sábado, 14 de marzo de 2020

Ciclo A - Cuaresma - Domingo III


15 de marzo de 2020 - III DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo A

                              "El agua viva"

   Exodo 17,3-7

   En aquellos días, el pueblo, torturado por la sed, murmuró contra Moisés:
   -¿Nos ha hecho salir de Egipto para hacernos morir de sed a nosotros, a
nuestros hijos y a nuestros ganados?
   Clamó Moisés al Señor y dijo:
   -¿Qué puedo hacer con este pueblo? Poco falta para que me apedreen.
   Respondió el Señor a Moisés:
   -Preséntate al pueblo llevando contigo algunos de los ancianos de Israel;
lleva también en tu mano el cayado con que golpease el río y vete, que allí
estaré yo ante ti, sobre la peña, en Horeb; golpearás la peña y saldrá de
ella agua para que beba el pueblo.
   Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel.
   Y puso por nombre a aquel lugar Massá y Meribá, por la reyerta de los
hijos de Israel y porque habían tentado al Señor diciendo: ¿Está o no está 
el Señor en medio de nosotros?

   Romanos 5,1-2.5-8

   Hermanos: Ya que hemos recibido la justificación por la fe, estamos en
paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo. Por Él hemos obtenido
con la fe el acceso a esta gracia en que estamos; y nos gloriamos apoyados
en la esperanza de la gloria de los hijos de Dios. La esperanza no defrauda,
porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones con el Espí-
ritu Santo que se nos ha dado.
   En efecto, cuando todavía estábamos sin fuerzas, en el tiempo señalado,
Cristo murió por los impíos; -en verdad, apenas habrá quien muera por un
justo; por un hombre de bien tal vez se atrevería uno a morir-; mas la prueba
de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió
por nosotros.

   Juan 4,5-42

   Llegó Jesús a un pueblo de Samaría llamado Sicar, cerca del campo que dio
Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del
camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía.
   Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice:
   -Dame de beber.
   (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida).
   La Samaritana le dice:
   -¿Cómo tú siendo judío, me pides de beber a mí que soy samaritana?
(Porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
   Jesús le contestó:
   -Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le
pedirías tú, y él te daría agua viva.
   La mujer le dice:
   -Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de donde sacas el agua
viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él
bebieron él, sus hijos y sus ganados?
   Jesús le contestó:
   -El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua
que yo le daré, nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá
dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna.
   La mujer le dice:
   -Señor, dame de esa agua: así no tendré‚ más sed, ni tendré que venir aquí
a sacarla.
El le dice:
   Anda, llama tu marido y vuelve.
   La mujer le contesta:
   -No tengo marido.
   Jesús le dice:
   -Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no
es tu marido. En eso has dicho la verdad.
   La mujer le dice:
   -Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este
monte, y vosotros decís que el lugar donde se debe dar culto está en
Jerusalén.
   Jesús le dice:
   -Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén
daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros
adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero
se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero
adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den
culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu
y verdad.
   La mujer le dice:
   -Sé que va a venir el Mesías, el Cristo: cuando venga, Él nos lo dirá
todo.
   Jesús le dice:
   -Soy yo: el que habla contigo.
   En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviese hablando
con una mujer, aunque ninguno le dijo: "¿Qué le preguntas o de qué le
hablas?"
   La mujer, entonces, dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
   Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será éste el
Mesías?
   Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba Él.
   Mientras tanto sus discípulos le insistían:
   Maestro, come.
   El les dijo:
   -Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis.
   Los discípulos comentaban entre ellos:
   -¿Le habrá  traído alguien de comer?
   Jesús les dijo:
   -Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su
obra.
   ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os
digo esto: Levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados
para la siega; el segador ya está recibiendo el salario y almacenando fruto
para la vida eterna; y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo,
tiene razón el proverbio: "Uno siembra y otro siega". Yo os envío a segar lo
que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus
sudores.
   En aquel pueblo, muchos samaritanos creyeron en Él por el testimonio que
había dado la mujer: "Me ha dicho todo lo que he hecho".
   Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara
con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su
predicación, y decían a la mujer:
   -Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos hemos oído y sabemos
que Él es de verdad el Salvador del mundo.
                      
