sábado, 21 de octubre de 2017

Ciclo A - TO - Domingo XXIX

22 de octubre de 2017 - XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A
                                    
   "Pagad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios"

-Is 45,1.4-6
-Sal 95
-1Tes 1,1-5
-Mt 22,15-21

Mateo 22,15-21

   Los fariseos se retiraron y llegaron a un acuerdo para comprometer a
Jesús con una pregunta. Le enviaron unos discípulos con unos partidarios de
Herodes, y le dijeron:
   -Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios
conforme a la verdad; sin que te importe nadie, porque no te fijas en las
apariencias. Dinos, pues, qué opinas: ¿es lícito pagar impuesto al César o
no?
   Comprendiendo su mala voluntad, les dijo Jesús: ¡Hipócritas!, ¿por qué me
tentáis? Enseñadme la moneda del impuesto.
   Le presentaron un denario, Él les preguntó:
   -¿De quién son esta cara y esta inscripción?
   Le respondieron:
   -Del César.
   Entonces les replicó:
   -Pues pagadle al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.

Comentario

   En el evangelio de hoy prosigue la polémica entre Jesús y sus adversarios
que las parábolas de los domingos precedentes habían ya puesto en evidencia.
Pero esta vez en el campo estrictamente religioso entra también la componente
política, por eso la cuestión se hace más comprometida. A acentuar la
dificultad contribuye no sólo el tema, sino la composición de la delegación
que se acerca a Jesús. Se trata de dos facciones opuestas: los fariseos,
contrarios a la dominación romana, y los herodianos, a los que hoy
llamaríamos colaboracionistas, porque aceptaban la dominación extranjera y
sostenían a Herodes, tratando de conciliar las aspiraciones mesiánicas con
las ventajas del poder constituido.
   En ese clima y ante tal auditorio, la opinión que piden a Jesús sobre la
legitimidad de pagar los impuestos, resultaba delicada. Si daba un sí se
atraía la enemistad de los fariseos y de buena parte de la multitud que lo
había seguido y aclamado al entrar en Jerusalén. El no de su parte era
colocarse en contra de la autoridad civil constituida, pudiendo ser tachado
de subversivo.
   Jesús, sin embargo, no se deja engañar y encuentra una solución que va
más allá de la habilidad dialéctica para situar la cuestión en su terreno
justo y verdadero.
   Ha habido quien ha visto en la respuesta de Jesús la justificación de la
teoría que pretende asignar a la esfera de lo religioso y a la esfera de lo
político dos ámbitos contrapuestos o independientes para el hombre y para la
sociedad. Sin negar las legítimas autonomías, lo que Jesús dice tiende a
crear una profunda unidad en el hombre ofreciéndole las razones más válidas
de su vivir. La dimensión política del hombre debe estar abierta a lo
religioso y este último aspecto no puede encerrarse en sí mismo, sino
iluminar y motivar la acción social y política del hombre.
   En las palabras de Jesús, la realidad última no es lo que hay que dar al
Céar, sino lo que hay que dar a Dios. Es decir, no existe un paralelismo
entre ambas exigencias, sino una subordinación. En otros términos, en las
situaciones normales el hombre debe poder armonizar ambas exigencias, pero
en caso de oposición y conflicto, Dios debe estar por encima de todo.
   Esto no significa disminuir los derechos de César, sino colocarlos en el
lugar que les corresponde y además darles la justa perspectiva en el designio
global de Dios. Este último aspecto resalta más en la lectura litúrgica al
acercar el texto evangélico a la elección que Dios hace de Ciro, un pagano,
para realizar sus proyectos con el pueblo elegido (1ª. lectura).

