sábado, 16 de mayo de 2020

Ciclo A - Pascua - Domingo VI


17 de mayo de 2020 - VI DOMINGO DE PASCUA - Ciclo A                          

              "Yo le pediré al Padre que os dé otro abogado"

   Hechos 8,5-8. 14-17

   En aquellos días, Felipe bajó a la ciudad de Samaría y predicaba allí a
Cristo. El gentío escuchaba con aprobación lo que decía Felipe, porque habían
oído hablar de los signos que hacía y los estaban viendo: de muchos poseídos
salían lo espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados
se curaban. La ciudad se llenó de alegría.
   Cuando los apóstoles, que estaban en Jerusalén, se enteraron de que
Samaría había recibido la palabra de Dios, enviaron a Pedro y a Juan; ellos
bajaron hasta allí y oraron por los fieles, para que recibieran el Espíritu
Santo; aún no había bajado sobre ninguno, estaban sólo bautizados en el
nombre del Señor Jesús. Entonces les imponían las manos y recibían el
Espíritu Santo.

   I Pedro 3,15-18

   Hermanos: Glorificad en vuestros corazones a Cristo Señor y estad siempre
prontos para dar razón de vuestra esperanza a todo el que os la pidiere; pero
con mansedumbre y respeto y en buena conciencia, para que en aquello mismo
en que sois calumniados queden confundidos los que denigran vuestras buenas
conductas en Cristo; que mejor es padecer haciendo el bien, si tal es la
voluntad de Dios, que padecer haciendo el mal.
   Porque también Cristo murió una vez por los pecados, el justo por los
injustos, para llevarnos a Dios. Murió en la carne, pero volvió a la vida por
el Espíritu.

   Juan 14,15-21

   Jesús dijo a sus discípulos:
   -Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Yo le pediré al Padre que os
dé otro Defensor que esté siempre con vosotros, el Espíritu de la verdad. El
mundo no puede recibirlo porque no lo ve ni lo conoce; vosotros, en cambio,
lo conocéis, porque vive con vosotros y está con vosotros.
   No os dejará desamparados, volverá. Dentro de poco el mundo no me verá
pero vosotros me veréis, y viviréis, porque yo sigo viviendo. Entonces
sabréis que yo estoy con mi Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros. El que
acepta mis mandamientos y los guarda, ése me ama; al que me ama, lo amará mi
Padre, y yo también lo amaré y me revelaré a él.                         

