensaje se abriría camino.
   En realidad Jesús está expresando en la parábola su experiencia humana
más profunda. Consciente de poseer y de tener que anunciar el amor del Padre,
el mensaje de salvación, toca con la mano la lentitud, la inconstancia, la
dureza del corazón humano. Encontramos así una prolongación de su camino de
encarnación que tantos años había durado en Nazaret. Y encontramos también
un anuncio de lo que será su experiencia definitiva de abandono en las manos
del Padre cuando llegue el momento de la muerte, como grano caído en tierra.
   En eso consiste la experiencia del sembrador: echar la semilla en tierra
con una gran esperanza, una esperanza que no se doblega ni ante las
apariencias de esterilidad ni ante la dureza de la tierra, sino que confía
totalmente en quien le asignó la misión y en la fuerza misma del mensaje.

   Señor Jesús, Palabra de Dios,
   tú has sido sembrado en nuestra tierra
   y has experimentado en tu vida
   toda la resistencia y oposición
   que nosotros ponemos para dejarte germinar.
   Danos tu Espíritu Santo
   que rompa la dureza de nuestro corazón
   para que nuestros ojos te vean
   y nuestros oídos te escuchen.
   Así podremos dar los frutos
   que el Padre espera de nosotros.
   Que la esperanza de la cosecha
   venza en nosotros la duda y el abatimiento
   ante la lentitud y las dificultades
   con las que tropieza el Reino.

La tierra

   La donación gratuita y generosa por parte de Dios, que ha sembrado
abundantemente su Palabra, la fuerza germinadora que ésta lleva en sí misma,
la difusión del Evangelio en el mundo, prueba inequívoca de que la misión de
Jesús no ha sido vana, no debe hacernos olvidar el otro actor de la parábola:
la tierra.
   La interpretación de la parábola que ofrece el texto mismo del evangelio,
pone el acento precisamente en los diversos modos de acoger la semilla; se
da por descontado la generosidad del sembrador y la bondad de la semilla.
   El punto clave de la acogida está en el "comprender" la Palabra. Todas
las personas representadas por los tipos de tierra que no dan fruto
"escuchan" la Palabra, pero sólo quien escucha y comprende es tierra buena.
De ahí la importancia de las palabras de Jesús sobre el ver sin ver y el oír
sin oír ni comprender, que marcan la neta diferencia entre la Palabra
sembrada y la Palabra acogida. Es la línea sutil que separa el creer del no
creer. El evangelio no busca las razones de esa distinción: a unos es dado
a otros no. Daría la impresión incluso que en nada depende de las personas.
En realidad, si leemos bien el texto de Isaías 6,9-10, al que remite la
expresión evangélica (Cfr. v. 13) encontramos la explicación. Se trata de
aquellos que por tener un corazón endurecido no pueden ver ni oír. Son
quienes de forma explícita y consciente rechazan la conversión. No son quie-
nes no ven u oyen, sino quienes no quieren ver ni oír.
   La parábola pone el dedo en la llaga de lo que significa acoger o
rechazar la salvación que es ofrecida gratuitamente por Dios. Por eso Jesús
declara dichosos a sus discípulos, porque "ven" y "oyen".
   Los porcentajes en el rendimiento de cada terreno, desde este punto
de vista, tienen una importancia secundaria. Se diría que el sembrador se contenta
con lo que cada uno buenamente puede dar. La oposición principal se produce
entre la tierra buena (solo una) y los diferentes tipos de tierra baldía (que
son tres).
   La tradición cristiana ha visto siempre en los diferentes tipos de
tierra, los diferentes modos de responder a la gracia de Dios. Hay siempre
en ello un más y un menos del que depende no sólo la suerte personal de cada
uno -"cada uno recogerá según lo que haya sembrado" (Gal 6,6)- sino el
progreso del Reino de Dios en este mundo.

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 8 de julio de 2017

Ciclo A - TO - Domingo XIV

9 de julio de 2017 - XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

                         "Soy sencillo y humilde"

-Zac 9,9-10
-Sal 144
-Rom 8,9. 11-13
-Mt 11,25-30

Mateo 11,25-30

   Jesús exclamó:
   -Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la
gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.
   Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el
Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo
quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados  y yo
os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi
carga ligera.
                      
