sábado, 16 de diciembre de 2017

Ciclo B - Adviento - Domingo III

17 de diciembre de 2017 - III DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo B

                 "Entre vosotros está ese que no conocéis"

Isaías 61,1-2a. 10-11

      El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me
ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los
corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los
prisioneros, la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor.
      Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha
vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio
que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas.
      Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas,
así el Señor hará brotar la justicia y los himnos, ante todos los pueblos.

Tesalonicenses 5,16-24

      Hermanos: Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. En toda
ocasión tened la Acción de Gracias: ésta es la voluntad de Dios en Cristo
Jesús respecto de vosotros.
      No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino
examinadlo todo, quedándoos con lo bueno.
      Guardaos de toda forma de maldad. Que el mismo Dios de la paz os
consagre totalmente, y que todo vuestro ser, alma y cuerpo, sea custodiado
sin reproche hasta la Parusía de nuestro Señor Jesucristo.
      El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

Juan 1,6-8. 19-28

      Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como
testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la
fe. No era él la luz.
      Este es el testimonio que dio Juan cuando los judíos enviaron desde
Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran:
      -¿Tú quién eres?
      El contestó sin reservas: -Yo no soy el Mesías-.
      Le preguntaron:
      -Entonces ¿qué? ¿Eres tú Elías?
      El dijo: -No lo soy-
      -¿Eres tú el Profeta?
      Respondió: -No- y le dijeron:
      -¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han
enviado, ¿qué dices de ti mismo?
      El contestó: -Yo soy "la voz que grita en el desierto: Allanad el
camino del Señor" (como dijo el Profeta Isaías).
      Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:
      -Entonces ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el
Profeta?
      Juan les respondió:
      -Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el
que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de
desatar la correa de la sandalia.
      Esto pasaba en Betania, en la orilla del Jordán, donde estaba Juan
bautizando.

Comentario

      Los textos bíblicos propuestos por la liturgia de este domingo nos
ofrecen tres mensajes complementarios entre sí: el Bautista anuncia que el
Mesías está entre nosotros, el profeta Isaías lo presenta como el Mesías de
los pobres y, S. Pablo nos invita a alegrarnos por la venida del Mesías y a
acudir a su encuentro. Queda sí claro que el núcleo central del mensaje está
en esa condición de pobreza, requerida para poder acoger con alegría la
salvación que se nos ofrece
en Cristo.
      El evangelio de S. Juan, despojado de los detalles anecdóticos de los
sinópticos, va directamente al punto clave: la identidad de aquel que el
Bautista anuncia. Queda al mismo tiempo desenmascarada la actitud de quien
pregunta sin comprometerse, quizá por pura curiosidad, para que los
acontecimientos no le pillen desprevenido o para saber a qué atenerse,
quedando encerrado en los esquemas de su propia seguridad.
      La triple negativa de Juan Bautista rechaza para sí mismo toda
expectativa mesiánica y muestra al verdadero Mesías, ese desconocido, ya
presente, pero aún ignorado por "los de su casa" (Jn 1,11). El Bautista es
así testigo de "la luz", para que todos lleguen a "la fe" (Jn 1,7-8). Y el
evangelio de hoy se detiene aquí. El "juego educativo" de la liturgia va
desvelando progresivamente la identidad del "desconocido".
      El destinatario actual del mensaje ya sabe quien es ese "desconocido",
pero acepta el irlo descubriendo poco a poco, por dos motivos; Primero,
porque la expectativa aumenta, educa y hace madurar el deseo; segundo,
porque, aunque lo haya experimentado, el creyente tiene que confesar que él
no conoce aún a su Señor. A pesar de la fe, su rostro le queda todavía
velado. "A Dios nadie le ha visto jamás" (Jn. 1,18).
      Los rasgos ya entrevistos en el anuncio profético y, sobre todo, la
proximidad del encuentro es lo que suscita la alegría del creyente. Pero no
para llegar individualmente a un cierto goce espiritual, sino porque el
Mesías trae "la buena noticia a los que sufren, venda los corazones
desgarrados, proclama la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la
libertad" (Is. 61,1). Es la salvación completa que el Bautista anuncia y
María canta en el magnificat.

