sábado, 27 de septiembre de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XXVI

28 de septiembre de 2014 - XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

"Se arrepintió y fue"

-Ez 18,25-28
-Sal 24
-Fil 2,1-11

Mateo 21,28-32
   Dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo:
   -¿Qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le
dijo: "Hijo, ve hoy a trabajar en la viña". El contestó: "No quiero". Pero
después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. El le
contestó: "Voy, señor". Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el
padre?
   Contestaron:
   -El primero.
   Jesús les dijo:
   -Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera
en el camino del Reino de Dios. Porque vino Juan a vosotros enseñándoos el
camino de la justicia y no le creísteis; en cambio los publicanos y las
prostitutas le creyeron. Y, aun después de ver esto, vosotros no os arrepen-
tisteis ni le creísteis.

Comentario
   La parábola de los dos hijos que leemos en el evangelio de hoy sigue a la
controversia de Jesús sobre su autoridad con los responsables religiosos del
pueblo judío. Es una parábola propia de Mateo y, situada después de la
entrada mesiánica en Jerusalén y la purificación del templo, tiene una
función de ruptura con las autoridades judías. La respuesta de Jesús a
quienes le preguntaban ¿con qué autoridad cumplía aquellos gestos? comprende
en el evangelio dos partes: la parábola y su explicación.
   La parábola se abre con una pregunta retórica (¿Qué os parece?) que
sirve para relacionarla con el párrafo anterior y al mismo tiempo para
implicar a los oyentes en la explicación.
   El fuerte contraste entre el comportamiento de los dos hijos, reducido en
el relato evangélico a los rasgos esenciales, refleja de forma esquemática
los dos grupos principales de quienes hasta entonces habían escuchado a Jesús
y lo habían seguido y, desde una perspectiva más amplia, los dos componentes
fundamentales de la sociedad judía de su tiempo.
   Viene en primer lugar el hijo que da una respuesta negativa, pero después
se arrepiente, se convierte, dice literalmente el texto. En el polo opuesto
está el otro hijo que llama al padre "señor", tratándole con la debida
reverencia y respeto, considerándolo digno de ser escuchado y a quien se debe
responder con educación. Pero después, en la práctica, no existe concordancia
entre lo que se dice y lo que se hace.
   Ante el padre de la parábola, que representa a Dios, última garantía de
verdad, en el primer hijo están representados quienes no tienen en cuenta las
prescripciones de la ley de Moisés y pertenecen, en un primer momento, a la
categoría de los "pecadores". En el segundo hijo están representados los
observantes de la ley, los que son fieles a las prescripciones de la
religión, los justos. El punto clave está, sin embargo, en el hecho de que,
ante el anuncio del Reino efectuado primero por Juan y luego por Jesús,
fueron los primeros los que se convirtieron y no los segundos.
   A través de la parábola y su explicación evangélica se desplaza así el
problema desde la legitimidad y autenticidad del mensajero (autoridad de Juan
o de Jesús) hacia la acogida efectiva que se da a su mensaje. O si se quiere,
más en general, teniendo también en cuenta lo que se dice en la 1ª. lectura,
la cuestión de fondo es dar una respuesta personal y responsable a Dios, que
nos interpela y nos pide recapacitar y convertirnos a su voluntad para vivir
verdaderamente.

Obediencia de la fe
   La parábola evangélica pone de manifiesto una de las dimensiones
esenciales del misterio de Nazaret, que podemos sintetizar con la expresión:
obediencia de la fe. Fue ese, en efecto el camino que María y José siguieron.
   Muchos judíos contemporáneos suyos, y en particular los fariseos,
esperaban que la venida del Mesías supondría una confirmación de la situación
existente. Es decir, de un lado, ellos, los justos, el pueblo elegido, el
hijo que había dicho sí a su Señor... Del otro, los pecadores, los paganos,
los demás pueblos, que hasta entonces habían dado a Dios una respuesta
negativa. Pero la venida del Mesías rompió totalmente ese esquema, y María
y José, como todos los auténticamente creyentes, lo habían entendido así
desde el principio.
   Ellos comprendieron que de poco sirve ser de la casa de David, ser hijos
de Abrahán o apelar a los privilegios del pasado. Lo importante es la actitud
personal ante Dios. En realidad Este puede sacar hijos de Abrahán incluso de
las piedras, es decir, de los pecadores más insensibles. Lo que cuenta es,
en el momento definitivo, cuando se escucha la llamada de la fe, dar un sí
a Dios sin condiciones.
   Pero el mensaje evangélico ilumina hoy sobre todo la importancia que
tiene la respuesta concreta, la que se da con la vida y no tanto con las
palabras. Entramos así de lleno en el tema de la obediencia de la fe que
tanto brilla en Nazaret.
   Más allá del contraste entre el decir y el hacer, está el que se produce
entre la incredulidad y la fe. La obediencia de la fe traduce esa armonía
profunda entre la aceptación de lo que Dios propone y las transformación de
la propia vida hasta hacerla coincidir con su voluntad.
   Por una parte la obediencia no es posible si antes la fe no descubre en
qué consiste la llamada de Dios, que se manifiesta normalmente a través de
sus mensajeros; por eso la fe debe preceder a la obediencia. Por otra parte,
la fe que no acaba en el cumplimiento de la voluntad de Dios con actos
concretos, es vana, pura ilusión. De algún modo el actuar del creyente es
interpretación de su fe.
   Y eso fue en realidad la existencia de la Sagrada Familia en Nazaret: una
traducción coherente durante largos años del sí dado a Dios al comienzo.
Jesús, María y José mantuvieron siempre la actitud profunda de humildad que
los llevó a vivir como una familia cualquiera, pasando por una de tantas. Ese
es el camino que más tarde llevó a Jesús a la humillación de la cruz y al
triunfo de la resurrección.

