sábado, 16 de abril de 2022

Ciclo C - Pascua de Resurrección

 17 de abril de 2022 - DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCION – Ciclo C

 

                                  "Ellos lo habían reconocido al partir el pan"

  

   Hechos 10,34 a 37-43

     

      En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: Vosotros conocéis lo

que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo,

aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por

Dios por la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando

a los oprimidos por el diablo; porque Dios estaba con Él.

      Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén.

Lo mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos

lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado:

a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección.

      Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios

lo ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es

unánime: que los que creen en Él reciben, por su nombre, el perdón de los

pecados.

 

Colosenses 3,1-4

 

      Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allí  arriba,

donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de

arriba, no a los de la tierra.

      Porque habéis muerto; y vuestra vida está  con Cristo escondida en Dios.

Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis,

juntamente con Él, en gloria.

 

 

      Lucas 24,13-35

 

      Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la

semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén;

iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían,

Jesús en persona se acercó a ellos y se puso a caminar con ellos. Pero sus

ojos no eran capaces de reconocerlo. El les dijo:

      - ¿Qué conversación es esa que traéis mientras vais de camino?

      Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos, que se llamaba

Cleofás, le replicó:

      - ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha

pasado allí estos días?

      El les preguntó:

      - ¿Qué?

      Ellos le contestaron:

      - Lo de Jesús el Nazareno, que fue profeta poderoso en obras y palabras

ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y

nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros

esperábamos que Él fuera el futuro libertador de Israel. Y ya ves, hace dos

días que sucedió esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han

sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, y no encontraron su

cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de

 ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron

también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a

Él no le vieron.

      Entonces Jesús les dijo:

      - ¡Qué necios y torpes sois para creer lo que anunciaron los profetas!

¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?

      Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explicó lo que

se refería a Él en toda la Escritura.

      Ya cerca de la aldea donde iban, Él hizo ademán de seguir adelante,

pero ellos le apremiaron diciendo:

      - Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída.

      Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el

pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio. A ellos se les abrieron

los ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció. Ellos comentaron:

      - ¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos

explicaba las Escrituras?

      Y levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron

reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo: Era verdad, ha

resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón. Y ellos contaron lo que les

había pasado por el camino y como lo habían reconocido al partir el pan.

 

Comentario

 

      Entre otras experiencias de fe en el Señor resucitado, el evangelio de

hoy nos transmite la de los dos discípulos que iban a Emaús. Es una expe-

riencia riquísima de contenido porque convergen en ella la presencia de

Cristo, la memoria de su pasión y muerte, el resumen de la vida y fama del

resucitado, la explicación e interpretación de las Escrituras por parte del

mismo Cristo y la fe de los discípulos que acompaña el gesto de partir el

pan. Esta página del Evangelio recoge ese ambiente único, repetido otras

muchas veces en el Nuevo Testamento, del surgir de la fe, de abrir los ojos

a la verdad, del empezar a creer. Es un momento maravilloso que se recuerda

siempre. En realidad no se acierta a explicar lo que sucede y algunos deta-

lles aparentemente sin ningún relieve empiezan a cobrar un significado

importantísimo.

      Dejándonos llevar por la experiencia de los dos de Emaús, podemos

nosotros también leer en lo que a ellos les aconteció, nuestro propio camino

de fe.

      En los dos de Emaús se produce ese cambio radical de quien se encuentra

personalmente con Jesús. Del escepticismo o la desesperanza, pasan a la

ilusión y a la fe. De hablar de un Jesús del pasado, muerto y acabado, pasan

al reconocimiento del Jesús viviente. De la desvaloración de todas las

pruebas que apuntan hacia la resurrección, a la aceptación de las mismas y

a la proclamación ante los demás.

      Pero este cambio radical no es fruto de un razonamiento, ni siquiera

de la argumentación de Jesús, que "comenzando por Moisés y siguiendo por los

profetas, les explicó lo que se refería a Él en toda la Escritura". El cambio

que ocurrió en ellos no tiene una explicación lógica: primero "estaban en

ascuas mientras les hablaba por el camino" y luego lo reconocen; es decir,

lo identifican con el crucificado del que habían hecho la descripción al

desconocido que se les unió en el camino, al verle partir el pan. "Se les

abrieron los ojos y lo reconocieron", eso es todo. Como para decir que la fe

es ante todo un don de Dios.

