viernes, 3 de enero de 2014

II Domingo después de Navidad

5 de enero de 2014 - II DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

                         "Y acampó entre nosotros"

-Eclo 24,1-4.12-16
-Sal 147
-Ef 1,1-6.15-18
-Jn 1,1-18

 Juan 1,1-18
   En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios,
y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios. Por
medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo que se ha
hecho. En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz
brilló en las tinieblas, y las tinieblas no la recibieron.
   Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como
testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la
fe. No era él la luz, sino testigo de la luz. La Palabra era la luz verda-
dera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino y en el mundo estaba; el mundo
se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a su casa, y los
suyos no la recibieron. Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser
hijos de Dios, si creen en su nombre. Estos no han nacido de sangre, ni de
amor carnal, ni de amor humano, sino de Dios. Y la Palabra se hizo carne, y
acampó entre nosotros, y hemos contemplado su gloria: gloria propia del hijo
único del Padre, lleno de gracia y de verdad.
   Juan da testimonio de Él y grita diciendo:
   -Éste es de quien dije: "El que viene detrás de mí, pasa delante de mí,
porque existía antes que yo". Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia
tras gracia: porque la ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad
vinieron por medio de Jesucristo.
   A Dios nadie lo ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del
Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Comentario
   El segundo domingo después de Navidad, continúa, al igual que en la fiesta
de la Sagrada Familia, la meditación de la Iglesia sobre el misterio de la
encarnación del Verbo. El mensaje de las lecturas se mueve entorno a esa cima
de la revelación recogida en el prólogo del evangelio de S. Juan, que dice
de forma sintética: "Y la palabra se hizo carne y acampó entre nosotros"
   El orden litúrgico de las lecturas respeta la economía de la revelación
que, ya desde el Antiguo Testamento, tiende puentes hacia lo que será la
manifestación culminante en Cristo. El cap. 24 del Eclesiástico es uno de los
casos más evidentes en este sentido. Según algunos, el autor del IV evangelio
pudo inspirarse en él para escribir el prólogo. La "sabiduría" se presenta
como una entidad que en cierto modo se identifica con Dios, pues está con Él
desde siempre, y por otro lado se distingue de Él y es enviada a habitar
(=poner la tienda) en Jacob, personificación del pueblo elegido. Hay, pues,
ciertos aspectos que anuncian la misión de la segunda persona de la Trinidad:
su subsistencia eterna, su función reveladora, su venida al mundo.
   Pero en el evangelio tenemos también una radical novedad: "A Dios nadie
le ha visto jamás, el Hijo único que está en el seno del Padre es quien lo
ha dado a conocer" (1,18). La función iluminadora de la sabiduría llega a su
plenitud cuando Jesús nos revela el rostro del Padre, Él que es su viva
"imagen" (2Co 4,4) e "impronta de su sustancia" (Heb 1,3). Y hay también un
mayor realismo que desborda todas las expectativas del Antiguo Testamento.
Nadie leyendo las páginas del Eclesiástico podía sospechar que el "poner la
tienda en Jacob" y el habitar en Jerusalén comportara que el Verbo de Dios
se hiciera carne y viviera entre los hombres como uno de ellos.
   Lo que el Antiguo Testamento había intuido, se realiza plenamente en
Cristo: su naturaleza humana es la "tienda", lugar del encuentro de Dios con
el hombre, pues es allí donde habita "corporalmente toda la plenitud de la
divinidad" (Col 1,18).
   Bien podemos decir que en esto consiste la "bendición espiritual" de que
nos habla S. Pablo en la 2ª. lectura. En Cristo, el Padre nos ha elegido y nos
ha hecho hijos suyos, dándonos la redención y la plenitud de la salvación,
las cuales redundan finalmente en gloria suya. Más que aspectos
diversificados de esa misma plenitud de gracia que Dios nos da en Cristo,
debemos ver la totalidad del don que se nos da con la efusión del Espíritu
Santo en el bautismo.
   De esta forma se ensancha también la perspectiva de la salvación del
pueblo elegido a todos los hombres.

