sábado, 2 de agosto de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XVIII

3 de agosto de 2014 - XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A
                                    
"Partió los panes y se los dio a los discípulos"

-Is 55,1-3
-Sal 144
-Rom 8,35. 37-39

Mateo 14,13-21 
   Al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marcha de allí en
barca a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por
tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús al gentío, le dio lástima
y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a
decirle:
   -Estamos en despoblado y es muy tarde; despide a la multitud para que
vayan a las aldeas y se compren de comer.
   Jesús les replicó:
   -No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.
   Ellos le replicaron:
   -Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.
   Les dijo:
   -Traédmelos.
   Mandó a la gente que se recostara en la hierba, y, tomando los cinco
panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición,
partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron
a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos
llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y
niños.

Comentario
   Al discurso de las parábolas sigue en el evangelio de Mateo una sección
narrativa de la que forma parte el milagro de la multiplicación de los panes
que leemos en este domingo. El hecho es narrado por todos los evangelistas
y, si nos atenemos a la opinión de la mayoría de los comentaristas actuales,
Mateo, siguiendo a Marcos, narra dos veces el mismo acontecimiento. En todos
los relatos evangélicos el sentido global del milagro es el mismo, pero cada
uno de ellos presenta algunas particularidades que nos ayudan a penetrar con
mayor profundidad en el mensaje de la Palabra de Dios.
   Mateo sigue, en general, la narración del episodio hecha por Marcos. Nos
fijaremos, pues, más bien en las particularidades que ofrece.
   Mateo ofrece una explicación al hecho de que Jesús estuviera en lugares
poco frecuentados o desérticos: la reciente muerte violenta del Bautista,
cuyas consecuencias podían ser negativas también para Él. Aun así, "la
multitud lo seguía", anota sólo Mateo. Aparece así más destacada la figura
de Jesús como guía del pueblo que, a través del desierto, lo lleva al
banquete de la nueva alianza. Ser Él, en efecto quien dará el verdadero
maná. Aquí puede oírse la resonancia de la 1ª. lectura.
   Tenemos tres detalles en la narración de Mateo que acentúan la dimensión
eucarística del milagro. El primero se refiere al momento en que se produce:
"al caer de la tarde". Es la misma expresión empleada por el evangelista en
la última cena de Jesús con sus discípulos (Cfr. 26,20). Por otro lado,
cuando los discípulos ponen a disposición del maestro lo poco que tienen para
tantos, el evangelista concreta exactamente que se trata de cinco panes y dos
peces. Pero cuando se trata de distribuirlos a la gente, en Mateo sólo se
habla de los panes. ¿Omisión involuntaria o subrayado del elemento empleado
también en la eucaristía? Pero evidentemente es sobre todo la coincidencia
de los gestos de Jesús (bendecir, romper y distribuir) lo que más hace
entrever la dimensión eucarística. Los otros detalles ayudan también.
   Cabe igualmente destacar cómo es distinta la actitud de Mateo y la de
Marcos cuando se trata de describir el papel de los discípulos de Jesús en
el acontecimiento. Marcos subraya la incomprensión y desconfianza (Mc 6,37),
mientras que en Mateo se cuenta con ellos para la realización del gesto
milagroso. Quizá se dé a entender así a qué funciones eclesiales estaban
llamados...
   En la lectura litúrgica del milagro los otros dos textos de la misa
amplían el sentido de don gratuito que tiene la multiplicación del pan y la
abundancia de los bienes de la salvación (1ª. lectura); como también la
liberalidad y consistencia del amor de Dios manifestado en Cristo, al que
ninguna otra potencia ni dificultad puede vencer (2ª. lectura).
   La insistencia en la perennidad de la alianza ofrecida por Dios habla ya
bien claramente de ese amor inquebrantable que Dios tiene al hombre y que se
ha manifestado en Jesús.

