sábado, 12 de mayo de 2018

Ciclo B - Ascension del Señor


13 de mayo de 2018 - SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR
- Ciclo B                  
                                  "Id por el mundo entero"

Hechos 1,1-11

      En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue
haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles,
que había escogido, movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les
presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo
y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.
      Una vez que comían juntos les recomendó:
      -No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi
Padre, de la que yo os he hablado. Juan bautizó con agua, dentro de pocos
días vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.
      Ellos lo rodearon preguntándole:
      -Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?. Jesús
contestó:
      -No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre
ha establecido con autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre
vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda
Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo.
      Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la
vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndole irse, se les presentaron dos
hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
      -Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús
que os ha dejado para subir al cielo, volverá como le habéis visto marcharse.

Efesios 1,17-23

      Hermanos:
      Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la gloria, os dé
espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los ojos de
vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que os llama,
cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál la
extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según la
eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de
entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo
principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre
conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.
      Y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre
todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

Marcos 16,15-20

      En aquel tiempo se apareció Jesús a los Once, y les dijo:
      -Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación.
      El que crea y se bautice, se salvará; el que se resista a creer, será
condenado.
      A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi
nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos, y si beben
un veneno mortal, no les hará  daño. Impondrán las manos a los enfermos y
quedarán sanos.
      El Señor Jesús, después de hablarles, ascendió al cielo y se sentó a
la derecha de Dios.
      Ellos fueron y proclamaron el Evangelio por todas partes, y el Señor
actuaba con ellos y confirmaba la Palabra con los signos que los acompañaban.

Comentario

      La ascensión revela la plena glorificación de Jesús en el misterio
pascual. Es su vuelta a la casa del Padre después de haber compartido nuestra
existencia y de haber pasado por la prueba suprema de la cruz.
      La parte final del apéndice del evangelio de Marcos que nos presenta
hoy la liturgia, comprende la última aparición de Jesús a los apóstoles
(aunque el texto litúrgico omite la referencia a la incredulidad de los
mismos), el mandato misionero, la ascensión de Jesús y la ejecución del
mandato recibido por parte de los enviados.
      Reciben en el texto un mayor desarrollo las dos partes referidas a la
misión: mandato y ejecución. En la primera se expone la doble respuesta
posible al anuncio del evangelio (aceptación o rechazo) con las consecuencias
que le siguen (salvación o condenación); se enumeran también los signos que
acompañan a la predicación del evangelio. Nótese, sin embargo, que tales
signos van aquí referidos a los destinatarios y no a los predicadores del
evangelio ("a los que crean" v. 17), mientras que al hablar de la puesta en
práctica del mandato recibido los signos son realizados por los apóstoles.
      Entre ambas partes la ascensión de Jesús es mencionada casi como de
pasada (v. 19). Marca, sin embargo la línea divisoria entre un antes y un
después, entre dos modos diferentes de presencia del Señor en medio a sus
discípulos: el de las apariciones (v. 14) y el de la cooperación con las
señales que confirman la validez del mensaje.
      En la 1ª. lectura (Hechos) se desarrolla más el relato de la ascensión
(para respetar el sentido original del texto sería mejor decir "asunción",
"se lo llevaron" Hech. 1,9), pero no deja tampoco de subrayar el mandato
misionero del testimonio y del anuncio con la "fuerza del Espíritu Santo".
      Todo esto indica que la ausencia-desaparición visible de Cristo de en
medio de los suyos quiere recalcar la importancia de la presen-
cia-responsabilidad de la Iglesia en el mundo.

