sábado, 8 de diciembre de 2018

Ciclo C - Adviento - Domingo II


9 de diciembre de 2018 – II DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo C

                        "Una voz grita en el desierto"

Baruc 5,1-9

      Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y viste las
galas perpetuas de la gloria que Dios te da; envuélvete en el manto de la
justicia de Dios y ponte a la cabeza la diadema de la gloria perpetua, porque
Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo.
      Dios te dará un nombre para siempre: "Paz en la justicia, Gloria en la
piedad".
      "Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura, mira hacia el oriente y
contempla a tus hijos, reunidos de oriente a occidente, a la voz del
Espíritu, gozosos, porque Dios se acuerda de ti.
      A pie se marcharon, conducidos por el enemigo, pero Dios  te los traerá
con gloria, como llevados en carroza real.
      Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados, a todas las
colinas encumbradas, ha mandado que se llenen los barrancos hasta allanar el
suelo, para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios;
ha mandado al bosque y a los árboles fragantes hacer sombra a Israel.
      Porque Dios guiará a Israel entre fiestas, a la luz de su gloria, con
su justicia y su misericordia.
     
Filipenses 1,4-6.8-11

      Hermanos :
      Siempre rezo por vosotros, lo hago con gran alegría.
      Porque habéis sido colaboradores míos en la obra del evangelio, desde
el primer día hasta hoy
      Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros una
empresa buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús.
      Testigo me es Dios de lo entrañablemente que os quiero, en Cristo
Jesús.
      Y esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más
y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores.
      Así llegaréis al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de
frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, gloria y alabanza de Dios.

Lucas 3,1-6

      En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio
Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe
virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abiline, bajo el sumo
sacerdocio de Anás y Caifás, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de
Zacarías, en el desierto.
      Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de
conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los
oráculos del Profeta Isaías:
      " Una voz grita en el desierto preparad el camino del Señor, allanad
sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo
torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de
Dios "

Comentario

      San Lucas ofrece al principio del capítulo tercero de su evangelio, con
tono solemne, el marco cronológico y geográfico de la predicación de Juan
Bautista y por consiguiente de la de Jesús.
      La ambientación histórica y geográfica pone de manifiesto que todo el
mundo es teatro de la revelación de Dios y de su salvación: "todo hombre verá 
la salvación de Dios". Pero esa salvación de Dios se realiza por medio de
hombres concretos, por eso Lucas sincroniza la historia humana y la historia
de la salvación.
      Y después de haber dado los nombres, clave para situar el evento en el
espacio y en el tiempo, después de haber mencionado a los personajes por su
función o su prestigio pueden servir como punto de referencia a una época,
Lucas, con fina ironía, dice que el mensaje de Dios llegó a Juan, hijo de
Zacarías, en el desierto.
      Venir sobre uno la Palabra de Dios es la expresión típica de la Biblia
para indicar la vocación profética. En los libros proféticos del A.T. la
encontramos frecuentemente. La Palabra de Dios viene sobre Juan para que sea
la voz de Aquél que vendrá detrás de él, el Mesías. Y Juan desarrolla su
misión en el desierto.
      El desierto tiene un significado geográfico inmediato: la región
meridional de Judea. Pero más allá de este sentido, el desierto recuerda el
tiempo del Éxodo, la gran experiencia del pueblo de Israel.
      Para Israel el desierto es el tiempo de la llamada de Dios a ser su
pueblo, a reconocerlo como Salvador y Señor. El desierto es el tiempo en el
que Dios educa a su pueblo. Israel debe renunciar a todo otro plan para
ponerse en manos de Dios con docilidad. Es el momento en que Israel toma
conciencia de ser comunidad y de que debe estar abierto a todos sus miembros,
sobre todo a los más débiles. El desierto es, sobre todo, el momento de la
alianza entre Dios y su pueblo. Pero el desierto es también el lugar de la
prueba, de la tentación y de la privación.
      El desierto fue un tiempo de gracia para Israel. Los acontecimientos
del desierto serán para él el punto de referencia para interpretar toda la
historia posterior. Cuando Israel tenga que rehacerse como pueblo de Dios,
tendrá que volver al desierto. "La llevaré‚ al desierto y le hablaré al
corazón" Os 2,16.
      Jesús también hizo la experiencia del desierto, lugar de soledad y
privación para vivir en total intimidad con el Padre nutriéndose sólo de la
Palabra de Dios.
      La experiencia de Juan y, sobre todo, la de Jesús, que personaliza toda
la experiencia de Israel, nos dan a entender la preeminencia de la Palabra
de Dios como momento inicial y determinante del encuentro entre Dios y el
hombre.

