sábado, 8 de julio de 2017

Ciclo A - TO - Domingo XIV

9 de julio de 2017 - XIV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

                         "Soy sencillo y humilde"

-Zac 9,9-10
-Sal 144
-Rom 8,9. 11-13
-Mt 11,25-30

Mateo 11,25-30

   Jesús exclamó:
   -Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has
ocultado estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la
gente sencilla. Sí, Padre, así te ha parecido mejor.
   Todo me lo ha entregado mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el
Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo
quiera revelar. Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados  y yo
os aliviaré. Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de
corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi
carga ligera.
                      
Comentario

   En el cap. 11 de S. Mateo encontramos diversas reacciones ante la persona
y el mensaje de Jesús. Como contrapunto de quienes lo rechazan o de quienes
no saben distinguir el momento histórico excepcional que están viviendo,
aparece el grupo de los humildes y sencillos que dan fe a sus palabras. Este
misterio de la sabiduría de los sencillos viene presentado por el texto que
leemos hoy en tres pasos sucesivos.
   La primera unidad comprende la exclamación orante de Jesús que bendice al
Padre por su designio de revelación. Paradójicamente quedan fuera de él
quienes mejor podían entenderlo. Por el contrario penetran en él quienes
menos dotados estaban para ello, los pequeños. Se ratifica así una constante
de la historia de la salvación que en los tiempos del Mesías llegó al grado
sumo.
   En la segunda parte del texto, formada por los vv. 26 y 27, Jesús, en tono
solemne, se presenta Él mismo como uno de estos "pequeños" que conoce, de
modo perfecto y exclusivo, el misterio del Padre. "Conocer" indica esa
relación de intimidad y recíproca donación que constituye el fondo del amor
trinitario. La simetría respecto al conocer indica la igualdad de las
personas en la esencia divina. De rechazo indica también la necesidad
absoluta de pasar por Jesús para entrar en la intimidad de la vida divina.
Esa revelación se presenta como un acto gratuito, fruto de la generosidad del
Hijo, quien en su condición humana revela los secretos de Dios. La única
condición parece ser esa "pequeñez" o sencillez de la que antes se ha hecho
mención.
   La parte conclusiva es una cálida invitación personal a los cansados y
oprimidos para buscar el descanso, la renovación y el consuelo en Jesús
mismo. ¿Pero de qué tipo de cansancio y opresión se trata? La respuesta
parece venir dada por las palabras que figuran a continuación en el texto.
Veamos por qué. En la tradición del Antiguo Testamento la ley divina se
consideraba como un "yugo" (Cfr Jer 2, 20; Eclo 51,21). La interpretación
rigorista de los fariseos había acentuado su carácter opresor al
desarrollarla en numerosos preceptos imposibles de cumplir para la gente
sencilla. Jesús, identificándose con éstos últimos ("soy humilde y sencillo")
propone otro camino. Se trata de penetrar en el espíritu mismo de la ley y
ver su cumplimiento no tanto como la realización de una exigencia externa,
cuanto la expresión de un corazón que pertenece por entero al Señor. De este
modo, todo aparece más fácil y ligero. Jesús mismo se presenta como modelo
de esa forma de ser ("aprended de mí") que consiste en aceptar con corazón
humilde el amor del Padre y responderle entregando la vida por todos.

"Miró la humildad de su sierva"

