miércoles, 5 de abril de 2017

Ciclo A - Domingo de Ramos

9 de abril de 2017 – Ciclo A - DOMINGO DE RAMOS EN LA PASION DEL SEÑOR

                     "Realmente éste era Hijo de Dios"

Isaías 50,4-7

   Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido,
una palabra de aliento.
   Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados.
   El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me he
echado atrás.
   Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban mi
barba.
   No oculté el rostro a insultos y salivazos.
   Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso endurecí mi
rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado.

Filipenses 2,6-11

   Hermanos: Cristo, a pesar de su condición divina, no hizo alarde de su
categoría de Dios; al contrario, se despojó de su rango, y tomó la condición
de esclavo, pasando por uno de tantos. Y así, actuando como un hombre
cualquiera, se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de
cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el ¡Nombre-sobre-
todo-nombre! de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el
Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame: ¡Jesucristo es
Señor! para gloria de Dios, Padre.

Mt 26,14 - 27,66

Comentario

   Como centro de la Palabra de Dios tenemos en este domingo la lectura de
la pasión de Jesús. Esta "memoria de la pasión" debe acompañarnos durante
toda la semana que se abre con el Domingo de Ramos. Escuchar el relato
serenamente en la liturgia y leerlo con atención en el silencio es el mejor
comentario que pueda hacerse.
   La versión de la pasión que ofrece S. Mateo coincide casi completamente
con la de S. Marcos. Hay, sin embargo, algunos detalles propios de Mateo que
guiarán nuestra reflexión. Esas diferencias tienden a subrayar la ruptura con
el hebraísmo, el cumplimiento de la Escritura, la dramaticidad de las
situaciones...
   Los acontecimientos que preceden a la pasión, además de su significado
propio, crean el clima que permite comprender en profundidad todo el proceso.
Podemos fijarnos en estos detalles. La traición de Judas es interpretada a
la luz de una cita explícita del profeta Zacarías en la que se concreta el
precio exacto pagado por los sumos sacerdotes; ese precio equivalía a lo que
se había dado por el profeta (Zac 11,13) y era el precio de un esclavo. En
el relato de Mateo es en el que con más nitidez aparece la figura del traidor
pues acentúa el contraste entre la comunión y amistad que supone sentarse a
la misma mesa y la delación inmediatamente posterior. En la institución de
la Eucaristía hay dos expresiones propias de Mateo: la sangre de Jesús será
derramada "para el perdón de los pecados" y, cuando Jesús beberá de nuevo el
fruto de la vid en el Reino del Padre lo hará  "con vosotros". En la
predicción del abandono por parte de Pedro y los demás discípulos, Mateo cita
nuevamente a Zacarías y añade una palabra con gran valor eclesiológico. Para
él se trata de la dispersión de las ovejas "del rebaño".
   Entrando en el relato de la pasión propiamente dicha, encontramos también
algunos aspectos propios de Mateo. Durante la agonía en Getsemaní, atenúa el
drama interior de Jesús. El "terror y angustia" de Mc 14,33,son en Mateo
"tristeza y angustia". En la oración al Padre, Jesús añade un "si es posible"
sumiso y obediente.
   Durante el proceso ante las autoridades religiosas se subraya la
inocencia de Jesús y la falsedad de las acusaciones. Puede notarse también
la correspondencia entre la pregunta de Caifás y la confesión mesiánica de
Pedro (Mt 16,16). El proceso ante las autoridades civiles es presentado como
particularmente inicuo, aunque forma parte del designio de Dios. La mujer de
Pilato ve en Jesús "un hombre justo".
   En los momentos finales de la crucifixión y muerte de Jesús, Mateo se
fija sobre todo en su abandono y soledad. Más que los otros evangelistas
insiste en el cumplimiento de la Escritura aludiendo repetidas veces a
expresiones de los salmos. Característica de Mateo es también la expresión
"Si eres hijo de Dios... ", que hace eco a las palabras del tentador en el
desierto al comienzo del ministerio de Jesús. Finalmente es propia de Mateo
la alusión a los fenómenos cósmicos que acompañaron la muerte y sepultura de
Jesús. Parece que quiere significar con ellos el paso de una era a otra, el
paso de la antigua a la nueva alianza.

