sábado, 19 de marzo de 2022

Ciclo C - Cuaresma - Domingo III

 20 de marzo de 2022 - III DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo C

 

                              "Si no os convertís, todos vosotros pereceréis"

 

Éxodo 3,1-8a.13-15

 

      En aquellos días, pastoreaba Moisés el rebaño de su suegro Jetró,

sacerdote de Madián; llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta

llegar a Horeb, el monte de Dios.

      El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas.

      Moisés se fijó: La zarza ardía sin consumirse.

      Moisés se dijo: Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a

ver cómo es que no se quema la zarza.

      Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la

zarza: Moisés, Moisés.

      Respondió él: Aquí estoy.

      Dijo Dios: No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el

sitio que pisas es terreno sagrado.

      Y añadió: Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de

Isaac, el Dios de Jacob.

      Moisés se tapó la cara, temeroso de ver a Dios.

      El Señor le dijo: He visto la opresión de mi pueblo en Egipto, he oído

sus quejas contra los opresores, me he fijado en sus sufrimientos. Voy a

bajar a librarlos de los egipcios, a sacarlos de esta tierra, para llevarlos

a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel.

      Moisés replicó a Dios: Mira, yo iré a los israelitas y les diré: el

Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros. Si ellos me preguntan cómo

se llama este Dios, ¿qué les respondo?

      Dios dijo a Moisés: "Soy el que soy". Esto dirás a los israelitas: "Yo-

soy" me envía a vosotros.

      Dios añadió: Esto dirás a los israelitas: El Señor Dios de vuestros

padres, Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros.

Este es mi nombre para siempre: Así me llamaréis de generación en generación.

 

Corintios 10,1-6.10-12

 

      No quiero que ignoréis que nuestros padres estuvieron todos bajo la

nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la

nube y el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebie-

ron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que les

seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios,

pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto.

      Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos

el mal como lo hicieron nuestros padres.

      No protestéis como protestaron algunos de ellos, y perecieron a manos

del Exterminador.

      Todo esto les sucedía como un ejemplo: Y fue escrito para escarmiento

nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo

tanto, el que se cree seguro, ¡cuidado! no caiga.

 

Lucas 13,1-9

 

      En aquella ocasión se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los

galileos, cuya sangre vertió Pilato con la de los sacrificios que ofrecían.

Jesús les contestó:

      - ¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos,

porque acabaron así? Os digo que no; y si no os convertís, todos pereceréis

lo mismo. Y aquellos dieciocho que murieron aplastados por la torre de Siloé,

¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os

digo que no. Y si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera.

      Y les dijo esta parábola:

      - Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en

ella, y no lo encontró.

      Dijo entonces al viñador:

      - Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y

no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a ocupar terreno en balde?

      Pero el viñador contestó:

      - Señor, déjala todavía este año; yo cavaré alrededor y le echaré

estiércol, a ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortarás.

 

Comentario

 

      En este domingo escuchamos una fuerte llamada a la conversión. En el

Evangelio de Lucas esta llamada se encuentra en un contexto que invita a

discernir los tiempos y los acontecimientos de la historia.

      En el texto que leemos hoy en concreto, se alude a dos acontecimientos

dolorosos: el asesinato cometido por Pilato que "había mezclado la sangre de

unos galileos con las víctimas que ofrecían" y la muerte de dieciocho perso-

nas aplastadas por la torre de Siloé. Para entender la respuesta de Jesús hay

que tener en cuenta la mentalidad reinante en la época, que atribuía las

desgracias sufridas por las personas a pecados cometidos por ellas o por su

familia. (Cfr, Jn 9,2).

      Pero yendo más al fondo de la cuestión, lo que está en juego en esta

interpretación de las desgracias es la imagen o la idea que se tiene de Dios.

Un Dios que automáticamente hace sentir su castigo (en esta vida o en la

otra) podrá aparecer todo lo más como un Dios justo, pero nada más (en-

tendiendo la justicia a modo humano) Y esa imagen de Dios está reñida con el

Dios, Padre misericordioso, anunciado por Jesús en su mensaje. Esta dimensión

de misericordia y de paciencia de Dios viene después subrayada en la parábola

de la higuera estéril.

      La interpretación que da Jesús a los hechos referidos comporta un doble

aspecto. Por una parte enseña que tales acontecimientos pueden suceder a

cualquiera, independientemente de su situación moral, y que por lo tanto,

cuando suceden a uno son un aviso para todos los demás, y por otro que Dios

da a todos la posibilidad de convertirse, de cambiar de vida, de enmendarse.