   Padre, te bendecimos porque tú conoces lo más íntimo
   de nuestro corazón,
   y porque nos has dado la libertad
   de responder a lo que nos mandas.
   Tú ofreces a todos la salvación
   y a todos pides el paso necesario de la conversión
   para entrar en el Reino.
   Danos el Espíritu Santo
   que cree en nosotros esa armonía profunda
   entre lo que te decimos en la oración
   y lo que hacemos en nuestra vida.
   Enséñanos el camino de la verdad y de la humildad
   que siguió Jesús.

Hágase tu voluntad
   Las lecturas de hoy tienen un sentido mirando no sólo al momento inicial
del anuncio del Reino, que se traduce en la aceptación de la salvación y la
consiguiente conversión. Si las meditamos bien, se refieren también al
momento actual de nuestra vida de cada día. Hay en ellas efectivamente una
llamada a buscar cuáles son las motivaciones profundas y auténticas de
nuestro obrar, a ser coherentes con lo que decimos creer.
   En la vida cristiana, para que se dé un crecimiento constante y sano, la
primera condición es la constante búsqueda de claridad, de autenticidad. La
erradicación de la hipocresía es una labor de toda la vida. Si no estamos
atentos, constantemente tienden a colársenos motivaciones falsas en lo que
hacemos, podemos aparentar estar diciendo sí a Dios cuando en realidad
estamos tratando de realizar nuestra voluntad o los deseos de otros.
   Para eliminar esa falsedad interior, que vicia la raíz de toda vida
cristiana, se necesita una atención constante sobre el propio obrar y sobre
las motivaciones que nos llevan a la acción. "Quien obra la verdad viene a
la luz" (Jn 3,21).
   La principal preocupación del cristiano pasa a ser en este campo un
esfuerzo de discernimiento de la voluntad de Dios: presentarnos ante el Padre
para que nos mande a su viña. Y esto de manera constante y sistemática,
tratando de adherirnos a lo que creemos ser su voluntad. Esto comporta una
apertura de todo nuestro ser en la oración, pero también el deseo de
interpretar los signos y de descubrir en las mediaciones concretas que se nos
van presentando cada día, ese rostro personal y vivo del Padre que envía. En
eso consiste la rectitud del corazón, la claridad interior, imprescindible
para todo progreso espiritual.
   Existirá siempre una distancia entre lo que descubrimos ser la voluntad
de Dios y lo que hacemos. Lo importante es mantenernos siempre en esa actitud
de atención a su palabra y de prontitud en el cumplimiento de lo que nos
pide, convencidos como debemos estar que en la voluntad de Dios est  nuestro

bien, nuestra salvación y la del mundo.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XXV

21 de septiembre de 2014 – XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
Ciclo A

"Id también vosotros a mi viña"

-Is 55,6-9
-Sal 144
-Fil 1,20-27

Mateo 20,1-16  
   Dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: El Reino de los cielos se
parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su
viña. Después de ajustar con ellos un denario por jornada, los mandó a la
viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin
trabajo, y les dijo:
   -Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido.
   Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo
mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
   -¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?
   Le respondieron:
   -Nadie nos ha contratado.
   Les dijo:
   -Id también vosotros a mi viña.
   Cuando oscureció dijo el dueño al capataz:
   -Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y
terminando por los primeros.
   Vinieron los del atardecer, y recibieron un denario cada uno. Cuando
llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos recibieron
también un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo:
   -Estos últimos han trabajado sólo una hora y los ha tratado como a
nosotros, que hemos aguantado el peso del día y del bochorno.
   El replicó a uno de ellos: Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos
ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último
igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis
asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno? Así, los últimos
serán los primeros, y los primeros los últimos.
                     
