sábado, 23 de noviembre de 2019

Ciclo C - TO - Domingo XXXIV


24 de noviembre de 2019 - XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo C

SOLEMNIDAD DE CRISTO REY

             "Jesús, acuérdate de mí cuando vuelvas como rey"

      II Samuel 5,1-3

      En aquellos días, todas las tribus de Israel fueron a Hebrón a ver a
David y le dijeron:
      Hueso y carne tuya somos; ya hace tiempo, cuando todavía Saúl era
nuestro rey, eras tú quien dirigías las entradas y salidas de Israel.
      Además el Señor ha prometido: "Tú serás el pastor de mi pueblo, Israel,
tú serás el jefe de Israel."
      Los ancianos de Israel fueron a Hebrón a ver al rey, y el rey David
hizo con ellos un pacto en Hebrón, en presencia del Señor, y ellos ungieron
a David como rey de Israel.

      Colosenses 1,12-20

      Hermanos:
      Damos gracias a Dios Padre, que nos ha hecho capaces de compartir la
herencia del pueblo santo en la luz.
      El nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al
reino de su Hijo querido, por cuya sangre hemos recibido la redención, el
perdón de los pecados.
      El es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura, porque
por medio de Él fueron creadas todas las cosas: celestes y terrestres,
visibles e invisibles, Tronos, Dominaciones, Principados, Potestades, todo
fue creado por Él y para Él.
      El es anterior a todo, y todo se mantiene en Él.
      El es también la cabeza del cuerpo: de la iglesia.
      El es el principio, el primogénito de entre los muertos, y así es el
primero en todo, porque en Él quiso Dios que residiera toda la plenitud.
      Y por ‚l quiso reconciliar consigo todos los seres: los del cielo y los
de la tierra, haciendo la paz por la sangre de su cruz.

      Lucas 23,35-43

      En aquel tiempo, las autoridades y el pueblo hacían muecas a Jesús,
diciendo:
      - A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si Él es el Mesías de
Dios, el Elegido.
      Se burlaban de Él también los soldados, ofreciéndole vinagre y di-
ciendo:
      - Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo.
      Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: ESTE ES
EL REY DE LOS JUDIOS.
      Uno de los malhechores crucificados lo insultaba diciendo:
      - ¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros.
      Pero el otro lo increpaba:
      - ¿Ni siquiera temes tú a Dios estando en el suplicio? Lo nuestro es
justo, porque recibimos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha
faltado en nada.
      y decía:
      - Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.
      Jesús le respondió:
      - Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso.

Comentario

      En este último domingo del año litúrgico la Iglesia, pueblo de sa-
cerdotes y de reyes, se encuentra con su Rey, Cristo Jesús.
      El evangelio nos presenta a Jesús en la cruz como centro de las miradas
y de la atención de todos los que le rodean. El evangelista ha sabido recoger
las palabras y gestos que tienden a destacar, entre luces y sombras, la
figura de Cristo y su papel de guía y salvador de toda la humanidad.
      En medio de la total oscuridad, de la increencia que se amontona
entorno a Jesús, destaca como un rayo de luz la fe del buen ladrón: "Jesús
acuérdate de mí cuando vuelvas como rey".
      Jesús es rey y salvador precisamente en la cruz. Sólo la fe pudo
descubrir en aquel hombre crucificado como los malhechores, insultado,
acusado y humillado, al Cristo de Dios, capaz de dar la vida y la salvación,
capaz de resurgir de la muerte y de volver un día como rey. Pero en este
caso, como en tantos otros, las tinieblas de la incredulidad hacen resaltar
con más brillo la luz. Todos los títulos aplicados en son de burla a Jesús
por los jefes del pueblo, por el malhechor, por los soldados resultan
paradójicamente ciertos. Incluso el letrero escrito sobre la cruz (al que
Lucas no alude como motivo de condena) viene a ser un título de gloria.
      Como para indicar que la cruz es la subversión de todos los valores y
que el poder de Dios no se asienta sobre ninguna potencia humana, Jesús es
rey en y desde la cruz, lugar de la máxima limitación humana. Su reinado no
es imposición de un poder que limite las posibilidades del hombre, sino, al
contrario, la liberación de todas sus cadenas empezando por la del pecado y
de la muerte para que pueda vivir conforme a su verdadera naturaleza que está 
hecha a imagen de Dios.

