sábado, 15 de agosto de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XX


16 de agosto de 2020 - XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                                  "¡Qué‚ grande es tu fe, mujer!"

-Is 56,1. 6-7
-Sal 66
-Rom 11,13-15. 29-32
-Mt 15,21-28

  Mateo 15,21-28

   Jesús salió y se retiró al país de Tiro y Sidón. Entonces una mujer
cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
   -Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy
malo.
   El no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a
decirle:
   -Atiéndela, que viene detrás gritando.
   Él les contestó:
   -Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel.
   Ella los alcanzó y se postró ante Él, y le pidió de rodillas:
   -Señor, socórreme.
   Él le contestó:
   -No está bien echar a los perros el pan de los hijos.
   Pero ella repuso:
   -Tienes razón, Señor; pero también lo perros comen las migajas que caen
de la mesa de los amos.
   Jesús le respondió:
   -Mujer, ¡qué grande es tu fe!, que se cumpla lo que deseas, En aquel
momento quedó curada su hija.
                         
Comentario

   Las tres lecturas de este domingo tienen como tema común la universalidad
de la salvación en Cristo, para que "todos los pueblos alaben a Dios" (Sal
66).
   El pasaje de la tercera parte del libro de Isaías hace hincapié en la
posibilidad que tienen los extranjeros de "subir al monte santo de Sión" y
de ofrecer su sacrificio en el templo, casa común de todos los pueblos. Es
de notar que el profeta insiste en las condiciones interiores, accesibles a
todos, para formar parte del pueblo de Dios (extranjeros que se han dado al
Señor), más que en las características étnicas o en observancias legales.
   Se va así abriendo camino la idea de una apertura universal según la cual
todo hombre puede adorar a Dios en espíritu y en verdad (Cfr. Jn 4,21) y de
que la salvación es ofrecida a todo el que cree (Rom 3,21). En esa línea
puede verse el relato que leemos hoy en el evangelio, aunque no sin alguna
dificultad.
   El único punto de referencia del relato de Mateo es el pasaje paralelo de
Marcos (7,24-30). Esto ya es significativo, pues Lucas, el evangelista que
más insiste en los aspectos universales de la salvación, omite este hecho.
   Si nos fijamos en el texto de Mateo que leemos hoy, llama la atención la
determinación de Jesús para ir a tierra de paganos. Hay que tener en cuenta
la crítica que en los versículos anteriores había hecho a las prácticas
legalistas que olvidan el corazón del hombre.
   Si leemos con atención el relato vemos que, ante la fe profunda y
sencilla de la mujer cananea, Jesús parece oponer un triple rechazo: el
silencio, la declaración de que su misión está reservada a las ovejas de
Israel y la preferencia de los hijos sobre los perros. Es de notar que en el
evangelio de Marcos el rechazo es sólo uno y que no hay una exclusión tan
fuerte de los paganos, sino más bien una preferencia por el pueblo elegido:
"Deja que coman primero los hijos" (Mc 7,27).
   La diferencia puede explicarse por la diversidad de destinatarios de
ambos evangelios: las comunidades provenientes del paganismo (Marcos) y las
comunidades judeocristinas (Mateo). O quizá la mayor dureza de Jesús en el
evangelio de Mateo sirva sólo para acentuar la fe de la mujer cananea. El
rechazo pone mayormente de relieve cómo de nada sirve la pertenencia al
pueblo de Israel sin la fe personal.
   La postura de Mateo se acercaría así a la que expresa S. Pablo en la 2ª.
lectura, el cual pretende despertar la emulación de los de su raza para ver
si salva a alguno de ellos.
  
