sábado, 18 de noviembre de 2017

Ciclo A - TO - Domingo XXXIII

19 de noviembre de 2017 - XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                    "Señor, cinco talentos me dejaste"

-Prov 31,10-13.19-20
-Sal 127
-1Tes 5,1-6
-Mt 25,14-30

Mateo 25,14-30

   Dijo Jesús a sus discípulos esta par bola:
   -Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados y les dejó
encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos,
a otro uno; a cada cual según su capacidad. Luego se marchó. El que recibió
cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que
recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno
hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho
tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas
con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros
cinco, diciendo:
   -Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.
   Su señor le dijo:
   -Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo
poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.
   Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: Señor, dos
talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.
   Su señor le dijo:
   -Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo
poco, te daré un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.
   Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo:
   -Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges
donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. aquí
tienes lo tuyo.
   El señor le respondió:
   -Eres un empleado negligente y holgazán. ¨Conque sabías que siego donde
no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto el dinero en
el banco para que al volver yo pudiera recoger lo mío con los intereses.
Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le
dará y le sobrará; pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Y
a ese empleado inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y
rechinar de dientes.
                      
Comentario

   La laboriosidad atenta y vigilante en espera de la manifestaci¢n gloriosa
del Se¤or es el tema predominante en la liturgia de este domingo, como lo era
ya de los precedentes. "Estemos vigilantes y vivamos sobriamente"
(2¦lectura). Esta actitud de responsabilidad y compromiso viene puesta de
relieve de manera singular en la llamada par bola de los talentos.
   La par bola contada por Jes£s anuncia ante todo su pr¢xima salida de este
mundo con las consecuencias que esto iba a suponer para sus disc¡pulos: su
ausencia pondr  entre las manos de sus seguidores la gran responsabilidad de
conservar y propagar los bienes del reino; de ahora en adelante les tocar 
a ellos continuar su obra, cada uno seg£n su capacidad.
   Vistas as¡ las cosas, la par bola no es una simple exhortaci¢n a cultivar
las propias cualidades; existe en ella una dimensi¢n de fe y compromiso con
el Reino que va m s all  de las sabias recomendaciones de la pedagog¡a
cl sica, para ponerle al creyente en trance de jugarse la vida como respuesta
a la llamada que ha recibido.
   El amo, al regresar de su largo viaje, alaba la fidelidad creativa de los
dos primeros empleados que no s¢lo conservan, sino que doblan lo que han
recibido. Pero el punto de fuerza de la par bola se revela mayormente en
relaci¢n con el tercero de los empleados. La relaci¢n dif¡cil, hecha de
desconfianza y recelo, entre amo y siervo, paraliza la generosidad de ‚ste
y le lleva a tomar las medidas para conservar lo recibido m s que a actuar
con la libertad que pondr  en juego su talento y su persona.
   Precisamente ‚ste parece ser el centro de la par bola, el contraste entre
quien acepta el reto de la fe que lleva a acoger el don de Dios y responder
con generosidad y quien prudentemente se cierra sobre s¡ mismo.
   El evangelista interviene, como en las par bolas precedentes, para
subrayar el aspecto escatol¢gico. En primer lugar coloca en ese ambiente una
par bola que en Lucas ocupa otro lugar. Adem s aumenta notablemente la
cantidad que cada siervo recibe. En Lucas son "minas", medida que val¡a
sesenta veces menos que el talento. Mateo tiende as¡ a hacer m s comprometida
la situaci¢n del siervo infiel. Por otra parte subraya con insistencia c¢mo
el amo "al cabo de mucho tiempo volvi¢ y se puso a ajustar las cuentas" (v.
19). Las sentencias que da, tanto en sentido positivo a los dos primeros
siervos, como en sentido negativo al £ltimo, son definitivas e inapelables.
Es interesante notar la expresi¢n "al que tiene se le dar  y al que no tiene
se le quitar " que aqu¡ es usada de forma personalizada para condenar al
tercer siervo. El propio Mateo y los otros evangelistas la usan tambi‚n para
hablar de los bienes del Reino, dados a quien ha cre¡do en el evangelio y
"quitados" a quien lo rechaza (Cf Mt 13,12).

