sábado, 18 de diciembre de 2021

Ciclo C - Adviento - Domingo IV

19 de diciembre de 2021 - IV DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo C

 

"¡Bendita tú eres entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!"

 

Miqueas 5,2-5a

 

      Esto dice el Señor:

      Pero tú, Belén de Éfrata, pequeña entre las aldeas de Judá de ti

saldrá el jefe de Israel.

      Su origen es desde lo antiguo, de tiempo inmemorial.

      Los entrega hasta el tiempo en que la madre dé a luz, y el resto de sus

hermanos retornarán a los hijos de Israel.

      En pie pastoreará con la fuerza del Señor, por el nombre glorioso del

Señor su Dios.

      Habitarán tranquilos porque se mostrará grande hasta los confines de

la tierra, y ésta será nuestra paz.

 

Hebreos 10,5-10

 

      Hermanos:

      Cuando Cristo entró en el mundo dijo: Tú no quieres sacrificios ni

ofrendas, pero me has preparado un cuerpo, no aceptas holocaustos ni víctimas

expiatorias.

      Entonces yo dije lo que está escrito en el libro: "Aquí estoy, oh Dios,

para hacer tu voluntad".

      Primero dice: No quieres ni aceptas sacrificios ni ofrendas,

holocaustos ni víctimas expiatorias, -que se ofrecen según la ley-.

      Después añade: Aquí estoy yo para hacer tu voluntad. Niega lo primero,

para afirmar lo segundo.

      Y conforme a esa voluntad todos quedamos santificados por la oblación

del cuerpo de Jesucristo, hecha una vez para siempre.

 

Lucas 1,39-45

 

      En aquellos días, María se puso en camino y fue a prisa a la montaña,

a un pueblo de Judá; entró en casa de Zacarías, y saludó a Isabel.

      En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su

vientre. Se llenó Isabel del Espíritu Santo, y dijo a voz en grito:

      - ¡Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre!

      ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor? En cuanto tu

saludo llegó a mis oídos, la criatura saltó en mi vientre.

      ­¡Dichosa tú que has creído! porque lo que te ha dicho el Señor se

cumplirá.

 

Comentario

 

      Le figura de María ocupa un lugar preeminente en el evangelio de este

domingo y en todo el adviento. Es la Madre del Señor.

      Entre las personas que apuntan hacia el Mesías, que arrastran hacia Él,

que nos enseñan como acogerlo, María es la primera.

      El profeta Miqueas pone de manifiesto la elección de Belén, "pequeña

entre las ciudades de Judá" (5,1), para ser la patria del Salvador. Del mismo

modo, Dios se fijó en Nazaret, el humilde pueblo de Galilea, y envió a su

ángel "a una joven prometida con hombre de la estirpe de David".

      El evangelio de Lucas pone de manifiesto el contraste entre el anuncio

hecho a Zacarías, el hombre, el sacerdote que está en el templo de Jerusalén,

y el anuncio hecho a María, mujer, joven oscura, en un pueblo de Galilea. La

elección de Dios recae sobre "lo que no cuenta", confirmando así una línea

bien conocida de la historia de la salvación.

      El evangelista presenta la visita de María a Isabel sobre el calco

veterotestamentario del traslado del arca de la alianza a Jerusalén (2 Sam

6,1-11). Como el arca para los israelitas, María es el lugar de la nueva

presencia del Señor en medio de su pueblo. Isabel, representante de todo el

pueblo que lanza gritos de júbilo, así lo reconoce, movida por el Espíritu

Santo, y Juan Bautista, nuevo David, salta de alegría en presencia del Señor.

El clima del encuentro entre las dos primas está caracterizado por la efusión

del Espíritu Santo.

      La exultación de Juan Bautista referida en Lc 1,41-45 es el

cumplimiento del anuncio hecho por el ángel: "Será lleno del Espíritu Santo

desde el seno de su madre" Lc 1,15. Pero, aunque pueda parecer extraño, quien

ahora está "llena del Espíritu Santo" es la madre, según el evangelio (Cf.

