sábado, 19 de diciembre de 2020

Ciclo B - Adviento - Domingo IV

 20 de diciembre de 2020 - IV DOMINGO DE ADVIENTO - Ciclo B

                         

                        "... de la casa de David".

 

II Samuel 7,1-5. 8b-11. 16

 

      Cuando el rey David se estableció en su palacio, y el Señor le dio la

paz con todos los enemigos que le rodeaban, el rey dijo al Profeta Natán:

      -Mira: yo estoy viviendo en casa de cedro, mientras el arca del Señor

vive en una tienda.

      Natán respondió al rey:

      -Ve y haz cuanto piensas, pues el Señor está contigo.

      Pero aquella noche recibió Natán la siguiente palabra del Señor:

      -Ve y dile a mi siervo David: ¿Eres tú quien me va a construir una

casa para que habite en ella?

      Yo te saqué de los apriscos, de andar tras las ovejas, para que fueras

jefe de mi pueblo Israel. Yo estaré contigo en todas tus empresas, acabaré

con tus enemigos, te haré famoso como a los más famosos de la tierra. Daré

un puesto a Israel, mi pueblo: lo plantaré para que viva en él sin

sobresaltos, y en adelante no permitiré que animales lo aflijan como antes,

desde el día que nombré jueces para gobernar a mi pueblo Israel.

      Te pondré en paz con todos tus enemigos, te haré grande y te daré una

dinastía. Tu casa y tu reino durarán por siempre en mi presencia y tu trono

durará por siempre."

 

Romanos 16,25-27

 

      Hermanos:

      Al que puede fortalecernos según el evangelio que yo proclamo,

predicando a Cristo Jesús -revelación del misterio mantenido en secreto

durante siglos eternos y manifestado ahora en la Sagrada Escritura, dado a

conocer por decreto del Dios eterno, para traer a todas las naciones a la

obediencia de la fe-, al único Dios por Jesucristo, la gloria por los siglos

de los siglos. Amén

 

Lucas 1,26-38

 

      En aquel tiempo, el Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de

Galilea, llamada Nazaret, a una virgen desposada con un hombre llamado José,

de la estirpe de David; la virgen se llamaba María.

      El Ángel, entrando a su presencia, dijo:

      -Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo; bendita tú entre las

mujeres.

      Ella se turbó ante estas palabras, y se preguntaba qué saludo era

aquel.

      El Ángel le dijo: -No temas María, porque has encontrado gracia ante

Dios. Concebirás en tu vientre y darás a luz un hijo y le pondrás por nombre

Jesús. Será grande, se llamará Hijo del Altísimo, el Señor Dios le dará el

trono de David su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre, y su

reino no tendrá fin-.

      Y María dijo al Ángel:

      -¿Cómo será eso, pues no conozco varón?

      El Ángel le contestó:

      -El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la fuerza del Altísimo te cubrirá

con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios.

      Ahí tienes a tu pariente Isabel que, a pesar de su vejez, ha concebido

un hijo, y ya está de seis meses la que llamaban estéril, porque para Dios

nada hay imposible.

      María contestó:

      -Aquí está la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

      Y el Ángel se retiró.

 

Comentario

      La densidad del mensaje de la Palabra de Dios en este domingo se ve

reforzada por el eco y amplificación que la primera lectura encuentra en el

Evangelio.

      David, después de haber consolidado su poder y sintiéndose seguro en

la capital de su reino, quiere dar también una estabilidad al signo de la

presencia de Dios en medio de su pueblo: construir una casa para el Señor.

Excelente deseo, aprobado por el profeta Natán, pero quizá también tentación

de querer instrumentalizar a Dios haciéndole garante de la propia dinastía.

      En este contexto, Dios interviene por medio del profeta para dejar

claro quién es el Señor, quién guía los destinos de la historia. Es fácil de

entender el contenido de la profecía de Natán atendiendo a la doble acepción

de la palabra casa. Tú me quieres construir una casa = templo, dice el Señor,

pero seré yo quien te dé una casa = dinastía (descendencia) en la que se

cumplirá mi promesa.