Comentario

   El evangelio de este domingo es continuación casi inmediata del pre-
cedente. Por tanto habrá que tener presente lo ya dicho para situarlo en su
contexto.
   El breve pasaje que leemos hoy se articula en dos partes, las cuales
ponen de manifiesto los dos motivos de consuelo que Jesús ofrece a sus
discípulos ante su próxima desaparición: la promesa del Espíritu Santo y su
propio retorno.
   La Iglesia, en la proximidad de la fiesta de Pentecostés, nos lleva en la
liturgia a desplazar nuestra atención hacia la persona del Espíritu Santo.
En varios pasajes de los discursos de la última cena Jesús habla del Espíritu
Santo y en los versículos que hoy leemos encontramos la expresión más clara
de su relación con el mismo Jesús y con el Padre.
   El Espíritu Santo es presentado como "otro" abogado (defensor) ya que el
mismo Jesús intercede por nosotros ante el Padre (1Jn 2,1). En los mismos
discursos de la última cena se dice que el Espíritu Santo "procede del Padre"
(Jn 15,26) y que Éste lo enviará en nombre de Jesús (Jn 14,26). El Espíritu
Santo es llamado "Espíritu de verdad" (15,26) y se dice que comunicará a los
discípulos lo que pertenece a Jesús, quien a su vez afirma: "Todo lo que
tiene el Padre es mío" (Jn 16,14).
   Todo lo precedente se refiere a las relaciones intratrinitarias. Pero
Además, el Espíritu Santo cumple respecto a los discípulos de Jesús
importantes funciones: está con ellos y en ellos, es maestro y guía, lleva
a la comprensión del mensaje de Jesús y da la fuerza para ser testigos suyos.
Todo ello puede efectuarse únicamente en quien acoge la palabra de Cristo.
El mundo en cuanto conjunto de situaciones y actitudes contrarias al Reino
de Dios, es incapaz de abrirse a la acción del Espíritu Santo.
   Hay una progresión en la presencia y acción del Espíritu Santo en los
creyentes, tal y como nos la presenta el evangelio de hoy, que merece ser
destacada. En el texto original la progresión está señalada por el uso de
tres preposiciones distintas. En el v. 16 Jesús dice que el Espíritu Santo
estará siempre con (=metà) vosotros y en el versículo siguiente que vive ya
con (=parà) vosotros y en (=en) vosotros. Algunos prefieren ver una
progresión temporal atendiendo a las diversas fases del misterio de Cristo:
vida terrena, presencia postpascual y el siempre del tiempo de la Iglesia.
Pero no cabe duda que puede verse también un camino hacia la intimidad de las
personas y de la Iglesia entera.
   Esto nos introduce en la segunda parte del texto evangélico que habla del
retorno de Jesús a sus discípulos después de haber muerto. Su presencia
conlleva también la del Padre: "Yo estoy con el Padre, vosotros conmigo y yo
con vosotros". Es la realidad estupenda en la que nos introduce el bautismo
recibido en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La única
condición es el amor: "Si me amáis... "

                                "Con ellos"

   Nazaret inspira siempre nuestra lectura del Evangelio. La promesa de
Jesús de no dejar desamparados a los discípulos sino de volver con ellos, nos
hace pensar en ese momento clave de su llegada a la mayoría de edad, según
la ley, en el que después de haber proclamado que tiene que estar "en la casa
de su Padre", vuelve con María y José a Nazaret.
   Más allá de las coincidencias formales de los textos, está el hecho de la
permanencia de Jesús en Nazaret. Podemos ver en ello un signo claro de la
voluntad de acercamiento de Dios al hombre para salvarlo. El "habitar con"
es una de las experiencias humanas que mejor traducen la comunidad de vida,
el deseo y la posibilidad de llegar a relaciones personales íntimas y
profundas.
   Podemos pensar que para Jesús las posibilidades de orientarse por otros
caminos en esos momentos no eran muchas. Más tarde sí lo serían. Cabía la
posibilidad de romper el círculo familiar y emprender un nuevo oficio en vez
de continuar haciendo lo mismo que veía hacer a su padre. Cabía la
posibilidad de comenzar una ocupación más libre, quizá de estudiar (Jn 7,15).
Jesús prefirió seguir la tradición y fue primero aprendiz, luego compañero
y finalmente sucesor de José‚ en el oficio de carpintero. Nunca terminaremos
de comprender el porqué de ese quedarse en Nazaret, de ese volver "con
ellos... "
   Leemos también en el evangelio: "Entonces sabréis que yo estoy con mi
Padre, vosotros conmigo y yo con vosotros" (Jn 14,21). María y José tampoco
entendieron en aquel momento qué significaba "estar en la casa del Padre" y
al mismo tiempo vivir con ellos en Nazaret de forma permanente. A la luz de
la resurrección, podemos decir que Jesús vive con el creyente y vive en el
creyente. De manera que es Él mismo, y no sólo su casa, quien es habitado por
Jesús. La reciprocidad de que Él habla ("vosotros conmigo y yo en vosotros"),
nos invita a dar un paso más. Sabemos, en efecto, que si Él viene con
nosotros es para que nosotros vayamos con Él. Y Él es la puerta para entrar
en la casa de la Trinidad. Somos así invitados a una recíproca inhabitación:
la Trinidad en nosotros y nosotros en la Trinidad, habitar y ser habitados...
   Todo esto sólo puede efectuarse cuando Jesús está con el Padre, está en
la casa de su Padre y desde allí envía el Espíritu Santo, es decir, en el
tiempo de la Iglesia (En el tiempo de Nazaret). Entonces puede el bajar con
nosotros, como con María y José, a las ocupaciones de la vida ordinaria
mientras dure la condición presente de nuestra historia humana, pero ya
transfigurada por la fe.