El "desierto” de Nazaret

      En la página anterior a la que hemos leído hoy, san Lucas dice que
"Jesús bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad".
      Los largos años pasados por Jesús con María y José en Nazaret son
también un tiempo prolongado de desierto. Durante ellos la Sagrada Familia
no sólo repitió el éxodo de "subir de Egipto" como Israel en sentido
material, fue además como para el pueblo elegido un tiempo de gracia, de
maduración, de crecimiento.
      En Nazaret, como en el desierto, nada aparece. La monotonía de una vida
de aldea de entonces puede recordar la extensión inmensa del desierto. Pero
no se trata de un lugar vacío, porque lo llena la Palabra de Dios. En
Nazaret, como en el desierto, la Palabra de Dios toma más cuerpo, se hace más
tangible, lo ocupa todo. Uno se familiariza con la Palabra de Dios, se
acostumbra a distinguir su acento.
      Nazaret es el lugar de la fe que dura en el tiempo. No la fe de las
grandes ocasiones, sino la fe que dura todos los días. Israel proclamó con
fuerza su fe ante el Sinaí, pero la monotonía del desierto se hizo agobiante,
murmuró contra el Señor y contra Moisés. En Nazaret la fe aguanta la prueba
del tiempo. Es más, María y José fueron creciendo en la fe a medida que Jesús
crecía en sabiduría, en edad y en gracia. La afirmación del Vaticano II sobre
María puede sin duda también aplicarse a José: "la Bienaventurada Virgen
avanzó en la peregrinación de la fe" LOG. 58.
      Hemos visto que el desierto fue para Israel el tiempo de su
constitución y consolidación como pueblo de Dios. Para Jesús la larga
experiencia de Nazaret es el tiempo de la consolidación de su dimensión
humana. El, siendo Dios, "aprendió" en Nazaret a ser hombre. Las realidades
importantes maduran poco a poco, con el tiempo. La realidad de la encarnación
tuvo necesidad del tiempo de Nazaret para consolidarse, para asumir toda su
dimensión humana.
      En el reducido núcleo de la familia de Nazaret apunta ya la realidad
del nuevo pueblo que sale de Egipto, que avanza por el desierto de este
mundo, que va en busca de la tierra prometida. Es el pueblo que tiene a
Cristo en el centro y basa su cohesión en compartir la misma fe.

También ahora

      Los profetas supieron en su momento volver los ojos a la experiencia
fundamental de Israel en el desierto para interpretar la situación que les
tocó vivir. En el momento del exilio de Babilonia supieron ver un nuevo
éxodo, más importante y sugestivo que el de Egipto. A sus ojos el desierto
por el que pasa el pueblo se convierte en un jardín, la tierra de Judá será
regenerada y Jerusalén llegará a ser una gran ciudad, madre de una multitud
de hijos. Su mirada entrevée‚ ya la liberación total de los tiempos mesiánicos.
      Los profetas nos ayudan así a arrancar la categoría "desierto" a un
espacio y tiempo limitados para convertirla en una categoría clave que nos
ayuda a interpretar las situaciones individuales y colectivas que representan
el paso de una situación a otra a través de un camino de liberación.
      Saber discernir y vivir con lucidez esos momentos es importantísimo
para poder madurar como grupo y como personas.
      San Juan de la Cruz subrayó con maestría la importancia de lo que él
llamó "noche oscura" en el proceso de crecimiento espiritual de las personas.
Es el momento de la purificación de la fe y de la transformación. Es un
momento de experiencias desconcertantes y al mismo tiempo el gran momento de
la acción de Dios. Son fases de la vida espiritual que tienen mucho que ver
con la experiencia de desierto.
      El Concilio Vaticano II ha definido la época en que nos encontramos con
estas palabras: "El género humano se halla hoy en un período nuevo de la
historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que
progresivamente se extienden al mundo entero" G.S. 4. Para algunos autores
nos encontramos hoy en una "noche oscura colectiva".
      Quien desea vivir hoy como cristiano inspirándose en la vida de
Nazaret, encuentra allí una luz y un estímulo para caminar en estas
situaciones de "desierto".
      Vivir el desierto de Nazaret hoy es acompañar a la Iglesia peregrina
en el mundo hacia la nueva tierra y los nuevos cielos. Es compartir desde
ella la suerte del mundo. "La Iglesia, entidad social-visible y comunidad
espiritual, avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte
terrena del mundo, y su razón de ser es de actuar como fermento y como alma
de la sociedad que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de
Dios" G.S. 40.
      Quien vive en el desierto de Nazaret sabe que Dios actúa, que es
Salvador, aunque no aparezca. Sabe que está presente aunque no se muestre
como tal. Sabe tener paciencia y construir el reino de Dios, aunque sea poco
a poco y con ladrillos pequeños. Sabe fiarse de la Palabra y dejar que vaya
tomando cuerpo en su vida. Sabe, finalmente, prolongar la espera hasta el día
que el Padre disponga que hay que salir a anunciar el mensaje de salvación
a todos los hombres.