      El Evangelio ha "leído", desde la "plenitud de los tiempos", la antigua

profecía en su relato del anuncio del nacimiento de Jesús, ayudándonos así

a comprender mejor quién es el Enviado y cómo se cumplen las promesas del

Señor. A David Dios le había asegurado, por medio del profeta, "una descen-

dencia nacida de tus entrañas". A María el Ángel le asegura que "concebirá

en su seno". El descendiente prometido a David había de heredar su "trono",

y al hijo de María "el Señor Dios le dará el trono de David, su padre". La

estirpe de David debía ser "grande" y el evangelista dice que quien había de

nacer de María "será grande y se llamará Hijo del Altísimo. Como a la descen-

dencia de David, también del Mesías se dice que "su reino no tendrá fin".

      El "hijo" que nace de María es verdaderamente el descendiente prometido

a David, es de la casa de David. Las genealogías de Lucas y de Mateo pre-

tenden confirmarlo. Pero curiosamente en ambos casos la continuidad con la

casa de David viene asegurada por José, pues "se pensaba que (Jesús) era hijo

de José" (Lc 3,24).

 

"A una ciudad de Galilea que se llama Nazaret"

 

      Si todo el evangelio puede ser leído en Nazaret, con mayor motivo pode-

mos leer este pasaje que nos transmite un acontecimiento ocurrido en ese

lugar.

      Desde la humilde casa de Nazaret, el momento de la visita del Ángel

Gabriel es el momento de la acción de Dios por antonomasia, el momento

maravilloso, estupendo, que hace nuevas todas las cosas. Hay que colocarlo

en la línea que va de la creación del mundo, a la alianza con Abrahán, a la

gran manifestación del Sinaí, cuando la nube cubrió la cima de la montaña

cuando "la gloria del Señor llenaba el santuario" (Ex 40,35).

      Esa es la maravilla que María canta desde el fondo de su alma "porque

se fijó en su humilde esclava" (Lc 2,47). Ese momento de la acción suprema

del Espíritu Santo funda y da sentido a toda la experiencia vivida en Nazaret

que es una prolongación de la encarnación del Verbo del Padre.

      Desde que María fue "morada" del Hijo de Dios, ella y José se pusieron

en camino con la fe de Abrahán, y aun cuando permanecieron mucho tiempo en

el pueblo de Galilea, nunca pretendieron como su antepasado David, erigir una

"casa" para Dios. Ellos habían comprendido que sería Dios mismo quien se

ocuparía de ello. "Después volverá a levantar de nuevo la choza caída de

David; levantará sus ruinas y la pondrá en pie, para que los demás hombres

busquen al Señor" (Am 9,11; cfr. Hech 15,16-17).

      Sólo desde esa fe cobran sentido todas las preocupaciones por buscar

un lugar digno donde pudiera nacer el Mesías y para proporcionarle una

familia, una casa y un ambiente donde crecer.

 

Señor, desde el principio del mundo

tú has construido para el hombre una casa,

un hogar donde acogernos a todos.

Cuando vino Jesús, tu Palabra,

Él "plantó su tienda entre nosotros"

para ofrecer a todos los hombres

un espacio de salvación.

Danos la fe de María,

danos la obediencia de la fe

para acoger la acción fecunda del Espíritu Santo

y poder así llevarte a los demás.

 

Nuestra casa

 

      La actitud de María, de José, de Jesús en Nazaret orientan nuestro

vivir. Vivir el misterio de Nazaret es vivir en familia, y vivir en familia

quiere decir, entre otras cosas, vivir en una casa.

      Todos sabemos que construir la comunidad es también construir la casa,

porque la casa es el lugar donde el hombre es persona, es el lugar de la

fraternidad y de la acogida y es también el lugar donde Dios habita.

      Pero cuando construimos desde la fe, necesitamos saber, como David,

como María y José, que lo importante es lo que Dios construye, que su obra

es más grande que la nuestra.

      Tenemos que aprender, sobre todo, el camino de la solidaridad para

sentir como nuestro el problema de quienes no tienen casa, por causas econó-

micas, por exilio, por desamparo o injusticia humana. Solo así llegaremos a

creer verdaderamente que desde su venida y desde que derramó su Espíritu, es

Cristo quien está construyendo una casa para todos, porque es Él quien nos

abre un porvenir de libertad y de humanidad nueva.

      De vez en cuando es bueno escuchar estas palabras del Señor para

valorar lo que estamos haciendo: "El cielo es mi trono y la tierra estrado

de mis pies: ¿qué casa podréis construirme o qué lugar para mi descanso?" Is

66,1. "El Altísimo no habita en edificios construidos por el hombre" (Hch 7,48).

