viernes, 15 de noviembre de 2013

Ciclo C - TO - Domingo XXXIII


17 de noviembre de 2013 - XXXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

"Maestro, y ¿cuándo va a ocurrir eso?"

Lucas 21,5-19
En aquel tiempo, algunos ponderaban la belleza del templo por la
calidad de la piedra y los exvotos. Jesús les dijo: Esto que contempláis,
llegará  un día en que no quedará  piedra sobre piedra: todo será  destruido.
Ellos le preguntaron:
- Maestro, ¿Cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será  la señal de que todo eso
está para suceder?
El contestó:
- Cuidado con que nadie os engañe. Porque muchos vendrán usando mi nom-
bre, diciendo: "Yo soy", o bien: "El momento está cerca"; no vayáis tras
ellos. Cuando oigáis noticias de guerras y de revoluciones, no tengáis
pánico. Porque eso tiene que ocurrir primero, pero el final no vendrá en
seguida.
Luego les dijo:
- Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes
terremotos, y en diversos países, epidemias y hambre. Habrá también espantos
y grandes signos en el cielo. Pero antes de todo eso os echarán mano, os
perseguirán, entregándoos a los tribunales y a la cárcel, y os harán
comparecer ante reyes y gobernadores por causa de mi nombre; así tendréis
ocasión de dar testimonio. Haced propósito de no preparar vuestra defensa,
porque yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá  hacer frente ni
contradecir ningún adversario vuestro. Y hasta vuestros padres, y parientes,
y hermanos, y amigos os traicionarán, y matarán a algunos de vosotros, todos
os odiarán por causa de mi nombre. Pero ni un cabello de vuestra cabeza
perecerá: con vuestra presencia salvaréis vuestras almas.

Comentario
El año litúrgico del ciclo C se abrió con un pasaje similar al que hoy
consideramos tomado del mismo capítulo de S. Lucas.
El retorno a los textos que ayudan a mirar al futuro invitan a mirar
el misterio de Cristo en su totalidad. Y no es otra la finalidad del año
litúrgico. La Iglesia nos presenta, en efecto, durante él el misterio de
Cristo articulado en diversas facetas pero sin perder su visión de conjunto.
No se trata de un círculo cerrado, sino de una espiral, que año tras año va
conduciendo a la Iglesia, peregrina en el mundo, hacia la plenitud del Reino.
Cristo se presenta así como centro de la historia, corazón del mundo, futuro
del hombre.
El mensaje de este evangelio, a pesar del anuncio de la destrucción del
templo de Jerusalén, de la persecución de los discípulos y de las catástrofes
del fin del mundo, contiene un mensaje de vida y de esperanza. No estamos
destinados a la muerte sino a la vida. Cuando aparezca "el sol de justicia"
será el día del triunfo de los creyentes, ser  el día de la liberación.
La mirada de Jesús se centra en primer lugar en el templo de Jerusalén
que, en cuanto morada de Dios y signo visible de su presencia, era el orgullo
de los judíos. Al anunciar su destrucción próxima, Jesús proclama el final
de un modo de encontrarse con Dios. A partir de la muerte de Jesús y de la
reconstrucción de su cuerpo en tres días (Jn 2,19), el nuevo templo es la
Iglesia, cuerpo místico de Cristo.
Pero hay también en el evangelio una perspectiva más lejana en el
tiempo: la destrucción del templo de este mundo para que surja un mundo nuevo
y un modo nuevo de encuentro con Dios. Las dificultades de los creyentes
crecerán entonces en proporción con las dimensiones de la catástrofe que se
anuncia. Pero al mismo tiempo se percibe ya la mano protectora de Dios ("no
perderéis ni un pelo de la cabeza"), pues persecuciones y catástrofes no son
sino una señal de que "el reino de Dios está cerca" Lc 21,32

