sábado, 5 de julio de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XIV

6 de julio de 2014 – TO - XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

"Soy sencillo y humilde"
-Zac 9,9-10
-Sal 144
-Rom 8,9. 11-13

Mateo 11,25-30
   Jesús exclamó:
   -Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la
gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.
   Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el
Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo
quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados  y yo
os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi
carga ligera.
                       
Comentario
   En el cap. 11 de S. Mateo encontramos diversas reacciones ante la persona
y el mensaje de Jesús. Como contrapunto de quienes lo rechazan o de quienes
no saben distinguir el momento histórico excepcional que están viviendo,
aparece el grupo de los humildes y sencillos que dan fe a sus palabras. Este
misterio de la sabiduría de los sencillos viene presentado por el texto que
leemos hoy en tres pasos sucesivos.
   La primera unidad comprende la exclamación orante de Jesús que bendice al
Padre por su designio de revelación. Paradójicamente quedan fuera de él
quienes mejor podían entenderlo. Por el contrario penetran en él quienes
menos dotados estaban para ello, los pequeños. Se ratifica así una constante
de la historia de la salvación que en los tiempos del Mesías llegó al grado
sumo.
   En la segunda parte del texto, formada por los vv. 26 y 27, Jesús, en tono
solemne, se presenta Él mismo como uno de estos "pequeños" que conoce, de
modo perfecto y exclusivo, el misterio del Padre. "Conocer" indica esa
relación de intimidad y recíproca donación que constituye el fondo del amor
trinitario. La simetría respecto al conocer indica la igualdad de las
personas en la esencia divina. De rechazo indica también la necesidad
absoluta de pasar por Jesús para entrar en la intimidad de la vida divina.
Esa revelación se presenta como un acto gratuito, fruto de la generosidad del
Hijo, quien en su condición humana revela los secretos de Dios. La única
condición parece ser esa "pequeñez" o sencillez de la que antes se ha hecho
mención.
   La parte conclusiva es una cálida invitación personal a los cansados y
oprimidos para buscar el descanso, la renovación y el consuelo en Jesús
mismo. ¿Pero de qué tipo de cansancio y opresión se trata? La respuesta
parece venir dada por las palabras que figuran a continuación en el texto.
Veamos por qué. En la tradición del Antiguo Testamento la ley divina se
consideraba como un "yugo" (Cfr Jer 2, 20; Eclo 51,21). La interpretación
rigorista de los fariseos había acentuado su carácter opresor al
desarrollarla en numerosos preceptos imposibles de cumplir para la gente
sencilla. Jesús, identificándose con éstos últimos ("soy humilde y sencillo")
propone otro camino. Se trata de penetrar en el espíritu mismo de la ley y
ver su cumplimiento no tanto como la realización de una exigencia externa,
cuanto la expresión de un corazón que pertenece por entero al Señor. De este
modo, todo aparece más fácil y ligero. Jesús mismo se presenta como modelo
de esa forma de ser ("aprended de mí") que consiste en aceptar con corazón
humilde el amor del Padre y responderle entregando la vida por todos.

