sábado, 22 de septiembre de 2018

Ciclo B - TO - Domingo XXV


23 de septiembre de 2018 - XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo B

                              "El hijo del hombre va a ser entregado"

-Sab 2,17-20
-Sal 53
-St 3,16 - 4,3
-Mc 9,30-37

Marcos 9,29-36

      En aquel tiempo, instruía Jesús a sus discípulos. Les decía:
      - El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres, y lo
matarán; y después, de muerto, a los tres días resucitará.
      Pero no entendían aquello, y les daba miedo preguntarle.
      Llegaron a Cafarnaún, y una vez en casa les preguntó:
      - ¿De qué discutíais por el camino?
      Ellos no contestaron, pues por el camino habían discutido quién era el
más importante. Jesús se sentó, llamó a los Doce y les dijo:
      - Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor
de todos.
      Y acercando un niño, lo puso en medio de ellos, lo abrazó y les dijo:
      - El que acoge a un niño como éste en mi nombre me acoge a mí; y el que
me acoge a mí no me acoge a mí, sino al que me ha enviado.

Comentario

      La lectura continuada del evangelio de Marcos salta varios episodios
para proponer nuevamente la figura del Mesías entregado a la muerte. Nos
habla además de cómo su enseñanza debe ser acogida en la fe y en la vida.
      La insistencia del evangelista en el mismo tema del domingo pasado nos
obliga a considerar con mayor atención el camino elegido por Dios para salvar
al hombre. Será también un incentivo para asumir e interiorizar más plenamen-
te ese camino de todo cristiano que lleva a la cruz (Mc 9,32).
      El personaje del justo perseguido (1ª. lectura) testigo indefectible de
la verdad y lleno de confianza en Dios, se encarna y cobra todo su realismo
en Jesús, que anuncia nuevamente su pasión.
      La palabra clave de este segundo anuncio de la pasión, muerte y
resurrección es el verbo "entregar"; En el primer anuncio (Mc 8,31) se
insistía en la necesidad de que el Mesías emprendiera la vía dolorosa, en
este se deja percibir la figura del Padre que entrega a su Hijo para la
salvación del mundo (Cfr. Jn 3,16); El Hijo amado, el predilecto es entregado
en manos de los hombres. La persona del Padre se compromete así radicalmente
en ese drama que llevará a la redención del hombre. A esta entrega por parte
del Padre, corresponde el ofrecimiento voluntario de la propia vida por parte
de Jesús (Cfr. Jn 10,17-18), en una comunión perfecta de amor trinitario.
      La pregunta de Jesús, que es a la vez una acusación y su gesto de acogida
hacia los niños, símbolo de los que no cuentan y necesitan ayuda, que viene
a continuación del anuncio de la pasión, nos dicen que en el acto redentor
están todos comprendidos. La preferencia por el último puesto, la acogida de
los pequeños, el servicio humilde, son otros tantos gestos integrantes
del camino paradójico elegido por Dios para salvar al mundo. Por ellos
empieza el seguimiento concreto de Jesús al que hoy somos llamados.
      "Ellos no entendieron sus palabras". En el evangelio de Marcos, ésta
expresión se refiere al anuncio de la pasión. En su lugar otro evangelio pone
la recriminación de Jesús a sus discípulos por no haber entendido su gesto
de acoger a los niños.

"El último de todos"

