sábado, 11 de marzo de 2017

Ciclo A - Cuaresma - Domingo II

12 de marzo de 2017 - II DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo A

                             "Se transfiguró"

Génesis 12,1-4a

   En aquellos días, el Señor dijo a Abrahán:
   -Sal de tu tierra y de la casa de tu padre hacia la tierra que te mostra-
ré.
   Haré de ti un gran pueblo, te bendeciré, haré famoso tu nombre y será una
bendición.
   Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a los que te maldigan.
   Con tu nombre se bendecirán todas las familias del mundo.
   Abrahán marchó, como le había dicho el Señor.

II Timoteo 1,8b-10

   Querido hermano:
   Toma parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que
Dios te dá. El nos salvó y nos llamó a una vida santa no por nuestros méri-
tos, sino porque antes de la creación, desde el tiempo inmemorial, Dios
dispuso darnos su gracia, por medio de Jesucristo; y ahora, esa gracia se ha
manifestado por medio del Evangelio, al aparecer nuestro Salvador Jesucristo,
que destruyó la muerte y sacó a la luz la vida inmortal.

Mateo 17,1-9

   Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan y se los llevó
aparte a una montaña alta. Se transfiguró delante de ellos y su rostro
resplandecía como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. Y
se les aparecieron Moisés y Elías conversando con Él.
   Pedro entonces tomó la palabra y dijo a Jesús:
   -Señor, ¡qué hermoso es estar aquí! Si quieres haremos tres chozas: una
para ti, otra para Moisés y otra para Elías.
   Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su
sombra, y una voz desde la nube decía:
   -Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo.
   Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se
acercó y tocándolos les dijo:
   -Levantaos, no temáis.
   Al alzar los ojos no vieron a nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban
de la montaña, Jesús les mandó:
   -No contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de
entre los muertos.                       

Comentario

   El camino de la cuaresma nos lleva cada año a recorrer las etapas de
nuestra iniciación cristiana. Hoy nos presenta en qué‚ consiste el itinerario
de la fe: salida de nuestra tierra y confesión de Jesús como Señor.
   El cristiano, hijo de Abrahán (1ª. lectura) y seguidor de Jesús, es invi-
tado a contemplar a Éste en el episodio de su transfiguración.
   Siguiendo el relato evangélico, cada uno de los personajes que van a-
pareciendo, nos ofrece una posibilidad de acercamiento al misterio.
   -Los discípulos. Son elegidos uno por uno y en número reducido, no sólo
para presenciar, sino también para participar y ser testigos del aconteci-
miento. Su actitud de disponibilidad, de alegría y temor reverencial ante el
misterio que se revela, nos habla del sentido trascendente de la experiencia
que están viviendo. Entre ellos destaca Pedro, a quien Mateo, contrariamente
a los otros evangelistas, no reprocha la falta de comprensión de lo que
sucede. Por el contrario, es él quien llama a Jesús "Señor", título que
corresponde a su situación gloriosa, mientras que en los evangelios de Marcos
y Lucas lo llama "Maestro".
   - Moisés y Elías. Son los dos personajes del Antiguo Testamento que han
visto la gloria de Dios. Representan la ley y los profetas, formula global
que se usaba para designar el conjunto de la revelaci¢n antigua. Existía la
creencia de que ambos aparecerían un día para anunciar la llegada del Mesías.
Su presencia en la transfiguración de Jesús es un testimonio cargado de
simbolismo. Cuando Jesús aparece en su gloria, ellos se eclipsan,
contribuyendo a poner de relieve su figura. Es de notar que el episodio de
la transfiguración acontece entre dos anuncios que Jesús hace de su propia
pasión y muerte, dejando bien claro el doble aspecto, sufrimiento y gloria,
que encierra su misterio.
   Entre los evangelistas, Mateo subraya el aspecto luminoso de la
transfiguración de Jesús: "Su rostro resplandecía como el sol, la nube que
cubrió a los discípulos era "luminosa". Parece que ambas expresiones están
tomadas del pasaje del Antiguo Testamento en el que se describe el paso del
mar Rojo (Ex 34,29-30) y contribuyen a presentar a Jesús como un nuevo
Moisés, tema constante en el primer evangelio.
   Pero más importante que el testimonio mudo de Moisés y de Elías, es la
voz del cielo y la nube que envuelve a los discípulos. Como en el bautismo
de Jesús en el Jordán, la voz del cielo revela la identidad de Jesús: Él es
el Hijo amado del Padre. Aquí se añade además la orden de escucharle,
poniendo así de relieve su misión reveladora.
   De este modo la transfiguración de Jesús no tiene sólo la función de
manifestar de forma anticipada lo que será la gloria de la resurrección, sino
también la de afirmar que con su vida y con su palabra cumple la misión de
revelar y llevar a cabo el plan de Dios para el hombre.