Comentario

   En el cap. 11 de S. Mateo encontramos diversas reacciones ante la persona
y el mensaje de Jesús. Como contrapunto de quienes lo rechazan o de quienes
no saben distinguir el momento histórico excepcional que están viviendo,
aparece el grupo de los humildes y sencillos que dan fe a sus palabras. Este
misterio de la sabiduría de los sencillos viene presentado por el texto que
leemos hoy en tres pasos sucesivos.
   La primera unidad comprende la exclamación orante de Jesús que bendice al
Padre por su designio de revelación. Paradójicamente quedan fuera de él
quienes mejor podían entenderlo. Por el contrario penetran en él quienes
menos dotados estaban para ello, los pequeños. Se ratifica así una constante
de la historia de la salvación que en los tiempos del Mesías llegó al grado
sumo.
   En la segunda parte del texto, formada por los vv. 26 y 27, Jesús, en tono
solemne, se presenta Él mismo como uno de estos "pequeños" que conoce, de
modo perfecto y exclusivo, el misterio del Padre. "Conocer" indica esa
relación de intimidad y recíproca donación que constituye el fondo del amor
trinitario. La simetría respecto al conocer indica la igualdad de las
personas en la esencia divina. De rechazo indica también la necesidad
absoluta de pasar por Jesús para entrar en la intimidad de la vida divina.
Esa revelación se presenta como un acto gratuito, fruto de la generosidad del
Hijo, quien en su condición humana revela los secretos de Dios. La única
condición parece ser esa "pequeñez" o sencillez de la que antes se ha hecho
mención.
   La parte conclusiva es una cálida invitación personal a los cansados y
oprimidos para buscar el descanso, la renovación y el consuelo en Jesús
mismo. ¿Pero de qué tipo de cansancio y opresión se trata? La respuesta
parece venir dada por las palabras que figuran a continuación en el texto.
Veamos por qué. En la tradición del Antiguo Testamento la ley divina se
consideraba como un "yugo" (Cfr Jer 2, 20; Eclo 51,21). La interpretación
rigorista de los fariseos había acentuado su carácter opresor al
desarrollarla en numerosos preceptos imposibles de cumplir para la gente
sencilla. Jesús, identificándose con éstos últimos ("soy humilde y sencillo")
propone otro camino. Se trata de penetrar en el espíritu mismo de la ley y
ver su cumplimiento no tanto como la realización de una exigencia externa,
cuanto la expresión de un corazón que pertenece por entero al Señor. De este
modo, todo aparece más fácil y ligero. Jesús mismo se presenta como modelo
de esa forma de ser ("aprended de mí") que consiste en aceptar con corazón
humilde el amor del Padre y responderle entregando la vida por todos.

"Miró la humildad de su sierva"

   El corazón humilde y sencillo de Jesús se formó en Nazaret, en la casa de
María, la sierva del Señor, y de S. José.
   La primera lectura de este domingo, tomada del profeta Zacarías, nos da
perfectamente la identidad de ese Mesías, a la vez débil y fuerte, sencillo
y humilde que corresponde a las características de quien vivió en Nazaret
durante treinta años.
   El texto de Zacarías comienza con una invitación a la alegría y a la
aclamación a Dios por la llegada del Mesías. Esa alegría y exultación están
motivadas por la intervención salvadora de Dios al final de los tiempos, pero
también porque el Salvador que llega corresponde a la esperanza de los más
humildes.
   El Mesías esperado es presentado como justo y victorioso, pero su figura
no tiene nada de triunfalista. Más adelante el profeta lo presentará bajo la
figura del "pastor golpeado" (11,4-17), de quien ha sido "traspasado", de
alguien por quien se hace luto, como cuando muere el hijo único (12,10-12).
En contraste con otras expectativas, el profeta presenta al Mesías en su
entrada triunfal cabalgando sobre un asno, animal tranquilo y trabajador,
símbolo de la humildad de la vida cotidiana. Pero a pesar de esa actitud
mansa y humilde, ser  ese Mesías quien eliminará las armas de la guerra no
sólo en Jerusalén, sino en todo el territorio de Israel. Con Él llegará la
paz. Y ese es precisamente el motivo del júbilo: el hecho de que Dios cumple
su promesa por medios inesperados y aparentemente inadecuados a la grandeza
del resultado. Así aparece con más claridad que es Él quien salva.
   Esa figura de Mesías es la que Jesús fue "encarnando" y asimilando
progresivamente en el ambiente humilde de Nazaret. Ese trabajo lento de ir
descubriendo como hombre la raíz más auténtica de la esperanza de su pueblo,
fue plasmando su figura y sus actitudes más profundas: ese corazón sencillo
y humilde del que hoy descubrimos la grandeza en el evangelio.
   Sin duda hubiera podido llegar a todo eso en un instante, pero nosotros
sabemos, contemplando el misterio de Nazaret, que el designio de Dios era
otro. Jesús fue creciendo... Y es que las actitudes más profundas del alma
humana exigen irse formando poco a poco, ir impregnándose paulatinamente del
ambiente humano en que se vive para desarrollar las potencialidades la
persona. El tiempo de Nazaret fue decisivo seguramente para la formación de
la personalidad humana de Jesús, para ser alguien capaz de asimilar las
mejores esperanzas de su pueblo, para comprender el cansancio, la aflicción
y la opresión en que vive tanta gente y también para saber cómo el orgullo
puede cerrar el corazón humano para rechazar incluso a Dios y oscurecer la
inteligencia hasta no comprender las cosas más sencillas...
   El corazón humilde de Jesús se forjó en la humildad de Nazaret.