Al encuentro del hombre

   La Palabra de Dios orienta nuestra reflexión hacia la dimensión universal
del plan salvífico de Dios. En el milagro efectuado por Jesús en favor de una
mujer que no pertenecía al pueblo elegido, los evangelistas ven el signo de
una llamada a todos los hombres a formar parte de la nueva alianza hecha por
Dios en Cristo. La única condición es la fe en Jesús, "el hijo de David".
   La piedra fundamental de ese universalismo de la salvación, ya anunciado
por los profetas, es ciertamente la encarnación del Verbo. El concilio
Vaticano II lo ha expresado así: "Imagen de Dios invisible (Col 1,15). Él es
el hombre perfecto que ha restaurado en la decadencia de Adán la semejanza
divina deformada por el primer pecado. La naturaleza humana ha sido por Él
asumida, no absorbida; por lo mismo, también en nosotros ha sido elevada a
dignidad sin igual. Y que Él, Hijo de Dios, por su encarnación, se identificó
en cierto modo con todos los hombres: trabajó con manos de hombre, reflexionó
con inteligencia de hombre, actuó con voluntad humana y amó con humano
corazón. Nacido de la Virgen María, es verdaderamente uno de nosotros,
semejante en todo a nosotros, excepto en el pecado" (G.S. 22). Ese primer
paso de solidaridad con todo hombre dado por Dios mismo en la encarnación es
el que orienta todos los otros y el que guía los que la iglesia y cada uno
de nosotros debemos dar continuamente.
   Ante el hecho de la encarnación, podríamos, sin embargo,
estar tentados de eliminar todas las barreras y de llegar a un confusionismo
sincretista para decir que todas las situaciones religiosas son equivalentes,
puesto que Dios mismo parece haber negado la raíz de todos los privilegios.
El respeto de la libertad religiosa se funda en la naturaleza libre de la
persona y no en la mayor o menor adecuación a la verdad que tienen sus
creencias.
   El evangelio de este domingo nos invita a ser al mismo tiempo abiertos y
cautos ya que el mismo Jesús, que va al encuentro de todos, parece marcar
unas distancias y establecer unas prioridades. Esa es también la otra faceta
que nos enseña la encarnación y que no cesamos de meditar. Jesús se ha
identificado con un pueblo, el pueblo de Israel. Ha asumido la naturaleza
humana, no de modo genérico, sino con todas las limitaciones y connotaciones
de una cultura, una lengua, una fe. En un momento determinado y encontrándose
en una situación similar a la que relata el evangelio de este domingo, no
teme decir a la mujer samaritana: "la salvación viene de los judíos" (Jn
4,23).
   Efectivamente, Dios no puede deshacer con una mano lo que construye con
la otra. "Los dones y la llamada de Dios son irrevocables" (2ª. lectura). Hay
una armonía en el designio de Dios que a veces se nos escapa porque nuestra
limitación nos impide sondear el misterio.

Señor Jesús, abierto a todos,
que has salido al encuentro del hombre,
prisionero del diablo y del pecado,
aumenta en nosotros la fe
que confiesa tu nombre y tu poder,
y nos acerca al Padre con la confianza de los hijos.
Enséñanos a no desanimarnos en la oración
y danos esa actitud profunda
de respeto y de apertura,
de humildad y de sencillez,
fruto de la acción del Espíritu Santo,
que no hace cercanos a todos
y nos une verdaderamente a ti