Nazaret
   El misterio de Nazaret consiste esencialmente en la presencia humana del
Hijo de Dios durante años en el seno de una familia. Su presencia viva,
tangible, cotidiana es el centro de la experiencia humana y espiritual de
María y de José, quienes constituyen en torno a Él una comunidad de fe. Esta
comunidad que vive a diario la presencia de Jesús y lo tiene como punto de
referencia de su ser y de su actuar es ya esa comunidad mesiánica de gente
humilde que lo seguirá y creerá en Él durante su vida pública y por lo tanto
la imagen más cercana a esa otra comunidad que llamamos Iglesia.
   La comunidad de Nazaret, que vive de forma inmediata la presencia de
Jesús, nos ayuda a entender la comunidad en la que el evangelio se hace
palabra escrita, mensaje de salvación para todas las generaciones. Hay un
rasgo que une, como un hilo de oro, la comunidad cristiana a la que se dirige
Mateo en su evangelio y la familia de Nazaret: es la estima por la presencia
del Señor. El evangelio de Mateo se cierra con estas palabras: "Mirad que yo
estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo"(28,28). Ese "cada día"
realizado en el signo sacramental y en los otros signos de la presencia de
Cristo resucitado, esta muy cercano a la cotidianidad de la experiencia de
Nazaret.
   Y es esa experiencia de la presencia del Señor la que, creemos nosotros,
lleva a la comunidad de Mateo a ver en la narración del milagro de la
multiplicación de los panes un anuncio más o menos explícito de esa otra
multiplicación que se produce en la "fracción del pan", en la eucaristía. De
esa forma la narración del milagro no es la simple crónica de un hecho más
o menos maravilloso en la vida de Jesús, sino que se carga de un significado
nuevo y vivo para la Iglesia de todos los tiempos y para cualquier comunidad
cristiana.
   La meditación de la experiencia de Nazaret nos permite así entrar en el
corazón mismo del misterio cristiano subrayando un rasgo que es esencial para
la Iglesia y para toda comunidad cristiana. El Vaticano II, hablando de los
religiosos, se expresa así: "La comunidad, como verdadera familia, reunida
en nombre del Señor, goza de su divina presencia (Mt 18,20) por la caridad
que el Espíritu Santo difunde en los corazones (Rom 5,5)". P.C. 15.
   Y en un texto de alcance más universal: "Este pueblo mesiánico tiene por
cabeza a Cristo "que fue entregado por nuestros pecados" y resucitó por
nuestra salvación" (Rom 4,25), y habiendo conseguido un nombre que está sobre
todo nombre, reina ahora gloriosamente en los cielos. Tiene por condición la
dignidad y libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el
Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como
el mismo Cristo nos amó (Cfr. Jn 13,34). Tiene por último como fin la dilata-
ción del Reino de Dios... "(L.G. 9).

   Señor Jesús, que dándote totalmente a nosotros
   nos has mostrado de forma patente el amor de Dios,
   queremos cantar la victoria de ese amor
   eterno, pleno, transfigurado,
   a pesar de las dificultades y limitaciones,
   en medio de las cuales estamos viviendo.
   Confiamos en la fuerza del Espíritu Santo
   que continúa construyendo la Iglesia entorno a ti
   y nos da la certeza de que el amor del Padre
   dura siempre.
   Queremos renovar constantemente
   la experiencia de comunión
   con Dios y con los hombres
   que tú nos propones cada día en la eucaristía.

Comunión
   Si meditamos con atención el evangelio de este domingo, vemos que a
través de él se desarrollan dos secuencias lógicas que se oponen radicalmente
y entre las que se mueve también muchas veces nuestra vida.
   Una es la interpretación de los hechos que dan los discípulos de Jesús y
la solución que proponen: hay mucha gente, el lugar es desértico, se hace
tarde... luego lo mejor es la dispersión de la multitud y que cada uno trate
de solucionar el problema de la subsistencia como pueda...
   Totalmente distinto es lo que propone Jesús: reunir la gente, decirle que
se siente y darle de comer...
   La solución imaginada por los discípulos es realista y de una
racionalidad impecable, pero tiende hacia la disgregación, hacia la
insolidaridad, lleva a que cada uno se refugie en su esfera privada... Lo que
Jesús propone, por el contrario, promueve de inmediato la participación y la
comunión.
   La exégesis racionalista ha querido a veces explicar todo el contenido de
este pasaje del evangelio a base de ese mecanismo de tipo social. El milagro
consistiría únicamente en repartir bien lo que el grupo tiene porque ha
sabido encontrar a alguien que sabe estimular el dinamismo de la solidaridad.
Pero el dato evangélico desautoriza esas interpretaciones: "Solo tenemos
cinco panes y dos peces... Comieron unos cinco mil hombres...".
   Jesús no es sólo, como José en Egipto, un buen administrador de lo que la
naturaleza produce. Su acción encierra un misterio que va más allá del saber
distribuir bien o de saber organizar a la gente. Pero no por eso es menos
cierto que el milagro viene a confirmar y, por así decirlo, a ratificar el
movimiento de comunión que las palabras y los gestos de Jesús habían
suscitado. Se constituye así el grupo inmenso de "los que habían comido".
   El evangelio de Juan (cap. 6) explica, sin embargo, la fragilidad de ese
grupo que se consideró ya saciado por haber comido el pan material una sola