Nazaret, tiempo de esperanza

      Los comentaristas del evangelio ven en la frase de Jesús adolescente
en el templo "¿No sabíais que yo tenía que estar en la casa de mi Padre?" (Lc
2,49) una referencia a su subida al Padre. La "casa" no podía ser, en efecto,
el templo de Jerusalén, ya que a renglón seguido se dice en el evangelio que
Jesús dejó la ciudad santa y "bajó a Nazaret". Debemos tener presente por
otra parte la frase lapidaria del evangelio de Juan que resume toda la
trayectoria del Verbo: "Salí de junto al Padre y vine a estar en el mundo,
ahora dejo el mundo y me vuelvo con el Padre" (16,28).
      El tiempo de Nazaret se configura así también como el tiempo de la
esperanza: ya anunciado desde el principio el retorno-glorificación de Jesús
junto al Padre y, mientras tanto, un largo tiempo de espera. Pero se trata
de una espera llena de sentido, puesto que durante ella Jesús lleva hasta las
últimas consecuencias el misterio de su encarnación y entrada en el mundo.
Es un tiempo en el que Jesús crece, trabaja, construye con María y José una
familia y vive en su entorno como los demás hombres.
      Tiempo de esperanza el tiempo de Nazaret porque la esperanza es la
característica de la infancia y de la juventud, pero, sobre todo, porque está 
situado antes del cumplimiento de la gran promesa y fue vivido de cara a
ella.
      Nazaret nos revela así el modo de vivir el tiempo que se abre con la
desaparición terrena de Jesús y llega hasta su segunda venida. No se trata
de quedarse mirando a lo alto ni de perderse en consideraciones, sino de
volver al compromiso de la vida de cada día y construir desde ella poco a
poco lo que al final se manifestará.
      La laboriosidad de Nazaret, el empeño en las cosas cotidianas, el vivir
intensamente de cara a Dios y a los hombres, como en Nazaret, son el modo de
testimoniar hoy el evangelio y de penetrar profundamente en su comprensión.
      El misterio de Nazaret nos ayuda a comprender mejor esa faceta de la
esperanza que es, ante todo, compromiso con la historia presente, sin perder
de vista la promesa de futuro.

Señor Jesús, vuelto ya a la casa del Padre
y sentado a su derecha,
tú acompañas y realizas en primera persona,
por medio del Espíritu Santo,
el inmenso esfuerzo de anuncio y testimonio de la Iglesia
para llevar a los hombres de todos los tiempos
el mensaje de la salvación.
Danos ahora la fuerza del Espíritu Santo,
revístenos de su vigor para ser testigos de tu amor
y para caminar hacia ti con todos los que nos rodean.

Vivir en esperanza

      La celebración de hoy es ante todo un fuerte impulso para vivir la
esperanza. La despedida de Jesús está precedida por su promesa de acompañar
por siempre a sus discípulos y de volver un día.
      Muchas son las cosas que oscurecen hoy, como siempre, el porvenir de
la humanidad. Nuestra experiencia inmediata y la información que recibimos
de todas partes del mundo nos dan más de un motivo para que nuestra mirada
se ensombrezca sobre el porvenir.
      Por otra parte, mucha literatura contemporánea, producida por hombres
sin fe, y muchos medios de comunicación, manejados por quienes pretenden sólo
las ventajas de lo inmediato o los goces puramente mundanos, llevan a apagar
esa ansia de trascendencia y de futuro que está en el corazón de todo hombre.
      Vivir hoy la esperanza supone para el cristiano oponerse, en cuanto
vive, piensa, actúa a la filosofía materialista de las ideologías y a la
praxis consumista.
      Nazaret educa nuestra esperanza y nos enseña a vivir en plenitud el
momento cotidiano de la historia. Rescata nuestra esperanza de ilusiones
fáciles y de fugas hacia un futuro irreal, pero a la vez colma de sentido las
cosas que parecen menos trascendentes y llamativas, porque las sitúa en la
perspectiva amplia que va del origen sencillo al esplendor que hoy celebramos
en la ascensión de Cristo a los cielos.

TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 5 de mayo de 2018

Ciclo B - VI Domingo de Pascua


6 de mayo de 2018 - VI DOMINGO DE PASCUA - Ciclo B
                     
                   "Manteneos en ese amor que os tengo"

Hechos 10,25-26. 34-35. 44-48

      Aconteció que cuando iba a entrar Pedro, Cornelio salió a su encuentro
y se echó a sus pies. Pero Pedro lo levantó diciendo:
      -Levántate, que soy un hombre como tú. Y tomando de nuevo la palabra,
Pedro añadió:
      -Está claro que Dios no hace distinciones; acepta al que lo teme y
practica la justicia, sea de la nación que sea.
      Todavía estaba hablando Pedro, cuando cayó el Espíritu Santo sobre
todos los que escuchaban sus palabras.
      Al oírlos hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios,
los creyentes circuncisos, que habían venido con Pedro, se sorprendieron de
que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles.
      Pedro añadió:
      -¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el
Espíritu Santo igual que nosotros?
      Y mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo. Le rogaron que se
quedara unos días con ellos.

I de Juan 4,7-10

      Queridos hermanos:
      Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha
nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque
Dios es Amor.
      En esto manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios mandó al
mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de Él.
      En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino
en que Él nos amó y nos envió a su Hijo, como propiciación por nuestros peca-
dos.

Juan 15,9-17

      En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Como el Padre me ha amado,
así os he amado yo; permaneced en mi amor.
      Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que
yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
      Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra
alegría llegue a plenitud.
      Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado.
Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos.
      Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Ya no os llamo
siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a vosotros os llamo
amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.
      No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido;
y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure.
      De modo que lo que pidáis al Padre en mi nombre, os lo dé.
      Esto os mando: que os améis unos a otros.

Comentario

      En los domingos que siguen a la Pascua los textos de la liturgia nos
llevan a contemplar todos los aspectos de la explosión de vida y de alegría
encerrados para nosotros en la resurrección de Cristo. Hoy nos llevan al
corazón mismo de la experiencia cristiana hablándonos principalmente del
amor.
      Si quisiéramos establecer una cierta lógica en la presentación del
mensaje, tendríamos que empezar por la segunda lectura, donde se hace la
afirmación esencial y originaria: "Dios es amor" (I Jn 4,8). Desde ahí, el
evangelio nos lleva a esa dinámica "descendente" en la que lo primero que está 
es amor del Padre, amor de donación al Hijo, que se abre hacia la salvación
de los hombres. Luego viene el amor de Cristo que se da a sus discípulos y
lo lleva a la entrega total: "Igual que mi Padre me amó, os he amado yo" (Jn
15,9). Y el tercer paso es el mandato a los discípulos: "Amaos unos a
otros... "
      No se trata, pues, de quedarse en la sola dimensión pasiva de recibir
el amor, de sentirse amados o de dejarse amar. Pero tampoco de tomar uno la
iniciativa por sí solo: "No me elegisteis vosotros a mí". Se trata de entrar
en ese dinamismo propio del amor en el que todo se recibe y todo se da. El
amor cristiano no se cierra en la complacencia de la reciprocidad, sino que
queda abierto a la sorpresa de la novedad y gratuidad de lo que viene de Dios
y a una generosidad sin límites en la entrega hacia los demás.
      Este parece ser el sentido de la petición de Jesús: "manteneos en ese
amor que os tengo". Es decir, se trata de quedarse, de vivir en el mismo amor
que Cristo ha vivido: abierto al Padre y entregado a los hermanos.
      En eso consiste vivir su amistad y llegar a la plenitud de la alegría.
Y esa es la condición, en los términos tajantes que usa Juan, para conocer
a Dios. Quien no ama, no lo ha conocido, porque Dios es amor.

