sábado, 9 de diciembre de 2017

Ciclo B - Adviento - Domingo II

10 de diciembre de 2017 - II DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo B

                       "Preparad el camino al Señor"

 Isaías 40,1-5. 9-11

      Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; hablad al corazón
de Jerusalén, gritadle: que se ha cumplido su servicio, y está pagado su
crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados.
      Una voz grita: En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad
en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que
los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se
iguale.
      Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos
-ha hablado la boca del Señor-.
      Súbete a lo alto de un monte, heraldo de Sión, alza con fuerza la voz,
heraldo de Jerusalén, álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: aquí está 
vuestro Dios.
      Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza, su brazo domina.
      Mirad: le acompaña el salario, la recompensa le precede. Como un pastor
apacienta el rebaño, su mano los reúne. Lleva en brazos los corderos, cuida
de las madres.

II Pedro 3,8-14

      Queridos hermanos:
      No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años y
mil años como un día.
      El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que
ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie
perezca, sino que todos se conviertan.
      El día llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con gran
estrépito; los elementos se desintegrarán abrasados y la tierra con todas sus
obras se consumirá.
      Si todo este mundo se va a desintegrar de este modo, ¡qué santa y
piadosa ha de ser vuestra vida!. Esperad y apresurad la venida del Señor,
cuando desaparecerán los cielos consumidos por el fuego y se derretirán los
elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un
cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia.
      Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos,
procurad que Dios os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables.

Marcos 1,1-8

      Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el
Profeta Isaías: "Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el
camino. Una voz grita en el desierto: preparadle el camino al Señor, allanad
sus senderos."
      Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se
bautizaran, para que se les perdonasen sus pecados y él los bautizaba en el
Jordán.
      Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la
cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:
      -Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme
para desatarle las sandalias.
      Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizar  con Espíritu Santo.

Comentario

      El comienzo del evangelio de S. Marcos nos presenta a Juan Bautista,
una de las figuras típicas del adviento. La descripción de su persona y de
su predicación, en la que resuenan las palabras de Isaías, coinciden en
darnos un único mensaje: "la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios".
      El núcleo central del contenido que la Palabra de Dios nos ofrece en
este domingo es la afirmación de que Dios viene al encuentro del hombre para
que el hombre vaya al encuentro de Dios.
      Es la venida de Dios a su pueblo "con potencia" la que, según el
profeta, produce no sólo la consolación sino también su reconstrucción. El
pueblo disperso será nuevamente un rebaño guiado personalmente por el Señor.
Sólo cuando el Señor viene (en el sentido global de la primera lectura, sería
mejor decir retorna) es posible la reconstrucción del pueblo.
      En esa misma línea se sitúa el evangelio con el anuncio de la venida
definitiva de Dios en Cristo, ante quien todo hombre, como Juan, es indigno
e incapaz de realizar la obra nueva que sólo a Él pertenece: el bautismo "con
Espíritu Santo". Será precisamente éste el nuevo principio de cohesión y de
dinamismo del nuevo pueblo de Dios. Esta obra nueva que el Señor realiza en
cada persona y en el pueblo en cuanto tal, tiene también una resonancia
cósmica y su imagen acabada en "los cielos nuevos y la tierra nueva", que
aparecerán cuando pase el mundo presente.
      Ante una perspectiva tan grande, es clara la misión del profeta: por
una parte anunciarla, ser voz de quien es la Palabra y por otra, ser testigo,
es decir, convertirse, entrar en la dinámica que le pide el mensaje mismo que
anuncia.
      De esta forma, la preparación de la venida del Señor, más que una
actividad previa, se convierte en una consecuencia de haberlo encontrado. Y
así como la vía en el desierto de que habla Isaías es una nueva versión de
la experiencia del Exodo, el cristiano sabe que aceptando a Cristo como
"camino" del encuentro de Dios con el Hombre se coloca en una dinámica de
transformación total de su persona y de renovación total de las cosas.