vez y no supo buscar el otro tipo de alimento que Jesús ofrecía también.

sábado, 26 de julio de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XVII

27 de julio de 2014 - XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

"El Reino de los cielos es semejante a..."

-1Re 3,5. 7-12
-Sal 118
-Rom 8,28-30

Mateo 13,44-52
   Dijo Jesús a la gente:
   -El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el
que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va, vende todo
lo que tiene y compra el campo. El Reino de los cielos se parece también a
un comerciante en perlas finas, que, al encontrar una de gran valor, se va
a vender todo lo que tiene y la compra. El Reino de los cielos se parece tam-
bién a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces; cuando está 
llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y
los malos los tiran.
   Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a
los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto
y el rechinar de dientes: ¿Entendéis bien todo esto?
   Ellos contestaron:
   -Sí.
   Él les dijo:
   -Ya veis, un letrado que entiende del Reino de los cielos es como un
padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.

Comentario
   Como introducción al mensaje evangélico, la liturgia nos presenta la
sabiduría de Salomón. Su capacidad de discernir el verdadero valor, que para
él consistía en saber gobernar a su pueblo, es ampliamente elogiado por el
autor sagrado. Dejando de lado riquezas y honores, sabe pedir en su oración
lo que realmente le conviene y su oración es escuchada. El mismo libro de los
Reyes muestra posteriormente cómo le fueron concedidas también la riqueza y
los honores, a pesar de su infidelidad. Lo que importa es tener un corazón
sabio e inteligente, como Salomón desea. En eso está verdaderamente el mejor
tesoro.
   El capítulo de las parábolas del Reino se cierra en el evangelio de Mateo
con tres comparaciones brevísimas que leemos en este domingo.
   Las dos primeras, la del tesoro y la del mercader de perlas, son casi
paralelas. En ambas se subraya la capacidad del protagonista para descubrir
un bien que está por encima de los demás y su prontitud para dejar todo y
obtener lo que más estima. Queda así claro cuál es la actitud que el
discípulo de Jesús debe adoptar frente al anuncio del Reino. Ante el gran
tesoro del Reino que Dios ofrece gratuitamente en Jesús, no queda más remedio
que acogerlo y valorarlo por encima de todas las demás cosas.
   Cada una de estas dos parábolas, a pesar de su significado fun-
damentalmente idéntico, acentúa un aspecto que conviene destacar. En la del
tesoro encontrado en el campo, se subraya la alegría del afortunado. La
alegría es uno de los signos más claros de todo discernimiento bien hecho,
de quien ha sabido elegir bien. En la segunda parábola se destaca la
sagacidad del comerciante capaz de distinguir, entre muchas perlas, la que
vale más que entre todas las demás. Sólo una larga experiencia en el oficio
permite llegar a un juicio tan certero.
   La parábola de la red parece tener el mismo sentido que la de la cizaña,
ya comentada el domingo pasado. Aquí, sin embargo los elementos de la
comparación quedan reducidos a lo esencial: la distinción entre peces buenos
y malos, y la distinción entre los dos tiempos, el de la pesca en el presente
y el de la selección, que se hará en el futuro. Esa esencialidad contribuye
a destacar la distinción entre unos y otros: no caben situaciones
intermedias.
   La conclusión del discurso de las parábolas es también altamente
significativa. A lo largo de la exposición de estas narraciones, el
evangelista ha ido intercalando varios pasajes en los que da las razones de
este modo de presentar el mensaje que Jesús practicaba, como también la
explicación de algunas de las parábolas. En la conclusión se insiste sobre
la necesidad del "comprender". Es necesario comprender no sólo ese modo de
transmitir el mensaje, sino el contenido del mismo. Jesús lo subraya con el
ejemplo del escriba capaz de integrar lo nuevo y lo antiguo. Parece ser el
ideal de quien, habiendo dado cabida a la novedad del Reino, es capaz de
conservar los valores de la antigua alianza. Ese es también un tipo de
sabiduría nada despreciable.