Ser universales

   La construcción de la comunión entre todos los hombres es una vieja
aspiración humana que hoy se hace más apremiante por la facilidad de la
comunicación y por la frecuencia de intercambios de todo tipo. El evangelio
de hoy nos enseña que para que tal aspiración pueda realizarse de verdad es
necesario reconocer a Jesús como Señor y portador de la salvación. Es, en
efecto, el pecado lo que cierra el corazón del hombre al encuentro con sus
hermanos y con Dios.
   Podemos imaginar dos caminos para ensanchar nuestro corazón y vivir esa
universalidad de la salvación a la que invita la Palabra de Dios.
   El uno se dirige hacia la comprensión de la complejidad del alma humana
y de las diversas realidades en las que la salvación actúa. Es un camino que
lleva a la admiración por la multiplicidad y grandeza de las obras de Dios
en los distintos tiempos de la historia, en la diversidad de las culturas, en
la multiplicidad de los pueblos, de las instituciones... Requiere una buena
capacidad de apertura, de tolerancia y de penetración en las realidades
humanas para rastrear los senderos del Espíritu y para comprender a personas
muy distintas de nosotros.
   Pero hay otro camino para llegar a la universalidad. Es el de la
sencillez. Consiste en saber vivir en profundidad y con sentido común las
cosas más elementales. Podemos estar seguros de que en ella nos encontramos
con todo hombre.
   Fue quizá esa actitud de sencillez, aprendida largamente en Nazaret, la
que permitió a Jesús descubrir en la apremiante insistencia de una madre
cananea esa fe sincera que le arrancó el milagro de la liberación de su hija.
   Los cristianos, llamados hoy a colaborar más que nunca con todos los
hombres en los diversos terrenos de la actividad humana, debemos al mismo
tiempo ponernos al alcance de todos y conservar de modo firme la autenticidad
de nuestra fe y la coherencia con la vida teniendo como punto de referencia
a Jesús, el Hijo de Dios.

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf

sábado, 8 de agosto de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XIX


9 de agosto de agosto de 2020 - XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                                   "¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!"

-1Re 19,9. 11-13
-Sal 84
-Rom 9,1-5
-Mt 14,22-33

Mateo 14,22-33

   Después que sació a la gente, Jesús apremió a sus discípulos para que
subieran a la barca y se le adelantaron a la otra orilla mientras Él despedía
a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para
orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy
lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De
madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole
andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un
fantasma. Jesús les dijo en seguida:
   ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
   Pedro le contestó:
   -Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.
   Él le dijo:
   -Ven.
   Pedro bajó de la barca y echo a andar sobre el agua acercándose a Jesús;
pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y
gritó:
   -¡Señor, sálvame!
   En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
   -¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?
   En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se
postraron ante Él diciendo:
   -Realmente eres Hijo de Dios.

Comentario

   La primera parte del evangelio de este domingo puede servir de empalme
con el anterior. Jesús despide a la multitud y ordena a sus discípulos que
pasen en barca a la otra orilla del lago. Mientras Él se retira a orar. Se
diría que su oración solitaria prolonga el gesto de elevar los ojos al cielo
y de bendecir a Dios efectuado durante el milagro de la multiplicación
de los panes. Pero puede ser también la preparación para el signo de caminar
sobre las aguas, que vendrá después. Se diría que Jesús encuentra en su
relación con el Padre la lucidez para rechazar la tentación de un mesianismo
triunfante y falso, y para ser fiel y coherente con ella.
   Detengámonos ahora en el episodio central del texto de hoy: Jesús camina
sobre las aguas. El análisis de algunas particularidades en la narración de
Mateo nos permitirá, como otras veces, penetrar en lo esencial del mensaje.
   Mateo sigue de cerca lo que dice el evangelio de Marcos (6,41-52). Pero
éste insiste en el poder de Jesús, que calma la agitación de las olas, y en
la incredulidad de los discípulos ("ellos no habían comprendido el milagro
de la multiplicación de los panes y su corazón permanecía cerrado" 6,52).
Mateo, por su parte, ve más a los discípulos en cuanto grupo. Para él es la
barca la que está agitada por las olas, y no tanto sus ocupantes. Además
parece fijarse más en el miedo de los discípulos que en su cerrazón. Mateo
es el único de los evangelistas que habla del gesto de Pedro, que lleno de
entusiasmo comienza a caminar sobre las olas como su Maestro, aunque luego
su fe vacila. Finalmente, en el evangelio de Mateo, contrariamente a lo que
sucede en el de Marcos, los discípulos proclaman explícitamente su fe en
Jesús como Hijo de Dios.
   Teniendo en cuenta estos datos, la intención de Mateo parece clara. En un
relato que tenía originariamente un marcado carácter cristológico, ha
subrayado también la dimensión eclesial. No se trataba sólo de mostrar la
identidad de Jesús con su poder sobre los elementos naturales, sino también
su capacidad de restablecer la calma, la paz y la serenidad en el grupo de
los que creían en Él.
   Cuando Mateo escribe su evangelio, ha pasado ya el tiempo de las primeras
conversiones y de la rápida propagación del evangelio. Las primeras
dificultades internas y las primeras persecuciones llevan a pensar a la
Iglesia que su camino a través del tiempo no será fácil. Se diría que en el
relato de Mateo se traslucen ya de alguna manera, esas dificultades y que su
mensaje es por tanto un mensaje de esperanza. Aun en medio de las tinieblas
y preocupaciones, el Señor resucitado es el apoyo firme de su Iglesia. La
personalización del drama en el apóstol Pedro subraya la necesidad de una fe
fuerte para continuar el camino con Jesús.