Unus de Trinitate passus est

   El misterio de Nazaret educa nuestra mirada de fe para, desde la Sagrada
Familia, contemplar la profundidad trinitaria de Dios.
   La pasión de Jesús nos revela en el punto supremo, la historia del Dios
amor: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Con S. Agustín podemos decir: "Allí
estaban los tres, el Amante, el Amado y el Amor".
   Con demasiada frecuencia estamos acostumbrados a meditar la pasión viendo
sólo a Jesús e incluso, teniendo en cuenta su doble naturaleza, nos detenemos
casi exclusivamente en sus sufrimientos humanos. Dejamos así de lado su
naturaleza divina que por definición, o quizá más bien por una deformación
mental nuestra, consideramos impasible. Deshacemos así, quizá de manera
inconsciente, la unión hipostática realizada en la encarnación. Por eso hemos
colocado como título de esta reflexión una expresión antiquísima de la fe
cristiana ("uno de la Trinidad ha padecido"), que dice bien esa implicación
de toda la Trinidad en la pasión de Cristo.
   Al "abandono" que Jesús experimenta no sólo como hombre, sino también
como Hijo, sobre todo en el momento de Getsemaní y en la hora de la muerte,
corresponde por parte del Padre ese acto que el Nuevo Testamento llama en
diversos lugares "entrega". "Dios no escatimó su propio Hijo, sino que lo
entregó por todos nosotros" (Rom 8,32). Es más, Dios lo ha hecho "pecado" y
"maldición" (Gal 3,13) por nosotros. En el abandono que el Hijo siente está
del otro lado la entrega por parte del Padre. Si el Hijo no fue escatimado,
eso aconteció para que quienes merecíamos el castigo fuéramos salvados.
Podemos ver, pues, en el abandono del Hijo la entrega del Padre, no sólo en
cuanto da a su propio Hijo, sino en cuanto Él mismo se entrega y compromete
definitivamente con el hombre. Pero el Hijo se entrega a sí mismo
voluntariamente, en perfecta sintonía con la voluntad del Padre. "Me amó y
se entregó por mí" (Gal 2,20).
   En el acontecimiento de la cruz tenemos el momento del máximo abandono,
de la máxima distancia, por así decirlo, entre el Padre y el Hijo, y al mismo
tiempo la máxima comunión. Quien franquea la distancia y une los extremos es
evidentemente el Espíritu Santo. Por eso de Cristo crucificado brota la
abundancia de vida del Espíritu que vivifica a los muertos y se derrama a
todos los hombres.
   El Espíritu Santo "que sondea las profundidades de Dios" (1Co 1,11) está 
en el dolor de Dios por el pecado del hombre; está en el dolor del Padre al
entregar al Hijo para que muera a manos de los hombres; está en la agonía,
en el abandono, en la muerte del Hijo y desde esas situaciones, que a los
ojos de los hombres parecen absurdas y desesperadas hace brotar el amor, un
amor que procede de una libertad total y de una misericordia infinita. "Tanto
amó Dios al mundo que entregó a su hijo único para que tenga vida eterna y
no perezca ninguno de los que creen en Él" (Jn 3,16).

   Señor Jesús, que te has hecho obediente
   hasta morir en la cruz por nuestros pecados,
   pedimos para nosotros ese mismo Espíritu,
   que transformó esa cadena de humillación,
   de dolor, de desprecio, de abandono que fue tu pasión
   en el sacrificio perfecto que salva al mundo.
   Que el Espíritu Santo nos introduzca,
   mediante la fe, la adoración y el compromiso
   en ese misterio inconmensurable
   del amor trinitario
   para que sepamos contemplar
   la expresión humana del dolor de Dios
   manifestada en el sufrimiento.

Por nosotros

   El acontecimiento de la cruz ilumina el misterio de Dios revelándonos la
inmensidad de su amor que se manifiesta en el sufrimiento de Cristo. Pero
proyecta también una luz definitiva sobre el misterio del hombre.
   Ante Cristo abandonado-entregado por el Padre y muerto en la cruz no
podemos ver como irremediable ninguna situación humana, nuestra o de los
demás. Ninguna miseria, ninguna maldad, ningún pecado es ajeno a lo que pasó
aquel día en el Calvario. Nuestro corazón debe ser capaz de dilatarse hasta
comprender toda la extensión del mal y del pecado que existe en el mundo,
para desde ella proclamar que la misericordia de Dios es aún más amplia. El
recorrido que Jesús ha hecho en su pasión por todas las miserias del hombre
nos permite lanzar ese grito de esperanza.
   Pero al mismo tiempo que la comprensión y la misericordia, debe crecer en
nosotros el repudio más absoluto de toda forma de pecado. Y ese repudio, en
nosotros y en los demás, debe nacer de la contemplación del inmenso amor de
Dios que vemos manifestado en Cristo. "No es posible comprender el mal del
pecado en toda su realidad dolorosa sin sondear las profundidades de Dios"
(Dominum et Vivificantem, 39). Sólo quien se hace cargo del dolor que Dios
experimenta por el pecado, puede abrirse al misterio de la redención. "Pero
a menudo el Libro sagrado nos habla de un Padre, que siente compasión por el
hombre, como compartiendo su dolor. En definitiva, este inescrutable e
indecible "dolor" de Padre engendrará sobre todo la admirable economía del
amor redentor en Jesucristo, para que, por medio del misterio de la piedad,
en la historia del hombre el amor pueda revelarse más fuerte que el pecado"
(idem).
   La historia del amor de Dios hacia el hombre se resume en el camino
concreto seguido por Jesús que lo llevó, fiel a Dios y fiel al hombre, a la
cruz. Así nos indicó también la senda que nosotros tenemos que seguir:
"Cristo sufrió por vosotros dejándoos un modelo para que sigáis sus huellas.
El no cometió pecado, ni encontraron mentira en sus labios... El en su
persona subió nuestros pecados a la cruz para que nosotros muramos a los
pecados y vivamos para la honradez" (1Pe 2,23-24).