   El corazón humilde y sencillo de Jesús se formó en Nazaret, en la casa de
María, la sierva del Señor, y de S. José.
   La primera lectura de este domingo, tomada del profeta Zacarías, nos da
perfectamente la identidad de ese Mesías, a la vez débil y fuerte, sencillo
y humilde que corresponde a las características de quien vivió en Nazaret
durante treinta años.
   El texto de Zacarías comienza con una invitación a la alegría y a la
aclamación a Dios por la llegada del Mesías. Esa alegría y exultación están
motivadas por la intervención salvadora de Dios al final de los tiempos, pero
también porque el Salvador que llega corresponde a la esperanza de los más
humildes.
   El Mesías esperado es presentado como justo y victorioso, pero su figura
no tiene nada de triunfalista. Más adelante el profeta lo presentará bajo la
figura del "pastor golpeado" (11,4-17), de quien ha sido "traspasado", de
alguien por quien se hace luto, como cuando muere el hijo único (12,10-12).
En contraste con otras expectativas, el profeta presenta al Mesías en su
entrada triunfal cabalgando sobre un asno, animal tranquilo y trabajador,
símbolo de la humildad de la vida cotidiana. Pero a pesar de esa actitud
mansa y humilde, ser  ese Mesías quien eliminará las armas de la guerra no
sólo en Jerusalén, sino en todo el territorio de Israel. Con Él llegará la
paz. Y ese es precisamente el motivo del júbilo: el hecho de que Dios cumple
su promesa por medios inesperados y aparentemente inadecuados a la grandeza
del resultado. Así aparece con más claridad que es Él quien salva.
   Esa figura de Mesías es la que Jesús fue "encarnando" y asimilando
progresivamente en el ambiente humilde de Nazaret. Ese trabajo lento de ir
descubriendo como hombre la raíz más auténtica de la esperanza de su pueblo,
fue plasmando su figura y sus actitudes más profundas: ese corazón sencillo
y humilde del que hoy descubrimos la grandeza en el evangelio.
   Sin duda hubiera podido llegar a todo eso en un instante, pero nosotros
sabemos, contemplando el misterio de Nazaret, que el designio de Dios era
otro. Jesús fue creciendo... Y es que las actitudes más profundas del alma
humana exigen irse formando poco a poco, ir impregnándose paulatinamente del
ambiente humano en que se vive para desarrollar las potencialidades la
persona. El tiempo de Nazaret fue decisivo seguramente para la formación de
la personalidad humana de Jesús, para ser alguien capaz de asimilar las
mejores esperanzas de su pueblo, para comprender el cansancio, la aflicción
y la opresión en que vive tanta gente y también para saber cómo el orgullo
puede cerrar el corazón humano para rechazar incluso a Dios y oscurecer la
inteligencia hasta no comprender las cosas más sencillas...
   El corazón humilde de Jesús se forjó en la humildad de Nazaret.

   Te bendecimos, Padre,
   lento a la ira y grande en el amor,
   porque te has manifestado en Jesús,
   el Mesías humilde y pacifico.
   En Él acoges a cuantos están cansados y oprimidos
   y les ofreces la salvación.
   Danos el Espíritu de amor
   que vaya transformando nuestro corazón
   a imagen del de tu Hijo,
   para que en Él aprendamos a conocerte
   y sepamos acoger y confortar de verdad
   a cuantos piden nuestro apoyo.
   Recuérdanos siempre cómo hemos sido nosotros
   acogidos por ti,
   para que no impongamos a los demás cargas
   más pesadas de las que nosotros mismos
   estamos dispuestos a llevar.

El Espíritu da vida

   Aprender a conocer a Jesús, entrar en intimidad con Él, conocer sus
actitudes profundas, no es algo que la inteligencia, el estudio, el dominio
del saber puedan dar por sí solos. "Si uno no tiene el Espíritu de Cristo,
no le pertenece" (Rom. 8, 9). Es el Espíritu Santo, en efecto, que ha sido
dado al cristiano en el bautismo y en la confirmación, quien le guía en esa
tarea constante de conocimiento e identificación con Cristo.
   El primer paso consiste en descubrir cómo nuestra salvación y la de todos
los hombres es fruto de la humildad y de la humillación de Jesús. "Él, a
pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al
contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose
uno de tantos..." (Fil 2,5-7). No es fácil admitir eso; si uno se deja llevar
por la lógica del mundo o de la carne, parece más bien una locura, siguiendo
la expresión de S. Pablo.
   Pero el mismo S. Pablo exhorta a los cristianos a tener los mismos
sentimientos que Cristo y precisamente en ese acto de su abajamiento y
humillación. Tener los mismos sentimientos supone un conocimiento y una
identificación con Cristo que sólo el Padre puede dar por medio del Espíritu
Santo. Es la gran audacia, y al mismo tiempo, el gran privilegio de los que
son humildes.
   Existe un paralelismo entre la actitud de quienes, encerrados en su
propia inteligencia, no saben descubrir los secretos del misterio de Dios y
la existencia "en la carne" de que habla S. Pablo, que rechaza la acción del
Espíritu Santo. El Cristiano está llamado a dejar vivificar toda su
existencia por el soplo del Espíritu Santo y a poner toda su conducta bajo
ese influjo.
   Esa docilidad coincide exactamente con la sencillez evangélica de los
pequeños, que se fían de Dios más que de las propias fuerzas y que quieren
compartir la suerte de Jesús.
Todo ello supone en nosotros un esfuerzo para dejarnos desarmar de nuestras
categoría exclusivamente humanas y de nuestros modos de pensar para entrar
en esa sumisión al Espíritu Santo que llevará nuestro corazón a ser cada vez
más semejante al de Jesús.