Comentario
   La parábola del dueño de la viña constituye una de las últimas enseñanzas
de Jesús antes de su entrada final en Jerusalén. Es propia del evangelista
Mateo. Los datos de la vida real que forman el conjunto de la parábola,
permiten hacerse una idea de algunos aspectos de la sociedad en tiempo de
Jesús: situación de los obreros y campesinos, dificultad de encontrar
trabajo, el salario, etc. Pero esto no debe llevarnos a pensar que podemos
encontrar en ella enseñanzas sobre los aspectos sociales del mensaje
cristiano. Lo que el evangelio quiere transmitir va por otros caminos.
   El texto evangélico que leemos hoy consta de tres partes: La contratación
de los obreros por el amo de la viña (v. 1-7), la paga del salario al final
de la jornada (v. 8-15) y la sentencia conclusiva (v. 16), que en los otros
evangelios sinópticos se halla en contextos diferentes.
   Nada de particular encontramos en la primera parte de la parábola, si no
es la preocupación del dueño, no sólo por que se realice el trabajo en su
propiedad, sino también por la situación de quienes estaban desocupados todo
el día: "¿Cómo estáis aquí el día entero sin trabajar?".
   Lo que aparece como desconcertante e inesperado (y en ello reside la
fuerza expresiva de la parábola) es el salario que el dueño da a los
trabajadores. La paga, en efecto, no guarda proporción con la tarea que los
obreros, contratados a horas distintas, han podido efectuar. Por eso la
crítica de los primeros parece a primera vista justificada, aunque en
estricta justicia no pueden pretender un salario mayor al del contrato.
   Llegamos así al núcleo central de la parábola que está en la actitud de
liberalidad del amo de la viña, ante quien no cuentan los méritos personales
(nada se dice de la calidad del trabajo de cada uno), pues es él quien da a
todos según su criterio. 
   Esa actitud de generosidad de parte del dueño es reflejo claro de la
de Dios. Y nos muestra no sólo que sus planes son muy distintos del común
pensar de los hombres (1ª. lectura), sino que invita a todos a recibir la
salvación como un don precioso y gratuito. En la paga más que justa de los
últimos se traduce la misericordia del Padre con todos los hombres y la
bondad de Jesús con los pecadores y los que menos contaban en la sociedad de
su tiempo.
   Parece ser que la Iglesia primitiva aplicaba esta parábola a la entrada
de los paganos en la comunidad de salvación. En ella, en efecto, se da ese
cambio de situaciones por la que los últimos llegan a ser los primeros. Es
una lectura de la historia que puede haber influido en la formulación misma
de la parábola. Es de tener en cuenta, sin embargo, que ni en la parábola ni
en la realidad histórica los últimos llegados sustituyen a los que ya
llevaban mucho tiempo en la viña (el pueblo de Israel) y que unos y otros
reciben la misma salvación.

Los últimos
   La meditación del evangelio desde Nazaret nos lleva a detenernos un poco
más en la sentencia que concluye la parábola. En ella se recoge una parte
importante del contenido del texto.
   Los padres de la Iglesia han dado frecuentemente una interpretación de la
parábola desde el punto de vista de la historia de la salvación. San Agustín
escribe: "Los llamados en la primera hora fueron Abel y los justos de su
época; "hacia las nueve", Abrahán y los justos de su tiempo; "hacia
mediodía", Moisés, Aarón y los justos de su tiempo; "hacia las tres de la
tarde", los profetas y los justos coetáneos; a la última hora del día, es
decir, casi al fin del mundo, todos los cristianos". Viendo así el sentido
global de la parábola ciertamente se pone de relieve la desproporción entre
los últimos llegados y el don recibido. No sólo porque el don no corresponde
al tiempo de trabajo efectuado, sino porque los últimos han recibido la
plenitud de la salvación".
   Pero la parábola nos invita a dar un paso más. El cruce de las
situaciones que se produce entre los primeros y los últimos, es una
invitación a entender cómo es "el Reino de los cielos". Y más concretamente
cómo es el rostro de quien ha producido con su comportamiento un tal cambio
de situación. La parábola apunta hacia una fe en un Dios, dueño del mundo,
que interviene en él y se preocupa por su suerte desde el primer hasta el
último y ante quien nadie puede alegar méritos. Pero también nos invita a ver
al Padre que con su comportamiento pone en crisis los modos de pensar con-
siderados normales o racionalmente justos, para dar un vuelco a las si-
tuaciones en favor de quienes tienen menos derecho, menos posibilidades,
menos oportunidades...
   Es la misma mirada en la que nos educa la contemplación del misterio de
Nazaret, porque también allí Dios es alabado como aquél que se fija en los
humildes, en los pobres y en los últimos. Es lo que María canta en el
Magnificat cuando dice: "Derriba del trono a los poderosos y enaltece a los
humildes, a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos despide vacíos"
(Lc 1,52-53).
   Fundamento de todo es la actuación suprema de Dios en la plenitud de los
tiempos cuando decidió manifestar su gloria en la humildad de la naturaleza
humana. En la encarnación se expresa la preferencia de Dios por lo pobre, por
lo humilde. No excluye con ello a los que son "poderosos" o "ricos", sino que
los llama a bajarse del trono y a vaciarse de sus riquezas para recibir
gratis el mismo salario que los pobres y humildes.
   La parábola evangélica llama a todos a una igualdad basada en la
gratuidad del don de Dios y en su amor.