"Miró la humildad de su sierva"
   El corazón humilde y sencillo de Jesús se formó en Nazaret, en la casa de
María, la sierva del Señor, y de S. José.
   La primera lectura de este domingo, tomada del profeta Zacarías, nos da
perfectamente la identidad de ese Mesías, a la vez débil y fuerte, sencillo
y humilde que corresponde a las características de quien vivió en Nazaret
durante treinta años.
   El texto de Zacarías comienza con una invitación a la alegría y a la
aclamación a Dios por la llegada del Mesías. Esa alegría y exultación están
motivadas por la intervención salvadora de Dios al final de los tiempos, pero
también porque el Salvador que llega corresponde a la esperanza de los más
humildes.
   El Mesías esperado es presentado como justo y victorioso, pero su figura
no tiene nada de triunfalista. Más adelante el profeta lo presentará bajo la
figura del "pastor golpeado" (11,4-17), de quien ha sido "traspasado", de
alguien por quien se hace luto, como cuando muere el hijo único (12,10-12).
En contraste con otras expectativas, el profeta presenta al Mesías en su
entrada triunfal cabalgando sobre un asno, animal tranquilo y trabajador,
símbolo de la humildad de la vida cotidiana. Pero a pesar de esa actitud
mansa y humilde, ser  ese Mesías quien eliminará las armas de la guerra no
sólo en Jerusalén, sino en todo el territorio de Israel. Con Él llegará la
paz. Y ese es precisamente el motivo del júbilo: el hecho de que Dios cumple
su promesa por medios inesperados y aparentemente inadecuados a la grandeza
del resultado. Así aparece con más claridad que es Él quien salva.
   Esa figura de Mesías es la que Jesús fue "encarnando" y asimilando
progresivamente en el ambiente humilde de Nazaret. Ese trabajo lento de ir
descubriendo como hombre la raíz más auténtica de la esperanza de su pueblo,
fue plasmando su figura y sus actitudes más profundas: ese corazón sencillo
y humilde del que hoy descubrimos la grandeza en el evangelio.
   Sin duda hubiera podido llegar a todo eso en un instante, pero nosotros
sabemos, contemplando el misterio de Nazaret, que el designio de Dios era
otro. Jesús fue creciendo... Y es que las actitudes más profundas del alma
humana exigen irse formando poco a poco, ir impregnándose paulatinamente del
ambiente humano en que se vive para desarrollar las potencialidades la
persona. El tiempo de Nazaret fue decisivo seguramente para la formación de
la personalidad humana de Jesús, para ser alguien capaz de asimilar las
mejores esperanzas de su pueblo, para comprender el cansancio, la aflicción
y la opresión en que vive tanta gente y también para saber cómo el orgullo
puede cerrar el corazón humano para rechazar incluso a Dios y oscurecer la
inteligencia hasta no comprender las cosas más sencillas...
   El corazón humilde de Jesús se forjó en la humildad de Nazaret.

   Te bendecimos, Padre,
   lento a la ira y grande en el amor,
   porque te has manifestado en Jesús,
   el Mesías humilde y pacifico.
   En Él acoges a cuantos están cansados y oprimidos
   y les ofreces la salvación.
   Danos el Espíritu de amor
   que vaya transformando nuestro corazón
   a imagen del de tu Hijo,
   para que en Él aprendamos a conocerte
   y sepamos acoger y confortar de verdad
   a cuantos piden nuestro apoyo.
   Recuérdanos siempre cómo hemos sido nosotros
   acogidos por ti,
   para que no impongamos a los demás cargas
   más pesadas de las que nosotros mismos
   estamos dispuestos a llevar.

El Espíritu da vida
   Aprender a conocer a Jesús, entrar en intimidad con Él, conocer sus
actitudes profundas, no es algo que la inteligencia, el estudio, el dominio
del saber puedan dar por sí solos. "Si uno no tiene el Espíritu de Cristo,
no le pertenece" (Rom. 8, 9). Es el Espíritu Santo, en efecto, que ha sido
dado al cristiano en el bautismo y en la confirmación, quien le guía en esa
tarea constante de conocimiento e identificación con Cristo.
   El primer paso consiste en descubrir cómo nuestra salvación y la de todos
los hombres es fruto de la humildad y de la humillación de Jesús. "Él, a
pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al
contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose
uno de tantos..." (Fil 2,5-7). No es fácil admitir eso; si uno se deja llevar
por la lógica del mundo o de la carne, parece más bien una locura, siguiendo
la expresión de S. Pablo.
   Pero el mismo S. Pablo exhorta a los cristianos a tener los mismos
sentimientos que Cristo y precisamente en ese acto de su abajamiento y
humillación. Tener los mismos sentimientos supone un conocimiento y una
identificación con Cristo que sólo el Padre puede dar por medio del Espíritu
Santo. Es la gran audacia, y al mismo tiempo, el gran privilegio de los que
son humildes.
   Existe un paralelismo entre la actitud de quienes, encerrados en su
propia inteligencia, no saben descubrir los secretos del misterio de Dios y
la existencia "en la carne" de que habla S. Pablo, que rechaza la acción del
Espíritu Santo. El Cristiano está llamado a dejar vivificar toda su
existencia por el soplo del Espíritu Santo y a poner toda su conducta bajo
ese influjo.
   Esa docilidad coincide exactamente con la sencillez evangélica de los
pequeños, que se fían de Dios más que de las propias fuerzas y que quieren
compartir la suerte de Jesús.
Todo ello supone en nosotros un esfuerzo para dejarnos desarmar de nuestras
categoría exclusivamente humanas y de nuestros modos de pensar para entrar
en esa sumisión al Espíritu Santo que llevará nuestro corazón a ser cada vez