TEODORO BERZAL hsf


sábado, 1 de diciembre de 2018

Ciclo C - Adviento - Domingo I


2 de diciembre de 2018 - I DOMINGO DE ADVIENTOCiclo C

Viene el Señor

Jeremías 33,14-16

      Mirad que llegan días -oráculo del Señor-, en que cumpliré la promesa
que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá. En aquellos días y en
aquella hora suscitaré a David un vástago legítimo, que hará justicia y
derecho en la tierra. En aquellos días se salvará Judá y en Jerusalén vivirán
tranquilos, y la llamarán así: " Señor -nuestra- justicia".

Tesalonicenses 3,12-4,2

           Hermanos:
     Que el Señor os colme y os haga rebosar de amor mutuo y de amor a
todos, lo mismo que nosotros os amamos.
      Y que así os fortalezca internamente; para que cuando Jesús nuestro
Señor vuelva acompañado de sus santos, os presentéis santos e irreprensibles
ante Dios nuestro Padre.
      Para terminar, hermanos, por Cristo Jesús os rogamos y exhortamos:
Habéis aprendido de nosotros cómo proceder para agradar a Dios: pues proceded
así y seguid adelante.
      Ya conocéis las instrucciones que os dimos en nombre del Señor Jesús.

Lucas 21, 25-28. 34-36

      En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: Habrá signos en el sol
y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes,
enloquecidas por el estruendo del mar y el oleaje.
      Los hombres quedarán sin aliento por el miedo, ante lo que le viene
encima al mundo, pues las potencias del cielo temblarán.
      Entonces verán al Hijo del Hombre venir en una nube, con gran poder y
gloria.
      Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca
vuestra liberación.    
      Tened cuidado: no se os embote la mente con el vicio, la bebida y la
preocupación del dinero, y se os eche encima de repente aquel día; porque
caerá como un lazo sobre todos los habitantes de la tierra.
      Estad siempre despiertos, pidiendo fuerza para escapar de todo lo que
está por venir, y manteneos en pie ante el Hijo del Hombre.