Lc 1,41). Notemos que esta efusión del Espíritu Santo se produce a la llegada

de María sobre quien también había venido el Espíritu Santo y a quien había

cubierto con su sombra la fuerza del Altísimo. Lc 1,35. San Ambrosio observa:

Isabel fue llena del Espíritu Santo después de la concepción, María lo fue

antes" (Comentario a S. Lucas, 2,19.22-23).      Y, movidas por el Espíritu Santo, profieren Isabel su profecía y María

su Magnificat. En las palabras de Isabel hay una bienaventuranza que se

aplica directamente a María y que califica la actitud fundamental de su vida:

"Dichosa tú que has creído": Frente al incrédulo Zacarías, castigado con la

mudez por no haber creído. María es alabada por su fe, situándola así en la

línea de los grandes creyentes, que tienen por padre a Abraham.

 

Desde Nazaret

 

      Visto desde Nazaret, los acontecimientos iniciales de la vida de Jesús

-anuncio, visita, nacimiento, presentación, idas y venidas- debían parecer

como un conjunto maravilloso.

      El tiempo de los comienzos aparecía todo él marcado por la acción

directa de Dios, la aparición del Salvador, la efusión del Espíritu. En su

conjunto había sido un momento lleno de alegría, maravilloso, irrepetible.

Todo él cargado de la gracia de Dios.

      Pero Jesús, María y José‚ "cuando hubieron cumplido todo lo que

prescribe la ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret" Lc

2,39.

      Comenzó así el tiempo de la obediencia y de la humildad para Jesús y

el tiempo de la oscuridad de la fe para María y José: el tiempo de creer sin

acontecimientos maravillosos que estimulan y confortan, sin ángeles ni

sueños, el tiempo de creer, simplemente. Tiempo de fe y de amor el de

Nazaret.

      La larga vida en Nazaret nos enseña a distinguir la verdadera dimensión

de las cosas. Cuando Dios interviene de manera palpable, es maravilloso. Pero

no podemos esperar intervenciones extraordinarias de Dios a cada paso.

Tenemos que saber, como María, conservar el recuerdo de palabras y

acontecimientos en el corazón. Y sobre todo saber continuar el camino de la

fe cuando ya no cantan los ángeles en el cielo ni hay magos de la fe que

ofrecen tesoros.

      Para María y José‚ el camino de Nazaret es el tiempo ordinario de la

vida del creyente. No se trata de minusvalorar lo del comienzo. Al contrario,

sin la experiencia inicial, no tendría sentido el camino de ahora o tendría

un significado muy distinto. Son los momentos iniciales los que dan toda su

carga de significado al tiempo ordinario de Nazaret. Sin ellos Jesús, José

y María habrían sido una familia más, pero no la Sagrada Familia.

 

Y nosotros...

 

      El tiempo de Nazaret nos descubre también como es nuestra vida. En la

vida de todo creyente hay un momento inicial, maravilloso, de plena

conciencia, de aceptación de Jesús como Señor: tiempo de alegría, de luz y

de gracia. El tiempo de la efusión del Espíritu.

      Viene después el tiempo en que, sin cambiar un ápice, esta realidad

maravillosa, se hace más escondida, aparece menos. Va como apagándose la

euforia de los comienzos.

      Nazaret nos enseña vivir ese tiempo donde todo desaparece y queda sólo

Jesús como única razón que explica el vivir en familia. Un Jesús que crece,

pero que parece siempre igual. Un Jesús sin corona ni gloria, un Jesús "en

todo semejante a los hombres, menos en el pecado".

      Para los que vivimos después de Pentecostés, todo esto es muy

significativo, porque nos enseña como vivir el tiempo de la Iglesia.

      El tiempo de la Iglesia es cuando Jesús crece, aunque no se vea, hasta

que llegue el tiempo de su definitiva manifestación. De este modo el recuerdo

de la gracia de su primera venida se convierte en tensión de espera hasta la

gloria de su segunda venida.

      María, que como nueva arca de la alianza llevó y dio a luz al Salvador,

supo también vivir el tiempo del ocultamiento de Dios en Nazaret. Supo

reconocer la presencia de Dios en ella por medio de la fe y por medio de la

fe reconocerlo en el muchacho Jesús de Nazaret, centro de su familia.

      De este modo la familia de Nazaret nos enseña a pasar de la fe en la

presencia de Dios en el arca, a la fe en la presencia de Dios en la comunidad

de los creyentes y a entender ésta como el lugar de la alianza entre Dios y

los hombres.