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 1 de abril de 2017

Ciclo A - Cuaresma - Domingo V

2 de abril de 2017 - V DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo A

                    "Yo soy la Resurrección y la Vida"

Ezequiel 37,12-14

   Esto dice el Señor:
   -Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepul-
cros, pueblo mío, y os traeré a la tierra de Israel. Y cuando abra vuestros
sepulcros y os saque de vuestros sepulcros, pueblo, sabréis que soy el Señor:
os infundiré mi espíritu y viviréis; os colocaré en vuestra tierra, y sabréis
que yo el Señor lo digo y lo hago. Oráculo del Señor.

Romanos 8,8-11

   Hermanos: Los que están en la carne no pueden agradar a Dios.
   Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el espíritu, ya que el Espí-
ritu de Dios habita en vosotros.
   El que no tiene el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
   Si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el
espíritu vive por la justicia.
   Si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en
vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará tam-
bién vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Juan 11,1-45

   Un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana,
había caído enfermo. (María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó
los pies con su cabellera: el enfermo era su hermano Lázaro).
   Las hermanas le mandaron recado a Jesús, diciendo:
   -Señor, tu amigo está enfermo.
   Jesús, al oírlo, dijo:
   -Esta enfermedad no acabará con la muerte, sino que servirá para la
gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella.
   Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que
estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
   Sólo entonces dice a sus discípulos:
   -Vamos otra vez a Judea.
   Los discípulos le replican:
   -Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿vas a volver allí?
   Jesús contestó:
   -¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día, no tropieza porque ve
la luz de este mundo; pero si camina de noche, tropieza porque le falta la
luz.
   Dicho esto añadió:
   -Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo.
   Entonces le dijeron sus discípulos:
   -Señor, si duerme, se salvará.
   (Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del
sueño natural.)
   Entonces Jesús les replicó claramente:
   -Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros de que no hayamos estado
allí, para que creáis. Y ahora vamos a su casa.
   Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
   -Vamos también nosotros y muramos con él.
   Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania
distaba poco de Jerusalén: unos tres kilómetros; y muchos judíos habían ido
a ver a Marta y a María, para darles el pésame por su hermano.
   Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro,
mientras María se quedaba en casa. Y dijo Marta a Jesús:
   -Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aún
ahora sé que todo los que pidas a Dios, Dios te lo concederá.
   Jesús le dijo:
   -Tu hermano resucitará.
   Marta respondió:
   -Sé que resucitará en la resurrección del último día.
   Jesús le dice:
   -Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto,
vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?
   Ella le contestó:
   -Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía
que venir al mundo.
   Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:
   -El maestro está ahí, y te llama.
   Apenas lo oyó, se levantó y salió a donde estaba Él: porque Jesús no
había entrado todavía a la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había
encontrado. Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que
María se levantaba y salía de prisa, la siguieron, pensando que iba al
sepulcro a llorar allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se
echó a sus pies, diciéndole:
   -Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano.
   Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acom-
pañaban, sollozó y muy conmovido, preguntó:
   -¿Dónde lo habéis enterrado?
   Le contestaron:
   -Señor, ven a verlo.
   Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
   -¡Cómo lo quería!
   Pero algunos dijeron:
   -Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido
que muriera éste?
   Jesús, sollozando de nuevo, llegó hasta la tumba. (Era una cavidad
cubierta con una losa.) Dijo Jesús:
   -Quitad la losa.
   Marta, la hermana del muerto, le dijo:
   -Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días.
   Jesús le dijo:
   -¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?
   Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
   -Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas
siempre; pero lo digo por la gente que me rodea para que crean que tú me has
enviado. Y dicho esto, gritó con voz potente:
   -Lázaro, ven afuera.
   El muerto salió, los pies y la manos atados con vendas, y la cara
envuelta en un sudario. Jesús les dijo:
   -Desatadlo y dejadlo andar.
   Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había
hecho Jesús, creyeron en Él.
                        