Comentario

      En este primer domingo de adviento abrimos el evangelio y nos
encontramos con una página difícil. El mensaje de la Palabra de Dios que
Jesús nos transmite viene envuelto en un lenguaje apocalíptico y trata de lo
que ocurrirá en los últimos días, en el día del Señor.
      Después de hablar del trágico destino de Jerusalén, Lucas centra toda
su atención en la parusía, palabra que significa: el Señor vendrá de nuevo.
      Este período del adviento tiene una doble función: prepararnos a la
Navidad como celebración de la primera venida de Cristo y prepararnos a su
segunda venida, al final de los tiempos.
      Ambos acontecimientos de salvación están recogidos en el credo,
expresión suprema de la fe de la Iglesia: "por nosotros los hombres y por
nuestra salvación bajó del cielo"; "espero la resurrección de los muertos y
la vida del mundo futuro".
      La primera venida del Señor estuvo caracterizada por la pobreza, la
humildad, la sencillez y tuvo siempre como sello el sufrimiento. La segunda,
por el contrario, manifestará la gloria de Aquél que ha vencido al demonio
y la muerte y vive sentado a la derecha de Dios Padre. "Aparecerán portentos
en el sol, la luna y las estrellas" Lc 21, 25. Lo decimos también en el credo:
"De nuevo vendrá con gloria para juzgar a los vivos y a los muertos y su
reino no tendrá fin".
      El evangelio, después de anunciar la venida de Cristo como un
acontecimiento imprevisto, saca la conclusión lógica: hay que estar
preparados. Y la forma concreta de estar preparados es vigilar, "estad
despiertos", y orad, "pedid fuerzas en todo momento para escapar de todo lo
que va a venir y poder así manteneros en pie ante este Hombre".
      Así pues, el comportamiento propio del cristiano viene caracterizado
por estas dos notas: vigilancia y oración.
      Vigilancia es esa actitud profunda que mantiene despierto y tenso el
corazón que ama.

"¡Descubre tu presencia,
y manteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura!".
(S. Juan de la Cruz, Cánt.Esp. 11)

Oración es el momento de apertura a Dios para acoger el reino que viene
y para colaborar con él.

Leído en Nazaret

      Nazaret es el lugar ideal para esperar la venida del Señor.
      Lo esperaron María y José con la esperanza de todo el pueblo de Israel.
Ellos eran miembros del pueblo que esperaba el Mesías, el Salvador. En María
y José se resume la esperanza de Israel.
      Hasta que María recibió el mensaje del ángel, también para ellos era
imprevisible el día de la primera venida del Señor, el momento de la visita
de Dios a su pueblo.
      Pero cuando lo supieron, su vida cambió por completo. Todo su ser
estuvo pendiente de ese momento y sabemos bien cuál fue la actitud de ambos
ante el anuncio de la venida del Señor. María da el salto de la fe: acepta
y cree. Y también José acepta entrar en el juego de la historia de la
Salvación.
      Los dos protagonistas de la espera del Mesías en el momento inminente
de su llegada son los mejores modelos de todo el que espera la venida del
Señor. En el Nazaret de María y José la espera, la vigilancia no son
angustiosas. La serenidad que da la fe en el Dios que actúa, penetra las
mayores dificultades y las resuelve. En el Nazaret de María y de José se
aprende a compartir la esperanza. Los dos esperan lo mismo. La esperanza del
uno es la esperanza del otro. Es una esperanza compartida, una esperanza de
familia.
      Pero la serenidad de la fe y esa comunión en la esperanza no quitó la
tensión del acontecimiento. También su corazón batió con más fuerza en
aquellos momentos.
      Su vigilancia fue activa. El anuncio del ángel no resolvió ninguno de
los problemas humanos con que se encuentra toda pareja que espera un hijo.
El primer hijo, y más bien si es fuera del lugar habitual de residencia.
      Bien "despiertos" debieron estar también María y José para recibir al
Señor que venía. Bien abierta la mente, bien atento el corazón y bien
desasidos "de los agobios de la vida" debieron estar para reconocer al Señor
cuando llegó.
      Los signos de la primera y de la segunda venida del Señor son muy
distintos. Pero las actitudes que se requieren por parte del hombre para
reconocerlo son las mismas. Una fe viva y un corazón despierto descubren al
Señor en la humildad de la paja del pesebre y en los portentos del sol, de
la luna y de las estrellas, en la serenidad de la noche y "en el estruendo
del mar y del oleaje". Una fe viva y un corazón despierto descubre al Señor
que viene en el Niño que nace como todos los niños y en el Hombre que viene
"en una nube con gran poder y majestad".