   Te bendecimos, Padre,
   por la abundancia de tu gracia.
   Tú llamas a todas las horas del día
   y a todos los hombres;
   das a cada uno la fuerza para responder
   y para trabajar en la viña,
   y, al final de la jornada,
   das también más de lo que cada uno ha ganado.
   Nadie puede medir tu grandeza y tu generosidad.
   Te agradecemos el don del Espíritu Santo,
   que en Jesús, tu Hijo, nos hace hijos,
   y es ya desde ahora la señal y las arras
   del premio que, cuando todo acabe,
   nos darás un día.

Gratuidad
   En una sociedad como la nuestra donde tienden a intensificarse las
relaciones comerciales entre personas y grupos, quedan siempre menos espacios
para la gratuidad. Todo parece tener un precio, todo puede ser comprado o
pagado.
   El gesto del amo de la viña que paga sin medida, nos lleva a reflexionar
sobre el puesto que ocupa en nuestra vida la gratuidad.
   El primer paso de esta reflexión puede ser una apertura hacia el fluir de
la vida. En ella encontramos muchas cosas que nos son dadas gratuitamente,
sin que nos demos cuenta. Es más, son precisamente las cosas más importantes
las que recibimos gratis, empezando por el don mismo de la existencia. La
mirada de fe descubre detrás de todo lo que recibimos la mano de Dios, rico
en gracia y misericordia, cuya grandeza no se puede medir (Sal resp).
   Como consecuencia brota la actitud profunda del agradecimiento. A la
gratuidad de Dios corresponde la gratitud del hombre. Es una actitud humana
y cristiana de primer orden que lleva a la justa valoración no sólo de lo que
se recibe, sino de quién es el que da y de quién es el beneficiario.
   Pero además esa actitud debe alumbrar en nosotros la fuente de la
gratuidad, según la lógica del "gratis habéis recibido, dad gratis" (Mt
10,8).
   Quien es capaz de abrirse a la gratuidad de Dios, fácilmente entra en la
dinámica del amor, interpretando todo lo que hace como respuesta agradecida
al don recibido. A la "gracia" que viene de Dios, se responde con el
"gracias" de la vida entera. Se entra así en una dinámica que lleva a dar sin
medida y sin esperar recompensa: es la pura caridad cristiana.
   Si nos dejamos llevar por la gratuidad como sentido profundo de lo que
hacemos, contribuiremos en nuestro ambiente a crear un clima más respirable
y a fundar la existencia sobre los verdaderos valores. Estaremos de algún
modo contribuyendo a una "ecología espiritual" al crear espacios donde se
recupera la alegría de vivir al mismo tiempo que los pobres encuentran

también un puesto.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XXIII

7 de septiembre de 2014 - XXIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                                                               "Si tu hermano te ofende"

-Ez 33,7-9
-Sal 94
-Rom 13,8-10

Mateo 18,15-20
   Dijo Jesús a sus discípulos:
   -Si tu hermano peca, repréndelo a solas entre los dos. Si te hace caso,
has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos,
para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si
no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la
comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. Os aseguro que todo lo
que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en
la tierra quedará desatado en el cielo. Os aseguro además que, si dos de
vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi
Padre del cielo. Porque donde dos o tres estén reunidos en mi nombre, allí
estoy yo en medio de ellos.
                         
