sábado, 11 de enero de 2020

Bautismo del Señor


12 de enero de 2020 – Primer Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A
                          
EL BAUTISMO DEL SEÑOR

                            "Se abrió el cielo"

-Is 42,1-4.6-7
-Sal 28
-Hech 10,34-38
-Mt 3,13-17

   Mateo 3,13-17

   Fue Jesús desde Galilea al Jordán y se presentó a Juan para que lo
bautizara.
   Pero Juan intentaba disuadirlo diciéndole:
   -Soy yo el que necesito que tu me bautices, ¿y tú acudes a mí?
   Jesús le contestó:
   -Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.
   Entonces Juan se lo permitió. Apenas se bautizó Jesús, salió del agua; se
abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios bajaba como una paloma y se
posaba sobre Él. Y vino una voz del cielo que decía:
   -Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto.

Comentario

   Después de ciclo de Adviento y Navidad, se abre el tiempo ordinario
presentándonos a Jesús, siervo de Dios, que se coloca entre quienes reciben
el bautismo de Juan. La liturgia nos llevará a acompañarlo a lo largo de
todas las semanas hasta que, pasada la Pascua, podamos aclamarlo como rey en
el último domingo del tiempo ordinario.
   Todos los evangelistas narran el bautismo de Jesús al comienzo de su
ministerio público. Es característico de Mateo, sin embargo, el diálogo entre
Juan y Jesús antes del hecho. Puede verse en esa conversación la dificultad
que los primeros cristianos tuvieron en admitir que Jesús, el Señor, se humi-
llara pidiendo el bautismo de conversión que Juan administraba a quienes se
acercaban a él.
   Los pareceres contrapuestos de Juan y de Jesús sobre quién deba ser
bautizado por quién, remiten a un concepto que en el evangelio de Mateo tiene
una importancia fundamental: la justicia. Esta consiste en hacer la voluntad
de Dios, en someterse a su designio de salvación para los hombres. A ella
apela Jesús, no sólo para dirimir la divergencia de pareceres, sino para
indicar su intención de seguir, en todo, el camino que el Padre ha trazado
para Él. Pero además Jesús dice: "Dé‚jalo ahora", como indicando que ese
bautismo no es más que una etapa que remite a un momento posterior en el que,
continuando la misma actitud de sumisión a la voluntad misteriosa del Padre,
se sumergirá en las aguas de la muerte y así recibirá la investidura real en
la resurrección (Sal 2,7). Jesús iniciará así el camino que le llevará a
cumplir toda justicia, es decir la voluntad salvífica del Padre con el
sacrificio redentor.
   La actitud de docilidad y disponibilidad de Jesús, que revela su con-
dición filial, está subrayada en la liturgia con la primera lectura, donde
se presenta la figura del siervo de Yavé, personaje misterioso que los cris-
tianos identificaron con Jesús ya desde los comienzos. Su doble
característica de flexibilidad y delicadeza, firmeza y decisión, coinciden
perfectamente con el modo de ser de Jesús. Por otra parte su cercanía a las
personas, su preocupación por cada uno y la dimensión universal de su misión
hablan también del alcance de la acción salvadora de Cristo.
   Esa relación entre la experiencia de Jesús en el Jordán y su misión
salvadora está subrayada por las palabras de Pedro en la segunda lectura: "Me
refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo,
que pasó haciendo el bien y curando... "Es otra forma de ver la manifestación
trinitaria narrada por los evangelistas en el episodio del bautismo que pone
de relieve cómo Dios acreditaba el modo de proceder de Jesús: "Dios estaba
con Él".