El Nazaret de ahora

      El evangelio de la venida del Señor leído en Nazaret nos muestra como
vivir hoy.
      El cristiano que vive en la comunidad eclesial de ahora, se encuentra
en el mismo trance que María y José (y tantos otros) en espera. Y las dos
grandes tentaciones del que espera son el escapismo y el abandono.
      Escapismo es fiarlo todo para cuando el Señor venga, actitud negativa
denunciada por el Vaticano II: "No obstante la espera de una tierra nueva no
debe amortiguar, sino más bien avivar la preocupación de perfeccionar esta
tierra, donde crece el cuerpo de la nueva familia humana, el cual puede de
alguna manera anticipar un vislumbre del siglo nuevo" G.S. 39.
      Abandono es quebrar la tensión de la espera. Es poner el corazón en las
cosas de aquí, "dejar que se embote la mente con el vicio, la bebida y el
agobio de la vida". Es vivir como si nada hubiera después.
      El creyente, desde el hoy de su existencia concreta, que lee a la luz
de Nazaret este evangelio, sabe que hay una forma de vivir, a la vez serena
y tensa, preocupada al cien por cien de lo que ocurre hoy en la Iglesia y en
el mundo y a la vez con una mirada limpia, que ve como todas las cosas son
transitorias y uno sólo es el absoluto, objeto de todas las esperas.
      Su esperanza se tiñe de certeza porque sabe como María que el Señor a
quien espera está ya en él, porque sabe como José que el Señor es justo y
fiel a sus promesas. Pero no se engaña pensando que el Señor va a venir de
las nubes para llenar los huecos que él deja tras de sí.
      Cuando la esperanza es compartida, como en Nazaret, el núcleo
comunitario se hace más fuerte. La esperanza pone alas a la fe sobre la que
se base el estar reunidos en comunidad.

TEODORO BERZAL hsf


sábado, 24 de noviembre de 2018

Ciclo B - TO - Domingo XXXIV - Cristo Rey


25 de noviembre de 2018 - XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
                         SOLEMNIDAD DE JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO– Ciclo B

"La realeza mía no pertenece a este mundo"

-Dn 7,13-14
-Ap 1,5-8
-Jn 18,33-37

Juan 18,33-37

      En aquel tiempo, preguntó Pilato a Jesús:
      ¿Eres tú el rey de los judíos?
      Jesús le contestó:
      ¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?
      Pilato replicó:
      ¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado
a mí; ¿qué has hecho?
      Jesús le contestó:
      Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi
guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi
reino no es de aquí.
      Pilato le dijo:
      Conque, ¿tú eres rey?
      Jesús le contestó:
      Tú lo dices: Soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido
al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha
mi voz.

