sábado, 10 de octubre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXVIII

 11 de octubre de 2020 - XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

  

                                              "Venid a la boda"

 

-Is 25,6-10

-Sal 22

-Fil 4,12-14.19-20

-Mt 22,1-14

 

Mateo 22,1-14

 

   Volvió Jesús a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los

senadores del pueblo, diciendo:

   -El Reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su

hijo. Mandó criados para que avisaran a los convidados, pero no quisieron ir.

Volvió a mandar criados encargándoles que les dijeran: "Tengo preparado el

banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Venid a la

boda".

   Los convidados no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus

negocios, los demás les echaron mano a los criados y los maltrataron hasta

matarlos. El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos

asesinos y prendieron fuego a la ciudad. Luego dijo a sus criados:

   -La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Id ahora

a los cruces de los caminos, y a todos los que encontréis convidadlos a la

boda. Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que

encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales.

Cuando el rey entró a saludar a los comensales reparó en uno que no llevaba

el traje de fiesta, y le dijo:

   -Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?

   El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los camareros:

   -Atadlo de pies y manos y arrojadlo fuera, a las tinieblas. Allí será el

llanto y el rechinar de dientes. Porque muchos son los llamados y pocos los

escogidos.

 

Comentario

 

   Las parábolas que leemos en estos últimos domingos del año litúrgico en

el evangelio de Mateo tienen todas un significado polémico contra quienes no

aceptan la llamada a entrar en el Reino. El tono es muy distinto al de las

parábolas del Reino (cap. 13).

   El texto de hoy se compone de dos parábolas: la del banquete nupcial (vv.

1-10) y la del traje de fiesta (vv.11-14). Esta última habría sido colocada

arbitrariamente por el evangelista en ese lugar para corregir de algún modo

el sentido demasiado optimista de la primera. Así dicen los comentaristas.

   La parábola del banquete tiene un significado similar a la de los

viñadores homicidas. En este caso se subraya más la paciencia de Dios con el

pueblo rebelde y las desastrosas consecuencias del rechazo a la invitación

de compartir la fiesta. Pero lo que más llama la atención es la solución

alternativa propuesta por el "rey" que excluye del banquete a lo primeros

invitados y luego lo ofrece a todos.

   Hay en la parábola algunos rasgos paradójicos, fuera del orden normal de

las cosas, que contribuyen, sin embargo, a dar mayor relieve a ciertos

aspectos teológicos del mensaje. Señalamos algunos.

   Es inverosímil que quienes reciben la invitación a la fiesta, no sólo la

rechazan sino que matan a los enviados (vv.5-6). Resuena aquí el eco de la

parábola de los viñadores homicidas. Es igualmente desproporcionado el

castigo infligido a los que se niegan a aceptar la invitación: se queman las

ciudades porque algunos individuos no quieren asistir al banquete (v.7). Ese

detalle subraya el carácter escatológico que se atribuye al banquete. No

aceptarlo significa la perdición total. Algunos comentaristas invitan a ver

en contraluz la destrucción de Jerusalén en el año 70. Paradójico es también,

y en grado sumo, que un rey celebre la boda de su hijo con cualquier tipo de

gente, buenos y malos (v.10) (Lucas dice: "ciegos, lisiados y cojos"). Es

este último detalle el que mejor deja patente el nuevo orden de cosas que ha

venido a crear la llegada de Cristo. Ahora la llamada a la salvación se hace

a todos, la invitación a entrar en la sala del festín no tiene en cuenta la

condición en que cada uno se encuentra cuando la recibe.

   El último detalle "extraño" que señalamos está en la segunda parábola.

Parece desproporcionado y fuera de sentido común que los "camareros" del rey

que sirven a los invitados se transformen en guardias, y que, por no llevar

el vestido adecuado, uno sea expulsado violentamente "a las tinieblas

exteriores". Este aspecto que hiere la sensibilidad del lector, dice bien

claramente la exigencia de una conversión interior para participar en los

bienes mesiánicos. No basta estar en la sala donde se celebra la boda. Si es

verdad que la condición inicial de los llamados no importa, no puede decirse

lo mismo después de que se ha entrado.