"Tomó la forma de esclavo" (Fil, 2,7)

   Para explicar lo que sucedió ante los ojos atónitos de los tres
discípulos, los evangelistas emplean unánimemente la expresión "se
transfiguró" referida a Jesús, y a continuación dan algunos detalles sobre
el aspecto de su rostro y de sus vestidos.
   La palabra griega que corresponde a transfiguración es "metamorfosis",
que significa transformación, cambio de forma o de apariencia. Referido a una
persona es el cambio de su condición de vida.
   Esa transformación o transfiguración de Jesús ante los apóstoles, que
revela de alguna manera su otra condición de vida, la que un día, después de
pasada la prueba de la cruz adquirirá definitivamente, nos hace pensar
también en la encarnación.
   En la carta a los filipenses, S. Pablo emplea la misma terminología que
aparece en el evangelio de hoy para hablar de la otra transformación en
sentido inverso. Cristo Jesús que existía en la "forma" de Dios, se despojó
de esa condición y asumió la "forma" de esclavo, presentándose como un simple
hombre (Fil 2,5-8). Existen, pues, por así decirlo dos transfiguraciones en
sentido opuesto: la una que lleva a Cristo a manifestarse en la humildad del
Siervo, la otra que lo revela como Señor.
   Debemos ahora dar un paso más y descubrir la relación que existe entre
ambas transfiguraciones si queremos meditar el evangelio a la luz del
misterio de Nazaret. La transfiguración del Tabor es transitoria. El rostro
de Jesús transfigurado y radiante de luz será, como Él mismo anuncia,
desfigurado en la pasión hasta perder la apariencia de hombre (Is 53,2-3).
El camino de la encarnación lo había llevado, en un exceso de amor, hasta la
condición infrahumana de la "forma" de esclavo. La "transfiguración" operada
en la encarnación del Verbo hace posible la redención llevándole a compartir
la condición de vida del hombre. Y no se trata de una situación transitoria,
como en el Tabor, sino permanente, pues Dios se ha hecho hombre para siempre.
   La conexión de la encarnación con el misterio de la cruz es presentada
así en la carta a los hebreos: "Al entrar en el mundo dice Él: Sacrificios
y ofrendas no los quisiste; en vez de eso me diste un cuerpo a mí" (10,5).
La condición humana de Jesús no es, pues, una cosa pasajera o aparente. Si
pudo morir en la cruz para salvarnos es porque había nacido de la virgen
María.
   La verdad de la condición divina de Jesús, desvelada momentáneamente en
la escena evangélica de este domingo, prueba la profundidad del misterio que
durante tantos años se ocultó en Nazaret. La fugacidad del momento de gloria
nos ayuda a penetrar en la opacidad de todos los otros momentos en los que
sólo aparece la condición humana de Jesús y a reconocerlo y escucharlo aun
cuando por la violencia de los malos tratos es reducido a la condición de
esclavo.
   Como Él nos ha hablado de hombre a hombre asumiendo nuestro modo de ser,
la transfiguración nos confirma que un día también nosotros podremos hablar
con Dios tratándolo como Él es.

   Señor Jesús,
   tu rostro transfigurado
   nos descubre tu condición gloriosa;
   tu rostro desfigurado en la pasión
   nos recuerda tu inmenso amor por nosotros;
   tu rostro sereno durante tantos años en Nazaret
   nos comunica la cercanía y humildad
   con la que has querido compartir nuestra vida.
   Danos hoy la gracia del Espíritu Santo
   para que, desde el Tabor,
   sepamos ver el Calvario
   y las colinas de Nazaret.