"Lo esconde de nuevo"
   No es buen método de interpretación el buscar un significado a cada uno
de los detalles de las parábolas. Estas tienen un sentido unitario que se
capta en la fuerza del témino de comparación: la figura, la imagen, el
comportamiento recogido en la experiencia de la vida corriente que revela la
verdad de orden espiritual.
   Si se destaca un detalle, hay que saberlo integrar en el sentido global
de la parábola mostrando cómo ilumina su contenido desde un ángulo
particular. Es lo que pretendemos hacer leyendo la experiencia de Nazaret a
la luz de ese detalle destacado en el título, que forma parte de la parábola
del campo en la que se encuentra el tesoro.
   El texto dice que el hombre que encuentra el tesoro "lo esconde de
nuevo". Se distinguen así tres momentos en el tiempo de la narración de la
parábola: el descubrimiento del tesoro, el momento más o menos largo en que
el tesoro ya descubierto permanece nuevamente escondido bajo tierra y la
plena posesión del mismo. Sólo en este último momento el tesoro puede ser
mostrado sin temor puesto que el campo pertenece ya plenamente a quien
descubrió su riqueza.
   Si vemos en el tesoro, como nos enseña el evangelio, no tal o cual valor
de la vida ni tampoco el Reino de Dios como un dominio abstracto de Dios
sobre el mundo, sino que lo identificamos con Jesús mismo, entonces podemos
decir que el segundo momento del que hablábamos, en que el tesoro es ya
conocido pero ha sido escondido de nuevo, coincide con el tiempo de Nazaret.
   Después de la revelación inicial a María y a José, y a algunos otros "que
esperaban la redención de Israel", por mucho tiempo aún el tesoro estuvo
escondido. El misterio de Cristo, "que no había sido comunicado a los hombres
en los tiempos antiguos" (Ef 3,3), permaneció también oculto durante un largo
período después de haber sido inicialmente revelado.
   Los primeros que lo descubrieron, vivieron esa "alegría" desbordante y
esperanzada de quien sabe que un día el tesoro les pertenecerá 
definitivamente porque están dispuestos a dejarlo todo por él. Además saben
que será puesto a disposición de todos para que todos los que quieran, puedan
beneficiarse de él. Es lo que María canta en el Magníficat: "Su misericordia
llega a sus fieles de generación en generación".
   Esa alegría del hombre de la parábola que sabe que el tesoro est  allí y
que puede ser de él para siempre, esa alegría no exenta de preocupaciones,
pero que pone alas a la esperanza y lleva a dejarlo todo, sin mirar cuánto
vale, porque sabe que lo que esconde la tierra vale más, es la misma que se
vivió en Nazaret durante mucho tiempo.

   Te bendecimos, Padre, porque en Cristo
   nos has dado el conocimiento y la verdad.
   Él es el tesoro por el que vale la pena dejarlo todo.
   Te pedimos la gracia del Espíritu Santo,
   que abra nuestro corazón a la verdadera sabiduría,
   para saber encontrar el tesoro de nuestra vida
   y esconderlo de nuevo
   hasta que sepamos darlo todo
   para poseerlo definitivamente.  

