sábado, 26 de septiembre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXIV

 20 de septiembre de 2020 - XXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

 

                     "...si cada cual no perdona de corazón a su hermano"

 

-Eclo 27,30-28,7

-Sal 102

-Rom 14,7-9

-Mt 18,21-25

 

Mateo 18,21-25

 

   Acercándose Pedro a Jesús, le preguntó:

   -Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar? ¿Hasta

siete veces?

   Jesús le contestó:

   -No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.

   Y les propuso esta parábola:

   -Se parece el Reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas

con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron a uno que debía

diez mil talentos. Como no tenía con que pagarlos, el señor mandó que lo

vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara

así.

   El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:

   -Ten paciencia conmigo, y te lo pagaré todo.

   El señor tuvo lástima de aquel empleado y lo dejó marchar, perdonándole

la deuda. Pero, al salir, el empleado aquel encontró a uno de sus compañeros

que le debía cien denarios, y agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:

   -Págame lo que me debes.

   El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: Ten paciencia

conmigo y te lo pagaré.

   Pero él se negó, y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara todo lo

que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron

a contarle al señor lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:

   -­Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo

Pediste ¿No debías también tú tener compasión de tu compañero, como yo tuve

compasión de ti?

   Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la

deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo si cada cual no perdona

de corazón a su hermano.

 

Comentario

 

   La segunda parte del discurso sobre la comunidad, que leemos este

domingo, está centrada en el problema del perdón de las ofensas: punto clave

para la construcción de una Iglesia que está formada por personas con todos

sus límites y debilidades.

   El texto se articula en dos partes: un diálogo entre Pedro y Jesús que

plantea la cuestión, y una parábola que expone con claridad la enseñanza de

Jesús. La sentencia conclusiva es la aplicación práctica de la parábola al

caso planteado por Pedro.

   Para entender la pregunta de Pedro, hay que recordar que en la mentalidad

judía existía la obligación de perdonar las ofensas, pero los rabinos

discutían sobre el número de veces que hay que perdonar. La propuesta de

Pedro de siete veces hay que considerarla como muy generosa, pues parece que

iba más allá de la opinión corriente. Eso explica también lo sorprendente de

la propuesta de Jesús, que va hasta setenta veces siete, es decir,

prácticamente un número ilimitado. La fórmula usada por Jesús tiene un

precedente en la Biblia, aunque de signo opuesto. En el libro del Génesis

(4,24), a propósito de Lamech, se dice que si Caín debe ser vengado siete

veces, él lo será setenta veces siete. Es decir, en una humanidad abandonada

a sí misma después del pecado de Adán, la venganza es imparable; llega a una

exasperación tal que nadie la contiene. Jesús, por el contrario, propone un

tipo de humanidad nueva basada sobre el amor recíproco, que incluye una

actitud permanente de perdón.

   Tal enseñanza es ilustrada por una parábola que comprende tres escenas

unidas por una lógica hecha de contrastes.

   En la primera tenemos el perdón otorgado por un rey a su siervo. Se trata

de un acto sorprendente porque va contra las leyes normales de la justicia

y por la suma exorbitante que queda cancelada.

   Frente a la generosidad del rey, que puede representar la de Dios, en la

segunda escena aparece la mezquindad del siervo, incapaz de perdonar a su

colega una cifra ridícula. Esa actitud inhumana representa bien el corazón

que no valora el don recibido y se cierra a la generosidad.

   La lógica conclusión es la condena de ese siervo que se ha negado a

perdonar, por no haber seguido en lo poco la misma línea de conducta que su

amo le había enseñado en lo mucho.

   Queda así resuelto y llevado a sus proporciones más grandes el problema

inicial. No se trata de ampliar más o menos el número de veces que hay que

perdonar, sino como hace el Padre, estar siempre dispuestos a conceder el

perdón, tanto en las cosas grandes como en las pequeñas.

