sábado, 1 de agosto de 2015

Ciclo B - TO - Domingo XVIII

2 de agosto de 2015 - XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo B

                          "Yo soy el pan de vida"

-Ex 16,2-4; 12,15
-Sal 77
-Ef 4,17. 20-24
-Jn 6,24-35

Juan 6,24-35
      En aquel tiempo, cuando la gente vio que ni Jesús ni sus discípulos
estaban allí, se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús. Al
encontrarlo en la otra orilla del lago, le preguntaron:
      - Maestro, ¿cuándo has venido aquí?
      Jesús les contestó:
      - Os lo aseguro: me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque
comisteis pan hasta saciaros.
      Trabajad no por el alimento que parece, sino por el alimento que
perdura, dando vida eterna, el que os dará el Hijo del hombre; pues a éste
lo ha sellado el Padre, Dios.
      Ellos le preguntaron:
      - ¿Cómo podremos ocuparnos en los trabajos que Dios quiere?
      Respondió Jesús:
      - Éste es el trabajo que Dios quiere: que creáis en el que Él ha
enviado.
      Ellos le replicaron:
      - ¿Y qué signo vemos que haces tú, para que creamos en ti? Nuestros
padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: "Les dio a comer
pan del cielo".
      Jesús les replicó:
      - Os aseguro que no fue Moisés quien os dio pan del cielo, sino que es
mi Padre quien os da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el
que baja del cielo y da vida al mundo.
      Entonces le dijeron:
      - Señor, danos siempre de ese pan.
      Jesús les contestó:
      - Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no pasará hambre, y el que
cree en mí no pasará nunca sed.

Comentario
      El diálogo de Jesús con la multitud, como lo presenta Juan en el
evangelio de hoy, tiene como tema de fondo "el pan de vida". Jesús pretende
que sus oyentes den el paso de penetrar el signo de la multiplicación de los
panes para llegar a un conocimiento de su propia persona y de su misión. Es
también el paso al que la liturgia de este domingo parece invitarnos también
a nosotros, de modo que se transforme nuestra mente y nos revistamos del
"hombre nuevo", como lo pide la 2ª. lectura.
      A la gente, que pretende enseguida otras señales (Jn 6,31) porque no
han entendido el signo del pan multiplicado, Jesús le propone el camino de
la fe en Dios, que supone la aceptación de su Enviado (Jn 6,29). De esta
forma a una mentalidad que se detiene sólo en lo más inmediato y que pregunta
sólo por curiosidad, "Maestro ¿cuándo has venido?", Jesús no responde
directamente. El va directamente al fondo de la cuestión poniendo en tela de
juicio las motivaciones que anidan en el corazón de quienes lo siguen y lo
escuchan. A la visión puramente terrena e interesada de las cosas responde
el pan material que, aunque realidad material donde se apoya necesariamente
el signo, termina por corromperse.
      Jesús, por el contrario, propone el camino de la fe que es capaz de
"leer" en el pan distribuido, la donación del amor de Dios en su propia
persona. El conocimiento de la Escritura hubiera sido de gran ayuda si los
oyentes de Jesús no hubieran tenido la mente tan cerrada como los que vivieron
el signo del maná en el desierto. También ellos encontraron que el pan del
cielo era insípido y se recordaron de las cebollas de Egipto (Num 11,5).
      Al hablar del pan que sacia para siempre, como hizo la samaritana al
oír hablar de la otra agua (Jn 4,15), la reacción inmediata de la gente es:
"Danos siempre pan de ése". Y entonces Jesús no pierde la ocasión de ir hasta
el fondo del significado que tiene tanto el signo del antiguo maná, como el
reciente de los panes: "Yo soy el pan de la vida", dice.
      No puede estar más clara la relación entre la fe y los signos que la
suscitan y la expresan.