Discernimiento
   La atención sobre uno mismo y sobre la situación que le rodea para captar
lo que verdaderamente vale, "lo bueno, lo perfecto, lo que agrada a Dios"
(Roma 12,2), es una de las dimensiones fundamentales del vivir cristiano. A
ella parece invitarnos de forma insistente el mensaje de la Palabra de Dios.
   Existe un primer y fundamental discernimiento que consiste en descubrir
en Jesús la llegada del Reino de Dios, como algo absoluto y superior a todo
lo demás. Pero a ese descubrimiento inicial debe seguir una actitud concreta
de discernimiento en la vida de cada día para ir viendo en cada caso lo que
es conforme con ese valor primero. En esa confrontación es donde se juega la
bondad o maldad de cada "pez" que es pescado en nuestra vida. De manera que
el discernimiento final, el que se hace en un futuro que está más allá del
tiempo, no hará  más que manifestar de forma definitiva lo que han sido
nuestras opciones presentes.
   El cap. 8º de la carta a los Romanos, que venimos leyendo todos estos
domingos, constituye en el fondo una gran llamada a someter toda nuestra
existencia al influjo del Espíritu Santo, el cual nos llevará a identificar
nuestra vida con Cristo. "Él es para nosotros sabiduría, justicia y
redención" (1Co 1,30 ) tal es el designio que el Padre ha "pensado" desde
siempre para todos los hombres: "Que lleguemos a ser, según la imagen de su
Hijo" (Roma 8,29).
   Este don y esta promesa deben espolear cada día nuestra atención para
buscar con verdadero empeño dónde esta la verdad. Es más, la alegría de haber
descubierto el verdadero tesoro, pone en la balanza que tenemos en nuestras
manos el contrapeso que nos indica constantemente el valor que tienen las
demás cosas. No podemos perder de vista esa perspectiva si queremos juzgar
las situaciones y los acontecimientos con sabiduría y en conformidad con lo
que un día se descubrirá.
   Vivir en esa actitud de atención y de fidelidad constante es una gracia

grande que el Señor no niega a quienes quieren ser suyos y seguirlo.

sábado, 19 de julio de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XVI

20 de julio de 2014 - XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

"Les hablaré en parábolas"

-Sab 12,13. 16-19
-Sal 86
-Rom 8,26-27

Mateo 13,24-43
   Jesús propuso esta parábola a la gente:
   -El Reino de los cielos se parece a un hombre que sembró buena semilla en
su campo; pero, mientras la gente dormía un enemigo fue y sembró cizaña en
medio del trigo y se marchó. Cuando empezaba a verdear y se formaba la
espiga, apareció también la cizaña. Entonces fueron los criados a decirle al
amo:
   -¿Señor, no sembraste buena semilla en tu campo? ¿De dónde sale la
cizaña?
   Él les dijo:
   -Un enemigo lo ha hecho.
   Los criados le preguntaron:
   -¿Quieres que vayamos a arrancarla?
   Pero Él les respondió:
   -No, que podríais arrancar también el trigo. Dejadlos crecer juntos hasta
la siega, y cuando llegue la siega diré a los segadores: Arrancad primero la
cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y el trigo almacenadlo en mi
granero.
   Les propuso esta otra parábola:
   -El Reino de los cielos se parece a un grano de mostaza que uno siembra
en su huerta; aunque es la más pequeña de las semillas, cuando crece es más
alta que las hortalizas; se hace un arbusto más alto que las hortalizas y
vienen los pájaros a anidar en sus ramas.
   Les dijo otra parábola:
   -El Reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con
tres medidas de harina, y basta para que todo fermente. Jesús expuso todo
esto a la gente en parábolas, y sin parábolas no les exponía nada. Así se
cumplió el oráculo del profeta: "Abriré mi boca diciendo parábolas; anunciaré
lo secreto desde la fundación del mundo". Luego dejó a la gente y se fue a
casa. Los discípulos se le acercaron a decirle:
   -Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.
   Él les contestó:
   -El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; el campo es el
mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los
partidarios del Maligno; el enemigo que la siembra es el diablo; la cosecha
es el fin del tiempo, y los segadores los Ángeles. Lo mismo que se arranca
la cizaña y se quema, así será al fin del tiempo: el Hijo del hombre enviará
a sus Ángeles y arrancarán de su Reino a todos los corruptores y malvados y
los arrojarán en el horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de
dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el Reino de su Padre.
El que tenga oídos, que oiga.