más semejante al de Jesús.

sábado, 21 de junio de 2014

Ciclo A - Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo

22 de junio de 2014 - SOLEMNIDAD DEL CUERPO Y SANGRE DE CRISTO – Ciclo A

"EL PAN VIVO"

Deuteronomio 8,2-3. 14b-16a
   Habló Moisés al pueblo y dijo:
   -Recuerda el camino que el Señor tu Dios te ha hecho recorrer estos
cuarenta años por el desierto, para afligirte, para ponerte a prueba y cono-
cer tus intenciones: si guardas sus preceptos o no. El te afligió haciéndote
pasar hambre y después te alimentó con el maná  --que tú no conocías ni cono-
cieron tus padres-- para enseñarte que no sólo de pan vive el hombre, sino
de todo cuanto sale de la boca de Dios. No sea que te olvides del Señor tu
Dios, que te sacó de Egipto, de la esclavitud, que te hizo recorrer aquel
desierto inmenso y terrible, con dragones y alacranes, un sequedal sin una
gota de agua; que sacó agua para ti de une roca de pedernal; que te alimentó
en el desierto con un maná que no conocían tus padres.

I Corintios 10,16-17
   Hermanos: El cáliz de nuestra Acción de Gracias, ¿no nos une a todos en
la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no nos une a todos en el cuerpo
de Cristo?
   El pan es uno, y así nosotros, aunque somos muchos formamos un solo
cuerpo, porque comemos todos del mismo pan.

Juan 6,51-59
   Dijo Jesús a los judíos:
   -Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que come de este pan
vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.
   Disputaban entonces los judíos entre sí:
   -¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?
   Entonces Jesús les dijo:  
   -Os aseguro que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su
sangre no tendréis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre
tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
   Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida.
   El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
   El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el Padre; del mismo modo,
el que me come vivirá por mí.
   Este es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres,
que lo comieron y murieron: el que come este pan vivirá para siempre.
                      
Comentario
   Dentro de la riqueza inmensa de significados que tiene la fiesta de hoy,
la liturgia mediante las lecturas y preces, se fija sobre todo en la pre-
sencia "verdadera" de Cristo en la eucaristía y en la comunión vital con Él
a la que los creyentes están llamados. En los otros ciclos litúrgicos se
insiste más en la eucaristía como memorial de la nueva alianza (ciclo B) y
en los compromisos que implica la comunión de vida con Cristo (ciclo C).
   El texto del evangelio, tomado de la parte final del discurso en la
sinagoga de Cafarnaún, acentúa el significado eucarístico de toda la
explicación dada por Jesús al milagro de la multiplicación de los panes.
   Jesús se presenta como el verdadero pan venido del cielo, en contraste
con el maná que los israelitas habían comido en el desierto. Por eso la
liturgia explicita el primer término de la comparación con la 1ª. lectura,
sacada del Deuteronomio. En ella, cuando ya el pueblo se encontraba bien
afincado en su tierra, el autor sagrado recuerda a sus contemporáneos el
tiempo del desierto: tiempo de prueba y dificultad, pero también tiempo de
fidelidad y de dependencia total (incluso para la comida diaria) de quien
había sacado al pueblo de Egipto. La alternancia prueba-don pone de
manifiesto la pedagogía divina que quiere conocer las profundidades del
corazón humano y al mismo tiempo se ofrece como única alternativa a la
tentación de la tierra.
   En el texto del Nuevo Testamento se dejan de lado muchas conotaciones del
episodio del maná para seleccionar los dos significados que más interesan:
el maná era un alimento perecedero (sólo duraba un día) y quienes lo
comieron, murieron antes de entrar en la tierra prometida.
   Por contraste, Jesús se presenta como el pan vivo y asegura la vida para
siempre a quienes se nutran de Él.
   Lo sorprendente, para quienes escuchaban a Jesús en sentido negativo, y
positivo para quien tiene fe, es que la expresión "dar el pan" se transforma
a lo largo del discurso en "ser el pan". Esto lleva a una interpretación
sacramental de todo el pasaje. De modo que ese nuevo pan vivo puede ser
también comido. El texto original acentúa incluso la materialidad del acto
de comer. En el se saborea el nuevo manjar que es la carne y la sangre del
Hijo del Hombre. La "carne y la sangre" significa la totalidad de la persona
entregada como alimento. Es esa disponibilidad y entrega la que permite a los
comensales entrar en esa comunión profunda con Jesús que les asegura la vida
eterna.
   La 2ª. lectura subraya ulteriormente esa dimensión de comunión que se
produce también con los demás al compartir el mismo pan.