Comentario

   Las lecturas de este domingo están elegidas con vista a la celebración de
la Pascua. En su vigilia, en el rito del agua, se celebra o se renueva ese
baño regenerador del Espíritu Santo derramado en nuestros corazones (2ª.
lectura).
   Se abre la liturgia de la Palabra con el grito de protesta de los
israelitas en el desierto: "¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?"
El agua que brota milagrosamente de la roca es la respuesta que sacia la sed
material del pueblo, pero sobre todo, es la revelación de que Dios es "la
fuente de agua viva" (Jer 2,13) que sacia su otra sed.
   El contenido del evangelio es tan amplio y rico de significados que
resulta imposible abarcarlo todo, por eso nos centraremos en el diálogo entre
Jesús y la samaritana.
   Como trasfondo del diálogo hay tres símbolos (el agua, la montaña y el
templo) cuya interpretación permite penetrar en la identidad de la persona
de Jesús y de su misión. Siguiendo las diversas fases del diálogo entre Él
y la mujer de Samaría, el lector del evangelio es invitado a dar el mismo
paso que ella dio: reconocer a Jesús como Mesías.
   La primera parte del diálogo gira entorno al símbolo del agua, cuyo
significado ambivalente provoca un primer paso hacia la verdad que Jesús
quiere transmitir. Es Él quien inicia la conversación pidiendo de beber, pero
en realidad espera mucho más de la mujer: quiere que brote en ella la fe. La
mujer trata de eludir la cuestión oponiendo dos dificultades: es una mujer
y forma parte de un pueblo hostil al de Jesús. Este vuelve a tomar la
iniciativa en el diálogo y pica la curiosidad de la mujer hablando de otro
tipo de agua. La samaritana opone una nueva dificultad: no entiende de qué
se trata pero intuye que algo misterioso se esconde en aquel hombre y lo
compara nada menos que con Jacob. Es el momento en que Jesús aprovecha para
desvelar su significado del agua: la revelación que él trae es superior a la
del Antiguo Testamento. Al concluir esta primera parte del diálogo, se
invierten los papeles. Ahora que ha empezado a entender de qué se trata, es
la mujer la que pide: "Dame de esa agua".
   La segunda parte del diálogo se abre también con una petición de Jesús y
se centra en la verdadera adoración de Dios. Diciendo a la mujer la verdad
sobre la falsedad de su vida, Jesús se revela como el profeta esperado. No
cae en la trampa de reducir la conversación a una cuestión de ritos o de
legitimidad de los lugares de culto y va directamente al corazón del
problema. Ha llegado la hora en que Dios establece en Cristo una nueva
alianza con todos los hombres. En ella se cumplen las promesas hechas a los
hebreos, pero todos están invitados a dar el paso de la fe que les permite
entrar en esa nueva alianza. La samaritana lo da. Ahora sólo queda saber
quién es el Mesías. Y el diálogo culmina con esa maravillosa revelación por
parte de Jesús: "Soy yo, el que habla contigo".