      El Dios que se hizo vecino del hombre, acampando entre nosotros en

Jesús, se hace ahora compañero de camino. Y más que eso, actúa misteriosamen-

te en el corazón del hombre para que abra los ojos a la verdad. Compañero de

camino, Jesús es también, mediante su Espíritu, el compañero del hombre por

dentro en el viaje que hace de la increencia a la fe.

 

                            La noche de Nazaret

 

      Los evangelios no nos dan noticia de la experiencia de María el día de

la resurrección. Sólo tenemos el detalle importantísimo de su presencia

activa en la primera comunidad cristiana en los días de Pentecostés.

      Para entender lo que sucedió aquel día lleno de luz, podemos fijarnos

en quienes estaban a su alrededor, pero podemos también regresar al tiempo

de Nazaret, al tiempo de la noche de Nazaret para descubrir con más pro-

fundidad el fulgor de la mañana de la pascua. Porque fue en Nazaret donde la

abeja fecunda elaboró la cera para hacer la lámpara preciosa que, aunque

distribuyese su luz, no mengua al repartirla: Cristo resucitado que al salir

del sepulcro brilla sereno para el linaje humano y reina glorioso por los

siglos de los siglos (Pregón pascual). La cera que se derritió en la antorcha

de la cruz para que la luz brillara el día de la pascua fue elaborada en

Nazaret poco a poco. Este es el sentido pascual del tiempo de Nazaret.

      La fe de María y de José‚ acogiendo al "compañero de camino" de toda

la humanidad, al "Hijo del Altísimo", al heredero de David que "reinará para

siempre en la casa de Jacob y su reino no tendrá fin" (Lc 1,32), al Salvador

colocado como "luz para alumbrar a las naciones" (Lc 2,32), es el anticipo

de la fe post-pascual de los discípulos.

      El Vaticano II describe así la colaboración de María en la obra de la

redención: "Concibiendo a Cristo, engendrándolo, alimentándolo, presentándolo

en el templo al Padre, padeciendo con su hijo mientras Él moría en la cruz,

cooperó de forma del todo singular, por la obediencia, la fe, la esperanza

y la encendida caridad, en la restauración de la vida sobrenatural de las

almas. Por tal motivo es nuestra madre en el orden de la gracia" L.G. 61.

      La colaboración inicial, del tiempo de Nazaret, compartida con José‚

se sitúa en la misma línea del momento culminante de la cruz y de la

resurrección.

      El misterio pascual, visto desde Nazaret, da sentido a todo el trabajo

de la noche de Nazaret.

 

                            Vivir hoy la Pascua

 

      El misterio pascual es el origen y fundamento de toda fraternidad que

se base en la fe. No se puede vivir hoy en Nazaret prescindiendo del misterio

pascual, porque el asumir el estilo de vida de Nazaret no es un deseo más o

menos romántico o un modo de querer ser original. El estilo nazareno de vida

es modo cristiano de ser y como tal tiene su fundamento en el misterio

pascual de Cristo.

      La Pascua nazarena de después de Pentecostés es memoria viva de lo que

sucedió un día en Jerusalén, es celebración de lo que ocurre hoy entre noso-

tros y es anuncio de lo que un día será lo que hoy vivimos.

      Pero hay un modo nazareno de vivir la Pascua: consiste en volver a

creer como al principio, con toda sencillez, en reconocer a Cristo en el

gesto humilde de partir el pan, en leer toda la Escritura como referida a Él,

en aceptar una vida oscura como la del primer Nazaret sin saber cuando

brillará la luz, en afanarse como María y José‚ por dar vida y hacer que

crezca el hombre nuevo en nosotros y en los demás.

      La paz y la alegría son los dones pascuales que Cristo ofrece a los

hombres de hoy en cada comunidad que busca reproducir el modo de vida que

Jesús, María y José llevaron en Nazaret.

 

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sábado, 9 de abril de 2022

Ciclo C - Domingo de Ramos

 10 de abril de 2022 - DOMINGO DE RAMOS EN LA PASION DEL SEÑOR – Ciclo C

 

                                 "Jesús Nazareno, Rey de los Judíos"

 

      Isaías 5,4-7

 

      Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido

una palabra de aliento.

      Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados.

      El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me

he echado atrás.

      Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban

mi barba.

      No oculté el rostro a insultos y salivazos.

      Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso endurecí el

rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado.

