sábado, 21 de noviembre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXXIV

 22 de noviembre de 2020 - XXXIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

                     

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (S)

 

                    "Serán reunidas ante Él todas las naciones"

 

-Ez 34,11-12.15-17

-Sal 22

-1Co 15,20-26.28

-Mt 25,31-46

 

Mateo 25,31-46

 

   Dijo Jesús a sus discípulos:

   -Cuando venga en gloria el Hijo del hombre y todos los Ángeles con Él, se

sentará en el trono de su gloria y serán reunidas ante Él todas las naciones.

El separará a unos de otros, como un pastor separa las ovejas de las cabras.

Y pondrá las ovejas a su derecha y las cabras a su izquierda. Entonces dirá

el rey a los de su derecha:

   -Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para

vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de

comer, tuve sed y me disteis de beber, fui forastero y me hospedasteis,

estuve desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y

vinisteis a verme.

   Entonces los justos le contestarán:

   -Señor, ¿cuándo te vimos con hambre y te alimentamos, o con sed y te

dimos de beber?; ¿cuándo te vimos forastero y te hospedamos, o desnudo y te

vestimos?; ¿cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte?

   Y el rey les dirá:

   -Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes

hermanos, conmigo lo hicisteis.

   Y entonces dirá a los de su izquierda:

   -Apartaos de mí, malditos; id al fuego eterno preparado para el diablo y

sus ángeles. Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me

disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me

vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis.

   Entonces también éstos contestarán:

   -Señor, ¿cuándo te vimos con hambre o con sed, o forastero o desnudo, o

enfermo o en la cárcel y no te asistimos?

   Y Él replicará:

   -Os aseguro que cada vez que no lo hicisteis con uno de éstos, los

humildes, tampoco lo hicisteis conmigo.

   Y estos irán al castigo eterno, y los justos a la vida eterna.

                     

Comentario

 

   La Iglesia conmemora hoy la solemnidad de Cristo Rey del Universo como

recapitulación de su camino anual de celebración de la fe y como centro de

toda la historia humana. "En el círculo del año litúrgico la Iglesia

desarrolla todo el misterio de Cristo, desde la Encarnación y la Navidad

hasta la Ascensión, Pentecostés y la expectativa de la feliz esperanza y

venida del Señor" (S.C.102). La Palabra de Dios nos lleva a ver en Cristo,

el primogénito de los muertos, a Aquél que es el pastor y cabeza de la

Iglesia y de toda la humanidad, en quien todo ha sido llamado a la plenitud.

   El evangelio nos presenta una solemne descripción del juicio universal

que tendrá lugar al final de los tiempos, recogiendo una tradición

apocalíptica que se remonta a los profetas de Israel.

   El juicio es presentado ante todo como una gran convocación. Poco antes

de la escena que hoy leemos, el evangelista había dicho que el Señor enviaría

a sus Ángeles para convocar al son de trompeta a todos los elegidos de los

cuatro vientos y de un extremo al otro de los cielos (Mt 24,31). En este

ambiente apocalíptico del relato, el Hijo del hombre aparece rodeado de sus

Ángeles que actúan como testigos de lo que va a suceder.

   El juicio consiste en una separación que coloca a los buenos de una parte

y a los malos de otra. Para realizar esta separación la figura del rey y juez

se reviste de otra familiar a los lectores del evangelio: la figura de

pastor. Es de notar además que el rey no procede de una forma completamente

autónoma, sino que se refiere constantemente al Padre. Ante todo él mismo se

presenta como el Hijo del hombre, expresión que recuerda a Dan. 7,9-14, y

después proclama su sumisión. "Y cuando el universo le quede sometido,

entonces también el Hijo se someterá al que se lo sometió, y Dios lo será

"todo para todos" (1Co 15,28). Pero lo que más importa es el criterio de sepa-

ración de unos y otros establecido por el rey. No es otro que el del amor

expresado en el servicio y la atención hacia quien se encuentra necesitado,

en situación de pobreza, de enfermedad, de injusticia. El gesto de amor hacia

los hermanos o su ausencia establece la diferencia definitiva entre unos

hombres y otros.

   Podemos ahora preguntarnos quienes son esos "humildes hermanos" suyos de

que habla el Señor con tanto afecto. Si consultamos otros textos similares

del mismo Mateo, hay que pensar en los discípulos y seguidores de Jesús (Cf.