      Es la vida de quien vive de la fe y del sacramento. En Nazaret se

aprende que Dios es familiar y que al mismo tiempo está escondido, que vive

en nosotros y en los demás, pero que no lo vemos si no es en la fe.

 

            ­¡Qué bien sé yo la fonte que mana y corre:

            aunque es de noche!" (San Juan de la Cruz).

 

 

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domingo, 12 de diciembre de 2021

Ciclo C - Adviento - Domingo III

 12 de diciembre de 2021 - III DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo C

 

                                    "Estad siempre alegres"

 

 

      Sofonías 3,14-18a

 

Regocíjate, hija de Sión, grita de júbilo, Israel, alégrate y gózate de todo

corazón, Jerusalén.

      El Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos.

      El Señor será el rey de Israel, en medio de ti, y ya no temerás.

      Aquel día dirán a Jerusalén: No temas, Sión, no desfallezcan tus manos.

      El Señor tu Dios, en medio de ti, es un guerrero que salva.

      El se goza y se complace en ti, te ama y se alegra con júbilo como en

día de fiesta.

 

      Filipenses 4,4-7

 

      Hermanos:

      Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres.

      Que vuestra mesura la conozca todo el mundo.

      El Señor está cerca.

      Nada os preocupe; sino que, en toda ocasión, en la oración y súplica

con acción de gracias, vuestras peticiones sean presentadas a Dios .

      Y la paz de Dios, que sobrepasa todo juicio, custodiará vuestros

corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

 

      Lucas 3,10-18

 

      En aquel tiempo, la gente preguntaba a Juan:

      - ¿Entonces qué‚ hacemos?

      El contestó:

      El que tenga dos túnicas, que las reparta con el que no tiene; y el que

tenga comida, haga lo mismo.

      Vinieron también a bautizarse unos publicanos; y le preguntaron:

      - Maestro, ¿qué hacemos nosotros?

      - El les contestó:

      - No exijáis más de lo establecido.

      Unos militares le preguntaron:

      - ¿Qué hacemos nosotros?

      El les contestó:

      - No hagáis extorsión a nadie, ni os aprovechéis con denuncias, sino

contentaos con la paga.

      El pueblo estaba en expectación y todos se preguntaban si no sería

Juan el Mesías; él tomó la palabra y dijo a todos:

      - Yo os bautizo con agua; pero viene el que puede más que yo, y no

merezco desatarle la correa de sus sandalias. El os bautizará con Espíritu

Santo y fuego: tiene en la mano la horquilla para aventar su parva y reunir su

trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga.

      Añadiendo otras muchas cosas, exhortaba al pueblo y le anunciaba la

Buena Noticia.

 

Comentario

 

      La lectura del evangelio de san Lucas sobre la predicación de Juan

Bautista va precedida este domingo de la del profeta Sofonías (3,14-18) y de

la de San Pablo a los Filipenses (4,4-7) que ha caracterizado y dado el tono,

tradicionalmente, al tercer domingo de adviento.

      Leemos en Sofonías: "El Señor tu Dios es dentro de ti un soldado

victorioso que goza y se alegra contigo, renovando tu amor, se llena de

júbilo por ti, como en día de fiesta" (3,16-17). La salvación es descrita por

el profeta como paso del llanto a la alegría. Transformación que se opera por

la presencia de Dios, de un Dios lleno de alegría y de júbilo en medio de su

pueblo. Más allá del efecto que produce la presencia de Dios en medio de su

pueblo podemos ver un rasgo propio de Dios quizá demasiado olvidado: Dios es

alegre, mejor aún, Dios es alegría. Su presencia jubilosa renueva el amor de

su pueblo.

      Teniendo esto presente, parece natural la exhortación de San Pablo a

los filipenses y a todos los que viven en el Señor: estad siempre alegres en

el Señor. La alegría es la señal que mejor muestra la condición de quien se

siente salvado por el Señor. Es la manifestación de la paz del alma y de la

comunión entre los hermanos. Es uno de los criterios clave para discernir la

autenticidad de cualquier opción cristiana sea individual o colectiva.