En Nazaret

      Y de la mano de María, que se introduce hoy discretamente en nuestro
Adviento, vayamos a leer el evangelio en Nazaret.
       Sin forzar el texto del evangelio de hoy, se puede decir también en
el tiempo de Nazaret: "entre vosotros está ese que no conocéis" (Jn. 1,26).
Desconocido vivió, en efecto quien era tenido por sus vecinos sencillamente
como "el hijo de José" (Lc 4,22) y el "hijo de María" (Mc 6,3).
      Después del anuncio del nacimiento y primeras manifestaciones de la
infancia, Jesús Bajó a Nazaret. "Eclipse de Dios", titula un autor el
capítulo que dedica a Nazaret en su historia de Jesús. Y La Iglesia ha
aplicado al misterio de Nazaret la expresión veterotestamentaria que habla
del "Dios escondido".
      Más que ningún otro, María y José vivieron la tensión que supone acom-
pañar al Mesías ya presente, pero aún desconocido. Ellos, que sabían quién
era Jesús por lo que se les había dicho al principio, vivieron en la
esperanza y en la fe por largo tiempo. Ellos, que lo habían acogido desde el
primer momento, sabían también cuáles eran las condiciones necesarias para
reconocerlo.
      Sólo desde la pobreza y la sencillez nazarenas se puede acoger al
Salvador como el Mesías, el que trae el reinado de Dios sobre la tierra. El
es verdaderamente, como dijo María, el único capaz de hacer cosas grandes.

      Señor, aún no conocemos bien tu rostro,
      pero nuestro corazón se alegra en ti.
      Una voz anuncia tu presencia
      y sabemos que un día llegará tu reino en plenitud.
      Señor, necesitamos tu misericordia
      que colme nuestra pobreza,
      que cure nuestros corazones desgarrados,
      que rompa las cadenas de nuestra esclavitud
      y las barras de nuestra prisión;
      que proclame fuerte la llegada del tiempo de la gracia.
      Gozamos ya, Señor, con el encuentro que se anuncia.
      Nos sentimos envueltos en tu "manto de triunfo"
      porque te has fijado en tu "humilde esclava".

Entre nosotros está

      Este evangelio de adviento leído en Nazaret nos educa para la vida.
Tenemos que aprender a buscar a Jesús y abrirnos a su mensaje para saberlo
reconocer en los diversos modos en que hoy viene y se manifiesta.
      Tenemos que acudir a quienes nos pueden enseñar a reconocerlo con
seguridad. Tenemos que aprender a acogerlo en la pobreza y en la humildad.
      Pero tenemos también que aprender a dar testimonio de Él como Juan
Bautista: diciendo claramente que es Él el Mesías, el único que puede salvar.
El contenido del mensaje tiene que ser claro y coherente tanto en nuestras
palabras como en nuestras obras.
      Para ello, como el Bautista y como María y José, tenemos que aprender
a disminuir para que Él crezca. "Por eso mi alegría que es ésa, ha llegado
a su colmo. A Él le toca crecer y a mí menguar" (Jn 3,30). Esas palabras de
Juan Bautista, que fueron también plenamente vividas en Nazaret, nos trazan
un camino que nunca lograremos recorrer totalmente.


TEODORO BERZAL.HSF

sábado, 9 de diciembre de 2017

Ciclo B - Adviento - Domingo II

10 de diciembre de 2017 - II DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo B

                       "Preparad el camino al Señor"

 Isaías 40,1-5. 9-11

      Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; hablad al corazón
de Jerusalén, gritadle: que se ha cumplido su servicio, y está pagado su
crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados.
      Una voz grita: En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad
en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que
los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se
iguale.
      Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos
-ha hablado la boca del Señor-.
      Súbete a lo alto de un monte, heraldo de Sión, alza con fuerza la voz,
heraldo de Jerusalén, álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: aquí está 
vuestro Dios.
      Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza, su brazo domina.
      Mirad: le acompaña el salario, la recompensa le precede. Como un pastor
apacienta el rebaño, su mano los reúne. Lleva en brazos los corderos, cuida
de las madres.