                         "Hablando con una mujer"

   La página evangélica que leemos hoy es un ejemplo particularmente feliz
del arte narrativo propio de S. Juan. En ella afloran la ironía, el juego con
el doble sentido de algunas palabras, la fuerza expresiva de los símbolos,
la viveza de un diálogo que capta enseguida la atención del lector o del
oyente.
   Esa maestría en el uso de los recursos literarios es un arma de doble
filo, porque si de una parte es un medio eficaz para transmitir la buena
nueva, por otra es quizá como un velo que nos impide ver al Jesús histórico
en su plena realidad. Aún así, a través de esa página, como de muchas otras
del evangelio, podemos descubrir un Jesús que sabía dialogar, maestro en el
uso de la palabra no sólo para exhortar a la multitud, sino también para
conducir una conversación personal que llega hasta las mayores profundidades.
   Ese dominio del lenguaje es una de las manifestaciones más maravillosas
de la encarnación. El hombre se califica primeramente por el uso de la
palabra. Pero cuando ésta se sabe emplear con todos esos matices que revelan
el conocimiento de la psicología de las personas, de las reacciones que
pueden suscitar ciertos términos, etc, estamos ante alguien que ha aprendido
largamente el arte de hablar.
   Esto nos lleva necesariamente al tiempo de Nazaret, porque es allí donde
Jesús se formó también en este aspecto. "Toda la vida de Jesús es revelación
del Padre; sus palabras y sus obras, sus silencios y sus sufrimientos, su
manera de ser y de hablar. Jesús puede decir: "Quien me ve a mí ve al Padre
(Jn 14,9), y el Padre: "Este es mi Hijo amado; escuchadle" (Lc 9,35). Nuestro
Señor, al haberse hecho hombre para cumplir la voluntad del Padre (cfr Heb
10,5-7), nos "manifestó el amor que nos tiene" (1Jn 4,9) con los menores
rasgos de sus misterios". (Catecismo de la Iglesia Católica, 516).
   S. Lucas en el episodio del hallazgo de Jesús en el templo nos presenta
ya a un Jesús adolescente en diálogo con los doctores, escuchando e
interrogando. En el diálogo con aquella mujer junto al pozo de Jacob hay tres
aspectos que podemos subrayar.
   Jesús parte de lo concreto y lo sencillo (el agua, la sed) para hablar de
los misterios de Dios. Es una pedagogía eficaz y adaptada a todos.
   Jesús es paciente con su interlocutora. El sabe adonde quiere llegar,
pero procede gradualmente. Escucha con calma las digresiones e intentos de
banalizar el diálogo, pero no permite que éste se desvíe de su objetivo
principal.
   Jesús habla con franqueza. En el momento oportuno, no teme decirlo todo:
identificarse con el Mesías.
   Detrás de aquella conversación de Jesús con la samaritana estaba todo su
aprendizaje de Nazaret en el arte de hablar. Podemos ver también el reflejo
de ese otro diálogo, más dilatado aún que Dios ha mantenido siempre con el
hombre y que culmina en la encarnación del Verbo.

Señor Jesús, sediento de nuestra sed,
te bendecimos porque has sabido sentarte junto al pozo
y hablar con nosotros
para revelarnos en qué consiste el don de Dios.
Danos tú esa agua viva
para que brote desde nosotros el don que viene de ti
y pueda saciar nuestra sed y la de los demás.
Te bendecimos por tu paciencia en el diálogo,
reveladora de tu amor al hombre
y de tu deseo de comunicarte totalmente
al hombre, para que,
acogiéndote mediante la fe,
pueda él a su vez entregarse totalmente a ti.