                                En Nazaret

      Leído desde la humildad de Nazaret el evangelio de la realeza de Cristo
en la cruz, se hace más nítido y más comprensible para nuestra fe.
      Quien había sido anunciado como "Hijo del Altísimo" a quien Dios había
de dar el trono de David su antepasado. Aquel que "reinará para siempre en
la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin" (Lc 1,32-33), con el sí de María
se hizo carne y acampó entre nosotros. Vivió largos años en Nazaret y era
conocido como "el hijo del carpintero" Mt 13,55.
      El camino que lleva a la humillación radical de la cruz pasa por la
humildad radical de Nazaret. La encarnación cobra todo su sentido a la luz
de la redención, pero al mismo tiempo descubre amplitud y concreción del acto
redentor. El hecho de que antes de morir por nosotros Cristo asumiera todas
las características de un hombre, muestra que el gesto redentor es para todo
hombre que viene a este mundo.
      Nazaret nos revela y ayuda a comprender además el modo de establecerse
el reinado de Dios:
-     Dios no reina exhibiendo su poder sino ofreciendo calladamente la sal-
      vación desde dentro de cada hombre y cada situación de la historia. La
      preparación del reino se hace no por medios artificiales sino que pasa
      al hombre a través de otro hombre. "¿Cómo creerán si nadie les
      predica?" Rom 10,15.
-     Dios no ha querido salvar al hombre uno a uno sino en familia, en
      comunidad. "Determinó Dios convocar a todos los creyentes en Cristo en
      la santa Iglesia" L. G. 2.
-     Nazaret se sitúa en la línea de todas las parábolas de crecimiento del
      Reino.

                        "Venga a nosotros tu reino"

      Viendo el reinado de Dios en la cruz a la luz de Nazaret, aprendemos
a colaborar con Él en humildad y sencillez como María y José‚ dejando que Él
sea siempre el protagonista.
      Tampoco hoy el reinado de Dios se funda en la fuerza y el dominio.
Quien vive en Nazaret sabe como S. Pablo que "el reino de Dios es justicia
y gozo y paz" y que el modo de implantarlo no es imponerlo sino vivir sus
valores y anunciar su mensaje.
      El hecho de que la reunión de los creyentes en la Iglesia haya estado
precedido por la creación del hogar de Nazaret nos muestra también como
proceder. Todo nuevo creyente debe ser incorporado a una comunidad. Nadie
puede vivir la salvación del reino si no es en comunidad. La Iglesia misma
es una comunidad de comunidades.

TEODORO BERZAL hsf

sábado, 16 de noviembre de 2019

Ciclo C - TO - Domingo XXXIII


17 de noviembre de 2019 - XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo C

                  "Maestro, y ¿cuándo va a ocurrir eso?"
                   
      Lucas 21,5-19

      En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo por la
calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: Esto que contempláis,
llegará un día en que no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.
      Ellos le preguntaron:
      - Maestro, ¿Cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso
está para suceder?
      El contestó:
      - Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nom-
bre, diciendo: "Yo soy", o bien: "El momento está cerca"; no vayáis tras
ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis
pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en
seguida.
      Luego les dijo:
      - Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes
terremotos, y en diversos países, epidemias y hambre. Habrá también espantos
y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os
perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán
comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre; así tendréis
ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa,
porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá  hacer frente ni
contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes,
y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, todos
os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza
perecerá: con vuestra presencia salvaréis vuestras almas.