 

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sábado, 12 de diciembre de 2020

Ciclo B - Adviento - Domingo III

 13 de diciembre de 2020 - III DOMINGO DE ADVIENTO - Ciclo B

                         

                 "Entre vosotros está ese que no conocéis"

 

Isaías 61,1-2a. 10-11

 

      El Espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido. Me

ha enviado para dar la Buena Noticia a los que sufren, para vendar los

corazones desgarrados, para proclamar la amnistía a los cautivos y a los

prisioneros, la libertad, para proclamar el año de gracia del Señor.

      Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios: porque me ha

vestido un traje de gala y me ha envuelto en un manto de triunfo, como novio

que se pone la corona, o novia que se adorna con sus joyas.

      Como el suelo echa sus brotes, como un jardín hace brotar sus semillas,

así el Señor hará brotar la justicia y los himnos, ante todos los pueblos.

 

Tesalonicenses 5,16-24

 

      Hermanos: Estad siempre alegres. Sed constantes en orar. En toda

ocasión tened la Acción de Gracias: ésta es la voluntad de Dios en Cristo

Jesús respecto de vosotros.

      No apaguéis el espíritu, no despreciéis el don de profecía; sino

examinadlo todo, quedándoos con lo bueno.

      Guardaos de toda forma de maldad. Que el mismo Dios de la paz os

consagre totalmente, y que todo vuestro ser, alma y cuerpo, sea custodiado

sin reproche hasta la Parusía de nuestro Señor Jesucristo.

      El que os ha llamado es fiel y cumplirá sus promesas.

 

Juan 1,6-8. 19-28

 

      Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: este venía como

testigo, para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la

fe. No era él la luz.

      Este es el testimonio que dio Juan cuando los judíos enviaron desde

Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan, a que le preguntaran:

      -¿Tú quién eres?

      El contestó sin reservas: -Yo no soy el Mesías-.

      Le preguntaron:

      -Entonces ¿qué? ¿Eres tú Elías?

      El dijo: -No lo soy-

      -¿Eres tú el Profeta?

      Respondió: -No- y le dijeron:

      -¿Quién eres? Para que podamos dar una respuesta a los que nos han

enviado, ¿qué dices de ti mismo?

      El contestó: -Yo soy "la voz que grita en el desierto: Allanad el

camino del Señor" (como dijo el Profeta Isaías).

      Entre los enviados había fariseos y le preguntaron:

      -Entonces ¿por qué bautizas, si tú no eres el Mesías, ni Elías, ni el

Profeta?

      Juan les respondió:

      -Yo bautizo con agua; en medio de vosotros hay uno que no conocéis, el

que viene detrás de mí, que existía antes que yo y al que no soy digno de

desatar la correa de la sandalia.

      Esto pasaba en Betania, en la orilla del Jordán, donde estaba Juan

bautizando.

 

Comentario

 

      Los textos bíblicos propuestos por la liturgia de este domingo nos

ofrecen tres mensajes complementarios entre sí: el Bautista anuncia que el

Mesías está entre nosotros, el profeta Isaías lo presenta como el Mesías de

los pobres y, S. Pablo nos invita a alegrarnos por la venida del Mesías y a

acudir a su encuentro. Queda sí claro que el núcleo central del mensaje está

en esa condición de pobreza, requerida para poder acoger con alegría la

salvación que se nos ofrece en Cristo.

      El evangelio de S. Juan, despojado de los detalles anecdóticos de los

sinópticos, va directamente al punto clave: la identidad de aquel que el

Bautista anuncia. Queda al mismo tiempo desenmascarada la actitud de quien

pregunta sin comprometerse, quizá por pura curiosidad, para que los

acontecimientos no le pillen desprevenido o para saber a qué atenerse,

quedando encerrado en los esquemas de su propia seguridad.

      La triple negativa de Juan Bautista rechaza para sí mismo toda

expectativa mesiánica y muestra al verdadero Mesías, ese desconocido, ya

presente, pero aún ignorado por "los de su casa" (Jn 1,11). El Bautista es

así testigo de "la luz", para que todos lleguen a "la fe" (Jn 1,7-8). Y el

evangelio de hoy se detiene aquí. El "juego educativo" de la liturgia va

desvelando progresivamente la identidad del "desconocido".