                           Trinidad de la tierra

   El episodio del bautismo de Jesús es ante todo una teofanía, una mani-
festación de Dios. El evangelista dice expresamente que "se abrió el cielo".
Teniendo en cuenta la cosmología antigua que veía el cielo como una cubierta
de separación entre la morada de Dios y la de los hombres, la apertura del
cielo significa la posibilidad de una nueva relación y de un nuevo encuentro
entre ambos mundos. En último término se pone como perspectiva la posibilidad
de una casa común para Dios y los hombres.
   En el momento en el que Jesús se mezcla con los que reconocen la
necesidad de recibir un signo de su conversión, de su retorno a Dios, el
cielo se abre y aparece en acción, por así decirlo, la Trinidad al completo:
el Padre habla y expresa su relación de amor con el Hijo, hecho hombre,
Jesús; el Espíritu Santo desciende y se posa sobre Él como una paloma. Es uno
de los momentos en los que, aun envuelto en el misterio, aparece diáfana la
comunidad de tres personas distintas en Dios.
   La meditación del evangelio a la luz de Nazaret nos lleva a ver esta
teofanía del bautismo de Jesús desde esa otra manifestación silenciosa y
callada de su encarnación y de su vida de familia con María y José.
   En la encarnación del Verbo, en su generación en el seno de María, se nos
manifiesta también Dios en cuanto Padre. La propiedad personal del Padre en
la Trinidad es su capacidad de generar, de ser el principio sin principio de
todo. La humanidad de Jesús revela su condición filial en la Trinidad y
manifiesta en la visibilidad de la carne el amor concreto de Dios hacia el
hombre. Además la encarnación es obra del Espíritu Santo; es Él, que escruta
las profundidades de Dios, quien hace posible su vida en forma humana sobre
la tierra.
   Esa manifestación de la Trinidad en la encarnación tuvo lugar en Nazaret.
Podemos decir además que es, en cierto modo, el fundamento de la que
contemplamos en el evangelio de hoy. Si nos fijamos bien en el texto, todo
el movimiento y la acción de las personas divinas convergen en Jesús, el
Hijo, en su condición de hombre y en su actitud de solidaridad con quienes
va a salvar. Con Él comienza una nueva creación y se inaugura la nueva
alianza que alcanzará su plenitud en el Reino de Dios.
   Pero también la vida de la familia de Jesús en Nazaret manifiesta, en
otro plano, la vida de la Trinidad. Es significativo ciertamente que el Hijo
de Dios, venido para revelarnos su amor y para comunicarnos quién es Él, haya
vivido en una familia humana. Ese "hecho" revela también, a su modo, que Dios
es una familia y la relación de amor que existe entre sus miembros.
   La virginidad de María y de José, su relación única con Jesús, muestran
cómo es posible una convivencia basada en un amor que va más allá de los
parámetros normales en los que se funda una familia: los lazos de la carne
y de la sangre.
   La Familia de Nazaret es un paso más en ese camino que lleva a ver en el
hombre, no tanto a partir de la estructura interna de su personalidad, cuanto
en sus relaciones comunitarias, familiares, sociales, una imagen de Dios.

   Te bendecimos, Padre,
   por Jesús, el santo, el justo,
   que se presentó a recibir el bautismo
   mostrando así su cercanía y solidaridad
   con nosotros, pecadores.
   Renueva en nosotros
   la unción del Espíritu Santo
   que se nos ha dado
   en el bautismo y en la confirmación,
   para que podamos liberarnos
   de la intolerancia y dureza
   que atenazan nuestro corazón
   para encerrarnos en nosotros mismos
   e impedirnos esa apertura a los demás
   que construye la familia.
   Así seremos de verdad hijos tuyos.

                                El bautismo

   El comienzo del tiempo ordinario nos invita a tomar nuevamente conciencia
del punto inicial de nuestra vida cristiana, de ese momento clave de la
acción de Dios en nosotros que da sentido a todos los días de nuestra vida.
Ese momento fundante es el bautismo.
   En el evangelio que hemos leído están ya presentes todas las dimensiones
esenciales de la experiencia bautismal: el camino de conversión, la filiación
divina y la donación del Espíritu Santo, el comienzo de una misión en el
pueblo de Dios...
   S. Pablo insiste en la incorporación a Cristo, compartiendo su muerte y
resurrección. Recordemos una de sus expresiones más densas de significado y
muy apropiada para meditar el mensaje de este domingo. En ella se pone en
relación el bautismo con el misterio pascual: "¿Habéis olvidado que a todos
nosotros al bautizarnos vinculándonos al Mesías Jesús, nos bautizaron
vinculándonos a su muerte? Luego aquella inmersión que nos vinculaba a su
muerte nos sepultó con Él para que así como Cristo fue resucitado de la
muerte por el poder del Padre, también nosotros empezáramos una vida nueva"
(Rom 6,3-5). Dos aspectos prácticos podemos retener pensando en nuestro
bautismo a la luz del de Jesucristo.
   El bautismo supone un camino de conversión. Camino que se pide al
catecúmeno para acceder a las aguas del bautismo y camino que se nos pide a
todos los cristianos "a posteriori", para llegar a vivir todo lo que por
gracia se nos ha dado en el bautismo. Jesús mismo, que nada tenía que ver con
el pecado, nos precede en ese camino.
   El bautismo es el punto de envío para la misión. Así lo interpreta S.
Pedro (2ª. lectura) hablando a los paganos de la trayectoria seguida por Jesús
en su ministerio público. Así lo interpreta también la Iglesia cuando dice
de nuestro bautismo: "Los bautizados, por su nuevo nacimiento como hijos de
Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron
de Dios por medio de la Iglesia" (L.G.11) y de participar en la actividad
apostólica y misionera del Pueblo de Dios" (Catecismo de la Iglesia Católica,
1270).
   El sello indeleble del bautismo necesita ser constantemente vivificado
por el Espíritu Santo para que produzca en nosotros y en los demás los frutos
de salvación que el Señor espera.

VOLVER A NAZARET - Hno.TEODORO BERZAL hsf


domingo, 5 de enero de 2020

Epifanía del Señor


6 de enero de 2020 – Tiempo de Navidad

6 de enero - EPIFANIA DEL SEÑOR

             "¿Dónde está el rey de los judíos que ha nacido?"

      Isaías 60,1-6

      ¡Levántate, brilla, Jerusalén, que llega tu luz; la gloria del Señor
amanece sobre ti! Mira: las tinieblas cubren la tierra, la oscuridad los
pueblos, pero sobre ti amanecerá el Señor, su gloria aparecerá sobre ti; y
caminarán los pueblos a tu luz; los reyes al resplandor de tu aurora.
      Levanta la vista en torno, mira: todos éstos se han reunido, vienen a
ti: tus hijos vienen de lejos, a tus hijas las traen en brazos. Entonces lo
verás, radiante de alegría; tu corazón se asombrará, se ensanchará, cuando
vuelquen sobre ti los tesoros del mar y te traigan las riquezas de los
pueblos. Te inundará una multitud de camellos, los dromedarios de Madián y
de Efá. Vienen todos de Sabá, trayendo incienso y oro, y proclamando las
alabanzas del Señor.

      Efesios 3,2-3a.5-6

      Habéis oído hablar de la distribución de la gracia de Dios que se me
ha dado en favor vuestro.
      Ya que se me dio a conocer por revelación el misterio que no había sido
manifestado a los hombres en otros tiempos, como ha sido revelado ahora por
el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que también los gentiles son
coherederos, miembros del mismo cuerpo y partícipes de la Promesa en
Jesucristo, por el Evangelio.

      Mateo 2,1-12

      Jesús nació en Belén de Judá en tiempos del rey Herodes. Entonces, unos
Magos de Oriente se presentaron en Jerusalén preguntando:
      - ¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido? Porque hemos visto
salir su estrella y venimos a adorarlo.
      Al enterarse el rey Herodes, se sobresaltó, y todo Jerusalén con él;
convocó a los sumos pontífices y a los letrados del país, y les preguntó
dónde tenía que nacer el Mesías. Ellos le contestaron:
      - En Belén de Judá, porque así lo ha escrito el profeta: "Y tu, Belén,
tierra de Judá, no eres ni mucho menos la última de las ciudades de Judá,
pues de ti saldrá un jefe que será el pastor de mi pueblo Israel".
      Entonces Herodes llamó en secreto a los Magos, para que le precisaran
el tiempo en que había aparecido la estrella, y los mandó a Belén, diciéndo-
les:
      - Id y averiguad cuidadosamente qué hay del niño, y, cuando lo encon-
tréis, avisadme, para ir yo también a adorarlo. Ellos, después de oír al rey,
se pusieron en camino, y de pronto la estrella que habían visto salir comenzó
a guiarlos hasta que vino a pararse encima de donde estaba el niño. Al ver
la estrella, se llenaron de inmensa alegría. Entraron en la casa, vieron al
niño con María, su madre, y cayendo de rodillas lo adoraron; después,
abriendo sus cofres, le ofrecieron regalos: oro, incienso y mirra.
      Y habiendo recibido en sueños un oráculo para que no volvieran a He-
rodes, se marcharon a su tierra por otro camino.