Comentario

      El año litúrgico del ciclo C se abrió con un pasaje similar al que hoy
consideramos tomado del mismo capítulo de S. Lucas.
      El retorno a los textos que ayudan a mirar al futuro invitan a mirar
el misterio de Cristo en su totalidad. Y no es otra la finalidad del año
litúrgico. La Iglesia nos presenta, en efecto, durante él el misterio de
Cristo articulado en diversas facetas pero sin perder su visión de conjunto.
No se trata de un círculo cerrado, sino de una espiral, que año tras año va
conduciendo a la Iglesia, peregrina en el mundo, hacia la plenitud del Reino.
Cristo se presenta así como centro de la historia, corazón del mundo, futuro
del hombre.
      El mensaje de este evangelio, a pesar del anuncio de la destrucción del
templo de Jerusalén, de la persecución de los discípulos y de las catástrofes
del fin del mundo, contiene un mensaje de vida y de esperanza. No estamos
destinados a la muerte sino a la vida. Cuando aparezca "el sol de justicia"
será el día del triunfo de los creyentes, ser  el día de la liberación.
      La mirada de Jesús se centra en primer lugar en el templo de Jerusalén
que, en cuanto morada de Dios y signo visible de su presencia, era el orgullo
de los judíos. Al anunciar su destrucción próxima, Jesús proclama el final
de un modo de encontrarse con Dios. A partir de la muerte de Jesús y de la
reconstrucción de su cuerpo en tres días (Jn 2,19), el nuevo templo es la
Iglesia, cuerpo místico de Cristo.
      Pero hay también en el evangelio una perspectiva más lejana en el
tiempo: la destrucción del templo de este mundo para que surja un mundo nuevo
y un modo nuevo de encuentro con Dios. Las dificultades de los creyentes
crecerán entonces en proporción con las dimensiones de la catástrofe que se
anuncia. Pero al mismo tiempo se percibe ya la mano protectora de Dios ("no
perderéis ni un pelo de la cabeza"), pues persecuciones y catástrofes no son
sino una señal de que "el reino de Dios está cerca" Lc 21,32

                          El futuro desde Nazaret

      Con la encarnación de Cristo, Dios mismo visitó nuestra tierra, algo
divino se introdujo en la entraña misma de la tierra como medio para salvar
a los hombres, formados todos ellos del "polvo de la tierra" (Gen 2,7).
      Con la resurrección de Cristo, algo de nuestra tierra, uno de nosotros
pasó a la esfera de lo divino y vive resucitado.
      ¿Cuál será  el significado para Nazaret de que sea precisamente de allí
lo que de nuestra tierra está ya en la otra vida?.
      Hoy, que el evangelio nos lleva a volver la mirada hacia el gran paso
de este mundo nuestro a "los cielos nuevos y la tierra nueva", es
impresionante constatar que hay ya algo que asegura la ilazón entre este
mundo y el otro, y ese algo es de Nazaret. Pero lo que de Nazaret pasó al
otro mundo no es sólo una realidad física. La comunidad de amor y de
salvación que allí formó Jesús con María y José es algo que no quedó
irremediablemente anclado en el pasado, sino que tiene una permanencia en la
Iglesia y una realidad ya en el reino de los cielos.
      El ámbito material de Nazaret fue destruido (aunque hay una tradición
que asegura que la casa de Nazaret fue trasladada a otro sitio), pero su
significado profundo no podrá  ser enterrado. En este sentido el caso de
Nazaret no es más que uno más entre las realidades humanas vividas en la fe.
Todas ellas tienen un sentido futuro, todas ellas quedarán recuperadas en la
plenitud del reino. Ninguna acción buena quedará sin recompensa, ninguna
relación positiva será interrumpida definitivamente, ningún esfuerzo humano
para promover el progreso y el desarrollo dejará de tener repercusión en el
mundo nuevo.

                              Nuestro futuro

      El mensaje del evangelio sobre la transición de este mundo al mundo
nuevo pone al vivo la cuestión de nuestro futuro personal y colectivo. Leído
en Nazaret este evangelio de la gran crisis de todo lo presente, tiende a
concentrar el contenido de la esperanza.
      Vendrán persecuciones y cataclismos, mejor dicho, están ya aconteciendo
y lo han estado siempre en la historia de la Iglesia y del mundo, pero el
creyente sabe que hay algo dentro de él que ha superado ya todas las crisis,
incluso la más radical, la de la muerte. Es esa fe la que da la certeza a la
esperanza. Esa es la "fe que vence al mundo" Jn 5,5. Quien lleva dentro el
amor del Padre y la Unción conferida por Cristo, el Consagrado, sabe que,
frente al mundo que pasa, algo en él y de él permanece para siempre.
      De lo que el cristiano está seguro, totalmente seguro, no es de su
resistencia, capacidad de esfuerzo o de lucha, cuanto de la fuerza del amor
de Dios: "Porque estoy convencido que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni
soberanías, ni lo presente ni lo futuro, ni poderes, ni alturas, ni abismos,
ni ninguna otra criatura podrá  privarnos de ese amor de Dios, presente en el
Mesías Jesús, Señor nuestro" Rom 8,38-39.
      De aquí nace toda su capacidad de esperanza y de lucha, sabiendo que
su futuro se juega aquí en el presente y ese futuro está ya ganado en Cristo
Jesús.