      En una maravillosa síntesis de acciones y Palabras Jesús nos propone
hoy cómo vivir la preferencia por los últimos, los pequeños, los que no
cuentan en la sociedad. Es un estilo de vida que contrasta con las miras
humanas de sus discípulos.
      Pero hay algo más, Jesús se identifica con estos "últimos" y
"abandonados": "El que acoge a un chiquillo de estos por causa mía, me acoge
a mí" (Mc 9,37). Y esta declaración nos lleva naturalmente al tiempo en que
Jesús fue realmente un niño, al tiempo de su infancia en Nazaret. Porque es
precisamente esa experiencia de encarnación la que da un fundamento a la
identificación casi sacramental de Jesús con los pequeños.
      La debilidad, impotencia, pequeñez del niño Jesús deben ser leídas a
la luz de su vocación mesiánica, como una revelación del amor de Dios, que
se manifiesta en su preferencia por lo débil, lo impotente, lo que no cuenta,
para manifestar mejor su fuerza, su gloria y su poder.
      Si damos un paso más en el evangelio de hoy, vemos que esta acogida de
los últimos es una condición para entrar en comunión con el Padre: "El que
me acoge a mí, no es a mí a quien acoge, sino al que me ha enviado" (9,37).
De esta forma, la entrada en el Reino para compartir la vida eterna en la
gran familia de los hijos de Dios, empieza por esa actitud de humildad, de
apertura y abajamiento que caracterizan a quien es capaz de acoger a los
niños.
      Nazaret, donde María y José, respondiendo a la llamada divina acogieron
y vivieron en la fe con Jesús niño, nos indica ya esa actitud básica del
creyente que lleva a abrirse a Dios tal y como se presenta; es decir,
normalmente en un camino de encarnación que contradice todas las falsas
expectativas e ideas preconcebidas acerca de Él. Ese es además el único modo
accesible al hombre para poder colaborar con Él.

Señor Jesús, que has venido a servir
y te has hecho el más pequeño de nosotros,
danos tu Espíritu Santo para que abra nuestros ojos
y nuestro corazón,
y podamos verte en los pobres y en los pequeños.
Haznos partícipes de tu sencillez y humildad;
queremos repetir tus gestos de acogida y de servicio
en lo cotidiano de la vida
para gloria del Padre
que en ti nos sale siempre al encuentro.

Servir

      Las lecturas de hoy apuntan en el fondo hacia esa actitud tan cristiana
que es el servicio. porque el servicio, antes que ser una acción en favor de
otros, más o menos eficaz, es una forma de ser, una actitud del corazón.
      El evangelio invita ante todo a colocarse en el último lugar y luego
a servir, porque sólo quien es capaz de entrar en una mentalidad de
"servidor", es capaz de servir.
      Muchas veces los servicios que prestamos en el ejercicio de nuestras
funciones u ocasionalmente nos dejan insatisfechos a nosotros mismos porque
no los prestamos con la mentalidad del servidor; es decir, de aquel que
primero en su interior se ha colocado en el último puesto con paz y
serenidad.
      De ahí nacen muchas situaciones en nuestras familias y en nuestras
comunidades que son similares a las que se describen en la 2ª. lectura de hoy:
"despecho", "partidismo", "malas faenas". La conversión que se nos pide hoy
debería llevarnos en el ejercicio de la autoridad y de los diversos
ministerios y servicios a actuar con espíritu "límpido, apacible, comprensivo
y abierto, que rebosa buen corazón y no hace discriminaciones ni es fingido"
(Sant. 3,17). Su fruto es la paz.
      Nazaret es una fuerte llamada a colocarse en el último puesto, estando
convencidos de que sólo desde él se puede acoger a todos y servir a todos.
Para eso nos liberó Cristo.

TEODORO BERZAL hsf


sábado, 15 de septiembre de 2018

Ciclo B - TO - Domingo XXIV


16 de septiembre de 2018 - XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo B

                                                 "Tú eres el Mesías"

-Is 50,5-9
-Sal 114
-St 2,14-18
-Mc 8,27-35

Marcos 8,27-35

      En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos se dirigieron a las aldeas de
Cesarea de Filipo; por el camino preguntó a sus discípulos:
      - ¿Quién dice la gente que soy yo?
      Ellos le contestaron:
      - Unos, Juan Bautista, otros, Elías, y otros, uno de los profetas.
      Él les preguntó:
      - Y vosotros, ¿quién decís que soy?
      Pedro le contestó:
      - Tú eres el Mesías.
      Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie.
      Y empezó a instruirlos.
      - El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado
por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a
los tres días.
      Se lo explicaba con toda claridad. Entonces Pedro se lo llevó aparte
y se puso a increparlo. Jesús se volvió, y de cara a los discípulos increpó
a Pedro:
      - ¡Quítate de mi vista, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como
Dios!
      Después llamó a la gente y a sus discípulos y les dijo:
      - El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue
con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero
el que pierda su vida por el Evangelio la salvará.