II Pedro 3,8-14

      Queridos hermanos:
      No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años y
mil años como un día.
      El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que
ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie
perezca, sino que todos se conviertan.
      El día llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con gran
estrépito; los elementos se desintegrarán abrasados y la tierra con todas sus
obras se consumirá.
      Si todo este mundo se va a desintegrar de este modo, ¡qué santa y
piadosa ha de ser vuestra vida!. Esperad y apresurad la venida del Señor,
cuando desaparecerán los cielos consumidos por el fuego y se derretirán los
elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un
cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia.
      Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos,
procurad que Dios os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables.

Marcos 1,1-8

      Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el
Profeta Isaías: "Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el
camino. Una voz grita en el desierto: preparadle el camino al Señor, allanad
sus senderos."
      Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se
bautizaran, para que se les perdonasen sus pecados y él los bautizaba en el
Jordán.
      Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la
cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:
      -Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme
para desatarle las sandalias.
      Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizar  con Espíritu Santo.

Comentario

      El comienzo del evangelio de S. Marcos nos presenta a Juan Bautista,
una de las figuras típicas del adviento. La descripción de su persona y de
su predicación, en la que resuenan las palabras de Isaías, coinciden en
darnos un único mensaje: "la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios".
      El núcleo central del contenido que la Palabra de Dios nos ofrece en
este domingo es la afirmación de que Dios viene al encuentro del hombre para
que el hombre vaya al encuentro de Dios.
      Es la venida de Dios a su pueblo "con potencia" la que, según el
profeta, produce no sólo la consolación sino también su reconstrucción. El
pueblo disperso será nuevamente un rebaño guiado personalmente por el Señor.
Sólo cuando el Señor viene (en el sentido global de la primera lectura, sería
mejor decir retorna) es posible la reconstrucción del pueblo.
      En esa misma línea se sitúa el evangelio con el anuncio de la venida
definitiva de Dios en Cristo, ante quien todo hombre, como Juan, es indigno
e incapaz de realizar la obra nueva que sólo a Él pertenece: el bautismo "con
Espíritu Santo". Será precisamente éste el nuevo principio de cohesión y de
dinamismo del nuevo pueblo de Dios. Esta obra nueva que el Señor realiza en
cada persona y en el pueblo en cuanto tal, tiene también una resonancia
cósmica y su imagen acabada en "los cielos nuevos y la tierra nueva", que
aparecerán cuando pase el mundo presente.
      Ante una perspectiva tan grande, es clara la misión del profeta: por
una parte anunciarla, ser voz de quien es la Palabra y por otra, ser testigo,
es decir, convertirse, entrar en la dinámica que le pide el mensaje mismo que
anuncia.
      De esta forma, la preparación de la venida del Señor, más que una
actividad previa, se convierte en una consecuencia de haberlo encontrado. Y
así como la vía en el desierto de que habla Isaías es una nueva versión de
la experiencia del Exodo, el cristiano sabe que aceptando a Cristo como
"camino" del encuentro de Dios con el Hombre se coloca en una dinámica de
transformación total de su persona y de renovación total de las cosas.

El "camino" de Nazaret

      Partiendo de la experiencia que el pueblo de Israel tenía de la
manifestación de Dios en el Sinaí, la esperanza mesiánica había anunciado su
llegada con poder: "Di a las ciudades de Judá: Aquí está vuestro Dios. Mirad,
el Señor Dios llega con poder y su brazo manda" (Is 40,9-10).
      Este espejismo de grandeza pudo desorientar a algunos cuando Dios se
presentó hecho hombre en la humildad de Nazaret. No debía parecer, sin embar-
go, tan extraño si se tiene en cuenta toda la historia del Antiguo Testamen-
to. Al comienzo Dios tomó el polvo de la tierra para crear al primer hombre
y eligió a un "amorreo errante" para crear a su pueblo. Entre todos los
pueblos de la tierra puso su mirada en el más pequeño e insignificante para
hacerlo depositario de sus promesas. De humildes orígenes fueron David y los
profetas.
Nadie, pues, podía considerar extraña la preferencia de Dios por "lo que no
cuenta". En esa misma línea se sitúa también Nazaret.
      El camino elegido por Dio para manifestarse definitivamente a los
hombres pasa por la fe de un hombre y de una mujer, por la sencillez de una
familia común, por la humildad de un pueblo desconocido. Es el camino de la
encarnación, que en Nazaret se prolonga hasta hacer de Dios un hombre como
los demás hombres. Esa es la maravilla del misterio de Nazaret. Ese es el
lugar donde, como en la Jerusalén de Isaías, "se revelará la gloria del Señor
y la verán todos los hombres juntos" (40,5).

