sábado, 2 de junio de 2018

Ciclo B - Cuerpo y Sangre


3 de junio de 2018 - SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO - Ciclo C
                
                         "La sangre de la alianza"

Éxodo 24,3-8

      En aquellos días Moisés bajó y contó al pueblo todo lo que había dicho
el Señor y todos sus mandatos; y el pueblo contestó a una:
      -Haremos todo lo que dice el Señor.
      Moisés puso por escrito todas las palabras del Señor. Se levantó
temprano y edificó un altar en la falda del monte, y doce estelas, por las
doce tribus de Israel. Y mandó a algunos jóvenes israelitas ofrecer al Señor
holocaustos y vacas, como sacrificio de comunión. Tomó la mitad de la sangre
y la puso en vasijas, y la otra mitad la derramó sobre el altar. Después tomó
el documento de la alianza y se lo leyó en alta voz al pueblo, el cual
respondió:
      -Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos. Tomó Moisés la
sangre y roció al pueblo, diciendo:
      -Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros, sobre
todos estos mandatos.

Hebreos 9,11-15

      Cristo ha venido como Sumo Sacerdote de los bienes definitivos. Su
templo es más grande y más perfecto: no hecho por manos de hombre, es decir,
no de este mundo creado.
      No usa sangre de machos cabríos ni de becerros, sino la suya propia;
y así ha entrado en el santuario una vez para siempre, consiguiendo la
liberación eterna.
      Si la sangre de machos cabríos y de toros y el rociar con las cenizas
de una becerra tienen el poder de consagrar a los profanos, devolviéndoles
la pureza externa; cuánto más la sangre de Cristo que, en virtud del Espíritu
eterno, se ha ofrecido a Dios como sacrificio sin mancha, podrá purificar
nuestra conciencia de las obras muertas, llevándonos al culto del Dios vivo.
      Por eso Él es mediador de una alianza nueva: en ella ha habido una
muerte que ha redimido de los pecados cometidos durante la primera alianza;
y así los llamados pueden recibir la promesa de la herencia eterna.

Marcos 14,12-16

      El primer día de los Ázimos, cuando se sacrificaba el cordero pascual,
le dijeron a Jesús sus discípulos:
      -¿Dónde quieres que vayamos a prepararte la cena de Pascua?
      El envió a dos discípulos, diciéndoles:
      -Id a la ciudad, encontraréis un hombre que lleva un cántaro de agua;
seguidlo, y en la casa en que entre, decidle al dueño: "El Maestro pregunta:
¿Dónde está la habitación en que voy a comer la Pascua con mis discípulos?".
      Os enseñará una sala grande en el piso de arriba, arreglada con
divanes. Preparadnos allí la cena.
      Los discípulos se marcharon, llegaron a la ciudad, encontraron lo que
les había dicho y prepararon la cena de Pascua.
      Mientras comían, Jesús tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió
y se lo dio, diciendo:
      -Tomad, esto es mi cuerpo.
      Cogiendo una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio y todos
bebieron.
      Y les dijo:
      -Esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos. Os
aseguro que no volveré a beber del fruto de la vid hasta el día que beba el
vino nuevo en el Reino de Dios.
      Después de cantar el salmo, salieron para el Monte de los Olivos.