El "camino" de Nazaret

      Partiendo de la experiencia que el pueblo de Israel tenía de la
manifestación de Dios en el Sinaí, la esperanza mesiánica había anunciado su
llegada con poder: "Di a las ciudades de Judá: Aquí está vuestro Dios. Mirad,
el Señor Dios llega con poder y su brazo manda" (Is 40,9-10).
      Este espejismo de grandeza pudo desorientar a algunos cuando Dios se
presentó hecho hombre en la humildad de Nazaret. No debía parecer, sin embar-
go, tan extraño si se tiene en cuenta toda la historia del Antiguo Testamen-
to. Al comienzo Dios tomó el polvo de la tierra para crear al primer hombre
y eligió a un "amorreo errante" para crear a su pueblo. Entre todos los
pueblos de la tierra puso su mirada en el más pequeño e insignificante para
hacerlo depositario de sus promesas. De humildes orígenes fueron David y los
profetas.
Nadie, pues, podía considerar extraña la preferencia de Dios por "lo que no
cuenta". En esa misma línea se sitúa también Nazaret.
      El camino elegido por Dio para manifestarse definitivamente a los
hombres pasa por la fe de un hombre y de una mujer, por la sencillez de una
familia común, por la humildad de un pueblo desconocido. Es el camino de la
encarnación, que en Nazaret se prolonga hasta hacer de Dios un hombre como
los demás hombres. Esa es la maravilla del misterio de Nazaret. Ese es el
lugar donde, como en la Jerusalén de Isaías, "se revelará la gloria del Señor
y la verán todos los hombres juntos" (40,5).

      Tu, Señor, vienes con poder.
      Pero ¿qué poder?
      Un poder lleno de mansedumbre y delicadeza,
      el poder del pastor que reúne al rebaño,
      que "toma en brazos a los corderos
      y hace recostar a las madres".
      Tú vienes en busca de quien va perdido
      y sonríes a quien está cerca de ti.
      Tu poder es humildad en Belén y en Nazaret:
      fragilidad del niño y sencillez del hombre que crece.
      Tú, el más grande y poderoso,
      que nos salvas con el soplo amoroso
      y fuerte del Espíritu.

Para que vayamos a Él

      El Señor ha venido, viene y vendrá para que nosotros vayamos a Él. Su
salida hacia nosotros está siempre guiada por el amor y busca en el hombre
una correspondencia.
      Pero hoy el mensaje de la Palabra leído en Nazaret, nos ha llevado a
meditar también en el modo de acercamiento que Dios a empleado, en cuál ha
sido el camino que ha recorrido para venir a encontrarnos. Es ese camino el
que el profeta y el evangelista nos invitan a preparar.
      Hemos visto que el camino del Señor es el de la encarnación lenta y
gradual que pasa por los largos años de Nazaret. Quizá para ayudarnos a
entender esta vía de acercamiento de Dios - que es la misma que nosotros
tenemos que recorrer si queremos acercarnos a Él - es bueno fijarnos en lo
que dice S. Pedro: "Para el Señor un día es como mil años y mil años como un
día". Es el camino de la paciencia de Dios que tiene una imagen bien clara
en los muchos años de encarnación vividos por Jesús con María y José.
      "Preparar el camino del Señor" significará, pues, para nosotros, acoger
su venida y su modo de acercamiento al hombre como dos movimientos de un
mismo impulso. Situarse en el camino de la encarnación, prepararlo, seguirlo
es también aceptar el cómputo del tiempo que Dios hace: a veces hacen falta
"mil años" para obtener lo que parece cosa de "un día". Pero en el camino de
la paciencia de Dios hay también cosas sorprendentes: un buen día, en cual-
quier sitio, como en Nazaret, puede aparecer un niño portador del misterio,
de repente puede verse colmada una larga espera, un solo día puede valer por
mil años.
      En nuestro mundo eficientista y mecanizado, lleno de automatismos y
fechas fijas, vivir el camino de la encarnación puede parecer imposible. Algo
nos dice, sin embargo, en el fondo de nosotros mismos, que hay caminos y
tiempos distintos a los de la cronología oficial.

TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 2 de diciembre de 2017

Ciclo B - Adviento - Domingo I

VOLVER A NAZARET

Hno. TEODORO BERZAL

3 de diciembre de 2017 -  I DOMINGO DE ADVIENTO - Ciclo B

                             "¡Estad en vela!"