      La llamada a la conversión cobra así una radicalidad y una amplitud

mayores. Sobre todo porque viene hecha en nombre de un Dios paciente y

misericordioso, que no está aguardando la caída para castigar, sino que llama

en nombre del amor que nos tiene.

      Las llamadas en nombre del amor son siempre más comprometedoras y

profundas que las que se hacen con amenazas. Además en esta llamada a la

enmienda y a la conversión hay un aspecto universal muy significativo. Nadie

está excluido de la llamada a la conversión.

 

                          Conversión en Nazaret.

 

      En Nazaret no podemos hablar de conversión en relación con el pecado

teniendo presente la santidad de las personas que allí vivieron. Hay sin

embargo otras dimensiones de la conversión que fueron vividas en Nazaret de

manera inigualable.

      En primer lugar en Nazaret se vivió el punto de arranque de toda con-

versión que está en la iniciativa de Dios de salvar a los hombres. Hemos de

recordar que la conversión es ante todo un don de Dios y un acto de Dios.

"Dios nos ha reconciliado consigo por medio de Cristo" 2 Co 5,18. Y este acto

reconciliador de Dios ha sido vivido por Jesús y por quienes, aun en forma

velada, compartieron su misión de Salvador ya desde los comienzos. El es

nuestra paz y nuestra reconciliación Ef 2,14. El que había sido proclamado

ante María y José "luz de las naciones" y "Salvador", fue también señalado

como "bandera discutida" para revelar lo que cada uno piensa en su corazón.

(Cfr Lc 2,32-35).

      En Nazaret se vivió otra dimensión importantísima de la conversión que

es el aceptar a Dios como absoluto. La familia de Nazaret fue querida por

Dios tal y como era. Fue Él quien dispuso con su Palabra que las cosas fueran

así: que María Virgen concibiera y diera a luz al Salvador y que José entrara

a colaborar en su designio de salvación. Dios fue siempre el protagonista de

aquella familia, el punto de referencia de sus idas y venidas, el centro de

convergencia de todos sus intereses. Mantener una tensión constante hacia

Dios es vivir en permanente conversión hacia Él. Por eso cuando S. Juan

intenta decir cómo era la vida de Dios antes de la venida de Cristo al mundo,

escribe: "Al principio ya existía la Palabra, la Palabra se dirigía a Dios

y la Palabra era Dios" Jn 1,12.

      Esta actitud radicalmente filial de estar siempre vuelto hacia el

Padre, de vivir de cara a Dios es la que Jesús prolongó en Nazaret y a lo

largo de toda su vida.

 

                            Nuestra conversión

 

      Muchos son los aspectos de la conversión de quien quiere vivir en

Nazaret. Para vivir allí hay que ser humildes y sencillos, amar la pobreza,

estar siempre dispuestos a servir, cultivar la vida de familia.

      Pero quizá la raíz de todo esté en esa disposición profunda y mantenida

siempre al día de vivir pendientes de lo que Dios quiera, como lo vemos en

Jesús, María y José‚.

      No se trata tanto de encontrar una lista de características o de vir-

tudes cuanto de aceptar y vivir con amor y responsabilidad el don que Dios

nos da. Porque vivir en Nazaret es ante todo un don, una vocación.

      Muchas veces establecemos nuestros propios programas de conversión,

pensamos en los fallos que tenemos que corregir, en los puntos que nos quedan

en penumbra, en formas nuevas de ser. Por encima de todos esos proyectos debe

estar la actitud básica de la atención a lo que Dios quiere, de acogida y

amor a su voluntad. Esa disponibilidad permanente hacia Él nos llevará a todo

lo otro: al trabajo y a la humildad, a la pobreza y al amor fraterno.

      ¿Qué otra cosa significa la conversión permanente si no es el estar

siempre vueltos hacia Dios y atentos a lo que Él quiere? Así aprenderemos a

unificar nuestra vida en un solo gesto de amor.

      Vivir así es perpetuar el gesto de retorno al padre del hijo pródigo.

Es saber quién es Dios verdaderamente.

 

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf

 

 

 

sábado, 12 de marzo de 2022

Ciclo C Cuaresma - Domingo II

 13 de marzo de 2022 - II DOMINGO DE CUARESMA - Ciclo C

 

                                            Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle                         

 

      Génesis 15,5-12.17-18

 

      En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo:

      - Mira al cielo, cuenta las estrellas si puedes.