Comentario
   La liturgia propone a nuestra reflexión la última parte del capítulo 18
de Mateo en dos domingos sucesivos. Esta última parte trata del perdón de las
ofensas en un tono exhortativo. En el llamado discurso eclesial de Jesús, se
tratan diversas cuestiones que se refieren a la vida concreta de una comu-
nidad cristiana: la precedencia en la asamblea, el respeto y acogida de los
más débiles, la búsqueda de quienes se alejan, la manera de tratar a quienes
hacen un mal a la comunidad...
   El procedimiento propuesto por Jesús para corregir a quien ha cometido
una ofensa, se presenta, desde el punto de vista literario, como una
concatenación de cinco condicionales. Yendo al sentido global, se saca la
conclusión de que hay que poner todos los medios para que quien ha faltado,
reconozca su error y vuelva a la situación normal en la comunidad. Sólo en
casos extremos se puede proceder a la exclusión.
   Si nos detenemos en cada una de las fases del proceso propuesto en el
discurso, podemos descubrir también algunos valores importantes de la vida
de la comunidad que aparecen progresivamente.
   En la fase de la reprensión individual, se pone de manifiesto la
importancia de las relaciones personales y de la responsabilidad de cada uno
respecto a todo lo que afecta a la comunidad. En el texto original, muchos
manuscritos omiten el pronombre de segunda persona en la frase "si tu hermano
te ofende" apoyando la idea de que más que de una ofensa personal, se trata
de un mal causado a la comunidad.
   La fase en que hay que recurrir a testigos, recoge las prescripciones del
A. T. (Dt 19,5) y las prácticas de los grupos esenios. Incluye el principio
de la representatividad de la comunidad en algunos de sus miembros y
recomienda la discreción y prudencia en el modo de proceder.
   La última fase, en la que interviene la comunidad en asamblea, es la más
solemne y pone de relieve el peso que tiene el cuerpo entero reunido.
   Esta importancia de la comunidad viene subrayada por las dos sentencias
que siguen en el texto evangélico. En la primera, Jesús parece atribuir a la
comunidad reunida los mismo poderes que había atribuido poco antes a Pedro:
"Todo lo que atéis en la tierra..."
   La otra expresión da la razón teológica de la importancia que tiene la
reunión comunitaria: Cristo está en medio de los hermanos reunidos en su
nombre. Y esto aun el caso de gran exigüidad de número. Esta presencia de
Cristo es la que constituye a la Iglesia en cuanto tal en sus dimensiones
fundamentales: la relación con Dios en la oración y la construcción de un
grupo de personas reconciliadas, signo de una reconciliación más amplia, la
que Dios ofrece a todo los hombres.

"Donde están dos o tres"
   Acabamos de decir que lo que cualifica a la comunidad cristiana es la
presencia de Cristo en medio de ella y no tanto el número de sus componentes
o la legitimidad formal de la asamblea. La familia de Nazaret se presenta así
nuevamente a nuestro ojos como la comunidad que goza, en el sentido más
fuerte, intenso, tangible y duradero, de la presencia de Jesús. Puede, pues,
presentarse como la comunidad tipo, como aquélla que mejor realiza el ideal
de comunidad descrita en el evangelio.
   La familia de Nazaret es una comunidad reunida en nombre de Cristo. En
primer lugar porque ha sido constituida por Dios, con el libre consentimiento
de María y de José, para acoger a Jesús. Pero también porque éste ocupaba el
centro y era el punto de referencia constante de las preocupaciones y
proyectos de María y de José.
   Las palabras del evangelio de Mateo, puestas en boca de Jesús, sobre su
presencia en medio de dos o tres de sus discípulos, respiran ya un aire
postpascual; se refieren a una presencia que ya no es física sino en el
Espíritu Santo. Es un modo de presencia al que también se refiere San Pablo
con estas palabras: "Reunidos vosotros, y yo en espíritu, en nombre de
nuestro Señor Jesús, con el poder de nuestro Señor Jesús, entregad ese
individuo a Satanás" (1Co 5,4). Lo que crea la fuerza de la comunidad es la
referencia al nombre de Jesús, es decir, en el lenguaje de la Biblia, a su
persona. Y esto en el sentido más fuerte y denso que puede tener la presencia
divina entre los hombres. Como cuando leemos en el libro del Exodo: "En los
lugares donde pronuncie mi nombre, bajaré a ti y te bendeciré" (20,24).
   La Iglesia necesita su referencia a la familia de Nazaret como necesita
la referencia a la comunidad constituida por los apóstoles con Jesús, para
descubrir su rostro verdadero. Y no se trata ciertamente de la imagen
plástica del grupo reunido con Jesús que ayuda a la imaginación, sino de esa
vinculación que se establece con Él por medio de la fe y que es la única
fuente de cohesión y de fuerza espiritual.
   Meditando las palabras del evangelio - "donde dos o tres" - a la luz del
misterio de Nazaret, surge espontáneamente la reflexión sobre la exigüidad
del número de los miembros de la comunidad. En Nazaret, todo está reducido,
por así decirlo, al mínimo indispensable. Vendrá luego la comunidad
pentecostal y las grandes asambleas de todos los tiempos. De Nazaret quedará 
siempre el gusto por lo pequeño, por lo mínimo. Estableciendo así un nexo con
todas las realidades minúsculas de la presencia de la Iglesia (empezando por
la familia "Iglesia doméstica"); con todas esas comunidades pequeñas donde
falta casi todo, donde se vive en el límite mismo entre la existencia y no
existencia de una comunidad; donde, sin embargo, la presencia de Cristo da
esa calidad nueva y esa fuerza que va más allá de la debilidad humana y que
ningún número de personas puede suplir.