Puso su tienda
   La lectura de los evangelios de la infancia de Cristo en Lucas y Mateo
nos tiene acostumbrados a ver en detalle los diversos acontecimientos que se
fueron sucediendo en los primeros años de la vida de Jesús. Los evangelistas
nos presentan ya esos hechos a la luz de su fe en la resurrección de Cristo,
y esto les da una perspectiva y una profundidad de interpretación que va más
allá de la anotación puntual de lo que sucedió.
   El evangelio de Juan que leemos hoy, nos echa también una mano en ese
sentido. Dejando de lado los detalles de la narración histórica, el prólogo
del cuarto evangelio pone de relieve los datos de la fe, que son también los
puntos clave en los sinópticos. Veamos esto un poco más en detalle analizando
las coincidencias entre los dos primeros capítulos de Lucas y el primero de
Juan.
   Lo que llama la atención en primer lugar es el contraste entre las
figuras de Juan Bautista y de Jesús; Éste verdadera luz del mundo y aquél
sólo su testigo y precursor. Para ambos evangelistas, Jesús viene a su casa,
a los suyos, a su pueblo, y el recibimiento que se le dispensa es escaso o
nulo. Hay una conflictividad que se crea de inmediato con su aparición en el
mundo.
   Pero el punto esencial de coincidencia está en la identidad de Jesús: es
el Hijo de Dios que se hace hombre. El signo de este misterio es la
virginidad de María (Lc 1,34; Jn 1,13).
   Los dos evangelistas se sirven como realidad de fondo para hablar de la
divinidad de Cristo, de uno de los conceptos más significativos del Antiguo
Testamento: el de la presencia de Dios en la tienda del encuentro (Cfr Ex
26,1-14). En dicha tienda Dios se hacía presente mediante el signo de la nube
durante la experiencia del camino a través del desierto (Ex 40,34-35). Era
también el lugar donde Dios habitaba, pues en ella estaba el arca de la
alianza con las tablas de la ley.
   Los profetas anunciaron para los tiempos mesiánicos una presencia más
real de Dios en Jerusalén (Jl 4,21) y en el templo (Ez 43,7); pero también
en medio del pueblo (Zc 2,14; Sof 3,14-18). Cuando Juan dice que la Palabra
"puso su tienda entre nosotros" (1,14) y el Ángel, (en Lc 1,35), explica cómo
se realizará la concepción virginal de Jesús con las palabras "El Espíritu
Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra",
están probablemente aludiendo a esa realidad de la presencia de Dios en la
tienda de la alianza. Pero al mismo tiempo proclaman la novedad radical de
la alianza nueva que consiste en la "visita" personal de Dios a su pueblo en
Jesús de Nazaret.
   As¡ comienza este tiempo nuevo de la "gracia" y de la "verdad" (Jn 1,17)
en el que se mueve también todo el evangelio de la infancia de Cristo en la
versión de Lucas, desde el saludo del Ángel a la "llena de gracia" hasta el
crecimiento de Jesús "en saber, en estatura y en el favor de Dios y de los
hombres" (Lc 2,52).
  
   Te alabamos, Padre, y te glorificamos
   por la venida de Jesús, sabiduría eterna,
   en medio de nosotros, para redimirnos.
   Queremos abrirnos, como María,
   a la acción del Espíritu Santo
   para acogerlo en nuestra vida, mediante la fe,
   y darlo como salvación al mundo.
   Queremos contemplar con amor
   su generación eterna
   y su generación en el tiempo
   para que Él, que es nuestra vida,
   lo sea también de todos.