 

"Recuerda la alianza del Señor"

 

   La 1ª. lectura de este domingo pide al creyente en tono sapiencial que,

para mantener una actitud de apertura y de perdón con respecto al prójimo,

recuerde la alianza del Señor y los beneficios que de él ha recibido.

   Un modo de meditar el evangelio desde Nazaret es ver cómo la fuerza

espiritual de este misterio proviene de la acogida sincera y de la alta

valoración del don de Dios. Ese "recuerdo" de las maravillas obradas por Dios

es lo que pone en marcha las actitudes evangélicas que vemos reflejadas en

los tres que vivieron en Nazaret. No sabemos en qué medida tuvieron que

"perdonar", pero sabemos que como cimiento de su vida estaba la valoración

atenta del inmenso don de Dios que lleva al perdón de las ofensas, a la

adoración, a la entrega generosa de la propia vida... En particular María,

en el canto del Magn¡ficat, se coloca en esa actitud de acogida y recono-

cimiento que explica su posterior camino de fe. "El Poderoso ha hecho grande

cosas por mí" (Lc 1,48).

   Por ese camino penetramos en el núcleo más profundo del evangelio de este

domingo. Su contenido se mueve, en efecto, entre dos polos opuestos. De una

parte está la postura sorprendente del "rey" que, de la condena rigurosa de

su siervo infiel pasa al generoso y gratuito perdón de todas sus deudas. Ese

cambio radical de actitud en el rey es el que, como reflejo, quiere

introducir Jesús en la imagen que sus oyentes tienen de Dios. De pensar en

un ser que pide cuentas y no pasa por alto ninguna infidelidad a la imagen

de un Padre que perdona generosamente ("Lo dejó marchar perdonándole toda la

deuda").

   De la otra parte está la actitud, también sorprendente, pero esta vez en

sentido negativo, del siervo que no perdona la mínima deuda a su compañero.

Pero en la lógica de la parábola lo más negativo de su comportamiento es que

no recuerda el beneficio que acaba de recibir. Es desconcertante cómo, a

renglón seguido de haber recibido el perdón de una gran deuda, ese acto de

generosidad del rey queda borrado de su corazón. La falta de generosidad en

el perdonar tiene como raíz el olvido del gesto de misericordia de que ha

sido beneficiario.

   Esa disyunción entre el perdón recibido y el perdón otorgado, que es el

centro del significado de la parábola, tiene como explicación la estrechez

de espíritu de quien no sabe valorar el don recibido. "¨No debías también tú

tener compasión de tu compañero?" Es la razón que el rey da para volver a su

actitud primera de condena, y esta vez con carácter definitivo.

   Cobra así todo su valor la "memoria" de las maravillas de Dios que se

vivió en Nazaret para mantener y estimular la actitud de apertura y perdón

en la vida de cada día.

 

Padre bueno y misericordioso,

que perdonas nuestras ofensas

como nosotros perdonamos a los que nos ofenden,

te bendecimos por Jesús, tu Hijo,

cuyo amor es más grande que nuestros pecados.

Que el Espíritu de amor,

que has derramado en nosotros,

nos lleve a buscar la reconciliación y el perdón

para ser semejantes a ti.

Enséñanos a acoger con reconocimiento

el don de tu misericordia

y a prologar ese gesto tuyo

en nuestra vida.

 

Perdonar

 

   La palabra de Dios nos lleva hoy a ver en el perdón otorgado y recibido,

no un aspecto circunstancial de la vida del cristiano, sino por así decirlo,

una estructura permanente de su existencia. Como la comunidad cristiana y

cada persona debe vivir en actitud permanente de misión y de apertura a Dios,

tiene que vivir también en estado permanente de reconciliación mutua entre

sus miembros. "No siete veces, sino setenta veces siete..."

   Para no disminuir la grandeza de esta realidad cristiana de la

reconciliación, necesitamos guardarnos de algunas tendencias que tratan de

vaciarla de su contenido.