Señor Jesús, que estás con el Padre
y al mismo tiempo estás con nosotros,
te bendecimos por el Espíritu Santo
consolador, defensor, abogado,
que tú por la efusión de tu sangre
nos has conseguido y nos has dado con abundancia.
Te pedimos la gracia
de dejarnos guiar por Él en todas nuestras acciones
y de estar atentos a su presencia
que actualiza también la tuya y la del Padre
en nosotros y entre nosotros.
  
                             "Si me amáis... "

   El proceso maravilloso descrito en el evangelio de hoy que resume el arco
entero de la vida cristiana hasta en sus mayores profundidades, se
desencadena a partir del amor a Jesús. Ese amor lleva al cumplimiento de sus
mandatos y a acogerlo en nosotros.
   Se puede así romper un esquema demasiado intelectualista de la vida del
cristiano que lleva a poner el acento en el conocimiento de las verdades de
la fe. Lo primero es el amor. Es ese el verdadero punto de partida que pone
en movimiento todo lo demás. Hay que recordar, sin embargo, que ese
movimiento primero es fruto de la gracia. Y lo que admitimos fácilmente en
abstracto o cuando se trata de la vida entera de una persona, hemos de
vivirlo también en lo concreto de cada una de nuestras jornadas en la vida
diaria.
   Otro prejuicio que este evangelio debería llevarnos a superar es el de la oposición entre amor y cumplimiento de los mandamientos. Una concepción de
la vida cristiana que ve en los mandamientos puras imposiciones que hieren
la libertad de la persona y, en último término, su dignidad, no ayuda a
llegar a la unidad de vida. El evangelio de hoy señala el camino exacto: el
cumplimiento de los mandamientos es expresión del amor. Con esa motivación
de fondo, ninguna obediencia, incluso minuciosa, coarta el desarrollo de la
persona.
   Pero sobre todo el evangelio de hoy nos lleva a interpretar nuestra vida
cristiana como comunión y convivencia. Comunión de vida en primer lugar con
y en la Trinidad, que es el fundamento de todo lo demás. Comunión de vida que
es vivir en la comunidad de fe, pero que ofrece ya en esperanza lo que será 
la vida eterna, término de nuestro camino. Comunidad de vida que presenta la
posibilidad de un progreso hacia una intimidad cada vez más grande y al mismo
tiempo hacia una extensión cada vez mayor en los compromisos. El "vosotros"
que viene usado constantemente en al evangelio de hoy es una invitación a la
construcción de la comunión contando con los demás. En último término radica
aquí el impulso misionero, pues no se trata de compartir la vida sólo con
quienes tienen la misma fe que nosotros, sino de llamar también a otros.

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sábado, 9 de mayo de 2020

Ciclo A - Pascua - Domingo V


10 de mayo de 2020 - V DOMINGO DE PASCUA – Ciclo A

                  "Yo soy el camino, la verdad y la vida"

   Hechos 6,1-7

   En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua
griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en le suministro
diario no atendían a sus viudas. Los apóstoles convocaron al grupo de los
discípulos y les dijeron:
   No nos parece bien descuidar la Palabra de Dios para ocuparnos de la
administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de
buena fama, llenos de espíritu de sabiduría, y los encargaremos de esta
tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra.
   La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno
de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Simón, Parmenas y
Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos
les impusieron las manos orando.
   La Palabra de Dios iba cundiendo y en Jerusalén crecía mucho el número de
discípulos; incluso sacerdotes aceptaban la fe.