El César y Dios

   Los evangelios de la infancia de Cristo ilustran varios aspectos de la
relación de la Sagrada Familia con el poder político instituido en su tiempo.
Quizá podamos a través de ellos prolongar nuestra reflexión sobre el
evangelio de hoy.
   Algunos de esos episodios tienen un fuerte significado simbólico que
sirve para decirnos algo sobre la identidad de Jesús; otros indican, en la
línea de la encarnación, la condición ordinaria de una familia de Palestina,
sujeta a los vaivenes de las circunstancias históricas y a las decisiones de
quien gobierna. Nos detendremos en la figura de Augusto en el evangelio de
Lucas y en la de Herodes en el evangelio de Mateo.
   La narración del nacimiento de Jesús empieza con el decreto de César
Augusto de empadronar "todo el universo" (Lc 2,1). Es presentado así el
emperador como un sujeto activo en el cumplimiento de los planes de Dios y
no sólo como referencia cronológica de los hechos de la historia. Además se
le atribuye un dominio absoluto sobre la totalidad del mundo habitado
(oikoumene) como indicando que el Mesías que va a nacer y sus padres están
también sujetos a su autoridad. El evangelio presenta el caso de José y María
como uno de tantos: "Todos iban a empadronarse, cada uno a su ciudad" (Lc
2,2). Siguiendo el hilo del relato se descubre, sin embargo, no sin una
cierta ironía, que la decisión imperial ha servido de manera determinante a
que el niño venga al mundo en Belén, la ciudad de David, el antepasado de
José. Se pone así en evidencia su condición mesiánica y se confirma lo que
Dios había anunciado a María por boca del Ángel: "Su reino no tendrá fin" (Lc
1,33).

Pasemos al caso de Herodes.

   En el episodio de la visita de los Magos, en los dos primeros versículos
del cap. 2º de Mateo se habla de dos reyes: el Rey Herodes y el recién nacido
rey de los judíos por el que los Magos preguntan. El conflicto es evidente
y parece inevitable. La terrible decisión de suprimir a todos los niños de
la zona viene motivada por la inquietud que le produce a Herodes el
nacimiento de un rival. Su designio se opone así abiertamente al de Dios,
pero para realizarlo no duda un instante en movilizar a todas las fuerzas
religiosas de la ciudad, solicita la colaboración de los Magos, etc. La
continuación del relato explica el fracaso de Herodes tras un aparente
triunfo. Cuando cree poder estar tranquilo porque su orden terrible ha sido
ejecutada, resulta que al único que le interesaba matar ha escapado. No sólo eso,
sino que posteriormente se nos informa que, mientras Jesús vuelve de Egipto
con su familia, quien ha muerto ha sido precisamente Herodes.
   Quienes tienen la misión de gobernar toman las decisiones, unas veces
justas, otras equivocadas, pero quien conduce la historia, la historia de la
salvación, es Dios. Este último gran actor de todo lo que sucede no quita la
responsabilidad a los hombres, al contrario, sus decisiones adquieren una
nueva dimensión al inscribirse en los designios divinos.

   Te bendecimos, Padre, porque en Cristo
   nos has llamado a la libertad.
   Te damos gracias porque su evangelio
   ilumina toda nuestra vida
   y nos da las razones verdaderas
   para todas las dimensiones de nuestra existencia.
   Que tu Espíritu Santo nos lleve
   a dar a Dios lo que es de Dios,
   a colocarte por encima de todas las cosas
   y a ordenarlas todas
   a partir de ese principio supremo.
   Guía a tu Iglesia, Señor,
   para que sea testigo de los bienes del Reino
   en medio de las vicisitudes de este mundo.

La actividad de la fe

   La actividad de la fe, el esfuerzo del amor, el aguante de la
esperanza... Son las tres grandes dimensiones en que se expresa toda la vida
cristiana que S. Pablo nos recuerda hoy en la 2ª. lectura. Son esas tres
dimensiones las que en lo concreto de la vida aseguran al cristiano el
equilibrio y la armonía entre la esfera de lo temporal y la esfera de lo
espiritual de que habla el evangelio de hoy, ayudándole a establecer entre
ellas la justa relación.
   Por lo que se refiere a la comunidad eclesial las orientaciones del
Vaticano II han sido luminosas en nuestra época: "La misión propia que Cristo
confió a su Iglesia no pertenece al orden político, económico o social: el
fin que le asignó es de orden religioso. Con todo, de esta misión religiosa
emanan un encargo, una luz y unas fuerzas que pueden servir para establecer
y consolidar según las leyes divinas la comunidad humana" (G.S. 42). Porque
la misión de la Iglesia es religiosa, es también "sumamente humana", dirá el
Concilio en otro lugar (Cfr.G.S.11). De ahí que las tendencias reduccio-
nistas, en uno u otro sentido, han sido siempre empobrecedoras.
   Lo mismo podemos decir si consideramos el compromiso de cada cristiano.
La primera parte de la sentencia de Jesús: "Pagadle al César..." nos obliga
a tomar en serio los compromisos temporales, la profesionalidad en el
trabajo, el cumplimiento de los deberes cívicos, las exigencias de la
justicia. Pero la segunda parte, "Y dad a Dios...", nos debe llevar a no
absolutizar la política hasta hacerla árbitro de todas las opciones
colectivas, ni la ciencia hasta despojarla de las exigencias de la ética, ni
la economía hasta sacrificar vidas humanas a sus postulados. La perspectiva
religiosa del creyente debe situar a Dios por encima de todo y relativizar
todas las demás instancias de la vida. Es así como el cristiano llega a una
libertad interior inestimable que le hace comprometerse a fondo y en la
medida justa con todas las causas del hombre.
TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 14 de octubre de 2017