“Quienes lo recibieron"
   La Iglesia nos lleva a profundizar el misterio de la encarnación en este
domingo, tratando de crear en nosotros la actitud de acogida del magnífico
don de la Navidad.
   Una primera pista de acción en nuestra vida estaría constituida por el
paso alternativo del Dios-con-nosotros (el Emmanuel) al Dios en nosotros. No
sólo, pues, cohabitación, sino inhabitación en lo más profundo de nosotros
mismos. Es una realidad magnífica que hacía exultar a los santos y que debe
llenar de gozo, de confianza y de intimidad familiar con Dios la vida de todo
cristiano.
   Paso alternativo hemos dicho, porque la otra pista va en la línea de
descubrir su presencia en los demás. La orientación del Vaticano II es
determinante en este sentido: "El Hijo de Dios, por su encarnación, se
identificó en cierto modo con todos los hombres"(G.S. 22).
   Así pues, tenemos un Dios que viene a habitar "en" nosotros y "con"
nosotros. Nuestra actitud de acogida debe dilatarse, pues, en un doble senti-
do: primero para recibirlo cada vez más profundamente, con mayor atención,
silencio y delicadeza en nosotros mismos y luego para acogerlo siempre en la
presencia "real" de los que se nos acercan y de los que viven con nosotros.
   La distracción, la superficialidad, la obnubilación que produce el peca-
do, puede llevarnos muchas veces a limitar nuestra capacidad de acogida, a
vivir en las tinieblas: "La luz verdadera, la que alumbra a todo hombre
estaba llegando al mundo. En el mundo estuvo y, aunque el mundo fue hecho
mediante ella, el mundo no la conoció" (Jn 1,9-10).
   "Pero a los que la recibieron..." En esa adhesión realista y concreta que
consiste en dar cabida a Dios en nuestra vida está el comienzo de la relación
vital con Él, y esa relación cambia toda la existencia y va creciendo
continuamente hasta llegar a la plenitud: "Porque de su plenitud todos reci-
bimos ante todo un amor que responde a su amor" (Jn 1,16). Gracia tras

gracia, traducen otros.

sábado, 28 de diciembre de 2013

Sagrada Familia

29 de diciembre de 2013 - DOMINGO DENTRO DE LA OCTAVA DE NAVIDAD

LA SAGRADA FAMILIA: JESUS, MARIA Y JOSE (F)

                       "...que se llamaría Nazareno"

Eclesiástico 3,3-7. 14-17a
   Dios hace al padre más respetable que a los hijos y afirma la autoridad
de la madre sobre la prole.
   El que honra a su padre expía sus pecados, el que respeta a su madre
acumula tesoros; el que honra a su padre se alegrará de sus hijos, y cuando
rece, será escuchado; el que respeta a su padre tendrá larga vida, al que
honra a su madre el Señor le escucha.
   Hijo mío, sé constante en honrar a tu padre, no lo abandones mientras
viva; aunque flaquee su mente, ten indulgencia, no lo abochornes, mientras
seas fuerte.
   La piedad para con tu padre no se olvidará, será tenida en cuenta para
pagar tus pecados.

Colosenses 3,12-21
   Hermanos: Como pueblo elegido de Dios, pueblo sacro y amado, sea vuestro
uniforme: la misericordia entrañable, la bondad, la humildad, la dulzura, la
comprensión.
   Sobrellevaos mutuamente y perdonaos, cuando alguno tenga quejas contra
otro.
   El Señor os ha perdonado: haced vosotros lo mismo.
   Y por encima de todo esto, el amor, que es el ceñidor de la unidad
consumada.
   Que la paz de Cristo actúe de árbitro en vuestro corazón: a ella habéis
sido convocados, en un solo cuerpo.
   Y sed agradecidos: la Palabra de Cristo habite entre vosotros en toda su
riqueza; enseñaos unos a otros con toda sabiduría; exhortaos mutuamente.
   Cantad a Dios, dadle gracias de corazón, con salmos, himnos y cánticos
inspirados.
   Y todo lo que de palabra o de obra realicéis, sea todo en nombre de
Jesús, ofreciendo la Acción de gracias a Dios Padre por medio de Él.
   Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros maridos, como conviene en el
Señor.
   Maridos, amad a vuestras mujeres, y no seáis ásperos con ellas.
   Hijos, obedeced a vuestros padres en todo, que eso le gusta al Señor.
   Padres, no exasperéis a vuestros hijos, no sea que pierdan los ánimos.