                                    Sed

   Sed de los israelitas en el desierto, sed y cansancio de Jesús en aquella
hora del mediodía, sed de la samaritana que va a buscar agua al pozo de
Jacob... Todo nos habla de esa condición del hombre, de esa situación de cada
uno de nosotros que evoca el salmo 62 con estas palabras: "Oh Dios, tú eres
mi Dios, por ti madrugo; mi alma tiene sed de ti, mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agotada sin agua".
   En realidad son muchos los deseos y aspiraciones que el hombre guarda en
su corazón. Habría que hablar de "sed" en plural, pero ninguna más honda y
duradera que esa aspiración al infinito, al encuentro con Alguien que lo
transciende en su pequeñez y limitación. La condición del hombre es la de un
ser finito portador de un vacío infinito.
   Una de las dos tentaciones a las que estamos siempre expuestos consiste
en pretender eliminar la sed en nosotros y en los demás. Se pretende eliminar
la sed del hombre reduciéndola a una serie de necesidades que periódicamente
o en el arco de la vida de una persona se pueden colmar. Fácilmente se deja
arrastrar uno por la tendencia del mundo actual que pretende tener un remedio
para cada una de las necesidades, una satisfacción a medida de cada deseo,
una solución a cada problema. Pero el requerimiento del hombre va más allá:
"Dame agua de ésa; así no tendré más sed ni tendré que venir aquí a sacarla".
   Pero hay otra tentación aún más sutil y peligrosa: consiste sencillamente
en negar que exista la sed, en reducir al hombre a las solas coordenadas que
nosotros podemos entender. "Y dicen que los vasos sirven para beber, lo malo
es que no sabemos para qué sirve la sed" (A. Machado). Nuestra manera de
hablar de Dios, del don de Dios, puede suscitar, como hizo Jesús con la
Samaritana, el deseo de buscarlo. Pero podemos también hablar de Él como algo
que no interesa ni responde a las grandes aspiraciones del corazón humano o
del mundo de hoy...
   Ciertamente no es fácil mantener unidos los dos extremos: de hablar de un
Dios que no puede ser reducido a nuestras palabras y hablar a un hombre al que
se deja siempre insatisfecha su ansia de verdad. Pero es esa senda difícil
la única que ayuda verdaderamente a las personas a entrar en su interior y
descubrir al Dios vivo, el don que se hace manantial dentro de nosotros
mismos.

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 7 de marzo de 2020

Ciclo A - Cuaresma - Domingo II


8 de marzo de 2020 - II DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo A

                             "Se transfiguró"

   Génesis 12,1-4a

   En aquellos días, el Señor dijo a Abrahán:
   -Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostra-
ré.
   Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una
bendición.
   Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan.
   Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.
   Abrahán marchó, como le había dicho el Señor.

   II Timoteo 1,8b-10

   Querido hermano:
   Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que
Dios te dá. El nos salvó y nos llamó a una vida santa no por nuestros méri-
tos, sino porque antes de la creación, desde el tiempo inmemorial, Dios
dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha
manifestado por medio del Evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo,
que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal.

   Mateo 17,1-9

   Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó
aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro
resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y
se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él.
   Pedro entonces tomó la palabra y dijo a Jesús:
   -Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres haremos tres chozas: una
para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
   Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su
sombra, y una voz desde la nube decía:
   -Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.
   Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se
acercó y tocándolos les dijo:
   -Levantaos, no temáis.
   Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban
de la montaña, Jesús les mandó:
   -No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de
entre los muertos.