Comentario

      En el último domingo del año litúrgico la Iglesia celebra la solemnidad
de Cristo rey. Es colocado así como culmen quien es el centro y corazón de
la historia. El tiempo humano se convierte en imagen de la vida humana
rescatada por Cristo. Es Él quien marca el ritmo de la existencia cristiana
de cada persona, de la Iglesia y del mundo entero.
      La Palabra de Dios nos ilumina el sentido de esta solemnidad. Se abre
con la visión apocalíptica de Daniel en la que aparece un "hijo de hombre"
en contraposición con las "cuatro bestias que suben del mar". ese hijo de
hombre fue identificado con el pueblo elegido por la literatura apocalíptica,
pero Jesús se apropió de ese título de modo personal (Mc 8,31).
      Se introduce así el tema del evangelio extraído del proceso de Jesús
ante Pilato. En Él queda bien claro que en este mundo hay dos realezas que
se distinguen y se contraponen, pero que no son incompatibles.
      La liturgia de hoy toma de todo el proceso sólo el diálogo entre Jesús
y Pilato que tiene lugar en el interior de la residencia de éste. Es una de
las siete partes de que se contiene el entero proceso. habría que leerlo
entero para descubrir cómo el evangelista, con la fina ironía que lo
caracteriza, va haciendo que paso a paso el reo (Jesús) se convierta en Juez
y que los acusadores (los judíos) se condenen a sí mismos por no haber creído
en Jesús.
      Lo esencial del mensaje está en las dos respuestas que Jesús da a
Pilato. A la primera en que el procurador pregunta, ¿Tú eres rey de los
judíos?, Jesús responde con un sí. Pero quiere dejar bien claro que su poder
No procede de este mundo, no le viene conferido por ninguna potencia de aquí:
"La realeza mía no es (en el sentido de no proviene) de aquí". Esta expresión
hay que entenderla a la luz de Jn 8,23 donde aparece la oposición ser de
aquí/ser de arriba. La procedencia u origen de su poder no está en este
mundo, pero se ejerce sobre los hombres que están en el mundo.
      A la segunda pregunta de Pilato sobre su realeza, "Pero entonces, Tú
eres rey?", Jesús reafirma su identidad real y dice en qué‚ consiste: en "ser
testigo de la verdad". Las listas genealógicas de Mateo y Lucas muestran
igualmente la ascendencia davídica.
      A pesar de estos datos, ellos se habían visto obligados a huir a Egipto
ante la decisión del rey Herodes. Y al volver a Israel, "al enterarse de que
Arquelao reinaba en Judea", José‚ tuvo miedo de ir allí y se estableció en
Nazaret (Mt 2,22-23).
      Pero además en Nazaret pasaban los días sin que se viera ningún signo
de una realeza de aquí abajo. Y ésto no sólo los primeros años, sino ni
siquiera después cuando, imaginamos, hubiera sido fácil promover la revuelta
política contra la potencia dominadora y opresora, como otros lo intentaron.
      La vida humilde y ordinaria de la familia de Nazaret prueba ya con los
hechos una verdad que Jesús m s tarde tuvo que esforzarse para imponer
incluso a sus mismos discípulos: que Él no pretendía ser rey al estilo de los
reyes de este mundo (Jn 6,15).
      Solo al final del evangelio aparece clara la verdad de Nazaret. La
ausencia de toda pretensión terrena, la vida sencilla en una familia como las
demás dice bien clara mente que "la realeza mía no pertenece al mundo este...
"(Jn 18,36). Si perteneciera al mundo éste, otra hubiera sido su vida en
Nazaret.
      Jesús se revela así rey, sin ninguna pretensión dinástica, ni por su
origen ni por haber organizado un grupo capaz de hacerse con el poder (Jn
18,36). Es rey siendo sencillamente hombre, "el Hijo del Hombre", es decir,
es rey porque es el Hijo de Dios.

Señor Jesús, ahora que te vemos
levantado sobre la tierra y clavado en la cruz,
podemos aclamarte como nuestro rey
y como rey del universo.
Tu reino no es de este mundo
y no nos atreveremos nunca
a pedirte signos de un poder que no es el tuyo.
Te aclamamos, Señor,
entregado e inerme, porque en tu debilidad
se manifiesta la fuerza de Dios,
una fuerza y un poder que no oprime
sino que libera y da la vida.

Ser de la verdad

      El proceso de Jesús es el momento supremo de la revelación de su
verdadera identidad, pero lo es también de la nuestra. El es el "testigo de
la verdad" y en eso consiste su misión en este mundo. Pero a continuación
dice: "Todo el que es de la verdad, me escucha" (Jn 18,37).
      "Ser de la verdad" es un estilo de vida, un modo de pensar y de obrar
que tiene como constante punto de referencia a Jesús y su palabra. Quien es
de la verdad, se deja llevar por el Padre, que es "la verdad" y es guiado por
el Espíritu Santo a la "verdad completa" (Jn 16,13).
      Al final del año litúrgico, la Palabra de Dios nos invita a clarificar
nuestra vida y a asentarla sobre la roca firme de la verdad, que viene sólo
de Cristo. Nuestra vida es ese espacio de libertad donde a diario se juega
la batalla entre la gracia y el pecado, la verdad que es luz y las tinieblas
del mal.
      Si queremos pertenecer al reino de quien hoy se nos presenta como Rey,
debemos escuchar su voz y dejarla que penetre cada vez m s en nuestra
existencia hasta que d‚ forma a todo nuestro modo de ser.
      Es la condición que el mismo evangelio pone: "Vosotros, para ser de
verdad mis discípulos, tenéis que ateneros a ese mensaje mío; conoceréis la
verdad y la verdad os hará libres" (Jn 8,31-32). Es la gran paradoja del
evangelio: quien se somete a la verdad, adhiriendo mediante la fe a Cristo,
adquiere la libertad, la verdadera libertad.
      Quien se coloca en la sencillez y verdad de Nazaret está en ese camino
que, pasando por la cruz, lleva a la alegría plena de vivir en la libertad
de los hijos de Dios.

TEODORO BERZAL hsf