 

"El esposo está con ellos" (Mt 9,15)

 

   El comienzo de la parábola que estamos meditando tiene un tono solemne

que deja entrever la trascendencia del momento que invita a vivir: "El Reino

de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo..." Se

trata de la ocasión más solemne y festiva del reino. De ahí que la invitación

a participar en el acontecimiento sea apremiante y única.

   En la parábola el "hijo" de quien se celebra la boda queda al margen de

la narración y es sólo el "rey" quien actúa: convoca a los invitados, castiga

a los culpables, expulsa al que se viste indignamente... Y, sin embargo, la

ocasión solemne y única es la boda del hijo.

   Viniendo a la realidad que la parábola pretende iluminar, podemos decir

que el rey es Dios, que celebra la alianza definitiva con los hombres

mediante la misión de Cristo.

   Varias veces en el evangelio Jesús se presenta como el "esposo", y casi

siempre en relación a la celebración de la boda. La imagen nupcial es una de

las que mejor traducen la realidad de la nueva alianza de Dios con los hombres

en Cristo. Es la imagen de ese gran misterio de amor que une a Cristo con su

Iglesia y que refleja el que Dios tiene a la humanidad.

   Leyendo el evangelio a la luz de Nazaret, podemos ver ya en el matrimonio

de María y de José la más viva expresión del mensaje central del evangelio

de hoy. Juan Pablo II en su Carta a las familias lo expresa así: "Este amor

esponsal recíproco, para que sea plenamente "amor hermoso", exige que José

acoja a María y a su hijo bajo el techo de su casa, en Nazaret. José obedece

el mensaje divino y actúa según lo que le había sido mandado (Mt 1,24). Es

también gracias a José como el misterio de la Encarnación y, junto con él,

el misterio de la Sagrada Familia, se inscribe profundamente en el amor

esponsal del hombre y de la mujer e indirectamente en la genealogía de cada

familia humana. Lo que Pablo llamará el "gran misterio" encuentra en la

Sagrada Familia su expresión más alta. La familia se sitúa así verdaderamente

en el centro de la Nueva Alianza" (n.20).

   Esa es la participación de primera importancia de María y José en la

fiesta de las bodas que Dios celebra con la humanidad enviando a su Hijo para

salvar al mundo. Su matrimonio, su amor recíproco y virginal es no sólo una

imagen, sino el lugar mismo donde se efectúa el gran misterio que ofrece la

salvación a todos los hombres.

   La invitación a entrar en el misterio de Nazaret que hacemos desde cada

reflexión sobre la Palabra de Dios coincide así hoy con la invitación a

entrar en la sala donde se celebran las bodas de Dios con la humanidad. Todos

estamos invitados...

 

Padre, te bendecimos y te damos gracias

por habernos llamado con el Evangelio

a la Nueva Alianza que quieres establecer

con la humanidad

en la que Cristo se da enteramente a la Iglesia.

Danos tu Espíritu Santo,

que nos revista con el vestido de fiesta,

a imagen de Jesús,

para que tu puedas reconocernos

como hijos tuyos.

 

Llamados

 

   Los motivos aducidos por los primeros invitados para no ir al banquete

son un pretexto, según la parábola: "uno se marchó a sus tierras, otro a sus

negocios..." Todas cosas buenas y legítimas, sin duda, pero insuficientes

ante la llamada apremiante del rey para un acto importante.