Mt 10,42; 18,10). Hoy tenderíamos a pensar que se trata de una interpretación

demasiado restrictiva. Pensamos espontáneamente que esos "humildes hermanos"

son todos los pobres, marginados, excluidos... Por otra parte el criterio de

amor al prójimo puede aplicarse a todo hombre y no sólo al cristiano. Pero

cuando se escribió el texto de Mateo que hoy leemos para una comunidad

pequeña y perseguida del siglo I, quizá el sentido original era el primero,

se trataba de los cristianos que por amor a Cristo se hicieron pobres, fueron

encarcelados, vivieron errantes y en toda clase de necesidad. Desde ese

sentido restringido y dada la ambientación universalista del relato ("serán

reunidas ante Él todas las naciones") es fácil pasar al sentido más amplio

en el que todo hombre es hermano de Jesús.

 

"Conmigo lo hicisteis"

 

   La vida de Nazaret se entiende sólo a la luz del misterio de la

encarnación. Los aspectos de pobreza, humildad, autolimitación voluntaria en

muchos aspectos de la vida de Jesús, expresan otros tantos momentos de su

asunción de la condición humana. Y la razón del amor cristiano que hoy da el

evangelio es la punta más avanzada de misterio de la Encarnación: "cada vez

que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo

hicisteis".

   Esta identificación de Jesús con el pobre y desamparado, con el débil y

oprimido, es no sólo una novedad absoluta del mensaje cristiano con respecto

a otras doctrinas, sino el fundamento de toda la actividad caritativa de la

Iglesia y de su amor preferencial por los pobres. Cuando Jesús se identifica

con el pobre, no hace más que ratificar lo que fue su opción de vida. Podemos

decir que la encarnación de Jesús no consistió sólo en hacerse hombre entre

los hombres, sino que se hizo también pobre entre los pobres. La trayectoria

entera de su existencia, que culmina en la cruz, fue un camino de solidaridad

con quien está desarmado, con quien sólo se impone por la fuerza del amor,

con quien no se apoya sobre ninguna de las cosas que ofrecen al hombre poder,

dominio sobre los otros, suficiencia... Por eso en el camino entero de su

vida se revela el amor y la misericordia del rostro de Dios para con el

hombre en su condición de pobreza, de abatimiento, de limitación y de pecado.

   La Iglesia postconciliar ha llevado a cabo esta reflexión que nos

compromete a todos en plena fidelidad al evangelio: "La Iglesia debe mirar

a Cristo cuando se pregunta cuál ha de ser su acción evangelizadora. El Hijo

de Dios demostró la grandeza de ese compromiso al hacerse hombre, pues se

identificó con los hombres haciéndose uno de ellos, solidario con ellos y

asumiendo la condición en que se encuentran, en su nacimiento, en su vida y,

sobre todo, en su pasión y muerte, donde llegó a la máxima expresión de

pobreza. Por esta razón los pobres merecen una atención preferencial, cual-

quiera que sea la situación moral o personal en que se encuentran. Hechos a

imagen y semejanza de Dios para ser sus hijos, esta imagen está ensombrecida

y aun escarnecida. Por eso Dios toma su defensa y los ama. Es así como los

pobres son los primeros destinatarios de la misión y su evangelización es por

excelencia señal y prueba de la misión de Jesús. Acercándonos al pobre para

acompañarlo y servirlo hacemos lo que Cristo nos enseñó, al hacerse hermano

nuestro, pobre como nosotros. Por eso el servicio a los pobres es la medida

privilegiada aunque no excluyente de nuestro seguimiento de Cristo. El mejor

servicio al hermano es la evangelización que lo dispone a realizarse como

hijo de Dios, lo libera de las injusticias y lo promueve integralmente"

(Documento de Puebla nn. 1141, 1142 y 1144).

 

Te bendecimos, Señor Jesús, rey del universo

porque tu cercanía a todos los hombres

y tu identificación con los pobres

 te permitirán en el momento final

ser el juez de todos

descubriendo lo que hay de más profundo en cada uno.

Guíanos con tu Espíritu Santo

para que sepamos reconocerte y servirte

en los que ahora sufren

y así formemos parte un día de la asamblea

de quienes son bendecidos por el Padre

y lo bendicen por toda la eternidad.

 

"Cristo tiene que reinar"

 

   Es el triunfo final de quien ha entregado su vida por todos. Pero Él

mismo indicó que su reino tiene un estilo muy distinto a los de este mundo.