El camino de la fe

   La Iglesia con el mensaje litúrgico de este domingo nos invita a tomar
nuevos ánimos en el camino de la fe; más aún, nos pide que redescubramos las
razones verdaderas de nuestro creer para que nuestra vida cobre un sentido
más pleno.
   El ejemplo de Abrahán que, llamado por Dios, deja todo y se fía de Él
para emprender un camino con rumbo desconocido, la subida de los apóstoles
con Jesús hacia la cima de Tabor para ser introducidos de forma misteriosa
en lo que es el misterio de Dios, nos indican con fuerza cuál es el camino
de la fe.
   La fe supone, ante todo, una ruptura. Con demasiada frecuencia los
cálculos humanos, las perspectivas a corto plazo, los cuidados de la vida,
ahogan en nosotros esa visión hacia el futuro y hacia el sentido último que
tiene nuestra existencia. Por eso necesitamos, de vez en cuando, sacudir
nuestra torpeza; dejar que la Palabra de Dios entre hasta lo más profundo de
nosotros mismos y ponernos nuevamente en pie para emprender la marcha de la
fe.
   La fe comporta siempre un riesgo. No suprime toda inquietud. Al
contrario, lleva a estar siempre en camino, siempre abiertos a nuevas
perspectivas.
   La obediencia a Dios que comporta la fe nos pone entre sus manos, de
manera que uno pierde, por así decirlo, las riendas del propio destino para
confiar en el Otro. Por eso el creer es también una apuesta que lleva siempre
más allá de las propias posibilidades, hacia rumbos desconocidos.
   La fe es, ante todo, un encuentro gozoso con Jesús; un encuentro
recíproco en el que hay una comunicación fundada en una relación de profunda
amistad. De ese encuentro nace la fuerza para caminar en el llano de la vida
cotidiana y para subir al otro monte, al Calvario, cuando Dios lo disponga.
   Ese encuentro con Jesús abre la fe hacia la esperanza, hacia el
definitivo estar cara a cara con Él, cuando su rostro ya transfigurado
definitivamente en la resurrección nos transfigurará también a nosotros a su
imagen. "Seremos transformados; porque esto corruptible tiene que vestirse
de incorrupción y esto mortal tiene que vestirse de inmortalidad" (1Co
15,53).
   Esa es la "buena noticia" que hemos recibido "ahora por la aparición en
la tierra de nuestro Salvador" (2ª.lectura).

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 4 de marzo de 2017

Ciclo A - Cuaresma - Domingo I

5 de marzo de 2017 - I DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo A

                 "El Espíritu condujo a Jesús al desierto"

Génesis 2,7-9; 3,1-7

   El Señor Dios modeló al hombre de arcilla del suelo, sopló en su nariz un
aliento de vida y el hombre se convirtió en ser vivo.
   El Señor Dios plantó un jardín en Edén, hacia Oriente, y colocó en Él al
hombre que había modelado.
   El Señor Dios hizo brotar del suelo toda clase de árboles hermosos de ver
y buenos de comer; además el árbol de la vida, en mitad del jardín, el árbol
del conocimiento del bien y del mal.
   La serpiente era el más astuto de los animales del campo que el Señor
Dios había hecho. Y dijo a la mujer:
   -¿Cómo es que os ha dicho Dios que no comáis de ningún árbol del jardín?
   La mujer respondió a la serpiente:
   -Podemos comer los frutos de los árboles del jardín; solamente del fruto
del árbol que está en mitad del jardín nos ha dicho Dios: "No comáis de él
ni lo toquéis, bajo pena de muerte".
   La serpiente replicó a la mujer:
   -No moriréis. Bien sabe Dios que cuando comáis de él se os abrirán los
ojos y seréis como Dios en el conocimiento del bien y del mal.
   La mujer vio que el árbol era apetitoso, atrayente y deseable porque daba
inteligencia; tomó del fruto, comió y ofreció a su marido, el cual comió.
   Entonces se les abrieron los ojos a los dos y se dieron cuenta de que
estaban desnudos; entrelazaron hojas de higuera y se las ciñeron.