Ciclo A. TO. Domingo XXVIII

15 de octubre de 2017 - XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                             "Venid a la boda"

-Is 25,6-10
-Sal 22
-Fil 4,12-14.19-20
-Mt 22,1-14

Mateo 22,1-14

   Volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los
senadores del pueblo, diciendo:
   -El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su
hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir.
Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el
banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la
boda".
   Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus
negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta
matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos
asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados:
   -La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora
a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis convidadlos a la
boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que
encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.
Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba
el traje de fiesta, y le dijo:
   -Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?
   El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros:
   -Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el
llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los
escogidos.

Comentario

   Las parábolas que leemos en estos últimos domingos del año litúrgico en
el evangelio de Mateo tienen todas un significado polémico contra quienes no
aceptan la llamada a entrar en el Reino. El tono es muy distinto al de las
parábolas del Reino (cap. 13).
   El texto de hoy se compone de dos parábolas: la del banquete nupcial (vv.
1-10) y la del traje de fiesta (vv.11-14). Esta última habría sido colocada
arbitrariamente por el evangelista en ese lugar para corregir de algún modo
el sentido demasiado optimista de la primera. Así dicen los comentaristas.
   La parábola del banquete tiene un significado similar a la de los
viñadores homicidas. En este caso se subraya más la paciencia de Dios con el
pueblo rebelde y las desastrosas consecuencias del rechazo a la invitación
de compartir la fiesta. Pero lo que más llama la atención es la solución
alternativa propuesta por el "rey" que excluye del banquete a lo primeros
invitados y luego lo ofrece a todos.
   Hay en la parábola algunos rasgos paradójicos, fuera del orden normal de
las cosas, que contribuyen, sin embargo, a dar mayor relieve a ciertos
aspectos teológicos del mensaje. Señalamos algunos.
   Es inverosímil que quienes reciben la invitación a la fiesta, no sólo la
rechazan sino que matan a los enviados (vv.5-6). Resuena aquí el eco de la
parábola de los viñadores homicidas. Es igualmente desproporcionado el
castigo infligido a los que se niegan a aceptar la invitación: se queman las
ciudades porque algunos individuos no quieren asistir al banquete (v.7). Ese
detalle subraya el carácter escatológico que se atribuye al banquete. No
aceptarlo significa la perdición total. Algunos comentaristas invitan a ver
en contraluz la destrucción de Jerusalén en el año 70. Paradójico es también,
y en grado sumo, que un rey celebre la boda de su hijo con cualquier tipo de
gente, buenos y malos (v.10) (Lucas dice: "ciegos, lisiados y cojos"). Es
este último detalle el que mejor deja patente el nuevo orden de cosas que ha
venido a crear la llegada de Cristo. Ahora la llamada a la salvación se hace
a todos, la invitación a entrar en la sala del festín no tiene en cuenta la
condición en que cada uno se encuentra cuando la recibe.
   El último detalle "extraño" que señalamos está en la segunda parábola.
Parece desproporcionado y fuera de sentido común que los "camareros" del rey
que sirven a los invitados se transformen en guardias, y que, por no llevar
el vestido adecuado, uno sea expulsado violentamente "a las tinieblas
exteriores". Este aspecto que hiere la sensibilidad del lector, dice bien
claramente la exigencia de una conversión interior para participar en los
bienes mesiánicos. No basta estar en la sala donde se celebra la boda. Si es
verdad que la condición inicial de los llamados no importa, no puede decirse
lo mismo después de que se ha entrado.

