sábado, 18 de mayo de 2019

Ciclo C - V Domingo de Pascua


19 de mayo de 2019 - V DOMINGO DE PASCUA - Ciclo C

"Amaos como yo os he amado"

      Hechos 14,21b-26

      En aquellos días volvieron Pablo y Bernabé a Listra, a Iconio y a
Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe
diciéndoles que hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.
      En cada iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomen-
daban al Señor en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a
Panfilia. Predicaron en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para
Antioquía, de donde los habían enviado, con la gracia de Dios, a la misión que
acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la comunidad, les contaron lo que
Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la
puerta de la fe.

      Apocalipsis 21,1-5a

      Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo
y la primera tierra han pasado, y el mar ya no existe.
      Vi la ciudad santa, la nueva Jerusalén, que descendía del cielo, en-
viada por Dios, arreglada como una novia que se adorna para su esposo.
Y escuché una voz potente que decía desde el trono: Esta es la morada de Dios
con los hombres: acampará entre ellos. Ellos serán su pueblo y Dios estará
entre ellos.
      Enjugará las lágrimas de sus ojos. Ya no habrá muerte, ni luto, ni
llanto, ni dolor. Porque el primer mundo ha pasado. Y el que estaba sentado
en el trono dijo: "Ahora hago el universo muevo".

      Juan 13,31-33a.34-35

      Cuando salió Judas del cenáculo, dijo Jesús:
      - Ahora es glorificado el Hijo del Hombre y Dios es glorificado en Él.
(Si Dios es glorificado en Él, también Dios lo glorificará en sí mismo:
pronto lo glorificará).
      - Hijos míos, me queda poco tiempo de estar con vosotros.
      - Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he
amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os
améis unos a otros.

Comentario

      Para adentrarnos en el significado del gran mandamiento del amor, será
conveniente situarnos en el contexto en que fueron pronunciadas las palabras
que lo expresan. Fue durante la noche de la última cena, y en la perspectiva
más amplia, en el contexto de toda la vida de amor y entrega a los demás de
Jesús. Podemos verlo también a la luz de la nueva alianza establecida en su
persona mediante la efusión del Espíritu Santo.
      En la tarde del jueves santo, estableciendo una clara conexión con la
pascua judía, memoria de la liberación de Egipto y de la alianza del Sinaí,
Jesús celebra con sus discípulos la cena de la nueva alianza, anticipación
del sacrificio que tendría lugar al día siguiente. Hacia el final de la cena,
Jesús da a Judas con el bocado de honor, la prueba de su amor y la
confirmación de haberlo elegido, como a los otros once, para ser apóstol...
Pero en aquel momento terminó de fraguarse en su corazón la traición hacia
su maestro. "Judas tomó el pan y salió inmediatamente. Era de noche". Jn.
13,30.
      Y precisamente en aquella noche oscura de la traición, Jesús pronuncia
las palabras del mandamiento del amor. "La luz brilló en las tinieblas" Jn
1,5. Precisamente en la oscuridad del pecado, Dios manifiesta su amor infi-
nito y revela su gloria, es decir, su divinidad en su Hijo hecho hombre. Es
el momento en que "acaba de manifestarse la gloria de este Hombre y por Él
la de Dios".
      La "hora" de Jesús es el momento de su pasión, muerte y resurrección.
En el camino hacia esa "hora" Jesús manifiesta su gloria y revela el amor de
Dios "que ha amado tanto a los hombres...".
      El misterio pascual descubre la perspectiva completa de la vida terrena
de Jesús. A su luz, la encarnación, su vida pobre y sencilla, todos sus
gestos de ayuda, de afecto, de entrega, todas sus palabras, todos los
milagros brillan con un amor total y desinteresado. "Si os amáis, todos
sabrán que sois mis discípulos". No haréis más que calcar en vuestra vida lo
que ha sido un gesto permanente en la mía.
      El mandamiento del amor es la ley de la nueva vida de los creyentes en
Cristo. Pero la exigencia de esta ley viene precedida por el don del Espíritu
Santo en el corazón del creyente. Lo que exige el mandamiento (un amor como
el de Cristo) viene anticipado como don y como gracia (el amor de Cristo nos
es dado por el Espíritu Santo). De este modo todo cristiano puede decir con
San Agustín: "Dat quod jubes et jube quod vis" (Dame lo que me mandas y
mándame lo que quieras") Confesiones X, 29,40.
O como Santa Teresa de Lisieux: "­Cuánto amo, Señor, tu mandamiento! Me da
la certeza de que tú quieres amar en mí a todos aquellos a quienes me mandas
amar".