      Los dos primeros capítulos del evangelio de Lucas están bañados por

esta alegría pura e intensa que produce la llegada del Mesías. alegría de los

ángeles y los pastores, de Simeón y de Ana, de María y de José. Jesús es el

gran esperado y cuando llega lo inunda todo con su luz y alegría, aunque ya

en el horizonte se dibuje el misterio de la cruz.

      En el pasaje del evangelio de este día, Lucas nos muestra al pueblo en

espera: el pueblo estaba en vilo preguntándose si no sería Juan el Mesías".

      Bien sabemos que no todo era trigo limpio en la esperanza mesiánica del

pueblo de Israel, pero en su raíz más profunda y mejor, representa el ansia

de salvación de todo hombre.

      La pregunta de la gente que rodea a Juan es la misma que la de la

muchedumbre de Jerusalén después de Pentecostés: "¿Qué tenemos que hacer?"

Lc 3,10 g Hch 2,37. Y en los dos casos el camino propuesto es el mismo:

conversión y bautismo en el Espíritu Santo. Juan Bautista muestra a cada uno

el punto neurálgico de su conversión, Pedro da una respuesta global, pero el

fondo de la cuestión es el mismo.

      El bautismo con el Espíritu Santo que Cristo realiza, transforma

radicalmente a la persona, colma todas sus esperanzas, la orienta de modo

definitivo hacia Dios. La efusión del Espíritu Santo anunciada por los

profetas renueva por dentro al hombre, cambia su corazón, le hace capaz de

ser hijo de Dios, le comunica la verdadera alegría: una alegría que nadie

puede arrebatar.

 

                            A la luz de Nazaret

 

      María, aquella a quien se dijo: "Alégrate, llena de gracia", y José

vivieron largos años con Jesús en Nazaret.

      "Con alegría comienza el mensaje de la alegría", comenta Sofronio de

Jerusalén en su comentario sobre la Anunciación. La alegría que causa la

llegada del Mesías domina todo el evangelio de la infancia de Cristo. Los

autores ven un estrecho paralelismo entre el texto de Sofonías que antes

hemos comentado y el pasaje de la anunciación (Lc 1,28-33). Y en Lucas el

tema de la alegría va unido al de la efusión del Espíritu Santo, por lo que

el grupo de los pobres de Yahvé que rodea al Salvador recién nacido es el

preanuncio de la Iglesia postpentecostal de los primeros capítulos del libro

de los Hechos.

      El velo de silencio que cubre los años de Nazaret no puede ocultar a

nuestros ojos el dinamismo de una vida plena y gozosa. Es la vida humilde y

sencilla de quienes han visto, como Simeón, la salvación de Dios. Esa alegría

plena que colma todas las esperanzas de Simeón, que hizo saltar a Juan

Bautista en el seno de su madre, que animó también a los pastores cuando se

acercaban al pesebre, fue también vivida por María y la expresó de manera

sublime en el Magnificat ("Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se

alegra en Dios mi Salvador") y por José‚. El tiempo de Nazaret representa la

duración de esa experiencia inicial. Porque la alegría que produce la acogida

de la salvación de Dios no es una alegría pasajera, queda siempre en el alma

como un motivo de perenne renovación. El motivo básico de la alegría de

Nazaret fue la presencia permanente de Jesús, el Salvador.

      La prueba más patente de esto la tenemos cuando Jesús es echado en

falta. Cuando María y José‚ se dieron cuenta de su ausencia lo buscaron

"angustiados". Se había ocultado la causa de su alegría.

      La comunidad de Nazaret es una comunidad penetrada por la alegría

mesiánica. Es el grupo, todo lo minúsculo que se quiera, pero que se siente

portador de la salvación. Para esta comunidad germinal de Nazaret resonaron

con pleno derecho las palabras del profeta: "Alégrate, el Señor está en medio

de ti". Y el "siempre" de la exhortación paulina a la alegría recibe en la

larga duración de la experiencia nazarena una luz especial. La permanencia

en la alegría es quizá lo que más nos ayuda descubrir la fidelidad sostenida

de Nazaret.

 

                              Nuestra alegría

 

      La vida de Nazaret nos enseña cual es la causa de la alegría cristiana

y como se vive en medio de la normalidad de la vida.

      La llegada del Mesías es el mejor antídoto contra todos los mesianismos

que levantan las ilusiones para luego terminar en amargura y desilusión.