"Este Hombre no ha venido a que le sirvan, sino a servir y dar su vida en

rescate por todos" (Mt 20,28).

   Si ese es el modo de "reinar" de Jesús, ese debe ser también el estilo de

la Iglesia y del cristiano. No se pueden copiar los procedimientos de

organización y gestión del poder con una lógica inspirada en el mundo. Como

para Jesús, para el cristiano, reinar es servir.

 

   El cristiano, comprometido en la transformación de este mundo con la

fuerza del evangelio, debe luchar por reconducir desde dentro todas las cosas

según los valores del Reino. De esta forma todos los hechos de la historia

personal y colectiva, por pequeños que sean, cobran un sentido nuevo porque

se inscriben en la construcción de los cielos nuevos y la tierra nueva que

esperamos. "La plenitud de los tiempos ha llegado, pues, hasta nosotros (Cf.

1Cor 10,11) y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y

empieza a realizarse en cierto modo en el siglo presente, ya que la Iglesia,

aun en la tierra, se reviste de una verdadera, si bien imperfecta santidad.

Y mientras no haya cielos nuevos y nueva tierra en los que tenga su morada

la justicia (Cf 2Pe 2,13), la Iglesia peregrinante, en sus sacramentos e

instituciones, que pertenecen a este tiempo, lleva consigo la imagen de este

mundo que pasa, y Ella misma vive entre las criaturas que gimen entre dolores

de parto hasta el presente, en espera de la manifestación de los hijos de

Dios (Cf. Rom 8,19-22)" (L. G. 48).

 

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf

sábado, 14 de noviembre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXXIII

 15 de noviembre de 2020 - XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIOCiclo A

 

                    "Señor, cinco talentos me dejaste"

 

-Prov 31,10-13.19-20

-Sal 127

-1Tes 5,1-6

-Mt 25,14-30

 

Mateo 25,14-30

 

   Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

   -Un hombre que se iba al extranjero llamó a sus empleados y les dejó

encargados de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos de plata, a otro dos,

a otro uno; a cada cual según su capacidad. Luego se marchó. El que recibió

cinco talentos fue en seguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que

recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos. En cambio, el que recibió uno

hizo un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor. Al cabo de mucho

tiempo volvió el señor de aquellos empleados y se puso a ajustar las cuentas

con ellos. Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros

cinco, diciendo:

   -Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco.

   Su señor le dijo:

   -Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo

poco, te dar‚ un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.

   Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo: Señor, dos

talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos.

   Su señor le dijo:

   -Muy bien. Eres un empleado fiel y cumplidor; como has sido fiel en lo

poco, te dar‚ un cargo importante; pasa al banquete de tu señor.

   Finalmente, se acercó el que había recibido un talento y dijo:

   -Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges

donde no esparces; tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. aquí

tienes lo tuyo.

   El señor le respondió:

   -Eres un empleado negligente y holgazán. ¨Conque sabías que siego donde

no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto el dinero en

el banco para que al volver yo pudiera recoger lo mío con los intereses.

Quitadle el talento y dádselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le

dará y lo sobrará; pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene. Y

a ese empleado inútil echadlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y

rechinar de dientes.

 

Comentario

 

   La laboriosidad atenta y vigilante en espera de la manifestación gloriosa

del Señor es el tema predominante en la liturgia de este domingo, como lo era

ya de los precedentes. "Estemos vigilantes y vivamos sobriamente"

(2¦lectura). Esta actitud de responsabilidad y compromiso viene puesta de

relieve de manera singular en la llamada parábola de los talentos.

   La parábola contada por Jesús anuncia ante todo su próxima salida de este

mundo con las consecuencias que esto iba a suponer para sus discípulos: su

ausencia pondrá entre las manos de sus seguidores la gran responsabilidad de

conservar y propagar los bienes del reino; de ahora en adelante les tocar 

a ellos continuar su obra, cada uno según su capacidad.

   Vista así las cosas, la parábola no es una simple exhortación a cultivar

las propias cualidades; existe en ella una dimensión de fe y compromiso con

el Reino que va más allá de las sabias recomendaciones de la pedagogía

clásica, para ponerle al creyente en trance de jugarse la vida como respuesta

a la llamada que ha recibido.