Nazaret

      El misterio de Nazaret es siempre una llamada a lo concreto de la vida.
Siguiendo la lógica del mundo, algunas veces pensamos encontrar la alegría,
el amor en la evasión de la vida ordinaria o en la transgresión de las leyes.
      El evangelio de hoy dice que el amor consiste prácticamente en cumplir
los mandamientos: "Y para manteneros en mi amor cumplid mis mandamientos;
también yo he cumplido los mandamientos del Padre y me mantengo en su amor"
(Jn 15,10).
      El crecimiento de Jesús en Nazaret "en el favor de Dios y de los
hombres" (Lc 2,52) recoge una expresión del libro de los Proverbios en la que
ese "favor y aceptación ante Dios y ante los hombres" (Prov 3,4), es
consecuencia de la memoria de las instrucciones que Dios da y de la práctica
de sus preceptos (Pro. 3,1).
      La vida de Jesús, María y José en Nazaret nos enseña que el amor no
está reñido con la obediencia y con el servicio. Al contrario, sólo quien en
ellos descubre la alegría, podemos decir que en verdad ha encontrado el amor.
      El amor, cuando se hace donación, tiende a crecer y a desarrollarse en
el tiempo, por eso Nazaret nos ayuda a comprender esa dimensión de
perseverancia que supone el "permanecer" en el amor de Cristo. Y la
verificación de esa continuidad no está en efusiones más o menos aisladas,
sino en el cumplimiento de los mandamientos, o mejor dicho, en el
cumplimiento del único mandamiento que resume todos los otros y que
testimonia la identidad cristiana.
      Cuando se ha comprendido lo que es el amor y se vive en él, las
condiciones externas cuentan menos. Y así en la humildad de Nazaret se pudo
vivir ya el gran amor al que Jesús invitó más tarde a todos los que quisieran
seguirle.

Señor, queremos cumplir tu mandamiento.
Gracias por el Espíritu Santo:
"Amor de Dios derramado en nuestros corazones" (Rom 5,5),
que nos une a ti, nos abre al Padre
y nos lleva a darnos a los demás.
Aumenta el Amor en tu Iglesia
con una nueva efusión del Espíritu Santo
que nos lleve a una mayor fidelidad a tu Palabra.

Vivir en el amor

      Significativamente la liturgia de la Palabra de este domingo se abre
con el relato de la efusión del Espíritu Santo sobre Cornelio y su familia,
recién llegados a la fe.
      El punto clave para entender correctamente las cosas cuando se habla
del amor cristiano es la donación del Espíritu Santo en el bautismo, que
lleva al cristiano a situarse en el mismo plano de amor que Jesús. Porque el
amor, antes que sea una exigencia objeto de un mandamiento, es un don gratuito
que Dios nos da.
      Por eso todo lo dicho en las lecturas de hoy no puede entenderse, y
sobre todo no puede vivirse, sin la donación del Espíritu Santo. En realidad,
cuando se habla de amor desde el punto de vista cristiano, se está hablando
siempre de él, como don del Padre o como manifestaciones concretas en la vida
de los cristianos.
      Sólo entonces, en un segundo momento, interviene nuestro esfuerzo para
perseverar en el amor, para continuar amando, pero sin pretender apropiarnos
del don. Porque, como cristianos, estamos llamados a vivir siempre esa
paradoja, desproporcionada a nuestras débiles fuerzas, de "amar como Dios ha
amado" (Jn 3,16).
TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 28 de abril de 2018

Ciclo B - V Domingo de Pascua


29 de abril de 2018 - V DOMINGO DE PASCUACiclo B

"Yo soy la vid verdadera"

Hechos 9,26-31

      En aquellos días, llegado Pablo a Jerusalén, trataba de juntarse con
los discípulos, porque no se fiaban de que fuera realmente discípulo.
Entonces Bernabé se lo presentó a los apóstoles.
      Saulo les contó cómo en Damasco había predicado públicamente el nombre
de Jesús.
      Saulo se quedó con ellos y se movía libremente en Jerusalén predicando
públicamente el nombre del Señor. Hablaba y discutía también con los judíos
de lengua griega, que se propusieron suprimirlo. Al enterarse los hermanos,
lo bajaron a Cesarea y lo hicieron embarcarse para Tarso.
      Entre tanto, la Iglesia gozaba de paz en toda Judea, Galilea y Samaría.
Se iba construyendo y progresaba en la fidelidad al Señor y se multiplicaba
animada por el Espíritu Santo.