Las señales
      El cuarto evangelio es el libro de los signos o de las señales. A lo
largo de su camino, Jesús va realizando una serie de "obras", algunas de
ellas maravillosas, que quien se acerca a Él debe saber interpretar: son
otros tantos indicadores que permiten a quien se abre a la fe reconocer en
el hombre Jesús al "enviado de Dios".
      Aparentemente el tiempo de Nazaret es un período privado de esos
signos. Desde el prólogo, en el cuarto evangelio se pasa a la vida pública
de Jesús. Por eso conviene profundizar en el signo fundamental de que Juan
habla que es el de la encarnación del verbo. "Y la Palabra se hizo hombre,
acampó entre nosotros y contemplamos su gloria: gloria de Hijo único del
Padre, lleno de amor y de lealtad" (Jn 1,14).
      José y María viven en Nazaret de ese signo, único y luminoso que marca
toda su vida. Todo el camino de Nazaret se realiza a la luz de ese único
signo. Y en realidad no hacen falta más cuando se ha creído. La multiplicidad
y espectacularidad de los signos tanto en el Antiguo como en el Nuevo
Testamento parece que están más bien en relación con la debilidad humana y
con la condescendencia divina.
      María y José vivieron con Jesús el camino de la fe. Ellos supieron
penetrar en la profundidad del signo cuando aceptaron a Jesús como Hijo de
Dios, siempre en la oscuridad de la fe. Llegados a ese punto, sobran todos
los milagros. Es lo que Jesús enseña en su catequesis a la multitud de
Cafarnaún. No se trata de ofrecer otras señales (aunque luego Él mismo las
dá) sino de penetrar en el signo de la multiplicación del pan y aceptar que
es Él el verdadero pan de la vida.
      El camino de Nazaret - con la sola luz de la Escritura y de la
presencia del Verbo encarnado - es también nuestro camino. Su modo de
presencia ha cambiado, pero no la exigencia de abrirse al único signo que
sigue siendo su propia persona en la que hay que penetrar desde la
materialidad de su "cuerpo".
      El signo del pan, leído a la luz de Nazaret, nos invita a parar de la
exigencia de una multiplicidad de señales a la sencillez del único signo,
nos abre así ya a la experiencia de eucaristía en la época postpascual.

      Padre bueno, crea en nosotros
      ese hombre nuevo hecho también a tu imagen
      con esa rectitud de corazón y esa mirada pura,
      que es capaz de leer los signos
      que encontramos en la vida,
      hasta descubrir la presencia - viva y misteriosa -
      de Cristo, el Señor, tu Enviado.
      Que la fuerza del Espíritu Santo
      sostenga y aumente nuestra fe
      hasta que venzamos el egoísmo y la ceguera
      que nos impiden ver en Jesús
      aquél a quien has marcado con tu sello.

"Danos siempre pan de ése"
      Es la petición de la multitud. Petición ambigua que, de una parte,
parece abrirse al misterio, y de otra tiende a querer perpetuar un régimen
de asistencia inmediata por parte de Dios.
      Necesitamos también nosotros preguntarnos por las razones de nuestra
búsqueda de Jesús si queremos profundizar nuestra fe.
      Para que la Palabra de hoy no sea vana en nuestra vida, tenemos que
corregir nuestro deseo instintivo de sensacionalismo y de seguridades
inmediatas en lo que se refiere a la fe, y entrar en ese campo abierto a
muchas responsabilidades y compromisos serios que es aceptar a Jesús como
Señor y salvador nuestro y de los demás.
      La obra a la que se nos llama hoy es creer, es decir, entrar en la
dinámica de un amor que no se deja ilusionar por un entusiasmo servil ni se
abate porque ya no se ven pruebas palpables. La sobriedad y sencillez de
Nazaret pueden enseñarnos mucho en este sentido.
      Ése es nuestro trabajo, el trabajo de la fe. Sin que deje de ser en
último término don, la fe requiere ese empeño, constancia y seriedad que todo
trabajo lleva consigo. Y de ese esfuerzo noble por creer, nacerá el
compromiso para transmitir a otros el gozo de la fe, para ofrecer señales
válidas de la llegada del Reino entre nosotros y para construir un mundo
donde la solidaridad haga el gran milagro de suprimir el hambre de quienes
no tienen pan.