   I Pedro 2,4-9

   Queridos hermanos:
   Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero
escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis
en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado
para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.
   Dice la Escritura: "Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y
preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado".
   Para vosotros los creyentes es de gran precio, pero para los incrédulos
es la piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en
piedra angular, en piedra de tropezar y en roca de estrellarse.
   Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino.
   Vosotros, en cambio, sois una raza elegida, un sacerdocio real, una
nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas
del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

   Juan 14,1-12

   Dijo Jesús a sus discípulos:
   -No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de
mi Padre hay muchas estancias, si no os lo habría dicho, y me voy a
prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré
conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy,
ya sabéis el camino.
   Tomás le dice:
   -Señor, no sabemos a dónde vas ¿Cómo podemos saber el camino?
   Jesús le responde:
   -Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.
Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis
y lo habéis visto.
   Felipe le dice:
   -Señor, muéstranos al Padre y nos basta.
   Jesús le replica:
   -Hace tanto que estoy con vosotros ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha
visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tu: "Muéstranos al Padre"? ¿No
crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo
hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, Él mismo hace las
obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las
obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo
hago, y aun mayores. Porque yo me voy al Padre.
                         
Comentario

   El texto del evangelio, que ilumina también las otras lecturas de hoy,
forma parte del primer discurso de despedida pronunciado por Jesús durante
la última cena. Desde el punto de vista redaccional, esta sección (Jn 13,31
- 14,31) está compuesta por cuatro unidades con la misma estructura: Jesús
da una explicación sobre su próximo "éxodo pascual", los apóstoles no
entienden y sucesivamente uno de ellos (Pedro, Tomás, Felipe, Judas) le
formulan una pregunta que da ocasión a Jesús para ampliar y explicitar lo que
inicialmente había querido decir. El pasaje de este domingo recoge la segunda
y tercera de estas unidades.
   Es Tomás en primer lugar quien pregunta por el "camino" que los
discípulos deberán seguir para llegar adonde Jesús, según sus propias
palabras, se dispone a ir. En la mentalidad común de los hebreos, "camino"
es toda la vida humana interpretada como éxodo hacia Dios, "camino" es
también la ley (Cfr Sal 119) que conduce a El... Jesús responde
presentándose como "el camino" que sustituye a todos los otros para llegar
al encuentro con Dios. "Nadie se acerca al Padre sino por mí". El es único
mediador, la puerta por la que pasa el rebaño (Jn 10,7). Los otros dos
términos usados por Jesús en su respuesta ("verdad" y "vida") están en íntima
relación con el primero. Jesús es el camino en cuanto revela al hombre la
verdad acerca de Dios y le conduce a la vida misma de Dios haciéndole hijo
suyo.
   La segunda pregunta, la de Felipe, permite a Jesús continuar la
explicación. Pero no procede a la manera de una exposición lógica, sino
volviendo, como en círculos concéntricos, siempre sobre el mismo tema.
Felipe, que como muchos de sus contemporáneos, esperaba en una manifestación
del poder y la gloria de Dios en el momento de la venida del Mesías, es
guiado por Jesús hacia la fe verdadera que consiste en ver en el mismo Jesús
el signo definitivo de la presencia de Dios en el mundo. Para el IV
evangelio, Jesús es la pura transparencia del Padre: "Quien me ve a mí está 
viendo al Padre". Y la razón está en la unión inefable, que va mas allá  de
todas las categorías humanas, entre el Padre y el Hijo. "Yo estoy en el Padre
y el Padre en mí".
   Lo sorprendente está en el hecho de que Jesús, a renglón seguido, aplica
a sus discípulos lo mismo que está diciendo de sí mismo: "Quien cree en mí...
" La Iglesia es imagen de Jesús como Él lo es del Padre. Desde aquí podemos
también meditar la 2ª. lectura en la que S. Pedro nos invita a ser uno con
Jesús. El es la "piedra viva" y nosotros somos llamados a ser "piedras vivas"
en el templo del Espíritu. Por medio de Él podemos ofrecer el sacrificio de
nuestra vida.