Comentario

      La fiesta de la Epifanía es la celebración de la manifestación del Se-
ñor. Habiendo nacido en Belén de Judea, en el seno del pueblo elegido, Jesús
se manifiesta en primer lugar a los judíos: los pastores recibieron las
primicias del anuncio de que había nacido un Salvador.
      Pero el evangelio de hoy nos lleva a perspectivas más amplias. Subraya
la dimensión universalista de la venida de Dios entre los hombres. Se cumple
así el gran misterio de la gracia de Dios: "que los paganos mediante el
Mesías Jesús, y gracias a la buena noticia, entran en la misma herencia,
forman un mismo cuerpo y tienen parte en la misma promesa" Ef 3,6.
      El plan de Dios de salvar a todos los hombres había comenzado con la
llamada de Abrahán, pagano también él. Su respuesta de fe le constituyó en
padre de los creyentes y depositario de una alianza no condicionada, basada
únicamente en la gracia y en la palabra de Dios.
      Pero, a medida que avanzó la historia de la salvación, el pueblo hebreo
desvirtuó en gran parte los contenidos de la alianza al subrayar el aspecto
legalista de la revelación divina, el aspecto nacionalista de la elección y
el aspecto de cumplimiento externo frente a la actitud profunda de fe y de
conversión del corazón.
      Los profetas protestaron, y en ocasiones de forma muy dura, contra
estas graves desviaciones y anunciaron una alianza nueva y definitiva en los
tiempos mesiánicos.
      La visita de los magos es para el evangelista el primer anuncio de esta
nueva alianza: definitiva y universal. Y los magos experimentaron una gran
alegría al ver de nuevo la estrella y encontrar a Cristo en Belén.
      El niño que los magos buscan es "el rey de los judíos". Un rey cuya
soberanía es distinta de la del rey Herodes, también el rey de los judíos.
Este conflicto sobresalta a Herodes (y con él a toda Jerusalén) manifestando
así la condición del recién nacido.
      Los magos, guiados por las instrucciones falaces de Herodes, pero sobre
todo por la estrella, signo de la acción directa de Dios, llegan al lugar
donde estaba Jesús, lo reconocen y, "cayendo de rodillas le rinden homenaje".
      Los autores ven en el paralelismo pastores-magos los dos modos de
llegar al conocimiento de Dios: por la revelación (los pastores) y a través
de la razón natural (los magos). Pero el modo más exacto de comprender el
paralelismo de los dos encuentros con el Salvador es considerar ambos en la
perspectiva de la historia de la salvación que arranca del pueblo elegido y
llega a todos los hombres.
      Los magos encuentran al "niño con María su Madre". José no aparece
citado en este momento. Sólo después que los magos se van asume su papel de
jefe y guía de la Sagrada Familia.
      El encuentro de Jesús por parte de los magos les produce una gran
alegría. A la iluminación externa de la estrella se une la iluminación inter-
na de la fe. Reconocen en Jesús niño en brazos de su Madre al rey, es decir,
al salvador universal.