Comentario

      Las lecturas de este domingo tienen como tema predominante el de la
mesianidad de Jesús, que se perfila a través del anuncio de Isaías y, sobre
todo, por las palabras de Jesús en el evangelio.
      Con la confesión de Pedro (Mc 8,29), llegamos al punto central y al
corazón mismo del evangelio de Marcos. Situada a mitad de camino entre la
afirmación inicial del evangelista (1,1) y la profesión de fe del centurión
después de la muerte de Jesús (15,39), la manifestación de fe de los
discípulos, expresada por boca de San Pedro, revela el contenido del "secreto
mesiánico".
      La escena evangélica de Cesarea de Filipo es un ejemplo admirable de
catequesis dada por Jesús, quien guía a sus discípulos y oyentes a la verdad.
Contrariamente a la costumbre, es Él quien formula la pregunta inicial. Luego
escucha y confirma la respuesta verdadera dada por Pedro, y previene contra
los posibles errores de interpretación. Pero además saca las consecuencias
prácticas para quien dice creer: "El que quiera venirse conmigo... " (8,35).
      La figura de Mesías que emerge de las palabras de Jesús difiere de la
que los judíos de su tiempo tenía en general y está en contraste con las
interpretaciones oficiales de los grupos dirigentes ("senadores, sumos
sacerdotes y letrados" 8,31). De ahí nace la crisis que irá intensificándose
a lo largo de las páginas del evangelio y que se saldará con la pasión y la
muerte de Jesús.
      Frente al modo de proceder de Pedro, que después de su confesión toma
aparte a Jesús y le habla movido únicamente por "impulso humano", éste
declara "abiertamente el mensaje" proponiendo a todos esa fe que salva y que
compromete la vida entera. Se muestra así como el verdadero Mesías, que
escucha y sufre, pero lleno de esa presencia de Dios que da una confianza
plena y lo hace inquebrantable (2ª. lectura).
      El seguimiento que Jesús pide está directamente marcado por esa
comunión con su persona que debe llevar al discípulo a compartir su destino,
lo que comporta una negación de sí mismo y un "perder la vida" por Él. En eso
consiste la fe verdadera.

El escándalo de Nazaret

      La segunda intervención de Pedro en el evangelio de hoy muestra bien
a las claras cómo la fe en Jesús es un don de Dios y cómo existe un modo de
ver las cosas y de razonar que no corresponde a sus designios. San Pablo
habla del escándalo que supone para los Judíos la cruz de Cristo (ICo 1,23)
y más adelante dice: "El hombre de tejas abajo no acepta la manera de ser del
Espíritu de Dios, le parece una locura" (ICo 2,14).
      En la misma línea podría hablarse de un "escándalo de Nazaret", incluso
para algunos cristianos. Les parece injustificado, desproporcionado y hasta
escandaloso que el Hijo de Dios, venido a la tierra para traer la buena nueva
de la salvación, se encierre en un silencio incomprensible viviendo por
muchos años en una oscura aldea de Galilea.
      Quienes así piensan quizá se atreverían a proponer un programa de vida
diferente para el Mesías. No comprenden que el camino elegido, ya desde
entonces, es el que un día llevaría a decir a Jesús: "Este hombre tiene que
padecer mucho: tiene que ser rechazado por los senadores, sumos sacerdotes
y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días" (Mc 8,31); En realidad
ya desde su infancia el anciano Simeón lo había presentado como "bandera
discutida" (signo de contradicción) para que quede patente lo que todos
piensan" (Lc 2,35).
      En Nazaret se va ya perfilando esa figura de Mesías marcado por la
escucha y la obediencia, atento sólo a la voluntad del Padre, con la actitud
filial del siervo de Yavé (1ª. lectura), que se muestra completamente
disponible al proyecto de Dios sobre su vida. Son éstas las características
que le llevan, a su debido tiempo, a asumir el sufrimiento, no sólo como un
aspecto inherente a toda existencia humana, sino como acto de amor redentor
que conduce a ofrecer la vida por los demás.
      De la experiencia de escucha y de silencio, propias del siervo de Yavé,
pasó Jesús a exponer "con una lengua de iniciado" el mensaje del Evangelio,
supo decir una palabra de aliento al abatido y se presentó decidido al
momento de dar su vida por todos (Is 50,4).