Sacramento y encarnación
   "Lo que era visible en nuestro Salvador, dice S. León Magno, ha pasado a
sus misterios". Y S. Gregorio: "Lo que era visible en Cristo pasó a los
sacramentos de la Iglesia".
   En la historia de la salvación hay una progresión según la cual la
presencia de Dios se hace cada vez más tangible en medio de su pueblo. En esa
línea el punto culminante es la encarnación del Verbo en el seno de la Virgen
María por obra del Espíritu Santo. El Verbo se hace carne, se hace "imagen
visible del Dios invisible" (Col 1,15), "reflejo de su gloria e impronta de
su ser"(Heb 1,3). La venida de Dios en Jesucristo inaugura la etapa
sacramental de la historia de la salvación. Podemos decir, en efecto, que
Jesús es el "sacramento" del Padre. Lo visible es signo de lo invisible, lo
material se convierte en signo de lo espiritual; se abre así un nuevo camino
de acceso a Dios a quien "nadie ha visto jamás" (Jn 1,18).
   Es fundamental el paso de la encarnación para la economía sacramental. Si
bien es cierto que a través de los sacramentos Cristo se hace presente en
virtud de la fuerza salvadora del misterio pascual, la encarnación se
presenta como la condición indispensable y el paso previo para llegar a la
donación sacramental. El paso del signo-cuerpo humano de Jesús al "signo-pan
y vino", como se presenta en el sacramento, representa una continuidad que,
en la oscuridad de la fe, explica de algún modo la dinámica de la acción sal-
vadora de Dios.
   Podemos decir incluso que la presencia de Cristo en los signos
sacramentales de la Iglesia pone de manifiesto la irremediable limitación y
provisionalidad de la encarnación, en cuanto el cuerpo de Jesús estaba
sometido a las mismas coordenadas de tiempo y de lugar que todos los demás.
En comparación con la amplitud de los tiempos, de las generaciones y
generaciones a las que está destinada la salvación, el número de los que
pudieron "ver y tocar" el signo-cuerpo es ciertamente reducido, casi
insignificante. Por esto, de algún modo, la encarnación reclamaba una forma
de presencia que rompiera los límites del espacio y del tiempo permaneciendo
inmutable la estructura sacramental. Es lo que se realiza en todos los sacra-
mentos y de modo especial en la eucaristía.
   La meditación de la encarnación nos ayuda así a dar el paso de la fe que
requiere toda sacramentalidad. Así como en el hombre Jesús de Nazaret vemos
la presencia de Cristo Hijo de Dios, del mismo modo en la humildad del pan,
del vino, del aceite y de los demás signos hemos de ver su misma presencia
actuante y salvadora. La fe debe llevarnos a exclamar con el apóstol: "Es el
Señor" (Jn 21,7).