                              Amor en Nazaret

      La vida en Nazaret es una realidad marcada ya por la nueva alianza. De
algún modo la "hora" de Jesús y la efusión del Espíritu Santo tuvieron allí
ya su anticipación.
      El mandamiento nuevo, coherente con la realidad de gracia de la nueva
alianza, se vivió ya en Nazaret.
      María fue llamada ya desde el principio al amor total, a poner toda su
persona a disposición de Dios, a vivir para Jesús y José y después para la
Iglesia naciente y de todos los tiempos. Ella, la llena de gracia.
      José‚ aceptó plenamente entrar en el plan de salvación, renunciando a
su propio proyecto de vida. Su existencia fue un servicio continuo a la
familia. Cuando Jesús dijo: "como yo os he amado", en ese "os" bien pueden
entrar también María y José.
      Pero lo que constituye la naturaleza nueva del amor cristiano es la
fuente de donde ese amor nace. Es el Espíritu Santo infundido en el corazón
del creyente. Es Él quien lo mueve a amar con un amor que va más allá de las
posibilidades del corazón humano porque procede del mismo Dios.
      Si esto es así, no podemos dudar de que en Nazaret esa realidad del
amor de Dios, derramado en el interior de las personas se desarrolló en un
dinamismo inimaginable.
      Además, el amor de Nazaret no se cerró en una felicidad idílica de
donación recíproca. El Nazaret de los treinta años se abrió como una semilla
madura, cayó y se deshizo para que pudiera brotar una comunidad más grande,
un Nazaret nuevo, no circunscripto ya por el espacio ni por el tiempo.
      Desde el núcleo del amor de Nazaret avanzó Jesús hacia su "hora" para
abrir de par en par las puertas del Espíritu Santo a todos los hombres.

Vivir el amor

      El pueblo de la nueva alianza vive en el amor ante todo como un don de
Dios, como fruto de la actividad del Espíritu Santo que habita en el corazón
del creyente. Esta situación de amor creada por Dios en el íntimo de la
persona es el origen de todo el dinamismo cristiano, que se manifiesta en los
mil modos de su actuar. La caridad puede así ser llamada la nueva ley o la
ley de la nueva alianza. "Nueva" por su contenido, pero "nueva", sobre todo,
por el modo como viene actuada.
      La ley antigua fue dada al hombre desde el exterior, quedando su co-
razón inmutado. La nueva ley primero es realizada en el corazón del creyente
y sólo después es exigido su cumplimiento. Es una ley "no escrita con tinta,
sino con Espíritu de Dios vivo, no en tablas de piedra, sino en tablas de
carne, en el corazón" 2 Cor. 3,3.
      Si no fuera así ni siquiera el mandamiento de Jesús -"Amaos los unos
a los otros como yo os he amado"- podría llamarse completamente nuevo, pues
quedaría desconectado de la lógica de la nueva alianza.
      El amor cristiano brota del fondo de la persona. Y no sólo como pro-
yección de los estratos más íntimos de su personalidad, sino como mani-
festación de lo que Dios ha operado en ella.
      Esta es la realidad que da verdadero peso al amor cristiano.