 

      Filipenses 2,6-11

 

      Cristo, a pesar de su condición divina no hizo alarde de su categoría

de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo,

pasando por uno de tantos.

      Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse

incluso a la muerte, y una muerte de cruz.

      Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el "Nombre -sobre-

todo-nombre"; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el

Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame: "¡Jesucristo es

Señor!" para gloria de Dios Padre.

 

Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas, 22,14-23,56.

 

Comentario

 

      Todo el Evangelio de Lucas está transido de la tensión de Jesús, que

con mirada fija en la meta avanza hacia Jerusalén.

      La procesión de los ramos, imagen de la Iglesia que marcha y que aclama

a su Señor, está animada por este dinamismo de caminar hacia Jerusalén. "Y,

dicho esto, Jesús echó a andar delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén"

Lc 9,20.

      Jerusalén es el lugar destinado por el Padre para que Jesús cumpla

definitivamente su misión de revelar el amor de Dios y de redimir al hombre.

En Jerusalén Jesús realiza plenamente el evangelio (buena noticia) del don

misericordioso de Dios al hombre. Y de Jerusalén saldrá la Palabra de Dios

para extenderse por todo el mundo, como el mismo Lucas narra en los Hechos

de los Apóstoles.

      La narración de la pasión nos coloca delante del momento supremo del

misterio de Cristo, que sella toda su trayectoria humana y lo abre a la

resurrección. La figura del Maestro aparece en su plenitud. Llama al

discípulo a seguirlo por el camino de la cruz, de la conversión, del perdón

y de la total confianza en el Padre.

      Al oír el relato de la pasión cada uno de nosotros es interpelado y se

ve obligado a tomar una postura ante el Señor que camina hacia el Calvario

con Simón cireneo, con las mujeres de Jerusalén, con los jefes del pueblo,

con los soldados o con uno de los dos ladrones. La narración se abre con la

institución de la Eucaristía y, en sintonía con el Jesús que entrega su

cuerpo y su sangre por nosotros, los discípulos son invitados a "hacer lo

mismo" en memoria suya.

      El anuncio de la traición de Judas y de la negación de Pedro preparan

la hora del combate supremo de Jesús que comienza en el jardín de los olivos,

se continúa ante el Sanedrín, ante Pilato y ante Herodes y culmina en la

cruz. La narración litúrgica nos deja en compañía de José‚ de Arimetea y las

piadosas mujeres que habían seguido a Jesús desde la Galilea.

      El evangelista presenta la pasión y muerte de Jesús como cumplimiento

de la voluntad de Dios y como entrega libre por parte de Jesús, pero también

como un hecho histórico resultado de la postura de Jesús ante las autoridades

religiosas y civiles, de las maquinaciones de los miembros del Sanedrín, de

la traición de Judas. Llegamos a penetrar en el misterio sólo si a través de

las causas humanas que llevaron a tan trágico desenlace, descubrimos con la

fe la trascendencia del gesto de Jesús que se entrega por nuestros pecados

y si aprendemos a llevar con Él y como Él nuestra cruz de cada día.

      Ante Cristo que muere en la cruz, sobran todas las palabras, porque en

ninguna de ellas cabe todo el significado de lo que allí se vivió. Es mejor

ponerse de rodillas, contemplar en silencio hasta dejarse traspasar por el

misterio y adentrarse en lo que Jesús experimentó hasta que el Espíritu Santo

nos lleve a "tener la misma actitud del Mesías Jesús" Fil 2,5.

 

El Nazareno

 

      El calificativo que sirvió a Pilato para identificar al condenado a

muerte aquel día y que mandó clavar en su cruz nos da pie para volver al

tiempo que hizo posible llamarlo así. En efecto, Jesús, colgado de la cruz

es "el nazareno".

      Como ha escrito un autor, Belén es la patria teológica de Jesús, Na-

zaret es la patria histórica y geográfica. En Belén nació "para que se cum-

pliera lo anunciado por los profetas" Mt 2,6. Nazaret, pueblo ignorado por

el Antiguo Testamento, es el lugar donde se crió, donde se fue gestando con

su denominación de "Nazareno" el misterio que hizo posible que se lo

llamaran así en el momento de su entrega suprema en la cruz.