Isaías 63,16b-17; 1.3b-8

      Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es "nuestro
redentor".
      Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro
corazón para que no te tema?. Vuélvete por amor a tus siervos y a las tribus
de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con
tu presencia!.
      Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia. Jamás oído oyó
ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en Él.
      Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus
caminos.
      Estabas airado y nosotros fracasamos: aparta nuestras culpas y seremos
salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos
nos marchitábamos como follaje, nuestra culpas nos arrebataban como el
viento.
      Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos
ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa. Y, sin
embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero:
somos todos obra de tus manos.

Corintios 1,3-9

      Hermanos:
      La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor
Jesucristo sean con vosotros.
      En mi Acción de Gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la
gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús.
      Pues por Él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el
saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho,
no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro
Señor Jesucristo.
      El os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué
acusaros en el tribunal de Jesucristo Señor Nuestro.
      Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo Señor
Nuestro. ¡Y El es fiel!

Marcos 13,33-37

      En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
      -Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un
hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados
su tarea, encargando al portero que velara.
      Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si
al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que
venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
      Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!

Comentario

      El tiempo litúrgico del Adviento, que celebra la primera venida de
Cristo y prepara al encuentro definitivo con Él, es imagen de la vida del
cristiano. Ya redimido en el bautismo, el cristiano debe mantener y desarro-
llar el don recibido hasta que llegue a su plenitud.
       La Palabra de Dios de este domingo es una fuerte llamada a tomar con-
ciencia de esta condición de la vida cristiana que avanza entre los peligros
de la noche y que espera a Quien dará un sentido definitivo a todo el camino
recorrido.
      El centro del mensaje está en la pequeña parábola del evangelio de Mar-
cos que concluye las enseñanzas de Jesús antes de entrar en su pasión. Por
tres veces se insiste en ella sobre la necesidad de velar. Y el motivo de
esta fuerte recomendación es obvio: "no sabéis cuando llegará el dueño de
casa".
       A la luz de las otras dos lecturas pueden descubrirse algunas motiva-
ciones para que el cristiano permanezca en vela. Existe el peligro, por
cierto nada imaginario, de "extraviarse lejos de los caminos del Señor", y
del "endurecimiento del corazón", hasta "quedar en poder de nuestra propia
culpa". He ahí un motivo para estar alerta, para que el Señor cuando venga
no lo encuentre "dormido". Pero además la condición del cristiano en el mundo
es similar a la de quien vive en la noche. Muchas veces lo recuerda el Nuevo
Testamento y, sobre todo, S. Pablo. Vivimos en un "mundo de tinieblas" (Ef
6,12), del que el Padre "nos sacó para trasladarnos al reino de su Hijo
querido". La novedad cristiana nos sitúa muchas veces en contraste con la
situación de este mundo: "los que duermen, duermen de noche; los borrachos
se emborrachan de noche; en cambio nosotros que pertenecemos al día, estemos
despejados y armados" (ITes 5,7).
      Así pues, la atención del cristiano tiene un doble frente: las tinie-
blas que pueden invadir su corazón y las tinieblas exteriores que tienden a
obstaculizar su camino. Es cierto, sin embargo que, "por medio del Mesías
Jesús", Dios no sólo le da su "gracia" y no le falta "ningún don", sino que
le "mantiene firme hasta el fin".
      La vigilancia cristiana se ve, pues, sostenida por la ayuda del Señor,
que "ha señalado a cada uno su tarea" al salir de casa y le da su gracia para
cumplirla. La condición filial, compartida con Jesús, lleva a respetar el
secreto del Padre sobre el momento en que acontecerá la manifestación
gloriosa. Nadie lo sabe. Así el cristiano vive en una total confianza,
sabiendo por una parte que todo se le ha dado ya y por otra que no está en
sus manos el desenlace del drama humano. Dios es siempre imprevisible,
inalcanzable, no se deja manipular por el hombre. Por eso al cristiano a
veces le resulta difícil dar testimonio de este Dios que dice poseer y que
al mismo tiempo se le escapa de entre la manos. Esa es la mejor garantía
contra todo intento de manipulación.