TB. Hsf

sábado, 25 de julio de 2015

Ciclo B - TO - Domingo XVII

26 de julio de 2015 - XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo B

                        "Jesús tomó los panes... "

-2Re 4,42-44
-Sal 144
-Ef 4,1-6
-Jn 6,1-15

Juan 6,1-15

      En aquel tiempo, Jesús se marchó a la otra parte del lago de Galilea
(o de Tiberíades). Lo seguía mucha gente, porque habían visto los signos que
hacía con los enfermos.
      Subió Jesús entonces a la montaña y se sentó allí con sus discípulos.
      Estaba cerca la Pascua, la fiesta de los judíos. Jesús entonces levantó
los ojos, y al ver que acudía mucha gente dijo a Felipe:
      - ¿Con qué compraremos panes para que coman éstos?
      (Lo decía para tantearlo, pues bien sabía Él lo que iba a hacer)
      Felipe contestó:
      - Doscientos denarios de pan no bastan para que a cada uno le toque un
pedazo.
      Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo:
      - Aquí hay un muchacho que tiene cinco panes de cebada y un par de
peces, pero, ¿qué es eso para tantos?
      Jesús dijo:
      - Decid a la gente que se siente en el suelo.
      Había mucha hierba en aquel sitio. Se sentaron: sólo los hombres eran
unos cinco mil.
      Jesús Tomó los panes, dijo la acción de gracias y los repartió a los
que estaban sentados; lo mismo todo lo que quisieron del pescado.
      Cuando se saciaron, dijo a sus discípulos:
      - Recoged los pedazos que han sobrado; que nada se desperdicie.
      Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos de los cinco
panes de cebada que sobraron a los que habían comido.
      La gente entonces, al ver el signo que había hecho, decía:
      - Éste sí que es el Profeta que tenía que venir al mundo.
      Jesús entonces, sabiendo que iban a llevárselo para proclamarlo rey,
se retiró otra vez a la montaña, Él solo.

Comentario

      En lugar de la narración de la multiplicación de los panes como la
presenta Marcos, la liturgia interrumpe la lectura continua de este evangelio
e introduce durante varios domingos la versión, más larga y articulada, que
ofrece el cuarto evangelio de ese mismo relato.
       En este domingo se ofrece la narración del milagro y en los próximos
la interpretación del signo realizado con el discurso de Jesús sobre "el pan
de vida" en la sinagoga de Cafarnaún. El conjunto tiene un evidente
significado cristológico y eucarístico, sin que sea fácil deslindar un tema
del otro.
      Algunas anotaciones nos ayudarán a leer con mayor atención el evangelio
de hoy, introducido ya por la lectura del antiguo Testamento en la que Eliseo
da de comer a mucha gente con un número reducido de panes.
      Jesús, sanando a los enfermos y distribuyendo el pan, sale al encuentro
de las necesidades concretas de la gente, pero, al mismo tiempo, trata de
hacer comprender el significado de los milagros que hace y estimula a quienes
creen en Él a tener hambre de otras cosas: a abrirse plenamente a la fe y a
emprender una vida en la que sólo Dios puede, en definitiva, colmar las
necesidades más importantes del hombre.
      Jesús realiza el milagro en diálogo con sus discípulos y con la gente
que lo rodea. No de una forma espectacular, sino usando los medios a
disposición y utilizando lo que ya existe.
      El gesto de multiplicar el pan debe ser entendido a la luz de los
acontecimientos del Éxodo. Dios colma la necesidad del pueblo dándole el
maná, pan del cielo. Jesús evoca así la figura de Moisés. Pero su gesto no
es sólo memoria de un pasado, anuncia también una maravilla aún más grande
que se cumplirá en la Pascua. El evangelio da explícitamente esta referencia
temporal: "Se acercaba la Pascua... " (6,4). . Y las palabras y los gestos
de Jesús son los mismos que los otros evangelistas emplean para narrar la
institución de la eucaristía.
      Jesús atrae todos a sí ("lo seguía mucha gente" 6,2) y no se opone a
la voluntad del Padre, que un día lo glorificará, pero no siguiendo el camino
que algunos querían. Por eso sabe también desprenderse de las pretensiones
de la multitud y quedarse solo.