   El amo, al regresar de su largo viaje, alaba la fidelidad creativa de los

dos primeros empleados que no sólo conservan, sino que doblan lo que han

recibido. Pero el punto de fuerza de la parábola se revela mayormente en

relación con el tercero de los empleados. La relación difícil, hecha de

desconfianza y recelo, entre amo y siervo, paraliza la generosidad de éste

y le lleva a tomar las medidas para conservar lo recibido más que a actuar

con la libertad que pondrá en juego su talento y su persona.

   Precisamente éste parece ser el centro de la parábola, el contraste entre

quien acepta el reto de la fe que lleva a acoger el don de Dios y responder

con generosidad y quien prudentemente se cierra sobre sí mismo.

   El evangelista interviene, como en las parábolas precedentes, para

subrayar el aspecto escatológico. En primer lugar coloca en ese ambiente una

parábola que en Lucas ocupa otro lugar. Además aumenta notablemente la

cantidad que cada siervo recibe. En Lucas son "minas", medida que valía

sesenta veces menos que el talento. Mateo tiende así a hacer más comprometida

la situación del siervo infiel. Por otra parte subraya con insistencia cómo

el amo "al cabo de mucho tiempo volvió y se puso a ajustar las cuentas" (v.

19). Las sentencias que da, tanto en sentido positivo a los dos primeros

siervos, como en sentido negativo al último, son definitivas e inapelables.

Es interesante notar la expresión "al que tiene se le dará y al que no tiene

se le quitará" que aquí es usada de forma personalizada para condenar al

tercer siervo. El propio Mateo y los otros evangelistas la usan también para

hablar de los bienes del Reino, dados a quien ha creído en el evangelio y

"quitados" a quien lo rechaza (Cf Mt 13,12).

 

El hombre y la mujer

 

   La primera lectura y el salmo responsorial nos presentan respectivamente

la figura de la mujer fuerte y laboriosa y la del hombre honrado que teme al

Señor.

   Meditando el evangelio desde Nazaret, podemos ver a contraluz las

siluetas de María y de José. Ellos fueron "buenos administradores" de la

gracia recibida porque supieron poner en juego toda su persona en la

respuesta inicial a la llamada de Dios y porque día a día fueron viviendo en

fidelidad.

   Tres son los rasgos que el poema del libro de los proverbios celebra en

la mujer perfecta, que es presentada al final de ese libro como la

personificación misma de la sabiduría. Se pone de relieve en primer lugar la

laboriosidad, el amor al trabajo. La mujer perfecta es, ante todo,

"hacendosa". Viene en segundo lugar la amabilidad, que se expresa en relación

con los de su casa, marido, hijos y criados, y con los de afuera. Esa

cualidad le merece la confianza de todos. Finalmente se revela cuál es la

fuente secreta de todas esas cualidades y la fuerza interior de donde mana

su actividad: es el temor de Dios. Frente a esa motivación profunda, las

demás cosas son fugaces y, a veces, hasta pueden ser engañosas.

   En el contexto litúrgico de hoy evidentemente la "mujer perfecta" se

alínea con los dos primeros siervos de la parábola, pues como ellos, sabe

hacer rendir al máximo cuanto se le ha confiado. El evangelio hace hincapié

en el momento final en que el amo se presenta para pedir cuentas, en

realidad, la fidelidad dispone ya desde el presente con el testimonio de la

propia conciencia. Ningún juez más severo que lo que nosotros mismos hacemos.

"Que sus obras la alaben en la plaza" (Prov 31,31).

   En el salmo responsorial tenemos la figura del hombre que teme al Señor.

En el cuadro familiar que describe destaca sin duda la figura del padre y

marido. Su felicidad y la de su casa se cifra ante todo en la fe y práctica

religiosa. El temor de Dios expresa esa profunda actitud de piedad que se

vive en el diario cumplimiento de la voluntad de Dios, en el "seguir sus

caminos". El trabajo viene presentado como medio de subsistencia y no aparece

el sentido de castigo por el pecado que tiene en el primer libro de la

Biblia. La bendición del Señor, que proporciona la felicidad, se vive en la

intimidad familiar con una esposa fecunda y la numerosa prole en torno a la

mesa. Las imágenes del olivo y de la vid, tomadas del mundo agrícola de la

Biblia, son la mejor expresión de la paz, serenidad y crecimiento que se vive

en una familia unida. Revelan al mismo tiempo la situación más íntima de las

personas y ponen la base de una paz y prosperidad duraderas para todo el

pueblo. "Paz a Israel" es el saludo litúrgico que sirve de conclusión a este

salmo, que se cantaba en las procesiones de los israelitas al templo de

Jerusalén.