Mateo 2,13-15.19-23
   Cuando se marcharon los Magos, el Ángel del Señor se apareció en sueños
a José y le dijo:
   -Levántate, coge al niño y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta
que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarlo.
   José se levantó, cogió al niño y a su madre de noche; se fue a Egipto y
se quedó hasta la muerte de Herodes; así se cumplió lo que dice el Señor por
el profeta: "Llamé‚ a mi hijo para que saliera de Egipto".
   Cuando murió Herodes, el Ángel del Señor se apareció de nuevo en sueños
a José en Egipto y le dijo:
   -Levántate, coge al niño y a su madre y vuélvete a Israel; ya han muerto
los que atentaban contra la vida del niño.
   Se levantó, cogió al niño y a su madre y volvió a Israel. Pero al
enterarse de que Arquelao reinaba en Judea como sucesor de su padre Herodes,
tuvo miedo de ir allí. Y avisado en sueños, se retiró a Galilea y se
estableció en un pueblo llamado Nazaret. Así se cumplió lo que dijeron los
profetas, que se llamaría Nazareno.
                           
Comentario
   Los textos de la liturgia de hoy están elegidos en función de la fiesta
que se celebra e ilustran algunos aspectos importantes de su contenido.
   La fiesta de la Sagrada Familia, colocada a continuación de la Navidad,
nos dice ya por intuición que la encarnación del Verbo y su nacimiento tienen
una prolongación natural en su vida de familia con María y José y, para
nosotros, otra prolongación en la economía sacramental del año litúrgico.
   El evangelio de Mateo que leemos hoy, es la parte final de los episodios
correspondientes a la infancia de Cristo. Como es sabido, este evangelista
distribuye dichos episodios presentándolos como cumplimiento de lo dicho por
los profetas acerca del Mesías y cita explícitamente algunas frases de la
Escritura en este sentido.
   En el pasaje de hoy son dos las citas y ambas tienen su interés. La orden
dada por Dios a José por medio del Ángel de ir a Egipto conlleva el
cumplimiento de una palabra de Oseas. El texto del profeta suena así: "Cuando
Israel era niño, lo amé y desde Egipto llamé a mi hijo" (Os 11,1). Mateo toma
sólo la última parte del versículo, pero leyendo el texto profético por
completo queda claro el sentido que lo que Dios quiere de su pueblo es que
repita la experiencia del éxodo y que se convierta a Él. Aplicándolo el
evangelista directamente a Jesús, realiza una personificación muy signifi-
cativa. Jesús encarna así a todo el pueblo elegido. Es de notar además que
en casi todas las referencias bíblicas de Mateo en estos episodios de la
infancia de Jesús, aparece la palabra "hijo". En este caso expresa con
claridad la vinculación completamente especial de Jesús con Dios.
   La segunda referencia al AT presente en el evangelio de hoy es más
oscura. Los estudiosos de la Biblia vacilan al pretender encontrar en qué
lugar "los profetas dijeron que se llamaría nazareno". Las hipótesis más
verosímiles son dos: una alusión a Sansón ("el niño estará consagrado=nazŒr
a Dios", Jueces 13,15) o al comienzo del cap. 11 de Isaías ("Saldrá un renue-
vo=neser del tocón de Jesé"). Quizá el evangelista haya querido combinar
ambas alusiones, queriendo sobre todo expresar que el hecho de que Jesús haya
residido en Nazaret y haya sido llamado "nazareno" no es algo casual ni un
detalle sin importancia, sino algo querido y previsto por Dios.
   También en esas cosas, a través de los azares y las alternativas de los
mandatarios del tiempo, se llevaron a cabo los designios divinos para que se
cumpliera la Escritura. Todo se realizó según el plan de Dios.