      Tu, Señor, vienes con poder.
      Pero ¿qué poder?
      Un poder lleno de mansedumbre y delicadeza,
      el poder del pastor que reúne al rebaño,
      que "toma en brazos a los corderos
      y hace recostar a las madres".
      Tú vienes en busca de quien va perdido
      y sonríes a quien está cerca de ti.
      Tu poder es humildad en Belén y en Nazaret:
      fragilidad del niño y sencillez del hombre que crece.
      Tú, el más grande y poderoso,
      que nos salvas con el soplo amoroso
      y fuerte del Espíritu.

Para que vayamos a Él

      El Señor ha venido, viene y vendrá para que nosotros vayamos a Él. Su
salida hacia nosotros está siempre guiada por el amor y busca en el hombre
una correspondencia.
      Pero hoy el mensaje de la Palabra leído en Nazaret, nos ha llevado a
meditar también en el modo de acercamiento que Dios a empleado, en cuál ha
sido el camino que ha recorrido para venir a encontrarnos. Es ese camino el
que el profeta y el evangelista nos invitan a preparar.
      Hemos visto que el camino del Señor es el de la encarnación lenta y
gradual que pasa por los largos años de Nazaret. Quizá para ayudarnos a
entender esta vía de acercamiento de Dios - que es la misma que nosotros
tenemos que recorrer si queremos acercarnos a Él - es bueno fijarnos en lo
que dice S. Pedro: "Para el Señor un día es como mil años y mil años como un
día". Es el camino de la paciencia de Dios que tiene una imagen bien clara
en los muchos años de encarnación vividos por Jesús con María y José.
      "Preparar el camino del Señor" significará, pues, para nosotros, acoger
su venida y su modo de acercamiento al hombre como dos movimientos de un
mismo impulso. Situarse en el camino de la encarnación, prepararlo, seguirlo
es también aceptar el cómputo del tiempo que Dios hace: a veces hacen falta
"mil años" para obtener lo que parece cosa de "un día". Pero en el camino de
la paciencia de Dios hay también cosas sorprendentes: un buen día, en cual-
quier sitio, como en Nazaret, puede aparecer un niño portador del misterio,
de repente puede verse colmada una larga espera, un solo día puede valer por
mil años.
      En nuestro mundo eficientista y mecanizado, lleno de automatismos y
fechas fijas, vivir el camino de la encarnación puede parecer imposible. Algo
nos dice, sin embargo, en el fondo de nosotros mismos, que hay caminos y
tiempos distintos a los de la cronología oficial.

TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 2 de diciembre de 2017

Ciclo B - Adviento - Domingo I

VOLVER A NAZARET

Hno. TEODORO BERZAL

3 de diciembre de 2017 -  I DOMINGO DE ADVIENTO - Ciclo B

                             "¡Estad en vela!"

Isaías 63,16b-17; 1.3b-8

      Tú, Señor, eres nuestro padre, tu nombre de siempre es "nuestro
redentor".
      Señor, ¿por qué nos extravías de tus caminos y endureces nuestro
corazón para que no te tema?. Vuélvete por amor a tus siervos y a las tribus
de tu heredad. ¡Ojalá rasgases el cielo y bajases, derritiendo los montes con
tu presencia!.
      Bajaste y los montes se derritieron con tu presencia. Jamás oído oyó
ni ojo vio un Dios, fuera de ti, que hiciera tanto por el que espera en Él.
      Sales al encuentro del que practica la justicia y se acuerda de tus
caminos.
      Estabas airado y nosotros fracasamos: aparta nuestras culpas y seremos
salvos. Todos éramos impuros, nuestra justicia era un paño manchado; todos
nos marchitábamos como follaje, nuestra culpas nos arrebataban como el
viento.
      Nadie invocaba tu nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; pues nos
ocultabas tu rostro y nos entregabas al poder de nuestra culpa. Y, sin
embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero:
somos todos obra de tus manos.