El futuro desde Nazaret
Con la encarnación de Cristo, Dios mismo visitó nuestra tierra, algo
divino se introdujo en la entraña misma de la tierra como medio para salvar
a los hombres, formados todos ellos del "polvo de la tierra" (Gen 2,7).
Con la resurrección de Cristo, algo de nuestra tierra, uno de nosotros
pasó a la esfera de lo divino y vive resucitado.
¿Cuál será  el significado para Nazaret de que sea precisamente de allí
lo que de nuestra tierra está ya en la otra vida?.
Hoy, que el evangelio nos lleva a volver la mirada hacia el gran paso
de este mundo nuestro a "los cielos nuevos y la tierra nueva", es
impresionante constatar que hay ya algo que asegura la ilazón entre este
mundo y el otro, y ese algo es de Nazaret. Pero lo que de Nazaret pasó al
otro mundo no es sólo una realidad física. La comunidad de amor y de
salvación que allí formó Jesús con María y José es algo que no quedó
irremediablemente anclado en el pasado, sino que tiene una permanencia en la
Iglesia y una realidad ya en el reino de los cielos.
El  ámbito material de Nazaret fue destruido (aunque hay una tradición
que asegura que la casa de Nazaret fue trasladada a otro sitio), pero su
significado profundo no podrá  ser enterrado. En este sentido el caso de
Nazaret no es más que uno más entre las realidades humanas vividas en la fe.
Todas ellas tienen un sentido futuro, todas ellas quedarán recuperadas en la
plenitud del reino. Ninguna acción buena quedará sin recompensa, ninguna
relación positiva será interrumpida definitivamente, ningún esfuerzo humano
para promover el progreso y el desarrollo dejará de tener repercusión en el
mundo nuevo.

Nuestro futuro
El mensaje del evangelio sobre la transición de este mundo al mundo
nuevo pone al vivo la cuestión de nuestro futuro personal y colectivo. Leído
en Nazaret este evangelio de la gran crisis de todo lo presente, tiende a
concentrar el contenido de la esperanza.
Vendrán persecuciones y cataclismos, mejor dicho, están ya aconteciendo
y lo han estado siempre en la historia de la Iglesia y del mundo, pero el
creyente sabe que hay algo dentro de él que ha superado ya todas las crisis,
incluso la más radical, la de la muerte. Es esa fe la que da la certeza a la
esperanza. Esa es la "fe que vence al mundo" Jn 5,5. Quien lleva dentro el
amor del Padre y la Unción conferida por Cristo, el Consagrado, sabe que,
frente al mundo que pasa, algo en él y de él permanece para siempre.
De lo que el cristiano está seguro, totalmente seguro, no es de su
resistencia, capacidad de esfuerzo o de lucha, cuanto de la fuerza del amor
de Dios: "Porque estoy convencido que ni la muerte ni la vida, ni ángeles ni
soberanías, ni lo presente ni lo futuro, ni poderes, ni alturas, ni abismos,
ni ninguna otra criatura podrá  privarnos de ese amor de Dios, presente en el
Mesías Jesús, Señor nuestro" Rom 8,38-39.
De aquí nace toda su capacidad de esperanza y de lucha, sabiendo que
su futuro se juega aquí en el presente y ese futuro está ya ganado en Cristo
Jesús.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Ciclo C - TO - Domingo XXXII


10 de noviembre de 2013 - XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C
"Serán hijos de Dios"

Lucas 20,27-38
En aquel tiempo se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la
resurrección de los muertos, y le preguntaron:
- Maestro, Moisés nos dejó escrito: "Si a uno se le muere su hermano,
dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y descendencia a su
hermano". Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin
hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete
murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la
resurrección de los muertos, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los
siete han estado casados con ella.
Jesús les contestó:
- En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados
dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se
casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque
participan de la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés
lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de abrahán,
Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos, porque
para Él todos están vivos.

Comentario
En el evangelio de hoy los saduceos ("que negaban la resurrección")
proponen a Jesús una pregunta insidiosa. Su finalidad parece ser tanto la de
ridiculizar la concepción que los fariseos tenían de la vida del más allá 
como la de poner en dificultad a Jesús y así desacreditar su enseñanza.
Jesús deja de lado los aspectos más o menos grotescos de la pregunta
y va directamente al punto clave: el hombre no termina con la muerte, Dios
es un Dios de vivos, la condición de vida actual es transitoria con respecto
a la vida futura. Citando las palabras del Exodo (3,6), Jesús refuta a los
saduceos en su propio terreno, pues ellos sólo admitían los libros del
Pentateuco, en cuanto solo esos eran considerados escritos por Moisés. No
responde, pues, a la pequeña pregunta suscitada, sino a la gran cuestión de
la resurrección de los muertos dentro de la cual se resuelve también lo que
le han preguntado.
Las palabras de Jesús dejan entrever algunos detalles de la condición
del hombre en la vida futura: "no se casarán", serán "como los ángeles", "no
pueden morir", "serán hijos de Dios". Es difícil establecer nexos de cau-
salidad entre esas proposiciones. De hecho las traducciones muestran grandes
divergencias. La explicación más correcta parece ser el decir que la razón
de todo está en las palabras que siguen al texto: "Dios es un Dios de vivos".
El es el viviente y fuente de toda vida, por eso "los que sean dignos de la
resurrección" serán en plenitud hijos de Dios, no morirán, no se casarán,
serán como los ángeles.
Con su muerte y resurrección Jesús dará la prueba definitiva de la
verdad de sus enseñanzas. Jesús es el primogénito de los que resucitan de
entre los muertos (Col 1,18), el primogénito de una multitud de hermanos (Rm
8,29).