Vivir en familia
   En la fiesta de la Sagrada Familia la Palabra de Dios explica ampliamente
desde la fe el significado de la vida en familia
   La figura de José‚ plenamente responsable de los suyos y abierto a las
indicaciones que le vienen de lo alto, nos da ya a entender qué significa ser
padre. Es admirable contemplar cómo Jesús, necesitado de ayuda y protección,
encuentra en la familia, en el amor recíproco de María y José‚ los elementos
imprescindibles para poder crecer y realizar su obra de salvación.
   En el texto del Eclesiástico (1ª. Lectura) se explica lo que significa ser
hijo, comentando el cuarto mandamiento dado por Dios a Moisés: "Honra a tu
padre y a tu madre, como te mandó el Señor, así prolongarás tu vida y te irá 
bien en la tierra que el Señor tu Dios te va a dar" (Det 5,16). Existe un
orden en la naturaleza según el cual la vida viene de los padres a los hijos.
Este orden crea una estructura de relación personal profundísima que, cuando
es alterada, toca a la persona en su mismo ser. "Honrar" al padre y a la
madre es reconocer ese orden de la naturaleza y prolongarlo en una relación
de respeto, obediencia y amor, que está en la base de toda vida familiar. Esa
acogida del orden natural de la vida es lo que según el texto bíblico, lleva
a que la vida del hijo se prolongue ampliamente y pueda insertarse en el
ambiente vital: "Te irá bien en la tierra..."
   En la carta a los Colosenses S. Pablo da algunas indicaciones bien
precisas sobre el modo de comportarse en familia a quienes han recibido la
nueva vida en Cristo: "Mujeres, vivid bajo la autoridad de vuestros mari-
dos... Maridos, amad a vuestras mujeres... Hijos, obedeced a vuestros pa-
dres..." La pertenencia al "pueblo elegido por Dios" y la modificación de las
actitudes más profundas que esto implica en las personas ("El Señor os ha
perdonado, haced vosotros los mismo") introducen una profunda novedad en las
relaciones intrafamiliares. Aparentemente nada cambia porque el orden natural
es respetado, sin embargo, la común dignidad de bautizados y el reco-
nocimiento de Dios como Señor único de la vida, hacen que la familia
"cristiana", pueda convertirse en ese germen de la Iglesia y transformación
social para hacer al mundo más humano.
   Meditando la Palabra de Dios desde Nazaret, no deja de llamar la atención
el hecho de que Jesús haya querido vivir como hijo y haya "honrado" a su
padre y a su Madre. El, autor de la vida en cuanto Dios, se ha sometido al
orden natural según el cual la vida le ha sido dada y ha necesitado de una
protección para escapar a los peligros que la amenazaban. Ha sido ese gesto
suyo el que ha salvado de la destrucción el flujo maravilloso de la vida, que
se hubiera irremediablemente perdido por causa del pecado, portador de la
muerte.
   Jesús ha redimido, viviendo en Nazaret, el sentido que tiene la familia
en cuanto transmisora de la vida.

   Padre de la vida,
   te bendecimos porque en la encarnación de tu Hijo
   nos has revelado tu Amor.
   Que el Espíritu Santo, por medio de la Palabra
   que hemos escuchado y meditado en el fondo del corazón
   vivifique nuestras relaciones
   para que sepamos vivir en familia.
   Danos tu fuerza para que sepamos
   acoger y promover el don de la vida
   y para que sepamos establecer relaciones familiares
   en todos los ámbitos en que nos movemos.