   Para nosotros, invitados de la última hora, es un toque de atención. Los

afanes y preocupaciones de la vida pueden tender un velo sutil e impenetrable

que nos hace sordos a las llamadas de Dios en lo concreto de la vida. El

esfuerzo por preferir a Dios sobre todas las cosas no se realiza de una vez

para siempre. En este sentido la orientación del Vaticano II es clara, los

cristianos no podemos desentendernos de las cosas de este mundo, pero tampoco

podemos dejar que éstas obscurezcan el sentido de Dios: "Por esto la Iglesia,

que es al mismo tiempo una sociedad visible y una comunidad espiritual, ca-

mina junto con la humanidad y experimenta la misma suerte terrena que el

mundo, y es como el fermento o el alma de la sociedad humana, destinada a

renovarse en Cristo y a transformarse en familia de Dios" (G.S. 40).

   Si consideramos la segunda llamada efectuada en la parábola evangélica,

podemos destacar algunas actitudes a las que hoy se nos invita. En primer

lugar está el sentido de gratuidad: todos llamados independientemente de sus

méritos, de su condición de vida, de su papel en la sociedad. Y llamados por

Dios, por el "rey" en persona. Es el máximo honor y dignidad que uno puede

recibir. Ese doble aspecto de la llamada lleva a vivir la vida cristiana con

gran humildad, pero al mismo tiempo con gran dignidad. Es de esa actitud de

reconocimiento de una inmerecida dignidad, de donde brota la alegría con la

que se deja todo para participar en la fiesta con los otros invitados;

alegría que no suprime el cuidado por mantenerse siempre digno, no tanto en

las apariencias formales, cuanto en esa identidad interior que se va formando

cada día a imagen de Cristo.

 

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf

 

 

 

sábado, 3 de octubre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXVII

 4 de octubre de 2020 – TO - XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

 

                                 "Se os quitará a vosotros el Reino"

 

-Is 5,1-7

-Sal 79

-Fil 4,6-9

-Mt 21,33-43

 

Mateo 21,33-43

 

   Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los senadores del pueblo:

   -Escuchad otra parábola: Había un propietario que plantó una viña, la

rodeó con una cerca, plantó en ella un lagar, construyó la casa del guardia,

la arrendó a unos labradores y se marchó de viaje. Llegado el tiempo de la

vendimia, envió sus criados a los labradores para percibir los frutos que le

correspondían. Pero los labradores, agarrando a los criados, apalearon a uno,

mataron a otro, y a otro lo apedrearon. Envió de nuevo otros criados, más que

la primera vez, e hicieron con ellos lo mismo. Por último, les mandó a su

hijo diciéndose: "Tendrán respeto a mi hijo". Pero los labradores, al ver al

hijo, se dijeron: "Este es el heredero; venid, lo matamos y nos quedamos con

su herencia". Y, agarrándolo, lo empujaron fuera de la viña y lo mataron.

   Y ahora, cuando vuelva el dueño de la viña, ¿qué hará con aquellos

labradores? Le contestaron:

   -Hará morir de mala muerte a esos malvados y arrendará la viña a otros

labradores que le entregue los frutos a sus tiempos.

   Y Jesús les dijo:

   -¿No habéis leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los

arquitectos es ahora la piedra angular. es el Señor quien lo ha hecho, ha

sido un milagro patente"?

   Por eso os digo que se os quitará a vosotros el Reino de los cielos y se

dará a un pueblo que produzca sus frutos.

 

Comentario

 

   La tercera parábola de Jesús en su disputa con los sumos sacerdotes y los

senadores del pueblo es la más dura y directa. Se trata de una descripción,

apenas velada por el artificio literario, del drama que se estaba fraguando.

Pronunciada poco antes de comenzar la pasión, esta parábola es una verdadera

profecía de lo que iba a suceder. Los oyentes y adversarios de Jesús

"comprendieron que se trataba de ellos", dice el evangelista.

   Desde el punto de vista formal, se trata de una parábola alegórica,

porque si bien existe un punto central de comparación con la realidad, hay

también muchos otros fácilmente identificables sin necesidad de

explicaciones.