TEODORO BERZAL hsf



sábado, 11 de mayo de 2019

Ciclo C - IV Domingo de Pascua


12 de mayo de 2019 - IV DOMINGO DE PASCUA – Ciclo C

                         "Yo y el Padre somos uno"

      Hechos 13,14.43-52

      En aquellos días, Pablo y Bernabé desde Perge siguieron hasta Antioquía
de Pisidia; el sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento.
      Muchos judíos y prosélitos practicantes se fueron con Pablo y Bernabé,
que siguieron hablando con ellos, exhortándolos a ser fieles al favor de
Dios.
      El sábado siguiente casi toda la ciudad acudió a oír la Palabra de
Dios. Al ver el gentío, a los judíos les dio mucha envidia y respondían con
insultos a las palabras de Pablo.
      Entonces Pablo y Bernabé‚ dijeron sin contemplaciones: Teníamos que
anunciaros primero a vosotros la Palabra de Dios; pero como la rechazáis y
no os consideráis dignos de la vida eterna, sabed que nos dedicamos a los
gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: "Yo te haré luz de los gentiles,
para que seas la salvación hasta el extremo de la tierra".
      Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron mucho y alababan la Pala-
bra del Señor, y los que estaban destinados a la vida eterna, creyeron.
      La Palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los
judíos incitaron a las señoras distinguidas y devotas y a los principales de
la ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé‚ y los expulsaron
del territorio.
      Ellos sacudieron el polvo de los pies, como protesta contra la ciudad
y se fueron a Iconio. Los discípulos quedaron llenos de alegría y de Espíritu
Santo.

      Apocalipsis 7,9.14b-17

      Yo, Juan, vi una muchedumbre inmensa, que nadie podría contar, de toda
nación, razas, pueblos y lenguas, de pie delante del trono y del Cordero,
vestidos con vestiduras blancas y con palmas en sus manos.
      Y uno de los ancianos me dijo: Estos son los que vienen de la gran
tribulación, han lavado y blanqueado sus mantos en la sangre del Cordero.
      Por eso están ante el trono de Dios dándole culto día y noche en su
templo.
      El que se sienta en el trono acampará entre ellos.
      Ya no pasarán hambre ni sed, no les hará daño ni el sol ni el bochorno.
Porque el Cordero que está delante del trono será su pastor, y los conducirá 
hacia fuentes de aguas vivas.
      Y Dios enjugará las lágrimas de sus ojos.

      Juan 10,27-30

      En aquel tiempo, dijo Jesús:
      - Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo
les doy la vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de
mi mano.
      - Mi Padre, que me las ha dado, supera a todos y nadie puede arrebatar-
las de la mano de mi Padre.
      - Yo y el Padre somos uno.

Comentario

      A través de la imagen del pastor y las ovejas, el Evangelio nos des-
cribe hoy de modo profundo y bello la relación personal que existe entre
Cristo y sus discípulos.