Romanos 5,12-19

   Hermanos: Lo mismo que por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y
por el pecado la muerte, y la muerte se propagó a todos los hombres, porque
todos pecaron...
   Pero, aunque antes de la ley había pecado en el mundo, el pecado no se
imputaba porque no había ley.
   Pues a pesar de eso, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, incluso
sobre los que no habían pecado con un delito como el de Adán, que era figura
del que había de venir.
   Sin embargo, no hay proporción entre la culpa y el don: si por la culpa
de uno murieron todos, mucho más, gracias a un solo hombre, Jesucristo, la
benevolencia y el don de Dios desbordaron sobre todos.
   Y tampoco hay proporción entre la gracia que Dios concede y las conse-
cuencias del pecado de uno: la sentencia contra uno acabó en condena total;
la gracia, ante una multitud de pecados, en indulto.
   Si por culpa de aquél, que era un solo, la muerte inauguró su reino,
mucho más los que reciben a raudales el don gratuito de la amnistía vivirán
y reinarán gracias a uno solo, Jesucristo.
   En resumen, una sola culpa resultó condena de todos, y un acto de
justicia resultó indulto y vida para todos.
   En efecto, así como por la desobediencia de un solo hombre, todos fueron
constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno solo, todos
serán constituidos justos.

Mateo 4,1-11

   Jesús fue llevado al desierto por el Espíritu para ser tentado por el
diablo. Y después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, al final
sintió hambre. Y el tentador se le acercó y le dijo:
   -Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes.
   Pero Él le contestó diciendo:
   -Está escrito: No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que
sale de la boca de Dios.
   Entonces el diablo lo lleva a la Ciudad Santa, lo pone en el alero del
templo y le dice:
   -Si eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: "Encargará a
los ángeles que cuiden de ti y te sostendrán en sus manos para que tu pie no
tropiece con las piedras".
   Jesús le dijo:
   -También está escrito: "No tentarás al Señor, tu Dios".
   Después el diablo lo lleva a una montaña altísima y mostrándole todos los
reinos del mundo y su esplendor le dijo:
   -Todo esto te daré si te postras y me adoras.
   Entonces le dijo Jesús:
   -Vete, Satanás, porque está escrito: "Al Señor tu Dios adorarás y a Él
solo darás culto".
   Entonces lo dejó el diablo, y se acercaron los ángeles y lo servían.
                     
Comentario

   Las lecturas del ciclo "A" dan al tiempo de cuaresma un marcado carácter
bautismal. La Iglesia invita a cada uno de sus miembros a recorrer nuevamente
el camino de la iniciación cristiana para participar, cada vez con mayor
profundidad, en el misterio pascual.
   Por eso el mensaje de este domingo podría sintetizarse de este modo:
Somos invitados a tomar conciencia del plan que Dios tiene para el hombre y
constatar la repuesta negativa del primero de ellos (1ª. lectura). Jesús,
recorriendo las etapas del pueblo elegido, se hace solidario con todos
nosotros y, rechazando la propuesta del diablo, elige dar cumplimiento a lo
que Dios quiere (3ª. lectura). Todos podemos entrar así en ese modo nuevo de
ser hombre en comunión con el nuevo Adán (2ª. lectura).
   Veamos un poco más detenidamente el texto del evangelio.
Al igual que Lucas, Mateo desarrolla ampliamente el acontecimiento de las
tentaciones de Jesús en el desierto ofreciendo su significado, cuando Marcos
se había limitado sencillamente a citarlo.
   Tres son los aspectos más importantes que el texto de Mateo subraya.
   Las tentaciones que Jesús sufre son las mismas que había experimentado el
pueblo de Israel en el desierto. La prueba del hambre para mostrarle que el
hombre no vive sólo de pan (Det 8,1-6); la tentación de poner a Dios al
propio servicio (Det 6,16) y la tentación permanente de adorar otros dioses
(Det 6,13). Allí mismo donde el pueblo había sido infiel, Jesús, con la
fuerza del Espíritu y la espada de la Palabra de Dios, sale vencedor.
   El segundo aspecto, y el más marcado, es evidentemente mesiánico. Las
tentaciones narradas por Mateo son tentaciones de Jesús. La cuarentena en el
desierto, es el momento en que el hombre Jesús ejerce plenamente su libertad.
Ante el proyecto de un mesianismo triunfante y glorificador de su persona,
que el diablo sutilmente le insinúa con palabras de la Escritura, Jesús se
adhiere plenamente al plan de Dios. Esto comporta identificarse con la figura
del siervo de Yavé que le llevará a la cruz.
   Y finalmente las tres tentaciones tienen también un sentido eclesial. Son
también nuestras tentaciones. Resumen perfectamente los puntos críticos donde
se juega la fidelidad de cada uno de nosotros al Señor. También para nosotros
existen las tentaciones de buscar una salvación exclusivamente intramundana
(de solo pan), de pretender acudir a intervenciones milagrosas por parte de
Dios que eliminen el riesgo de la fe, y el deseo del dominio y del poder.
   El pasaje evangélico que hoy leemos, colocado por Mateo como preparación
a la misión de Jesús, nos invita a acoger su mensaje y a emprender con Él, el
camino que nos llevará a la pascua si somos dóciles al Espíritu.