   Te bendecimos, Padre,
   lento a la ira y grande en el amor,
   porque te has manifestado en Jesús,
   el Mesías humilde y pacifico.
   En Él acoges a cuantos están cansados y oprimidos
   y les ofreces la salvación.
   Danos el Espíritu de amor
   que vaya transformando nuestro corazón
   a imagen del de tu Hijo,
   para que en Él aprendamos a conocerte
   y sepamos acoger y confortar de verdad
   a cuantos piden nuestro apoyo.
   Recuérdanos siempre cómo hemos sido nosotros
   acogidos por ti,
   para que no impongamos a los demás cargas
   más pesadas de las que nosotros mismos
   estamos dispuestos a llevar.

El Espíritu da vida

   Aprender a conocer a Jesús, entrar en intimidad con Él, conocer sus
actitudes profundas, no es algo que la inteligencia, el estudio, el dominio
del saber puedan dar por sí solos. "Si uno no tiene el Espíritu de Cristo,
no le pertenece" (Rom. 8, 9). Es el Espíritu Santo, en efecto, que ha sido
dado al cristiano en el bautismo y en la confirmación, quien le guía en esa
tarea constante de conocimiento e identificación con Cristo.
   El primer paso consiste en descubrir cómo nuestra salvación y la de todos
los hombres es fruto de la humildad y de la humillación de Jesús. "Él, a
pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al
contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose
uno de tantos..." (Fil 2,5-7). No es fácil admitir eso; si uno se deja llevar
por la lógica del mundo o de la carne, parece más bien una locura, siguiendo
la expresión de S. Pablo.
   Pero el mismo S. Pablo exhorta a los cristianos a tener los mismos
sentimientos que Cristo y precisamente en ese acto de su abajamiento y
humillación. Tener los mismos sentimientos supone un conocimiento y una
identificación con Cristo que sólo el Padre puede dar por medio del Espíritu
Santo. Es la gran audacia, y al mismo tiempo, el gran privilegio de los que
son humildes.
   Existe un paralelismo entre la actitud de quienes, encerrados en su
propia inteligencia, no saben descubrir los secretos del misterio de Dios y
la existencia "en la carne" de que habla S. Pablo, que rechaza la acción del
Espíritu Santo. El Cristiano está llamado a dejar vivificar toda su
existencia por el soplo del Espíritu Santo y a poner toda su conducta bajo
ese influjo.
   Esa docilidad coincide exactamente con la sencillez evangélica de los
pequeños, que se fían de Dios más que de las propias fuerzas y que quieren
compartir la suerte de Jesús.
Todo ello supone en nosotros un esfuerzo para dejarnos desarmar de nuestras
categoría exclusivamente humanas y de nuestros modos de pensar para entrar
en esa sumisión al Espíritu Santo que llevará nuestro corazón a ser cada vez
más semejante al de Jesús.

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 1 de julio de 2017

Ciclo A - TO - Domingo XIII

2 de julio de 2017 - XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIOCiclo A

               "El que os recibe a vosotros, me recibe a mí"

Mateo 10,37-42

   Dijo Jesús a sus apóstoles:
   -El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí;
y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que
no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la
perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a
vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me ha
enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá  la paga de
profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá  la paga de justo.
El que da a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de
estos pobrecillos sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo
aseguro.