Comentario

      Las lecturas de hoy ponen de manifiesto el significado de la eucaristía
como sacramento de la alianza de Dios con el hombre.
      A la descripción del rito que funda el pueblo de Israel como "pueblo
de Dios", sigue el relato de la institución de la eucaristía en la versión
del evangelio de Marcos. Por su parte el autor de la carta a los Hebreos nos
da la perspectiva histórica que permite el paso de la antigua Alianza a la nueva y
definitiva de Dios con los hombres mediante el sacrificio de Cristo.
      En la narración de la última cena de Jesús con los suyos están
germinalmente presentes todos los valores que la Iglesia ha ido descubriendo
a lo largo de los siglos en ese gesto único y maravilloso realizado por
Cristo antes de su pasión.
      La cena de Jesús representa una continuidad con la celebración pascual
judía en la que se hacía memoria de las maravillas realizadas por Dios.
Respetando ese cuadro tradicional, Jesús lo llena de un contenido nuevo. El
centro de atención no será ya el cordero inmolado y consumido como gesto de
comunión, sino Él mismo, cordero sin mancha entregado voluntariamente por
todos, que con su sangre pone un signo de liberación en las puertas de todos
los hombres.
      Los ritos antiguos cobran una valencia nueva desde el gesto de Jesús,
que anticipa su donación en el Calvario. Ya no se referirán a un pasado
lejano, sino al momento clave de la relación de Dios con el hombre que se
cumple en la cruz. Su sangre derramada, "en virtud del Espíritu eterno",
tiene un valor infinitamente superior al de los antiguos sacrificios.
Mediante la fe en su persona, el hombre puede entrar en comunión con Dios y
con sus hermanos y encontrar esa paz profunda consigo mismo "que purifica la
conciencia".
      De ahora en adelante no cabe, pues, otro sacrificio, ni otra alianza
ni otro mediador entre Dios y los hombres.

"... y prepararon la cena de Pascua"

      Al relato de la última cena precede en el evangelio el de su
preparación (el texto que se lee hoy en la liturgia omite los versículos
referentes a la traición de Judas). Ese relato preparatorio no sólo crea el
clima adecuado, sino que ofrece los elementos necesarios para decir que la
cena de Jesús se sitúa en la tradición hebrea.
      El hecho de que el evangelio dé ese relieve a la "preparación" de la
Pascua nos da pie para ir un poco más lejos en esa preparación y leer así ese
pasaje desde la experiencia de Nazaret.
      Los años de Jesús en Nazaret fueron, en efecto, fueron una inmersión
vital en las tradiciones cultuales y culturales de su pueblo. Ese es el
sentido más profundo de la encarnación que Nazaret nos descubre. El
crecimiento en edad del que habla Lucas supone el desarrollo físico del
cuerpo, y esto es ya una preparación al sacrificio de la cruz, según la
interpretación que da la carta a los Hebreos en un pasaje paralelo al que
leemos hoy en la liturgia: "Sacrificios y ofrendas no quisiste, en vez de eso
me has dado un cuerpo a mí" (10,5).
      Pero además, sólo la vivencia plena, repetida mil veces, del rito
pascual celebrado en familia pudo permitir a Jesús, al mismo tiempo vivir
todo su significado en la línea de la alianza antigua, y emplearlo para
significar su donación total por nuestra salvación. Es esta personalización
y apropiación del rito cumplida por Jesús a lo largo de los años y de forma
explícita en la última cena lo que le permitirá intuir las posibilidades
nuevas que podía tener como vehículo para transmitir el significado de su
gesto de entrega.
      Y es esa personalización del rito efectuada por Jesús lo que nos
permite ahora - en el tiempo de la Iglesia - ritualizar el gesto de Jesús en
la celebración eucarística. De esa forma la eucaristía nos enseña a vivir el
tiempo de Nazaret. Tiempo que ahora debe ser para nosotros el de la
apropiación personal del gesto de Jesús en el sacrificio de la cruz.
      La repetición del rito debería ir educando nuestra actitud interior de
donación a Dios y a los hermanos hasta el día que, como él, (son todos los
días) debamos cumplir el gesto fuera del rito, en cualquier circunstancia de
la vida.

Padre, cantamos en el Espíritu
el nuevo canto de bendición
porque Jesús, el Señor, ha reconciliado contigo,
mediante la sangre derramada en la cruz,
el universo entero.
Llenos de gozo por esta alianza nueva,
plena, definitiva,
te bendecimos porque estamos en paz contigo
y en paz entre nosotros.