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 1 de julio de 2017

Ciclo A - TO - Domingo XIII

2 de julio de 2017 - XIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIOCiclo A

               "El que os recibe a vosotros, me recibe a mí"

Mateo 10,37-42

   Dijo Jesús a sus apóstoles:
   -El que quiere a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí;
y el que quiere a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí. El que
no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí. El que encuentre su vida, la
perderá, y el que pierda su vida por mí, la encontrará. El que os recibe a
vosotros, me recibe a mí, y el que me recibe a mí, recibe al que me ha
enviado. El que recibe a un profeta porque es profeta, tendrá  la paga de
profeta; y el que recibe a un justo porque es justo, tendrá  la paga de justo.
El que da a beber, aunque no sea más que un vaso de agua fresca, a uno de
estos pobrecillos sólo porque es mi discípulo, no perderá su paga, os lo
aseguro.

Comentario

   El texto evangélico de hoy se sitúa como continuación del leído el
domingo pasado y nos presenta la parte conclusiva del discurso de Jesús sobre
la misión de los apóstoles. Las dos ideas fundamentales del texto parecen
ser: la importancia que tiene para el apóstol la unión con Cristo y cómo
tiene que recibirlo quien acoge su mensaje.
   La referencia vital del apóstol a Cristo viene expresada con tres
antítesis en las que el mismo Jesús se coloca como punto clave de la
comparación. A través de ellas se diría que el Maestro propone una
reorganización de las relaciones personales y de parentela de sus discípulos,
de manera que sepan colocar en el centro la que deben mantener con Jesús
mismo. Frente a la importancia de esta relación, todas las demás, incluso las
más íntimas, deben considerarse secundarias e incluso sacrificarse si se
oponen a ella. Pero no porque la relación con Jesús entre en competición con
ninguna de ellas, sino porque se sitúa en un plano superior.
   Las expresiones usadas en el evangelio ponen de manifiesto el valor
absoluto de lo que se elige cuando se opta por Cristo y la radicalidad de las
exigencias que implica tal opción.
   La serie de antítesis concluye siempre con un "no es digno de mí" y acaba
con una paradoja sobre el perder-ganar la vida. Con ella se llega al límite
de la radicalidad. Será necesario que el discípulo de Jesús haya comprendido
y aceptado mediante la fe que sólo El es "la vida" (Jn 14,6), para poder
poner la suya en juego en el cumplimiento de su misión, estando seguro de
recuperarla.
   La importancia de la acogida del apóstol en que se centra la segunda
parte del evangelio, viene preparada en la liturgia de la Palabra por el
episodio de la vida de Eliseo narrado en la 1ª. lectura. En ella podemos ver
un comentario al dicho: "El que recibe un profeta porque es profeta, tendrá 
paga de profeta". En cierto modo también la 2ª. lectura nos introduce en esta
segunda parte del evangelio al exponer los beneficios que proporciona la
acción del apóstol: el bautismo y la nueva vida en Cristo.
   La acogida del apóstol en su calidad de enviado desvela el misterio de su
misión. En realidad es al mismo Cristo a quien se acoge al recibir al
apóstol, al profeta, al pequeño, a cualquiera que se presenta en nombre de
Cristo. Es más, hay un segundo grado en el envío que pone de manifiesto
también el misterio de Cristo. La acogida del apóstol lleva consigo la del
Padre, que es quien ha enviado a Jesús. La concatenación de las misiones deja
bien a las claras nuevamente la importancia para el apóstol de su referencia
a la persona de Jesús.
   Evidentemente la hospitalidad tiene dos planos unidos entre sí: la
acogida de la persona del apóstol, sobre la que Jesús había insistido
precedentemente (Mt 10,12-14), y la escucha del mensaje de salvación de que
es portador.