   Te bendecimos, Padre, por tu bondad,
   porque tú eres misericordioso
   y paciente con todos.
   Danos ese Espíritu que procede de ti
   y que lleva a olvidar las ofensas recibidas,
   a tender la mano a quien est  caído,
   a no pasar de largo ante quien
   necesita nuestra comprensión.
   Enséñanos a saber construir la comunidad,
   sobre todo en las circunstancias difíciles,
   cuando reina el descontento
   y cuando el pecado nos divide.
   Danos la misma actitud de Jesús
   que supo entregar su vida
   para reunir a tus hijos que estaban dispersos.

Responsabilidad comunitaria
   De la Palabra de Dios recibimos hoy un fuerte impulso para construir la
que llamamos nuestra comunidad, pero también todas las comunidades de las que
por uno u otro motivo formamos parte.
   Punto clave para construir la comunidad es esa responsabilidad compartida
que lleva a la solidaridad, a hacerse cargo los unos de los otros. Podemos
llamarla responsabilidad comunitaria.
   Esa responsabilidad se ejerce de muchas maneras; el evangelio de hoy nos
lleva a tomar en consideración una de ellas: la corrección fraterna ("Si tu
hermano peca...") El ejercicio de la corrección fraterna lleva consigo por
parte de quien la practica algunas cualidades que son esenciales a la vida
cristiana.
   En primer lugar la comprensión hacia quien falta, que proviene de una
actitud de misericordia y de reconciliación. Pero se requiere igualmente
valentía para expresarse con claridad y para sobreponerse a falsas
consideraciones de respeto al otro. Quien corrige o llama la atención al otro
en algo que le parece mal, necesita además una buena dosis de sabiduría para
elegir el momento oportuno de hacerlo y las palabras adecuadas, de modo que
se facilite el camino de retorno de quien con su conducta se ha alejado de
la comunidad.
   Pero hemos de considerar que todos nosotros nos encontramos también
muchas veces de la parte de quien necesita ser corregido. Y también en ese
caso son necesarias algunas actitudes importantes. Está en primer lugar la
humildad para recibir las advertencias que se nos hacen. La Escritura pone
bien claramente las dos posturas posibles por parte de quien recibe la
corrección: "No reprendas al cínico, pues te aborrecerá, reprende al sensato,
que te lo agradecerá" (Prov 9,8). "El hombre perverso rechaza la corrección
y acomoda la ley a su conveniencia" (Eclo 32,17).
   En uno u otro caso, sólo el amor fraterno, que lleva a estimar al prójimo
como a uno mismo, debe regular nuestra conducta. A propósito de la corrección
fraterna ha escrito San Agustín: "Ama y haz lo que quieras. Si callas, calla
por amor; si hablas, habla por amor; si corriges, corrige por amor; si
perdonas, perdona por amor. Está en ti la raíz del amor, pues de esta raíz

sólo puede brotar el bien".

sábado, 30 de agosto de 2014

Ciclo A - TO - Domingo XXII

31 de agosto de 2014 - XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A
                                                 
                                                    "Tu idea no es la de Dios"

-Jer 20,7-9
-Sal 62      
-Rom 12,1-2   

Mateo 16,21-27
   Empezó Jesús a explicar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y
padecer allí mucho por parte de los senadores, sumos sacerdotes y letrados
y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.  Pedro se lo llevó
aparte y se puso a increparlo:
   -¡No lo permita Dios, Señor! Eso no puede pasarte.
   Jesús se volvió y dijo a Pedro:
   -¡Quítate de mi vista, Satanás, que me haces tropezar; tú piensas como los
hombres, no como Dios!
   Entonces dijo a los discípulos:
   -El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con
su cruz y me siga. Si uno quiere salvar su vida, la perderá; pero el que la
pierda por mí, la encontrará. ¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo
entero, si malogra su vida? ¿O qué podrá dar para recobrarla? Porque el Hijo
del hombre vendrá entre los ángeles, con la gloria del Padre, y entonces
pagará a cada uno según su conducta.
                      