      El destinatario actual del mensaje ya sabe quien es ese "desconocido",

pero acepta el irlo descubriendo poco a poco, por dos motivos; Primero,

porque la expectativa aumenta, educa y hace madurar el deseo; segundo,

porque, aunque lo haya experimentado, el creyente tiene que confesar que él

no conoce aún a su Señor. A pesar de la fe, su rostro le queda todavía

velado. "A Dios nadie le ha visto jamás" (Jn. 1,18).

      Los rasgos ya entrevistos en el anuncio profético y, sobre todo, la

proximidad del encuentro es lo que suscita la alegría del creyente. Pero no

para llegar individualmente a un cierto goce espiritual, sino porque el

Mesías trae "la buena noticia a los que sufren, venda los corazones

desgarrados, proclama la amnistía a los cautivos y a los prisioneros la

libertad" (Is. 61,1). Es la salvación completa que el Bautista anuncia y

María canta en el magnificat.

 

En Nazaret

 

      Y de la mano de María, que se introduce hoy discretamente en nuestro

Adviento, vayamos a leer el evangelio en Nazaret.

       Sin forzar el texto del evangelio de hoy, se puede decir también en

el tiempo de Nazaret: "entre vosotros está ese que no conocéis" (Jn. 1,26).

Desconocido vivió, en efecto quien era tenido por sus vecinos sencillamente

como "el hijo de José" (Lc 4,22) y el "hijo de María" (Mc 6,3).

      Después del anuncio del nacimiento y primeras manifestaciones de la

infancia, Jesús Bajó a Nazaret. "Eclipse de Dios", titula un autor el

capítulo que dedica a Nazaret en su historia de Jesús. Y La Iglesia ha

aplicado al misterio de Nazaret la expresión veterotestamentaria que habla

del "Dios escondido".

      Más que ningún otro, María y José vivieron la tensión que supone acom-

pañar al Mesías ya presente, pero aún desconocido. Ellos, que sabían quién

era Jesús por lo que se les había dicho al principio, vivieron en la

esperanza y en la fe por largo tiempo. Ellos, que lo habían acogido desde el

primer momento, sabían también cuáles eran las condiciones necesarias para

reconocerlo.

      Sólo desde la pobreza y la sencillez nazarenas se puede acoger al

Salvador como el Mesías, el que trae el reinado de Dios sobre la tierra. El

es verdaderamente, como dijo María, el único capaz de hacer cosas grandes.

 

Señor, aún no conocemos bien tu rostro,

pero nuestro corazón se alegra en ti.

Una voz anuncia tu presencia

y sabemos que un día llegará tu reino en plenitud.

Señor, necesitamos tu misericordia

que colme nuestra pobreza,

que cure nuestros corazones desgarrados,

que rompa las cadenas de nuestra esclavitud

y las barras de nuestra prisión;

que proclame fuerte la llegada del tiempo de la gracia.

Gozamos ya, Señor, con el encuentro que se anuncia.

Nos sentimos envueltos en tu "manto de triunfo"

porque te has fijado en tu "humilde esclava".

 

Entre nosotros está

 

      Este evangelio de adviento leído en Nazaret nos educa para la vida.

Tenemos que aprender a buscar a Jesús y abrirnos a su mensaje para saberlo

reconocer en los diversos modos en que hoy viene y se manifiesta.

      Tenemos que acudir a quienes nos pueden enseñar a reconocerlo con

seguridad. Tenemos que aprender a acogerlo en la pobreza y en la humildad.

      Pero tenemos también que aprender a dar testimonio de Él como Juan

Bautista: diciendo claramente que es Él el Mesías, el único que puede salvar.

El contenido del mensaje tiene que ser claro y coherente tanto en nuestras

palabras como en nuestras obras.

      Para ello, como el Bautista y como María y José, tenemos que aprender

a disminuir para que Él crezca. "Por eso mi alegría que es ésa, ha llegado

a su colmo. A Él le toca crecer y a mí menguar" (Jn 3,30). Esas palabras de

Juan Bautista, que fueron también plenamente vividas en Nazaret, nos trazan

un camino que nunca lograremos recorrer totalmente.

 

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sábado, 5 de diciembre de 2020

Ciclo B - Adviento - Domingo II

 6 de diciembre de 2020 - II DOMINGO DE ADVIENTO - CicloB

 

                       "Preparad el camino al Señor"

 

Isaías 40,1-5. 9-11

 

      Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios; hablad al corazón

de Jerusalén, gritadle: que se ha cumplido su servicio, y está pagado su

crimen, pues de la mano del Señor ha recibido doble paga por sus pecados.