El hombre y la mujer

   La primera lectura y el salmo responsorial nos presentan respectivamente
la figura de la mujer fuerte y laboriosa y la del hombre honrado que teme al
Se¤or.
   Meditando el evangelio desde Nazaret, podemos ver a contraluz las
siluetas de Mar¡a y de Jos‚. Ellos fueron "buenos administradores" de la
gracia recibida porque supieron poner en juego toda su persona en la
respuesta inicial a la llamada de Dios y porque d¡a a d¡a fueron viviendo en
fidelidad.
   Tres son los rasgos que el poema del libro de los proverbios celebra en
la mujer perfecta, que es presentada al final de ese libro como la
personificaci¢n misma de la sabidur¡a. Se pone de relieve en primer lugar la
laboriosidad, el amor al trabajo. La mujer perfecta es, ante todo,
"hacendosa". Viene en segundo lugar la amabilidad, que se expresa en relaci¢n
con los de su casa, marido, hijos y criados, y con los de afuera. Esa
cualidad le merece la confianza de todos. Finalmente se revela cu l es la
fuente secreta de todas esas cualidades y la fuerza interior de donde mana
su actividad: es el temor de Dios. Frente a esa motivaci¢n profunda, las
dem s cosas son fugaces y, a veces, hasta pueden ser enga¤osas.
   En el contexto lit£rgico de hoy evidentemente la "mujer perfecta" se
al¡nea con los dos primeros siervos de la par bola, pues como ellos, sabe
hacer rendir al m ximo cuanto se le ha confiado. El evangelio hace hincapi‚
en el momento final en que el amo se presenta para pedir cuentas, en
realidad, la fidelidad dispone ya desde el presente con el testimonio de la
propia conciencia. Ning£n juez m s severo que lo que nosotros mismos hacemos.
"Que sus obras la alaben en la plaza" (Prov 31,31).
   En el salmo responsorial tenemos la figura del hombre que teme al Se¤or.
En el cuadro familiar que describe destaca sin duda la figura del padre y
marido. Su felicidad y la de su casa se cifra ante todo en la fe y pr ctica
religiosa. El temor de Dios expresa esa profunda actitud de piedad que se
vive en el diario cumplimiento de la voluntad de Dios, en el "seguir sus
caminos". El trabajo viene presentado como medio de subsistencia y no aparece
el sentido de castigo por el pecado que tiene en el primer libro de la
Biblia. La bendici¢n del Se¤or, que proporciona la felicidad, se vive en la
intimidad familiar con una esposa fecunda y la numerosa prole en torno a la
mesa. Las im genes del olivo y de la vid, tomadas del mundo agr¡cola de la
Biblia, son la mejor expresi¢n de la paz, serenidad y crecimiento que se vive
en una familia unida. Revelan al mismo tiempo la situaci¢n m s ¡ntima de las
personas y ponen la base de una paz y prosperidad duraderas para todo el
pueblo. "Paz a Israel" es el saludo lit£rgico que sirve de conclusi¢n a este
salmo, que se cantaba en las procesiones de los israelitas al templo de
Jerusal‚n.
   La familia de Nazaret vivi¢ d¡a a d¡a los valores m s altos de honradez
y fidelidad encarnando el ideal de toda familia hebrea creyente y abierta a
los bienes del Reino que con Jes£s llevaba en su seno.

   Te bendecimos, Padre, que has creado el mundo
   y lo has puesto entre las manos del hombre
   para que lo guarde y lo cultive.
   Te bendecimos porque en la plenitud de los tiempos
   Jesús puso en las manos de sus discípulos
   la responsabilidad de hacer crecer la semilla
   que con su vida y con su muerte había plantado.
   Danos tu Espíritu Santo
   que nos mantenga en una fidelidad constante
   a lo que nos diste cuando nos llamaste a la fe
   y a lo que nos das cada día
   para podernos presentar ante ti
   con el fruto de tus dones.