   Digamos en primer lugar que la actitud de perdón no significa renunciar

a un juicio recto y a la lucha contra la mentira y la injusticia en todas sus

manifestaciones. La madurez cristiana lleva a saber conjugar la corrección

fraterna con el perdón e infinito respeto a las personas, el desacuerdo con

todo lo que no es conforme al evangelio con la acogida de todo lo que es

humano.

   El perdón cristiano está fuertemente marcado por la reciprocidad: se

ofrece y se pide. Hay quienes son muy propensos a pedir siempre perdón, aun

en detalles mínimos, y no ven, sin embargo, la necesidad de ofrecerlo. Otros,

por el contrario, y es el caso más frecuente, creen estar siempre dispuestos

a perdonar. Pueden éstos llegar a crearse incluso una mentalidad falsamente

generosa si no llegan a descubrir la necesidad que todos tenemos de ser

perdonados por los demás como reflejo del gesto de misericordia de Dios. En

la mayoría de los casos quien dice: "Te perdono", debe estar dispuesto a

decir también: "Perdóname".

   Otra ambigüedad a la que estamos llevados frecuentemente cuando se trata

de perdonar, es la de pensar que basta con el cambio interior de actitud sin

dar los pasos hacia una reconciliación plena, que llega hasta los actos

concretos de estima y servicio mutuo. Normalmente son estos últimos los que

sellan la mirada nueva y el nuevo tono de voz que ha madurado en el fondo del

corazón.

   Para concluir habría que decir también una palabra sobre los mediadores,

los que saben propiciar situaciones de encuentro y de reconciliación. Son los

que saben vivir la bienaventuranza de la paz, los creadores de paz.

 

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sábado, 19 de septiembre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXV

20 de septiembre de 2020 - XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

 

                                      "Id también vosotros a mi viña"

 

-Is 55,6-9

-Sal 144

-Fil 1,20-27

-Mt 20,1-16

 

Mateo 20,1-16

  

   Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los cielos se

parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su

viña. Después de ajustar con ellos un denario por jornada, los mandó a la

viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin

trabajo, y les dijo:

   -Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.

   Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo

mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:

   -¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?

   Le respondieron:

   -Nadie nos ha contratado.

   Les dijo:

   -Id también vosotros a mi viña.

   Cuando oscureció dijo el dueño al capataz:

   -Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y

terminando por los primeros.

   Vinieron los del atardecer, y recibieron un denario cada uno. Cuando

llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos recibieron

también un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo:

   -Estos últimos han trabajado sólo una hora y los ha tratado como a

nosotros, que hemos aguantado el peso del día y del bochorno.

   El replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos

ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último

igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis

asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos

serán los primeros, y los primeros los últimos.

                     

Comentario

 

   La parábola del dueño de la viña constituye una de las últimas enseñanzas

de Jesús antes de su entrada final en Jerusalén. Es propia del evangelista

Mateo. Los datos de la vida real que forman el conjunto de la parábola,

permiten hacerse una idea de algunos aspectos de la sociedad en tiempo de

Jesús: situación de los obreros y campesinos, dificultad de encontrar

trabajo, el salario, etc. Pero esto no debe llevarnos a pensar que podemos

encontrar en ella enseñanzas sobre los aspectos sociales del mensaje

cristiano. Lo que el evangelio quiere transmitir va por otros caminos.

   El texto evangélico que leemos hoy consta de tres partes: La contratación

de los obreros por el amo de la viña (v. 1-7), la paga del salario al final

de la jornada (v. 8-15) y la sentencia conclusiva (v. 16), que en los otros

evangelios sinópticos se halla en contextos diferentes.

   Nada de particular encontramos en la primera parte de la parábola, si no

es la preocupación del dueño, no sólo por que se realice el trabajo en su

propiedad, sino también por la situación de quienes estaban desocupados todo

el día: "¿Cómo estáis aquí el día entero sin trabajar?".