En Nazaret

   Leyendo el relato de las tentaciones de Jesús en el
desierto fácilmente nos detenemos a considerar cómo la neta oposición
presentada a las propuestas del diablo marcan el camino futuro del Mesías.
Es bueno también meditar cómo ese momento importante de la vida de Jesús
descubre también cuáles eran las opciones que Él había vivido hasta entonces
durante los largos años de Nazaret. Como sucede normalmente a los hombres,
el momento de la prueba pone en evidencia su temple, las convicciones más
profundas que ha venid forjándose a lo largo de los años, la orientación que
ha seguido siempre en su vida.
   Desde este punto de vista bien podemos decir que seguir las propuestas
del diablo, no era sólo comprometer el camino previsto por Dios para el
Salvador de los hombres, sino también renegar de su pasado, poner en
entredicho toda la trayectoria que había seguido hasta entonces.
   Como trabajador, Jesús había ganado el pan lo mismo que María y José, con
el sudor de su frente. Por eso sabía lo que valía el pan, sabía cuánto
costaba dar de comer a una familia en las condiciones normales de la vida y
en las situaciones difíciles por las que la suya había pasado. Pero había
visto también algunas veces lo fácil que es para el hombre pasar de la noble
ocupación de ganarse el pan al afán desmedido por acumular riquezas y tesoros
capaces de robarle el corazón. Por eso ahora, cuando el diablo le propone que
para mostrar su condición de Hijo de Dios, cambie las piedras en pan, no lo
hace. El había vivido otro modo de ser hijo de Dios que consistía en trabajar
para tener el pan.
   A Jerusalén, al templo, Jesús había ido todos los años desde joven, pero
siempre andando por el camino y confundido entre la gente de las caravanas.
Como buen israelita sabía la importancia de ese lugar y su significado
mesiánico, pero las murallas, las torres, los pináculos, los había visto
siempre desde abajo. Nunca se le había ocurrido pensar en una demostración
espectacular para desvelar su condición mesiánica. El, al templo, había ido
únicamente para orar y para hablar, como más tarde hará también; había estado
"escuchando y haciendo preguntas" (Lc 2,17). Por eso la negativa a la pro-
puesta de Satanás no pudo ser más clara.
   "Después Jesús bajó a Nazaret y siguió bajo su autoridad" (Lc 2,51). Es
exactamente el camino opuesto al de ir a ver "todos los reinos del mundo" y
pretender que los demás se sometan al propio poder. Hacía tiempo que el
diablo estaba derrotado en el corazón humilde de Jesús, Él que no vino para
ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por todos (Mt 22).
   La victoria sobre el tentador en el desierto deja entrever que Nazaret
era ese nuevo paraíso, quizá  sin árboles frondosos y sin los cuatro ríos,
donde ni el hombre ni la mujer dieron oídos a la serpiente porque en su
corazón, ya desde el principio, no anidaba la raíz del mal. Nazaret es el
lugar de la fidelidad total a Dios, de la apertura absoluta a su Palabra, de
la familiaridad de trato con Él.
  