   Considerando la globalidad del significado, se trata de un resumen de la

historia de la salvación. De una parte está el amor de Dios hacia su pueblo

("la viña del Señor de los ejércitos es la casa de Israel", Is 1,6; 1ª lect),

que colma de atenciones a su propiedad y que espera de aquéllos a quienes la

ha confiado "los frutos a su debido tiempo". Pero al "in crescendo" del amor

y de la premura del dueño de la viña corresponde el "in crescendo" de la

maldad de los arrendatarios, que en la parábola está subrayada por la

progresión de los verbos: "apalearon a uno, mataron a otro y a otro lo

apedrearon".

   Los enviados por el dueño de la viña representan a los profetas, quienes

en los diversos momentos de la historia se encargan de recordar a quién

pertenece el campo y qué frutos espera de Él. Casi siempre encontraron

oposición en su misión y muchas veces pagaron con su vida la fidelidad al

mensaje que llevaban.

   Se llega al punto culminante cuando de forma inesperada, vistos los

resultados precedentes, el dueño decide enviar a su hijo (Marcos subraya "a

mi hijo predilecto", y Lucas "a mi hijo único"). No se trata de un enviado

más, es la última ocasión, y por lo tanto la historia se precipita llegando

a su punto final. La muerte del hijo, que en el absurdo razonar de los

viñadores debía suponer el entrar en posesión de su herencia, se convierte,

por el contrario, en su propia condenación. Mientras el hijo es exaltado y

colocado como piedra angular.

   De forma sarcástica el evangelista hace que los opositores de Jesús

pronuncien su autocondenación al declarar culpables a los viñadores homicidas

en cuanto responsables del campo que se les había confiado.

   La parábola tiene también una lectura eclesial, pues la nueva comunidad

surgida de la muerte y resurrección de Cristo es el pueblo que debe producir

los frutos del Reino. Por lo tanto el amor apremiante de Dios, manifestado

definitivamente en Cristo, está pidiendo una repuesta de plena fidelidad en

el tiempo presente.

 

El envío del Hijo

 

   Lo que da toda la profundidad dramática a la parábola es la sorprendente

decisión del dueño de la viña de jugarse la última carta mandando nada menos

que a su hijo único.

   La serie de atenciones prodigadas a la viña en las que se reflejan todas

las acciones de Dios en favor de su pueblo, no pueden tener como explicación

el deseo de unos frutos más o menos abundantes. Es sólo el amor, un amor

inmenso y permanente, deseoso de una respuesta, la única motivación de Dios

en favor de su pueblo. Por amor lo creó, lo eligió y lo condujo a lo largo

de los siglos (Dt 7,7). Pero lo más sorprendente es el gesto final de ese

amor: "Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo único" (Jn 3,16). El envío

del Hijo revela la cercanía, la atención, la fidelidad, el amor de Dios hacia

su pueblo más que ninguna otra cosa. De rechazo pone también en evidencia la

maldad de quienes no sólo acaban con los profetas sino que ponen también las

manos sobre el último enviado. La "ingenuidad" del amor paterno ("tendrán

respeto a mi hijo") se encuentra con la astucia y dureza de corazón de los

responsables del pueblo.

   Revelando en la parábola estas cosas, Jesús se muestra plenamente

consciente de su identidad, del vínculo personalísimo que lo une con el

Padre, del sentido de su misión en el mundo y del misterio de iniquidad que

acabará echándole fuera de la ciudad y matándolo (Heb 13,13). Es inexplicable

esa actitud de oposición al Reino de Dios que termina por rechazar al último

y definitivo de sus enviados, al Hijo. Hay en la actitud de los opositores

de Jesús una tremenda inconsciencia unida a la responsabilidad de un

procedimiento madurado largamente y ejecutado a pesar de haber recibido

previamente aviso de la trascendencia del acto que iban a realizar.

   Si el gesto definitivo del amor de Dios enviando al Hijo pone de

manifiesto lo que hay en el fondo de los corazones de los hombres, si revela

el misterio de la iniquidad y el rechazo de algunos, revela también la fe y

la humilde acogida de otros."Vino a los suyos y los de su casa no le

recibieron..."(Jn 1).