   Lo que aparece como desconcertante e inesperado (y en ello reside la

fuerza expresiva de la parábola) es el salario que el dueño da a los

trabajadores. La paga, en efecto, no guarda proporción con la tarea que los

obreros, contratados a horas distintas, han podido efectuar. Por eso la

crítica de los primeros parece a primera vista justificada, aunque en

estricta justicia, no pueden pretender un salario mayor al del contrato.

   Llegamos así al núcleo central de la parábola que está en la actitud de

liberalidad del amo de la viña, ante quien no cuentan los méritos personales

(nada se dice de la calidad del trabajo de cada uno), pues es él quien da a

todos según su criterio.

   Esa actitud de generosidad de parte del dueño es reflejo claro de la

de Dios. Y nos muestra no sólo que sus planes son muy distintos del común

pensar de los hombres (1ª. lectura), sino que invita a todos a recibir la

salvación como un don precioso y gratuito. En la paga más que justa de los

últimos se traduce la misericordia del Padre con todos los hombres y la

bondad de Jesús con los pecadores y los que menos contaban en la sociedad de

su tiempo.

   Parece ser que la Iglesia primitiva aplicaba esta parábola a la entrada

de los paganos en la comunidad de salvación. En ella, en efecto, se da ese

cambio de situaciones por la que los últimos llegan a ser los primeros. Es

una lectura de la historia que puede haber influido en la formulación misma

de la parábola. Es de tener en cuenta, sin embargo, que ni en la parábola ni

en la realidad histórica los últimos llegados sustituyen a los que ya

llevaban mucho tiempo en la viña (el pueblo de Israel) y que unos y otros

reciben la misma salvación.

 

Los últimos

 

   La meditación del evangelio desde Nazaret nos lleva a detenernos un poco

más en la sentencia que concluye la parábola. En ella se recoge una parte

importante del contenido del texto.

   Los padres de la Iglesia han dado frecuentemente una interpretación de la

parábola desde el punto de vista de la historia de la salvación. San Agustín

escribe: "Los llamados en la primera hora fueron Abel y los justos de su

época; "hacia las nueve", Abrahán y los justos de su tiempo; "hacia

mediodía", Moisés, Aarón y los justos de su tiempo; "hacia las tres de la

tarde", los profetas y los justos coetáneos; a la última hora del día, es

decir, casi al fin del mundo, todos los cristianos". Viendo así el sentido

global de la parábola ciertamente se pone de relieve la desproporción entre

los últimos llegados y el don recibido. No sólo porque el don no corresponde

al tiempo de trabajo efectuado, sino porque los últimos han recibido la

plenitud de la salvación".

   Pero la parábola nos invita a dar un paso más. El cruce de las

situaciones que se produce entre los primeros y los últimos, es una

invitación a entender cómo es "el Reino de los cielos". Y más concretamente

cómo es el rostro de quien ha producido con su comportamiento un tal cambio

de situación. La parábola apunta hacia una fe en un Dios, dueño del mundo,

que interviene en él y se preocupa por su suerte desde el primer hasta el

último y ante quien nadie puede alegar méritos. Pero también nos invita a ver

al Padre que con su comportamiento pone en crisis los modos de pensar con-

siderados normales o racionalmente justos, para dar un vuelco a las si-

tuaciones en favor de quienes tienen menos derecho, menos posibilidades,

menos oportunidades...

   Es la misma mirada en la que nos educa la contemplación del misterio de

Nazaret, porque también allí Dios es alabado como aquél que se fija en los

humildes, en los pobres y en los últimos. Es lo que María canta en el

Magnificat cuando dice: "Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los

humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos"

(Lc 1,52-53).

   Fundamento de todo es la actuación suprema de Dios en la plenitud de los

tiempos cuando decidió manifestar su gloria en la humildad de la naturaleza

humana. En la encarnación se expresa la preferencia de Dios por lo pobre, por

lo humilde. No excluye con ello a los que son "poderosos" o "ricos", sino que

los llama a bajarse del trono y a vaciarse de sus riquezas para recibir

gratis el mismo salario que los pobres y humildes.