      Y añadió:

      - Así será tu descendencia.

      Abrán creyó al Señor y se le contó en su haber.

      El Señor le dijo:

      - Yo Soy el Señor que te sacó de Ur de los Caldeos, para darte en pose-

sión esta tierra.

      El le replicó:

      - Señor Dios, ¿Cómo sabré que voy a poseerla?

      Respondió el Señor:

      - Tráeme una ternera de tres años, una cabra de tres años, un carnero

de tres años, una tórtola y un pichón.

      Abrán los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente

a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres

y Abrán los espantaba.

      Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un

terror intenso y oscuro cayó sobre él.

      El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antor-

cha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados.

      Aquel día el Señor hizo alianza con Abrán en estos términos: A tus des-

cendientes les daré esta tierra, desde el río de Egipto al Gran Río.

 

Filipenses 3,17-4,1

 

      Seguid mi ejemplo y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis

en mí.

      Porque, como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en

los ojos, hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su

paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas.

Sólo aspiran a cosas terrenas.

      Nosotros por el contrario somos ciudadanos del cielo, de donde aguarda-

mos un salvador: el Señor Jesucristo.

      El transformará nuestra condición humilde, según el modelo de su con-

dición gloriosa, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues,

hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en

el Señor, queridos.

 

Lucas 9,28b-36

 

      En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Juan y a Santiago a lo alto

de una montaña, para orar. Y mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió,

sus vestidos brillaban de blancos.

      De repente dos hombres conversaban con Él: eran Moisés y Elías, que

aparecieron con gloria; hablaban de su muerte, que iba a consumar en Jerusa-

lén.

      Pedro y sus compañeros se caían de sueño; y espabilándose vieron su

gloria y a los dos hombres que estaban con Él. Mientras estos se alejaban,

dijo Pedro a Jesús:

      - Maestro, qué hermoso es estar aquí. Haremos tres chozas: una para ti,

otra para Moisés y otra para Elías.

      No sabía lo que decía.

      Todavía estaba hablando cuando llegó una nube que los cubrió.

      Se asustaron al entrar en la nube. Una voz desde la nube decía:

      - Este es mi Hijo, el escogido, escuchadle.

      Cuando sonó la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio

y, por el momento, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

     

Comentario

 

              "Mientras oraba el aspecto de su rostro cambió"

 

      Al empezar la segunda etapa del camino cuaresmal de conversión, leemos

el evangelio de la transfiguración del Señor, que anuncia su resurrección y

nuestra transfiguración como hijos de Dios.

      Para Lucas la transfiguración es uno de los últimos acontecimientos del

ministerio de Jesús en Galilea. Poco después, en el mismo capítulo, se em-

pieza a narrar el largo viaje que llevará a Jesús a Jerusalén donde, según

sus propias palabras "este Hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser re-

chazado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y

resucitar al tercer día". La transfiguración, momento epifénico de la gloria

del Hijo de Dios, se ve así proyectada hacia el momento de la máxima

humillación y de la glorificación final.

      El rostro de Jesús cambió de aspecto durante la oración y hasta sus

mismos vestidos transparentaban la luz de su persona. Pero lo más importante

no es la apariencia externa sino la realidad que se manifiesta. La trans-

figuración de Jesús es la manifestación de Dios, de la presencia de Dios en

su naturaleza humana en el momento en que se encamina hacia la cruz. Los

signos de esta manifestación personal de Dios son: la luz que brillaba en el

rostro de Jesús ("vieron su gloria"), la nube y la voz.

      Como en otras teofanías bíblicas, hay por parte de Dios una voluntad

de acercamiento, de comunión y una reacción de temor inicial por parte del

hombre. En este caso la voz que se oye y las palabras pronunciadas ("Este es

mi Hijo, el Elegido. Escuchadle") hacen que la manifestación de Dios sea

particularmente clara y explícita. La designación de Jesús como hijo

predilecto recuerda la figura mesiánica del "siervo de Yavé", el siervo que

lleva sobre sus espaldas los pecados del mundo y que ofrece su vida como

rescate por los demás.

      La referencia al misterio pascual viene, por último, confirmada por el

contenido de la conversión de Jesús con Moisés y Elías: "Hablaban de su

éxodo, que iba a completar en Jerusalén".

      De esta manera queda evidenciada la relación entre la manifestación de

Dios en el monte de la transfiguración (el Tabor) y la suprema manifestación

de Dios en la muerte y resurrección de Cristo.