Vivir la eucaristía

      La lectura de la Palabra hecha desde Nazaret nos enseña a vivir cada
día el sacramento de la nueva alianza. Con la fe incorporamos globalmente el
misterio en nuestra vida, pero ¿cuándo lograremos vivir todo lo que
significa?
      Nazaret nos invita a ese camino progresivo de asimilación (de
inculturación) y personalización de la fe. Todo está en la eucaristía: el
amor de Dios, su diálogo con los hombres, el fundamento de la comunión entre
los cristianos, el sentido de la misión, la tensión de unidad y de salvación
universal... todo esta en la eucaristía, pero nosotros somos limitados y
necesitamos tiempo para ir apropiándonos todos sus valores. Lo importante es
que sepamos interpretar la vida como un camino hacia la eucaristía y como un
camino desde la eucaristía. "Fuente y cumbre, dice el Vaticano II.
      La fuerza del sacramento viene en ayuda de nuestra debilidad y de
nuestra limitación. Si nos abrimos a él, nos irá conquistando poco a poco.
Entrar en la nueva alianza es la cuestión fundamental de la vida cristiana
y en ella nos introduce el sacramento de la eucaristía.
      A nuestro esfuerzo por participar en el sacramento corresponde la
acción divina que va trasformando progresivamente nuestro hombre viejo hasta
hacernos llegar a ese corazón nuevo, lleno de fe y de amor, que vemos ya
realizado en Cristo y hacia el que caminamos.
TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 26 de mayo de 2018

Ciclo B - Santísima Trinidad


27 de mayo de 2018 - SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA TRINIDAD – Ciclo B

        "... en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo"

Deuteronomio 4,32-34. 39-40

      Habló Moisés al pueblo y dijo:
el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra: ¿hubo jamás desde un
extremo al otro del cielo palabra tan grande como esta?, ¿se oyó cosa
semejante?, ¿hay algún pueblo que haya oído, como tú has oído, la voz del
Dios vivo, hablando desde el fuego, y haya sobrevivido?, ¿algún Dios intentó
jamás venir a buscarse una nación entre las otras por medio de pruebas,
signos, prodigios y guerra, con mano fuerte y brazo poderoso, por grandes
terrores, como todo lo que el Señor, vuestro Dios, hizo con vosotros en
Egipto?
      Reconoce, pues, hoy y medita en tu corazón, que el Señor es el único
Dios allá  arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro. Guarda
los preceptos y mandamientos que yo te prescribo hoy, para que seas feliz,
tú y tus hijos, después de ti, y prolongues tus días en el suelo que el Señor
tu Dios te da para siempre.

Romanos 8,14-17

      Hermanos:
      Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de
Dios.
      Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para renacer en el
temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba!
(Padre).
      Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos
hijos de Dios; y si somos hijos también herederos, herederos de Dios y
coherederos con Cristo.

Mateo 28,16-20

      En aquel tiempo los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que
Jesús les había indicado.
      Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban.
      Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
      -Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced
discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he
mandado.
      Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del
mundo.

Comentario

      En esta solemnidad de la Santísima Trinidad la fe que hemos recibido
en el bautismo nos lleva al silencio extasiado ante el misterio de Dios y a
la palabra serena que busca comprender mejor para vivir más intensamente.
      El texto conclusivo del evangelio de Mateo que la liturgia nos
presenta, se articula en dos partes: la narración de la última aparición del
resucitado que conduce a los once (=nuevo Israel) al monte de Galilea y el
envío.
      La intervención de Jesús en esta segunda parte da fuerza al mandato
misionero porque el envío se hace con la autoridad plena que Él ha recibido
del Padre y, al mismo tiempo, ensancha el panorama de la salvación
ofreciéndola a todas las naciones.
      La fórmula trinitaria en la administración del bautismo, que recoge la
práctica de la Iglesia primitiva, resume toda la revelación del misterio de
Dios hecha por Jesús en el evangelio. El Padre es el origen del ser y de la
misión de Cristo y el Espíritu Santo es su continuador después de la Pascua.
Esta centralidad de Cristo y la presencia permanente que asegura a sus
discípulos es una fuerte invitación a entrar, a través de Él, en el misterio
de Dios y a mantener una relación de amor con el Padre y de docilidad al
Espíritu Santo. Esa es la condición de vida de todos los que reciben el bau-
tismo y se comprometen a practicar todas sus exigencias.
      Esa cercanía e intimidad con Dios, ya anunciada en el texto del
Deuteronomio (1ª. lectura) encuentra su pleno cumplimiento en la realidad
nueva que crea el bautismo en el hombre. Desde ella el cristiano se siente
verdaderamente hijo de Dios, en su único Hijo; Y esto con una confianza total
que viene del hecho de haber recibido el Espíritu Santo. Quienes se dejan
guiar por Él, esos son verdaderamente hijos de Dios.