Comentario
   La liturgia de la palabra se abre en este domingo con una reflexión sobre
la paciencia de Dios. El Libro de la Sabiduría, repasando los principales
acontecimientos de la historia de Israel, descubre que Dios ha actuado
siempre con moderación. En el caso concreto de que se ocupa el texto, cuando
los israelitas entraron en la tierra prometida, Dios no exterminó a todos los
pueblos que la poblaban, sino que les ofreció la posibilidad de convertirse.
Este modo de proceder de Dios fue siempre para el pueblo elegido un motivo
de reflexión, cuando no de escándalo.
   Ese preludio veterotestamentario introduce de lleno en el tema central de
la parábola evangélica del trigo y la cizaña, que examinamos a continuación.
   El punto clave de la parábola está en el contraste de pareceres entre el
amo del campo y sus siervos. Estos pretenden poner un remedio inmediato a la
situación desastrosa en que se encuentra el campo por causa de la
intervención del enemigo. El dueño por su parte impone una solución tolerante
que respeta el crecimiento de cada planta y remite al futuro la sentencia
definitiva. En ese modo de actuar se distinguen perfectamente dos tiempos:
el de la paciencia y respeto y el del juicio inapelable. El primero refleja
la situación actual, el segundo se dar  al fin del mundo. Entre ambos tiempos
se juega el crecimiento del Reino de Dios en este mundo.
   La parábola ilumina así, ante todo, la misión de Jesús y su condición
mesiánica. En contraste con las expectativas de muchos, entre los que se
puede contar incluso Juan Bautista, que esperaban un Mesías juez escatológico
para que pronunciara el juicio definitivo de Dios sobre la historia, Jesús
asume una actitud muy diferente. Anuncia la buena nueva y constata cómo,
ofreciendo la salvación de Dios a los pecadores y teniendo paciencia con
ellos, se van abriendo a la misericordia, se convierten y cambian de vida.
No es, pues, el caso de precipitarlo todo pretendiendo abreviar el tiempo de
la misericordia de Dios. Además ello daría una falsa imagen del mismo, que
es justo sí y castiga las faltas hasta la cuarta generación, pero es sobre
todo clemente y misericordioso y tiene paciencia hasta mil generaciones.
"Lento a la ira y lleno de amor" (Salmo).
   La interpretación de la parábola que, según el evangelista, Jesús ofrece
a sus discípulos, de forma privada ya en casa, quizá sea, como en el caso de
la del sembrador, más bien la aplicación que habitualmente hacía de la misma,
la primera comunidad cristiana. Sea como fuere, se nota un desplazamiento del
acento desde la comprensión de la misión mesiánica de Jesús hacia el destino
final que espera a buenos y malos en el juicio de Dios. Desde esa posición
la llamada a la conversión en el tiempo de la Iglesia se hacía más
apremiante.