"Cinco panes de cebada"

      Entre las muchas pistas de reflexión que nos ofrece el evangelio de
hoy, hay una que nos ayuda a leerlo desde Nazaret.
      El gesto de contar con aquellos cinco panes de cebada y los dos peces
secos que el chiquillo puso a su disposición corresponde con la experiencia
de todo lo humano que Jesús hizo en la pequeña aldea de Galilea.
      El pan de cebada era alimento de los pobres y de los esclavos. Producto
de escaso valor, pero sobre todo, escaso en cantidad para saciar a aquella
multitud. En opinión del discípulo Felipe, "ni medio año de jornal bastaría
para que a cada uno le tocara un pedazo".
      Unos de los aspectos principales del "signo" está precisamente en la
desproporción entre el pan disponible y la multitud saciada. A ello hay que
añadir los doce cestos de las sobras que hablan de la abundancia de los dones
de Dios en la época mesiánica.
      Pero el lado "nazareno" del milagro está en haber contado con lo poco
y de escaso valor a los ojos humanos para realizar la obra de Dios. Esa
delicadeza "divina" de contar con lo humano para salvar al hombre se inscribe
en el gran gesto de la encarnación, que es asumir lo humano, con todos sus
límites, para comunicar a todos una gracia ilimitada.
      La exigüidad de los medios, de que es claro testimonio la vida de
Nazaret (pequeñez de la aldea, insignificancia del trabajo allí realizado,
escaso horizonte cultural, etc), forma parte de los cinco panes de cebada que
Dios toma para cumplir su designio de salvar a todos.
      Lo que importa no es tanto la limitación de los medios (Dios puede
sacar hasta de las piedras hijos de Abrahán), cuanto el abrirse a la acción
divina. Lo poco de Nazaret y de los panes se hace de gran valor entre sus
manos.
      Ese ser  el signo de que allí está " el gran Profeta que tenía que
venir al mundo" (Jn 6,14). Él es quien nos revela el modo de ser de Dios,
quien ahora ya no crea más cosas de la nada, sino que cuenta ante todo con
la colaboración humana para realizar sus obras.

      Te bendecimos, Padre,
      por la maravilla del pan abundante para todos.
      Te bendecimos porque has querido sacarlo
      del hogar de Nazaret y lo has dado
      a la multitud hambrienta y dispersa
      para formar la familia de los creyentes.
      Danos hambre de la Palabra y del Espíritu
      para que se cumpla en nosotros
      el signo del pan ofrecido desde nuestra pobreza
      y distribuido desde tu liberalidad.

Presentar nuestro pan

      La Palabra nos lleva a vivir la eucaristía no como una celebración que
se agota en sí misma, sino como un estilo de vida del que el momento
celebrativo es a la vez "fuente y culmen".
      Presentar nuestro pan, el pan de la miseria, expresión de nuestra
pobreza, para que Dios realice su obra, es la actitud fundamental que nos
enseña hoy la contemplación "nazarena" de la Palabra. Quizá sea ese el
milagro-signo que más necesitamos hoy: compartir el pan. Es decir, no
contentarnos con ser beneficiarios del milagro, sino contribuir a realizarlo.
      La doctrina social de la Iglesia presenta el problema de la distri-
bución justa de los bienes de la tierra como un problema ético y no sólo
técnico o económico. Porque lo que más importa es ganar la conciencia del
hombre al movimiento del compartir. De modo que el principal paso está dado
cuando las personas abandonan la actitud egoísta de quedarse con lo que
tienen, con sus panes, y los ponen a disposición de todos.
      Y lo que vemos con una cierta lucidez en el ámbito mundial tiene las
mismas dinámicas de aplicación en ambientes más reducidos y en todos los
aspectos de la vida. Pensemos en nuestra ciudad, en nuestra comunidad.
      Leer la Palabra de Dios nos compromete. Leerla, escucharla, vivirla en
la eucaristía es empezar a dar ese paso que nos abre a la comunidad desde los
límites de nuestro ser para permitir que Dios haga el signo de la
multiplicación de los panes en nuestra vida.

TB.hsf

sábado, 18 de julio de 2015

Ciclo B - TO - Domingo XVI

19 de julio de 2015 - XVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo B

      "Le dio lástima de ellos porque andaban como ovejas sin pastor"

-Jer 23,1-6
-Sal 22
-Ef 2,13-18
-Mc 6,30-34

      Marcos 6,30-34

      En aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le
contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo:
      - Venid vosotros solos a un sitio tranquilo a descansar un poco.
      Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni
para comer.
      Se fueron en barca a un sitio tranquilo y apartado. Muchos los vieron
marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo
por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una
multitud y le dio lástima de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor;
y se puso a enseñarles con calma.