Comentario

   El texto evangélico de hoy se sitúa como continuación del leído el
domingo pasado y nos presenta la parte conclusiva del discurso de Jesús sobre
la misión de los apóstoles. Las dos ideas fundamentales del texto parecen
ser: la importancia que tiene para el apóstol la unión con Cristo y cómo
tiene que recibirlo quien acoge su mensaje.
   La referencia vital del apóstol a Cristo viene expresada con tres
antítesis en las que el mismo Jesús se coloca como punto clave de la
comparación. A través de ellas se diría que el Maestro propone una
reorganización de las relaciones personales y de parentela de sus discípulos,
de manera que sepan colocar en el centro la que deben mantener con Jesús
mismo. Frente a la importancia de esta relación, todas las demás, incluso las
más íntimas, deben considerarse secundarias e incluso sacrificarse si se
oponen a ella. Pero no porque la relación con Jesús entre en competición con
ninguna de ellas, sino porque se sitúa en un plano superior.
   Las expresiones usadas en el evangelio ponen de manifiesto el valor
absoluto de lo que se elige cuando se opta por Cristo y la radicalidad de las
exigencias que implica tal opción.
   La serie de antítesis concluye siempre con un "no es digno de mí" y acaba
con una paradoja sobre el perder-ganar la vida. Con ella se llega al límite
de la radicalidad. Será necesario que el discípulo de Jesús haya comprendido
y aceptado mediante la fe que sólo El es "la vida" (Jn 14,6), para poder
poner la suya en juego en el cumplimiento de su misión, estando seguro de
recuperarla.
   La importancia de la acogida del apóstol en que se centra la segunda
parte del evangelio, viene preparada en la liturgia de la Palabra por el
episodio de la vida de Eliseo narrado en la 1ª. lectura. En ella podemos ver
un comentario al dicho: "El que recibe un profeta porque es profeta, tendrá 
paga de profeta". En cierto modo también la 2ª. lectura nos introduce en esta
segunda parte del evangelio al exponer los beneficios que proporciona la
acción del apóstol: el bautismo y la nueva vida en Cristo.
   La acogida del apóstol en su calidad de enviado desvela el misterio de su
misión. En realidad es al mismo Cristo a quien se acoge al recibir al
apóstol, al profeta, al pequeño, a cualquiera que se presenta en nombre de
Cristo. Es más, hay un segundo grado en el envío que pone de manifiesto
también el misterio de Cristo. La acogida del apóstol lleva consigo la del
Padre, que es quien ha enviado a Jesús. La concatenación de las misiones deja
bien a las claras nuevamente la importancia para el apóstol de su referencia
a la persona de Jesús.
   Evidentemente la hospitalidad tiene dos planos unidos entre sí: la
acogida de la persona del apóstol, sobre la que Jesús había insistido
precedentemente (Mt 10,12-14), y la escucha del mensaje de salvación de que
es portador.