   María y José se encuentran entre quienes supieron valorar la

trascendencia del momento final de la historia de la salvación en el que Dios

decidió enviar a su Hijo para demostrar la validez y permanencia de su

alianza con los hombres. Así lo proclama María en el Magnificat evocando los

gestos de misericordia de Dios "en favor de Abrahán y de su descendencia".

Pero sobre todo dando su consentimiento cuando se le anuncia que "el santo

que va a nacer se llamará Hijo de Dios". No se trataba, pues, de uno más de

los enviados por Dios a su pueblo, se trataba del envío de su Hijo.

 

Te bendecimos, Padre, por habernos mandado

en la plenitud de los tiempos

a tu Hijo amado

para revelarnos tu amor

y establecer tu Reino entre los hombres.

Tu amor y confianza en el hombre

ha pasado por encima

de la maldad y perversión

que anida también en su corazón.

De esta forma, de la tragedia del Calvario

ha brotado la efusión del Espíritu Santo

que construye un pueblo nuevo

sobre el cimiento que es Cristo

y que asume la responsabilidad

de anunciar a todo el mundo esa buena nueva

y de operar para que venga tu Reino.

 

Fidelidad

 

   Si la primera parte del evangelio de hoy se centra en el misterio de la

persona, la misión y el destino de Jesús, el hijo enviado por el Padre, las

sentencias que el evangelista coloca en la segunda parte hablan más bien de

la Iglesia.

   La Iglesia, nuevo pueblo de Dios, llamada no sólo a recibir la herencia

dilapidada por los viñadores infieles, sino también a producir los frutos del

Reino que el Padre espera. De ahí una fuerte llamada a nuestra fidelidad. La

trayectoria del pueblo de Israel ilumina hoy el camino que la Iglesia está 

llamada a recorrer.

   El primer aspecto de la fidelidad al que estamos llamados es la atención

que prestamos y la acogida que dispensamos a quienes son enviados por Dios.

El rechazo definitivo del Hijo es el último eslabón de una cadena de cerrazón

ante las llamadas de atención de muchas embajadas que venían de parte de Dios

y que no fueron aceptadas. La dinámica de la infidelidad lleva al paso,

aparentemente incomprensible, del rechazo total en el momento clave. Lo mismo

puede decirse en sentido opuesto, una actitud permanente de acogida y de

fidelidad prepara el momento cumbre en el que Dios se presenta en persona.

   La segunda reflexión sobre la fidelidad apunta hacia los frutos que Dios

espera de nosotros. El domingo pasado se nos pedía un esfuerzo de claridad

y coherencia cristiana. Los frutos son los que mejor muestran la veracidad

de nuestra vida cristiana y el estado de salud espiritual en que nos

encontramos.

   Pero ¿qué frutos? Ante todo la caridad en sus múltiples manifestaciones.

Una descripción muy válida es la que encontramos en la 2ª. lectura. "Todo lo

que es verdadero, noble, justo, puro, amable, laudable; todo lo que es virtud

o mérito, tenedlo en cuenta". Es la apertura hacia los valores humanos y

cristianos lo que va consolidando día a día el amor de Dios y estableciendo

ya desde ahora ese Reino de Dios por el que Jesús murió.

 

TEODORO BERZAL hsf

sábado, 26 de septiembre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXVI

 27 de septiembre de 2020 - XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

 

                                                  "Se arrepintió y fue"

 

-Ez 18,25-28

-Sal 24

-Fil 2,1-11

-Mt 21,28-32

 

Mateo 21,28-32

 

   Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:

   -¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le

dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña". El contestó: "No quiero". Pero

después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. El le

contestó: "Voy, señor". Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el

padre?

   Contestaron:

   -El primero.