"El esposo está con ellos" (Mt 9,15)

   El comienzo de la parábola que estamos meditando tiene un tono solemne
que deja entrever la trascendencia del momento que invita a vivir: "El Reino
de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo..." Se
trata de la ocasión más solemne y festiva del reino. De ahí que la invitación
a participar en el acontecimiento sea apremiante y única.
   En la parábola el "hijo" de quien se celebra la boda queda al margen de
la narración y es sólo el "rey" quien actúa: convoca a los invitados, castiga
a los culpables, expulsa al que se viste indignamente... Y, sin embargo, la
ocasión solemne y única es la boda del hijo.
   Viniendo a la realidad que la parábola pretende iluminar, podemos decir
que el rey es Dios, que celebra la alianza definitiva con los hombres
mediante la misión de Cristo.
   Varias veces en el evangelio Jesús se presenta como el "esposo", y casi
siempre en relación a la celebración de la boda. La imagen nupcial es una de
las que mejor traducen la realidad de la nueva alianza de Dios con los hombres
en Cristo. Es la imagen de ese gran misterio de amor que une a Cristo con su
Iglesia y que refleja el que Dios tiene a la humanidad.
   Leyendo el evangelio a la luz de Nazaret, podemos ver ya en el matrimonio
de María y de José la más viva expresión del mensaje central del evangelio
de hoy. Juan Pablo II en su Carta a las familias lo expresa así: "Este amor
esponsal recíproco, para que sea plenamente "amor hermoso", exige que José
acoja a María y a su hijo bajo el techo de su casa, en Nazaret. José obedece
el mensaje divino y actúa según lo que le había sido mandado (Mt 1,24). Es
también gracias a José como el misterio de la Encarnación y, junto con él,
el misterio de la Sagrada Familia, se inscribe profundamente en el amor
esponsal del hombre y de la mujer e indirectamente en la genealogía de cada
familia humana. Lo que Pablo llamará el "gran misterio" encuentra en la
Sagrada Familia su expresión más alta. La familia se sitúa así verdaderamente
en el centro de la Nueva Alianza" (n.20).
   Esa es la participación de primera importancia de María y José en la
fiesta de las bodas que Dios celebra con la humanidad enviando a su Hijo para
salvar al mundo. Su matrimonio, su amor recíproco y virginal es no sólo una
imagen, sino el lugar mismo donde se efectúa el gran misterio que ofrece la
salvación a todos los hombres.
   La invitación a entrar en el misterio de Nazaret que hacemos desde cada
reflexión sobre la Palabra de Dios coincide así hoy con la invitación a
entrar en la sala donde se celebran las bodas de Dios con la humanidad. Todos
estamos invitados...

   Padre, te bendecimos y te damos gracias
   por habernos llamado con el Evangelio
   a la Nueva Alianza que quieres establecer
   con la humanidad
   en la que Cristo se da enteramente a la Iglesia.
   Danos tu Espíritu Santo,
   que nos revista con el vestido de fiesta,
   a imagen de Jesús,
   para que tu puedas reconocernos
   como hijos tuyos.

Llamados

   Los motivos aducidos por los primeros invitados para no ir al banquete
son un pretexto, según la parábola: "uno se marchó a sus tierras, otro a sus
negocios..." Todas cosas buenas y legítimas, sin duda, pero insuficientes
ante la llamada apremiante del rey para un acto importante.
   Para nosotros, invitados de la última hora, es un toque de atención. Los
afanes y preocupaciones de la vida pueden tender un velo sutil e impenetrable
que nos hace sordos a las llamadas de Dios en lo concreto de la vida. El
esfuerzo por preferir a Dios sobre todas las cosas no se realiza de una vez
para siempre. En este sentido la orientación del Vaticano II es clara, los
cristianos no podemos desentendernos de las cosas de este mundo, pero tampoco
podemos dejar que éstas obscurezcan el sentido de Dios: "Por esto la Iglesia,
que es al mismo tiempo una sociedad visible y una comunidad espiritual, ca-
mina junto con la humanidad y experimenta la misma suerte terrena que el
mundo, y es como el fermento o el alma de la sociedad humana, destinada a
renovarse en Cristo y a transformarse en familia de Dios" (G.S. 40).
   Si consideramos la segunda llamada efectuada en la parábola evangélica,
podemos destacar algunas actitudes a las que hoy se nos invita. En primer
lugar está el sentido de gratuidad: todos llamados independientemente de sus
méritos, de su condición de vida, de su papel en la sociedad. Y llamados por
Dios, por el "rey" en persona. Es el máximo honor y dignidad que uno puede
recibir. Ese doble aspecto de la llamada lleva a vivir la vida cristiana con
gran humildad, pero al mismo tiempo con gran dignidad. Es de esa actitud de
reconocimiento de una inmerecida dignidad, de donde brota la alegría con la
que se deja todo para participar en la fiesta con los otros invitados;
alegría que no suprime el cuidado por mantenerse siempre digno, no tanto en
las apariencias formales, cuanto en esa identidad interior que se va formando
cada día a imagen de Cristo.

TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 7 de octubre de 2017

Ciclo A - TO - Domingo XXVII



8 de octubre de 2017 – TO - XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                    "Se os quitará  a vosotros el Reino"

-Is 5,1-7
-Sal 79
-Fil 4,6-9
-Mt 21,33-43

Mateo 21,33-43

   Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo:
   -Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la
rodeó con una cerca, plantó en ella un lagar, construyó la casa del guardia,
la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la
vendimia, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le
correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno,
mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que
la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su
hijo diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo". Pero los labradores, al ver al
hijo, se dijeron: "Este es el heredero; venid, lo matamos y nos quedamos con
su herencia". Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron.
   Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos
labradores? Le contestaron:
   -Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros
labradores que le entregue los frutos a sus tiempos.
   Y Jesús les dijo:
   -¿No habéis leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los
arquitectos es ahora la piedra angular. es el Señor quien lo ha hecho, ha
sido un milagro patente"?
   Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los cielos y se
dará a un pueblo que produzca sus frutos.

Comentario

   La tercera parábola de Jesús en su disputa con los sumos sacerdotes y los
senadores del pueblo es la más dura y directa. Se trata de una descripción,
apenas velada por el artificio literario, del drama que se estaba fraguando.
Pronunciada poco antes de comenzar la pasión, esta parábola es una verdadera
profecía de lo que iba a suceder. Los oyentes y adversarios de Jesús
"comprendieron que se trataba de ellos", dice el evangelista.
   Desde el punto de vista formal, se trata de una parábola alegórica,
porque si bien existe un punto central de comparación con la realidad, hay
también muchos otros fácilmente identificables sin necesidad de
explicaciones.
   Considerando la globalidad del significado, se trata de un resumen de la
historia de la salvación. De una parte está el amor de Dios hacia su pueblo
("la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel", Is 1,6; 1ª lect),
que colma de atenciones a su propiedad y que espera de aquéllos a quienes la
ha confiado "los frutos a su debido tiempo". Pero al "in crescendo" del amor
y de la premura del dueño de la viña corresponde el "in crescendo" de la
maldad de los arrendatarios, que en la parábola está subrayada por la
progresión de los verbos: "apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo
apedrearon".
   Los enviados por el dueño de la viña representan a los profetas, quienes
en los diversos momentos de la historia se encargan de recordar a quién
pertenece el campo y qué frutos espera de Él. Casi siempre encontraron
oposición en su misión y muchas veces pagaron con su vida la fidelidad al
mensaje que llevaban.
   Se llega al punto culminante cuando de forma inesperada, vistos los
resultados precedentes, el dueño decide enviar a su hijo (Marcos subraya "a
mi hijo predilecto", y Lucas "a mi hijo único"). No se trata de un enviado
más, es la última ocasión, y por lo tanto la historia se precipita llegando
a su punto final. La muerte del hijo, que en el absurdo razonar de los
viñadores debía suponer el entrar en posesión de su herencia, se convierte,
por el contrario, en su propia condenación. Mientras el hijo es exaltado y
colocado como piedra angular.
   De forma sarcástica el evangelista hace que los opositores de Jesús
pronuncien su autocondenación al declarar culpables a los viñadores homicidas
en cuanto responsables del campo que se les había confiado.
   La parábola tiene también una lectura eclesial, pues la nueva comunidad
surgida de la muerte y resurrección de Cristo es el pueblo que debe producir
los frutos del Reino. Por lo tanto el amor apremiante de Dios, manifestado
definitivamente en Cristo, está pidiendo una repuesta de plena fidelidad en
el tiempo presente.