                         "En la casa de mi Padre"

   Las explicaciones de Jesús durante la última cena comunican a los
discípulos el alcance que tendrán los acontecimientos inminentes que van a
vivir. En ellos se pondrá de manifiesto la gloria de Dios y las relaciones
existentes entre las divinas personas.
   Una de las expresiones elegidas por Jesús para hablar del misterio
pascual es la de volver a la casa del Padre. La misma expresión había
utilizado, según el evangelio de Lucas, cuando sus padres lo encontraron en
el templo de Jerusalén. "¿No sabíais que yo tenía que estar en la casa de mi
Padre?" (2,49). En el texto evangélico que hoy meditamos, se habla de una ida
y de una vuelta para llevar junto a Él a sus discípulos.
   Jesús parece querer desdramatizar el choque que supondrá su muerte ("No
estéis agitados") hablando de su próximo retorno y de la posibilidad de estar
siempre con Él. Pero sobre todo presentando su ida al Padre como un acto de
hospitalidad: "Voy a prepararos sitio". Habitar la misma casa es una forma
de expresar la pertenencia a la misma familia y de vivir la misma vida.
   Si meditamos el evangelio desde Nazaret, no podemos por menos de recordar
el movimiento descendente y encarnatorio que ha precedido ese "ir al Padre".
La vuelta de Jesús, para llevar consigo a sus discípulos queda así cargada
de esa acogida hospitalaria que Él recibió en la casa de María y de José en
Nazaret. Ellos lo recibieron en la humildad y en la fe cuando se encarnó y
lo acompañaron cuando después de decir que tenía que estar en la casa de su
Padre "bajó con ellos y vino a Nazaret y siguió bajo su autoridad" (Lc 2,51).
   Jesús, la vía única hacia el Padre, ha hecho primero el camino hacia
nosotros, se ha acercado a nuestra condición humana, para que nosotros
podamos compartir su condición divina.
   Los Padres de la Iglesia veían en la condición terrena del hombre un ir
acostumbrándose a su destino eterno en la casa del Padre. Podemos así
considerar nuestro vivir "bajo el humilde techo de Nazaret" con Jesús, María
y José, como un ir acostumbrándonos a compartir con ellos (y con todos los
hombres) las "moradas eternas" (Lc 16,9).
   La conversión consiste precisamente en emprender el camino que conduce a
la casa del Padre (Cf Lc 15).

Señor Jesús, derrama sobre nosotros
el Espíritu Santo que nos lleva
a creer en el Padre y a creer en ti,
a ir al Padre a través de ti,
a ver al Padre viéndote a ti,
a conocer al Padre conociéndote a ti,
a estar en el Padre como tú estás,
a decir las cosas como oídas antes al Padre,
a hacer las mismas obras que tú hacías,
a pedirlo todo al Padre en tu nombre,
para que su gloria se manifieste en todos sus hijos.

                                 "Servir"

   La elección de los primeros diáconos (1ª. lectura), la invitación a ser
"piedras vivas" (2ª. lectura) y el gesto de Jesús de preparar a los suyos un
lugar (Evangelio) convergen hacia una llamada al servicio, si queremos poner
en práctica lo que la Palabra nos dice.
   La división de funciones que los apóstoles establecen, motivada por un
conflicto en la primera comunidad cristiana, a primera vista parece reflejar
una situación antitética al ideal descrito por Lucas poco antes: "Un solo
corazón y un alma sola".
   Es bueno notar que las dos funciones: el servicio de la Palabra y el
servicio de las mesas, son expresadas con la misma palabra (diaconía). Esto
parece sugerir que la única actitud válida para contribuir a la construcción
de la comunidad cristiana es el servicio. Tal actitud tiene además un gran
valor de testimonio, es la manifestación clara de que el Espíritu del
resucitado sigue vivo.