   La familia de Nazaret vivió día a día los valores m s altos de honradez

y fidelidad encarnando el ideal de toda familia hebrea creyente y abierta a

los bienes del Reino que con Jesús llevaba en su seno.

 

Te bendecimos, Padre, que has creado el mundo

y lo has puesto entre las manos del hombre

para que lo guarde y lo cultive.

Te bendecimos porque en la plenitud de los tiempos

Jesús puso en las manos de sus discípulos

la responsabilidad de hacer crecer la semilla

que con su vida y con su muerte había plantado.

Danos tu Espíritu Santo

que nos mantenga en una fidelidad constante

a lo que nos diste cuando nos llamaste a la fe

y a lo que nos das cada día

para podernos presentar ante ti

con el fruto de tus dones.

 

Buenos administradores

 

   La dimensión escatológica de la vida cristiana, puesta ya de relieve en

el domingo precedente, es acentuada y desarrollada en esta anteúltima etapa

del año litúrgico. Ante la vuelta del Señor que la parábola evangélica

escenifica de manera tan eficaz, aparece la exigencia de saber administrar

los dones que hemos recibido, como siervos buenos y fieles. La invitación a

ser buenos administradores cobra toda su urgencia si consideramos de una

parte la cantidad inmensa de dones que hemos recibido y de otra la

posibilidad de perderlo todo, de quedarnos sin nada. Digamos, sin embargo,

que la urgencia mayor, la que m s estimula nuestra responsabilidad es la

relación personal de amor con quien nos lo ha dado todo y un día nos lo

pedirá todo.

   Ya en el plano de la naturaleza es mucho lo que todo viviente ha

recibido. Cada persona debe sentirse deudora de toda la acumulación de amor

que ha posibilitado su existencia. Si además consideramos el don de la

filiación divina con los otros dones sobrenaturales que se nos han dado en

el bautismo, la cuenta de nuestra deuda aumenta sobremanera. En realidad, los

dos o los cinco talentos se quedan aún cortos para describir todo lo que el

Señor nos ha dejado como regalo.

   El otro acicate para estimular nuestra buena administración es la

posibilidad de perderlo todo. Es difícil admitir esto a quien se siente en

posesión absoluta de todo lo que tiene; a quien se apoya en sus cálculos y

capacidades; en definitiva, a quien no se siente administrador, sino amo. Y,

sin embargo, tanto en el plano de la naturaleza como en el de la gracia,

existen personas frustradas, gente que no produce nada ni para sí mismo ni

para los demás, que ni siquiera sabe conservar lo poco que tenía...

   La solución evangélica es que hay que arriesgar, que no vale agarrarse

egoístamente a lo que se cree tener. Pero para dar ese salto que supone la

fe, hay que confiar en alguien. Podemos suponer que lo que paralizó al siervo

"negligente y holgazán" fue el concepto negativo que tenía de su amo y la

desconfianza que sentía hacia él. Sólo el "temor del Señor", el verdadero

temor que no mete miedo porque está hecho de adoración y de amor, es capaz

de poner en marcha todas las energías en la vida del cristiano.

 

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf

sábado, 7 de noviembre de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XXXII

 8 de noviembre de 2020 - XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

 

                                               "Llegó el esposo"

 

-Sab 6,13-17

-Sal 62

-1Tes 4,12-17

-Mt 25,1-13

 

Mateo 25,1-13

 

   Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:

   -El Reino de los cielos se parece a diez doncellas que tomaron sus

lámparas y salieron a esperar al esposo. Cinco de ellas eran necias y cinco

sensatas. Las necias, al tomar las lámparas, se dejaron el aceite, en cambio,

las sensatas se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas. El esposo

tardaba. Le entró sueño a todas y se durmieron. A media noche se oyó una voz:

"¡Que llega el esposo, salid a recibirlo!" Entonces se despertaron todas

aquellas doncellas y se pusieron a preparar sus lámparas. Y las necias

dijeron a las sensatas: "Dadnos un poco de vuestro aceite, que se nos apagan

las lámparas". Pero las sensatas contestaron: "Por si acaso no hay bastante

para vosotras y nosotras, mejor es vayáis a la tienda y os lo compráis".