      Una voz grita: En el desierto preparadle un camino al Señor; allanad

en la estepa una calzada para nuestro Dios; que los valles se levanten, que

los montes y colinas se abajen, que lo torcido se enderece y lo escabroso se

iguale.

      Se revelará la gloria del Señor, y la verán todos los hombres juntos

-ha hablado la boca del Señor-.

      Súbete a lo alto de un monte, heraldo de Sión, alza con fuerza la voz,

heraldo de Jerusalén, álzala, no temas, di a las ciudades de Judá: aquí está 

vuestro Dios.

      Mirad: Dios, el Señor, llega con fuerza, su brazo domina.

      Mirad: le acompaña el salario, la recompensa le precede. Como un pastor

apacienta el rebaño, su mano los reúne. Lleva en brazos los corderos, cuida

de las madres.

 

Sal 84

 

II Pedro 3,8-14

 

      Queridos hermanos:

      No perdáis de vista una cosa: para el Señor un día es como mil años y

mil años como un día.

      El Señor no tarda en cumplir su promesa, como creen algunos. Lo que

ocurre es que tiene mucha paciencia con vosotros, porque no quiere que nadie

perezca, sino que todos se conviertan.

      El día llegará como un ladrón. Entonces el cielo desaparecerá con gran

estrépito; los elementos se desintegrarán abrasados y la tierra con todas sus

obras se consumirá.

      Si todo este mundo se va a desintegrar de este modo, ¡qué santa y

piadosa ha de ser vuestra vida!. Esperad y apresurad la venida del Señor,

cuando desaparecerán los cielos consumidos por el fuego y se derretirán los

elementos. Pero nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un

cielo nuevo y una tierra nueva, en que habite la justicia.

      Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos,

procurad que Dios os encuentre en paz con Él, inmaculados e irreprochables.

 

Marcos 1,1-8

 

      Comienza el Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios. Está escrito en el

Profeta Isaías: "Yo envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el

camino. Una voz grita en el desierto: preparadle el camino al Señor, allanad

sus senderos."

      Juan bautizaba en el desierto: predicaba que se convirtieran y se

bautizaran, para que se les perdonasen sus pecados y él los bautizaba en el

Jordán.

      Juan iba vestido de piel de camello, con una correa de cuero a la

cintura y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre. Y proclamaba:

      -Detrás de mí viene el que puede más que yo, y yo no merezco agacharme

para desatarle las sandalias.

      Yo os he bautizado con agua, pero él os bautizar  con Espíritu Santo.

 

Comentario

 

      El comienzo del evangelio de S. Marcos nos presenta a Juan Bautista,

una de las figuras típicas del adviento. La descripción de su persona y de

su predicación, en la que resuenan las palabras de Isaías, coinciden en

darnos un único mensaje: "la buena noticia de Jesús, Mesías, Hijo de Dios".

      El núcleo central del contenido que la Palabra de Dios nos ofrece en

este domingo es la afirmación de que Dios viene al encuentro del hombre para

que el hombre vaya al encuentro de Dios.

      Es la venida de Dios a su pueblo "con potencia" la que, según el

profeta, produce no sólo la consolación sino también su reconstrucción. El

pueblo disperso será nuevamente un rebaño guiado personalmente por el Señor.

Sólo cuando el Señor viene (en el sentido global de la primera lectura, sería

mejor decir retorna) es posible la reconstrucción del pueblo.

      En esa misma línea se sitúa el evangelio con el anuncio de la venida

definitiva de Dios en Cristo, ante quien todo hombre, como Juan, es indigno

e incapaz de realizar la obra nueva que sólo a Él pertenece: el bautismo "con

Espíritu Santo". Será precisamente éste el nuevo principio de cohesión y de

dinamismo del nuevo pueblo de Dios. Esta obra nueva que el Señor realiza en

cada persona y en el pueblo en cuanto tal, tiene también una resonancia

cósmica y su imagen acabada en "los cielos nuevos y la tierra nueva", que

aparecerán cuando pase el mundo presente.

      Ante una perspectiva tan grande, es clara la misión del profeta: por

una parte anunciarla, ser voz de quien es la Palabra y por otra, ser testigo,

es decir, convertirse, entrar en la dinámica que le pide el mensaje mismo que

anuncia.