   La parábola evangélica llama a todos a una igualdad basada en la

gratuidad del don de Dios y en su amor.

 

Te bendecimos, Padre,

por la abundancia de tu gracia.

Tú llamas a todas las horas del día

y a todos los hombres;

das a cada uno la fuerza para responder

y para trabajar en la viña,

y, al final de la jornada,

das también más de lo que cada uno ha ganado.

Nadie puede medir tu grandeza y tu generosidad.

Te agradecemos el don del Espíritu Santo,

que en Jesús, tu Hijo, nos hace hijos,

y es ya desde ahora la señal y las arras

del premio que, cuando todo acabe,

nos darás un día.

 

Gratuidad

 

   En una sociedad como la nuestra donde tienden a intensificarse las

relaciones comerciales entre personas y grupos, quedan siempre menos espacios

para la gratuidad. Todo parece tener un precio, todo puede ser comprado o

pagado.

   El gesto del amo de la viña que paga sin medida, nos lleva a reflexionar

sobre el puesto que ocupa en nuestra vida la gratuidad.

   El primer paso de esta reflexión puede ser una apertura hacia el fluir de

la vida. En ella encontramos muchas cosas que nos son dadas gratuitamente,

sin que nos demos cuenta. Es más, son precisamente las cosas más importantes

las que recibimos gratis, empezando por el don mismo de la existencia. La

mirada de fe descubre detrás de todo lo que recibimos la mano de Dios, rico

en gracia y misericordia, cuya grandeza no se puede medir (Sal resp).

   Como consecuencia brota la actitud profunda del agradecimiento. A la

gratuidad de Dios corresponde la gratitud del hombre. Es una actitud humana

y cristiana de primer orden que lleva a la justa valoración no sólo de lo que

se recibe, sino de quién es el que da y de quién es el beneficiario.

   Pero además esa actitud debe alumbrar en nosotros la fuente de la

gratuidad, según la lógica del "gratis habéis recibido, dad gratis" (Mt

10,8).

   Quien es capaz de abrirse a la gratuidad de Dios, fácilmente entra en la

dinámica del amor, interpretando todo lo que hace como respuesta agradecida

al don recibido. A la "gracia" que viene de Dios, se responde con el

"gracias" de la vida entera. Se entra así en una dinámica que lleva a dar sin

medida y sin esperar recompensa: es la pura caridad cristiana.

   Si nos dejamos llevar por la gratuidad como sentido profundo de lo que

hacemos, contribuiremos en nuestro ambiente a crear un clima más respirable

y a fundar la existencia sobre los verdaderos valores. Estaremos de algún

modo contribuyendo a una "ecología espiritual" al crear espacios donde se

recupera la alegría de vivir al mismo tiempo que los pobres encuentran

también un puesto.

 

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sábado, 5 de septiembre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXIII

 6 de septiembre de 2020 - XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

 

                                             "Si tu hermano te ofende"

 

-Ez 33,7-9

-Sal 94

-Rom 13,8-10

-Mt 18,15-20

 

Mateo 18,15-20

 

   Dijo Jesús a sus discípulos:

   -Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso,

has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos,

para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si

no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la

comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. Os aseguro que todo lo

que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en

la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro además que, si dos de

vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi

Padre del cielo. Porque donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí

estoy yo en medio de ellos.

                         

Comentario

 

   La liturgia propone a nuestra reflexión la última parte del capítulo 18

de Mateo en dos domingos sucesivos. Esta última parte trata del perdón de las

ofensas en un tono exhortativo. En el llamado discurso eclesial de Jesús, se

tratan diversas cuestiones que se refieren a la vida concreta de una comu-

nidad cristiana: la precedencia en la asamblea, el respeto y acogida de los

más débiles, la búsqueda de quienes se alejan, la manera de tratar a quienes

hacen un mal a la comunidad...