Señor Jesús, tú eres el Mesías,
el Hijo del hombre y el siervo de Yavé
con el oído abierto y la lengua suelta.
Tú has padecido por nosotros;
danos esa fe sincera y esa fuerza interior
capaz de cargar, como tú, con nuestra cruz
y con la de los demás.
Caminando tras tus huellas,
descubriremos que en ti está la salvación
porque quien te sigue
"no camina en las tinieblas
sino que tendrá la luz de la vida".

Perder y ganar la vida

      El evangelio de hoy se concluye con la máxima de perder o ganar la
vida, y con ella nos invita a iluminar concretamente nuestra vida con la luz
que viene de la Palabra.
      El diálogo entre Jesús y Pedro desemboca en un compromiso serio para
toda la comunidad de los seguidores de Jesús, como para indicar que la fe
verdadera, la fe confesada explícitamente, tiene unas implicaciones
existenciales que afectan a todo creyente. Esa es también la línea
fundamental de la 2ª. lectura: no hay fe si no desemboca en las obras.
      La comprensión y aceptación de la verdad sobre la mesianidad de Jesús
se expresa en lo concreto de la vida con esa actitud básica del cristiano que
consiste en negarse a sí mismo y cargar con la propia cruz. Es decir, frente
a la forma de vivir que pretende salvar la propia vida confiando en uno
mismo, viendo la existencia como puro resultado de las propias opciones y
decisiones, está ese otro modo de vivir que confía totalmente en Dios, que
acepta la vida como don, que ve en el dolor y en el sacrificio, en la
humillación y el ocultamiento, posibles caminos para vivir el amor, el amor
redentor que salva a los otros, aunque implique la pérdida de la propia vida.
      Saber entrar en ese "juego" de perder o ganar la vida es ponerse en el
camino de la fe verdadera. A ello nos invita como preámbulo la experiencia
de Jesús en Nazaret con María y José. Compartir ese género de vida es dar
pasos en la dirección de la entrega de la propia vida. Comprenderlo es ya un
don del Espíritu Santo.

TEODORO BERZAL hsf

sábado, 8 de septiembre de 2018

Ciclo B - TO - Domingo XXIII


9 de septiembre de 2018 - XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo B

"Effetá: ábrete"

-Is 35,4-7
-Sal 145
-St 2,1-5
-Mc 7 31-37

Marcos 7,31-37

      En aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón,
camino del lago de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un
sordo, que, además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga las manos.
      Él, apartándolo de la gente a un lado, le metió los dedos en los oídos
y con la saliva le tocó la lengua. Y mirando al cielo, suspiró y dijo:
      - Effetá.
      (Esto es: "Abrete")
      Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la
lengua y hablaba sin dificultad.
      Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba,
con más insistencia lo proclamaban ellos. Y en el colmo del asombro decían:
- Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos.

Comentario

     El mensaje de la Palabra de Dios en este domingo se centra en la salva-
ción liberadora que Dios ofrece en Cristo a todos los hombres.
      Esta liberación es anunciada por el profeta Isaías (1ª. lectura) en tono
festivo presentándola como un nuevo éxodo en el que Dios se compromete con
su pueblo y lo lleva a su tierra; es también la nueva creación en la que el
hombre es restaurado en su dignidad primitiva y liberado de todo lo que le
degrada y le oprime.
      El caso concreto de la curación del sordomudo que presenta el
evangelio, puede ser vista como la realización plena de lo que anunciaba el
profeta. En Cristo, Dios sale al encuentro del hombre y lo salva. En ese
sentido es emblemática la figura del sordomudo, pues, Marcos lo presenta de
tal modo que puede ser la imagen de cualquier hombre o del hombre sin más
calificativo.
      Los detalles de la narración cobran así un alto valor significativo;
En primer término el lugar donde acontece el milagro, en plena Decápolis,
tierra de paganos, lleva a ver en este personaje anónimo un símbolo del
paganismo, incapaz de abrirse a la salvación. La doble enfermedad: sordera
y mutismo dejan ver la reprensión de Jesús hacia la cerrazón de sus
discípulos, aspecto particularmente acentuado en Marcos (Cfr. Mc 7,18;
8,17-18), sobre todo si se compara con la fe de la mujer sirofenicia de la
que se habla inmediatamente antes (Cfr. Mc 7,24-30).
      Pero lo más interesante es el proceso seguido en la curación, visto
como itinerario del creyente que llega a la salvación en Cristo; El sordomudo
es "presentado" (la salvación es un don que pide una colaboración). Jesús lo
lleva aparte, lejos de la gente (personaliza su intervención) y lo cura
inmediata y totalmente. El milagro lleva al "secreto", a saber quién es
realmente Jesús y a proclamarlo abiertamente.
      Esa línea de acercamiento al hombre y liberación de lo que le esclaviza
llevada a cabo por Dios en Cristo es la misma que la 2ª. lectura recomienda
a todo cristiano.