La familia de Nazaret

      La revelación que Dios ha hecho de sí mismo, no se ha efectuado
solamente con palabras, sino también con hechos. (Cfr. D. V. 2).
      En el evangelio que hoy leemos asistimos a uno de esos momentos cumbre
en los que Jesús nos lleva a penetrar en el misterio divino nombrando juntas
a las tres personas de la Trinidad en su afán común de salvar al hombre. Pero
es también significativo para penetrar en ese mismo misterio que Él haya
vivido durante treinta años en una familia.
      La familia se basa en la donación recíproca de las personas y crea una
comunión de vida en la que el individuo encuentra el clima y el estímulo
adecuado para madurar y para cumplir su misión. Toda familia que vive esa
relación de amor es al mismo tiempo imagen y participación de la Trinidad.
Pero esa imagen y participación toca su  ápice en la familia formada por
Jesús, María y José en Nazaret, porque Jesús, Dios y hombre, forma parte al
mismo tiempo de la imagen y de la realidad representada.
      Entre la familia de Nazaret y la Trinidad hay una correlación que no
se basa sólo en la semejanza simbólica, como ocurre con todos los signos. .
En todos ellos, en efecto, hay algo en común entre la imagen y la realidad
que permite dar el paso de la una a la otra. En nuestro caso, la conexión es
mucho más profunda ya que la segunda persona de la Trinidad forma parte de
la familia de Nazaret.
      De este modo, la realidad humana de la familia es asumida en el grado
más alto, no sólo para representar y figurar lo que es el misterio de la
familia de Dios, sino también para revelarlo en su sentido más fuerte.
      Podemos decir que la Sagrada Familia es el rostro humano de Dios en la
pluralidad de las personas o el icono más perfecto de la Trinidad. Desde la
entrega recíproca de María y José, desde su paternidad y maternidad virginal
con respecto a Jesús, podemos siempre, pero sobre todo en este día vislumbrar
también el misterio insondable de la Trinidad. La Sagrada Familia se coloca
así en la vida del cristiano como trasparencia, como camino hacia el misterio
central de su fe. Desde la Sagrada Familia se va directamente hacia el cora-
zón de Dios.

Luz es el Padre.
Luz de luz es el Hijo.
Fuego es el Espíritu Santo.
Amor es el Padre.
Gracia es el Hijo.
Comunión es el Espíritu Santo.
Poder es el Padre.
Sabiduría es el Hijo.
Bondad es el Espíritu Santo.
Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo
Trinidad Santa, te adoramos. (Liturgia bizantina)

La Trinidad y nosotros

      En el diálogo de la oración hay siempre un camino de ida y otro de vuelta,
de nosotros a Dios y de Dios a nosotros, o viceversa.
      A partir de la Palabra y a partir del Hecho de Nazaret hemos intentado
hoy acercarnos al misterio de la Trinidad. Pero hay que decir también que es
la Trinidad divina el punto clave para entender el misterio de la persona
humana y de toda forma de comunidad.
      En la trinidad cada persona es relación subsistente, es decir, pura
relación con respecto a las demás. Así en la familia divina todo es común:
el mismo amor, el mismo poder, la misma sabiduría, el mismo ser. Pero el
hecho de tenerlo todo en común, no significa que cada persona abandone su
identidad. Se da, pues, en la Trinidad la comunión en el más alto grado, pero
no la confusión.
      Y esta es la clave de la comunidad humana en cualquiera de sus
realizaciones: la posibilidad de la comunicación, de la donación recíproca,
sin perder la propia interioridad, la propia identidad. Toda persona se
realiza y llega a madurez en el juego de la vida que consiste en el dar y en
el recibir
Este es también el fundamento de la corresponsabilidad, de la participación,
de la interdependencia y solidaridad entre los miembros de una comunidad y
entre las varias comunidades humanas.
      Creado a imagen d Dios, el hombre sólo llega a serlo verdaderamente
cuando vive en sí mismo y en su relación con los demás la realidad del
misterio trinitario que es un misterio de amor.
TEODORO BERZAL. hsf