Comentario

   El itinerario catecumenal que la Iglesia realiza cada año en la cuaresma
llega hoy a su punto culminante. Mirando a los domingos precedentes, podemos
sintetizarlo así: pasando a través del "agua" del bautismo, el cristiano es
iluminado por la "luz" de Cristo y recibe la "vida" de los hijos de Dios.
   La catequesis litúrgica de este domingo nos lleva a contemplar cómo el
Espíritu de Dios da vida y pone en marcha a todo un pueblo (1ª. lectura),
habitando y transformando la vida desde el interior de cada persona (2ª.
lectura) y conduciéndola a Cristo en quien está la verdadera vida y la resu-
rrección (3ª. lectura).
   Detengámonos un momento en el relato de la resurrección de Lázaro, para
captar el mensaje global de estas lecturas. En el evangelio de Juan ocupa un
lugar importante por tres motivos: se presenta el símbolo (vida) en el que
confluyen los que ha empleado anteriormente (agua, luz); Marta confiesa
explícitamente la fe de la Iglesia: "Sí, Señor, yo creo..."; la consecuencia
de la resurrección de Lázaro es la decisión de los sumos sacerdotes y los
fariseos de condenar a muerte a Jesús.
   El relato de este "gran signo" viene presentado por el evangelista en
tres etapas. Después de unos versículos de introducción en los que se
describe la situación, Jesús da a sus discípulos algunas instrucciones
fundamentales para introducirlos en el significado del milagro que realizará.
El conoce exactamente, aunque a distancia, cómo están las cosas: Lázaro no
está dormido, sino muerto. Pero la muerte no es la situación definitiva de
quienes son "amigos" suyos. Quien muere con Él, no en el sentido material al
que se refiere Tomás invitando a sus compañeros a ir a Jerusalén, sino
vinculándose a Jesús mediante la fe, vivirá.
   La segunda parte de la narración pone el acento sobre el camino de fe que
recorren las hermanas de Lázaro y de modo especial Marta. Ésta, en un diálogo
intenso con Jesús, que tiene como trasfondo el hecho de la muerte de Lázaro,
es conducida a confesar su fe. Ante la afirmación solemne de Jesús
introducida por la expresión "Yo soy", Marta no pone condiciones. Acepta no
sólo que Él puede dar la vida, sino que Él es la vida. Llega así a la verdad
de la fe: "Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios".
   El gran milagro que sigue confirma la verdad de esa fe. A pesar de las
vacilaciones de las hermanas de Lázaro y de quienes rodean a Jesús, Éste
cumple el signo de llamar a la vida a un muerto, mostrando así que "igual que
el Padre resucita a los muertos y les da la vida, también el Hijo da la vida
a quien quiere" (Jn 5,21-22). El Hijo lo hace, sin embargo, en plena sumisión
al Padre, "para gloria de Dios" (11,4).
   La resurrección de Lázaro anticipa así, en cierto modo, la resurrección
de Jesús "porque el Padre dispone de la vida y ha concedido también al Hijo
el disponer de la vida" (Jn 5,26) y es un signo de la resurrección final de
todos los que duermen en Cristo.

"Jesús se echó a llorar"

   Uno de los aspectos más profundos y delicados en los que se manifiesta la
realidad de la encarnación es en el de los sentimientos. Jesús, llorando por
la muerte de su amigo Lázaro, nos da ocasión para meditarlo. Es más, su
llanto sereno y la potencia de su voz que resucita a los muertos nos revelan
su doble condición, igualmente verdaderas, de hombre y de Dios.
   Dos son los sentimientos que manifiesta Jesús externamente en ese trance:
el primero es el de turbación e indignación, el segundo el de pena por la
pérdida de Lázaro. Algunas traducciones del evangelio no hacen esta
distinción y ven en los versículos 33,35 y 38 diversas manifestaciones,
reprimidas unas y más libres otras, del mismo llanto.
   Sin embargo, ante la actitud de duda e incredulidad de María, la hermana
de Lázaro, y de los judíos, Jesús se turba de indignación. Los comentaristas
vacilan entre dos interpretaciones. Para algunos Jesús se sorprende y se
indigna profundamente por la incredulidad que ve en quienes lo rodean. Para
otros ese sentimiento es producido por la desesperación de la condición
humana necesariamente sometida al sufrimiento y a las tinieblas de la muerte,
cuya raíz está en el pecado. Esta última interpretación contrasta con la
serenidad manifestada al comienzo del relato ante la noticia de la enfermedad
de Lázaro y el retraso voluntario de dos días para ir a Betania, dejando que
se cumpliera el ciclo natural de la enfermedad que desemboca en la muerte.
   Muy distinto sentido tiene el verbo usado en el versículo 35: "Jesús se
echó a llorar". Evoca un llanto silencioso, expresión de una honda pena. Los
judíos así lo entienden y comentan: "¡Mirad cuánto lo quería!". Se trata de
una expresión de la intimidad plenamente humana, como la de cualquier persona
ante la muerte de un familiar o de un amigo.
   Fácil es evocar desde aquí un momento similar en el que Jesús debió
encontrarse en Nazaret cuando murió S. José. El dolor de la despedida
llegaría a la misma intensidad que había llegado la estima, la intimidad, el
amor. María y Jesús debieron compartir el llanto y el dolor mientras el
"hombre justo" los dejaba con la esperanza en el corazón de ver un día la
resurrección. No hubo, sin embargo, entonces ningún milagro: no había llegado
aún la hora de Jesús. Y, sin embargo, Él, la resurrección y la vida estaba
allí.
   Nazaret nos revela también en esto la otra cara del misterio. La
resurrección de Lázaro es un signo, tanto más maravilloso cuanto más
excepcional. La resurrección de Jesús, a la que la de Lázaro nos remite,
descubrirá finalmente en la fe el sentido que tiene toda muerte. Marta creía
en la resurrección de los muertos "en el último día". Jesús le dice que en
Él se encuentra una vida que vence a la muerte, de manera que quien cree en
Él "aunque muera, vivirá ". Luego lo importante no es ya morir o no morir,
sino tener la fe en Cristo para vivir eternamente.
   Así cobra todo su valor el ciclo natural de la vida del hombre que
culmina con la muerte. El signo obrado por Jesús (y otros que hubiera podido
hacer) no tienen el significado de sustraer a algunos del paso de la muerte,
sino de iluminar el sentido que este trance tiene para todos.