Comentario

   El camino de la cuaresma nos lleva cada año a recorrer las etapas de
nuestra iniciación cristiana. Hoy nos presenta en qué‚ consiste el itinerario
de la fe: salida de nuestra tierra y confesión de Jesús como Señor.
   El cristiano, hijo de Abrahán (1ª. lectura) y seguidor de Jesús, es invi-
tado a contemplar a Éste en el episodio de su transfiguración.
   Siguiendo el relato evangélico, cada uno de los personajes que van a-
pareciendo, nos ofrece una posibilidad de acercamiento al misterio.
   -Los discípulos. Son elegidos uno por uno y en número reducido, no sólo
para presenciar, sino también para participar y ser testigos del aconteci-
miento. Su actitud de disponibilidad, de alegría y temor reverencial ante el
misterio que se revela, nos habla del sentido trascendente de la experiencia
que están viviendo. Entre ellos destaca Pedro, a quien Mateo, contrariamente
a los otros evangelistas, no reprocha la falta de comprensión de lo que
sucede. Por el contrario, es él quien llama a Jesús "Señor", título que
corresponde a su situación gloriosa, mientras que en los evangelios de Marcos
y Lucas lo llama "Maestro".
   - Moisés y Elías. Son los dos personajes del Antiguo Testamento que han
visto la gloria de Dios. Representan la ley y los profetas, formula global
que se usaba para designar el conjunto de la revelaci¢n antigua. Existía la
creencia de que ambos aparecerían un día para anunciar la llegada del Mesías.
Su presencia en la transfiguración de Jesús es un testimonio cargado de
simbolismo. Cuando Jesús aparece en su gloria, ellos se eclipsan,
contribuyendo a poner de relieve su figura. Es de notar que el episodio de
la transfiguración acontece entre dos anuncios que Jesús hace de su propia
pasión y muerte, dejando bien claro el doble aspecto, sufrimiento y gloria,
que encierra su misterio.
   Entre los evangelistas, Mateo subraya el aspecto luminoso de la
transfiguración de Jesús: "Su rostro resplandecía como el sol, la nube que
cubrió a los discípulos era "luminosa". Parece que ambas expresiones están
tomadas del pasaje del Antiguo Testamento en el que se describe el paso del
mar Rojo (Ex 34,29-30) y contribuyen a presentar a Jesús como un nuevo
Moisés, tema constante en el primer evangelio.
   Pero más importante que el testimonio mudo de Moisés y de Elías, es la
voz del cielo y la nube que envuelve a los discípulos. Como en el bautismo
de Jesús en el Jordán, la voz del cielo revela la identidad de Jesús: Él es
el Hijo amado del Padre. Aquí se añade además la orden de escucharle,
poniendo así de relieve su misión reveladora.
   De este modo la transfiguración de Jesús no tiene sólo la función de
manifestar de forma anticipada lo que será la gloria de la resurrección, sino
también la de afirmar que con su vida y con su palabra cumple la misión de
revelar y llevar a cabo el plan de Dios para el hombre.

                   "Tomó la forma de esclavo" (Fil, 2,7)

   Para explicar lo que sucedió ante los ojos atónitos de los tres
discípulos, los evangelistas emplean unánimemente la expresión "se
transfiguró" referida a Jesús, y a continuación dan algunos detalles sobre
el aspecto de su rostro y de sus vestidos.
   La palabra griega que corresponde a transfiguración es "metamorfosis",
que significa transformación, cambio de forma o de apariencia. Referido a una
persona es el cambio de su condición de vida.
   Esa transformación o transfiguración de Jesús ante los apóstoles, que
revela de alguna manera su otra condición de vida, la que un día, después de
pasada la prueba de la cruz adquirirá definitivamente, nos hace pensar
también en la encarnación.
   En la carta a los filipenses, S. Pablo emplea la misma terminología que
aparece en el evangelio de hoy para hablar de la otra transformación en
sentido inverso. Cristo Jesús que existía en la "forma" de Dios, se despojó
de esa condición y asumió la "forma" de esclavo, presentándose como un simple
hombre (Fil 2,5-8). Existen, pues, por así decirlo dos transfiguraciones en
sentido opuesto: la una que lleva a Cristo a manifestarse en la humildad del
Siervo, la otra que lo revela como Señor.
   Debemos ahora dar un paso más y descubrir la relación que existe entre
ambas transfiguraciones si queremos meditar el evangelio a la luz del
misterio de Nazaret. La transfiguración del Tabor es transitoria. El rostro
de Jesús transfigurado y radiante de luz será, como Él mismo anuncia,
desfigurado en la pasión hasta perder la apariencia de hombre (Is 53,2-3).
El camino de la encarnación lo había llevado, en un exceso de amor, hasta la
condición infrahumana de la "forma" de esclavo. La "transfiguración" operada
en la encarnación del Verbo hace posible la redención llevándole a compartir
la condición de vida del hombre. Y no se trata de una situación transitoria,
como en el Tabor, sino permanente, pues Dios se ha hecho hombre para siempre.
   La conexión de la encarnación con el misterio de la cruz es presentada
así en la carta a los hebreos: "Al entrar en el mundo dice Él: Sacrificios
y ofrendas no los quisiste; en vez de eso me diste un cuerpo a mí" (10,5).
La condición humana de Jesús no es, pues, una cosa pasajera o aparente. Si
pudo morir en la cruz para salvarnos es porque había nacido de la virgen
María.
   La verdad de la condición divina de Jesús, desvelada momentáneamente en
la escena evangélica de este domingo, prueba la profundidad del misterio que
durante tantos años se ocultó en Nazaret. La fugacidad del momento de gloria
nos ayuda a penetrar en la opacidad de todos los otros momentos en los que
sólo aparece la condición humana de Jesús y a reconocerlo y escucharlo aun
cuando por la violencia de los malos tratos es reducido a la condición de
esclavo.
   Como Él nos ha hablado de hombre a hombre asumiendo nuestro modo de ser,
la transfiguración nos confirma que un día también nosotros podremos hablar
con Dios tratándolo como Él es.