   El procedimiento propuesto por Jesús para corregir a quien ha cometido

una ofensa, se presenta, desde el punto de vista literario, como una

concatenación de cinco condicionales. Yendo al sentido global, se saca la

conclusión de que hay que poner todos los medios para que quien ha faltado,

reconozca su error y vuelva a la situación normal en la comunidad. Sólo en

casos extremos se puede proceder a la exclusión.

   Si nos detenemos en cada una de las fases del proceso propuesto en el

discurso, podemos descubrir también algunos valores importantes de la vida

de la comunidad que aparecen progresivamente.

   En la fase de la reprensión individual, se pone de manifiesto la

importancia de las relaciones personales y de la responsabilidad de cada uno

respecto a todo lo que afecta a la comunidad. En el texto original, muchos

manuscritos omiten el pronombre de segunda persona en la frase "si tu hermano

te ofende" apoyando la idea de que más que de una ofensa personal, se trata

de un mal causado a la comunidad.

   La fase en que hay que recurrir a testigos, recoge las prescripciones del

A. T. (Dt 19,5) y las prácticas de los grupos esenios. Incluye el principio

de la representatividad de la comunidad en algunos de sus miembros y

recomienda la discreción y prudencia en el modo de proceder.

   La última fase, en la que interviene la comunidad en asamblea, es la más

solemne y pone de relieve el peso que tiene el cuerpo entero reunido.

   Esta importancia de la comunidad viene subrayada por las dos sentencias

que siguen en el texto evangélico. En la primera, Jesús parece atribuir a la

comunidad reunida los mismos poderes que había atribuido poco antes a Pedro:

"Todo lo que atéis en la tierra..."

   La otra expresión da la razón teológica de la importancia que tiene la

reunión comunitaria: Cristo está en medio de los hermanos reunidos en su

nombre. Y esto aun el caso de gran exigüidad de número. Esta presencia de

Cristo es la que constituye a la Iglesia en cuanto tal en sus dimensiones

fundamentales: la relación con Dios en la oración y la construcción de un

grupo de personas reconciliadas, signo de una reconciliación más amplia, la

que Dios ofrece a todos los hombres.

 

"Donde están dos o tres"

 

   Acabamos de decir que lo que cualifica a la comunidad cristiana es la

presencia de Cristo en medio de ella y no tanto el número de sus componentes

o la legitimidad formal de la asamblea. La familia de Nazaret se presenta así

nuevamente a nuestros ojos como la comunidad que goza, en el sentido más

fuerte, intenso, tangible y duradero, de la presencia de Jesús. Puede, pues,

presentarse como la comunidad tipo, como aquélla que mejor realiza el ideal

de comunidad descrita en el evangelio.

   La familia de Nazaret es una comunidad reunida en nombre de Cristo. En

primer lugar porque ha sido constituida por Dios, con el libre consentimiento

de María y de José, para acoger a Jesús. Pero también porque éste ocupaba el

centro y era el punto de referencia constante de las preocupaciones y

proyectos de María y de José.

   Las palabras del evangelio de Mateo, puestas en boca de Jesús, sobre su

presencia en medio de dos o tres de sus discípulos, respiran ya un aire

postpascual; se refieren a una presencia que ya no es física sino en el

Espíritu Santo. Es un modo de presencia al que también se refiere San Pablo

con estas palabras: "Reunidos vosotros, y yo en espíritu, en nombre de

nuestro Señor Jesús, con el poder de nuestro Señor Jesús, entregad ese

individuo a Satanás" (1Co 5,4). Lo que crea la fuerza de la comunidad es la

referencia al nombre de Jesús, es decir, en el lenguaje de la Biblia, a su

persona. Y esto en el sentido más fuerte y denso que puede tener la presencia

divina entre los hombres. Como cuando leemos en el libro del Exodo: "En los

lugares donde pronuncie mi nombre, bajaré a ti y te bendeciré" (20,24).