Misión de la familia
   La familia humana, reflejo de la familia de la Trinidad, encuentra en la
Familia de Nazaret, su realización más perfecta. Las atenciones que María y
José prodigan al Niño protegiéndolo y cuidándolo, como se nos dice en el
evangelio de este domingo, son una muestra del amor verdadero que unía a este
núcleo familiar querido por Dios para acoger a su Hijo.
   La situación de pobreza y precariedad en la que la familia de Jesús es
obligada a vivir por las circunstancias en sus primeros años, revela a la vez
la fragilidad y la fuerza de la unión familiar. Jesús, María y José nos
aparecen en esos primeros años más que nunca como "esos tres pobres que se
aman" ("Ces trois pauvres gens qui s'aiment"), según la expresión de Claudel.
Son la imagen más clara de la vulnerabilidad y al mismo tiempo de la
consistencia del amor recíproco.
   También hoy muchas familias se ven obligadas a sufrir la marginación y la
pobreza, advierten la inseguridad y la fragilidad de los lazos del amor
minados por las mil formas que toma el egoísmo. Además las violencias que se
le hacen desde fuera no son pocas, desde la acción disgregadora de la
sociedad hasta las amenazas contra la vida en sus fases más débiles.
   Y, sin embargo, tanto la Iglesia como la sociedad siguen confiando en la
fuerza de regeneración y de transformación que tiene la familia. Se diría que
se trata casi de un impulso instintivo que lleva a depositar la confianza en
lo que hay de más genuino y auténtico para promover la vida y el amor.
   El amor familiar, hecho de paciencia, recíproca atención y apertura a los
demás, es la parábola misma del vivir cristiano, que se realiza en la acogida
de la vida que viene de Dios, crece en la comunidad y se da en la misión
hasta llegar a su plenitud. Contar con el lugar donde todo eso acontece como
don de la vida, es descubrir la armonía profunda que existe entre la

"naturaleza" y la "gracia" también en este ámbito de las relaciones humanas.

martes, 24 de diciembre de 2013

Tiempo de Navidad - NAVIDAD

25 de diciembre de 2013 – TIEMPO DE NAVIDAD - NAVIDAD

Misa del Día

                                              "El Verbo se hizo carne"

Isaías 52,7-10
     ¡Qué hermosos son sobre los montes los pies del mensajero que anuncia
la paz, que trae la buena nueva, que pregona la victoria, que dice a Sión:
"Tu Dios es Rey"! Escucha: tus vigías gritan, cantan a coro, porque ven cara
a cara al Señor, que vuelve a Sión. Romped a cantar a coro, ruinas de Jerusa-
lén, que el Señor consuela a su pueblo, rescata a Jerusalén: el Señor desnuda
su santo brazo a la vista de todas las naciones, y ver n los confines de la
tierra la victoria de nuestro Dios.

Hebreos 1,1-6
      En distintas ocasiones y de muchas maneras habló Dios antiguamente a
nuestros padres por los profetas. Ahora, en esta etapa final, nos ha hablado
por el Hijo, al que ha nombrado heredero de todo, y por medio del cual ha ido
realizando las edades del mundo. Es el reflejo de su gloria, impronta de su
ser. El sostiene el universo con su palabra poderosa. Y, habiendo realizado
la purificación de los pecados, está sentado a la derecha de Su Majestad en
las alturas; tanto más encumbrado sobre los  ángeles cuanto más sublime es el
nombre que ha heredado.
      Pues, ¿a qué ángel dijo jamás: "Hijo mío eres tú hoy te he engendra-
do"? O: "¿Yo seré para él un padre y él será  para mí un hijo?" Y en otro
pasaje, al introducir en el mundo al primogénito, dice: "Adórenlo todos los
ángeles de Dios".