   La mentalidad actual tiende a eliminar el concepto de servicio,
pretendiendo que todo trabajo, toda acción en favor de los demás, sea pagada,
remunerada. En algunas ocasiones se corre incluso el riesgo de hacer el
ridículo o de ser considerado un ingenuo si uno hace un gesto de servicio sin
pretender nada a cambio. A fuerza de reivindicaciones laborales (muy
legítimas en ciertos casos) podemos ponernos en contra del espíritu
evangélico del servicio como manifestación del amor a los demás.
   La institución de los diáconos en la comunidad cristiana para el servicio
interno es una fuerte invitación a toda la Iglesia para colocarse al servicio
del hombre ofreciéndole el don de la salvación. Es la forma de hacer presente
a lo largo de la historia la actitud fundamental de Jesús "venido no para ser
servido, sino para servir y dar la vida para rescatar a muchos" (Mc 10,45).
   Si queremos, pues, dar cabida en nuestra vida de cada día al mensaje de
la Palabra, demos espacio y tiempo al servicio poniendo a disposición del
bien común las cualidades, las fuerzas, los talentos, los dones que hemos
recibido de Dios. Así crecerá y se desarrollará nuestra comunidad.

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sábado, 2 de mayo de 2020

Ciclo A - Pascua - Domingo IV


3 de mayo de 2020 - IV DOMINGO DE PASCUA - Ciclo A

                     "Yo soy la puerta de las ovejas"

   Hechos 2,14a. 36-41

   El día de Pentecostés se presentó Pedro con los once, levantó la voz y
dirigió la palabra:
   -Todo Israel está cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros cruci-
ficasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías.
   Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los
demás apóstoles:
   -¿Qué tenemos que hacer, hermanos?
   Pedro les contestó:
   -Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os
perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo. Porque la promesa vale
para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el
Señor Dios nuestro, aunque estén lejos.
   Con éstas y otras muchas razones los urgía y los exhortaba diciendo:
   -Escapad de esta generación perversa.
   Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agre-
garon unos tres mil.

   I Pedro 2,20b-25

   Queridos hermanos:
   Si obrando el bien soportáis el sufrimiento, hacéis una cosa hermosa ante
Dios, pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo padeció su
pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
   El no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; cuando le
insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al
contrario, se ponía en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros
pecados subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia.
Sus heridas os han curado. Andabais descarriados como ovejas, pero ahora
habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas.

   Juan 10,1-10

   Dijo Jesús a los fariseos:
   -Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las
ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que
entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las
ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las
saca fuera. Cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y
las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán,
sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.
   Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les
hablaba. Por eso añadió Jesús:
   -Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido
antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo
soy la puerta: quien entre por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y
encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer
estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

Comentario

   Después de haber escuchado ampliamente los relatos de la resurrección,
que resuenan todavía en la primera lectura de este domingo (" Dios lo ha
constituido Señor y Mesías"), la Iglesia nos lleva a escuchar la voz de Jesús
en los días de su vida mortal. Lo hace, sin embargo, después de pasar por la
interpretación redentora del sacrifico de la cruz ("cargado con nuestros
pecados subió al leño", 2ª. lectura).
   El evangelio es el comienzo del cap. 10 de S. Juan y hay que situarlo en
su contexto para poder comprenderlo mejor. Forma parte de la sección en que
se describen los acontecimientos que siguen a la fiesta de las tiendas (Jn
7,1-10,21). Es la continuación de la conclusión que Jesús saca de la reacción
de los fariseos ante el milagro de la curación del ciego: los que pretenden
ver, son ciegos.
   Esto explica el tono polémico de la primera parte del pasaje (vv. 1-6).
Jesús pone una similitud sin referirla explícitamente a nadie. El evangelista
afirma expresamente que "ellos no entendieron de qué les hablaba". El
significado parecía, sin embargo, claro: entrar por la puerta es asumir la
responsabilidad de presentarse en nombre de Dios, pretender interpretar su
voluntad, situarse como guía y mediador frente al pueblo. En el pasado así
se habían presentado los reyes, sacerdotes y profetas. En el momento presente
también pretenden lo mismo. Jesús, a su vez, entra en Jerusalén y es recibido
como "el que viene en nombre del Señor" (Jn 12,13).
   Ante la dificultad de comprensión de sus interlocutores, Jesús explica la
similitud aplicándola directamente a su persona en una doble instancia: "Yo
soy la puerta" (vv 7-11) y "Yo soy el buen pastor" (vv. 11-18).