      "Mis ovejas obedecen mi voz, yo las conozco y ellas me siguen". Más que
una sucesión de actos distintos, estas frases indican los polos de una rela-
ción personal caracterizada por la reciprocidad del amor. La alternancia de
las acciones expresa el dinamismo de la amistad, que implica mutua acepta-
ción, comprensión y compromiso. La fuerza y radicalidad de los verbos, sin
otros adornos, indican la profundidad de la relación. La forma de la
explicación centra toda la atención en Jesús: mis ovejas, mi voz, yo las
conozco, me siguen.
      La relación personal con Jesús crea en quien lo sigue una realidad
nueva, una vida nueva y eterna. Esta vida es un don que procede sólo de Él.
Y esta relación personal creada por el don de la vida nueva es tan fuerte que
nadie podrá  destruirla. La fuerza está precisamente en que la vida nueva se
funda en Él, en Cristo.
      Cristo "el mayor de una multitud de hermanos" (Rm 8,29), considera a
sus discípulos como dones del Padre: "Yo te ruego por ellos; no te ruego por
el mundo, sino por los que me has confiado; porque son tuyos" Jn 17,9. La
relación con Cristo crea, pues, también una nueva relación con el Padre.
"Nuestra comunión lo es con el Padre y con su Hijo, Jesús, el Mesías" I Jn
1,3.
      "Y nadie puede arrancar nada de la mano del Padre". La frase puede
tener dos sentidos. Puede indicar la fuerza de esta relación nueva, sólida
y profunda, fundada en el amor que el Padre tiene a quienes siguen a Jesús.
Pero puede indicar que la vida nueva con Jesús y con el Padre no se puede
obtener por la fuerza. La fraternidad con Jesús es, en efecto, donación del
Padre. "Estos no nacen por impulso de la carne ni por deseo de varón, sino
que nacen de Dios" Jn 1,13.
      La unidad que existe entre el Padre y el Hijo en el Espíritu Santo es
el punto de referencia para la unión entre Cristo y sus discípulos y de éstos
entre sí. Por esta unidad oró Jesús antes de su pasión: "Padre santo, protege
tú mismo a los que me has confiado para que sean uno como lo somos nosotros"
Jn 17,11. "Que sean todos uno, como tú Padre estás conmigo y yo contigo" Jn
17,22. "Yo les he dado a ellos la gloria que tú me diste, la de ser uno como
lo somos nosotros, yo unido a ellos y tú conmigo, para que queden realizados
en la unidad" Jn 17,23.
      La unidad entre el Padre y el Hijo no es tan solo un ideal o una meta
a la que aspirar, es ya una realidad presente en los cristianos quienes,
habiendo recibido el Espíritu Santo, pueden llamar a Dios padre como Jesús.
"Mirad qué magnífico regalo nos ha hecho el Padre: que nos llamemos hijos de
Dios; y además lo somos" IJn 3,1.

                            Jesús, María y José

      ¿Quién podría describir la relación personal existente entre Jesús y
María, entre Jesús y José‚ entre Jesús, María y José‚ en el tiempo de Nazaret?

      Durante los meses de la gestación, el canto del Magnificat y la visita
a Isabel nos permiten descubrir algo de la nueva situación creada en María
a partir de la encarnación. "Difícilmente podrá  la mente concebir, y la
lengua expresar, y la intuición más penetrante adivinar, cuál fue la amplitud
y profundidad de la vivencia en Dios, de nuestra madre por esta época. El
mundo interior de María debió enriquecerse poderosamente en estos nueve
meses, en orden físico, psíquico y espiritual. Aquello debió ser algo único
e inefable" I. LARRAÑAGA, El silencio de María p. 173.
      Esa relación maravillosa de Madre e Hijo centró por así decir toda la
vida de María. Durante los primeros años de la vida de Jesús iría matizándose
con todos los colores de la ternura, afecto y confianza. Al crecer Jesús en
Nazaret iría enriqueciéndose con los mil detalles de la vida en común. El
Evangelio sólo alude a este amor materno-filial cuando dice que, al constatar
la pérdida de Jesús, sus padres lo buscaron "angustiados".
      Lo mismo habría que decir de la relación que se creó entre Jesús y
José. Llamado a ser padre de Jesús, sin haber intervenido en su generación,
José‚ debió no sólo asumir las funciones de padre, sino serlo de verdad.
Cuando Jesús quiso enseñar a los hombres cómo es Dios, les dijo que es un
Padre. Difícilmente hubiera podido hacerlo si no hubiera tenido una
experiencia directa, clara y positiva de lo que es un padre aquí en la
tierra. Y esa experiencia la adquirió viviendo con José‚ en Nazaret.
      Pero María y José‚ tuvieron que dar un paso más en su relación con Je-
sús. También ellos tuvieron que hacer la larga travesía de la fe hasta llegar
a descubrir que su hijo era a la vez su Señor.
      El Evangelio sólo da algunas indicaciones sobre la experiencia de María
que la llevó de ser la Madre de Jesús a ser la Madre de la Iglesia a través
del misterio de la cruz. De algún modo María tuvo que "olvidarse" de que era
la Madre según la carne y experimentar que "la carne no vale nada" Jn
6,63,para entrar en el nuevo modo de vivir de Cristo a partir de la Reus-
rrección y su nueva función de Madre de la Iglesia nacida en Pentecostés.
Algo de esto había ya anticipado Jesús cuando en el templo de Jerusalén les
había dicho que Él tenía que estar en la casa de su Padre.