   Señor Jesús, que te has hecho hombre y te has hecho pan,
   queremos, con la fuerza del Espíritu Santo,
   saber acogerte en nuestra vida
   para que se despliegue toda la vitalidad
   que has puesto en el sacramento.
   Comiendo tu carne y bebiendo tu sangre
   queremos asimilar tu forma de vida
   para que la nuestra se vaya transformado
   a la luz del evangelio
   de manera que, reunidos en la misma mesa,
   estemos también unidos en la vida
   y caminemos con todos los hombres
   hacia el banquete del Reino.

Vivir el sacramento
   Participar en la Eucaristía significa en primer lugar hacer memoria de un
pasado, el pasado de las maravillas de Dios que culminan en la muerte y
resurrección de Cristo. Ser conscientes de esa dimensión histórica comporta
una gran confianza, pues la eficacia del sacramento está garantizada por el
misterio pascual que ya se ha cumplido y con el que entramos en comunión por
la acción del Espíritu Santo en la Iglesia. Nuestra vida cristiana se
presenta así como una progresiva incorporación al Cristo viviente y operante
a través de los siglos.
   Vivir el sacramento implica el "comer" y el "beber", es decir, realizar
los actos concretos que comporta la acción sacramental, la cual necesita de
la colaboración humana para llegar a su término. Y estos gestos no se cumplen
en solitario, sino en solidaridad con quienes comparten la misma fe.
   La donación de Cristo que se hizo posible gracias a la encarnación y la
institución del sacramento, es también el camino indicado para que el signo
se cumpla en el creyente. Movido por la fuerza del Espíritu, debe encontrar
el modo concreto de "dejarse comer" en la celebración y en la vida para poder
hacerse de Cristo y de todos.
   El papel del Espíritu Santo en la encarnación y en la eucaristía como
creador de vida y de comunión, debería llevarnos a ponernos a su disposición
para que realice la transformación que nuestra vida necesita y para que así
el sacramento produzca su efecto para gloria de Dios Padre.
   Viviendo así repetidamente el signo sacramental, aprenderemos a vivir los
otros signos de la presencia de Cristo y de la acción del Espíritu Santo en
nuestra vida y en nuestra historia. Todos esos signos nos llevarán a su

manera a la eucaristía, de mismo modo que ésta afinará nuestra percepción y
nos dará nuevas fuerzas para entrar en ellos y transformar el mundo.

sábado, 14 de junio de 2014

Ciclo A - Santísima Trinidad

15 de junio de 2014 - SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD - Ciclo A

                         "Tanto amó Dios al mundo"

Exodo 34,4b-6. 8-9
   En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había
mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra.
   El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el
nombre del Señor.
   El Señor pasó ante él proclamando:
   -El Señor es un Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en
clemencia y lealtad.
   Moisés al momento se inclinó y se echó por tierra.
   Y le dijo:
   -Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque este es
un pueblo de cerviz dura; perdona, nuestras culpas y pecados y tómanos como
heredad tuya.

II Corintios 13,11-13
   Hermanos: Alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un
mismo sentir y vivid en paz.
   Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros. Saludaos mutuamente
con el beso santo.
   Os saludan todos los fieles.
   La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del
Espíritu Santo esté siempre con vosotros.

Juan 3,16-18
   En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo:
   -Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca
ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no
mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se
salve por Él. El que cree en Él, no será condenado; el que no cree, ya está
condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.