   Mientras iban a comprarlo llegó el esposo, y las que estaban preparadas

entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta. Más tarde

llegaron también las otras doncellas, diciendo: "Señor, señor, ábrenos". Pero

él respondió: "Os lo aseguro: no os conozco". Por tanto, velad, porque no

sabéis el día ni la hora.

                         

Comentario

 

   La parábola de las diez vírgenes forma parte del llamado discurso

escatológico que ocupa los capítulos 24 y 25 del evangelio de Mateo. En él

se trata ampliamente el tema del fin de los tiempos y la Iglesia lo propone

como lectura litúrgica al comienzo y al final del año litúrgico.

   La colocación de la parábola de las diez vírgenes en este contexto

modifica también su significado original. Probablemente cuando Jesús contó

la parábola pretendía insistir en la prontitud ante la llamada de Dios.

Partiendo de una costumbre judía en la celebración de las bodas, Jesús

advierte que con su venida Dios ha lanzado la última llamada para que los

hombres se conviertan y entren en el Reino. Ahora bien, la respuesta no se

improvisa: hay que estar preparados. De ahí la insistencia en mantenerse

despiertos y de tener el aceite para encender la lámpara y acompañar al

esposo en la fiesta de las bodas de Dios con la humanidad.

   A este sentido originario, el evangelista Mateo, que escribe para la

segunda generación cristiana, cuando ya la esperanza en la vuelta inmediata

del Señor tiende a aflojarse, le añade un matiz fuertemente escatológico. El

acento se desplaza en el significado de la parábola hacia la necesidad de

mantenerse vigilantes aunque parece que la voz que anunciará la llegada del

esposo tiende a atrasarse. En esa situación, quien se duerme, quien no se

mantiene constantemente preparado, corre el riesgo de encontrarse un día con

la puerta cerrada. De esta forma, la parábola se coloca en la misma línea de

significado que tienen las del siervo fiel que la precede (Mt 24,45-51) y la

de los talentos, que le sigue (Mt 25,14-30).

   Hay dos elementos en la parábola que acrecientan su carácter

escatológico. El primero es la aparición de improviso del esposo. Parece que

las conversaciones entre las familias del esposo y de la esposa podían

prolongarse, nadie podía saber a ciencia cierta cuándo las doncellas tendrían

que incorporarse al cortejo nupcial. El otro elemento es que la puerta se

cierra definitivamente. Cuando las vírgenes necias llegan con retraso, no hay

posibilidad de una solución de compromiso, la puerta está cerrada y ya no se

puede entrar. Es un momento dramático, tajante, que establece una distinción

definitiva entre quien participa en el festín y quien se queda fuera.

   Por eso el punto clave de la parábola no está ya en las condiciones de la

espera (Todas las jóvenes se duermen, todas tiene la lámpara), sino en el

tener o no tener el aceite. Ese es el detalle que establece la diferencia

final.

   La verdadera sabiduría consiste en tener la lámpara encendida en el

momento oportuno; como consecuencia, la provisión de aceite debe estar en

relación con el momento de la llegada del esposo y no de los cálculos que uno

puede hacer sobre su posible retraso.

 

"Se cumplieron los días"

 

   La Iglesia nos invita en este final del año litúrgico a dirigir la mirada

hacia las cosas últimas, los "novísimos" como se decía antiguamente. Hoy

preferimos hablar de escatología cristiana. De todas formas la parábola

evangélica que leemos en este domingo nos ayuda a interpretar la vida como

espera del cumplimiento de algo que está ya incoado en nuestra vida.

   Como hemos meditado en otras ocasiones, también los evangelios de la

infancia de Cristo tiene un aspecto escatológico que nos permite comprender

y vivir mejor esta dimensión del mensaje cristiano.

   Una de las expresiones que más recalcan que con la venida de Jesús la

historia ha llegado a su término es la que hemos puesto más arriba como

título: "Se cumplieron los días". Lucas la emplea sistemáticamente en los dos

primeros capítulos de su evangelio y lo hace con dos sentidos: uno biológico

y el otro litúrgico.