Comentario
   El pasaje que leemos este domingo representa un cambio de tono en el
evangelio de Mateo. Completa el del domingo precedente y al mismo tiempo
ofrece algunos contrastes con él. Presenta también dos partes bien
diferenciadas: el primer anuncio de la pasión y la reacción de Pedro ante tal
anuncio, al que sigue una enseñanza de Jesús sobre el significado del
seguimiento.
   Jesús anuncia en breve síntesis lo que ser  su destino. El pasaje de
Jeremías que la liturgia nos presenta en la 1ª. lectura preanuncia los
sufrimientos del Mesías y confirma la mentalidad bíblica según la cual la
muerte del justo es muchas veces violenta. Y Jesús presenta ese desenlace
como una necesidad para sí mismo. Notemos que lo hace hablando sólo a sus
discípulos.
   En las palabras de Jesús hay que ver una prolongación de lo que Pedro
había dicho poco antes sobre su identidad. Se revela así la profundidad del
misterio de Cristo, Hijo de Dios y hombre que sufrirá, morirá y resucitará.
   La reacción de Pedro, que también en este caso parece representar la
postura de los otros discípulos, es fuerte. No puede aceptar que el Mesías
sea sometido a tal humillación. Aunque resulta difícil comprender todo el
alcance de su respuesta expresada en forma de invocación, parece que podría
interpretarse así: el sufrimiento es consecuencia de una culpa; invoca, pues,
a Dios para que Jesús sea liberado de él.
   La respuesta de Jesús no es menos fuerte. El rechazo de la actitud que
suponen las palabras de Pedro, se produce no sólo porque es incoherente con
el plan de Dios sino porque constituye una tentación que proviene de Satanás.
Jesús recuerda así las que sufrió en el desierto al comienzo de su
ministerio.
   Inmediatamente después figura en el evangelio la enseñanza sobre el
discipulado. Inculca la asunción del misterio de la cruz no sólo en la vida
del Maestro, sino también en la de sus seguidores. Esa enseñanza se articula
en cuatro expresiones que podemos considerar con algún detenimiento.
   "El que quiera venirse conmigo". Quien asume libremente el seguimiento de
Jesús, sabe, después de conocer el destino de su Maestro, que su vida tendrá 
el mismo desenlace. Se trata de una necesidad inherente al hecho de compartir
las misma opciones. Ello supone los tres pasos fundamentales que se enuncian
después.
   "Negarse a sí mismo", que significa salir de uno mismo, del propio modo
de pensar y de proyectar la vida para acoger el plan de Dios y el programa
del evangelio.
   "Cargar con la propia cruz", es decir, ser capaz de asumir en la propia
vida como lo hizo Jesús, el sufrimiento y las situaciones humillantes para
cumplir la propia misión.
   "Seguir a Jesús", que significa entrar en comunión vital con Él y
compartir su suerte en esta vida, pero también la resurrección.
   Son éstos los aspectos esenciales de toda vida cristiana.