Un cuerpo y una casa

      La lectura de la Palabra de Dios desde Nazaret, lugar donde Dios se
encarna, nos lleva a fijarnos en dos aspectos que hoy quedan explicitados de
una manera particular. La liberación salvadora que Jesús trae, toca al hombre
ante todo en su corporalidad.

      A través de los detalles narrativos de Marcos en el evangelio y de la
descripción de la intervención salvadora de Dios hecha por Isaías, se
advierte cómo es el cuerpo del hombre, aspecto de la persona que revela
mayormente su debilidad, el que recibe de forma inmediata la liberación:
"Entonces se despegarán los ojos del ciego y los oídos del sordo se
abrirán... " (Is 35,5). "Se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de
la lengua... " (Mc. 7,35).
      El haber asumido un cuerpo es lo que permite a Cristo intervenir en
nuestro favor desde la condición más humilde del hombre. Así lo dice la carta
a los Hebreos: "Como los suyos tienen todos la misma carne y sangre, también
Él asumió una carne como la ellos, para, con su muerte, reducir a la
impotencia al que tenía dominio sobre la muerte, es decir, al diablo" (2,14).
El realismo con que Marcos describe el milagro operado por Jesús nos lleva
a pensar cómo el poder de Dios actúa sirviéndose del cuerpo como instrumento:
"Le metió los dedos en los oídos y le tocó la lengua con la saliva" (7,34).
Los comentaristas ven en ese modo de proceder una alusión a la acción de Dios
para liberar a su pueblo de manos del faraón (Ex 8,15). San Efrén dice: "El
poder de Dios, que nosotros no podemos tocar, ha bajado a la tierra y ha
tomado un cuerpo, para que nuestra debilidad pudiera alcanzarlo y llegar a
la divinidad tocando la humanidad. El sordomudo curado por Cristo sintió que
sus dedos de carne tocaban los oídos y la lengua. Pero cuando se le soltó la
lengua y se le abrieron los oídos, a través de aquellos dedos accesibles a
sus sentidos, llegó a la divinidad, que era inaccesible".
      La renovación profunda que Dios opera en el hombre que toca tiene
también un reflejo en el medio ambiente que lo rodea; Es lo que Isaías
intenta expresar poéticamente mostrando cómo, cuando Dios interviene, el
desierto hostil e inculto se transforma en un jardín por donde el pueblo
transita alegremente hacia la tierra prometida. El hombre salvado encontrará
así una casa donde habitar con sus compañeros de camino. Ninguna imagen
traduce mejor la salvación completa que Dios nos da en Cristo.

Señor Jesús, que todo lo haces bien,
que haces oír a los sordos y hablar a los mudos,
nos presentamos ante ti con nuestros hermanos los hombres
que necesitan tu liberación.
Señor, mete tus dedos, signo del poder de Dios,
en nuestra boca y en nuestros oídos
para que se cure nuestra sordera y nuestro mutismo.
Que sepamos escuchar lo que el Padre nos dice
y cantar las maravillas que tú operas
en nosotros y en todos.