   Te bendecimos, Padre,
   porque por la fe que nos has dado en el bautismo,
   Cristo, tu Hijo, se ha acercado
   a cada una de nuestras tumbas
   para llamarnos a la vida,
   la vida verdadera y eterna.
   Danos el Espíritu Santo
   que nos vivifica constantemente,
   nos da la armonía de la vida
   y nos pone en pie para formar tu pueblo
   y caminar al encuentro de todos los hombres.
   Tú, Padre de la vida,
   que tienes en ti mismo la vida en abundancia,
   nos la has dado en Cristo,
   bendito seas.

Vivos para Dios

   "Gloria de Dios es el hombre que vive y vida del hombre es la visión de
Dios", dice S. Ireneo. El bien más precioso que el hombre posee es la vida.
En el mundo actual, a pesar de los muchos atentados de todo tipo que tiene
la vida, va ganando terreno la conciencia de la dignidad de la persona, de
su valor irrepetible, de su derecho a vivir. Es una toma de conciencia muy
importante que puede poner en camino hacia el paso decisivo de la fe.
   En la revelación, Dios se ha presentado siempre como un Dios de vivos y
no de muertos, Él es el Dios de la vida. Y esto en dos sentidos, en cuanto
Él es "la fuente de la vida", el creador de todo, y en cuanto Él asegura y
da una finalidad coherente a todo lo que existe. Pero lo que está por encima
de todo cálculo humano y más allá de lo que nuestro entendimiento puede
concebir es que Él haya querido compartir con el hombre su propia vida,
cumpliendo así la aspiración más honda y más secreta de todo ser humano. Esa
plenitud de vida, nunca merecida, coloca al hombre en una situación
paradójica que lo lleva más allí  de sus límites y posibilidades naturales.
   El mensaje de las lecturas de este domingo nos lleva así a algunas
actitudes prácticas que apuntan hacia la raíz misma de nuestro ser cristiano.
   En primer lugar debemos tener una actitud de apertura que nos lleva a
acoger la vida en todas sus manifestaciones como don de Dios, reconociendo
con gratitud que nos desborda porque nos viene de otro y porque, por gracia,
nos abre unos horizontes nuevos que nos lleva hasta la filiación divina.
   Tenemos que ser conscientes y respetuosos con ese don de la vida que
fluye en nosotros y del que somos portadores. El "Verbo de la vida" (1Jn 1,1)
se hizo hombre y vino entre nosotros para traernos esa posibilidad de vida,
verdadera y plena, que da sentido a todo tipo de vida y eleva al hombre a la
dignidad de hijo de Dios.
   El gesto de Jesús, llamando a Lázaro de nuevo a la vida, nos invita a
prolongar esa llamada, aun en los casos más desesperados, promoviendo la vida
entorno nuestro, siendo transmisores de vida en todas sus manifestaciones.
TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 25 de marzo de 2017

Ciclo A - Cuaresma - Domingo IV

26 de marzo de 2017 - IV DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo A

"Para que los que no ven, vean"

I Samuel 16,1b. 6-7. 10-13a

   En aquellos días, dijo el Señor a Samuel:
   -Llena tu cuerno de aceite y vete. Voy a enviarte a Jesé, de Belén,
porque he visto entre sus hijos un rey para mí.
   Cuando se presentó vio a Eliab y se dijo: "Sin duda está ante el Señor su
Ungido".
   Pero el Señor dijo a Samuel:
   -No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo lo he descartado. La
mirada de Dios no es como la mirada del hombre, pues el hombre mira las
apariencias, pero el Señor mira el corazón.
   Hizo pasar Jesé a sus siete hijos ante Samuel, pero Samuel dijo:
   -A ninguno de éstos ha elegido el Señor.
   Preguntó, pues, Samuel a Jesé:
   -¿No quedan ya más muchachos?
   El respondió:
   -Todavía falta el más pequeño, que está guardando el rebaño.
   Dijo entonces Samuel a Jesé:
   -Manda que lo traigan, porque no comeremos hasta que haya venido.
   Mandó, pues, que lo trajeran; era rubio, de bellos ojos y hermosa
presencia.
   Dijo el Señor:
   -Levántate y úngelo, porque éste es.
   Tomó Samuel el cuerno de aceite y lo ungió en medio de sus hermanos.