La semilla y la levadura
   La mirada nazarena al texto evangélico nos hace hoy considerar con mayor
atención las dos pequeñas parábolas que siguen a la de la cizaña. También
ellas revelan una dimensión importante del Reino de Dios.
   Estas dos parábolas pretenden también corregir la falsa idea de que el
Reino de Dios tiene que instaurarse entre los hombres con gran potencia
externa o de manera precipitada. De rechazo esa concepciones falsean la
imagen del Mesías que anuncia ese Reino y el significado de su obra.
   La clave de interpretación de ambas parábolas se cifra en el contraste
pequeño-grande. Pequeño es el grano de mostaza, "la más pequeña de todas las
semillas", y poca es la levadura que usa la mujer para hacer el pan. Grande
es el árbol capaz de cobijar a muchos pájaros y grande es la masa fermentada
en comparación con la cantidad de levadura.
   Ambas parábolas reflejan de modo admirable el maravilloso modo de actuar
de Dios que lleva a cabo su plan con medios aparentemente desproporcionados
a su fin. Es lo que María canta en el Magníficat ya en los albores de la
salvación traída por Cristo.
   Estas parábolas nos hablan también, en la concisión de la imagen, de la
experiencia humana de Jesús. Él veía cómo en su persona, a pesar de los
orígenes humildes (y aquí podemos incluir todo el período de su vida
escondida en Nazaret) iba tomando cuerpo una realidad maravillosa. Hasta el
anuncio de la buena nueva poco se veía, pero él sabía y notaba que aquello
podía tomar proporciones insospechadas. Bastaba dejarlo crecer...
   Él había visto cómo el anuncio de la buena nueva salvadora parecía ser
cosa de poco, pero puesta en un corazón que la acoge con buena voluntad, es
capaz de transformar la vida entera. Lo había visto en los discípulos que lo
seguían, en los pecadores que se convertían, en la gente que aceptaba su
Palabra... No se trataba, pues, de impacientarse y arrebatar la cosecha. Él
había sabido esperar mucho tiempo hasta empezar a sembrar el anuncio del
Reino, tenía que saber esperar ahora a que la semilla germine, crezca, madure
y dé fruto. Esa esperanza no podía dejar lugar a que la desilusión hiciera
mella en su corazón, sino más bien impulsarlo a darlo todo, incluso la propia
vida, para que la obra de Dios que había comenzado, llegara a cumplirse del
todo.
   La parábola de la levadura, que pone de relieve el dinamismo del Reino de
Dios en la oscuridad y el silencio, cuando aún no se ve ningún resultado,
valoriza de forma significativa el silencio de Nazaret y todos los momentos
de la vida de Jesús, incluido el silencio de los tres días en la tumba, en
los que parece que nada acontece y, sin embargo, todo está fermentando.

   Padre bueno, que nos sorprendes siempre
   con tu sabiduría infinita,
   te bendecimos con el Espíritu Santo,
   que gime en nosotros
   y nos asegura que somos tus hijos.
   Te bendecimos por Jesús,
   que ha elegido el camino de la humildad,
   de la paciencia y del silencio
   para anunciar con su vida y con su palabra
   tu infinita paciencia con todos.
   Danos un corazón abierto
   que deje crecer la semilla
   y espere sin cansarse
   el momento dispuesto por ti
   para que se manifieste tu obra.

 Paciencia
   El Reino de Dios, su acción salvadora no es una doctrina abstracta, es
una realidad que está creciendo constantemente en el mundo, aunque a veces
no sepamos verlo. La Palabra de Dios nos invita hoy a convertirnos a esa
actitud paciente del dueño del campo que refleja la de Dios mismo.
   Esto no significa renunciar a ver el mal. El maligno est  también
trabajando en el mundo y siembra su cizaña siempre que puede. La invitación
a la paciencia no significa cerrar los ojos ante las situaciones concretas
que deben ser mejoradas, ni a resignarse ante el mal como si no supiéramos
que al final la cizaña será quemada. El dueño del campo sabe que no todo es
trigo limpio, pero quiere que sus siervos no se precipiten, sino que asuman
la totalidad del plan que Él tiene. El conocimiento de la totalidad de ese
plan es lo que les debe infundir serenidad y paciencia.
   Ese abandono a la forma de proceder de Dios, pide al discípulo de Jesús
una fuerza interior capaz de imponerse a los juicios precipitados sobre las
situaciones y personas, a ejercitar constantemente el discernimiento para no
dejarse engañar por las apariencias y algunas veces a tener la valentía de
callar, aun sabiendo a donde van a parar ciertos modos de proceder.
   Existe siempre, sin embargo la tentación de precipitarse y de ser
impacientes. Se manifiesta en el deseo de imponer el bien y la verdad a toda
costa. Tal actitud puede llegar a ser opresora e intolerante, llegando a
provocar el rechazo del evangelio y de los mismos valores del Reino en vez
de suscitar la adhesión convencida de las personas.
   Una llamada especial hace el evangelio de hoy a los padres y educadores
y a quienes tienen la responsabilidad de formar a otros. Hay que respetar los
tiempos de maduración, que siempre parecen lentos. Hay que dejar que la
levadura pueda terminar todo su proceso de fermentación para cocer el pan y
poderlo presentar como alimento; si no, se corre el riesgo de estropearlo

todo.