Buenos administradores

   La dimensi¢n escatol¢gica de la vida cristiana, puesta ya de relieve en
el domingo precedente, es acentuada y desarrollada en esta ante£ltima etapa
del a¤o lit£rgico. Ante la vuelta del Se¤or que la par bola evang‚lica
escenifica de manera tan eficaz, aparece la exigencia de saber administrar
los dones que hemos recibido, como siervos buenos y fieles. La invitaci¢n a
ser buenos administradores cobra toda su urgencia si consideramos de una
parte la cantidad inmensa de dones que hemos recibido y de otra la
posibilidad de perderlo todo, de quedarnos sin nada. Digamos, sin embargo,
que la urgencia mayor, la que m s estimula nuestra responsabilidad es la
relaci¢n personal de amor con quien nos lo ha dado todo y un d¡a nos lo
pedir  todo.
   Ya en el plano de la naturaleza es mucho lo que todo viviente ha
recibido. Cada persona debe sentirse deudora de toda la acumulaci¢n de amor
que ha posibilitado su existencia. Si adem s consideramos el don de la
filiaci¢n divina con los otros dones sobrenaturales que se nos han dado en
el bautismo, la cuenta de nuestra deuda aumenta sobremanera. En realidad los
dos o los cinco talentos se quedan a£n cortos para describir todo lo que el
Se¤or nos ha dejado como regalo.
   El otro acicate para estimular nuestra buena administraci¢n es la
posibilidad de perderlo todo. Es dif¡cil admitir esto a quien se siente en
posesi¢n absoluta de todo lo que tiene; a quien se apoya en sus c lculos y
capacidades; en definitiva, a quien no se siente administrador, sino amo. Y,
sin embargo, tanto en el plano de la naturaleza como en el de la gracia,
existen personas frustradas, gente que no produce nada ni para s¡ mismo ni
para los dem s, que ni siquiera sabe conservar lo poco que ten¡a...
   La soluci¢n evang‚lica es que hay que arriesgar, que no vale agarrarse
ego¡stamente a lo que se cree tener. Pero para dar ese salto que supone la
fe, hay que confiar en alguien. Podemos suponer que lo que paraliz¢ al siervo
"negligente y holgaz n" fue el concepto negativo que ten¡a de su amo y la
desconfianza que sent¡a hacia ‚l. S¢lo el "temor del Se¤or", el verdadero
temor que no mete miedo porque esta hecho de adoraci¢n y de amor, es capaz
de poner en marcha todas las energ¡as en la vida del cristiano.

TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 11 de noviembre de 2017

Ciclo A - TO - Domingo XXXII

12 de noviembre de 2017 - XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                             "Llegó el esposo"

-Sab 6,13-17
-Sal 62
-1Tes 4,12-17
-Mt 25,1-13

Mateo 25,1-13

   Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
   -El Reino de los cielos se parece a diez doncellas que tomaron sus
lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco
sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite, en cambio,
las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo
tardaba. Le entró sueño a todas y se durmieron. A media noche se oyó una voz:
"¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!" Entonces se despertaron todas
aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias
dijeron a las sensatas: "Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan
las lámparas". Pero las sensatas contestaron: "Por si acaso no hay bastante
para vosotras y nosotras, mejor es vayáis a la tienda y os lo compráis".
   Mientras iban a comprarlo llegó el esposo, y las que estaban preparadas
entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde
llegaron también las otras doncellas, diciendo: "Señor, señor, ábrenos". Pero
él respondió: "Os lo aseguro: no os conozco". Por tanto, velad, porque no
sabéis el día ni la hora.
                         
Comentario

   La parábola de las diez vírgenes forma parte del llamado discurso
escatológico que ocupa los capítulos 24 y 25 del evangelio de Mateo. En él
se trata ampliamente el tema del fin de los tiempos y la Iglesia lo propone
como lectura litúrgica al comienzo y al final del año litúrgico.
   La colocación de la parábola de las diez vírgenes en este contexto
modifica también su significado original. Probablemente cuando Jesús contó
la parábola pretendía insistir en la prontitud ante la llamada de Dios.
Partiendo de una costumbre judía en la celebración de las bodas, Jesús
advierte que con su venida Dios ha lanzado la última llamada para que los
hombres se conviertan y entren en el Reino. Ahora bien, la respuesta no se
improvisa: hay que estar preparados. De ahí la insistencia en mantenerse
despiertos y de tener el aceite para encender la lámpara y acompañar al
esposo en la fiesta de las bodas de Dios con la humanidad.
   A este sentido originario, el evangelista Mateo, que escribe para la
segunda generación cristiana, cuando ya la esperanza en la vuelta inmediata
del Señor tiende a aflojarse, le añade un matiz fuertemente escatológico. El
acento se desplaza en el significado de la parábola hacia la necesidad de
mantenerse vigilantes aunque parece que la voz que anunciará la llegada del
esposo tiende a atrasarse. En esa situación, quien se duerme, quien no se
mantiene constantemente preparado, corre el riesgo de encontrarse un día con
la puerta cerrada. De esta forma, la parábola se coloca en la misma línea de
significado que tienen las del siervo fiel que la precede (Mt 24,45-51) y la
de los talentos, que le sigue (Mt 25,14-30).
   Hay dos elementos en la parábola que acrecientan su carácter
escatológico. El primero es la aparición de improviso del esposo. Parece que
las conversaciones entre las familias del esposo y de la esposa podían
prolongarse, nadie podía saber a ciencia cierta cuándo las doncellas tendrían
que incorporarse al cortejo nupcial. El otro elemento es que la puerta se
cierra definitivamente. Cuando las vírgenes necias llegan con retraso, no hay
posibilidad de una solución de compromiso, la puerta está cerrada y ya no se
puede entrar. Es un momento dramático, tajante, que establece una distinción
definitiva entre quien participa en el festín y quien se queda fuera.
   Por eso el punto clave de la parábola no está ya en las condiciones de la
espera (Todas las jóvenes se duermen, todas tiene la lámpara), sino en el
tener o no tener el aceite. Ese es el detalle que establece la diferencia
final.
   La verdadera sabiduría consiste en tener la lámpara encendida en el
momento oportuno; como consecuencia, la provisión de aceite debe estar en
relación con el momento de la llegada del esposo y no de los cálculos que uno
puede hacer sobre su posible retraso.