Viviendo como en Nazaret, sabemos siempre cual es la razón de nuestra

alegría: Jesucristo, único Salvador nuestro y de toda la humanidad.

      Quien contempla Nazaret, descubre con facilidad la trayectoria de la

propia vida. A la tumultuosa y exhuberante alegría de los comienzos de la

salvación, siguen los días tranquilos y calmosos del Nazaret de siempre.

      Esa es también la historia de muchas personas que acogen con gozo la

buena noticia, pero que necesitan los largos años de silencio y monotonía

para enraizar y madurar. El proceso de maduración de la vida, también de la

vida de Dios en nosotros, es lento y conoce a veces períodos de

estancamiento.

      La pedagogía divina lleva muchas veces de las alegrías de los comienzos

donde todo parece maravilloso a los períodos en que Él parece ocultarse. Es

bueno saberlo para no hacerse ilusiones, aunque uno no se llega a convencer

del todo hasta que no lo ha experimentado en su propia carne.

 

      Los años oscuros de Nazaret fueron importantísimos para Jesús, para

María y para José. De José nada sabemos después de Nazaret pero a María y a

Jesús los vemos completamente  dispuestos para recibir la acción del Espíritu

Santo y anunciar la buena nueva. La larga fidelidad de Nazaret ha dispuesto

a las personas para su misión. Es la mejor prueba de como se ha vivido la

espera.

      Nazaret nos enseña que para vivir la permanencia en la alegría hay que tener

siempre claros los motivos de la misma: la llegada del Salvador. Y con su

llegada el anuncio y cumplimiento de todos los bienes. Sabemos que Dios es

nuestro Padre, que el Espíritu Santo nos anima, que el evangelio se anuncia

a todas las gentes, que la Iglesia camina hacia la plenitud del reino. Cuando

la fuente de la alegría es ésta, hay siempre modo de recuperarla.

      La alegría de quien vive en Nazaret es una alegría mesiánica que sabe

que, a pesar de todo, las promesas de Dios se cumplen siempre.

 

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sábado, 4 de diciembre de 2021

Ciclo C - Adviento - Domingo II

 5 de diciembre de 2021 - II DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo C

 

"Una voz grita en el desierto"

 

Baruc 5,1-9

 

      Jerusalén, despójate de tu vestido de luto y aflicción y viste las

galas perpetuas de la gloria que Dios te da; envuélvete en el manto de la

justicia de Dios y ponte a la cabeza la diadema de la gloria perpetua, porque

Dios mostrará tu esplendor a cuantos viven bajo el cielo.

      Dios te dará un nombre para siempre: "Paz en la justicia, Gloria en la

piedad".

      "Ponte en pie, Jerusalén, sube a la altura, mira hacia el oriente y

contempla a tus hijos, reunidos de oriente a occidente, a la voz del

Espíritu, gozosos, porque Dios se acuerda de ti.

      A pie se marcharon, conducidos por el enemigo, pero Dios te los traerá

con gloria, como llevados en carroza real.

      Dios ha mandado abajarse a todos los montes elevados, a todas las

colinas encumbradas, ha mandado que se llenen los barrancos hasta allanar el

suelo, para que Israel camine con seguridad, guiado por la gloria de Dios;

ha mandado al bosque y a los árboles fragantes hacer sombra a Israel.

      Porque Dios guiará a Israel entre fiestas, a la luz de su gloria, con

su justicia y su misericordia.

     

Filipenses 1,4-6.8-11

 

      Hermanos:

      Siempre rezo por vosotros, lo hago con gran alegría. Porque habéis sido colaboradores míos en la obra del evangelio, desde el primer día hasta hoy.

      Esta es nuestra confianza: que el que ha inaugurado entre vosotros una

empresa buena, la llevará adelante hasta el día de Cristo Jesús.

      Testigo me es Dios de lo entrañablemente que os quiero, en Cristo

Jesús.

      Y esta es mi oración: que vuestra comunidad de amor siga creciendo más

y más en penetración y en sensibilidad para apreciar los valores.

      Así llegaréis al día de Cristo limpios e irreprochables, cargados de

frutos de justicia, por medio de Cristo Jesús, gloria y alabanza de Dios.