Comentario

      La figura del pastor, frecuente en la Biblia para expresar las
relaciones entre Dios y su pueblo, hace de puente entre las lecturas del
Antiguo testamento y las del nuevo en la liturgia de hoy.
      Puede verse en la lectura de Jeremías (23,1-6) y en el salmo
responsorial una introducción al texto del evangelio en el que, aun de forma
sumaria, Marcos presenta la compasión del "buen pastor" y su preocupación por
los discípulos que lo siguen. .
      En la primera lectura podemos ver cómo Dios, que desde antiguo guiaba
como un pastor a su pueblo, anuncia que, vista la incapacidad de los
dirigentes, asumirá personalmente la guía de su pueblo en los tiempos del
Mesías. El salmo, como respuesta, cantará las delicias de sentirse conducido
por un pastor así. Es como participar en un gran festín.
      Este contexto en el que la liturgia sitúa el breve pasaje de Marcos,
ayuda a comprender mejor la doble intervención de Jesús para reunir en un
lugar apartado a los apóstoles al volver de la misión, y su atención
compasiva hacia la multitud hambrienta, sobre todo de la Palabra de Dios.
      "Y se puso a enseñarles con calma". Es típico de Marcos el uso del
verbo enseñar en sentido absoluto, sin decir cuál es el contenido del
mensaje. En este caso la enseñanza (aunque no sabemos cuál es), sabemos que
brota del momento de calma en compañía de los doce y de la inmensa compasión
por la gente que andaba "como ovejas sin pastor". Además esa enseñanza parece
ser la introducción al milagro de la multiplicación de los panes que Jesús
realizará inmediatamente después.
      Tal signo anuncia ya su donación total para salvar a los hombres. La
2ª. lectura nos lleva a reflexionar sobre el alcance reconciliador y salvador
de ese gesto. Aparece así nítida la figura del Mesías, buen pastor, que
encarna la misericordia de Dios para con su pueblo, que guía y paga con su
persona el precio de nuestra paz.

    "Vio Jesús mucha gente" (Mc 6,34)

      No es un detalle marginal la anotación de Marcos sobre la "compasión"
de Jesús al ver la multitud. Una lectura apresurada podría pasar por encima
de esa observación, pero si nos detenemos a leer el evangelio desde la
experiencia de Jesús en Nazaret, podemos decir que expresa una actitud
largamente madurada en el corazón del Maestro.
      Jesús vio entonces mucha gente y le dio lástima porque andaban como
ovejas sin pastor, pero más allá del grupo concreto de gente a la que se
refiere el evangelio de hoy, está toda la lista de personas que Jesús conocía
en su ambiente, en su pueblo, en su tierra que también "andaban como ovejas
sin pastor". La mirada de Jesús se había detenido desde hacía muchos años en
la desorientación de la gente, en su sensación de no encontrar puntos de
referencia válidos. Y esto a pesar de existir muchos maestros, guías y
autoridades.
      El acercamiento del texto de Jeremías a la situación contemporánea a
Jesús que la liturgia hace de manera indirecta, quizá  había sido ya hecho por
Jesús muchas veces viendo lo que sucedía en Nazaret y en el pueblo judío en
general. Eso explica su polémica con los responsables religiosos que los
evangelios ilustran ampliamente.
      Lo importante para quien medita el evangelio desde Nazaret es ver que
una actitud semejante no se improvisa, no es fruto de un momento pasajero en
el que uno siente lástima por una situación desastrosa. No es fruto de
sentimentalismo sino una convicción profunda, fruto de una larga observación,
meditada, interiorizada, vista a la luz de la fe.
      La intervención de Jesús responde a esa actitud básica de compasión que
revela la misericordia y el amor del Padre. No se limita a "enseñar" aquel
día: crea una comunidad de mensajeros que lleven a todas partes el anuncio
de la salvación y se entrega personalmente para abrir un camino. Marchando
tras Él podrá constituirse un nuevo pueblo, un rebaño que sabe por donde
camina y que se siente libre e indefectiblemente unido a quien va delante de
Él.