Corintios 1,3-9

      Hermanos:
      La gracia y la paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor
Jesucristo sean con vosotros.
      En mi Acción de Gracias a Dios os tengo siempre presentes, por la
gracia que Dios os ha dado en Cristo Jesús.
      Pues por Él habéis sido enriquecidos en todo: en el hablar y en el
saber; porque en vosotros se ha probado el testimonio de Cristo. De hecho,
no carecéis de ningún don, vosotros que aguardáis la manifestación de nuestro
Señor Jesucristo.
      El os mantendrá firmes hasta el final, para que no tengan de qué
acusaros en el tribunal de Jesucristo Señor Nuestro.
      Dios os llamó a participar en la vida de su Hijo, Jesucristo Señor
Nuestro. ¡Y El es fiel!

Marcos 13,33-37

      En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
      -Mirad, vigilad: pues no sabéis cuándo es el momento. Es igual que un
hombre que se fue de viaje, y dejó su casa y dio a cada uno de sus criados
su tarea, encargando al portero que velara.
      Velad entonces, pues no sabéis cuándo vendrá el dueño de la casa, si
al atardecer, o a medianoche, o al canto del gallo, o al amanecer: no sea que
venga inesperadamente y os encuentre dormidos.
      Lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Velad!

Comentario

      El tiempo litúrgico del Adviento, que celebra la primera venida de
Cristo y prepara al encuentro definitivo con Él, es imagen de la vida del
cristiano. Ya redimido en el bautismo, el cristiano debe mantener y desarro-
llar el don recibido hasta que llegue a su plenitud.
       La Palabra de Dios de este domingo es una fuerte llamada a tomar con-
ciencia de esta condición de la vida cristiana que avanza entre los peligros
de la noche y que espera a Quien dará un sentido definitivo a todo el camino
recorrido.
      El centro del mensaje está en la pequeña parábola del evangelio de Mar-
cos que concluye las enseñanzas de Jesús antes de entrar en su pasión. Por
tres veces se insiste en ella sobre la necesidad de velar. Y el motivo de
esta fuerte recomendación es obvio: "no sabéis cuando llegará el dueño de
casa".
       A la luz de las otras dos lecturas pueden descubrirse algunas motiva-
ciones para que el cristiano permanezca en vela. Existe el peligro, por
cierto nada imaginario, de "extraviarse lejos de los caminos del Señor", y
del "endurecimiento del corazón", hasta "quedar en poder de nuestra propia
culpa". He ahí un motivo para estar alerta, para que el Señor cuando venga
no lo encuentre "dormido". Pero además la condición del cristiano en el mundo
es similar a la de quien vive en la noche. Muchas veces lo recuerda el Nuevo
Testamento y, sobre todo, S. Pablo. Vivimos en un "mundo de tinieblas" (Ef
6,12), del que el Padre "nos sacó para trasladarnos al reino de su Hijo
querido". La novedad cristiana nos sitúa muchas veces en contraste con la
situación de este mundo: "los que duermen, duermen de noche; los borrachos
se emborrachan de noche; en cambio nosotros que pertenecemos al día, estemos
despejados y armados" (ITes 5,7).
      Así pues, la atención del cristiano tiene un doble frente: las tinie-
blas que pueden invadir su corazón y las tinieblas exteriores que tienden a
obstaculizar su camino. Es cierto, sin embargo que, "por medio del Mesías
Jesús", Dios no sólo le da su "gracia" y no le falta "ningún don", sino que
le "mantiene firme hasta el fin".
      La vigilancia cristiana se ve, pues, sostenida por la ayuda del Señor,
que "ha señalado a cada uno su tarea" al salir de casa y le da su gracia para
cumplirla. La condición filial, compartida con Jesús, lleva a respetar el
secreto del Padre sobre el momento en que acontecerá la manifestación
gloriosa. Nadie lo sabe. Así el cristiano vive en una total confianza,
sabiendo por una parte que todo se le ha dado ya y por otra que no está en
sus manos el desenlace del drama humano. Dios es siempre imprevisible,
inalcanzable, no se deja manipular por el hombre. Por eso al cristiano a
veces le resulta difícil dar testimonio de este Dios que dice poseer y que
al mismo tiempo se le escapa de entre la manos. Esa es la mejor garantía
contra todo intento de manipulación.