Efesios 5,8-4

   Hermanos: En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois luz en el Señor.
Caminad como hijos de la luz (toda bondad, justicia y verdad son fruto de la
luz) buscando lo que agrada al Señor, sin tomar parte en las obra estériles
de las tinieblas, sino más bien poniéndolas en evidencia. Pues hasta ahora
da verguenza mencionar las cosas que ellos hacen a escondidas. Pero la luz,
denunciándolas las pone al descubierto, y todo lo descubierto es luz. Por eso
dice: "Despierta tú que duermes, levántate de entre los muertos y Cristo será 
tu luz".

Juan 9,1-41

   Al pasar Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le
preguntaron:
   -Maestro, ¿quién pecó: éste o sus padres, para que naciera ciego?
   Jesús contestó:
   -Ni éste pecó ni sus padres, sino para que se manifiesten en él la obras
de Dios. Mientras es de día tengo que hacer las obras del que me ha enviado:
viene la noche y nadie podrá hacerlas. Mientras estoy en el mundo, soy la luz
del mundo.
   Dicho esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva, se lo untó en
los ojos al ciego, y le dijo:
   -Ve a lavarte a la piscina de Silo‚ (que significa Enviado).
   El fue, se lavó, y volvió con vista. Y los vecinos y los que antes solían
verlo pedir limosna preguntaban:
   -¿No es éste el que se sentaba a pedir?
   Unos decían:
   -El mismo.
   Otros decían:
   -No es él pero se le parece.
   El respondía:
   -Soy yo.
   Y le preguntaban:
   -¿Y cómo se te han abierto los ojos?
   El contestó:
   -Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, me lo untó en los ojos y me
dijo que fuese a Silo‚ y que me lavase. Entonces fui, me lavé y empecé a ver.
   Le preguntaron:
   -¿Dónde está él?
   Contestó:
   -No sé.
Llevaron ante los fariseos al que había sido ciego. (Era sábado el día que
Jesús hizo barro y le abrió los ojos). También los fariseos le preguntaban
cómo había adquirido la vista.
   El les contestó:
   -Me puso barro en los ojos, me lavó y veo.
   Algunos de los fariseos comentaban:
   -Este hombre no viene de Dios, porque no guarda el sábado.
   Otros replicaban:
   -¿Cómo puede un pecador hacer semejantes signos?
   Y estaban divididos. Y volvieron a preguntarle al ciego:
   -Y tú, ¿qué dices del que te ha abierto los ojos?
   El contestó:
   -Que es un profeta.
   Pero los judíos no se creyeron que aquél había sido ciego y había
recibido la vista, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron:
   -¿Es éste vuestro hijo, de quien decís vosotros que nació ciego? ¿Cómo es
que ahora ve?
   Sus padres contestaron:
   -Sabemos que éste es nuestro hijo y que nació ciego; pero cómo ve ahora,
no lo sabemos nosotros, y quién le ha abierto los ojos, nosotros tampoco lo
sabemos. Pregunténselo a él, que es mayor y puede explicarse.
   Sus padres respondieron así porque tenían miedo a los judíos, pues los
judíos ya habían acordado excluir de la sinagoga a quien reconociera a Jesús
por Mesías. Por esos sus padres dijeron: "Ya es mayor, pregunténselo a él".
   Llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron:       -
Confiésalo ante Dios: nosotros sabemos que ese hombre es un pecador.
   Contestó él:
   -Si es un pecador, no lo sé. Sólo sé que yo era ciego y ahora veo.
   Le preguntaron de nuevo:
   -¿Qué te hizo, cómo te abrió los ojos?
   Les contestó:
   -Os lo he dicho ya, y no me habéis hecho caso: ¿para qué queréis oírlo
otra vez?, ¿también vosotros queréis haceros discípulos suyos?
   Ellos lo llenaron de improperios y le dijeron:
   -Discípulo de ése lo serás tú; nosotros somos discípulos de Moisés.
Nosotros sabemos que a Moisés le habló Dios, pero ése no sabemos de dónde
viene.
   Replicó él:
   -Pues eso es lo raro: que vosotros no sabéis de donde viene, y, sin
embargo, me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores,
sino al que es religioso y hace su voluntad. Jamás se oyó decir que nadie le
abriera los ojos a un ciego de nacimiento; si éste no viniera de Dios, no
tendría ningún poder.
   Le replicaron:
   -Empecatado naciste tú de pies a cabeza, ¿y nos vas a dar lecciones a
nosotros?
   Y lo expulsaron. Oyó Jesús que lo habían expulsado, lo encontró y le
dijo:
   -¿Crees tú en el Hijo del hombre?
   El contestó:
   -¿Y quién es, Señor, para que crea en él?
   Jesús le dijo:
   -Lo estás viendo: el que te está  hablando, ése es.
   El le dijo:
   -Creo, Señor.
   Y se postró ante él. Dijo Jesús:
   -Para un juicio he venido a este mundo: para que los que no ven, vean, y
los que ven, se queden ciegos.
   Los fariseos que estaban con él oyeron esto y le preguntaron:
   -¿También nosotros estamos ciegos?
   Jesús les contestó:
   -Si estuvierais ciegos, no tendríais pecado; pero como decís que veis,
vuestro pecado persiste.