 

Lucas 3,1-6

 

      En el año quince del reinado del emperador Tiberio, siendo Poncio

Pilato gobernador de Judea, y Herodes virrey de Galilea, y su hermano Felipe

virrey de Iturea y Traconítide, y Lisanio virrey de Abiline, bajo el sumo

sacerdocio de Anás y Caifás, vino la Palabra de Dios sobre Juan, hijo de

Zacarías, en el desierto.

      Y recorrió toda la comarca del Jordán, predicando un bautismo de

conversión para perdón de los pecados, como está escrito en el libro de los

oráculos del Profeta Isaías:

      " Una voz grita en el desierto preparad el camino del Señor, allanad

sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo

torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de

Dios "

 

Comentario

 

      San Lucas ofrece al principio del capítulo tercero de su evangelio, con

tono solemne, el marco cronológico y geográfico de la predicación de Juan

Bautista y por consiguiente de la de Jesús.

      La ambientación histórica y geográfica pone de manifiesto que todo el

mundo es teatro de la revelación de Dios y de su salvación: "todo hombre verá 

la salvación de Dios". Pero esa salvación de Dios se realiza por medio de

hombres concretos, por eso Lucas sincroniza la historia humana y la historia

de la salvación.

      Y después de haber dado los nombres, clave para situar el evento en el

espacio y en el tiempo, después de haber mencionado a los personajes por su

función o su prestigio pueden servir como punto de referencia a una época,

Lucas, con fina ironía, dice que el mensaje de Dios llegó a Juan, hijo de

Zacarías, en el desierto.

      Venir sobre uno la Palabra de Dios es la expresión típica de la Biblia

para indicar la vocación profética. En los libros proféticos del A.T. la

encontramos frecuentemente. La Palabra de Dios viene sobre Juan para que sea

la voz de Aquél que vendrá detrás de él, el Mesías. Y Juan desarrolla su

misión en el desierto.

      El desierto tiene un significado geográfico inmediato: la región

meridional de Judea. Pero más allá de este sentido, el desierto recuerda el

tiempo del Éxodo, la gran experiencia del pueblo de Israel.

      Para Israel el desierto es el tiempo de la llamada de Dios a ser su

pueblo, a reconocerlo como Salvador y Señor. El desierto es el tiempo en el

que Dios educa a su pueblo. Israel debe renunciar a todo otro plan para

ponerse en manos de Dios con docilidad. Es el momento en que Israel toma

conciencia de ser comunidad y de que debe estar abierto a todos sus miembros,

sobre todo a los más débiles. El desierto es, sobre todo, el momento de la

alianza entre Dios y su pueblo. Pero el desierto es también el lugar de la

prueba, de la tentación y de la privación.

      El desierto fue un tiempo de gracia para Israel. Los acontecimientos

del desierto serán para él el punto de referencia para interpretar toda la

historia posterior. Cuando Israel tenga que rehacerse como pueblo de Dios,

tendrá que volver al desierto. "La llevaré‚ al desierto y le hablaré al

corazón" Os 2,16.

      Jesús también hizo la experiencia del desierto, lugar de soledad y

privación para vivir en total intimidad con el Padre nutriéndose sólo de la

Palabra de Dios.

      La experiencia de Juan y, sobre todo, la de Jesús, que personaliza toda

la experiencia de Israel, nos dan a entender la preeminencia de la Palabra

de Dios como momento inicial y determinante del encuentro entre Dios y el

hombre.

 

El "desierto” de Nazaret

 

      En la página anterior a la que hemos leído hoy, san Lucas dice que

"Jesús bajó con ellos a Nazaret y siguió bajo su autoridad".

      Los largos años pasados por Jesús con María y José en Nazaret son

también un tiempo prolongado de desierto. Durante ellos la Sagrada Familia

no sólo repitió el éxodo de "subir de Egipto" como Israel en sentido

material, fue además como para el pueblo elegido un tiempo de gracia, de

maduración, de crecimiento.

      En Nazaret, como en el desierto, nada aparece. La monotonía de una vida

de aldea de entonces puede recordar la extensión inmensa del desierto. Pero

no se trata de un lugar vacío, porque lo llena la Palabra de Dios. En

Nazaret, como en el desierto, la Palabra de Dios toma más cuerpo, se hace más

tangible, lo ocupa todo. Uno se familiariza con la Palabra de Dios, se

acostumbra a distinguir su acento.