"Cristo según la carne"

   Para meditar la Palabra de Dios desde el punto de vista del misterio de
Nazaret, nos fijaremos hoy sobre todo en la segunda lectura.
   S. Pablo abre su corazón al comienzo del cap. 9 de la carta a los romanos
y revela su drama interior: la mayoría de los miembros del pueblo de Israel
no ha aceptado a Cristo. Para él esto es desconcertante, sobre todo viendo
cómo los paganos se abren a la fe. Los judíos tenían en principio muchas más
oportunidades ya que su historia les había conducido, por así decirlo, al
Mesías.
   Y precisamente en la enumeración de los "privilegios" que tienen los
miembros del pueblo de Israel, S. Pablo menciona uno que se refiere
directamente al misterio de Nazaret: "De ellos proviene Cristo según la
carne" (Rom 9,5).
   Es importante constatar cómo Pablo sitúa a Cristo en la línea de todos
los dones ofrecidos por Dios a Israel a lo largo de su historia. Pero al
mismo tiempo el don de Cristo supera a todos los otros, es la oportunidad
definitiva.
   Pocas son las veces que Pablo se refiere al Cristo de la historia, a la
vida humana de Jesús. En esta ocasión lo hace de forma sintética, pero
expresa bien el aspecto de pertenencia de Cristo al pueblo de Israel y su
inserción en las relaciones de Dios con su pueblo.
   La expresión "según la carne" había sido ya utilizada por Pablo en el
prólogo de la misma carta a los Romanos, cuando dice que Cristo era "de la
descendencia de David según la carne" (1,2).
   Muchas veces hemos meditado el misterio de Nazaret viendo a Jesús, con
María y José, en cuanto miembros de pueblo de Israel, compartiendo sus
costumbres, su mentalidad, su fe y esperanza en las promesas de Dios. Hoy
contemplamos a Cristo como don al pueblo de Israel, el último y más
importante porque los resume todos ya que es la donación de sí mismo a los
hombres. El drama de Israel está no en su larga historia mezclada de
fidelidad e infidelidad, sino en no haber respondido a la hora de la verdad,
en el momento clave en que surgió de sus mismas entrañas el Mesías esperado.
En ese punto clave se sitúa el misterio de Nazaret.
   La fe humilde de María y de José, que al mismo tiempo continúa la de
Israel y sabe dar el primer paso hacia la nueva alianza, aparece así, por
contraste, en todo su esplendor. Es el camino que otros "pobres de Yahvé"
siguieron también y al que estamos llamados nosotros.
   Pero esto en la sencillez y encarnación de cada día. Sin ningún orgullo,
pues la fe es don de Dios y nada sabemos de sus juicios que son
impenetrables. Es la conclusión a la que llegará S. Pablo en su reflexión
sobre el desenlace de la historia de Israel en los capítulos siguientes de
esta misma carta a los Romanos.