   En sentido absoluto, Jesús se presenta como el único mediador entre Dios
y los hombres (Tim 2,5; Ef 2,8). Por lo tanto, ese es también el criterio para
que sus seguidores puedan discernir entre los verdaderos pastores que, en
espíritu de servicio, buscan como él el bien, el crecimiento, la libertad de
las ovejas, y los "ladrones y bandidos" que buscan su propio interés (Cfr.
Ez 34,2-3).
   Así pues, la expresión "los que han venido antes de mí" puede referirse
también a los que vienen después y hablan y actúan en nombre de Jesús. El
mismo Juan denuncia el caso de los que se presentaban como falsos mesías en
la Iglesia naciente (1Jn 2,18).
   Sólo Jesús es la puerta y quien entra y sale a través de Él encontrará la
abundancia de la vida que Él da. Jesús es la puerta y el modelo de todos los
pastores que no buscan un dominio sobre el rebaño (1Pe 5,3). El mismo
aparecerá un día como supremo y único Pastor.

                                 La puerta

   No es fácil penetrar en el significado del evangelio de hoy a pesar de su
aparente sencillez. El contenido se basa en dos imágenes (la puerta, el
pastor) que son polivalentes en el texto mismo y están relacionadas entre sí.
Estas imágenes son usadas como similitud para ilustrar una realidad.
   La similitud es empleada varias veces en el evangelio como forma de
expresión. Se distingue de la parábola porque pasa directamente de la imagen
a la realidad, mientras que ésta última interpone la narración de una
historia libremente inventada. La eficacia comunicativa de la similitud está 
en la claridad con que se ve el punto de comparación existente entre la
imagen y la realidad significada, en este caso entre la puerta, el buen
pastor y Cristo.
   Cuando se trata de similitudes y parábolas, la lectura nazarena del
evangelio tiene siempre la posibilidad de meditar cómo Jesús capta en su
ambiente, en su pueblo de Nazaret, las realidades de la vida humana para
después hacerlas portadoras de un significado que las sobrepasa, hasta
convertirlas en medios para revelar los misterios del Reino.
   Hay, sin embargo, otro aspecto que conviene tener presente. Las
similitudes, las alegorías, las parábolas, son palabras o relatos de Jesús,
pero son también muchas veces palabras que nos dicen algo acerca de la
identidad de Jesús. La afirmación clara y rotunda que leemos hoy "Yo soy la
puerta de las ovejas" nos invita a recorrer este segundo camino.
   La imagen de la puerta está empleada con doble sentido: Jesús entra por
la puerta y Jesús es la puerta. El primer sentido nos descubre de forma
sintética todo el misterio de la vida de Jesús desde su encarnación hasta su
éxodo pascual. En otro lugar Jesús sintetiza así su vida: "Salí del Padre y
vine al mundo, ahora dejo el mundo y voy al Padre". Entrar por la puerta y
llegar hasta donde están las ovejas, conocerlas y ser conocido por ellas,
llamarlas por su nombre, son todas expresiones que ponen de manifiesto ese
camino de acercamiento de Dios hacia el hombre realizado en Jesús de Nazaret.
Sacar las ovejas, guiarlas y llevarlas a pastos abundantes alude necesaria-
mente a su obra liberadora y redentora.
   Notemos sin embargo que el punto de comparación entre el buen pastor y
los otros, está en el entrar o no entrar por la puerta. Es ese gesto familiar
de entrar por la puerta lo que garantiza la simpatía de quien está encargado
de abrir la puerta y de las ovejas del rebaño. El paso por la puerta de la
encarnación que ha permitido a Jesús ser uno como nosotros es lo que
garantiza la realidad de su obra redentora. Es ese paso el que le permite ser
conocido y seguido.
   Para el evangelista Juan ése es también el criterio de discernimiento de
la fe verdadera. "Toda inspiración que confiesa que Jesús es el Mesías venido
ya en la carne mortal, procede de Dios" (1Jn 4,3). Viendo la trayectoria de
Cristo a la luz de la encarnación, podemos decir que el haber entrado por la
puerta es lo que le ha permitido luego ser la puerta por donde entran y salen
quienes van a la vida y ser el buen pastor que conduce todo el rebaño.