      Nazaret es el lugar de la fe que dura en el tiempo. No la fe de las

grandes ocasiones, sino la fe que dura todos los días. Israel proclamó con

fuerza su fe ante el Sinaí, pero la monotonía del desierto se hizo agobiante,

murmuró contra el Señor y contra Moisés. En Nazaret la fe aguanta la prueba

del tiempo. Es más, María y José fueron creciendo en la fe a medida que Jesús

crecía en sabiduría, en edad y en gracia. La afirmación del Vaticano II sobre

María puede sin duda también aplicarse a José: "la Bienaventurada Virgen

avanzó en la peregrinación de la fe" LOG. 58.

      Hemos visto que el desierto fue para Israel el tiempo de su

constitución y consolidación como pueblo de Dios. Para Jesús la larga

experiencia de Nazaret es el tiempo de la consolidación de su dimensión

humana. El, siendo Dios, "aprendió" en Nazaret a ser hombre. Las realidades

importantes maduran poco a poco, con el tiempo. La realidad de la encarnación

tuvo necesidad del tiempo de Nazaret para consolidarse, para asumir toda su

dimensión humana.

      En el reducido núcleo de la familia de Nazaret apunta ya la realidad

del nuevo pueblo que sale de Egipto, que avanza por el desierto de este

mundo, que va en busca de la tierra prometida. Es el pueblo que tiene a

Cristo en el centro y basa su cohesión en compartir la misma fe.

 

También ahora

 

      Los profetas supieron en su momento volver los ojos a la experiencia

fundamental de Israel en el desierto para interpretar la situación que les

tocó vivir. En el momento del exilio de Babilonia supieron ver un nuevo

éxodo, más importante y sugestivo que el de Egipto. A sus ojos el desierto

por el que pasa el pueblo se convierte en un jardín, la tierra de Judá será

regenerada y Jerusalén llegará a ser una gran ciudad, madre de una multitud

de hijos. Su mirada entrevée‚ ya la liberación total de los tiempos mesiánicos.

      Los profetas nos ayudan así a arrancar la categoría "desierto" a un

espacio y tiempo limitados para convertirla en una categoría clave que nos

ayuda a interpretar las situaciones individuales y colectivas que representan

el paso de una situación a otra a través de un camino de liberación.

      Saber discernir y vivir con lucidez esos momentos es importantísimo

para poder madurar como grupo y como personas.

      San Juan de la Cruz subrayó con maestría la importancia de lo que él

llamó "noche oscura" en el proceso de crecimiento espiritual de las personas.

Es el momento de la purificación de la fe y de la transformación. Es un

momento de experiencias desconcertantes y al mismo tiempo el gran momento de

la acción de Dios. Son fases de la vida espiritual que tienen mucho que ver

con la experiencia de desierto.

      El Concilio Vaticano II ha definido la época en que nos encontramos con

estas palabras: "El género humano se halla hoy en un período nuevo de la

historia, caracterizado por cambios profundos y acelerados, que

progresivamente se extienden al mundo entero" G.S. 4. Para algunos autores

nos encontramos hoy en una "noche oscura colectiva".

      Quien desea vivir hoy como cristiano inspirándose en la vida de

Nazaret, encuentra allí una luz y un estímulo para caminar en estas

situaciones de "desierto".

      Vivir el desierto de Nazaret hoy es acompañar a la Iglesia peregrina

en el mundo hacia la nueva tierra y los nuevos cielos. Es compartir desde

ella la suerte del mundo. "La Iglesia, entidad social-visible y comunidad

espiritual, avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte

terrena del mundo, y su razón de ser es de actuar como fermento y como alma

de la sociedad que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de

Dios" G.S. 40.

      Quien vive en el desierto de Nazaret sabe que Dios actúa, que es

Salvador, aunque no aparezca. Sabe que está presente aunque no se muestre

como tal. Sabe tener paciencia y construir el reino de Dios, aunque sea poco

a poco y con ladrillos pequeños. Sabe fiarse de la Palabra y dejar que vaya

tomando cuerpo en su vida. Sabe, finalmente, prolongar la espera hasta el día

que el Padre disponga que hay que salir a anunciar el mensaje de salvación

a todos los hombres.

 

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