                       Jesús, María, José‚ y nosotros

      El evangelio de este domingo nos habla de nuestra relación personal con
el Cristo que vive hoy.
      La comunidad que vivió en Nazaret con Jesús nos muestra de manera ma-
ravillosa cómo desde la trama de las relaciones humanas se da el salto de la
fe. Sin negar nada de lo humano, sin romper nada de cuanto tiene un valor
tenemos que aprender a vivir la dimensión nueva de la fe.
      Nuestra relación personal con Cristo madura y se fortalece en el con-
tacto con Él. En el encuentro de la vida a través de las situaciones y las
cosas y en el encuentro inmediato, de tú a tú, de la oración.
      Nazaret es el modelo de cómo la experiencia de vivir con Jesús puede
centrar todas las componentes de la persona en Él y cómo puede estructurarse
una comunidad entorno a su persona.
      Lejos de ser una comunidad intimista que exagera el aspecto senti-
mental, la relación personal con Cristo nos coloca en una dinámica de madura-
ción, de equilibrio y de libertad que lleva a la construcción de la persona
de manera íntegra y a la edificación de una comunidad de personas en todos
los ámbitos.

TEODORO BERZAL hsf

sábado, 4 de mayo de 2019

Ciclo C - III Domingo de Pascua


5 de mayo de 2019 - III DOMINGO DE PASCUA - CicloC

                              "¡Es el Señor!"

      Hechos 5,27b-32.40b-41

      En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los Apóstoles y les
dijo: ¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése?. En
cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos
responsables de la sangre de ese hombre.
      Pedro y los Apóstoles replicaron: Hay que obedecer a Dios antes que a
los hombres. "El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros
matasteis colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo
jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los
pecados". Testigo de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a
los que le obedecen.   
      Azotaron a los Apóstoles, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y
los soltaron. Los Apóstoles salieron del Consejo, contentos de haber merecido
aquel ultraje por el nombre de Jesús.

      Apocalipsis 5,11-14

      Yo, Juan, miré y escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y
millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían
con voz potente: "Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la
riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza".
      Y oí a todas las creaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la
tierra, en el mar, -todo lo que hay en ellos- que decían "Al que se sienta
en el trono y al Cordero la alabanza el honor, la gloria y el poder por los
siglos de los siglos".
      Y los cuatro vivientes respondían: Amén.
      Y los ancianos cayeron rostro en tierra, y se postraron ante el que
vive por los siglos de los siglos.

      Juan 21,1-19
     
      En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al
lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro,
Tomás apodado Mellizo, Natanael el de Caná  de Galilea, los Zebedeos y otros
discípulos suyos.
      Simón Pedro les dice:
      - Me voy a pescar.
      Ellos contestaron:
      - Vamos también nosotros contigo.
      Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.
      Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los
discípulos no sabían que era Jesús.
      Jesús les dice:
      - Muchachos, ¿tenéis pescado?
      Ellos contestaron:
      - No.
      El les dice:
      - Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.
      La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces.
Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
      - Es el Señor.
      Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la
túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca,
porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con
los peces.
      Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
      - Traed de los peces que acabáis de coger.
      Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta
de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió
la red.
      Jesús les dice:
      - Vamos, almorzad.
      Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque
sabían bien que era el Señor.
      Jesús se acerca, toma el pan y se los da; y lo mismo el pescado.
      Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después
de resucitar de entre los muertos.
      Después de comer dice Jesús a Simón Pedro:
      - Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
      El le contestó:
      - Sí Señor, tú sabes que te quiero.
      Jesús le dice:
      - Apacienta mis corderos.
      Por segunda vez le pregunta:
      - Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
      El le contesta:
      - Sí Señor, tú sabes que te quiero.
      El le dice:
      - Pastorea mis ovejas.
      Por tercera vez le pregunta:
      - Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
      Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería
y le contestó:
      - Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.
      Jesús le dice:
      - Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te
ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos,
otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.
      Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
      Dicho esto, añadió:
      - Sígueme.