La espera en Nazaret

      María y José compartieron la esperanza del pueblo de Israel. Mas aún,
pertenecían a ese grupo de los llamados pobres de Yavé que tenían una
confianza total en Dios y estaban seguros de su fidelidad perenne: sabían que
iba a cumplir su promesa. Tampoco ellos conocían el día ni la hora, pero
sabían que el Señor iba a visitar a su pueblo. Y así aconteció cuando llegó
el Mesías.
      Pero María y José vivieron luego, junto con Jesús, otra larga espera:
el tiempo de Nazaret. La experiencia de Nazaret se sitúa entre la llegada del
que fue anunciado a María como "Hijo del Altísimo" y el momento de su
manifestación definitiva y gloriosa en la resurrección.
      En cierto sentido, la familia de Nazaret vivió la misma experiencia de
larga espera que ahora toca vivar a todo cristiano. Como al cristiano,
también a ellos se les dio todo al principio, pero pasaron largos años hasta
que se manifestó quién era realmente el niño, el joven que vivía en nazaret.
Y cuando la espera dura, hay que saber esperar.
      El evangelio de hoy recalca que puede pasar una hora o varias de la
noche y hay que seguir esperando. Y así era también el tiempo de Nazaret:
pasaba un día, pasaba otro, pasaban los meses y los años y nada se veía. La
impaciencia hubiera podido llevar al grito del profeta: "Ojalá rasgases el
cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia" (Is 63,19). Pero
en Nazaret no hubo nada de eso, sino la larga y atenta espera hasta que para
Jesús, como para Juan Bautista, le llegó el momento asignado por el Padre
para "presentarse a Israel" (Lc 1,80).
      En Nazaret fue madurando en la paciencia ese respeto absoluto hacia el
secreto del Padre que marcó la hora de Jesús y que marcará también el momento
de su venida gloriosa.

      "Tú, Señor eres nuestro Padre,
      tu nombre de siempre es nuestro redentor" (Is 63,16),
      nos ponemos en tus manos con entera confianza,
      como María y José.
      Renueva nuestra fe
      para que no nos cansemos de esperar en la noche
      y escuchemos hoy la Palabra que nos dice:
      "¡Estad en vela!"
      hasta que un día oigamos aquella otra que nos diga:
      "Aquí estoy".

Esperar con paciencia

      El modo de vivir en Nazaret el tiempo de la espera ilumina nuestro ad-
viento. Tras los pasos de Jesús, María y José podemos caminar nosotros en la
noche de nuestra vida cristiana con una mayor esperanza.
      Como ellos tenemos la certeza de tener entre nosotros, con nosotros y
en nosotros al Salvador, aunque estemos en medio a las dificultades de la
vida. Sabemos, como dice S. Pablo que, para quien cree, en último término la
dificultad produce esperanza "y esa esperanza no defrauda, porque el amor que
Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha
dado" (Rom 5,5).
      La abundancia y calidad del don recibido, el germen de vida que lleva-
mos dentro empujan "hacia la luz y hacia la vida" tanto como la conciencia
de la posible venida inminente del Señor. Ambas líneas de fuerza, la que
parte del don recibido y la que viene de la promesa, nos mantienen alerta,
no deben dejarnos dormir.
      La paciencia cristiana no es resignación y aletargamiento sino la
certeza que da la fe prolongada sin cesar en el tiempo y el respeto filial
al momento designado por el Padre.
      La paciencia vigilante que nos pide hoy el evangelio se opone tanto al
aturdimiento como a la impaciencia y debe comportar un programa de trabajo
sereno, de vida de comunidad, de humildad y obediencia como el que se vivió
en Nazaret. Este es el mejor modo de esperar la vuelta del Señor, que puede
llegar en cualquier momento.
TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 25 de noviembre de 2017

Ciclo A - TO - Domingo XXXIV

26 de noviembre de 2017 - XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
                       
                                            JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO

                "Serán reunidas ante Él todas las naciones"

-Ez 34,11-12.15-17
-Sal 22
-1Co 15,20-26.28
-Mt 25,31-46

Mateo 25,31-46

   Dijo Jesús a sus discípulos:
   -Cuando venga en gloria el Hijo del hombre y todos los Ángeles con Él, se
sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante Él todas las naciones.
El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.
Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá
el rey a los de su derecha:
   -Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para
vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de
comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis,
estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y
vinisteis a verme.
   Entonces los justos le contestarán:
   -Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te
dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te
vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?
   Y el rey les dirá:
   -Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes
hermanos, conmigo lo hicisteis.
   Y entonces dirá a los de su izquierda:
   -Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y
sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me
disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me
vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.
   Entonces también éstos contestarán:
   -Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o
enfermo o en la cárcel y no te asistimos?
   Y Él replicará:
   -Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los
humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.
   Y estos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.
                      