 

                                En Nazaret

 

      En la montaña de la transfiguración Cristo manifestó su gloria. En

Nazaret no hubo ninguna manifestación, al contrario, Jesús pasaba por uno de

tantos. Pero en Nazaret, como en los demás sitios, Jesús era en persona la

manifestación de Dios.

      La segunda carta de S. Pedro testimonia así la experiencia de quien

presenció la transfiguración en el Tabor: "Porque cuando os hablábamos de la

venida de nuestro Señor, Jesús Mesías, en toda su potencia, no plagiábamos

fábulas rebuscadas, sino que habíamos sido testigos presenciales de su gran-

deza. El recibió de Dios honra y gloria cuando, desde la sublime gloria, le

llegó aquella voz tan singular: "Este es mi hijo a quien yo quiero, mi

predilecto" 2Pe 1,16-18. Otro de los testigos dice: "Y la Palabra se hizo

hombre, acampó entre nosotros y contemplamos su gloria, gloria de Hijo único

del Padre" Jn. 1,14.

      María y José no vieron en Nazaret la gloria de su hijo, que era a la

vez el Hijo del Padre, pero no por ello son menos testigos de la realidad

humana y divina de Jesús: Ellos sabían quién era Jesús y lo testimoniaron.

Hay cosas en los evangelios que nadie hubiera sabido si ellos no lo hubieran

contado. Pero sobre todo su vida es el mejor testimonio: una vida llena de

fe y de amor es el signo claro de alguien que "ha visto" quién es Jesús.

      Nadie mejor que María y José podrían haber dicho con el apóstol Juan:

"Lo que existía desde el principio, lo que oímos, lo que vieron nuestros

ojos, lo que contemplamos y palparon nuestras manos, -hablamos de la Palabra

que es vida, porque la vida se manifestó, nosotros la vimos, damos testimonio

y os anunciamos la vida eterna que estaba de cara al Padre y se manifestó a

nosotros-, eso que vimos y oímos os lo anunciamos ahora" I Jn 1,1-3.

      María y José‚ no estuvieron en el Tabor. José‚ probablemente había muerto

ya cuando Jesús comenzó la vida pública y por tanto no pudo oír hablar de sus

milagros. Y sin embargo nadie mejor que ellos vio, contempló y palpó con sus

manos la Palabra que es vida.

 

Nuestro testimonio

 

      La transfiguración de Cristo es la garantía de nuestra propia

transfiguración que va actuándose a medida que, como Abrahán, renovamos la

alianza con el Dios siempre fiel.

      Esta transfiguración o transformación permanente es nuestra tarea de

cristianos. Consiste en ir siendo cada vez más transparentes a la luz que

viene del Señor, en manifestar cada vez mejor con nuestra vida que Dios salva

al mundo, en vivir de modo que "alumbre también nuestra luz ante los hombres,

que vean el bien que hacemos y glorifiquen a nuestro Padre del cielo". Mt

5,16.

      Nosotros quisiéramos ver a veces esta transformación a ritmo acelerado.

Pero la realidad de la vida nos enseña que se trata de un proceso lento.

      El contacto prolongado que María y José tuvieron con Jesús en Nazaret

nos revela la dimensión fundamental de nuestro testimonio. El testigo se

cualifica por la inmediatez y la experiencia de lo que dice más que por la

maestría con que expone la doctrina o el mensaje.

      Muchas veces el anuncio del mensaje adolece de falta de experiencia y

se queda en palabras vanas dichas sin convencimiento.

      Cuesta quedarse en Nazaret esperando que Cristo "transformará la bajeza

de nuestro ser reproduciendo en nosotros el esplendor del suyo, con esa

energía que le permite incluso someter el universo" Fil 3,21

 

TEODORO BERZAL hsf

 

 

sábado, 5 de marzo de 2022

Ciclo C - Cuaresma - Domingo I

 6 de marzo de 2022 - I DOMINGO DE CUARESMACiclo C

 

"El Espíritu lo fue llevando por el desierto"

 

Deuteronomio 26,4-10

 

      Dijo Moisés al pueblo:

      - El sacerdote tomará de tu mano la cesta con las primicias y la pondrá 

ante el altar del Señor, tu Dios.

      Entonces tu dirás ante el Señor, tu Dios: "Mi padre fue un arameo

errante, que bajó a Egipto, y se estableció allí con unas pocas personas.

      Pero luego creció, hasta convertirse en una raza grande, potente y

numerosa.