TEODORO BERZAL hsf


sábado, 9 de noviembre de 2019

Ciclo C - TO - Domingo XXXII


10 de noviembre de 2019 - XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo C

                           "Serán hijos de Dios"

      Lucas 20,27-38

      En aquel tiempo se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la
resurrección de los muertos, y le preguntaron:
      - Maestro, Moisés nos dejó escrito: "Si a uno se le muere su hermano,
dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su
hermano". Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin
hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete
murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la
resurrección de los muertos, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los
siete han estado casados con ella.
      Jesús les contestó:
      - En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados
dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se
casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque
participan de la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés
lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán,
Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos, porque
para Él todos están vivos.

Comentario

      En el evangelio de hoy los saduceos ("que negaban la resurrección")
proponen a Jesús una pregunta insidiosa. Su finalidad parece ser tanto la de
ridiculizar la concepción que los fariseos tenían de la vida del más allá 
como la de poner en dificultad a Jesús y así desacreditar su enseñanza.
      Jesús deja de lado los aspectos más o menos grotescos de la pregunta
y va directamente al punto clave: el hombre no termina con la muerte, Dios
es un Dios de vivos, la condición de vida actual es transitoria con respecto
a la vida futura. Citando las palabras del Exodo (3,6), Jesús refuta a los
saduceos en su propio terreno, pues ellos sólo admitían los libros del
Pentateuco, en cuanto solo esos eran considerados escritos por Moisés. No
responde, pues, a la pequeña pregunta suscitada, sino a la gran cuestión de
la resurrección de los muertos dentro de la cual se resuelve también lo que
le han preguntado.
      Las palabras de Jesús dejan entrever algunos detalles de la condición
del hombre en la vida futura: "no se casarán", serán "como los ángeles", "no
pueden morir", "serán hijos de Dios". Es difícil establecer nexos de cau-
salidad entre esas proposiciones. De hecho las traducciones muestran grandes
divergencias. La explicación más correcta parece ser el decir que la razón
de todo está en las palabras que siguen al texto: "Dios es un Dios de vivos".
El es el viviente y fuente de toda vida, por eso "los que sean dignos de la
resurrección" serán en plenitud hijos de Dios, no morirán, no se casarán,
serán como los ángeles.
      Con su muerte y resurrección Jesús dará la prueba definitiva de la
verdad de sus enseñanzas. Jesús es el primogénito de los que resucitan de
entre los muertos (Col 1,18), el primogénito de una multitud de hermanos (Rm
8,29).

                            La vida de Nazaret

      En Nazaret empezó ya a vivirse la novedad del Reino de los cielos. Una
de sus características más relevantes es la virginidad: "no se casarán".
      En el momento del anuncio del nacimiento del Mesías, descubrimos que
María había hecho propósito de permanecer virgen: "no conozco varón" Lc 1,34.
El relativo anacronismo del propósito de la virginidad pone aún más de
relieve la novedad de los tiempos mesiánicos. Poco después esa planta nacería
con fuerza en la Iglesia.