Señor Jesús, la proclamación de la Palabra
nos da acceso a escuchar tu voz
en toda su pureza e intensidad.
Queremos escuchar y entender lo que nos dices
para aprender a distinguir el acento de tu voz
de todos los otros
para poder seguir tu llamada.
Te bendecimos por la libertad que nos has dado
con tu venida hasta donde nosotros estábamos
y por la abundancia de vida
que ofreces a quienes te siguen.
Con la fuerza de tu Espíritu
queremos salir hacia la luz y hacia la vida
para testimoniar lo que has hecho con nosotros.
  
                         "¿Qué tenemos que hacer?"

   Es la pregunta que se hicieron quienes escucharon el discurso de Pedro
sobre la resurrección de Cristo y es la pregunta que tenemos que hacernos
también nosotros siempre después haber escuchado, meditado e interiorizado
la Palabra de Dios.
   La respuesta sobre el camino concreto que tenemos que seguir para llevar
a cabo lo que nos dice la Palabra de Dios está muy condicionado por el modo
cómo acogemos la misma Palabra.
   El domingo pasado veíamos que a los dos de Emaús les ardía el corazón
mientras escuchaban lo Jesús les decía explicando las Escrituras. A los
habitantes de Jerusalén las palabras de Pedro "les traspasaron el corazón"
y entonces fue cuándo preguntaron "¿Qué tenemos que hacer?" (Hech 2,37).
   Las ovejas siguen al pastor porque conocen su voz. Al "esfuerzo" que Dios
ha hecho por venir a hablarnos con palabras humanas y comprensibles para
llamarnos a cada uno por nuestro nombre, debe corresponder el esfuerzo que
nosotros hacemos por escuchar y comprender su voz.
   Es la presencia viva de Cristo en la comunidad cristiana la que hace que
su palabra sea siempre actual, esté siempre viva. Esa presencia impide que
la palabra se convierta en un texto muerto. Por eso sus palabras son
"espíritu y vida" (Jn 6,63). Como consecuencia, también nosotros debemos
"hacernos presentes" a la Palabra con la atención y la fe. "Los evangelios
mismos envejecen, decía Orígenes, si no los lee el hombre nuevo".
   De esa comunión profunda, que surge en el diálogo, de cada cristiano y de
cada comunidad en cuanto tal, con Cristo pastor, surge el itinerario concreto
hacia la vida.
   En la 1ª. lectura S. Pedro propone los pasos concretos que se deben dar:
conversión, bautismo (que comprende la confesión de la fe y el perdón de los
pecados) y la efusión del Espíritu Santo. Son los pasos fundamentales para
aquel grupo de personas a las que hablaba, pero también el punto de
referencia de toda comunidad para emprender o confirmar el camino de
fidelidad de toda comunidad cristiana.

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