"Se cumplieron los días"

   La Iglesia nos invita en este final del año litúrgico a dirigir la mirada
hacia las cosas últimas, los "novísimos" como se decía antiguamente. Hoy
preferimos hablar de escatología cristiana. De todas formas la parábola
evangélica que leemos en este domingo nos ayuda a interpretar la vida como
espera del cumplimiento de algo que está ya incoado en nuestra vida.
   Como hemos meditado en otras ocasiones, también los evangelios de la
infancia de Cristo tiene un aspecto escatológico que nos permite comprender
y vivir mejor esta dimensión del mensaje cristiano.
   Una de las expresiones que más recalcan que con la venida de Jesús la
historia ha llegado a su término es la que hemos puesto más arriba como
título: "Se cumplieron los días". Lucas la emplea sistemáticamente en los dos
primeros capítulos de su evangelio y lo hace con dos sentidos: uno biológico
y el otro litúrgico.
   Al primero pertenece la señalación del tiempo de los anuncios,
concepciones, nacimientos, etc. "A Isabel se le cumplió el tiempo y dio a luz
un hijo" (1,57), también a María "le llegó el tiempo del parto y dio a luz
a su hijo primogénito" (2,7). El otro sentido es de carácter litúrgico y a
veces profético. Al "cumplirse los días" de su servicio litúrgico, Zacarías
regresa a casa... (1,23); "Al cumplirse los ocho días, cuando tocaba
circuncidar al niño le pusieron de nombre Jesús" (2,21). Todo ese ambiente
de promesas cumplidas, que el texto va tejiendo poco a poco culmina en el
cántico de Simeón: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo
irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador" (2,29-30). El mismo
sentido tiene el uso de los verbos en pasado en el Magnificat.
   Algunos han visto también una relación entre el cumplimiento de las
Escrituras, tema constante en el evangelio de Mateo, y el cumplimiento de los
tiempos que Lucas subraya.
   En uno y en otro caso la llegada de Jesús es la oportunidad última y
definitiva de salvación que Dios ofrece a los hombres. Pero ese cumplimiento
del tiempo de Dios no es una especie de ultimátum amenazador para el hombre.
Al contrario, Dios va plenificando desde dentro la historia humana, le va
dando sentido. Mediante el Espíritu Santo estimula a cada persona para que
dé un sí libre a su llamada.
   Por otra parte el cumplimiento escatológico que presentan los evangelios
de la infancia de Cristo, se presenta con sencillez y humildad, despojado de
la gloria aparente y externa con que la imaginación tiende a arropar todo lo
que se refiere a los últimos tiempos. Para Mateo y Lucas, Cristo es el
cumplimiento de las promesas hechas a los padres, pero se trata de un
cumplimiento realizado bajo el signo de la cruz, por eso llevado a cabo con
discreción, como una puerta que se abre o que se cierra.
   Así surge la vida nueva, la etapa última de la historia de la salvación
marcada por la acción del Espíritu Santo. De parte humana lo que encontramos
como actitud predominante es la premura por una fidelidad gozosa, la espera
llena de la certeza que no defrauda...