   Padre, te bendecimos por Jesús,
   que movido por el Espíritu Santo,
   entró en el desierto para ser tentado.
   Te bendecimos por su victoria,
   que es también la nuestra
   si seguimos el mismo camino
   que el siguió hasta el momento de la prueba.
   Te bendecimos porque Él entregó su vida
   para que nosotros pudiéramos también vencer.
   Mediante el bautismo,
   en el que hemos renunciado a Satanás para siempre,
   hemos sido hechos hijos tuyos
   y, aunque vivimos esta nueva vida
   en la debilidad de la carne,
   sabemos que contamos con la fuerza de la Palabra
   y que tú no nos abandonas nunca.

"No nos dejes caer en la tentación"

   "En Cristo también tú eres tentado", dice S. Agustín. Nosotros no somos
ajenos a las tentaciones de Jesús: podemos experimentarlo cada día. En
nosotros mismos vemos la fragilidad de la naturaleza humana herida por el
pecado desde sus orígenes (1ª. lectura).
   El primer paso en nuestra vida cristiana será, pues, reconocer nuestra
fragilidad, ser conscientes de la realidad de nuestra situación, saber que
la vida nueva que alienta en nosotros está amenazada, precisamente por el
gran valor que tiene. Esta toma de conciencia de nuestra debilidad no debe
llevarnos a la angustia y desesperación: Dios no somete a la prueba a nadie
por encima de sus fuerzas (1Co 10,13). Debe llevarnos más bien a la
vigilancia y al discernimiento. Discernimiento porque existen dos tipos de
pruebas bien diferenciadas en nuestra vida: las pruebas de proveniencia
varia, que sirven para afianzarnos en el bien, para echar raíces más
profundas, para crecer en el camino espiritual; y las pruebas (tentaciones)
que vienen de nuestra propia naturaleza, de los demás y a veces incluso del
diablo, que van encaminadas a hacernos caer, a privarnos en todo o en parte
de ese tesoro de vida nueva del que somos portadores y beneficiarios.
   Todas las tentaciones, desde la más pequeña hasta aquéllas en las que se
juega el destino de un hombre, repiten el mismo esquema: el mal es presentado
con apariencia de bien, para que el hombre, seducido por su brillo, encaje
el golpe que lo hace caer.
   Por eso ante la tentación, lo más importante es el discernimiento que
desenmascara al tentador revelando el engaño y la fuerza de voluntad para
elegir el verdadero bien.
   Cuando pedimos a Dios en el Padrenuestro "no nos dejes caer en la
tentación", declaramos que necesitamos su ayuda para vencer, y que por
nuestras propias fuerzas no seríamos capaces de sobreponernos al mal.
Expresamos así el deseo de participar también en la victoria de Cristo.
   En la oración deberíamos también aprender a usar las mismas armas que
Jesús usó: la fuerza de la palabra de Dios, ayuno y oración, y la decisión
inquebrantable de una fidelidad total al Señor que se forja en las pequeñas
fidelidades de cada día. Eso es lo que impide al mal agazaparse a nuestra
puerta y entrar en el corazón (Gen 4,7).

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 18 de febrero de 2017

Ciclo A - TO - Domingo VII

19 de febrero de 2017 - VII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                           "Amad a vuestros enemigos"

-Lev. 19,1-2.17-18
-Sal 102
-1Co 3,16-23
-Mt 5,38-48

Mateo 5,38-48
  
   Dijo Jesús a sus discípulos:
   -Sabéis que está  mandado: "Ojo por ojo, diente por diente". Pero yo os
digo: No hagáis frente al que os agravia. Al contrario, si uno te abofetea
en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para
quitarte la túnica, dale también la capa; quien te requiera para caminar una
milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no
lo rehuyas.
   Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo.
   Yo, en cambio, os digo:
   Amad a vuestro enemigos, haced el bien a los que os aborrecen y rezad por
los que os persiguen y calumnian. Así seréis hijos de vuestro Padre que está
en el cielo, que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia a
justos e injustos.
   Porque si amáis a los que os aman, ¿qué premio tendréis? ¿No hacen lo
mismo los publicanos? Y si saludáis sólo a vuestros hermanos, ¿Qué hacéis de
extraordinario? ¿No hacen también lo mismo los paganos? Por tanto, sed
perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto.