sábado, 19 de mayo de 2018

Ciclo B - Pentecostés


20 de mayo de 2018 – DOMINGO DE PENTECOSTÉS - ciclo B

                               "El Espíritu de la verdad"

Hechos 2,1-11

      Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés. De repente
un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se
encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían,
posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron
a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le
sugería.
      Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las
naciones de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron
desconcertados, porque cada uno los oía hablar en su propio idioma.
Enormemente sorprendidos preguntaban:
      -¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que
cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
      Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopota-
mia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en
Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros
de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada
uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.

Corintios 12,3b-7. 12-13

      Hermanos:
      Nadie puede decir "Jesús es Señor", si no es bajo la acción del
Espíritu Santo.
      Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de
servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo
Dios que obra todo en todos.
      En cada uno se manifiesta el Espíritu para el bien común. Porque, lo
mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos los miembros del
cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es también Cristo.
      Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido
bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos
bebido de un solo Espíritu.

Juan 20,19-23

      Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los
discípulos en una casa, con las puertas cerradas, por miedo a los judíos. En
esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
      -Paz a vosotros.
      Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos
se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
      -Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
      Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
      -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les
quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Comentario

      El Evangelio de hoy se compone de dos textos referidos al "Espíritu de
la verdad". Son dos breves pasajes del segundo discurso de despedida que el
cuarto evangelio sitúa antes de la pasión-muerte-resurrección de Cristo. El
autor se propone introducirnos en ese profundo misterio con las palabras
mismas de Jesús.
      Leídos a la luz de la fe postpascual y de la experiencia de Pen-
tecostés, situación desde la que también fueron escritas, estos pasajes
cobran un significado más extenso. Los versículos 26-27 del cap. 15 tienen
un marcado sentido trinitario. El Espíritu Santo que Jesús mandará proviene
del Padre y en el tiempo de la Iglesia será testigo del mismo Jesús. Esta
unión íntima y dinámica de las tres divinas personas es como el ambiente en
el que estamos llamados a introducirnos si queremos descubrir algo de lo que
es el Espíritu Santo y de lo que hace.
      El pasaje del cap. 16 desarrolla más el sentido de la expresión
"Espíritu de la verdad" refiriéndolo a la función esencial de la tercera
persona de la Trinidad en la Iglesia. La expresión parece tener dos sentidos
complementarios: el Espíritu Santo guiará (ha guiado) a los apóstoles a
comprender el sentido pleno de los acontecimientos que presenciaron durante
la pasión y muerte de Jesús viendo su alcance redentor y universal. Por otra
parte, es dado como capacidad de ir interpretando todo lo que va aconteciendo
a la luz de ese acontecimiento definitivo de la revelación de Dios que es el
misterio pascual.
      Desde ahí podemos meditar la narración de la efusión del Espíritu Santo
"en la tarde" de la antigua fiesta de Pentecostés, es decir, en el momento
de la plenitud y del cumplimiento del tiempo, para entender que estamos ya
viviendo en una era nueva caracterizada por la acción del Espíritu Santo en
la historia y, sobre todo, en el corazón de cada creyente, donde produce los
frutos del hombre nuevo redimido por Cristo (2ª. lectura).