   Te alabamos, Padre,
   porque con la venida de Jesús
   nos has llamado definitivamente
   a entrar en tu alianza de amor con la humanidad.
   Que el Espíritu Santo
   nos dé la sabiduría de la vida
   para vivir la espera
   con una buena provisión
   del aceite del amor,
   de modo que en cualquier momento,
   del día o de la noche,
   estemos preparados para la fiesta nupcial.

"Velad"

   La sentencia final del evangelio de hoy es una exhortación a la
vigilancia, como lógica conclusión de la parábola de las diez vírgenes.
   Pero la actitud de vigilancia en el contexto de la liturgia de este
domingo tiene varios aspectos. Ciertamente está la vigilancia referida al
"último día", que para cada uno acontece el día de su muerte y puede llegar
cuando menos se espera. Pero la vigilancia cristiana se refiere también al
presente, al día de hoy. Estar vigilantes, o mejor ser vigilantes o vivir
vigilantes, significa entonces tener una gran sensibilidad hacia todo lo que
sucede a nuestro alrededor. La distracción, la superficialidad, el pensar
demasiado en nosotros mismos, pueden ir cerrándonos poco a poco el campo de
nuestra sensibilidad espiritual para reconocer sólo algunos signos. La
vigilancia cristiana lleva a una apertura total: una apertura hacia todo,
porque todo nos puede avisar de la llegada de Dios.
   Si la vigilancia es sensibilidad y apertura en el presente, lo es también
hacia el futuro. De hecho las vírgenes del evangelio son llamadas "prudentes"
o "necias" en la medida que previeron o no la cantidad suficiente de aceite
para el momento crítico de la llamada.
   La interpretación de la vida como proyecto, como una serie de decisiones
coherentes con una opción fundamental, no está en contradicción con la
esperanza ni con la apertura a las sorpresas de la vida. Al contrario, el
creyente que, confiando en Dios, se atreve a poner bajo su mirada el arco
entero de su existencia y lo encamina hacia lo que cree ser su voluntad,
podrá vivir una fidelidad cotidiana, en las cosas pequeñas, más coherente y
más intensa. La mediocridad humana y espiritual suele ser fruto de esa falta
de previsión del futuro que comporta un proyecto de vida capaz de movilizar
los mejores recursos de una persona o de una comunidad para cumplir sus
objetivos.
   Prudente es quien sabe "construir su casa sobre la roca" (Mt 7,24) de la
Palabra de Dios porque está seguro que un día vendrá el temporal... Prudente
es quien sabe emplear los recursos que Dios le ha dado en el momento
oportuno.


TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 4 de noviembre de 2017

Ciclo A - TO - Domingo XXXI

5 de noviembre de 2017 - XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                      "Todos vosotros sois hermanos"

-Mal 1,14-2,2.8-10
-Sal 130
-1Tes 2,7-9.13
-Mt 23,1-12

Mateo 23,1-12

   Jesús habló a la gente y a sus discípulos diciendo:
   -En la cátedra de Moisés se han sentado los letrados y los fariseos;
haced y cumplid lo que os digan, pero no hagáis lo que ellos hacen, porque
ellos no hacen lo que dicen. Ellos lían fardos pesados e insoportables y se
los cargan a la gente en los hombros; pero no están dispuestos a mover un
dedo para empujar. Todo lo que hacen es para que los vea la gente: alargan
las filacterias y ensanchan las franjas del manto; les gustan los primeros
puestos en los banquetes y los asientos de honor en las sinagogas; que les
hagan reverencias por la calle y que la gente los llame "maestro".
   Vosotros en cambio no os dejéis llamar maestro, porque uno solo es
vuestro Maestro y todos vosotros sois hermanos. Y no llaméis padre vuestro
a nadie en la tierra, porque uno solo es vuestro Padre, el del cielo. No os
dejéis llamar jefes, porque uno solo es vuestro Señor, Cristo. El primero
entre vosotros sea vuestro servidor.
   El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido.
                        