I de Juan 3,18-24

      Hijos míos, no amemos de palabra ni de boca, sino con obras y según la
verdad. En esto conocemos que somos de la verdad, y tranquilizaremos nuestra
conciencia ante El, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios
es mayor que nuestra conciencia y conoce todo.
      Queridos, si la conciencia no nos condena, tenemos plena confianza ante
Dios; y cuanto pidamos lo recibiremos de Él, porque guardamos sus manda-
mientos y hacemos lo que le agrada.
      Y este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucris-
to, y que nos amemos unos a otros tal como nos lo mandó.
      Quien guarda sus mandamientos permanece en Dios y Dios en Él; en esto
conocemos que permanece en nosotros por el Espíritu que nos dio.

Juan 15,1-8

      En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos:
      -Yo soy la vid y mi Padre es el labrador, a todo sarmiento mío que no
da fruto, lo arranca; y a todo el que da fruto lo poda para que dé más fruto.
      Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permane-
ced en mí y yo en vosotros.
      Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid,
así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí.
      Yo soy la vid y vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo
en Él; ese da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.
      Al que no permanece en mí, lo tiran fuera, como al sarmiento, y se
seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden.
      Si permanecéis en mí y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis
lo que deseéis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis
fruto abundante; así seréis discípulos míos.

Comentario

      Como la imagen del buen pastor, también la de la vid nos coloca de
inmediato y de forma intuitiva, ante el núcleo central de la vida cristiana.
Se nos habla simultáneamente de la relación existente entre Cristo y los
cristianos y de la que se da entre Jesús y el Padre.

      En la misma línea de los otros discursos de despedida recogidos por el
cuarto evangelio, Jesús revela su identidad a través de una expresión fuerte:
"Yo soy". Y al igual que el adjetivo "bueno" aplicado a pastor tenía un matiz
polémico con los "asalariados", también en la alegoría de hoy, Jesús se
presenta como la vid "verdadera", quizá aludiendo a la tradición bíblica que
presentaba al pueblo de Israel comparándolo con la vid (Cfr. Is. 5,1-7; Jer
2,21; Ez 17,1-10; Sal 80). Jesús es, así, el nuevo y verdadero Israel, de
quien el Padre puede estar contento y al que hay que estar unido para recibir
la savia de la vida nueva.
      En la segunda parte del texto evangélico la atención se desplaza hacia
"los sarmientos". Se pasa, pues, al lenguaje exhortativo: "dar fruto",
"permaneced en mí". Se pone el acento en dos aspectos fundamentales: la
salvación es gratuita (viene del tronco a los sarmientos) pero al mismo
tiempo se deja toda la responsabilidad a éstos últimos. El lenguaje
escatológico y condenatorio del v. 6 ("los echan al fuego y los queman"),
subraya esa responsabilidad.
      Se trata, pues, de "dar fruto abundante" permaneciendo unidos a Cristo.
En los versículos siguientes a los que hoy se leen en la liturgia se explica
que " cumpliendo mis mandamientos", es decir, que la unión con la vid que es
Cristo, se realiza en los hechos de la vida de cada día, no sólo con
palabras. Y éste es precisamente el tema que desarrolla la 2ª. lectura ("Hijos
míos, no amemos sólo con palabras y de boquilla, sino con obras y de verdad"
I Jn 3,18) y que el autor de los Hechos de los apóstoles ve realizado en la
comunidad primitiva, la cual gozaba de "la paz".