"Desde el principio"

      El texto evangélico dice que si los apóstoles pueden dar testimonio de
Jesús (y este testimonio se sitúa en paralelo con el que da el Espíritu
Santo) es "porque estáis conmigo desde el principio" (Jn 15,27).
      En los evangelios y en los Hechos de los apóstoles la expresión "desde
el principio" significa que los apóstoles han acompañado a Jesús durante los
años de itinerancia por tierras de Palestina presenciando su predicación y
sus "señales"; "A partir del bautismo de Juan hasta el día que nos fue
llevado", precisa S. Pedro cuando se trata de elegir al sustituto de Judas
(Hech 1,22).
      Si este "estar desde el principio" es la condición esencial para ser
constituido testigo cuando se trata de los apóstoles, podemos decir que el
Espíritu Santo da testimonio de Jesús porque está también desde el principio,
pero tomando ahora la expresión en el sentido con que la usa el prólogo del
cuarto evangelio: "En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con
Dios y la Palabra era Dios" (Jn 1,1). El Espíritu Santo es así testigo de la
realidad divina de Cristo y guía a los apóstoles a "la verdad plena", es
decir, a la revelación definitiva del misterio de Cristo, Dios y hombre.
      Leyendo este evangelio desde Nazaret, uno piensa instintivamente en
otras dos personas, María y José, que estuvieron con Jesús también desde el
principio, y aquí la expresión tiene un sentido histórico que no coincide con
ninguno de los dos anteriores, pero que los cualifica también sin duda como
"testigos" de esa verdad plena que sólo el Espíritu revela.
      Quizá por eso algunos evangelistas sintieron la necesidad de transmitir
también los hechos de la infancia de Jesús, porque también en ellos se revela
la verdad plena de Cristo: su condición de Hijo de Dios, sin duda, pero
también y sobre todo su condición humana, puesto que vivió tantos años en las
mismas circunstancias que los hombres de su tiempo.

Ven Espíritu Santo,
revélanos hoy al Hijo del Padre,
introdúcenos en la verdad completa,
enséñanos a entrar en el diálogo de Dios con el hombre,
enséñanos esa palabra nueva,
piedra fundamental del lenguaje del hombre nuevo
que es ABBA.
Une tu testimonio al nuestro,
fuerza suprema en nuestra debilidad,
para que nuestros gestos, obras y palabras
digan algo de la verdad plena
que tú sólo conoces y que tú sólo revelas.

Ser testigos hoy en la causa de Jesús

      Como lo profetizó Simeón a María y a José un día, la persona de Jesús
y, siempre su mensaje serán "bandera discutida".
      Hoy la Palabra de Dios nos convoca a ser testigos en la causa de Jesús,
con toda la fuerza que el vocablo tiene en el ambiente de administración de
la justicia de donde está tomado. No se trata, sin embargo, en constituirse
en acusadores ni en defensores a ultranza, sino de dejarse guiar por el gran
abogado, el Paráclito, palabra que significa al mismo tiempo exhortador y
consolador (Hech 2,40; I Co 14,3). El nos lleva a decir la verdad, a resistir
en la fe hasta el martirio y, sobre todo, a construir poco a poco ese hombre
nuevo hecho de "amor, alegría, paz, paciencia, benevolencia, ... " y todo los
otros rasgos que definen al buen cristiano.
      Es en esa lucha por conseguir que la verdad proclamada llegue a ser
verdad vivida, por realizar en las personas y en las situaciones la salvación
traída por Cristo, donde se manifiesta la acción del Espíritu Santo. En esa
línea debe situarse nuestra colaboración y nuestro esfuerzo, de modo que lo
que hagamos pueda contribuir al crecimiento de ese hombre nuevo, anclado en
la verdad, y de ese mundo nuevo que esperamos.
      Nuestra permanencia en Nazaret nos llevará a dar ese testimonio sobre
todo en las situaciones más ordinarias de la vida y allí donde parece que se
ha apagado el fuego del Espíritu porque nada se manifiesta, porque no hay
cambios notables o porque no se advierte ya el júbilo de Pentecostés.


TEODORO BERZAL.hsf