Señor Jesús, danos tu mirada y tu compasión.
Que tu Espíritu Santo nos introduzca en tu corazón,
que sabe estar con los amigos
y tenerse siempre pronto para la misión;
discernir de inmediato la verdadera necesidad de la gente
y actuar en profundidad
aportando soluciones válidas y duraderas.
Te bendecimos, Padre, por Jesús, nuestro pastor y guía,
con Él nos sentimos seguros,
en Él vemos el amor que tienes a todos los hombres.


                                Ser pastor

      Todo cristiano esta llamado a seguir a Cristo, a escuchar su enseñanza
y a dejarse guiar por É. Pero, al mismo tiempo todos estamos llamados a
compartir con É la tarea de pastoreo, cada uno según sus funciones y sus
carismas.
      De las lecturas que meditamos hoy deberíamos aprender el modo de ser
pastor como Jesús y la participación en la eucaristía debería profundizar
cada vez más nuestra identificación con Él.
      Subrayamos algunas características que se desprenden de las lecturas
de hoy para nuestro comportamiento "pastoral".
      - Dios es siempre el pastor. "Yo mismo reuniré al resto de mis ovejas"
(Jer 23,3). Toda función pastoral debe, pues, situarse en la línea del signo
y la transparencia, para que aparezca claro lo que decía Jesús: "Mi Padre
trabaja siempre y yo también trabajo" (Jn 5,17)
      - Antes de la enseñanza está el tiempo de descanso y de reflexión
(personal o comunitaria) y esa mirada compasiva que comporta una penetración
profunda en la realidad en la que se encuentran los destinatarios del
mensaje.
      - Hablar a los demás, guiar, dirigir, es comprometerse: "Vosotros los
que antes estabais lejos, estáis cerca, por la sangre del Mesías, ... los
reconcilió con Dios por medio de la cruz (Ef 3,14-16). La palabra llama al
sacramento y el sacramento llama a la vida.
      - La finalidad de la acción pastoral es crear comunidad, construir el
reino, ser colaboradores en el plan del Padre de modo que el mundo sea cada

vez más la casa de Dios donde entran todos los hombres.

sábado, 11 de julio de 2015

Ciclo B - TO - Domingo XV

12 de julio de 2015 - XV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo B

                     "Los fue enviando de dos en dos"

-Am 7,12-15 // -Sal 84 // -Ef 1,3-14 // -Mc 6,7-13

Marcos 6,7-13

      En aquel tiempo, llamó Jesús a los doce y los fue enviando de dos en
dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que
llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan ni alforja, ni
dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de
repuesto.
      Y añadió:
      - Quedaos en la casa donde entréis, hasta que os vayáis de aquel sitio.
      Y si un lugar no os recibe ni os escucha, al marcharos sacudíos el
polvo de los pies, para probar su culpa.
      Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios,
ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Comentario

      La Palabra de Dios nos presenta hoy el misterio de la vocación y misión
de Amós (1ª. lectura), de todos los cristianos (2ª. lectura) y de los apóstoles
(3ª. lectura).
      En la página evangélica vemos el envío de los doce. Rechazado por los
suyos en Nazaret, Jesús, a partir de este momento, centra más su atención en
el grupo de los que le siguen y comienza a desarrollar un aspecto importante
de su vocación: llamados por Jesús "para estar con Él" (Mc 3,14), ahora los
envía para proclamar el mensaje como Él mismo lo hacía y para llevar a cabo
las señales que Él mismo cumplía. Es curioso observar que el evangelista
emplea para describir la misión de los apóstoles las mismas expresiones que
hasta ese momento había usado para decir en qué consistía el ministerio de
Jesús: "predicar, expulsar los demonios, curar los enfermos".
      Estas expresiones dan entender de una parte la continuidad de la misión
de Jesús en el tiempo de la Iglesia, y de otra, en la línea de la revelación,
que la palabra y los signos se complementan.
      En el modo concreto de cumplir la misión confiada por Jesús, el
evangelio subraya la importancia de la pobreza. Esta pone de manifiesto la
gratuidad del don recibido (de ello se habla también en la 2ª. lectura) y la
libertad y entrega con los apóstoles deberán dedicarse a anunciar el mensaje.
      Las recomendaciones concretas sobre el modo concreto de proceder,
indican también las dificultades reales de la misión. Jesús predice con toda
claridad que en algunos sitios serán rechazados, como Él sabía por propia
experiencia y por la de los profetas del Antiguo Testamento (1ª. lectura).
      En todos los casos la realidad primera sobre la que se apoya toda
vocación y misión en la Iglesia es "la inagotable generosidad" (Ef 1,7) del
Padre que llama y que tiene un designio de amor para el mundo.

Desde Nazaret

      El evangelista Marcos, que había ya anotado cómo fue de Nazaret (1,9)
de donde Jesús salió para ser bautizado en el Jordán y comenzar su misión,
pone ahora el comienzo de la misión de los doce a continuación de su paso por
Nazaret. Se diría que se trata de un nuevo punto de partida y para ello se
empieza desde el mismo sitio elegido por Jesús para salir a cumplir su
misión.
      Así pues, leído desde Nazaret, podemos fijarnos sobre todo en la
importancia del tiempo vivido por los apóstoles con Jesús antes de ser
enviados para aquella primera misión.
      Desde que Jesús los llamó uno por uno para que lo siguieran y fueran
sus compañeros hasta el momento del envío, pasó un tiempo de un cierto
aprendizaje y sobre todo de crecimiento en la fe. Jesús por su parte, cumplió
una cierta función educadora reuniendo el grupo, haciéndolo testigo de su
predicación y de sus intervenciones milagrosas, compartiendo la vida con
ellos.
      La distancia temporal entre la llamada y el envío comporta un camino
de preparación, de maduración que nos recuerda en varios puntos la
experiencia de Jesús en Nazaret.
      En ambos casos el apóstol se prepara, interioriza la llamada, se pone
a disposición para ser enviado. Son pasos a veces juzgados inútiles porque
no se les ve la eficacia o apariencia externa, pero sin ellos difícilmente
se aguanta la inexorable dificultad de la misión.
      Pero lo que más necesitamos entender es que ese aspecto de preparación
y formación es una dimensión de debe acompañar siempre al apóstol. "Nazaret"
en ese sentido es una situación a la que hay que volver siempre. Así lo hará 
Jesús después de su primera misión en Galilea (Mc 6,1-6) y también al regreso
de los apóstoles (Mc 6,31)
      Es también un modo de celebrar el derroche de bondad, misericordia y
amor del Padre, que desde siempre elige y acompaña la acción que tiende a
desarrollar en el mundo su plan de salvación.

      Te bendecimos , Padre, porque nos has elegido
      antes de crear el mundo.
      Danos la fuerza del Espíritu Santo
      para cumplir nuestra misión
      como Jesús tu Hijo y nuestro Señor.
      Tú eres nuestra única riqueza.
      Queremos ir en tu nombre y confiado en tu poder,
      libres y pobres, para anunciar el mensaje,
      para luchar contra el mal,
      para curar a los hermanos.


Con la fuerza del envío

      Cobra cada vez m s fuerza en la iglesia la idea de que todos somos
llamados y enviados. El bautismo y la confirmación sellan esa llamada y ese
envío de cada uno de los miembros del pueblo de Dios.
      La llamada y el envío de los doce por parte de Jesús tiene así, además
de su cometido propio, un valor simbólico y paradigmático, al ser los doce
la representación del nuevo pueblo de Dios.
      La fuerza del envío está en la conciencia de que cada uno ha sido
elegido por parte de Dios. Sólo quien siente el peso del amor y de la
predilección de Dios está en condiciones de ser enviado. Como los apóstoles,
que habían vivido con Jesús y habían empezado a creer en Él entreviendo el
misterio de su persona, también ahora es necesario, antes de ser enviado,
"dejarse alcanzar" por el amor de Cristo.
      La experiencia del amor de Dios es lo que urge y pone en camino para
anunciar su reino. La premura y la urgencia del envío, la itinerancia y el
poner atención únicamente a los bienes del evangelio que la Palabra de Dios
hoy nos piden, pueden encontrar eco sólo en un corazón que se sabe amado,
elegido muy por encima de los propios méritos: "Destinándonos ya entonces a
ser adoptados por hijos suyos por medio de Jesús Mesías -conforme a su querer y a su designio - a ser un himno a su gloriosa generosidad" (Ef 1,5-6).
      Es ese amor de Dios el que da la libertad y la disponibilidad para ir
sin llevar otra cosa que el evangelio y para ser testigos de lo que se
proclama.

TB.hsf