   Jesús les dijo:

   -Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera

en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el

camino de la justicia y no le creísteis; en cambio los publicanos y las

prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepen-

tisteis ni le creísteis.

 

Comentario

 

   La parábola de los dos hijos que leemos en el evangelio de hoy sigue a la

controversia de Jesús sobre su autoridad con los responsables religiosos del

pueblo judío. Es una parábola propia de Mateo y, situada después de la

entrada mesiánica en Jerusalén y la purificación del templo, tiene una

función de ruptura con las autoridades judías. La respuesta de Jesús a

quienes le preguntaban ¿con qué autoridad cumplía aquellos gestos? comprende

en el evangelio dos partes: la parábola y su explicación.

   La parábola se abre con una pregunta retórica (¿Qué os parece?) que

sirve para relacionarla con el párrafo anterior y al mismo tiempo para

implicar a los oyentes en la explicación.

   El fuerte contraste entre el comportamiento de los dos hijos, reducido en

el relato evangélico a los rasgos esenciales, refleja de forma esquemática

los dos grupos principales de quienes hasta entonces habían escuchado a Jesús

y lo habían seguido y, desde una perspectiva más amplia, los dos componentes

fundamentales de la sociedad judía de su tiempo.

   Viene en primer lugar el hijo que da una respuesta negativa, pero después

se arrepiente, se convierte, dice literalmente el texto. En el polo opuesto

está el otro hijo que llama al padre "señor", tratándole con la debida

reverencia y respeto, considerándolo digno de ser escuchado y a quien se debe

responder con educación. Pero después, en la práctica, no existe concordancia

entre lo que se dice y lo que se hace.

   Ante el padre de la parábola, que representa a Dios, última garantía de

verdad, en el primer hijo están representados quienes no tienen en cuenta las

prescripciones de la ley de Moisés y pertenecen, en un primer momento, a la

categoría de los "pecadores". En el segundo hijo están representados los

observantes de la ley, los que son fieles a las prescripciones de la

religión, los justos. El punto clave está, sin embargo, en el hecho de que,

ante el anuncio del Reino efectuado primero por Juan y luego por Jesús,

fueron los primeros los que se convirtieron y no los segundos.

   A través de la parábola y su explicación evangélica se desplaza así el

problema desde la legitimidad y autenticidad del mensajero (autoridad de Juan

o de Jesús) hacia la acogida efectiva que se da a su mensaje. O si se quiere,

más en general, teniendo también en cuenta lo que se dice en la 1ª. lectura,

la cuestión de fondo es dar una respuesta personal y responsable a Dios, que

nos interpela y nos pide recapacitar y convertirnos a su voluntad para vivir

verdaderamente.

 

Obediencia de la fe

 

   La parábola evangélica pone de manifiesto una de las dimensiones

esenciales del misterio de Nazaret, que podemos sintetizar con la expresión:

obediencia de la fe. Fue ese, en efecto el camino que María y José siguieron.

   Muchos judíos contemporáneos suyos, y en particular los fariseos,

esperaban que la venida del Mesías supondría una confirmación de la situación

existente. Es decir, de un lado, ellos, los justos, el pueblo elegido, el

hijo que había dicho sí a su Señor... Del otro, los pecadores, los paganos,

los demás pueblos, que hasta entonces habían dado a Dios una respuesta

negativa. Pero la venida del Mesías rompió totalmente ese esquema, y María

y José, como todos los auténticamente creyentes, lo habían entendido así

desde el principio.

   Ellos comprendieron que de poco sirve ser de la casa de David, ser hijos

de Abrahán o apelar a los privilegios del pasado. Lo importante es la actitud

personal ante Dios. En realidad, Éste puede sacar hijos de Abrahán incluso de

las piedras, es decir, de los pecadores más insensibles. Lo que cuenta es,

en el momento definitivo, cuando se escucha la llamada de la fe, dar un sí

a Dios sin condiciones.