                                En Nazaret

      La visita de los magos es uno de los hechos pertenecientes a la in-
fancia de Jesús que María conservaba en su corazón durante el período de
Nazaret.
      Las palabras del Ángel Gabriel en la anunciación, la adoración de los
pastores y reyes, la proclamación de Simeón y de Ana, las palabras de Jesús
en el momento que lo encontraron en el templo... son otros tantos momentos
en los que se transparenta, para quien lee los acontecimientos con la fe en
el corazón, la dimensión trascendente y divina de Jesús.
      En el período oscuro de Nazaret, Jesús aparentemente no revela nada,
no manifiesta nada, no da a conocer ni quién es ni cuál es su misión.
      Pero si meditamos con más atención, descubriremos que con su presencia
prolongada y callada en el humilde pueblo de Galilea nos manifiesta dos cosas
muy importantes:
      - Dios quiere penetrar y asumir la realidad del mundo que Él mismo
creó. En Cristo Dios incorpora la materia a sí mismo y no de una manera arti-
ficial y mágica, sino natural, progresiva, humana.
      - Dios quiere salvar a los hombres desde dentro, haciéndose hombre,
entrando en la manera de ser y de vivir de los hombres. Por eso la salvación,
que viene del cielo, podrá ser vivida también como algo que germina de la
tierra en el corazón de cada hombre. Era éste el ideal preanunciado por los
profetas: que Dios cambiaría el corazón del hombre y escribiría en él su ley.
      Ya no hay dos mundos: uno sagrado y otro profano. En Jesús, hijo del
hombre e Hijo de Dios todo queda unificado y santificado.
      Estos aspectos tan importantes de la revelación que brillan de un modo
particular en Nazaret dan a la salvación traída por Cristo toda su dimensión
universalista y cósmica: ya no hace falta ser judío para salvarse, ya no hace
falta ir al templo para orar, ya no hace falta bendecir a las cosas para que
estén benditas, ya no van el mundo y Dios por dos caminos irreconciliables.
      El mensaje del Nuevo Testamento explicitará poco a poco todos estos
puntos con las palabras claras y bien conocidas. Pero antes de ser dichas,
todas estas cosas fueron vividas en Nazaret. Es más, si pudieron ser dichas
con verdad es porque antes habían sido realizadas.

                            El vivir cristiano

      El vivir cristiano de quien contempla el misterio desde Nazaret:
  -   valora en su justo precio el momento manifestativo de Dios porque sabe
      que lo que ha dicho es cierto en la vida;
  -   sabe conjugar palabra explícita y testimonio oscuro de una vida senci-
      lla;
  -   no considera tiempo perdido y vacío todo el camino de penetración en
      las realidades humanas porque sabe que ese ha sido el camino recorrido
      por Cristo;
  -   tiene muy claro que no se trata simplemente de identificarse con el
      mundo, sino de encarnarse en él para hacer penetrar hasta su médula el
      mensaje trascendente que salva;
  -   sabe vivir abierto y no poner condiciones ni requisitos que Dios no
      pone para acoger al Salvador;
  -   vive de la esperanza de que un día todo estará claro, de que habrá una
      manifestación de Dios mucho más clara y resplandeciente para todos los
      hombres, y que la misma creación gime con dolores de parto hasta que
      alcance la liberación y la gloria de los hijos de Dios, Rm 8,18-21.

VOLVER A NAZARET - Hno. TEODORO BERZAL (hsf)

sábado, 4 de enero de 2020

Ciclo A - II Domingo despues de Navidad


5 de enero de 2020 - II DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

                         "Y acampó entre nosotros"

   Juan 1,1-18

   En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por
medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha
hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz
brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.
   Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como
testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la
fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verda-
dera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo
se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los
suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser
hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de
amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y
acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del hijo
único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
   Juan da testimonio de Él y grita diciendo:
   -Éste es de quien dije: "El que viene detrás de mí, pasa delante de mí,
porque existía antes que yo". Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia
tras gracia: porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad
vinieron por medio de Jesucristo.
   A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del
Padre, es quien lo ha dado a conocer.
                                    