      La concepción virginal del Mesías -tan alejada de los mitos paganos del
mismo género- es un signo claro tanto de la trascendencia de Cristo como de
la realidad de la encarnación. Pero muestra también cómo Dios es el único
autor de la vida nueva. La concepción virginal de Jesús es también una nueva
creación. José no es el padre biológico de Jesús, ni se trata tampoco de una
generación en sentido biológico por parte de Dios.
      María y José, unidos en matrimonio, vivieron en Nazaret la novedad de
la virginidad, no como una carencia, sino como una sobreabundancia de vida.
Dios, autor de la vida, había intervenido en María en un modo maravilloso.
Ella, la llena de gracia, había sido colmada por la acción y el poder del
Espíritu Santo. Como sucedió con el arca de la alianza cuando "la gloria del
Señor llenó el santuario y Moisés no pudo entrar en la tienda del encuentro
porque la nube se había posado sobre ella y la gloria del Señor llenaba el
santuario" Ex 40,34-45.
      El amor de María y José estuvo al servicio de la llegada del Reino de
Dios a la tierra, por eso, aunque casados, son también perfecto modelo de
"quienes se hacen eunucos por el reino de Dios" Mt 19,12, anticipando como
signo lo que será la condición de todos en la otra vida.

                               Nuestra vida

      En un mundo de ideologías inmanentistas y sumido en algunas partes en
la civilización del consumo, el cristiano, todo cristiano, está llamado a dar
testimonio de la vida futura. Su fe proclama que si esta vida tiene un
sentido es en función de un futuro trascendente. Y ese futuro no falla porque
no está garantizado por la afirmación de una teoría o por el esfuerzo de los
hombres, sino por el mismo Dios, que ha resucitado a Jesús.
      El testimonio de la vida futura, de la trascendencia, no es negación
de lo que ahora vivimos, ni de las tareas mundanas, al contrario, es darlas
todo su valor. Pero al mismo tiempo la fe en la otra vida relativiza todo
lo presente, afirmando que lo definitivo no es el orden de este mundo.
      En esta línea de pensamiento es particularmente significativa la opción
por el celibato hecha por un cierto número de cristianos. Al igual que la
virginidad de María y de José, el celibato por el reino de los cielos en
seguimiento de Cristo, tiene como motivación última, no la negación del amor,
sino el don de Dios y su intervención en la historia personal de un hombre
o de una mujer para hacerle un signo especial de lo que será la plenitud del
Reino.
      Quien opta por el celibato introduce en su amor dos dimensiones propias
de la otra vida: la inmediatez del amor absoluto a Dios y la universalidad
del amor a los hombres. Naturalmente, estas dimensiones se viven en la
fragilidad de la carne y con todo el lastre de la debilidad humana. Aun así,
la Iglesia reconoce un signo muy valioso de los bienes futuros, de la si-
tuación final de la historia humana cuando ya "ni hombres ni mujeres se
casarán porque ya no pueden morir puesto que serán como los ángeles".

TEODORO BERZAL hsf

sábado, 2 de noviembre de 2019

Ciclo C - TO - Domingo XXXI


3 de noviembre de 2019 - XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo C

                 "Hoy ha llegado la salvación a esta casa"

Lucas 19,1-10

      En aquel tiempo entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre
llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era
Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más
adelante y se subió a una higuera para verlo, porque tenía que pasar por
allí.
      Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:
      - Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.
      Bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos mur-
muraban diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.
      Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor:
      - Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de
alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.
      Jesús le contestó:
      - Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de
Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que
estaba perdido.  

Comentario

      El evangelio de hoy narra el encuentro de Jesús con Zaqueo en la ciudad
de Jericó. Siguiendo un procedimiento empleado en otras ocasiones, el
evangelista presenta el acontecimiento y, sólo al final, las palabras de
Jesús hacen comprender la hondura de lo que ha sucedido.
      En el relato queda bien claro que lo importante es la fe en Jesús y el
encuentro con Él. No se dice por qué motivos Zaqueo deseaba ver a Jesús. Lo
cierto es que según la narración evangélica es Jesús quien levanta la vista
y lo ve. Empieza entonces para él un proceso que le llevará a cambiar de
vida.
      Jesús pide alojamiento en casa de Zaqueo, pero lo que busca en realidad
no es tanto la casa como la persona de Zaqueo. Otros acogieron a Jesús en su
casa y nunca se abrieron a la fe en Él (Lc 7,36 ss). Zaqueo, en cambio, es
"hijo de Abrahán", es decir, hombre de fe.
      Ese es el paso decisivo para que se dé una auténtica conversión, que
lleva a la transformación de la vida. Pero además la conversión, cuando es
auténtica, opera una verdadera revolución social, sin violencia, pero muy
eficaz: el dinero adquirido con el robo pasa de ser instrumento de opresión
a medio concreto de comunión y de solidaridad con los pobres.
      En Zaqueo se realizó de modo admirable la palabra del Apocalipsis:
"Estoy a la puerta y llamo; si alguno me abre, entraré y cenaré con él y él
conmigo" Ap 3,20. La casa de Zaqueo, acogiendo a Jesús y dejándose acoger por
Él, se convirtió en un cenáculo abierto también a los pobres. El encuentro
auténtico con Dios abre siempre al encuentro con los hombres.