Comentario

   El cap. 23 del evangelio de Mateo, cuya parte primera leemos hoy,
prolonga y agudiza el tono polémico de las parábolas y controversias que lo
preceden. Jesús se encuentra en el templo de Jerusalén y se dirige primero
a la multitud (vv. 1-12), luego directamente a los fariseos, presentados como
adversarios directos (vv.13-36) y finalmente a la ciudad de Jerusalén (vv.37-
39).
   Para comprender la dureza de las palabras empleadas por Mateo en este
capítulo conviene siempre tener presente que se dirige a las comunidades
judeocristianas, cuyos miembros estaban sufriendo una dolorosa separación y
un desarraigo, a veces violento, de la sinagoga. Además, después del año
70, cuando el Evangelio de Mateo toma su forma definitiva, el movimiento de
los fariseos es el único que sobrevive a todos los grupos que existían en
tiempos de Jesús y, de algún modo, se le hace encarnar toda la realidad del
pueblo hebreo. Esto ha cargado a los fariseos con más responsabilidades de
las que probablemente tenían y ha contribuido a deformar su imagen en la
tradición cristiana.
   Si nos fijamos concretamente en el texto de hoy, podemos descubrir la
siguiente sucesión estructural. Después de señalar que los destinatarios del
discurso de Jesús son la gente y sus discípulos, viene la serie de
acusaciones a los fariseos, precedidas, sin embargo, por la afirmación de la
legitimación de su función; la segunda parte del discurso propone una fuerte
antítesis de comportamiento para los discípulos con respecto a los fariseos
y el discurso se cierra con una máxima que exalta la humildad.
   Tres son las acusaciones fundamentales que se desprenden de las palabras
de Jesús. Viene en primer lugar la incoherencia de vida o hipocresía, que
consiste en el desacuerdo entre lo que se propone como ideal para los demás
y lo que realmente uno hace. A pesar de esa incoherencia, Jesús reconoce la
legitimidad de la función de enseñar que tienen los fariseos y recomienda a
sus seguidores que sepan discernir y obrar lo que es bueno.
   Está después la acusación de rigorismo o interpretación excesivamente
"ortodoxa" de la ley, cosa muy posible cuando se acentúa la multiplicidad de
normas y se da excesiva importancia al cumplimiento externo.
   La última acusación se refiere a la vanidad y está íntimamente unida a
las anteriores. Quien cumple o cree cumplir bien las leyes puede dejarse
tentar por el veneno sutil de la vanidad que seca de raíz la bondad de su
esfuerzo.
   De ahí el contraste frontal que Jesús propone como conducta a sus
seguidores, sobre todo a quienes tienen funciones de guía en la comunidad.
"Vosotros en cambio..."
   Es peligroso y debe ser evitado en la comunidad el uso de ciertos títulos
que falsean el concepto de la función que pretenden designar y tienden a
colocar a la persona por encima de los demás. Podríamos decir que el único
título legitimado por el evangelio es el de hermano y el único concepto para
entender la autoridad es el de servicio.

"No llaméis padre a nadie"

   Lo que Jesús recomienda expresamente a sus seguidores había sido
practicado ya por Él desde los años de su adolescencia. El término "padre"
en boca de Jesús abarca un contenido tan grande que es imposible atribuírselo
a nadie sobre la tierra. Sólo Dios es padre. Esto no significa negar, sino
dar todo su valor a las relaciones humanas de paternidad y de filiación.
   Resumimos aquí unas páginas de R. Laurentin en su libro Les évangiles de
l'enfance du Christ. En el episodio de Jesús en el templo podemos
preguntarnos qué es lo que sus padres no entendieron. "Jesús contestó: ¿Por
qué me buscabais? ¿No sabíais que yo tenía que estar en la casa de mi Padre?
Ellos no comprendieron lo que quería decir" (Lc 2,49-50).
   Lo que María "no entendió" no es ciertamente la filiación divina de
Jesús, puesto que se le había revelado desde el principio, en el momento de
la encarnación. En las palabras de Jesús hay tres aspectos que en aquel
momento pueden escapar a la comprensión de sus padres.
   Está en primer lugar el juego de palabras en torno al término "padre". En
su pregunta María usa la palabra "padre" refiriéndose a José. "Mira con qué
angustia te buscábamos tu padre y yo" (Lc 2,48). Jesús responde usando el
mismo término, pero refiriéndose a otro "padre". Ese empleo del mismo término
pero con un significado totalmente distinto es lo que crea el desconcierto
en María y José. El texto nos es tan familiar que quizá no advirtamos la
dificultad de comprensión para quien se acerca a él desprevenido. Si
quisiéramos explicitar el contenido de la respuesta de Jesús para hacerlo
comprensible de forma inmediata tendríamos que usar una fórmula parecida a
ésta: José es sólo mi padre de la tierra. Yo tengo que obedecer a mi Padre
del cielo. Como este templo es su casa, es en él donde yo tengo que vivir y
no en la casa de Nazaret.
   En el evangelio hay muchos otros juegos de palabras que Jesús emplea y
que hay que saber entender para captar el contenido del mensaje. Así, por
ejemplo, las expresiones "Cuidado con la levadura del pan de los fariseos"
(Mt 16,6), "Destruid este templo y en tres días lo levantaré" (Jn 2,19).
Detrás de los términos "levadura" y "templo" hay que entender otras
realidades.
   Volviendo a las palabras de Jesús en el templo cuando tenía 12 años, hay
otros aspectos "incomprensibles" para sus padres. Jesús dice que Él tiene que
estar "en la casa de su Padre", es decir en el templo de Jerusalén y, sin
embargo, baja a Nazaret. Esta vuelta, aparentemente contradictoria,
manifiesta que el gesto momentáneo de Jesús tiene un alcance trascendente,
profético. Lo que dice se refiere a un futuro. Hacía falta que pasara el
tiempo para entenderlo. La palabra de Jesús anuncia ya su vuelta al Padre que
cumplirá con su muerte (Cf. Lc 23,46). Eso es lo que María no podía compren-
der antes de verlo realizado (Cf. Lc 2,50).
   No creemos arbitrario el acercamiento de la respuesta de Jesús sobre su
Padre del cielo al texto que leemos hoy en el evangelio. En realidad nos pone
de manifiesto cómo lo que es experiencia personal suya se convierte en algo
que comparte con todos lo que quieren seguirlo.