   Pero el mensaje evangélico ilumina hoy sobre todo la importancia que

tiene la respuesta concreta, la que se da con la vida y no tanto con las

palabras. Entramos así de lleno en el tema de la obediencia de la fe que

tanto brilla en Nazaret.

   Más allá del contraste entre el decir y el hacer, está el que se produce

entre la incredulidad y la fe. La obediencia de la fe traduce esa armonía

profunda entre la aceptación de lo que Dios propone y la transformación de

la propia vida hasta hacerla coincidir con su voluntad.

   Por una parte la obediencia no es posible si antes la fe no descubre en

qué consiste la llamada de Dios, que se manifiesta normalmente a través de

sus mensajeros; por eso la fe debe preceder a la obediencia. Por otra parte,

la fe que no acaba en el cumplimiento de la voluntad de Dios con actos

concretos, es vana, pura ilusión. De algún modo el actuar del creyente es

interpretación de su fe.

   Y eso fue en realidad la existencia de la Sagrada Familia en Nazaret: una

traducción coherente durante largos años del sí dado a Dios al comienzo.

Jesús, María y José mantuvieron siempre la actitud profunda de humildad que

los llevó a vivir como una familia cualquiera, pasando por una de tantas. Ese

es el camino que más tarde llevó a Jesús a la humillación de la cruz y al

triunfo de la resurrección.

 

Padre, te bendecimos porque tú conoces lo más íntimo

de nuestro corazón,

y porque nos has dado la libertad

de responder a lo que nos mandas.

Tú ofreces a todos la salvación

y a todos pides el paso necesario de la conversión

para entrar en el Reino.

Danos el Espíritu Santo

que cree en nosotros esa armonía profunda

entre lo que te decimos en la oración

y lo que hacemos en nuestra vida.

Enséñanos el camino de la verdad y de la humildad

que siguió Jesús.

 

Hágase tu voluntad

 

   Las lecturas de hoy tienen un sentido mirando no sólo al momento inicial

del anuncio del Reino, que se traduce en la aceptación de la salvación y la

consiguiente conversión. Si las meditamos bien, se refieren también al

momento actual de nuestra vida de cada día. Hay en ellas efectivamente una

llamada a buscar cuáles son las motivaciones profundas y auténticas de

nuestro obrar, a ser coherentes con lo que decimos creer.

   En la vida cristiana, para que se dé un crecimiento constante y sano, la

primera condición es la constante búsqueda de claridad, de autenticidad. La

erradicación de la hipocresía es una labor de toda la vida. Si no estamos

atentos, constantemente tienden a colársenos motivaciones falsas en lo que

hacemos, podemos aparentar estar diciendo sí a Dios cuando en realidad

estamos tratando de realizar nuestra voluntad o los deseos de otros.

   Para eliminar esa falsedad interior, que vicia la raíz de toda vida

cristiana, se necesita una atención constante sobre el propio obrar y sobre

las motivaciones que nos llevan a la acción. "Quien obra la verdad viene a

la luz" (Jn 3,21).

   La principal preocupación del cristiano pasa a ser en este campo un

esfuerzo de discernimiento de la voluntad de Dios: presentarnos ante el Padre

para que nos mande a su viña. Y esto de manera constante y sistemática,

tratando de adherirnos a lo que creemos ser su voluntad. Esto comporta una

apertura de todo nuestro ser en la oración, pero también el deseo de

interpretar los signos y de descubrir en las mediaciones concretas que se nos

van presentando cada día, ese rostro personal y vivo del Padre que envía. En

eso consiste la rectitud del corazón, la claridad interior, imprescindible

para todo progreso espiritual.

   Existirá siempre una distancia entre lo que descubrimos ser la voluntad

de Dios y lo que hacemos. Lo importante es mantenernos siempre en esa actitud

de atención a su palabra y de prontitud en el cumplimiento de lo que nos

pide, convencidos como debemos estar que en la voluntad de Dios está nuestro

bien, nuestra salvación y la del mundo.

 

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