Pedro, José y María  
   En pocos renglones se pasa en el evangelio de Mateo de un gran elogio a
Pedro ("Dichoso tú Simón, hijo de Jonás") al más duro rechazo ("Quítate de
mi vista, Satanás"). A la brillante confesión de fe siguió, en efecto, la
mayor incomprensión. Pedro acogió con alegría y entusiasmo el aspecto del
misterio de Cristo referido a su relación con el Padre y a su misión
salvadora ("Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo"), pero su fe vaciló
cuando el mismo Jesús anunció los sufrimientos y el tipo de muerte que le
esperaba.
   Desde esa perspectiva veamos ahora cómo fue la fe de María y de José. A
ellos se les reveló también al principio la identidad del hijo que iba a
nacer: "Será grande, se llamará Hijo del Altísimo y el Señor Dios le dará el
trono de David su antepasado" (Lc 1,32). "La criatura que lleva en su seno
viene del Espíritu Santo" (Mt 1,20). María y José acogieron con fe esta
revelación que tampoco venía "de la carne ni de la sangre". María respondió
generosamente al anuncio y José hizo lo que el Ángel le decía. La fe de María
fue elogiada por Isabel y lo mismo hubiera podido decirse de José: Dichosos
vosotros porque habéis creído.
   Pero también a ellos no tardando mucho les tocó oír la segunda parte de
la revelación referente al camino que Dios había elegido para salvar al
mundo. También ellos recibieron, aunque de forma velada, el anuncio de los
padecimientos del Mesías. Pronto supieron que la vida del niño que les había
nacido no sería un paseo triunfal sobre esta tierra. También en su caso el
anuncio del momento doloroso llegó de improviso y a poca distancia de la
exaltación. Después de la presentación en el templo del niño Jesús para el
rito de la circuncisión, dice el evangelio de Lucas: "Su padre y su madre
estaban admirados de los que se decía del niño. Simeón los bendijo, y dijo
a María, su Madre: Mira Éste está puesto para que todos en Israel caigan o
se levanten; será una bandera discutida, mientras que a ti una espada te
traspasará el corazón, así quedará patente lo que todos piensan" (2,33-36).
Palabras misteriosas, pero sin duda cargadas de un significado claro que
diseña un horizonte de sufrimiento futuro. Lo mismo que las que Jesús pronun-
ció ante sus apóstoles sobre su pasión y su muerte.
   Nosotros no conocemos lo que pasó en el alma de María y de José en esos
momentos, como conocemos la reacción de Pedro. Lo que sí sabemos es que, a
diferencia de lo que hizo Pedro, no intentaron oponerse al designio divino,
sino que dejaron que las cosas siguieran por el camino que Dios había
trazado.
   Y el relato de Lucas continúa: "Cuando cumplieron todo lo que prescribía
la ley del Señor, se volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret" (2,39).

   Señor Jesús, te bendecimos
   por la fuerza y la determinación
   con que has asumido el camino de la cruz.
   Danos tu Espíritu Santo,
   que renueve nuestra mentalidad
   demasiado mundana y demasiado sometida
   a criterios que no son los del evangelio.
   Enséñanos a dar el paso generoso
   de entregar nuestra propia vida
   para ganarla en el Reino,
   de modo que nuestro peregrinar por la tierra
   sea un camino hacia la luz de la resurrección.

El signo de la cruz
   La vida del cristiano está marcada desde el bautismo por el signo de la
cruz. A ese signo, repetido tantas veces en la liturgia y fuera de ella,
debería corresponder la actitud profunda de adhesión a Cristo muerto y
resucitado.
   El primer paso para vivir esa actitud, lo sabemos bien, consiste en creer
en Cristo, aceptando la contradicción que para una lógica puramente humana
puede tener el hecho de que la vida y la liberación puedan venir de la
entrega y el sacrificio. La respuesta tajante de Jesús a Pedro muestra que
se trata de un paso decisivo en el que no puede haber componendas.
   Viene luego como consecuencia inmediata la "necesidad", también para
nosotros, de cargar con nuestra cruz. Aquí es importante la recomendación de
S. Pablo (2ª. lectura) de no amoldarnos a la mentalidad del mundo, sino de
adoptar esa postura paradójica que supone el tomar voluntariamente la propia
carga de sufrimiento, que llamamos cruz. A los ojos mundanos puede parecer
una insensatez. "De hecho el mensaje de la cruz para los que se pierden
resulta una locura; para los que se salvan, para nosotros, es un portento de
Dios" (1Co 1,18).
   Entre la vía de la liberación del sufrimiento predicada por las
religiones orientales y la búsqueda morbosa de todo lo que contraría a la
naturaleza, está el camino cristiano de aceptación serena de las
contrariedades propias de nuestra vida y de nuestro mundo, que comprende
también "la entrega generosa de la propia vida como sacrificio vivo,
consagrado, agradable a Dios" (2ª. lectura), al servicio del prójimo.
   Lo importante es saber cargar con la propia cruz para seguir a Jesús. Es
decir, no podemos entender en primer lugar nuestra cruz como sufrimiento,
sino que el deseo de compartir el mismo destino de Jesús, nos lleva a cargar
con la cruz. Sabemos, en efecto, ya de entrada, que seguirlo comportará
momentos de fracaso y de decepción, de pobreza y humillación, de dolor, de
soledad y de muerte. Jesús asumió a sabiendas ese camino fiándose totalmente
del Padre. El triunfo maravilloso del Espíritu Santo sobre las ruinas del
Calvario en el día de la resurrección es nuestra garantía de que ese camino

conduce a la vida.