Te bendecimos, Padre,
porque no abandonas nunca a los que creen en ti.
En el momento culminante nos enviaste a Jesús, el Señor,
y Él permanece siempre cerca de sus discípulos.
Danos la fuerza del Espíritu Santo
en los momentos de vacilación
en las situaciones de prueba
a las que nuestra debilidad
se ve sometida constantemente.
Queremos compartir de un lado
la seguridad de la salvación
que ofrece la Iglesia
y de otro las angustias y preocupaciones
de todos los hombres.

Nuestra fe

   Nos es familiar la imagen de la barca combatida por las olas y el viento
para representar la Iglesia. Los Padres acudieron frecuentemente a ella. Una
situación extraordinaria de los discípulos de Jesús ha servido para
representar la condición permanente de la Iglesia. Se puede decir que se
cumple así de algún modo la intención del evangelista que con el relato de
hoy pretendía expresar las dificultades en que se mueve siempre quien quiere
seguir a Jesús y anunciar su mensaje.
   En el mismo sentido apunta la experiencia del profeta Elías que hemos
visto en la 1ª. lectura. No es en la violencia de los fenómenos, no es en el
ruido aparatoso donde Dios se manifiesta, sino en la suavidad de la brisa.
   Esos momentos excepcionales de la manifestación del Señor, nos remiten
siempre a la cotidianidad de nuestra experiencia cristiana. En ella tienen
lugar los momentos de duda y de vacilación como también los momentos en los
que parece podemos tocar con la mano la presencia del Señor.
   Debemos saber reducir a la medida de cada una de nuestras jornadas
ordinarias la confiada súplica de Pablo, la confesión humilde de los
discípulos, la actitud contemplativa de Elías, la fe de María y de José que
supieron reconocer al Mesías cuando Dios lo sacaba del pueblo de Israel para
entregarlo al mundo.
   Nuestro drama de la fe se juega en las aguas movedizas de lo cotidiano,
en las mil circunstancias de cada día que ponen a prueba la fe que
confesamos. A veces esperamos una ayuda extraordinaria de parte de Dios,
cuando más arrecia la prueba, y somos incapaces de reconocerlo en los signos
más sencillos en que se esconde. Nos dejamos vencer por el miedo o queremos
que se muestre en alguna forma fuera de lo normal, mientras ignoramos la mano
que nos tiende en las muchas manos que nos ayudan cada día y no sentimos en
la brisa que nos roza la revelación misteriosa de su presencia.

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sábado, 1 de agosto de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XVIII


2 de agosto de 2020 - XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo A                   
                                    
                       "Partió los panes y se los dio a los discípulos"

-Is 55,1-3
-Sal 144
-Rom 8,35. 37-39
-Mt 14,13-21

   Mateo 14,13-21

   Al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marcha de allí en
barca a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por
tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús al gentío, le dio lástima
y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a
decirle:
   -Estamos en despoblado y es muy tarde; despide a la multitud para que
vayan a las aldeas y se compren de comer.
   Jesús les replicó:
   -No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.
   Ellos le replicaron:
   -Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.
   Les dijo:
   -Traédmelos.
   Mandó a la gente que se recostara en la hierba, y, tomando los cinco
panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición,
partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron
a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos
llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y
niños.