Acoger a Jesús

   Fue la experiencia fundamental de María y José en Nazaret. El mensaje del
evangelio sobre la acogida nos lleva a aquellos momentos primeros de la
existencia de Jesús en los que fue acogido al venir a este mundo.
   Jesús fue acogido en primer lugar como enviado de Dios. El evangelio así
nos lo da a entender de forma plástica pues primero se anuncia la venida y
luego llega el enviado. La anunciación es para María y José el momento clave
de la acogida. Las palabras del Ángel, mensajero divino, les dan a entender
que tras el nacimiento próximo que se anuncia existe un gran misterio. A
María se le dice: "Concebirás un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será
grande y será llamado Hijo del Altísimo" (Lc 1,31-32). Y a José: "la criatura
que ha concebido viene del Espíritu Santo" (Mt 1,20).
   La fe de María y de José fue entonces la misma que Jesús pide para acoger
a quien se presenta en su nombre, pues Él mismo añade: "Quien me acoge a mí,
acoge a quien me ha enviado". La acogida dispensada por María y José al Hijo
de Dios, se sitúa, sin embargo en ese primer estadio en el que, en la cadena
de envíos, Jesús ha sido mandado por el Padre pero El no ha enviado aún a sus
apóstoles. Por eso la fe de María y de José, que les lleva a acoger con amor
total al enviado del Padre, es el paradigma de la otra acogida, la que se
debe dispensar a los enviados de Jesús que son los apóstoles.
   En el evangelio se invita, en efecto, a dar los dos pasos: recibir en el
apóstol a Jesús y en Éste al Padre que lo envía. La función de María y de
José queda así situada en el centro del misterio de la salvación que consiste
en el envío de Jesús efectuado por el Padre en un momento determinado de la
historia, envío que se prolonga a lo largo de los tiempo a través de la
Iglesia.
   Jesús es acogido en Nazaret como enviado de Dios y es también acogido
como "pequeño". Es el otro aspecto subrayado por el evangelio de hoy. Puede
ser conmovedor contemplarlo en su desvalimiento inicial de niño recién
nacido, de pequeño necesitado de todos los cuidados. El "sacramento" del
pobre, del pequeño, del necesitado, fue vivido por Jesús también en primera
persona. Y fue acogido por María y José en toda su realidad de fe y
compromiso. Sus cuidados, hasta los más delicados y sencillos en Belén, en
Egipto, en Nazaret... deben ser una inspiración constante para quienes en el
hoy de la historia han de esforzarse por descubrir el rostro de Jesús en los
pobres y pequeños.
   El Documento de Puebla lo ha recordado a toda la Iglesia actual con
especial intensidad: "La situación de extrema pobreza generalizada, adquiere
en la vida real rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los
rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela" (n.
31). La lista que ofrece a continuación el documento mencionado es
impresionante.

   Te bendecimos, Señor Jesús,
   enviado por el Padre y venido a pedir hospitalidad
   en el hogar de María y de José.
   Que tu Espíritu Santo nos lleve
   a saberte descubrir hoy en tus enviados,
   en los pobres y pequeños.
   Aumenta nuestra fe y nuestro amor
   para que se transformen en capacidad de acogida
   y en paciencia para construir cada día
   comunidades transparentes y solidarias
   donde tu puedas ser reconocido y amado por todos.
   Así llegaremos un día también nosotros
   a ser huéspedes tuyos;
   cuando nos abras las puertas del Reino
   para decirnos: "Venid, benditos de mi Padre..."

Enviados

   Existe una relación profunda entre la primera y la segunda parte del
evangelio leído hoy, que ayuda a entender el dinamismo de la vida apostólica:
la unión a Cristo permite que el destinatario de la acción apostólica pueda
reconocerlo y acogerlo en la persona del enviado. El decreto Perfectae
Caritatis lo expresa de esta forma hablando de los religiosos: "Así
impulsados por la caridad que el Espíritu Santo difunde en sus corazones (Cfr
Rom 5,5) viven más y más para Cristo y para su Cuerpo que es la Iglesia (Cfr
Col 1,24). Porque cuanto más fervientemente se unan a Cristo por medio de esa
donación de sí mismos, que abarca la vida entera, más exuberante resultará 
la vida de la Iglesia y más intensamente fecundo su apostolado". (P.C. 1).
   Por eso nunca se insistirá bastante en la unión con Cristo cuando se
trata de colaborar en la obra de la salvación. Todo el esfuerzo de
desprendimiento, que puede llegar hasta las relaciones más profundas, debe
ser visto en esta perspectiva. El radicalismo evangélico tiene como
explicación y razón de ser la unión con Cristo para permitirle actuar a
través de sus enviados.
   El bautismo nos introduce en esa muerte a nosotros mismo ("Hemos muerto
con Cristo", 2ª. lectura) que nos permite entrar en una comunión de vida cada
vez más fuerte con Cristo hasta compartir plenamente su misterio pascual. Es
esa fuerza interior la que debe capacitarnos para ir dando poco a poco lo que
tenemos ("un vaso de agua"). De esa forma Cristo se irá convirtiendo en el
todo de nuestra vida y quienes nos escuchen y reciban podrán reconocerlo en
nosotros.
   Se trata de un ejercicio de transparencia y sencillez que dura toda la
vida porque nuestros defectos y pecados hacen opaca su imagen. Su realización
compromete todas las fuerzas de quien se entrega al apostolado y unifica el
esfuerzo ascético con el esfuerzo apostólico.

TEODORO BERZAL.hsf