Comentario  
   La Iglesia nos conduce a lo largo del año litúrgico a acoger el designio
salvífico del Padre, a entrar en comunión con Cristo y a dejarnos transformar
progresivamente por el Espíritu Santo. Son tres aspectos de la misma
realidad. En la solemnidad de la Santísima Trinidad somos invitados a un
esfuerzo de unificación de nuestra vida cristiana penetrando en la
contemplación de la vida misma de Dios, origen y meta de la iniciativa de la
salvación, de la redención, de la santificación.
   Un primer paso podemos darlo con la lectura del Exodo. El cap. 34 nos
sitúa en el acontecimiento de la teofanía del Sinaí. A pesar de la
infidelidad del pueblo de Israel, Dios no renuncia a su proyecto de salvación
y amor, y se manifiesta nuevamente a Moisés. En esta ocasión proclama ante
él su nombre propio YHWH (Yahvé), que previamente le había revelado (Ex 3,13-15).
Pero ahora da un paso más en el camino de la revelación con un gesto y con
una palabra. El gesto es el de acercarse y quedarse con Moisés ("El Señor
bajó de la nube y se quedó allí con él" (Ex 34,5). Y la palabra expresa los
atributos más característicos de su vida íntima: la bondad y la misericordia,
la clemencia y la lealtad.
   Si en el Antiguo Testamento Dios se revela como un ser personal, con
quien, como hace Moisés, se puede tratar (aun desde el respeto sumo y la
adoración), en el Nuevo Testamento se manifiesta en la pluralidad de las
personas, descubriéndonos las relaciones que existen entre ellas y con
nosotros. A esto apunta el texto trinitario que leemos hoy en la segunda
lectura. Su parte final, convertida actualmente en saludo litúrgico, señala
bien ese aspecto tripersonal de la vida de Dios y sus relaciones con nosotros
a la vez unitarias y diferenciadas "la gracia de Jesucristo", "el amor de
Dios", "la comunión del Espíritu Santo" (1Co 13,13).
   La invitación sucesiva a penetrar en la vida misma de Dios nos viene del
Evangelio. Para entender plenamente el breve pasaje que leemos, habría que
tener en cuenta toda la conversación de Jesús con Nicodemo. Queda, sin
embargo, bien clara la idea de fondo: el amor de Dios, que constituye lo más
profundo de su ser, se revela definitivamente en la entrega del Hijo para que
el mundo se salve. El don del Hijo, más que ninguna otra palabra, pone de
relieve el entendimiento total entre las personas divinas, su mutua
implicación en el ser y en el actuar y la irrevocabilidad de la salvación
concedida al hombre de una vez para siempre. Esa posibilidad de salvación,
ofrecida por el Espíritu Santo a cada hombre en el tiempo, señala el
compromiso de Dios con este mundo, que es obra suya pero que está marcado
también por el pecado del hombre.

La Trinidad
   Hablar de Dios como Trinidad de personas en comunión de ser, de vida, de
acción, nos lleva también directamente al corazón del misterio de Nazaret.
   La reflexión de la Iglesia sobre la Trinidad divina ha seguido, sobre
todo en Occidente, el método llamado psicológico. Se basa en la observación
de la persona humana en su aspecto más espiritual, para establecer, por
analogía y a partir de los datos de la revelación, cómo es Dios. Ese método
tiene como fundamento el hecho de que el hombre ha sido creado "a imagen de
Dios"; por lo tanto, a partir de la "imagen" podemos acceder a la realidad.
Fue S. Agustín en el tratado De Trinitate quien elaboró ese método para
integrar, en una explicación coherente, los datos del evangelio. Según él,
la actividad humana del conocimiento, que elabora un concepto y se expresa
en una palabra, es la que mejor idea puede darnos, por analogía, del origen
del Verbo en Dios. Por otra parte, el acto del amor humano es lo que más se
asemeja al modo de ser del Espíritu Santo.
   Aunque de atribución dudosa, un texto de S. Gregorio de Nyssa explica de
modo gráfico el modo de proceder del método psicológico: "Si quieres conocer
a Dios, conócete antes a ti mismo. Por la comprensión de tu ser, por su
estructura, por lo que hay dentro de ti, podrás conocer a Dios. Entra en ti
mismo, mira en tu alma como en un espejo, descifra su estructura y te verás
a ti mismo como imagen y semejanza de Dios".
   La gran autoridad doctrinal de S. Agustín influyó en toda la teología
medieval y escolástica sobre la Trinidad, la cual fue afinando cada vez más
los conceptos y las palabras para expresar sutilmente ese gran misterio.
   La tradición de las Iglesias orientales adopta otro punto de vista. Para
ella, el punto de partida es la pluralidad de las personas, vistas en su
distinción y relaciones mutuas, como las presenta la Biblia. De ahí se pasa
a la consideración de la unidad divina. Y desde esa posición se critica a la
teología latina de pretender racionalizar demasiado el misterio.
   Existen, sin embargo, posibilidades reales de diálogo y entendimiento
entre las dos formas de ver el mismo misterio. A título de ejemplo recogemos
unas palabras de S. Gregorio Nazianceno que resta importancia a la diversidad
de puntos de vista: "Apenas empiezo a pensar en la Unidad, la Trinidad me
ilumina con esplendor. Apenas empiezo a pensar en la Trinidad, la Unidad se
apodera de mi".
   Al método psicológico se le han hecho muchas críticas, sobre todo en
tiempos recientes; pero lo cierto es que no se han elaborado suficientemente
otros, como pudiera ser uno de corte sociológico que tomara en consideración
más que la estructura y funciones del individuo, las relaciones de las
personas entre sí, teniendo siempre presente la incapacidad del lenguaje
humano para hablar del misterio.
   En esta última vía, sin duda el núcleo familiar ofrecería las mejores
posibilidades de reflejar de algún modo lo más profundo de la vida divina.
Es de suponer que una teología de ese estilo pudiera también iluminar mejor
la relación existente entre la Sagrada Familia y el misterio de la Trinidad.