Comentario

   El pasaje evangélico de este domingo completa la serie de antítesis a
través de las que Jesús en el sermón de la montaña explica la ley nueva del
Reino. Las dos que consideramos hoy se refieren directamente a la relación
con el prójimo y explicitan de forma concreta el mandamiento del amor, punto
clave de la buena nueva.
   "Ojo por ojo..." Jesús toma pie de esta norma existente no sólo en los
Libros del Antiguo Testamento, sino en otras legislaciones antiguas, para,
por contraste, decir cuál es la actitud de quien quiere entrar en el Reino
de Dios. La ley del talión intentaba poner un freno y un límite al instinto
de venganza y era ya un progreso notable contra la barbarie. Jesús no inten-
ta, sin embargo, completar con nuevas y más rigurosas normas la ley natural.
Su enseñanza se sitúa en otro plano. Lo que Él pide es un corazón bueno,
capaz de ahogar en él mismo el deseo de devolver mal por mal, capaz de
aniquilar en el propio interior la reacción de venganza para dar cabida al
perdón, a la gratuidad, al amor. No se trata, por tanto de nuevas normas, de
otros preceptos que en último término serían paradójicos e impracticables,
sino de entrar en la disposición nueva requerida por el amor infinito y total
de Dios que lleva a asumir radicalmente la propia condición humana y la de
los demás, para ir más allá  de lo estrictamente requerido por nuestra razón
o por el sentido común. Es un paso que sólo se puede cumplir desde la fe.
   "Amad a vuestros enemigos...", es la última de las antítesis e indica
claramente cómo entrar en la lógica del Reino de Dios implica, en último
término, aceptar y estar dispuesto a imitar el modo de proceder de Dios, que
supera y transciende nuestro modo de pensar puramente humano.
   El ser hijos del Padre es para Jesús la razón última y la motivación del
comportamiento que propone a sus seguidores en el sermón de la montaña. Esto
supone devolver al hombre a su condición primera de criatura hecha a imagen
de Dios (Gen 1,27). En virtud de esa semejanza y de la elección del pueblo
de Israel, Dios pedía ya a los israelitas ser "santos, porque yo, el Señor,
soy santo" (Lev. 19,2).
   A esa misma motivación de fondo se refiere Jesús cuando propone al Padre
"que hace salir el sol sobre buenos y malos" como modelo de comportamiento
de los que le siguen. En adelante será el único camino para escapar de una
lógica moralista y mezquina, que encierra al hombre en una serie de
reacciones predeterminadas por sus instintos o por las convenciones sociales
y lo tiene prisionero de sus propios intereses.

"No hagáis frente"

   Las normas recogidas en el sermón de la montaña no son una lista de
prescripciones para aplicar cada una en el caso que corresponda. Revelan más
bien el espíritu con que hay que afrontar todas las situaciones de la vida,
si se opta por vivir en el Reino anunciado por Jesús.
   Por eso el mejor criterio interpretativo de ese conjunto de preceptos, de
orientaciones, de motivaciones, es ver cómo han sido vividos por Jesús y por
quienes han intentado seguirlo. En último término el evangelio es Jesús
mismo, más que la suma de lo que ha dicho y hecho.
   Teniendo esto presente, podemos contemplar la vida entera de Jesús como
reflejo de lo que dice en este resumen del Evangelio que es el sermón de la
montaña. Su comportamiento humilde y sumiso durante la pasión traduce al pie
de la letra algunas de las expresiones del evangelio de hoy. Pero toda su
vida fue un testimonio claro de gratuidad en el servicio y en el perdón, de
proclamación de la verdad y del amor, incluso a los enemigos. Su no
resistencia a quienes usaron la violencia contra Él pudo parecer señal de
debilidad; en realidad se reveló como el mejor camino para mostrar el amor
de Dios a todos los hombres, aunque para ello tuviera que sufrir y entregar
la vida.