Comentario

   En el rito de la iniciación cristiana de los adultos, en este domingo de
cuaresma se hace el segundo escrutinio con vistas al bautismo, llamado
también "iluminación" en la Iglesia antigua, y se les entrega un cirio encen-
dido mientras se ora así: "Padre de bondad, haz que estos catecúmenos se vean
libres de la mentira y lleguen a ser hijos de la luz".
   La Palabra de Dios recurre muchas veces al símbolo de la luz para
describir la realidad cristiana: "En otro tiempo erais tinieblas, ahora sois
luz en el Señor". La 2ª. lectura nos introduce así en el significado profundo
del evangelio de hoy.
   El cap. 9 del evangelio de Juan está ambientado en la ciudad de Jerusalén
durante la fiesta anual de las tiendas, que comprendía como ritos
fundamentales el del agua (procesión desde la piscina de Silo‚ hasta el
templo) y el de la luz (hogueras que recordaban la columna de fuego del
Exodo). En ese contexto el evangelio presenta a Jesús como la verdadera
fuente de agua viva (cap. 7) y como luz del mundo (cap. 8 y 9).
   Para entender el relato de la curación del ciego de nacimiento hay que
tener en cuenta el significado polivalente de la palabra "ver" en el IV
evangelio. Además del sentido material, este verbo va asociado frecuentemente
a "creer". "Porque me has visto, has creído" (Jn 20,28).
   La narración está construida con una arquitectura impecable para poner
bien de relieve el mensaje principal. Tomando como eje central la curación
del ciego de nacimiento, se cruzan dos procesos que van desarrollándose en
sentido opuesto. Veamos cómo.
   En un primer momento el ciego recupera la vista y, más adelante, ante
Jesús que se presenta como el Hijo del Hombre, llega a la fe: "Creo, Señor".
De esta forma el ciego llega a ser plenamente "vidente" y así "se manifiestan
las obras de Dios".
   El proceso inverso tiene dos colectivos como protagonistas: los vecinos
y conocidos del ciego, que constatan la materialidad del milagro, pero sin
encontrar su significado, y los fariseos. Estos, en el interrogatorio al
hombre que ha recuperado la vista, muestran sus conocimientos en materia
religiosa y su cerrazón ante los signos que Jesús ofrece. De esta forma, los
que creían "ver", en realidad permanecen "ciegos".
   Aparece así claramente la doble misión de Jesús: por una parte el enviado
de Dios que ofrece a los hombre la luz de la salvación, la posibilidad de ver
de verdad; por otra, se cumple en él el juicio de Dios revelando la ceguera
que está en el corazón.
   A comprender ese "juicio de Dios", que es distinto del de los hombres,
nos había introducido la 1ª. lectura: "La mirada de Dios no es como la mirada
del hombre, pues el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el
corazón".

"Luz de las gentes"

   Desde el comienzo los evangelistas presentan a Jesús como el "sol que
nace de lo alto para iluminar a los que viven en las tinieblas" (Lc 1,79) y
como "luz para alumbrar a las naciones" (Lc 2,32): Nada más alejado, sin
embargo, del modo de proceder de Dios que las demostraciones externas de
grandiosidad. La gloria de Dios se manifiesta en la humildad de la
encarnación; y la luminosidad de su revelación, en la opacidad de la carne
(1Jn 1).