Juan 1,1-18
      En el principio ya existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a
Dios, y la Palabra era Dios. La Palabra en el principio estaba junto a Dios.
      Por medio de la Palabra se hizo todo, y sin ella no se hizo nada de lo
que se ha hecho.
      En la Palabra había vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz
brilla en la tinieblas, y la tiniebla no la recibió.
      Surgió un hombre enviado por Dios, que se llamaba Juan: éste venía como
testigo para dar testimonio de la luz, para que por él todos vinieran a la
fe, No era él la luz, sino testigo de la luz.
      La palabra era la luz verdadera que alumbra a todo hombre. Al mundo
vino y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no
la conoció. Vino a su casa, y los suyos no la recibieron.
      Pero a cuantos la recibieron, les da poder para ser hijos de Dios, si
creen en su nombre. Estos no han nacido de la sangre, ni de amor carnal, ni
de amor humano, sino de Dios.
      Y la Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, y hemos contemplado
su gloria: gloria propia del Hijo único del Padre, lleno de gracia y de
verdad.
Juan da testimonio de El y grita diciendo: éste es de quien dije: "El que
viene detrás de mí pasa delante de mí, porque existía antes que yo".
      Pues de su plenitud todos hemos recibido gracia tras gracia: porque la
ley se dio por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de
Jesucristo.
      A Dios nadie lo ha visto jamás: El Hijo único, que está en el seno del
Padre, es quien lo ha dado a conocer.

Comentario                       
      En la fiesta de Navidad y durante todo el tiempo que sigue celebramos
el misterio de Dios que se hace hombre.
      Dios se encuentra con los hombres precisamente en Cristo en cuanto
hombre. Y así a través del elemento humano de la persona de Cristo, el
hombre puede acceder a lo invisible y puede adentrarse en el misterio de
Dios.
      Aquel que en el seno del Padre era Verbo-palabra, al hacerse hombre,
se convierte en el revelador de lo que Dios es. Cristo es la plenitud de la
revelación, él es el "unigénito de Dios" y "está lleno de gracia y de ver-
dad". "La luz ha brillado en las tinieblas", Dios se ha hecho hombre. Ahora
como entonces el hombre puede acogerlo, abrirse a él o rechazarlo.
      Dios ha salido a encontrarse personalmente con el hombre y éste tiene
la posibilidad de la acogida o del rechazo. "Pero a los que lo acogieron los
hizo capaces de ser hijos de Dios". "De su plenitud todos hemos recibido".
      Ante la plenitud de gracia dada en Cristo, la alianza del Antiguo Tes-
tamento queda pálida, anticuada. La nueva alianza viene cualificada sobre
todo por la calidad del mediador que es Cristo. Con él Dios nos ha dicho de
sí mismo su palabra definitiva. "Es el Hijo único, que es Dios y está al lado
del Padre, quien lo ha explicado". "Si te tengo ya habladas todas las cosas
en mi Palabra, que es mi Hijo, y no tengo otra, ¡qué te puedo yo ahora
responder o revelar que sea más que eso? Pon los ojos en él, porque en él te
lo tengo dicho todo y revelado, y hallarás en él más de lo que pides y
deseas" S. Juan de la Cruz, II Subida, 22,5.
      "Y la Palabra se hizo hombre". Es el misterio de la Navidad. Es un
misterio de humildad, pobreza y ocultamiento. La gloria eterna de Dios brilla
en el rostro de un niño y se expresa con los gestos de un recién nacido. El
Dios eterno e inmenso se somete a las condiciones de espacio y de tiempo y
asume todas las limitaciones de la naturaleza humana. Los pañales que
envuelven al niño, como las vendas puestas alrededor su cuerpo ya muerto y
bajado de la cruz, están ahí para indicar hasta que punto Dios ha unido su
designio a nuestra condición.
      Pero lo más maravilloso es el impulso de amor que descubrimos a través
de este gesto supremo de acercamiento. Dios se hace hombre para salvar al
hombre. "Os ha nacido en la ciudad de David un Salvador, que es Cristo Señor"
Lc. 10-11. "El motivo del nacimiento del Hijo de Dios, dice S. León Magno,
no fue otro sino el de poder ser colgado en la cruz".