Comentario

   La Iglesia conmemora hoy la solemnidad de Cristo Rey del Universo como
recapitulación de su camino anual de celebración de la fe y como centro de
toda la historia humana. "En el círculo del año litúrgico la Iglesia
desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad
hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la feliz esperanza y
venida del Señor" (S.C.102). La Palabra de Dios nos lleva a ver en Cristo,
el primogénito de los muertos, a Aquél que es el pastor y cabeza de la
Iglesia y de toda la humanidad, en quien todo ha sido llamado a la plenitud.
   El evangelio nos presenta una solemne descripción del juicio universal
que tendrá lugar al final de los tiempos, recogiendo una tradición
apocalíptica que se remonta a los profetas de Israel.
   El juicio es presentado ante todo como una gran convocación. Poco antes
de la escena que hoy leemos, el evangelista había dicho que el Señor enviaría
a sus Ángeles para convocar al son de trompeta a todos los elegidos de los
cuatro vientos y de un extremo al otro de los cielos (Mt 24,31). En este
ambiente apocalíptico del relato, el Hijo del hombre aparece rodeado de sus
Ángeles que actúan como testigos de lo que va a suceder.

   El juicio consiste en una separación que coloca a los buenos de una parte
y a los malos de otra. Para realizar esta separación la figura del rey y juez
se reviste de otra familiar a los lectores del evangelio: la figura de
pastor. Es de notar además que el rey no procede de una forma completamente
autónoma, sino que se refiere constantemente al Padre. Ante todo él mismo se
presenta como el Hijo del hombre, expresión que recuerda a Dan. 7,9-14, y
después proclama su sumisión. "Y cuando el universo le quede sometido,
entonces también el Hijo se someterá al que se lo sometió, y Dios lo será
"todo para todos" (1Co 15,28). Pero lo que más importa es el criterio de sepa-
ración de unos y otros establecido por el rey. No es otro que el del amor
expresado en el servicio y la atención hacia quien se encuentra necesitado,
en situación de pobreza, de enfermedad, de injusticia. El gesto de amor hacia
los hermanos o su ausencia establece la diferencia definitiva entre unos
hombres y otros.
   Podemos ahora preguntarnos quienes son esos "humildes hermanos" suyos de
que habla el Señor con tanto afecto. Si consultamos otros textos similares
del mismo Mateo, hay que pensar en los discípulos y seguidores de Jesús (Cf.
Mt 10,42; 18,10). Hoy tenderíamos a pensar que se trata de una interpretación
demasiado restrictiva. Pensamos espontáneamente que esos "humildes hermanos"
son todos los pobres, marginados, excluidos... Por otra parte el criterio de
amor al prójimo puede aplicarse a todo hombre y no sólo al cristiano. Pero
cuando se escribió el texto de Mateo que hoy leemos para una comunidad
pequeña y perseguida del siglo I, quizá el sentido original era el primero,
se trataba de los cristianos que por amor a Cristo se hicieron pobres, fueron
encarcelados, vivieron errantes y en toda clase de necesidad. Desde ese
sentido restringido y dada la ambientación universalista del relato ("serán
reunidas ante Él todas las naciones") es fácil pasar al sentido más amplio
en el que todo hombre es hermano de Jesús.

"Conmigo lo hicisteis"