Desde Nazaret

   Meditando el evangelio desde Nazaret, no podemos dejar de ver algunos
detalles que se sitúan ya desde los comienzos en la línea del no hacer frente
a quien agravia y que manifiestan cómo el modo de proceder de Jesús en sus
útimos años, no fue improvisado.
   Según el evangelio de Mateo, bajo la guía directa de Dios, la Sagrada
Familia, ante la matanza de los inocentes, huye a Egipto. La respuesta a la
violencia es la huida, el no hacer frente, el admitir la apariencia de
triunfo de quien se presenta como adversario. Por ese camino, Jesús realiza
el éxodo de su infancia, preludio del éxodo pascual, que comportan  actitudes
semejantes.
   Y al regresar a tierra de Israel después de la permanencia en Egipto, la
Sagrada Familia, guiada por José, cumple un nuevo gesto de no enfrentamiento
con el adversario. Según el programa narrativo de Mateo, el lugar natural de
nacimiento y residencia del Mesías era la ciudad real de Jerusalén o al menos
la comarca de Judea, heredera de las puras tradiciones del pueblo elegido.
Pero ante el hecho de que Arquelao, sucesor de su padre Herodes, reinaba en
Judea, "se retiró a Galilea y fue a establecerse a un pueblo que llaman Naza-
ret" (Mt 2,23). También en este caso, según el evangelista Mateo, ese modo
de comportarse paradójico que lleva a elegir un pueblo perdido de una comarca
heterodoxa es el camino por donde se manifiesta el consagrado por Dios, el
Nazareo.
   A partir de esos gestos iniciales, podemos imaginar los muchos detalles
de la vida concreta en los que la Sagrada Familia traduciría el amor a todos,
el perdón de las ofensas, la gratuidad,...

   Padre bueno, que mandas la lluvia
   sobre justos e injustos,
   que a todos amas y ofreces tu perdón y tu gracia,
   te bendecimos por la enseñanza que Jesús nos ha dado
   con su vida y con su palabra.
   Hoy queremos contemplar y celebrar tu bondad
   y pedirte el don del Espíritu Santo
   que nos hace hijos tuyos
   y nos impulsa a ser perfectos como tú;
   pero no con esa perfección
   de quien ha llegado ya a la meta,
   sino de quien está  siempre en camino.
   Queremos ser como tú con la confianza que nos da
   el mandato de Jesús,
   que tan bien conoce tu grandeza
   como nuestra limitación.

Hermano y enemigo

   Con razón se insiste en afirmar que el precepto de amar también a los
enemigos y no sólo al prójimo, introduce una nota de universalismo en la
caridad cristiana que lo debe llevar a acoger y a amar a todos.
   Pero esa oposición prójimo-enemigo lleva a desatender un aspecto muy
concreto de nuestra vida cotidiana: muchas veces el "enemigo" no es alguien
lejano, es nuestro prójimo, es alguien que vive con nosotros, es nuestro
hermano.
   Corremos el riego de teñir de romanticismo el precepto del Señor, si por
amor a los enemigos entendemos algún gesto heroico de perdón y amistad hacia
hipotéticos "enemigos" con quienes nunca nos encontramos, sencillamente
porque, en la mayor parte de los casos, no existen.
   Mi enemigo está  paradójicamente en quien más me ama, en aquel con quien
colaboro y con quien vivo todos los días. El proverbio dice acertadamente que
es quien bien te quiere quien te hará  llorar. De quienes recibimos las
mayores alegrías y estímulos para el bien, nos vienen también las ofensas que
más sentimos.
   El amor a los enemigos es esa actitud profunda que lleva a la disponi-
bilidad para perdonar y hacer el bien a quien nos puede perseguir y calum-
niar, pero, al filo de los días debe traducirse en gestos sencillos de re-
conciliación y apertura hacia quien está  a nuestro lado.
   Cualquiera de nosotros está  llamado a practicar el amor a los enemigos en
el ámbito donde vive. Se trata de matar dentro de uno mismo el despecho o la
indiferencia para ofrecer una palabra buena que reconstruye el diálogo o una
relación interrumpida; se trata de dar algo más de lo que se nos ha pedido,
de caminar dos millas con alguien a quien en principio concederíamos sólo
una; se trata de prestar algo que por anticipado sabemos que nunca nos será
devuelto...
   Comportamientos así introducen en las familias, en las comunidades una
lógica de gratuidad y de amor que va matando poco a poco el egoísmo y la
dinámica de la violencia. En eso consiste de forma concreta la construcción

del Reino de Dios en este mundo.
TEODORO BERZAL.hsf