      Los egipcios nos maltrataron y nos oprimieron, y nos impusieron una

dura esclavitud.

   Entonces clamamos al Señor, Dios de nuestros padres; y el Señor escuchó

nuestra voz, miró nuestra opresión, nuestro trabajo y nuestra angustia.

      El Señor nos sacó de Egipto con mano fuerte y brazo extendido, en medio

de gran terror, con signos y portentos.

      Nos introdujo en este lugar, y nos dio esta tierra, una tierra que mana

leche y miel.

      Por eso ahora traigo aquí las primicias de los frutos del suelo, que

tú, Señor, me has dado".

      Las pondrás ante el Señor, tu Dios, y te postrarás en presencia del

Señor, tu Dios.

 

Romanos 10,8-13

 

   La Escritura dice: "La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios

y en el corazón."

      Se refiere al mensaje de la fe que os anunciamos.

      Porque si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree

que Dios lo resucitó, te salvarás.

      Por la fe del corazón llegamos a la justicia, y por la profesión de los

labios a la salvación.

      Dice la Escritura: "Nadie que cree en Él quedará defraudado".

      Porque no hay distinción entre judío y griego; ya que uno mismo es el

Señor de todos, generoso con todos los que lo invocan.

      Pues "todo el que invoca el nombre del Señor se salvará."

                            

Lucas 4,1-13

 

      En aquel tiempo, Jesús, lleno del Espíritu Santo, volvió del Jordán,

y durante cuarenta días, el Espíritu lo fue llevando por el desierto,

mientras era tentado por el diablo.

      Todo aquel tiempo estuvo sin comer, y al final sintió hambre. Entonces

el diablo le dijo:

      - Si eres el Hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan.

      Jesús le contestó:

      - Está escrito: "No sólo de pan vive el hombre".

      Después, llevándole a lo alto, el diablo le mostró en un instante todos

los reinos del mundo, y le dijo:

      - Te daré el poder y la gloria de todo eso, porque a mí me lo han dado

y yo lo doy a quien quiero. Si tu te arrodillas delante de mí, todo será 

tuyo.

      Jesús le contestó:

      - Está escrito: "Al Señor tu Dios adorarás y a El solo darás culto".

      Entonces lo llevó a Jerusalén y lo puso en el alero del templo y le

dijo:

      - Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: "En-

cargaré a los ángeles que cuiden de Ti", y también: "te sostendrán en sus

manos, para que tu pie no tropiece con las piedras".

      Jesús le contestó:

      - Está mandado: "No tentarás al Señor tu Dios".

      Completadas las tentaciones, el demonio se marchó hasta otra ocasión.

 

Comentario

 

      Comenzamos hoy el itinerario penitencial que nos llevará a la Pascua,

signo supremo de nuestra reconciliación con el Padre.

      En el primer domingo de cuaresma leemos el evangelio de la prueba de

Jesús en el desierto.

      Jesús, lleno del Espíritu Santo, que había recibido en plenitud en el

bautismo, fue conducido por ese mismo Espíritu al desierto. Y allí, en el

desierto, el diablo le puso a prueba.

      Examinando cuales son las tres tentaciones que el diablo le presenta,

pueden considerarse como una sola prueba fundamental: el intento de alejarlo

del cumplimiento de la voluntad del Padre.

      "Si eres hijo de Dios, dile a esta piedra que se convierta en pan". Es

la tentación de la concupiscencia de la carne". Como todo hombre, Jesús se

ve impulsado a independizarse del Padre, que da el pan y la vida. Para Jesús

la tentación consistía en concreto en iniciar la senda de un mesianismo puramente

humano. Pero Él adopta desde el principio una actitud de plena

confianza filial en el Padre. Así podrá decir más tarde: "No andéis agobiados

pensando que vais a comer, o que vais a beber..." Mt 6,31. Es la línea de

pobreza de Jesús. Para Él el alimento es la voluntad del Padre.

      "Te daré todo este poder y toda esta gloria... " Es la tentación de la

"concupiscencia de los ojos". El diablo pretende inclinarlo hacia un me-

sianismo de tipo político y temporal, alejándolo del designio del Padre que

lo quiere el Mesías de la humillación y de la cruz. Es la tentación del

poder, que a tantos ha corrompido y de la que pocos se ven libres. Jesús en

su respuesta deja bien claro que el único absoluto es Dios ante quien todos

tienen que postrarse.