   La Iglesia necesita su referencia a la familia de Nazaret como necesita

la referencia a la comunidad constituida por los apóstoles con Jesús, para

descubrir su rostro verdadero. Y no se trata ciertamente de la imagen

plástica del grupo reunido con Jesús que ayuda a la imaginación, sino de esa

vinculación que se establece con Él por medio de la fe y que es la única

fuente de cohesión y de fuerza espiritual.

   Meditando las palabras del evangelio - "donde dos o tres" - a la luz del

misterio de Nazaret, surge espontáneamente la reflexión sobre la exigüidad

del número de los miembros de la comunidad. En Nazaret, todo está reducido,

por así decirlo, al mínimo indispensable. Vendrá luego la comunidad

pentecostal y las grandes asambleas de todos los tiempos. De Nazaret quedará 

siempre el gusto por lo pequeño, por lo mínimo. Estableciendo así un nexo con

todas las realidades minúsculas de la presencia de la Iglesia (empezando por

la familia "Iglesia doméstica"); con todas esas comunidades pequeñas donde

falta casi todo, donde se vive en el límite mismo entre la existencia y no

existencia de una comunidad; donde, sin embargo, la presencia de Cristo da

esa calidad nueva y esa fuerza que va más allá de la debilidad humana y que

ningún número de personas puede suplir.

 

Te bendecimos, Padre, por tu bondad,

porque tú eres misericordioso

y paciente con todos.

Danos ese Espíritu que procede de ti

y que lleva a olvidar las ofensas recibidas,

a tender la mano a quien está caído,

a no pasar de largo ante quien

necesita nuestra comprensión.

Enséñanos a saber construir la comunidad,

sobre todo en las circunstancias difíciles,

cuando reina el descontento

y cuando el pecado nos divide.

Danos la misma actitud de Jesús

que supo entregar su vida

para reunir a tus hijos que estaban dispersos.

 

Responsabilidad comunitaria

 

   De la Palabra de Dios recibimos hoy un fuerte impulso para construir la

que llamamos nuestra comunidad, pero también todas las comunidades de las que

por uno u otro motivo formamos parte.

   Punto clave para construir la comunidad es esa responsabilidad compartida

que lleva a la solidaridad, a hacerse cargo los unos de los otros. Podemos

llamarla responsabilidad comunitaria.

   Esa responsabilidad se ejerce de muchas maneras; el evangelio de hoy nos

lleva a tomar en consideración una de ellas: la corrección fraterna ("Si tu

hermano peca...") El ejercicio de la corrección fraterna lleva consigo por

parte de quien la practica algunas cualidades que son esenciales a la vida

cristiana.

   En primer lugar la comprensión hacia quien falta, que proviene de una

actitud de misericordia y de reconciliación. Pero se requiere igualmente

valentía para expresarse con claridad y para sobreponerse a falsas

consideraciones de respeto al otro. Quien corrige o llama la atención al otro

en algo que le parece mal, necesita además una buena dosis de sabiduría para

elegir el momento oportuno de hacerlo y las palabras adecuadas, de modo que

se facilite el camino de retorno de quien con su conducta se ha alejado de

la comunidad.

   Pero hemos de considerar que todos nosotros nos encontramos también

muchas veces de la parte de quien necesita ser corregido. Y también en ese

caso son necesarias algunas actitudes importantes. Está en primer lugar la

humildad para recibir las advertencias que se nos hacen. La Escritura pone

bien claramente las dos posturas posibles por parte de quien recibe la

corrección: "No reprendas al cínico, pues te aborrecerá, reprende al sensato,

que te lo agradecerá" (Prov 9,8). "El hombre perverso rechaza la corrección

y acomoda la ley a su conveniencia" (Eclo 32,17).

   En uno u otro caso, sólo el amor fraterno, que lleva a estimar al prójimo

como a uno mismo, debe regular nuestra conducta. A propósito de la corrección

fraterna ha escrito San Agustín: "Ama y haz lo que quieras. Si callas, calla

por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si

perdonas, perdona por amor. Está en ti la raíz del amor, pues de esta raíz

sólo puede brotar el bien".

 

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