Comentario

   El segundo domingo después de Navidad, continúa, al igual que en la fiesta
de la Sagrada Familia, la meditación de la Iglesia sobre el misterio de la
encarnación del Verbo. El mensaje de las lecturas se mueve entorno a esa cima
de la revelación recogida en el prólogo del evangelio de S. Juan, que dice
de forma sintética: "Y la palabra se hizo carne y acampó entre nosotros"
   El orden litúrgico de las lecturas respeta la economía de la revelación
que, ya desde el Antiguo Testamento, tiende puentes hacia lo que será la
manifestación culminante en Cristo. El cap. 24 del Eclesiástico es uno de los
casos más evidentes en este sentido. Según algunos, el autor del IV evangelio
pudo inspirarse en él para escribir el prólogo. La "sabiduría" se presenta
como una entidad que en cierto modo se identifica con Dios, pues está con Él
desde siempre, y por otro lado se distingue de Él y es enviada a habitar
(=poner la tienda) en Jacob, personificación del pueblo elegido. Hay, pues,
ciertos aspectos que anuncian la misión de la segunda persona de la Trinidad:
su subsistencia eterna, su función reveladora, su venida al mundo.
   Pero en el evangelio tenemos también una radical novedad: "A Dios nadie
le ha visto jamás, el Hijo único que está en el seno del Padre es quien lo
ha dado a conocer" (1,18). La función iluminadora de la sabiduría llega a su
plenitud cuando Jesús nos revela el rostro del Padre, Él que es su viva
"imagen" (2Co 4,4) e "impronta de su sustancia" (Heb 1,3). Y hay también un
mayor realismo que desborda todas las expectativas del Antiguo Testamento.
Nadie leyendo las páginas del Eclesiástico podía sospechar que el "poner la
tienda en Jacob" y el habitar en Jerusalén comportara que el Verbo de Dios
se hiciera carne y viviera entre los hombres como uno de ellos.
   Lo que el Antiguo Testamento había intuido, se realiza plenamente en
Cristo: su naturaleza humana es la "tienda", lugar del encuentro de Dios con
el hombre, pues es allí donde habita "corporalmente toda la plenitud de la
divinidad" (Col 1,18).
   Bien podemos decir que en esto consiste la "bendición espiritual" de que
nos habla S. Pablo en la 2ª. lectura. En Cristo, el Padre nos ha elegido y nos
ha hecho hijos suyos, dándonos la redención y la plenitud de la salvación,
las cuales redundan finalmente en gloria suya. Más que aspectos
diversificados de esa misma plenitud de gracia que Dios nos da en Cristo,
debemos ver la totalidad del don que se nos da con la efusión del Espíritu
Santo en el bautismo.
   De esta forma se ensancha también la perspectiva de la salvación del
pueblo elegido a todos los hombres.

                              Puso su tienda

   La lectura de los evangelios de la infancia de Cristo en Lucas y Mateo
nos tiene acostumbrados a ver en detalle los diversos acontecimientos que se
fueron sucediendo en los primeros años de la vida de Jesús. Los evangelistas
nos presentan ya esos hechos a la luz de su fe en la resurrección de Cristo,
y esto les da una perspectiva y una profundidad de interpretación que va más
allá de la anotación puntual de lo que sucedió.
   El evangelio de Juan que leemos hoy, nos echa también una mano en ese
sentido. Dejando de lado los detalles de la narración histórica, el prólogo
del cuarto evangelio pone de relieve los datos de la fe, que son también los
puntos clave en los sinópticos. Veamos esto un poco más en detalle analizando
las coincidencias entre los dos primeros capítulos de Lucas y el primero de
Juan.
   Lo que llama la atención en primer lugar es el contraste entre las
figuras de Juan Bautista y de Jesús; Éste verdadera luz del mundo y aquél
sólo su testigo y precursor. Para ambos evangelistas, Jesús viene a su casa,
a los suyos, a su pueblo, y el recibimiento que se le dispensa es escaso o
nulo. Hay una conflictividad que se crea de inmediato con su aparición en el
mundo.
   Pero el punto esencial de coincidencia está en la identidad de Jesús: es
el Hijo de Dios que se hace hombre. El signo de este misterio es la
virginidad de María (Lc 1,34; Jn 1,13).
   Los dos evangelistas se sirven como realidad de fondo para hablar de la
divinidad de Cristo, de uno de los conceptos más significativos del Antiguo
Testamento: el de la presencia de Dios en la tienda del encuentro (Cfr Ex
26,1-14). En dicha tienda Dios se hacía presente mediante el signo de la nube
durante la experiencia del camino a través del desierto (Ex 40,34-35). Era
también el lugar donde Dios habitaba, pues en ella estaba el arca de la
alianza con las tablas de la ley.
   Los profetas anunciaron para los tiempos mesiánicos una presencia más
real de Dios en Jerusalén (Jl 4,21) y en el templo (Ez 43,7); pero también
en medio del pueblo (Zc 2,14; Sof 3,14-18). Cuando Juan dice que la Palabra
"puso su tienda entre nosotros" (1,14) y el Ángel, (en Lc 1,35), explica cómo
se realizará la concepción virginal de Jesús con las palabras "El Espíritu
Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra",
están probablemente aludiendo a esa realidad de la presencia de Dios en la
tienda de la alianza. Pero al mismo tiempo proclaman la novedad radical de
la alianza nueva que consiste en la "visita" personal de Dios a su pueblo en
Jesús de Nazaret.
   Así comienza este tiempo nuevo de la "gracia" y de la "verdad" (Jn 1,17)
en el que se mueve también todo el evangelio de la infancia de Cristo en la
versión de Lucas, desde el saludo del Ángel a la "llena de gracia" hasta el
crecimiento de Jesús "en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los
hombres" (Lc 2,52).
  