Señor Jesús,
tu rostro transfigurado
nos descubre tu condición gloriosa;
tu rostro desfigurado en la pasión
nos recuerda tu inmenso amor por nosotros;
tu rostro sereno durante tantos años en Nazaret
nos comunica la cercanía y humildad
con la que has querido compartir nuestra vida.
Danos hoy la gracia del Espíritu Santo
para que, desde el Tabor,
sepamos ver el Calvario
y las colinas de Nazaret.

                            El camino de la fe

   La Iglesia con el mensaje litúrgico de este domingo nos invita a tomar
nuevos ánimos en el camino de la fe; más aún, nos pide que redescubramos las
razones verdaderas de nuestro creer para que nuestra vida cobre un sentido
más pleno.
   El ejemplo de Abrahán que, llamado por Dios, deja todo y se fía de Él
para emprender un camino con rumbo desconocido, la subida de los apóstoles
con Jesús hacia la cima de Tabor para ser introducidos de forma misteriosa
en lo que es el misterio de Dios, nos indican con fuerza cuál es el camino
de la fe.
   La fe supone, ante todo, una ruptura. Con demasiada frecuencia los
cálculos humanos, las perspectivas a corto plazo, los cuidados de la vida,
ahogan en nosotros esa visión hacia el futuro y hacia el sentido último que
tiene nuestra existencia. Por eso necesitamos, de vez en cuando, sacudir
nuestra torpeza; dejar que la Palabra de Dios entre hasta lo más profundo de
nosotros mismos y ponernos nuevamente en pie para emprender la marcha de la
fe.
   La fe comporta siempre un riesgo. No suprime toda inquietud. Al
contrario, lleva a estar siempre en camino, siempre abiertos a nuevas
perspectivas.
   La obediencia a Dios que comporta la fe nos pone entre sus manos, de
manera que uno pierde, por así decirlo, las riendas del propio destino para
confiar en el Otro. Por eso el creer es también una apuesta que lleva siempre
más allá de las propias posibilidades, hacia rumbos desconocidos.
   La fe es, ante todo, un encuentro gozoso con Jesús; un encuentro
recíproco en el que hay una comunicación fundada en una relación de profunda
amistad. De ese encuentro nace la fuerza para caminar en el llano de la vida
cotidiana y para subir al otro monte, al Calvario, cuando Dios lo disponga.
   Ese encuentro con Jesús abre la fe hacia la esperanza, hacia el
definitivo estar cara a cara con Él, cuando su rostro ya transfigurado
definitivamente en la resurrección nos transfigurará también a nosotros a su
imagen. "Seremos transformados; porque esto corruptible tiene que vestirse
de incorrupción y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad" (1Co
15,53).
   Esa es la "buena noticia" que hemos recibido "ahora por la aparición en
la tierra de nuestro Salvador" (2ª.lectura).

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