Vivir la liberación

      El hombre sanado por Jesús como nos es presentado en el evangelio de
hoy, nos recuerda esa dimensión liberadora de la acción de Dios en nuestra
vida y en la que nosotros mismos debemos entrar para bien nuestro y de los
demás.
      Vivir la liberación en su sentido más radical y profundo, es ante todo
aceptarla como don de Dios que ha creado libre al hombre a su imagen y
semejanza. Entrar en el proceso de liberación que el evangelio nos presenta
es ayudar al hombre a recobrar su integridad y dignidad plena partiendo de
lo más inmediato (la corporeidad disminuida o atrofiada) hasta llegar a la
dimensión más profunda que es la fe en Cristo.
      Ese proceso, en el que debemos sentirnos implicados, a la vez como
sujetos activos y pasivos, es el que lleva a reconocer la verdadera identidad
de Jesús y de su acción. Él, como se dice de Dios en el libro del Génesis,
"hace bien todas las cosas".
      El punto de llegada del proceso de liberación que debe alimentar
nuestra esperanza es una creación nueva en la que todo hombre recobra su
dignidad de persona humana y de hijo de Dios. Es lo que alienta a la
comunidad de seguidores de Jesús que no puede contener la alegría y rompe el
secreto proclamando que Él es el Señor y que es Él quien (hoy también por
medio nuestro) hace oír a los sordos y hablar a los mudos.
      Este es el camino que Dios mismo ha elegido prefiriendo "a los que son
pobres a los ojos del mundo para que fueran ricos de fe y herederos del
Reino" (Sant. 2,5).

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 1 de septiembre de 2018

Ciclo B - TO - Domingo XXII


2 de septiembre de 2018 - XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo B
                    
                       "Su corazón está lejos de mí"

-Dt 4,1-2,6-8
-Sal 14
-St 1,17-18,21-22. 27
-Mc 7,1-8,14-15,21-23

Marcos 7,1-8a. 14-15. 21-23

      En aquel tiempo, se acercó a Jesús un grupo de fariseos con algunos
letrados de Jerusalén y vieron que algunos discípulos comían con manos impu-
ras (es decir, sin lavarse las manos).
      (Los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las
manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al
volver de la plaza no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas
tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas).
      Según eso, los fariseos y los letrados preguntaron a Jesús:
      - ¿Por qué comen tus discípulos con manos impuras y no siguen la tradi-
ción de los mayores?
      Él les contestó:
      - Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito:
"Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El
culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos
humanos". Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradi-
ción de los hombres.
      En otra ocasión llamó Jesús a la gente y les dijo:
      - Escuchad y entended todos: Nada que entre de fuera puede hacer al
hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque
de dentro del corazón del hombre salen los malos propósitos, las
fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, injusticias, fraudes,
desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades
salen de dentro y hacen al hombre impuro.

Comentario

     A través de las lecturas de este domingo podemos percibir algunas
indicaciones de un tema tan importante como el de la relación del hombre con
Dios, que consiste en la acogida sincera de la Palabra y la respuesta que
viene desde el interior de la persona.
      La 1ª. lectura pone de relieve el gran valor de la revelación divina
confiado al pueblo de Israel. En el fondo es lo que le identifica como pueblo
"de Dios" y lo que constituye su "sabiduría", es decir su forma de concebir
la vida. Pero ese valor queda muy reducido o anulado cuando la Palabra de
Dios es sustituida por "tradiciones humanas". Es la gran objeción que Jesús
presenta a los fariseos, mostrando al mismo tiempo la novedad del evangelio,
que pretende rescatar la interioridad de la persona devolviéndola a esa
condición de sencillez original donde lo que cuenta en primer lugar es lo que
viene del fondo del corazón.
      La lectura selectiva del cap. 7 de Marcos que hace la liturgia,
presenta a Jesús como maestro de "sabiduría" capaz de desarticular las falsas
pretensiones legalistas de los fariseos y de enseñar a todos el recto camino
revelando al hombre, a todo hombre (" a la multitud" v. 14ss) su verdadera
identidad.
      En el hombre, en efecto, existe un núcleo interior (el corazón, en la
terminología bíblica) sede al mismo tiempo de la relación con Dios y del
comportamiento moral, y existe una "periferia" (los labios en el texto de
Isaías citado en el evangelio). La confusión de ambos planos es lo que puede
llevar (de hecho, así acontecía, en algunos ambientes en tiempos de Jesús) a
un "culto vano" y a un legalismo que impiden al hombre manifestarse en su ser
auténtico y dar la respuesta de fe que Dios espera de Él.
      Sólo el hombre liberado por Cristo podrá profesar esa religión "pura
y sin mancha" (2ª. lectura), que consiste en colocarse sencillamente ante el
Padre, acoger su palabra en el corazón y llevarla a la vida mediante las
obras de la caridad.