      De esta forma, la preparación de la venida del Señor, más que una

actividad previa, se convierte en una consecuencia de haberlo encontrado. Y

así como la vía en el desierto de que habla Isaías es una nueva versión de

la experiencia del Exodo, el cristiano sabe que aceptando a Cristo como

"camino" del encuentro de Dios con el Hombre se coloca en una dinámica de

transformación total de su persona y de renovación total de las cosas.

 

El "camino" de Nazaret

 

      Partiendo de la experiencia que el pueblo de Israel tenía de la

manifestación de Dios en el Sinaí, la esperanza mesiánica había anunciado su

llegada con poder: "Di a las ciudades de Judá: Aquí está vuestro Dios. Mirad,

el Señor Dios llega con poder y su brazo manda" (Is 40,9-10).

      Este espejismo de grandeza pudo desorientar a algunos cuando Dios se

presentó hecho hombre en la humildad de Nazaret. No debía parecer, sin embar-

go, tan extraño si se tiene en cuenta toda la historia del Antiguo Testamen-

to. Al comienzo Dios tomó el polvo de la tierra para crear al primer hombre

y eligió a un "amorreo errante" para crear a su pueblo. Entre todos los

pueblos de la tierra puso su mirada en el más pequeño e insignificante para

hacerlo depositario de sus promesas. De humildes orígenes fueron David y los

profetas.

Nadie, pues, podía considerar extraña la preferencia de Dios por "lo que no

cuenta". En esa misma línea se sitúa también Nazaret.

      El camino elegido por Dios para manifestarse definitivamente a los

hombres pasa por la fe de un hombre y de una mujer, por la sencillez de una

familia común, por la humildad de un pueblo desconocido. Es el camino de la

encarnación, que en Nazaret se prolonga hasta hacer de Dios un hombre como

los demás hombres. Esa es la maravilla del misterio de Nazaret. Ese es el

lugar donde, como en la Jerusalén de Isaías, "se revelará la gloria del Señor

y la verán todos los hombres juntos" (40,5).

 

Tu, Señor, vienes con poder.

Pero ¿qué poder?

Un poder lleno de mansedumbre y delicadeza,

el poder del pastor que reúne al rebaño,

que "toma en brazos a los corderos

y hace recostar a las madres".

Tú vienes en busca de quien va perdido

y sonríes a quien está cerca de ti.

Tu poder es humildad en Belén y en Nazaret:

fragilidad del niño y sencillez del hombre que crece.

Tú, el más grande y poderoso,

que nos salvas con el soplo amoroso

y fuerte del Espíritu.

 

Para que vayamos a Él

 

      El Señor ha venido, viene y vendrá para que nosotros vayamos a Él. Su

salida hacia nosotros está siempre guiada por el amor y busca en el hombre

una correspondencia.

      Pero hoy el mensaje de la Palabra leído en Nazaret, nos ha llevado a

meditar también en el modo de acercamiento que Dios a empleado, en cuál ha

sido el camino que ha recorrido para venir a encontrarnos. Es ese camino el

que el profeta y el evangelista nos invitan a preparar.

      Hemos visto que el camino del Señor es el de la encarnación lenta y

gradual que pasa por los largos años de Nazaret. Quizá para ayudarnos a

entender esta vía de acercamiento de Dios - que es la misma que nosotros

tenemos que recorrer si queremos acercarnos a Él - es bueno fijarnos en lo

que dice S. Pedro: "Para el Señor un día es como mil años y mil años como un

día". Es el camino de la paciencia de Dios que tiene una imagen bien clara

en los muchos años de encarnación vividos por Jesús con María y José.

      "Preparar el camino del Señor" significará, pues, para nosotros, acoger

su venida y su modo de acercamiento al hombre como dos movimientos de un

mismo impulso. Situarse en el camino de la encarnación, prepararlo, seguirlo

es también aceptar el cómputo del tiempo que Dios hace: a veces hacen falta

"mil años" para obtener lo que parece cosa de "un día". Pero en el camino de

la paciencia de Dios hay también cosas sorprendentes: un buen día, en cual-

quier sitio, como en Nazaret, puede aparecer un niño portador del misterio,

de repente puede verse colmada una larga espera, un solo día puede valer por

mil años.

      En nuestro mundo eficientista y mecanizado, lleno de automatismos y

fechas fijas, vivir el camino de la encarnación puede parecer imposible. Algo

nos dice, sin embargo, en el fondo de nosotros mismos, que hay caminos y

tiempos distintos a los de la cronología oficial.

 

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