   Te alabamos, Padre, y te glorificamos
   por la venida de Jesús, sabiduría eterna,
   en medio de nosotros, para redimirnos.
   Queremos abrirnos, como María,
   a la acción del Espíritu Santo
   para acogerlo en nuestra vida, mediante la fe,
   y darlo como salvación al mundo.
   Queremos contemplar con amor
   su generación eterna
   y su generación en el tiempo
   para que Él, que es nuestra vida,
   lo sea también de todos.

                          "Quienes lo recibieron"

   La Iglesia nos lleva a profundizar el misterio de la encarnación en este
domingo, tratando de crear en nosotros la actitud de acogida del magnífico
don de la Navidad.
   Una primera pista de acción en nuestra vida estaría constituida por el
paso alternativo del Dios-con-nosotros (el Emmanuel) al Dios en nosotros. No
sólo, pues, cohabitación, sino inhabitación en lo más profundo de nosotros
mismos. Es una realidad magnífica que hacía exultar a los santos y que debe
llenar de gozo, de confianza y de intimidad familiar con Dios la vida de todo
cristiano.
   Paso alternativo hemos dicho, porque la otra pista va en la línea de
descubrir su presencia en los demás. La orientación del Vaticano II es
determinante en este sentido: "El Hijo de Dios, por su encarnación, se
identificó en cierto modo con todos los hombres"(G.S. 22).
   Así pues, tenemos un Dios que viene a habitar "en" nosotros y "con"
nosotros. Nuestra actitud de acogida debe dilatarse, pues, en un doble senti-
do: primero para recibirlo cada vez más profundamente, con mayor atención,
silencio y delicadeza en nosotros mismos y luego para acogerlo siempre en la
presencia "real" de los que se nos acercan y de los que viven con nosotros.
   La distracción, la superficialidad, la obnubilación que produce el peca-
do, puede llevarnos muchas veces a limitar nuestra capacidad de acogida, a
vivir en las tinieblas: "La luz verdadera, la que alumbra a todo hombre
estaba llegando al mundo. En el mundo estuvo y, aunque el mundo fue hecho
mediante ella, el mundo no la conoció" (Jn 1,9-10).
   "Pero a los que la recibieron..." En esa adhesión realista y concreta que
consiste en dar cabida a Dios en nuestra vida está el comienzo de la relación
vital con Él, y esa relación cambia toda la existencia y va creciendo
continuamente hasta llegar a la plenitud: "Porque de su plenitud todos reci-
bimos ante todo un amor que responde a su amor" (Jn 1,16). Gracia tras
gracia, traducen otros.

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