   Padre nuestro, que estás en los cielos,
   te bendecimos por Jesús, tu Hijo,
   con quien podemos compartir la filiación divina
   gracias al Espíritu Santo que se nos ha dado.
   Enséñanos a descubrir
   en quienes nos guían y en quienes tienen la autoridad
   tu rostro de Padre.
   Danos la sabiduría de obedecer con humildad
   y de no confundir el servicio que prestan
   con sus méritos y cualidades personales.

Hermanos

   En contraste con el modo de actuar de algunos fariseos, el evangelista
pone en boca de Jesús algunas prescripciones de primera importancia para la
construcción de la comunidad mesiánica que hacen eco a otros pasajes del
mismo Mateo, en particular al sermón de la montaña.
   "Todos vosotros sois hermanos", dice Jesús. Es la razón por la que deben
aborrecerse todos los otros títulos entre sus discípulos. La condición de
"hermano" subraya sobre todo la igualdad. Igualdad de dignidad entre todos
los bautizados que el Concilio Vaticano II ha puesto en evidencia para la
Iglesia de nuestro tiempo cuando ha colocado el ministerio jerárquico no por
encima ni fuera, sino en el interior mismo del pueblo de Dios, como una
función necesaria y permanente.
   Desde esta perspectiva plenamente evangélica, el título de "hermano" es
el que corresponde más radicalmente a la verdad. Los primeros cristianos lo
usaban comúnmente para su trato recíproco y así se ha mantenido en varios
grupos de la Iglesia y fuera de ella.
   A primera vista llamarse "hermano" parece lo más fácil, pero comporta,
sin duda, un gran compromiso de vida. Hermano quiere decir igualdad, común
dignidad, pero también profunda comunión de origen, de relación, de destino.
La fraternidad, dato esencial de la naturaleza humana y de la gracia
bautismal, es también una llamada radical que compromete: amar al otro como
a uno mismo.
   Llamarse hermano es también una invitación a la humildad. "Los nombres de
dignidad inspiran y exigen respeto, pero el nombre de hermano solamente
comunica sencillez, bondad y caridad. Es el nombre que Jesucristo ha escogido
para sí mismo cuando quiso expresarnos con una sola palabra su inmensa bondad
y su amor. "Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán"
H. Gabriel Taborin Nuevo Guía p. 73.
   En el contexto del ejercicio de la autoridad doctrinal y de la guía
espiritual en que está colocado el evangelio de hoy, la insistencia de Jesús
sobre la fraternidad que debe unir a sus seguidores clarifica también el
papel de quienes están llamados a ejercer un ministerio en la comunidad.
Quien es llamado a hacer de "padre", de "maestro", etc, debe sentirse y ser
aceptado ante todo como hermano. Sólo desde esa plataforma podrá interpretar
y vivir su función de modo que respete la libertad de los hijos de Dios y
construya la comunidad.

TEODORO BERZAL.hsf