Comentario

      El Evangelio de S. Juan en su última página cuenta la tercera aparición
de Jesús a sus discípulos en un relato cargado de símbolos y con detalles muy
significativos.
      Jesús se aparece a los apóstoles junto al mar de Tiberíades. Según el
Evangelio de S. Mateo, el mismo Cristo resucitado había dicho a las mujeres:
"Id a avisarles a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán" Mt 28,10.
Pero al principio no lo reconocen. Sólo después del milagro empiezan a darse
cuenta de quién se trata.
      El primero en reconocerlo es el discípulo amado. Quizá tenía los ojos
más limpios. Cuando su semblante está dibujado dentro, los ojos captan pronto
al Señor. Sin embargo, no es el discípulo amado el protagonista de la escena.
Enseguida interviene Pedro. Era él quien había tenido la iniciativa de ir a
pescar y ahora, movido por su carácter impulsivo y por su gran amor al Señor,
no vacila en lanzarse al agua para ir adonde él estaba. Será también Pedro
quien saque las redes con la pesca milagrosa y el interlocutor de Jesús en
el diálogo que sigue al almuerzo a las orillas del lago.
      Es muy significativa la actitud de los discípulos que "no preguntan
quién era, sabiendo muy bien que era el Señor". Los Hechos de los Apóstoles
dicen que Jesús se les apareció "durante muchos días" Hech. 13,10, pero da la
impresión de que no acababan de acostumbrarse a este modo de presencia del
Señor. Este les prepara el almuerzo, se los da, les hace participar
pidiéndoles algo suyo. Se diría que emplea todos los medios para entrar en
comunicación con ellos, pero ellos parece que no acaban de convencerse. En
la aparición del cenáculo "los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor"
(Jn 20,20) y también sin duda en esta ocasión, pero no acababan de hacerse
a este nuevo modo de estar el Señor con ellos.
      "Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió y lo mismo el pescado".
Es el mismo gesto de la multiplicación de los panes y de la institución de
la Eucaristía. Se diría que con este gesto Jesús ha querido educar a sus
discípulos para que lo reconozcan en el nuevo modo de presencia con que él
estará para siempre en su Iglesia. La Eucaristía, celebrada en la Iglesia,
es el signo por excelencia de su manifestación de su presentarse ante los
Discípulos a partir de entonces. Cada vez que coman y beban el cuerpo y la
sangre del Señor en la Eucaristía, renovarán el misterio de Cristo, muerto
y resucitado, y él estará presente en medio de ellos como don de vida en el
signo del pan y del vino.
      Después de la comida viene en el evangelio el diálogo de Jesús con
Pedro. Con la triple respuesta de amor, Pedro borra la triple negación de su
momento de debilidad. Pedro ya no se escandaliza de su propia fragilidad,
pero sobre todo no se escandaliza de la cruz de Cristo. Como buen discípulo
se apresta a tomar la cruz y a caminar tras el Maestro: Pedro se había ceñido
el vestido para ir en busca del Señor a la orilla del mar. Ahora Jesús le
anuncia que otro le ceñirá indicando con qué muerte iba a glorificar a Dios.
Jesús le había mostrado ya el camino con el gesto de ceñirse para servir ("se
puso a lavarles los pies a los discípulos" Jn 13,5) Ahora Pedro debe com-
prender que su misión de servicio en la Iglesia le llevará hasta el martirio.