      Sólo después de la resurrección puede darse una interpretación exacta

de lo que significó la muerte de Jesús en la cruz. El mismo Jesús resucitado

se esforzó por hacérselo comprender a los dos de Emaús: "¡Qué torpes sois y

qué lentos para creer lo que anunciaron los profetas!”, ¨¿No tenía el Mesías que

padecer todo eso para entrar en su gloria?" Lc 24,25-26. Y sólo desde esa

misma perspectiva puede entenderse la luz que el misterio de la cruz arroja

sobre Nazaret.

      El Jesús que un día sería crucificado vive en la humildad de Nazaret.

Aunque los evangelios con su silencio sobre los años de Nazaret nos lleven

instintivamente a dar un salto en el vacío y ver de pronto al Jesús adulto

que anuncia la llegada del reino, la realidad no pudo ser así: la vida avanza

poco a poco.

      Los planteamientos que llevaron a Jesús al sacrificio de la cruz no

pudieron improvisarse. Los evangelios, escritos desde una comunidad que cree

en Jesús resucitado y que ha encontrado ya una explicación a su muerte

redentora, dan algunos detalles sobre los primeros años de la vida de Jesús

que conectan directamente con el misterio de la cruz y ayudan a entenderlos

en todo su profundo significado.

      "Este está puesto para que todos en Israel caigan o se levanten. Ser 

una bandera discutida, mientras que a ti una espada te traspasar el corazón,

así quedará patente lo que todos piensan" Lc 2,35. "Levántate, toma al niño

y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta nuevo aviso, porque Herodes

va a buscar el niño para matarlo" Mt 2,13. "Levántate, toma el niño y a su

Madre y vuelve a Israel; ya han muerto lo que intentaban acabar con el

niño... Fue a establecerse en un pueblo que llaman Nazaret" Mt 2,23 "Mira con

qué angustia te buscábamos tu padre y yo" Lc 2,48.

      La persecución interesada de los poderosos, la no aceptación por parte

de los suyos, su condición de profeta discutido, su total sumisión a la

voluntad del Padre, su misteriosa vinculación con Jerusalén y su templo, su

condición de Mesías libertador del pueblo, son otros tantos aspectos ya pre-

sentes germinalmente en el comienzo de su vida y con el tiempo se con-

vertirían en la trama misma de su muerte en cruz.

 

Nuestra cruz

 

      No se puede ser cristiano en plenitud sin asimilar en nuestra vida la

dimensión de dolor, de fracaso, de soledad, de muerte que todo vivir lleva

consigo. Cristiano es sólo quien vive, como el Nazareno, en actitud de entre-

ga permanente de la vida en favor de los demás.

      ¿Cómo vivir hoy el misterio de la cruz en una comunidad que se inspira

en Nazaret para trazar su estilo de vida?.

      Vive el misterio de la cruz:

      - La comunidad donde es posible el perdón: reconciliación con Dios y

      perdón mutuo entre los hermanos.

      - La comunidad donde se asume el mal, el pecado, lo negativo, donde se

      cuenta con ello.

      - La comunidad atenta a la debilidad y limitación de sus miembros.

      - La comunidad que se sabe y se acepta pecadora, no sólo en sus miem-

      bros tomados individualmente sino ella misma en su conjunto.

      - La comunidad que acepta la enfermedad, el fracaso, el desengaño de

      alguno de sus miembros y sabe integrarlo en su vida. 

      - La comunidad que se siente débil y a veces impotente ante la obra

      apostólica que tiene confiada

      - La comunidad donde cada miembro está dispuesto a sacrificarse por los

      demás, a dar su tiempo, sus cualidades, su vida misma.

      - La comunidad donde se vive el radicalismo evangélico con serenidad

      y gozo.

      - La comunidad que se siente fracasada en su anhelo de construir la

      fraternidad y no pierde aún la esperanza de conseguirlo.

      - La comunidad que se siente acosada por un ambiente hostil y lucha por

      mantener su identidad y por ser luz y fermento en la masa. 

      - Una comunidad así está compartiendo con Jesús el misterio de su

      muerte redentora.

     

      Una comunidad así está reproduciendo el ideal de Nazaret, donde tampoco

todo fue fácil, donde hubo sufrimiento y angustia, huida del perseguido,

obediencia y pobreza, aceptación del dolor y de la muerte, trabajo y donación

total al otro. El misterio de la cruz, visto desde Nazaret, nos enseña hoy

a vivir como hermanos.