Comentario

   Al discurso de las parábolas sigue en el evangelio de Mateo una sección
narrativa de la que forma parte el milagro de la multiplicación de los panes
que leemos en este domingo. El hecho es narrado por todos los evangelistas
y, si nos atenemos a la opinión de la mayoría de los comentaristas actuales,
Mateo, siguiendo a Marcos, narra dos veces el mismo acontecimiento. En todos
los relatos evangélicos el sentido global del milagro es el mismo, pero cada
uno de ellos presenta algunas particularidades que nos ayudan a penetrar con
mayor profundidad en el mensaje de la Palabra de Dios.
   Mateo sigue, en general, la narración del episodio hecha por Marcos. Nos
fijaremos, pues, más bien en las particularidades que ofrece.
   Mateo ofrece una explicación al hecho de que Jesús estuviera en lugares
poco frecuentados o desérticos: la reciente muerte violenta del Bautista,
cuyas consecuencias podían ser negativas también para Él. Aun así, "la
multitud lo seguía", anota sólo Mateo. Aparece así más destacada la figura
de Jesús como guía del pueblo que, a través del desierto, lo lleva al
banquete de la nueva alianza. Ser Él, en efecto quien dará el verdadero
maná. Aquí puede oírse la resonancia de la 1ª. lectura.
   Tenemos tres detalles en la narración de Mateo que acentúan la dimensión
eucarística del milagro. El primero se refiere al momento en que se produce:
"al caer de la tarde". Es la misma expresión empleada por el evangelista en
la última cena de Jesús con sus discípulos (Cfr. 26,20). Por otro lado,
cuando los discípulos ponen a disposición del maestro lo poco que tienen para
tantos, el evangelista concreta exactamente que se trata de cinco panes y dos
peces. Pero cuando se trata de distribuirlos a la gente, en Mateo sólo se
habla de los panes. ¿Omisión involuntaria o subrayado del elemento empleado
también en la eucaristía? Pero evidentemente es sobre todo la coincidencia
de los gestos de Jesús (bendecir, romper y distribuir) lo que más hace
entrever la dimensión eucarística. Los otros detalles ayudan también.
   Cabe igualmente destacar cómo es distinta la actitud de Mateo y la de
Marcos cuando se trata de describir el papel de los discípulos de Jesús en
el acontecimiento. Marcos subraya la incomprensión y desconfianza (Mc 6,37),
mientras que en Mateo se cuenta con ellos para la realización del gesto
milagroso. Quizá se dé a entender así a qué funciones eclesiales estaban
llamados...
   En la lectura litúrgica del milagro los otros dos textos de la misa
amplían el sentido de don gratuito que tiene la multiplicación del pan y la
abundancia de los bienes de la salvación (1ª. lectura); como también la
liberalidad y consistencia del amor de Dios manifestado en Cristo, al que
ninguna otra potencia ni dificultad puede vencer (2ª. lectura).
   La insistencia en la perennidad de la alianza ofrecida por Dios habla ya
bien claramente de ese amor inquebrantable que Dios tiene al hombre y que se
ha manifestado en Jesús.

                                  Nazaret

   El misterio de Nazaret consiste esencialmente en la presencia humana del
Hijo de Dios durante años en el seno de una familia. Su presencia viva,
tangible, cotidiana es el centro de la experiencia humana y espiritual de
María y de José, quienes constituyen en torno a Él una comunidad de fe. Esta
comunidad que vive a diario la presencia de Jesús y lo tiene como punto de
referencia de su ser y de su actuar es ya esa comunidad mesiánica de gente
humilde que lo seguirá y creerá en Él durante su vida pública y por lo tanto
la imagen más cercana a esa otra comunidad que llamamos Iglesia.
   La comunidad de Nazaret, que vive de forma inmediata la presencia de
Jesús, nos ayuda a entender la comunidad en la que el evangelio se hace
palabra escrita, mensaje de salvación para todas las generaciones. Hay un
rasgo que une, como un hilo de oro, la comunidad cristiana a la que se dirige
Mateo en su evangelio y la familia de Nazaret: es la estima por la presencia
del Señor. El evangelio de Mateo se cierra con estas palabras: "Mirad que yo
estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo"(28,28). Ese "cada día"
realizado en el signo sacramental y en los otros signos de la presencia de
Cristo resucitado, esta muy cercano a la cotidianidad de la experiencia de
Nazaret.
   Y es esa experiencia de la presencia del Señor la que, creemos nosotros,
lleva a la comunidad de Mateo a ver en la narración del milagro de la
multiplicación de los panes un anuncio más o menos explícito de esa otra
multiplicación que se produce en la "fracción del pan", en la eucaristía. De
esa forma la narración del milagro no es la simple crónica de un hecho más
o menos maravilloso en la vida de Jesús, sino que se carga de un significado
nuevo y vivo para la Iglesia de todos los tiempos y para cualquier comunidad
cristiana.
   La meditación de la experiencia de Nazaret nos permite así entrar en el
corazón mismo del misterio cristiano subrayando un rasgo que es esencial para
la Iglesia y para toda comunidad cristiana. El Vaticano II, hablando de los
religiosos, se expresa así: "La comunidad, como verdadera familia, reunida
en nombre del Señor, goza de su divina presencia (Mt 18,20) por la caridad
que el Espíritu Santo difunde en los corazones (Rom 5,5)". P.C. 15.
   Y en un texto de alcance más universal: "Este pueblo mesiánico tiene por
cabeza a Cristo "que fue entregado por nuestros pecados" y resucitó por
nuestra salvación" (Rom 4,25), y habiendo conseguido un nombre que está sobre
todo nombre, reina ahora gloriosamente en los cielos. Tiene por condición la
dignidad y libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el
Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como
el mismo Cristo nos amó (Cfr. Jn 13,34). Tiene por último como fin la dilata-
ción del Reino de Dios... "(L.G. 9).