Desde Nazaret
      Para María y José‚ el misterio de la venida de Dios entre los hombres
estaba ligado a lugares, personas y situaciones muy concretas: el anuncio del
mensajero de Dios, el bando de un censo, el viaje a Belén, el no encontrar
lugar en la posada, la cuadra, el pesebre, los pañales, los pastores, ...
Dios en persona con la apariencia de un niño como todos los otros.
      El tiempo de Nazaret nos descubre una dimensión importantísima de la
encarnación. Esta no consiste en que Dios se haga hombre en un momento
determinado, sino en que además Dios asuma la condición de hombre, todo lo
humano, con lo que ello lleva consigo.
      La frase "La Palabra se hizo carne" puede tener dos sentidos. Uno
puntual, circunscrito a un momento concreto de la historia, y otro durativo,
que indica todo el proceso necesario para que el Hijo de Dios vaya asumiendo
todas las características humanas hasta llegar a ser un hombre completo. Este
proceso implica el crecimiento físico, la inserción en una cultura, en un
ambiente de vida, aprender a vivir todas las dimensiones de la persona.
      Este segundo aspecto es el que descubrimos viendo desde Nazaret el
misterio de Navidad.
      Esta asunción de lo humano y de lo "mundano" por parte del Hijo de Dios
transforma y santifica todo lo humano y todo lo que está en el mundo.
      En Nazaret vemos a Jesús, tocar, ver, agarrar, caminar, comer, reír,
vestirse, estar con la gente, amar a sus padres y a los demás... Es admirable
y maravilloso contemplar como Dios tomó la naturaleza humana no de forma abs-
tracta o aparente, sino muy concretamente y de manera profunda y total. Dios
vivió como nosotros; habló, rió, amó, como cualquier hombre.     
      Esta dimensión de la encarnación, tan importante y rica de consecuen-
cias, se hace patente en Nazaret.

Para vivir ahora
      Para vivir ahora, en el tiempo de la Iglesia, encontramos en Nazaret
un fuerte estímulo y un fundamento sólido de valoración de todo lo humano y
de apreciación positiva del mundo y de sus valores.
      Cristo asumiendo todo lo humano (menos el pecado): lengua, cultura,
instituciones sociales, lo infunde una nueva vida, un nuevo sentido, y lo da
una proyección eterna.
      Desde que Cristo se hizo hombre hay que hablar de un modo nuevo del
mundo y del hombre. Ciertamente el pecado existe, pero el pecado y el mal ya
no caracterizan de la forma más profunda ni al hombre ni al mundo. Dios hizo
buenas todas las cosas y Cristo viniendo al mundo y haciéndose hombre, en-
contró la vía exacta para poner de nuevo en armonía la relación hombre-mundo
dañada por el pecado. La encarnación del Cristo no sólo libera al hombre de
una concepción pesimista del mundo, sino que le da la posibilidad de trabajar
en él como lugar de encuentro con Dios, como ámbito de sus relaciones
fraternas con los demás hombres, como materia prima de la construcción de su
propia realidad.
      El concilio Vaticano II asigna a los laicos la misión de consagrar el
mundo con estas palabras: "Cristo Jesús, supremo y eterno sacerdote, desea
continuar su testimonio y su servicio también por medio de los laicos; por
ello vivifica a estos con su Espíritu e ininterrumpidamente los impulsa a
toda obra buena y perfecta. Pero aquéllos a quienes asocia íntimamente a su
vida y misión, también los hace partícipes de su oficio sacerdotal, en orden
al ejercicio del culto espiritual para gloria de Dios y salvación de los hom-
bres... Así también los laicos, como adoradores que en todo lugar obran
santamente, consagran a Dios el mundo mismo" L.G. 34; Cfr. 36,b.
      Contemplando desde Nazaret la encarnación de Cristo, aprendemos a

encarnarnos también nosotros para llevar el mundo a Dios.