   La vida de Nazaret se entiende sólo a la luz del misterio de la
encarnación. Los aspectos de pobreza, humildad, autolimitación voluntaria en
muchos aspectos de la vida de Jesús, expresan otros tantos momentos de su
asunción de la condición humana. Y la razón del amor cristiano que hoy da el
evangelio es la punta más avanzada de misterio de la Encarnación: "cada vez
que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo
hicisteis".
   Esta identificación de Jesús con el pobre y desamparado, con el débil y
oprimido, es no sólo una novedad absoluta del mensaje cristiano con respecto
a otras doctrinas, sino el fundamento de toda la actividad caritativa de la
Iglesia y de su amor preferencial por los pobres. Cuando Jesús se identifica
con el pobre, no hace más que ratificar lo que fue su opción de vida. Podemos
decir que la encarnación de Jesús no consistió sólo en hacerse hombre entre
los hombre, sino que se hizo también pobre entre los pobres. La trayectoria
entera de su existencia, que culmina en la cruz, fue un camino de solidaridad
con quien está desarmado, con quien sólo se impone por la fuerza del amor,
con quien no se apoya sobre ninguna de las cosas que ofrecen al hombre poder,
dominio sobre los otros, suficiencia... Por eso en el camino entero de su
vida se revela el amor y la misericordia del rostro de Dios para con el
hombre en su condición de pobreza, de abatimiento, de limitación y de pecado.
   La Iglesia postconciliar ha llevado a cabo esta reflexión que nos
compromete a todos en plena fidelidad al evangelio: "La Iglesia debe mirar
a Cristo cuando se pregunta cuál ha de ser su acción evangelizadora. El Hijo
de Dios demostró la grandeza de ese compromiso al hacerse hombre, pues se
identificó con los hombres haciéndose uno de ellos, solidario con ellos y
asumiendo la condición en que se encuentran, en su nacimiento, en su vida y,
sobre todo, en su pasión y muerte, donde llegó a la máxima expresión de
pobreza. Por esta razón los pobres merecen una atención preferencial, cual-
quiera que sea la situación moral o personal en que se encuentran. Hechos a
imagen y semejanza de Dios para ser sus hijos, esta imagen está ensombrecida
y aun escarnecida. Por eso Dios toma su defensa y los ama. Es así como los
pobres son los primeros destinatarios de la misión y su evangelización es por
excelencia señal y prueba de la misión de Jesús. Acercándonos al pobre para
acompañarlo y servirlo hacemos lo que Cristo nos enseñó, al hacerse hermano
nuestro, pobre como nosotros. Por eso el servicio a los pobres es la medida
privilegiada aunque no excluyente de nuestro seguimiento de Cristo. El mejor
servicio al hermano es la evangelización que lo dispone a realizarse como
hijo de Dios, lo libera de las injusticias y lo promueve
integralmente" (Documento de Puebla nn. 1141, 1142 y 1144).

   Te bendecimos, Señor Jesús, rey del universo
   porque tu cercanía a todos los hombres
   y tu identificación con los pobres
   te permitirán en el momento final
   ser el juez de todos
   descubriendo lo que hay de más profundo en cada uno.
   Guíanos con tu Espíritu Santo
   para que sepamos reconocerte y servirte
   en los que ahora sufren
   y así formemos parte un día de la asamblea
   de quienes son bendecidos por el Padre
   y lo bendicen por toda la eternidad.

"Cristo tiene que reinar"

   Es el triunfo final de quien ha entregado su vida por todos. Pero Él
mismo indicó que su reino tiene un estilo muy distinto a los de este mundo.
"Este Hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y dar su vida en
rescate por todos" (Mt 20,28).
   Si ese es el modo de "reinar" de Jesús, ese debe ser también el estilo de
la Iglesia y del cristiano. No se pueden copiar los procedimientos de
organización y gestión del poder con una lógica inspirada en el mundo. Como
para Jesús, para el cristiano, reinar es servir.
   El cristiano, comprometido en la transformación de este mundo con la
fuerza del evangelio, debe luchar por reconducir desde dentro todas las cosas
según los valores del Reino. De esta forma todos los hechos de la historia
personal y colectiva, por pequeños que sean, cobran un sentido nuevo porque
se inscriben en la construcción de los cielos nuevos y la tierra nueva que
esperamos. "La plenitud de los tiempos ha llegado, pues, hasta nosotros (Cf.
1Cor 10,11) y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y
empieza a realizarse en cierto modo en el siglo presente, ya que la Iglesia,
aun en la tierra, se reviste de una verdadera, si bien imperfecta santidad.
Y mientras no haya cielos nuevos y nueva tierra en los que tenga su morada
la justicia (Cf 2Pe 2,13), la Iglesia peregrinante, en sus sacramentos e
instituciones, que pertenecen a este tiempo, lleva consigo la imagen de este
mundo que pasa, y Ella misma vive entre las criaturas que gimen entre dolores
de parto hasta el presente, en espera de la manifestación de los hijos de
Dios (Cf. Rom 8,19-22)" (L. G. 48).

TEODORO BERZAL.hsf