La vida de Nazaret
En Nazaret empezó ya a vivirse la novedad del Reino de los cielos. Una
de sus características más relevantes es la virginidad: "no se casarán".
En el momento del anuncio del nacimiento del Mesías, descubrimos que
María había hecho propósito de permanecer virgen: "no conozco varón" Lc 1,34.
El relativo anacronismo del propósito de la virginidad pone aún más de
relieve la novedad de los tiempos mesiánicos. Poco después esa planta nacería
con fuerza en la Iglesia.
La concepción virginal del Mesías -tan alejada de los mitos paganos del
mismo género- es un signo claro tanto de la trascendencia de Cristo como de
la realidad de la encarnación. Pero muestra también cómo Dios es el único
autor de la vida nueva. La concepción virginal de Jesús es también una nueva
creación. José no es el padre biológico de Jesús, ni se trata tampoco de una
generación en sentido biológico por parte de Dios.
María y José, unidos en matrimonio, vivieron en Nazaret la novedad de
la virginidad, no como una carencia, sino como una sobreabundancia de vida.
Dios, autor de la vida, había intervenido en María en un modo maravilloso.
Ella, la llena de gracia, había sido colmada por la acción y el poder del
Espíritu Santo. Como sucedió con el arca de la alianza cuando "la gloria del
Señor llenó el santuario y Moisés no pudo entrar en la tienda del encuentro
porque la nube se había posado sobre ella y la gloria del Señor llenaba el
santuario" Ex 40,34-45.
El amor de María y José estuvo al servicio de la llegada del Reino de
Dios a la tierra, por eso, aunque casados, son también perfecto modelo de
"quienes se hacen eunucos por el reino de Dios" Mt 19,12, anticipando como
signo lo que será la condición de todos en la otra vida.

Nuestra vida
En un mundo de ideologías inmanentistas y sumido en algunas partes en
la civilización del consumo, el cristiano, todo cristiano, está llamado a dar
testimonio de la vida futura. Su fe proclama que si esta vida tiene un
sentido es en función de un futuro trascendente. Y ese futuro no falla porque
no está garantizado por la afirmación de una teoría o por el esfuerzo de los
hombres, sino por el mismo Dios, que ha resucitado a Jesús.
El testimonio de la vida futura, de la trascendencia, no es negación
de lo que ahora vivimos, ni de las tareas mundanas, al contrario, es darlas
todo su valor. Pero al mismo tiempo la fe en la otra vida relativiza todo
lo presente, afirmando que lo definitivo no es el orden de este mundo.
En esta línea de pensamiento es particularmente significativa la opción
por el celibato hecha por un cierto número de cristianos. Al igual que la
virginidad de María y de José, el celibato por el reino de los cielos en
seguimiento de Cristo, tiene como motivación última, no la negación del amor,
sino el don de Dios y su intervención en la historia personal de un hombre
o de una mujer para hacerle un signo especial de lo que ser  la plenitud del
Reino.
Quien opta por el celibato introduce en su amor dos dimensiones propias
de la otra vida: la inmediatez del amor absoluto a Dios y la universalidad
del amor a los hombres. Naturalmente, estas dimensiones se viven en la
fragilidad de la carne y con todo el lastre de la debilidad humana. Aun así,
la Iglesia reconoce un signo muy valioso de los bienes futuros, de la si-
tuación final de la historia humana cuando ya "ni hombres ni mujeres se
casarán porque ya no pueden morir puesto que serán como los ángeles".