                        El Salvador llegó a Nazaret

      La salvación llegó a casa de Zaqueo, cuando Jesús entró en ella, porque
aquel había creído. En la casa de Nazaret entró el Salvador cuando María y
José dieron el sí de la fe al maravilloso plan de Dios de salvar a los
hombres mediante la encarnación de su Hijo.
      No podemos decir que la salvación del mundo se produjo porque María y
José creyeron, como si Dios estuviera ligado a tal o cual persona para
cumplir su obra, pero de hecho así aconteció porque Él lo quiso.
      Ahora bien; María y José no son sólo el canal por donde vino la
salvación al mundo. En ellos aconteció también la salvación cuando recibieron
al Salvador. Su vida, como la de Zaqueo, como la de todos los creyentes,
sufrió una reorientación radical producida por el encuentro con Cristo.
      Ellos no tenían bienes materiales adquiridos injustamente para empezar
a repartir. Pero supieron orientar toda su vida al servicio de Jesús y, a
través de Él, al servicio de todos los hombres.
      La casa de Nazaret empezó ya a ser casa de salvación mientras Jesús,
María y José vivían en ella. Por eso no es arriesgado presentar a la familia
de Nazaret como imagen viva de la Iglesia que "es en Cristo como un
sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad
de todo el género humano" L.G. 1.
      Más aún, en Nazaret, en la vida santa de Jesús, en María y José la sal-
vación llegó a su realización más plena y perfecta, de modo que la casa de
Nazaret es también, de alguna manera, anticipación de la casa del Padre en
el momento final de la historia, cuando Dios lo sea "todo en todos" ICo
15,28.

                         Jesús es nuestro Salvador

      Viviendo en Nazaret, el encuentro con Jesús es algo habitual, forma
parte de las realidades de cada día. A partir del primer encuentro y de la
llamada a vivir en Nazaret hoy, Jesús entra en casa siempre como Salvador.
      El gran peligro del que vive en Nazaret es acostumbrarse a lo mara-
villoso y hacer que lo cotidiano se vuelva rutinario. Como en Nazaret no
brillaron las luces de la pascua, tampoco en el Nazaret de ahora brilla el
fulgor de la resurrección. No se ven aún los resultados últimos de la sal-
vación.
      Pero la salvación está allí donde Jesús está, aunque no se vea.
Necesitamos dejar que nuestros encuentros diarios con Jesús nos vayan
transformando progresivamente, abriendo cada vez más nuestro corazón y
nuestras manos hasta que coincidan con el gesto de entrega total por la
redención del mundo.
      El evangelio nada dice de la vida de Zaqueo después del primer paso de
su conversión.
      A la luz de Nazaret nosotros sabemos que el primer paso de la acep-
tación de Jesús en la vida, tiene que ir seguido de muchos otros que vayan
haciendo penetrar la salvación en todas las dimensiones de la persona hasta
cambiar todo el yo.
      De Nazaret tampoco conocemos los pasos intermedios, pero al final nos
encontramos con Jesús portador de la salvación a todos los hombres y
dispuesto a morir por ellos y a María capaz de seguirlo de cerca hasta la
cruz y de colaborar en la edificación de la Iglesia.
      Esa es también la meta de los que hoy queremos vivir en Nazaret: dejar
crecer en nosotros la salvación de modo que podamos ser también, con la
gracia de Dios, portadores de salvación a nuestros hermanos los hombres.

TEODORO BERZAL hsf