                             Jesús en Nazaret

      También María y José tuvieron que acostumbrarse al nuevo modo de pre-
sencia de Dios entre los hombres cuando vino a "visitarnos" en Jesús.
      El israelita sabía que Dios "está en el cielo" y que el templo de Je-
rusalén era el lugar de la manifestación de su presencia. Por eso hacia ese
lugar convergía toda la actitud religiosa del pueblo de Israel. Los profetas
habían expresado con términos muy claros que Dios está por encima de los
lugares que él mismo elige para manifestarse: "El cielo es mi trono y la
tierra el estrado de mis pies: "¿Qué templo podréis construirme o qué lugar
para mi descanso?" Is 66,1 "No os hagáis ilusiones con razones falsas
repitiendo: el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor"
Jr 7,4 El mismo Salomón que construyó el primer templo oró así: "Ahora, pues,
Dios de Israel, confirma la promesa que hiciste a mi padre David, siervo
tuyo. Aunque, ¿es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el
cielo y en lo más alto del cielo, cuánto menos en este templo que he cons-
truído I Re 8,27.
      Aun así los judíos seguían pensando en Jerusalén como lugar de la
presencia de Dios. "Vosotros (los judíos) decís que el lugar donde hay que
celebrarlo está en Jerusalén" dijo a Jesús la Samaritana (Jn 4, 20). "Sus padres
(María y José‚) iban cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua" Lc 2,41.
      Pero cuando a María "le llegó el tiempo del parto "y dio a luz a su
hijo primogénito" (Lc 2,7), todo cambió. "La Palabra se hizo hombre, acampó
entre nosotros y contemplamos su gloria" Jn. 1,14.  "El es imagen del Dios
invisible" Col 1,15. "Dios, la plenitud total, quiso habitar en él" Col 1,19.
      El tiempo de Nazaret es como los "muchos días" en que Jesús se mani-
festó a sus discípulos después de la resurrección, es un tiempo de aprendizaje
al nuevo modo de estar Dios-con-nosotros. Es un ir acostumbrando los ojos a
la nueva luz.
      La acogida generosa dispensada por María y José‚ al Dios que había ve-
nido para liberar a su pueblo (Lc 1,68), preparó el tiempo en que "no daréis
culto al Padre ni en este monte ni en Jerusalén... Pero se acerca la hora,
o mejor dicho, ha llegado, en que los que dan culto auténtico, darán culto
al Padre con espíritu y verdad, pues de hecho el Padre busca hombres que lo
adoren así" Jn 4,22-23.
      La experiencia de María va aún más adelante puesto que ella vivió tam-
bién de cerca el misterio pascual y los primeros tiempos de la Iglesia post-
pentecostal.

                        En el tiempo de la Iglesia

      "Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción
litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la persona del
ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que
se ofreció en la cruz, sea sobre todo en las especies eucarísticas. Está pre-
sente con su virtud en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza
es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en
la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla. Está presente, por último
cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: "Donde están
dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20)
S.C.7.
      Estamos en una nueva fase de la economía de la salvación. Cristo, como
a los apóstoles en la orilla del lago, como a María y José‚ en Nazaret, se nos
presenta en un modo nuevo. Ahora, en el tiempo de la Iglesia, se nos presenta
bajo múltiples formas. Pero como en Nazaret o como en la orilla del lago de
Tiberíades, lo primero que necesitamos para reconocerlo es la fe y lo segundo
es el impulso del amor para seguirlo dando la vida por los demás.
      María y José‚ vivían, como Juan el apóstol, con el corazón despierto,
y cuando Dios se presentó en su vida en un modo inesperado y sorprendente (a
José‚ en sueños, a María a través de un mensajero celeste), ellos en seguida
supieron reconocerlo, supieron también que era "el Señor".
      A la luz del evangelio de hoy, la vida de Nazaret nos enseña a vivir
en nuestro tiempo atentos al Señor que se presenta de mil modos en nuestra
vida y a dar el paso generoso de seguirlo hasta el fin.

TEODORO BERZAL hsf