"Tus discípulos no viven conforme a la tradición"

      Es la objeción intencionada que los fariseos hacen a Jesús y puede
servirnos a nosotros para leer este evangelio desde el punto de vista de
Nazaret.
      Los evangelios de la infancia, sobre todo el de Lucas, presentan a la
Sagrada Familia como fiel cumplidora de la ley de Moisés, de modo particular
en los aspectos cultuales (presentación del primogénito, peregrinación anual
a Jesuralén). Jesús mismo dirá más tarde que no ha venido a abolir la ley ni
los profetas (Mt 5,17).
      Pero, al mismo tiempo, vemos en María y en José esa actitud del
creyente que acoge sin reservas la Palabra de Dios, se fía de Él y la pone
por obra. Jesús, venido para cumplir la voluntad del Padre, se identifica de
tal modo con ella (Heb 10,5-7), que cuando expresa su "mandamiento" (Jn
14,15), el mandamiento del amor, se coloca a sí mismo como punto de
referencia en el nuevo modo del encuentro del hombre con Dios propio de la
nueva alianza.
      La crítica de Jesús contra la hipocresía de los fariseos no es una
polémica entre especialistas de la ley, ni tampoco la expresión del "laxismo"
galileo frente al integrismo de "los fariseos y de algunos escribas venidos
de Jerusalén" (Mc 7,1).
      El profeta de Galilea ha vivido largos años observando la conducta de
los hombres en todos los aspectos de la vida. Ha visto en su propia casa esa
pureza del corazón que hace santas todas las cosas, pero ha visto también a
su alrededor muchas veces ese culto vano, hecho sólo de palabras, que no
llega jamás a interiorizarse ni a expresarse en una conducta coherente. Más
aún, sabe que hay quienes apoyándose en el cumplimiento intransigente de
"doctrinas que son preceptos de hombres" (Mc 7,7), se ha enriquecido a costa
de la gente humilde, poniéndose por encima de los demás y oprimiendo al
pueblo. (Mc. 7,8-13).
      Es de esa comprobación, seguramente también patente en la aldea de
Nazaret, de donde nace la fuerte oposición de Jesús a la hipocresía de los
fariseos y escribas.
      La pureza de la fe, la fidelidad íntegra a la Palabra de Dios, que
vemos en la familia de Nazaret son el mejor estímulo para rescatar cuanto de
bueno hay en el hombre y para vivir el mensaje de autenticidad de este
evangelio.

Envíanos, Padre, el Espíritu Santo,
que renueva nuestro corazón
y hace posible una alabanza pura
y una caridad laboriosa.
Danos ese Espíritu de sabiduría
que procede de ti, Padre de la luz,
y nos lleva a acoger con docilidad
la Palabra sembrada en nosotros
y a saber discernir lo esencial de lo accesorio;
lo que verdaderamente es bueno
de lo que es pura apariencia;
la auténtica fidelidad de las máscaras del formalismo.

La sencillez del ser

      La experiencia de Nazaret, donde los valores auténticos de la fe y el
amor son vividos lejos de toda manifestación pública y de toda apariencia
engañadora, nos llevan a subrayar en nuestra vida esa sencillez del ser que
tanto se opone al formalismo puramente externo.
      La crítica de Jesús a las exigencias de los fariseos sobre la conducta
de sus discípulos se sitúa en esa línea profética que va de Amós a Oseas e
Isaías y pone el valor del amor por encima de "los sacrificios" (Os 6,6), la
vida honrada y justa por encima de un culto formalista (Am 5,21-22), lo que
el hombre tiene en su corazón por encima de lo que dicen los labios (Is
29,13).
      Jesús propone esa línea de conducta a sus apóstoles y a todos sus
seguidores de entonces y de ahora. El paso del formalismo religioso a la
sencillez de la fe, que se manifiesta en las obras concretas del amor
cristiano, es una tarea actual de todo bautizado y de toda comunidad; En eso
consiste la verdadera sabiduría. Por ese criterio se podría ver si
verdaderamente somos "un pueblo grande" y si "nuestro Dios está cerca de
nosotros cuando lo invocamos" (Dt 4,7-8).
      Sólo desde esa perspectiva cobra sentido la atención a los detalles de
los "preceptos humanos", que tienen también su importancia en la vida pero
que nunca deben oscurecer los valores que vienen en primer lugar.

TEODORO BERZAL.hsf