 

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sábado, 2 de abril de 2022

Ciclo C - Cuaresma - Domingo V

 3 de abril de 2022 - V DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo C

 

                     "Tampoco yo te condeno"

 

 

Isaías 43,16-21

 

      Así dice el Señor que abrió camino en el mar y senda en las aguas

impetuosas; que sacó a batalla carros y caballos, tropa con sus valientes:

caían para no levantarse, se apagaron como mecha que se extingue.

      No recordéis lo antaño, no penséis en lo antiguo; mirad que realizo

algo nuevo; ya está brotando, ¿no lo notáis?

      Abriré un camino por el desierto, ríos en el yermo, me glorificarán las

bestias del campo, chacales y avestruces, porque ofreceré agua en el desier-

to, ríos en el yermo, para apagar la sed de mi pueblo, de mi escogido, el

pueblo que yo formé, para que proclamara mi alabanza.

 

Filipenses 3,8-14

 

      Todo lo estimo pérdida, comparando con la excelencia del conocimiento

de Cristo Jesús, mi Señor.

      Por Él lo perdí todo, y todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo

y existir en Él, no con una justicia mía -la de la ley-, sino con la que

viene de la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios y se apoya en la fe.

      Para conocerlo a Él, y la fuerza de su resurrección, y la comunión con

sus padecimientos, muriendo su misma muerte, para llegar un día a la

resurrección de entre los muertos.

      No es que ya haya conseguido el premio, o que ya esté en la meta: yo

sigo corriendo.

      Y aunque poseo el premio, porque Cristo Jesús me lo ha entregado,

hermanos, yo, a mi mismo me considero como si aún no hubiera conseguido el

premio.

      Sólo busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome

hacia lo que está delante, corro hacia la meta, para ganar el premio, al que

Dios desde arriba llama en Cristo Jesús.

 

Juan 8,1-11

 

      En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer

se presentó de nuevo en el templo y todo el pueblo acudía a Él, y, sen-

tándose, les enseñaba.

      Los letrados y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adul-

terio, y, colocándola en medio, dijeron:

      - Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La

ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras: tú ¿qué dices?

      Le preguntaron esto para comprometerlo y poder acusarlo. Pero Jesús,

inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.

      Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:

      - El que está sin pecado, que le tire la primera piedra.

      E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.

      Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los

más viejos, hasta el último.

      Y quedó solo Jesús, y la mujer en medio, de pie.

      Jesús se incorporó y preguntó:

      - Mujer, ¿dónde están tus acusadores?, ¿ninguno te ha condenado?

      Ella contestó:

      - Ninguno, Señor.

      Jesús dijo:

      - Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más.

 

Comentario

 

      En el itinerario espiritual de la cuaresma llegamos hoy al momento en

que surge la vida nueva.

      Leyendo el Evangelio de S. Juan que hoy nos propone la Iglesia podría-

mos pensar que lo importante está en el hecho de que Jesús salga airoso de

la prueba a que es sometido por parte de los letrados y fariseos. Sin em-

bargo, pronto se advierte que el núcleo del pasaje está en la segunda parte,

en el momento en que, puesto de manifiesto el torcido proceder de los

acusadores, Jesús queda solo con la mujer adúltera y con el perdón la invita

a renacer a una vida nueva.

      Jesús sabe cómo es el corazón del hombre. "No necesitaba informes de

nadie, Él conocía al hombre por dentro" Jn 2,25. Por eso pudo poner de mani-

fiesto lo que se escondía en el interior de quienes querían ponerle dificul-

tad acudiendo al gesto profético de escribir en el suelo y realizando así las

palabras de Jeremías: "los que te abandonan fracasan, los que se apartan

serán escritos en el polvo porque abandonaron al Señor, manantial de agua

viva" Jer 17,13.

      El lector, el oyente de la palabra, se ve así llevado, como en tantas

otras ocasiones, a una alternativa. O alejarse de Jesús llevándose consigo

el propio pecado o quedarse ante Él sin ninguna máscara, reconociendo

sencillamente que uno necesita ser perdonado.

      Jesús aparece aquí como el perdonador, el que se pone de la parte de

los que no acusan y condenan. "Pues yo tampoco te condeno". No hace pesar el

pecado sobre quien lo reconoce. Jesús encarna así el gesto benevolente de

Dios, Él es el evangelio de la misericordia.