La espera en Nazaret

      María y José compartieron la esperanza del pueblo de Israel. Mas aún,
pertenecían a ese grupo de los llamados pobres de Yavé que tenían una
confianza total en Dios y estaban seguros de su fidelidad perenne: sabían que
iba a cumplir su promesa. Tampoco ellos conocían el día ni la hora, pero
sabían que el Señor iba a visitar a su pueblo. Y así aconteció cuando llegó
el Mesías.
      Pero María y José vivieron luego, junto con Jesús, otra larga espera:
el tiempo de Nazaret. La experiencia de Nazaret se sitúa entre la llegada del
que fue anunciado a María como "Hijo del Altísimo" y el momento de su
manifestación definitiva y gloriosa en la resurrección.
      En cierto sentido, la familia de Nazaret vivió la misma experiencia de
larga espera que ahora toca vivar a todo cristiano. Como al cristiano,
también a ellos se les dio todo al principio, pero pasaron largos años hasta
que se manifestó quién era realmente el niño, el joven que vivía en nazaret.
Y cuando la espera dura, hay que saber esperar.
      El evangelio de hoy recalca que puede pasar una hora o varias de la
noche y hay que seguir esperando. Y así era también el tiempo de Nazaret:
pasaba un día, pasaba otro, pasaban los meses y los años y nada se veía. La
impaciencia hubiera podido llevar al grito del profeta: "Ojalá rasgases el
cielo y bajases, derritiendo los montes con tu presencia" (Is 63,19). Pero
en Nazaret no hubo nada de eso, sino la larga y atenta espera hasta que para
Jesús, como para Juan Bautista, le llegó el momento asignado por el Padre
para "presentarse a Israel" (Lc 1,80).
      En Nazaret fue madurando en la paciencia ese respeto absoluto hacia el
secreto del Padre que marcó la hora de Jesús y que marcará también el momento
de su venida gloriosa.

      "Tú, Señor eres nuestro Padre,
      tu nombre de siempre es nuestro redentor" (Is 63,16),
      nos ponemos en tus manos con entera confianza,
      como María y José.
      Renueva nuestra fe
      para que no nos cansemos de esperar en la noche
      y escuchemos hoy la Palabra que nos dice:
      "¡Estad en vela!"
      hasta que un día oigamos aquella otra que nos diga:
      "Aquí estoy".

Esperar con paciencia

      El modo de vivir en Nazaret el tiempo de la espera ilumina nuestro ad-
viento. Tras los pasos de Jesús, María y José podemos caminar nosotros en la
noche de nuestra vida cristiana con una mayor esperanza.
      Como ellos tenemos la certeza de tener entre nosotros, con nosotros y
en nosotros al Salvador, aunque estemos en medio a las dificultades de la
vida. Sabemos, como dice S. Pablo que, para quien cree, en último término la
dificultad produce esperanza "y esa esperanza no defrauda, porque el amor que
Dios nos tiene inunda nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha
dado" (Rom 5,5).
      La abundancia y calidad del don recibido, el germen de vida que lleva-
mos dentro empujan "hacia la luz y hacia la vida" tanto como la conciencia
de la posible venida inminente del Señor. Ambas líneas de fuerza, la que
parte del don recibido y la que viene de la promesa, nos mantienen alerta,
no deben dejarnos dormir.
      La paciencia cristiana no es resignación y aletargamiento sino la
certeza que da la fe prolongada sin cesar en el tiempo y el respeto filial
al momento designado por el Padre.
      La paciencia vigilante que nos pide hoy el evangelio se opone tanto al
aturdimiento como a la impaciencia y debe comportar un programa de trabajo
sereno, de vida de comunidad, de humildad y obediencia como el que se vivió
en Nazaret. Este es el mejor modo de esperar la vuelta del Señor, que puede
llegar en cualquier momento.
TEODORO BERZAL.hsf