"Permanecer" en Nazaret

      La figura de la vid, como la del árbol en general sugiere en primer
lugar la idea de estabilidad. Ese significado natural queda subrayado en el
evangelio de hoy por la insistencia de Jesús en el "permanecer" unidos a la
vid.
      El verbo griego menein = permanecer, seguir, quedarse, es típico de
cuarto evangelio y es usado siempre para designar esa relación profunda
existente entre Cristo y sus discípulos. Ya en el A. T. se habla de la fe
como elemento esencial de la relación estable entre Dios y su pueblo: "Si no
creéis, no subsistiréis" (Is 7,9).
      La larga permanencia de Jesús en Nazaret educa y reposa hoy nuestra
mirada en la figura de la viña para penetrar todo su significado. Cuando
Jesús habla hoy de permanecer unidos a Él tiene presente la inconstancia de
muchos que lo habían seguido en un primer momento y luego le [D1] abandonaron
como testimonia el mismo evangelio de Juan (Cfr cap. 6,66). Por otra parte
Él había explicado las condiciones para que la palabra sembrada dé fruto.
      Por eso tendría también ante los ojos la limpia fidelidad de su madre
y de S. José. Ellos habían perseverado, habían permanecido fieles durante
todo el período de Nazaret; "Su madre conservaba en su corazón el recuerdo
de todo aquello" (Lc 2,52). Nosotros podemos ver en ellos "los dos olivos y
los dos candelabros que están en la presencia del Señor de la tierra" (Ap.
11,4; Zac. 4).
      La fe, cuando dura en el tiempo y se traduce en obras, se llama
fidelidad y ese es el testimonio fundamental que recibimos de Nazaret cuando
leemos el evangelio de la viña. Frente a tantas infidelidades, pasadas y
recientes, la "estabilidad" de los testigos de Nazaret nos invita a dejar que
corra de forma permanente la vida que fluye constantemente de Cristo hacia
nosotros y se transforme en acciones concretas.
      Esa "permanencia" es la condición de la fecundidad. Dar frutos sólo es
posible cuando las raíces son fuertes y sanas y cuando el tiempo ha permitido
el desarrollo de la planta y la maduración del fruto. No es, pues, tiempo
muerto el tiempo de Nazaret, sino testimonio de una vida que fluye siempre,
aun en los momentos en que nada se ve.

Corra abundante, Señor, la savia de tu Espíritu Santo
por tus vástagos para que se alegre el corazón del Padre
que con tanto amor te ha plantado y nos cuida.
Queremos celebrar hoy
y alegrarnos con los frutos que has dado
desde el árbol de la cruz
y unirnos cada vez m s a ti,
para que cuando el Padre nos pode,
sepamos, como tú, dejarle hacer
y ponernos confiadamente entre sus manos.

"Permanecer"

      Permanecer, seguir con Jesús, estar unidos a Él, es la condición
indispensable para dar frutos, para cumplir nuestra misión y, en definitiva,
para ser eficaces.
      Desde nuestros muchos quehaceres, desde nuestros muchos planes de
acción, de pastoral, de formación, es bueno, con el evangelio de hoy visto
desde Nazaret, pararnos a considerar que lo primero es estar unidos a Cristo,
si queremos hacer algo que valga la pena. El canal por donde fluye la vida
que produce frutos es nuestra relación con Él, nuestra relación duradera,
permanente, constante.
      Como en otras ocasiones, vienen así valorizados para una verdadera
eficacia, todos esos momentos de apertura a Él sólo, de oración, de
permanencia y aguante en el dolor y en frustración vividos con fe, que tan
inútiles nos parecen a veces.
      "Sin mí no podéis hacer nada" (Jn 15,6). Vivir hoy en el pleno sentido
de la palabra es aceptar que no hay una relación directa e inmediata entre
nuestro hacer y los frutos que de ello resultan. La maduración y la cosecha
"acontecen" no sin nosotros ciertamente, pero sí en modos y tiempos muy
distintos a lo que podemos pensar.
      Celebramos hoy la vida, los frutos, que vienen no sólo del momento de
la floración, sino también del momento de la poda y del largo invierno
durante el cual en apariencia nada se mueve.

TEODORO BERZAL.hsf



 [D1]