Señor Jesús, que dándote totalmente a nosotros
nos has mostrado de forma patente el amor de Dios,
queremos cantar la victoria de ese amor
eterno, pleno, transfigurado,
a pesar de las dificultades y limitaciones,
en medio de las cuales estamos viviendo.
Confiamos en la fuerza del Espíritu Santo
que continúa construyendo la Iglesia entorno a ti
y nos da la certeza de que el amor del Padre
dura siempre.
Queremos renovar constantemente
la experiencia de comunión
con Dios y con los hombres
que tú nos propones cada día en la eucaristía.

                                 Comunión

   Si meditamos con atención el evangelio de este domingo, vemos que a
través de él se desarrollan dos secuencias lógicas que se oponen radicalmente
y entre las que se mueve también muchas veces nuestra vida.
   Una es la interpretación de los hechos que dan los discípulos de Jesús y
la solución que proponen: hay mucha gente, el lugar es desértico, se hace
tarde... luego lo mejor es la dispersión de la multitud y que cada uno trate
de solucionar el problema de la subsistencia como pueda...
   Totalmente distinto es lo que propone Jesús: reunir la gente, decirle que
se siente y darle de comer...
   La solución imaginada por los discípulos es realista y de una
racionalidad impecable, pero tiende hacia la disgregación, hacia la
insolidaridad, lleva a que cada uno se refugie en su esfera privada... Lo que
Jesús propone, por el contrario, promueve de inmediato la participación y la
comunión.
   La exégesis racionalista ha querido a veces explicar todo el contenido de
este pasaje del evangelio a base de ese mecanismo de tipo social. El milagro
consistiría únicamente en repartir bien lo que el grupo tiene porque ha
sabido encontrar a alguien que sabe estimular el dinamismo de la solidaridad.
Pero el dato evangélico desautoriza esas interpretaciones: "Solo tenemos
cinco panes y dos peces... Comieron unos cinco mil hombres...".
   Jesús no es sólo, como José en Egipto, un buen administrador de lo que la
naturaleza produce. Su acción encierra un misterio que va más allá del saber
distribuir bien o de saber organizar a la gente. Pero no por eso es menos
cierto que el milagro viene a confirmar y, por así decirlo, a ratificar el
movimiento de comunión que las palabras y los gestos de Jesús habían
suscitado. Se constituye así el grupo inmenso de "los que habían comido".
   El evangelio de Juan (cap. 6) explica, sin embargo, la fragilidad de ese
grupo que se consideró ya saciado por haber comido el pan material una sola
vez y no supo buscar el otro tipo de alimento que Jesús ofrecía también.

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