   Dios Padre bueno, que has roto el silencio
   que separaba al hombre de ti
   y le has tendido tus manos con misericordia;
   Dios que en Jesús te has hecho hombre,
   hijo y compañero de camino
   hasta dar la vida por nosotros;
   Dios Espíritu Santo, que haces presente la fuerza salvadora
   del misterio de Cristo en todos los tiempos,
   en todos los lugares y situaciones,
   reúne a todos los pueblos en una sola familia
   que invoque a Dios como Padre,
   por medio de Jesús, el Señor,
   y construya en este mundo una casa habitable,
   a imagen de la del cielo.

Vida
   La Palabra de Dios en la solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita
más que a un esfuerzo intelectual para penetrar el significado del dogma, a
entrar en comunión con el misterio. Misterio que se desvela y se realiza en
la historia y es la fuente de nuestra salvación.
   La experiencia cristiana auténtica, cuando va madurando, se hace cada vez
más trinitaria. Por eso hemos de preguntarnos cómo va creciendo en nuestra
vida la relación personal con Dios que se nos ha comunicado en Jesús y se nos
hace presente por medio del Espíritu Santo. Veamos ante todo si se trata de
una relación entre personas, donde a pesar de la distancia infinita hay dos
sujetos activos, Dios y yo, dos conciencias despiertas, dos presencias
recíprocas, dos vidas que se entrecruzan, se condicionan, se comparten, se
aman...
   Tendríamos que dar luego un nuevo paso para ver como va madurando nuestra
experiencia de relación con un Dios que es pluripersonal. Será bueno
comprobar si nuestro acceso a Dios en la oración va siendo efectivamente cada
vez más, como la Iglesia nos educa en la liturgia, por medio de Jesucristo,
en el Espíritu Santo. Constatemos también si nuestra conciencia de ser
habitados por la Trinidad se va haciendo cada vez más clara hasta establecer
una reciprocidad y habitar nosotros mismos la Trinidad como nuestra casa.
   La relación con la Trinidad, cuando es verdadera, devuelve al cristiano
su auténtica imagen de persona. A fuerza de mirarse en la Trinidad, se
comprende cada vez mejor a sí mismo en sus dimensiones más profundas. Puede
comprobar así cómo la medida de su madurez coincide con la de su amor a los
otros y con la generosidad del don que hace de su propia vida.
   Se cumple de este modo el ciclo de toda vida cristiana que consiste en
acoger el amor como don de Dios y entregarlo nuevamente a los demás para que
crezca y se multiplique, siendo así "alabanza de la gloria de su gracia" (Ef

1,3-6).