      "Si eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo..." Es la tentación del

"orgullo de la vida" que pretende desafiar a Dios y ponerlo al propio

servicio. Para Jesús suponía la opción entre presentarse con la ostentación

propia del Mesías o ir por el camino de la humildad y de la sencillez. Y es

éste el camino que elige mostrando así, bien a las claras, que es el verdadero

Hijo de Dios.

      El evangelio de hoy termina con una frase de tono misterioso: "El

diablo, acabadas sus pruebas, se marchó hasta su momento". Este momento es

sin duda el de la pasión y muerte de Jesús. Fue entonces cuando Jesús sintió

todo el peso de la fragilidad de su condición humana y "el poder de las ti-

nieblas" Lc 22,53.

      Jesús superó aquella suprema tentación con la oración, poniéndose con

total confianza en las manos del Padre.

 

La prueba de Nazaret

 

      La vida en Nazaret fue también un tiempo de prueba que fue madurando

las respuestas firmes y tajantes dadas por Jesús al tentador en el desierto.

      Podríamos decir que la tentación típica de Nazaret es la que el diablo

puso a Jesús en tercer lugar, la de querer manifestar el propio valer, la de

creerse por encima de los demás, la de pensar que Dios mismo debe estar al

servicio del hombre y mandar sus ángeles para que no tropiece.

      En la historia real de Jesús, María y José en Nazaret nada hay que

indique el recurso a lo divino para valorar lo humano o remediar su in-

capacidad y limitación. Los tres sabían desde el principio el misterio que

se albergaba en su casa y, sin embargo, el tiempo pasaba y pasaba sin que

nada diera a entender quién era el que vivía allí. La distancia entre la

realidad divina de Jesús y la realidad de su vida en Nazaret mide la grandeza

de este misterio.

      Jesús no eligió el camino fácil de mostrarse como Hijo de Dios antes

de tiempo. En las palabras de S. Pablo: "No se aferró a su categoría de Dios;

al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, ha-

ciéndose uno de tantos" Fil 2,6-7. Jesús siguió el camino de la humildad y

de la pobreza y, sólo cuando el Padre quiso, abandonó Nazaret para anunciar

la llegada del Reino.

      La actitud de Jesús en el momento de la suprema tentación ("Si eres

Hijo de Dios, sálvate y baja de la cruz" Mt 27,40) ilumina de forma de-

finitiva su actitud de no abandonar Nazaret antes de tiempo para mostrar

quién era.

 

Nuestra tentación

 

      Quien intenta vivir hoy el estilo de vida de Nazaret, se encuentra fre-

cuentemente con la tentación de querer poner en evidencia lo que vale, de

abandonar la sana tensión existente entre el ser y aparecer, de dar rienda

suelta a lo más superficial.

      En las fases más agudas de esta tentación, propia de Nazaret, se llega

a no ver sentido a una vida así. No se acierta a entender cómo Dios puede

salvar el mundo a través de los minúsculos gestos de servicio que pide la

vida de familia, a través del cansancio de un trabajo monótono y poco bri-

llante, a través de una vida sin perspectivas amplias, notorias, iluminadoras

para personas o grupos.

      Quien vive momentos así, está tentado de escapar de Nazaret para, ­por

fin-, empezar a hacer algo en la vida, porque le parece que estar así,

viviendo como en Nazaret, es perder el tiempo.

      El origen de esta tentación puede estar fuera de nosotros, pero lo más

frecuente es que provenga de esa parte de nosotros mismos aún no redimida que

todos llevamos dentro. En la raíz de esta tentación hay una falta de con-

fianza en Dios, dueño de nuestra vida, que sabe, ­y cómo-, lo que hay que

hacer para salvar al mundo. Nuestra iniciativa, o nuestra impaciencia, (o

nuestro orgullo) nos lleva a querer acortar el tiempo de Nazaret, a querer

ver que ya existe el reino de Dios, a querer mostrar -como le proponía a

Jesús el diablo- que somos hijos de Dios, por medios muy distintos a los que

él mismo nos propone.

      El camino de Nazaret es el camino de la humildad, de la sencillez, de

la vida oscura en familia, del vivir más que predicar. Nazaret es el tiempo

de vivir lo que más tarde, cuando Dios quiera y por los medios que Él quiera,

se anunciará. El reinado de Dios en Nazaret se parece a un tesoro escondido

en el campo; si un hombre lo encuentra lo vuelve a esconder y de la alegría

va a vender todo lo que tiene y compra el campo aquel. Mt. 13,44.

 

TEODORO BERZAL hsf