      De los escombros de su pecado, ante la misericordiosa mirada de Jesús,

la mujer renace para una existencia nueva, para una vida no de inocente, sino

de perdonada.

      Las últimas palabras de Jesús representan la esperanza de una recu-

peración, de un renacimiento, de la posibilidad de iniciar una vida distinta:

la posibilidad de una conversión. Esas palabras son el eco de aquellas otras

de Isaías: "Mirad que realizo algo nuevo; ya está brotando ¿no lo notáis?"

Is 43,19.

 

La novedad de Nazaret

 

      En Nazaret comenzó a apuntar la vida nueva traída por Cristo. Los

efectos de la redención empezaron a manifestarse en María desde el primer

momento de su concepción.

      La realidad de la vida nueva, de la vida en amistad plena con Dios tuvo

en la familia de Nazaret su más plena expresión. En Nazaret se comenzó a

vivir la novedad del Reino de Dios antes de que Jesús comenzara a anunciarla.

Allí crecía en secreto el misterio que estaba por manisfestarse y no sólo en

lo íntimo del corazón sino en la organización de un grupo.

      La fe, la sencillez de la vida en común, la efusión del Espíritu Santo

que mueve a las personas, la alegría, la virginidad de María y José‚ son

realidades todas que pertenecen de lleno al tiempo de la nueva alianza. Jesús

dirá durante su ministerio público: "Hay eunucos que salieron así del vientre

de su madre, a otros los hicieron los hombres y hay quienes se hicieron

eunucos por el reinado de Dios" Mt 19,12. María y José‚ empezaron ya, bajo la

acción del Espíritu Santo, a vivir la virginidad por el reino.

      Y la virginidad por el reino no es más que un aspecto de otra realidad

más profunda: por el reino de Dios hay que estar dispuesto a dejarlo todo,

porque Dios es el único absoluto. quien lo puede entender, ha descubierto un

verdadero tesoro y no le da pena dejarlo todo para poseerlo.

      Esa forma de vivir que pone a Dios como absoluto de la vida y se

orienta hacia donde Él indica, es el estilo propio de Nazaret.

      Jesús estaba creando en Nazaret con su sola presencia, con sólo vivir,

el nuevo modo de estar en el mundo, de relacionarse con Dios, de amar a los

hombres, de trabajar, de sufrir. El era también allí "el camino, la verdad

y la vida". Como "al principio" también en Nazaret estaba la Palabra, y la

Palabra "contenía vida y esa era la luz de los hombres" Jn 1,4

 

Caminar en novedad de vida

 

      "Los que creen en Cristo, renacidos de germen no corruptible, por la

palabra de Dios vivo (IPe 1,23), no de la carne, sino del agua y del Espíritu

Santo (Jn 3,5-6), son hechos por fin "linaje escogido, sacerdocio real, na-

ción santa, pueblo de adquisición..., que en un tiempo no era pueblo y ahora

es pueblo de Dios" (IPe 2,9-10)" L.G.9.

      La raíz de la nueva vida está en la acción de Dios que, cumpliendo la

palabra del profeta, quita de nosotros el corazón de piedra y pone en su

lugar un corazón de carne. Esa es la renovación fundamental, fuente de todas

las otras. El don de un corazón puro y dócil, que sustituye al corazón

malvado y endurecido, equivale a una nueva creación por parte de Dios. Es la

creación de la humanidad nueva. Es la instauración del nuevo Israel.

      A la acción transformadora por parte de Dios, mediante la donación del

Espíritu Santo en el interior del hombre, debe corresponder un nuevo modo de

vivir. Por eso S. Pablo exhortará a los creyentes: "Si habéis resucitado con

el Mesías, buscad lo de arriba, donde el Mesías está sentado a la derecha de

Dios" Col 3,1.

      "Tened esto presente: el hombre que éramos antes fue crucificado con

Él para que se destruyese el hombre pecador y así no somos más esclavos del

pecado, porque cuando uno muere, el pecado pierde todo derecho sobre Él" Rm

6,6-7.

      La realidad de la vida nueva en la que nos invita a pensar el evangelio

de hoy y que fue ya vivida maravillosamente en Nazaret, brota en cada uno de

nosotros en el acto de gracia y de perdón que Dios nos ofrece.

      Como para la mujer adúltera del evangelio de hoy, de los escombros de

nuestros pecados, al entrar en contacto con Jesús, nace en nosotros "una

criatura nueva".

 

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