   Es curioso notar cómo los evangelios apócrifos envuelven en una luz tan
misteriosa como brillante la cueva donde nació Jesús, mientras que el
evangelio de Lucas dice explícitamente que fue a los pastores a los que "la
gloria de Señor envolvió con su claridad". Mientras tanto la gruta donde
estaban María y José con el niño permanece en la oscuridad. La encarnación
es el modo supremo y definitivo que Dios ha elegido para manifestarse. En
ella se ve "la obra de Dios".
   El se había manifestado de muchas formas desde la creación del mundo, por
medio de la revelación del Antiguo Testamento, pero en los últimos tiempos
"nos ha hablado por el Hijo, al que nombró heredero de todo, lo mismo que por
él había creado los mundos y las edades" (Heb 1,2). Reconocer al Hijo de Dios
hecho hombre es la piedra de toque, el criterio de discernimiento ante el que
todo hombre se encuentra: "Si uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios
está con él y él con Dios" (1Jn 4,5). Y Jesús es "el Mesías venido ya en la
carne" (Jn 4,3). De manera que el Dios invisible y su gran amor se ha hecho
visible: "En esto se hizo visible entre nosotros el amor de Dios, en que
envió al mundo a su Hijo único para que nos diera la vida" (1Jn 4,9).
   El hecho de que Dios se haya hecho visible mediante la encarnación, y
esto no sólo en el sentido de poderlo percibir y tocar, sino que de algún
modo se ha hecho más accesible a nosotros, coloca al hombre ante el dilema
de "verlo" o de "no verlo", de aceptarlo o de rechazarlo.
   Antes de que Cristo dijera: "mientras estoy en el mundo, soy la luz del
mundo", con el solo hecho de su encarnación, de haberse presentado como
hombre, era ya la luz del mundo. (Cfr. Prólogo del evangelio de Juan).
   Así lo experimentó Simeón ante el niño que María y José presentaban en el
templo de Jerusalén. Y él mismo percibió también que la presencia del
Salvador revelaría lo que los corazones esconden; así actuaría ese "juicio
de Dios" que sanciona lo que el hombre lleva dentro. En las palabras de
Simeón se percibe el mismo doble proceso al que asistimos en el evangelio de
hoy. Unos caen, otros se levantan; unos recobran la vista, otros permanecen
ciegos. También María en el Magnificat había cantado ya, como manifestación
de la obra de Dios, ese destino paradójico a los ojos humanos, pero muy
coherente ante Dios, de quienes son arrogantes y poderosos, y de los pobres
y humildes.

   Señor Jesús, luz verdadera,
   que iluminas a todo hombre que viene al mundo,
   abre los ojos de nuestro corazón
   rebelde y endurecido por el pecado,
   para que podamos contemplarte
   y ser testigos tuyos.
   Gracias, Señor, porque te has inclinado
   para curar a la humanidad,
   ciega y perdida en las tinieblas,
   y la has enviado a lavarse
   con el agua vivificante del Espíritu Santo;
   así ha podido brillar en ella
   el conocimiento de la gloria
   que se refleja en tu rostro.

"Mientras es de día"

   Siguiendo el camino trazado por el evangelista Juan, la liturgia de hoy
pretende que el milagro de la curación del ciego de nacimiento no quede
encerrado en él mismo: el ciego vio y luego creyó. Se presenta así el hecho
como una parábola de nuestra vida cristiana.
   Lo primero es reconocer nuestra ceguera y las tinieblas que nos rodean.
Ceguera de nuestra limitación y de nuestro pecado, tinieblas de un mundo que
se repliega sobre sí mismo sin dejar espacios a la trascendencia y que
refleja como un espejo la oscuridad que muchas veces anida en el corazón del
hombre. Pascal decía que, sin Jesucristo, no sabemos qué es nuestra muerte
ni nuestra vida, quién es Dios y quiénes somos nosotros mismos.

   Desde esa primera constatación podemos oír el grito que nos rescata y
resucita: "Despierta tú que duermes..." Es el momento de la gracia que
necesitamos acoger siempre con humildad. El peor síntoma es pretender ver,
cuando en realidad se está en la oscuridad: nunca llegará la luz. "En
realidad el misterio del hombre no se aclara de verdad sino en el misterio
del Verbo encarnado... Cristo, el nuevo Adán, en la revelación misma del
misterio del Padre y de su amor, pone de manifiesto plenamente al hombre ante
sí mismo y le descubre la sublimidad de su vocación" (G.S.22).
   Llamado de las tinieblas, iluminado por Cristo, el hombre está  también
destinado a su vez a ser luz. "Ahora sois luz en el Señor" (2ª. lectura).
   La Palabra de Dios que hemos leído hoy nos señala los dos momentos
esenciales de esa misión.
   S. Pablo insiste en la coherencia de la propia vida: las obras que
hacemos deben corresponder a la nueva situación en la que el bautismo nos ha
introducido. La bondad, la justicia, la verdad son frutos de la luz que hemos
recibido.
   El segundo momento es el del testimonio. El ciego curado no teme narrar
lo que le ha sucedido ante sus padres, ante sus vecinos y conocidos, ante los
fariseos... "Me puso barro en los ojos, me lavó y veo". El ciego, desde esa
sencillez y firmeza en la verdad, llega a una sabiduría superior a los que
creen saber: "Vosotros no sabéis de dónde viene... Si ese no viniera de Dios
no tendría ningún poder".
   Así pues, mientras es de día, mientras dura el hoy de nuestra existencia,
debemos, como Jesús, cumplir las obras para las que hemos sido enviados.

TEODORO BERZAL.hsf