   Al primero pertenece la señalación del tiempo de los anuncios,

concepciones, nacimientos, etc. "A Isabel se le cumplió el tiempo y dio a luz

un hijo" (1,57), también a María "le llegó el tiempo del parto y dio a luz

a su hijo primogénito" (2,7). El otro sentido es de carácter litúrgico y a

veces profético. Al "cumplirse los días" de su servicio litúrgico, Zacarías

regresa a casa... (1,23); "Al cumplirse los ocho días, cuando tocaba

circuncidar al niño le pusieron de nombre Jesús" (2,21). Todo ese ambiente

de promesas cumplidas, que el texto va tejiendo poco a poco culmina en el

cántico de Simeón: "Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo

irse en paz, porque mis ojos han visto a tu Salvador" (2,29-30). El mismo

sentido tiene el uso de los verbos en pasado en el Magnificat.

   Algunos han visto también una relación entre el cumplimiento de las

Escrituras, tema constante en el evangelio de Mateo, y el cumplimiento de los

tiempos que Lucas subraya.

   En uno y en otro caso la llegada de Jesús es la oportunidad última y

definitiva de salvación que Dios ofrece a los hombres. Pero ese cumplimiento

del tiempo de Dios no es una especie de ultimátum amenazador para el hombre.

Al contrario, Dios va plenificando desde dentro la historia humana, le va

dando sentido. Mediante el Espíritu Santo estimula a cada persona para que

dé un sí libre a su llamada.

   Por otra parte el cumplimiento escatológico que presentan los evangelios

de la infancia de Cristo, se presenta con sencillez y humildad, despojado de

la gloria aparente y externa con que la imaginación tiende a arropar todo lo

que se refiere a los últimos tiempos. Para Mateo y Lucas, Cristo es el

cumplimiento de las promesas hechas a los padres, pero se trata de un

cumplimiento realizado bajo el signo de la cruz, por eso llevado a cabo con

discreción, como una puerta que se abre o que se cierra.

   Así surge la vida nueva, la etapa última de la historia de la salvación

marcada por la acción del Espíritu Santo. De parte humana lo que encontramos

como actitud predominante es la premura por una fidelidad gozosa, la espera

llena de la certeza que no defrauda...

 

Te alabamos, Padre,

porque con la venida de Jesús

nos has llamado definitivamente

a entrar en tu alianza de amor con la humanidad.

Que el Espíritu Santo

nos dé la sabiduría de la vida

para vivir la espera

con una buena provisión

del aceite del amor,

de modo que en cualquier momento,

del día o de la noche,

estemos preparados para la fiesta nupcial.

 

"Velad"

 

   La sentencia final del evangelio de hoy es una exhortación a la

vigilancia, como lógica conclusión de la parábola de las diez vírgenes.

   Pero la actitud de vigilancia en el contexto de la liturgia de este

domingo tiene varios aspectos. Ciertamente está la vigilancia referida al

"último día", que para cada uno acontece el día de su muerte y puede llegar

cuando menos se espera. Pero la vigilancia cristiana se refiere también al

presente, al día de hoy. Estar vigilantes, o mejor ser vigilantes o vivir

vigilantes, significa entonces tener una gran sensibilidad hacia todo lo que

sucede a nuestro alrededor. La distracción, la superficialidad, el pensar

demasiado en nosotros mismos, pueden ir cerrándonos poco a poco el campo de

nuestra sensibilidad espiritual para reconocer sólo algunos signos. La

vigilancia cristiana lleva a una apertura total: una apertura hacia todo,

porque todo nos puede avisar de la llegada de Dios.

   Si la vigilancia es sensibilidad y apertura en el presente, lo es también

hacia el futuro. De hecho las vírgenes del evangelio son llamadas "prudentes"

o "necias" en la medida que previeron o no la cantidad suficiente de aceite

para el momento crítico de la llamada.

   La interpretación de la vida como proyecto, como una serie de decisiones

coherentes con una opción fundamental, no está en contradicción con la

esperanza ni con la apertura a las sorpresas de la vida. Al contrario, el

creyente que, confiando en Dios, se atreve a poner bajo su mirada el arco

entero de su existencia y lo encamina hacia lo que cree ser su voluntad,

podrá vivir una fidelidad cotidiana, en las cosas pequeñas, más coherente y

más intensa. La mediocridad humana y espiritual suele ser fruto de esa falta

de previsión del futuro que comporta un proyecto de vida capaz de movilizar

los mejores recursos de una persona o de una comunidad para cumplir sus

objetivos.

   Prudente es quien sabe "construir su casa sobre la roca" (Mt 7,24) de la

Palabra de Dios porque está seguro que un día vendrá el temporal... Prudente

es quien sabe emplear los recursos que Dios le ha dado en el momento

oportuno.

 

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf