sábado, 9 de abril de 2016

Ciclo C - III Domingo de Pascua

10 de abril de 2016 - III DOMINGO DE PASCUA – Ciclo C

                              "¡Es el Señor!"

 Hechos 5,27b-32.40b-41

      En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los Apóstoles y les
dijo: ¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése?. En
cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos
responsables de la sangre de ese hombre.
      Pedro y los Apóstoles replicaron: Hay que obedecer a Dios antes que a
los hombres. "El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros
matasteis colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo
jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los
pecados". Testigo de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a
los que le obedecen.   
      Azotaron a los Apóstoles, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y
los soltaron. Los Apóstoles salieron del Consejo, contentos de haber merecido
aquel ultraje por el nombre de Jesús.

Apocalipsis 5,11-14

      Yo, Juan, miré y escuché la voz de muchos  ángeles: eran millares y
millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían
con voz potente: "Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la
riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza".
      Y oí a todas las creaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la
tierra, en el mar, -todo lo que hay en ellos- que decían "Al que se sienta
en el trono y al Cordero la alabanza el honor, la gloria y el poder por los
siglos de los siglos".
      Y los cuatro vivientes respondían: Amén.
      Y los ancianos cayeron rostro en tierra, y se postraron ante el que
vive por los siglos de los siglos.

Juan 21,1-19
     
      En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al
lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro,
Tomás apodado Mellizo, Natanael el de Caná  de Galilea, los Zebedeos y otros
discípulos suyos.
      Simón Pedro les dice:
      - Me voy a pescar.
      Ellos contestaron:
      - Vamos también nosotros contigo.
      Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.
      Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los
discípulos no sabían que era Jesús.
      Jesús les dice:
      - Muchachos, ¿tenéis pescado?
      Ellos contestaron:
      - No.
      El les dice:
      - Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.
      La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces.
Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
      - Es el Señor.
      Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la
túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca,
porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con
los peces.
      Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
      - Traed de los peces que acabáis de coger.
      Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta
de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió
la red.
      Jesús les dice:
      - Vamos, almorzad.
      Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque
sabían bien que era el Señor.
      Jesús se acerca, toma el pan y se los da; y lo mismo el pescado.
      Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después
de resucitar de entre los muertos.
      Después de comer dice Jesús a Simón Pedro:
      - Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
      El le contestó:
      - Sí Señor, tú sabes que te quiero.
      Jesús le dice:
      - Apacienta mis corderos.
      Por segunda vez le pregunta:
      - Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
      El le contesta:
      - Sí Señor, tú sabes que te quiero.
      El le dice:
      - Pastorea mis ovejas.
      Por tercera vez le pregunta:
      - Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
      Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería
y le contestó:
      - Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.
      Jesús le dice:
      - Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te
ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos,
otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.
      Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
      Dicho esto, añadió:
      - Sígueme.

Comentario

      El Evangelio de S. Juan en su última página cuenta la tercera aparición
de Jesús a sus discípulos en un relato cargado de símbolos y con detalles muy
significativos.
      Jesús se aparece a los apóstoles junto al mar de Tiberíades. Según el
Evangelio de S. Mateo, el mismo Cristo resucitado había dicho a las mujeres:
"Id a avisarles a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán" Mt 28,10.
Pero al principio no lo reconocen. Sólo después del milagro empiezan a darse
cuenta de quién se trata.
      El primero en reconocerlo es el discípulo amado. Quizá tenía los ojos
más limpios. Cuando su semblante está dibujado dentro, los ojos captan pronto
al Señor. Sin embargo, no es el discípulo amado el protagonista de la escena.
Enseguida interviene Pedro. Era él quien había tenido la iniciativa de ir a
pescar y ahora, movido por su carácter impulsivo y por su gran amor al Señor,
no vacila en lanzarse al agua para ir adonde él estaba. Será también Pedro
quien saque las redes con la pesca milagrosa y el interlocutor de Jesús en
el diálogo que sigue al almuerzo a las orillas del lago.
      Es muy significativa la actitud de los discípulos que "no preguntan
quién era, sabiendo muy bien que era el Señor". Los Hechos de los Apóstoles
dicen que Jesús se les apareció "durante muchos días" Hech. 13,10,pero da la
impresión de que no acababan de acostumbrarse a este modo de presencia del
Señor. Este les prepara el almuerzo, se los da, les hace participar
pidiéndoles algo suyo. Se diría que emplea todos los medios para entrar en
comunicación con ellos, pero ellos parece que no acaban de convencerse. En
la aparición del cenáculo "los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor"
(Jn 20,20) y también sin duda en esta ocasión, pero no acababan de hacerse
a este nuevo modo de estar el Señor con ellos.
      "Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió y lo mismo el pescado".
Es el mismo gesto de la multiplicación de los panes y de la institución de
la Eucaristía. Se diría que con este gesto Jesús ha querido educar a sus
discípulos para que lo reconozcan en el nuevo modo de presencia con que él
estará para siempre en su Iglesia. La Eucaristía, celebrada en la Iglesia,
es el signo por excelencia de su manifestación de su presentarse ante los
Discípulos a partir de entonces. Cada vez que coman y beban el cuerpo y la
sangre del Señor en la Eucaristía, renovarán el misterio de Cristo, muerto
y resucitado, y él estará presente en medio de ellos como don de vida en el
signo del pan y del vino.
      Después de la comida viene en el evangelio el diálogo de Jesús con
Pedro. Con la triple respuesta de amor, Pedro borra la triple negación de su
momento de debilidad. Pedro ya no se escandaliza de su propia fragilidad,
pero sobre todo no se escandaliza de la cruz de Cristo. Como buen discípulo
se apresta a tomar la cruz y a caminar tras el Maestro: Pedro se había ceñido
el vestido para ir en busca del Señor a la orilla del mar. Ahora Jesús le
anuncia que otro le ceñirá indicando con qué muerte iba a glorificar a Dios.
Jesús le había mostrado ya el camino con el gesto de ceñirse para servir ("se
puso a lavarles los pies a los discípulos" Jn 13,5) Ahora Pedro debe com-
prender que su misión de servicio en la Iglesia le llevará hasta el martirio.

Jesús en Nazaret

      También María y José tuvieron que acostumbrarse al nuevo modo de pre-
sencia de Dios entre los hombres cuando vino a "visitarnos" en Jesús.
      El israelita sabía que Dios "está en el cielo" y que el templo de Je-
rusalén era el lugar de la manifestación de su presencia. Por eso hacia ese
lugar convergía toda la actitud religiosa del pueblo de Israel. Los profetas
habían expresado con términos muy claros que Dios está por encima de los
lugares que él mismo elige para manifestarse: "El cielo es mi trono y la
tierra el estrado de mis pies: "¿Qué templo podréis construirme o qué lugar
para mi descanso?" Is 66,1 "No os hagáis ilusiones con razones falsas
repitiendo: el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor"
Jr 7,4 El mismo Salomón que construyó el primer templo oró así: "Ahora, pues,
Dios de Israel, confirma la promesa que hiciste a mi padre David, siervo
tuyo. Aunque, ¿es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el
cielo y en lo más alto del cielo, cuánto menos en este templo que he cons-
truído I Re 8,27.
      Aun así los judíos seguían pensando en Jerusalén como lugar de la
presencia de Dios. "Vosotros (los judíos) decís que el lugar donde hay que
celebrarlo está en Jerusalén" dijo a Jesús la Samaritana (Jn 4, 20). "Sus padres
(María y José‚) iban cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua" Lc 2,41.
      Pero cuando a María "le llegó el tiempo del parto "y dio a luz a su
hijo primogénito" (Lc 2,7), todo cambió. "La Palabra se hizo hombre, acampó
entre nosotros y contemplamos su gloria" Jn. 1,14.  "El es imagen del Dios
invisible" Col 1,15. "Dios, la plenitud total, quiso habitar en él" Col 1,19.
      El tiempo de Nazaret es como los "muchos días" en que Jesús se mani-
festó a sus discípulos después de la resurrección, es un tiempo de aprendizaje
al nuevo modo de estar Dios-con-nosotros. Es un ir acostumbrando los ojos a
la nueva luz.
      La acogida generosa dispensada por María y José‚ al Dios que había ve-
nido para liberar a su pueblo (Lc 1,68), preparó el tiempo en que "no daréis
culto al Padre ni en este monte ni en Jerusalén... Pero se acerca la hora,
o mejor dicho, ha llegado, en que los que dan culto auténtico, darán culto
al Padre con espíritu y verdad, pues de hecho el Padre busca hombres que lo
adoren así" Jn 4,22-23.
      La experiencia de María va aún más adelante puesto que ella vivió tam-
bién de cerca el misterio pascual y los primeros tiempos de la Iglesia post-
pentecostal.

En el tiempo de la Iglesia

      "Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción
litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la persona del
ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que
se ofreció en la cruz, sea sobre todo en las especies eucarísticas. Está pre-
sente con su virtud en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza
es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en
la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla. Está presente, por último
cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: "Donde están
dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20)
S.C.7.
      Estamos en una nueva fase de la economía de la salvación. Cristo, como
a los apóstoles en la orilla del lago, como a María y José‚ en Nazaret, se nos
presenta en un modo nuevo. Ahora, en el tiempo de la Iglesia, se nos presenta
bajo múltiples formas. Pero como en Nazaret o como en la orilla del lago de
Tiberíades, lo primero que necesitamos para reconocerlo es la fe y lo segundo
es el impulso del amor para seguirlo dando la vida por los demás.
      María y José‚ vivían, como Juan el apóstol, con el corazón despierto,
y cuando Dios se presentó en su vida en un modo inesperado y sorprendente (a
José‚ en sueños, a María a través de un mensajero celeste), ellos en seguida
supieron reconocerlo, supieron también que era "el Señor".
      A la luz del evangelio de hoy, la vida de Nazaret nos enseña a vivir
en nuestro tiempo atentos al Señor que se presenta de mil modos en nuestra
vida y a dar el paso generoso de seguirlo hasta el fin.

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 2 de abril de 2016

Ciclo C - II Domingo de Pascua

3 de abril de 2016 - II DOMINGO DE PASCUA  - Ciclo C

         "Llegó Jesús, se puso en medio y dijo: paz con vosotros"

Hechos 5,12-16

      Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.
      Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los
demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de
ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se
adherían al Señor.
      La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y cami-
llas, para que al pasar Pedro, su sombra por lo menos cayera sobre alguno.
      Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén llevando enfermos y
poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban.

Apocalipsis 1,9-11a.12-13.17-19

      Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino
y en la esperanza en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber
predicado la palabra de Dios y haber dado testimonio de Jesús.
      Un domingo caí en ‚éxtasis y oí a mis espaldas una voz potente, como una
trompeta, que decía: Lo que veas escríbelo en un libro, y envíaselo a las
siete iglesias de Asia.
      Me volví a ver quién me hablaba, y al volverme, vi siete lámparas de
oro, y en medio de ellas una figura humana, vestida de larga túnica con un
cinturón de oro a la altura del pecho.
      Al verla, caí a sus pies como muerto.
      El puso la mano sobre mí y me dijo: No temas: Yo soy el primero y el
último, yo soy el que vive.
      Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos; y tengo las
llaves de la Muerte y del Infierno.
      Escribe, pues, lo que veas: lo que está sucediendo y lo que ha de su-
ceder más tarde.

Juan 20,19-31

      Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los
discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos.
      Y entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
      - Paz a vosotros.
      Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos
se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
      - Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
      Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
      - Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les
quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.
      Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando
vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
      - Hemos visto al Señor.
      Pero él contestó:
      - Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en
el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
      A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con
ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
      - Paz a vosotros.
      Luego dijo a Tomás:
      - Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi
costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
      Contestó Tomás:
      - ¡Señor mío y Dios mío!
      Jesús le dijo:
      - ¿Porque me has visto has creído?. Dichosos los que crean sin haber
visto.
      Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús
a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús
es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su
Nombre.

Comentario

      El evangelio de hoy nos presenta a Cristo resucitado en plena cons-
trucción de su Iglesia nacida del sacrificio redentor.
      Presentándose en medio de los discípulos, los saluda con la paz y les
infunde la paz, don de la salvación realizada con su muerte y resurrección
para toda la humanidad. El gesto de mostrar las manos y los pies lleva en
primer lugar a los apóstoles a no confundirlo con un fantasma, pero sobre
todo a identificarlo con el Jesús a quien habían conocido antes de la pasión
y muerte. Esta identificación del resucitado con el crucificado es fun-
damental para la fe de los apóstoles y para la nuestra.
      Una vez más el evangelio subraya el cambio radical de quien empieza a
creer. "Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor". Esta vez el
cambio viene expresado como paso de la tristeza a la alegría, cosa que ya
había sido predicha por Jesús antes de padecer: "Lloraréis y os lamentaréis
vosotros. Mientras el mundo estará alegre: vosotros estaréis tristes, pero
vuestra tristeza acabará en alegría" Jn 16,20. La alegría es, en efecto, un
don típico de la pascua.
      La acción del resucitado, reconocido como Señor, en su Iglesia, con-
centrada entonces en la comunidad de los discípulos, comprende tres aspectos:
la misión, la donación del Espíritu Santo y del poder de perdonar los
pecados.
      - "Como el Padre me ha enviado, os envío yo también". Con estas pala-
bras Jesús confía a la Iglesia que Él ha fundado su misma misión divina:
anunciar a la humanidad el reino de Dios y la salvación. La Iglesia se
convierte así en "sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con
Dios y de la unidad de todo el género humano" L.G. 1. Esta confianza que Dios
pone en los hombres al entregarles su plan divino de salvación, es un miste-
rio que a la vez entusiasma y da miedo. La presencia del Cristo resucitado
y la acción del Espíritu Santo son la garantía de que la Iglesia podrá 
cumplir tan sublime misión.
      - "Recibid el Espíritu Santo". "Exaltado así a la diestra de Dios, ha
recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido y lo ha derramado"
Hch. 2,23, dirá  S. Pedro después de Pentecostés. Y S. Juan afirma que antes
de la resurrección de Cristo "no había Espíritu por que Jesús no había sido
glorificado" Jn 7,39.
      El Espíritu Santo comunicado por Cristo funda en los discípulos la
realidad de la vida nueva, los lleva al conocimiento de la verdad completa
y a testimoniar con fuerza y confianza que "Jesús es el Señor".
      - "A quienes perdonáis los pecados..." La donación del Espíritu Santo
y la comunicación del poder de perdonar los pecados están en íntima conexión.
Es con el poder del Espíritu como los apóstoles y sus sucesores pueden
liberar, sanar, renovar al hombre caído en pecado; es con el poder del
Espíritu Santo como la Iglesia se renueva en el camino de crecimiento hacia
la plenitud del Reino.
      La segunda parte del evangelio narra la experiencia de fe del apóstol
Tomás. Su camino de fe subraya la identidad personal entre el crucificado y
el resucitado, pone de manifiesto el riesgo que supone la fe y provoca la
bienaventuranza de "los que tienen fe sin haber visto".

Precariedad y permanencia de Nazaret

      El evangelio de hoy en su conjunto da una sensación de plenitud, de
vida, de inmensa apertura hacia el futuro. La presencia del Señor resucitado
lo llena todo de luz y de paz. La donación del Espíritu garantiza la fuerza
y la unidad.
      Bajar desde estas alturas a Nazaret puede causar impresión de pobreza,
de limitación, de precariedad. Y sin embargo en Nazaret tenemos ya la fe de
quienes creen sin haber visto, pues en nada aparecería la gloria del Señor
cuando estaba con María y José. Su fe, como la de Abrahán, se apoyaba sólo
en la promesa del Señor: ­"¡Dichosa tú la que has creído! porque lo que te ha
dicho el Señor se cumplirá " Lc 1,45.
      En Nazaret fue recibido el Espíritu Santo con mayor fuerza y plenitud
que en ningún otro sitio: "El Espíritu Santo bajará  sobre ti y la fuerza del
Altísimo te cubrirá con su sombra! Lc 1,35. Y su acción transformó por
completo la vida de María y de José.
      En Nazaret se comenzó a experimentar lo que significa vivir con Jesús
como centro de la familia, de la comunidad. Allí los "discípulos" María y
José empezaron a "ver" al Señor.
      Y sin embargo estas grandes realidades estaban ocultas, no aparecían,
se vivían sin el brillo pascual. Pero la muerte y la resurrección de Cristo
han rescatado para siempre el sentido de los años de Nazaret. Lo que en
Nazaret aparecía incipiente y germinal, se ha revelado, a la luz de la
Pascua, permanente y definitivo.

Ahora

      La ascensión de Cristo a los cielos nos obliga a bajar al Nazaret de
ahora donde es más real que nunca la bienaventuranza de "los que creen sin
haber visto".
      La situación es diferente, pero la oscuridad de la fe que se vivió en
Nazaret nos ayuda a vivir la oscuridad y misterio de reconocer a Cristo en
la humildad del pan, en el hermano que está a nuestro lado, en los pobres,
en la Palabra, en quien tiene las manos, los pies o el costado llagados.
      La apuesta que supuso la fe de María y de José en el Cristo aún no
resucitado estimulan nuestra fe en el Cristo que aún no vemos glorioso y nos
ayuda en el camino que lleva hacia Él.

TEODORO BERZAL.hsf

viernes, 25 de marzo de 2016

Ciclo C - Domingo de Pascua

26 de marzo de 2016 - DOMINGO DE PASCUA DE RESURRECCIÓN

                               "Vio y creyó"

Hechos 10,34a. 37-43

   En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
   -Hermanos: Vosotros conocéis lo que sucedió en el país de los judíos,
cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me
refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo,
que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo; porque
Dios estaba con Él.
   Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en Judea y en Jerusalén. Lo
mataron colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y nos
lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a los testigos que Él había designado:
a nosotros, que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección.
   Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo
ha nombrado juez de vivos y muertos. El testimonio de los profetas es
unámine: que los que creen en Él reciben, por su nombre, el perdón de los
pecados.

Colosenses 3,1-4

   Hermanos: Ya habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá 
arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes
de arriba, no a los de la tierra.
   Porque habéis muerto; y vuestra vida está en Cristo escondida en Dios.
Cuando aparezca Cristo, vida nuestra, entonces también vosotros apareceréis,
juntamente con Él, en gloria.

Juan 20,1-9

   El primer día de la semana María Magdalena fue al sepulcro al amanecer,
cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro. Echó a correr
y fue donde estaba Simón Pedro y el otro discípulo a quien quería Jesús, y
les dijo:
   -Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.
   Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían
juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó
primero al sepulcro; y, asomándose, vio las vendas en el suelo; pero no
entró. Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro. Vio
las vendas en el suelo y el sudario con el que le habían cubierto la cabeza,
no por el suelo con las vendas, sino enrollado en un sitio aparte. Entonces
entró también el otro discípulo, el que había llega primero al sepulcro; vio
y creyó. Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había
de resucitar de entre los muertos.
                       
Comentario

   En el domingo de Pascua se lee el comienzo del cap. 20 de S. Juan. A
través de todo el capítulo encontramos la narración de cómo se va
constituyendo la comunidad con quienes van llegando a la fe en el resucitado.
Examinemos las dos primeras escenas que corresponden al caso de la Magdalena
y al de Pedro y el otro discípulo.
   La anotación cronológica con la que se abre el texto ("El primer día de
la semana") tiene un alto valor simbólico. La semana hebrea recuerda los días
de la creación y culmina con el sábado. El día siguiente abre una fase nueva;
con él estamos en los tiempos nuevos. Pero Juan dice también que era todavía
de noche, sin duda porque la luz de Cristo no había empezado a brillar en el
corazón de los creyentes.
   En contraste con los otros evangelistas, Juan presenta a la Magdalena
sola cuando va al sepulcro, ve la losa quitada y corre a decírselo a los
apóstoles. Pero el plural que usa en el anuncio ("no sabemos dónde lo han
puesto") empalma perfectamente con la tradición de los otros evangelistas que
hablan de varias mujeres. Sea como fuere, en ese primer momento no hay una
expresión de fe, sino una constatación de hechos. Es una constante a través
de todo el cap. 20 de Juan. A la fe no se llega de forma inmediata, el hombre
pone dudas y resistencias. Parece que habría que hablar, como algunos han
hecho, de una fe difícil.
   La segunda escena presenta a Pedro y a otro discípulo (generalmente
identificado con Juan) que reaccionan ante el anuncio de la Magdalena
corriendo hasta el lugar del sepulcro. Como ella también los discípulos están
inquietos, buscan algo.
   El gesto de deferencia de Juan, que llega antes (¿porque era más joven o
porque se sintió más amado pro Jesús?) pone de relieve la figura de Pedro,
del que no se había hablado después de sus negaciones. Pero esa primacía no
le da ningún privilegio en lo que se refiere a la fe personal. De hecho los
dos discípulos constatan los mismos signos, pero sólo de Juan se dice que
"vio y creyó". Es el primero del que se dice que llegó a la fe después de la
resurrección.
   Ningún privilegio tampoco para el discípulo amado que necesita ver para
creer, colocándose en la misma situación en que se encontrar  más adelante
el apóstol Tomás. Y más aún si se tiene en cuenta el reproche del último
versículo del texto: "Hasta entonces no habían entendido la Escritura".
   Se inaugura así el tiempo nuevo, el tiempo de la Iglesia en el que la fe
es suscitada por Dios mediante los signos que han visto los primeros testigos
y es corroborada por lo que dice la Escritura. Es el tiempo de los que, sin
haber visto, creen (Jn 20,29)

Jesús de Nazaret

   La convicción interior que supone la fe en el resucitado va creciendo a
medida que se interpretan los signos concretos que los discípulos ven a la
luz de la Escritura y con las pruebas patentes que Cristo ofrece en sus
diversas apariciones. Como vemos en la 1ª. lectura, Pedro proclama en casa del
centurión su fe aduciendo los signos concretos que le han permitido
identificar al resucitado con el Jesús que antes había conocido. "Hemos
comido y bebido con Él después de su resurrección" (Hech 10,39) Esa
constatación de la identidad de Jesús que lo muestra en su dimensión
encarnatoria es fundamental para el testimonio apostólico.
   Si es cierto que Jesús se muestra, también lo es que los discípulos lo
buscan. Es de notar a este propósito que en el evangelio de Juan se subraya
cómo la fe nace de una relación de afecto y amor con Jesús. Se trata de una
relación que compromete a toda la persona. El primero que llega a la fe en
el resucitado es el discípulo que Jesús amaba. Magdalena reconoce a Jesús
cuando se siente llamada por su nombre. Pedro recibe la confirmación de su
misión de pastor sólo después de haber afirmado por tres veces su amor a
Jesús.
   Pero la invitación a la fe tiene también una dimensión comunitaria. Jesús
se aparece a los once en el cenáculo o al borde del lago. Los apóstoles en
seguida comprenden y anuncian que la buena noticia de la resurrección y la
llamada a la fe es para todos los que, mediante su testimonio, pueden creer
sin haber visto. Así nace la Iglesia.
   Rasgos de ese clima de fe naciente los encontramos también cuando los
evangelistas hablan de los primeros años de la vida de Jesús en Nazaret. Los
comentaristas del evangelio se complacen en subrayar la semejanza entre la
búsqueda de María y de José cuando Jesús se queda en el templo de Jerusalén
y la búsqueda de las mujeres y los discípulos el primer día después del
sábado.
   La precipitación de Pedro y Juan en su carrera hacia el sepulcro y la
"angustia" de María y de José al volver a Jerusalén después de la primera
jornada de camino, traducen en un solo gesto la preocupación interior que lleva
a salir, a buscar, a tratar de encontrar... Es el gesto que manifiesta el
amor.
   Pero la fe no se ofrece como recompensa. Sorprende a todos. Por una parte
permanece siempre una zona de oscuridad y de incomprensión, donde el misterio
queda siempre escondido, por otra está la seguridad plena que produce la paz
y la alegría de haber llegado a la verdad, de haber encontrado mucho más de
lo que se buscaba.

   Señor Jesús, vivo y resucitado,
   con María Magdalena, con Pedro y Juan,
   con María y José,
   queremos vivir hoy la búsqueda amorosa
   que enciende la fe.
   La luz de tu resurrección
   hace brillar en nosotros el deseo
   de ir a tu encuentro
   porque reconocemos en el evento
   de tu paso de la muerte a la vida
   la explicación del enigma de nuestra vida
   y de la historia del mundo.
   Ante esta maravilla suprema de Dios
   que es tu resurrección,
   nuestra esperanza, Señor Jesús,
   redobla su fuerza para descubrir tu acción
   en todos los signos de vida que tenemos a nuestro alcance.

Celebrar la Pascua

   S. Pablo exhorta a los primeros cristianos a celebrar la Pascua "no con
levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad) sino con los panes ázimos
de la sinceridad y de la verdad" (1Co 5,8). Quizá tengamos en esas palabras
el primer testimonio de la celebración de la Pascua cristiana. Pero aparte de
su valor histórico son de una lógica contundente para la vida concreta del
cristiano.
   La Pascua de Cristo en la que el cristiano es introducido mediante la fe
y el bautismo pone en su vida una radical novedad, que debe llevar a dejar
de lado lo antiguo, es decir, el pecado. S. Pablo lo expresa aludiendo al
rito hebreo que consistía en eliminar de la casa todo pan fermentado, símbolo
de la impureza, para empezar nuevamente el ciclo de la vida cotidiana con una
pan puro, ázimo.
   Celebrar la Pascua en la liturgia se convierte así en un compromiso a
realizarla en el culto de la vida. Es el compromiso de cada eucaristía.
   La levadura de la "malicia" y de la "corrupción", que fermenta, crece y
da sus frutos de muerte, debe ir dejando el sitio a la "sinceridad", a la
"verdad" y demás virtudes cristianas ya que en la Pascua de Cristo hemos sido
hechos "ázimos". Lo que se nos ha dado como regalo debe ir transformando toda
nuestra vida para poderla ofrecer a nuestra vez como don.
   El don es inicialmente luz interior que da la fe para adherirnos con
certeza a la persona de Jesucristo. En cuanto luz interior tiene una
evidencia subjetiva inapelable. Y es a partir de esa fuerza de convicción que
puede construirse poco a poco una existencia que tiende hacia una mayor
claridad y se expresa progresivamente en comportamientos más coherentes.
   La celebración de la Pascua debería hacer cada vez más clara la razón de
nuestra fe y más nítida la coherencia de nuestro obrar. Como un espejo al ser
desempañado, la Pascua de cada año debería devolvernos cada vez más clara la
imagen de nuestro ser cristiano.
TEODORO BERZAL.hsf