El envío del Hijo

   Lo que da toda la profundidad dramática a la parábola es la sorprendente
decisión del dueño de la viña de jugarse la última carta mandando nada menos
que a su hijo único.
   La serie de atenciones prodigadas a la viña en las que se reflejan todas
las acciones de Dios en favor de su pueblo, no pueden tener como explicación
el deseo de unos frutos más o menos abundantes. Es sólo el amor, un amor
inmenso y permanente, deseoso de una respuesta, la única motivación de Dios
en favor de su pueblo. Por amor lo creó, lo eligió y lo condujo a lo largo
de los siglos (Dt 7,7). Pero lo más sorprendente es el gesto final de ese
amor: "Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único" (Jn 3,16). El envío
del Hijo revela la cercanía, la atención, la fidelidad, el amor de Dios hacia
su pueblo más que ninguna otra cosa. De rechazo pone también en evidencia la
maldad de quienes no sólo acaban con los profetas sino que ponen también las
manos sobre el último enviado. La "ingenuidad" del amor paterno ("tendrán
respeto a mi hijo") se encuentra con la astucia y dureza de corazón de los
responsables del pueblo.
   Revelando en la parábola estas cosas, Jesús se muestra plenamente
consciente de su identidad, del vínculo personalísimo que lo une con el
Padre, del sentido de su misión en el mundo y del misterio de iniquidad que
acabará echándole fuera de la ciudad y matándolo (Heb 13,13). Es inexplicable
esa actitud de oposición al Reino de Dios que termina por rechazar al último
y definitivo de sus enviados, al Hijo. Hay en la actitud de los opositores
de Jesús una tremenda inconsciencia unida a la responsabilidad de un
procedimiento madurado largamente y ejecutado a pesar de haber recibido
previamente aviso de la trascendencia del acto que iban a realizar.
   Si el gesto definitivo del amor de Dios enviando al Hijo pone de
manifiesto lo que hay en el fondo de los corazones de los hombres, si revela
el misterio de la iniquidad y el rechazo de algunos, revela también la fe y
la humilde acogida de otros."Vino a los suyos y los de su casa no le
recibieron..."(Jn 1).
   María y José se encuentran entre quienes supieron valorar la
trascendencia del momento final de la historia de la salvación en el que Dios
decidió enviar a su Hijo para demostrar la validez y permanencia de su
alianza con los hombres. Así lo proclama María en el Magnificat evocando los
gestos de misericordia de Dios "en favor de Abrahán y de su descendencia".
Pero sobre todo dando su consentimiento cuando se le anuncia que "el santo
que va a nacer se llamará Hijo de Dios". No se trataba, pues, de uno más de
los enviados por Dios a su pueblo, se trataba del envío de su Hijo.

   Te bendecimos, Padre, por habernos mandado
   en la plenitud de los tiempos
   a tu Hijo amado
   para revelarnos tu amor
   y establecer tu Reino entre los hombres.
   Tu amor y confianza en el hombre
   ha pasado por encima
   de la maldad y perversión
   que anida también en su corazón.
   De esta forma, de la tragedia del Calvario
   ha brotado la efusión del Espíritu Santo
   que construye un pueblo nuevo
   sobre el cimiento que es Cristo
   y que asume la responsabilidad
   de anunciar a todo el mundo esa buena nueva
   y de operar para que venga tu Reino.

Fidelidad

   Si la primera parte del evangelio de hoy se centra en el misterio de la
persona, la misión y el destino de Jesús, el hijo enviado por el Padre, las
sentencias que el evangelista coloca en la segunda parte hablan más bien de
la Iglesia.
   La Iglesia, nuevo pueblo de Dios, llamada no sólo a recibir la herencia
dilapidada por los viñadores infieles, sino también a producir los frutos del
Reino que el Padre espera. De ahí una fuerte llamada a nuestra fidelidad. La
trayectoria del pueblo de Israel ilumina hoy el camino que la Iglesia está 
llamada a recorrer.
   El primer aspecto de la fidelidad al que estamos llamados es la atención
que prestamos y la acogida que dispensamos a quienes son enviados por Dios.
El rechazo definitivo del Hijo es el último eslabón de una cadena de cerrazón
ante las llamadas de atención de muchas embajadas que venían de parte de Dios
y que no fueron aceptadas. La dinámica de la infidelidad lleva al paso,
aparentemente incomprensible, del rechazo total en el momento clave. Lo mismo
puede decirse en sentido opuesto, una actitud permanente de acogida y de
fidelidad prepara el momento cumbre en el que Dios se presenta en persona.
   La segunda reflexión sobre la fidelidad apunta hacia los frutos que Dios
espera de nosotros. El domingo pasado se nos pedía un esfuerzo de claridad
y coherencia cristiana. Los frutos son los que mejor muestran la veracidad
de nuestra vida cristiana y el estado de salud espiritual en que nos
encontramos.
   Pero ¿qué frutos? Ante todo la caridad en sus múltiples manifestaciones.
Una descripción muy válida es la que encontramos en la 2ª. lectura. "Todo lo
que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud
o mérito, tenedlo en cuenta". Es la apertura hacia los valores humanos y
cristianos lo que va consolidando día a día el amor de Dios y estableciendo
ya desde ahora ese Reino de Dios por el que Jesús murió.
TEODORO BERZAL.hsf