Acoger a Jesús

   Fue la experiencia fundamental de María y José en Nazaret. El mensaje del
evangelio sobre la acogida nos lleva a aquellos momentos primeros de la
existencia de Jesús en los que fue acogido al venir a este mundo.
   Jesús fue acogido en primer lugar como enviado de Dios. El evangelio así
nos lo da a entender de forma plástica pues primero se anuncia la venida y
luego llega el enviado. La anunciación es para María y José el momento clave
de la acogida. Las palabras del Ángel, mensajero divino, les dan a entender
que tras el nacimiento próximo que se anuncia existe un gran misterio. A
María se le dice: "Concebirás un hijo y le pondrás por nombre Jesús. Será
grande y será llamado Hijo del Altísimo" (Lc 1,31-32). Y a José: "la criatura
que ha concebido viene del Espíritu Santo" (Mt 1,20).
   La fe de María y de José fue entonces la misma que Jesús pide para acoger
a quien se presenta en su nombre, pues Él mismo añade: "Quien me acoge a mí,
acoge a quien me ha enviado". La acogida dispensada por María y José al Hijo
de Dios, se sitúa, sin embargo en ese primer estadio en el que, en la cadena
de envíos, Jesús ha sido mandado por el Padre pero El no ha enviado aún a sus
apóstoles. Por eso la fe de María y de José, que les lleva a acoger con amor
total al enviado del Padre, es el paradigma de la otra acogida, la que se
debe dispensar a los enviados de Jesús que son los apóstoles.
   En el evangelio se invita, en efecto, a dar los dos pasos: recibir en el
apóstol a Jesús y en Éste al Padre que lo envía. La función de María y de
José queda así situada en el centro del misterio de la salvación que consiste
en el envío de Jesús efectuado por el Padre en un momento determinado de la
historia, envío que se prolonga a lo largo de los tiempo a través de la
Iglesia.
   Jesús es acogido en Nazaret como enviado de Dios y es también acogido
como "pequeño". Es el otro aspecto subrayado por el evangelio de hoy. Puede
ser conmovedor contemplarlo en su desvalimiento inicial de niño recién
nacido, de pequeño necesitado de todos los cuidados. El "sacramento" del
pobre, del pequeño, del necesitado, fue vivido por Jesús también en primera
persona. Y fue acogido por María y José en toda su realidad de fe y
compromiso. Sus cuidados, hasta los más delicados y sencillos en Belén, en
Egipto, en Nazaret... deben ser una inspiración constante para quienes en el
hoy de la historia han de esforzarse por descubrir el rostro de Jesús en los
pobres y pequeños.
   El Documento de Puebla lo ha recordado a toda la Iglesia actual con
especial intensidad: "La situación de extrema pobreza generalizada, adquiere
en la vida real rostros muy concretos en los que deberíamos reconocer los
rasgos sufrientes de Cristo, el Señor, que nos cuestiona e interpela" (n.
31). La lista que ofrece a continuación el documento mencionado es
impresionante.

   Te bendecimos, Señor Jesús,
   enviado por el Padre y venido a pedir hospitalidad
   en el hogar de María y de José.
   Que tu Espíritu Santo nos lleve
   a saberte descubrir hoy en tus enviados,
   en los pobres y pequeños.
   Aumenta nuestra fe y nuestro amor
   para que se transformen en capacidad de acogida
   y en paciencia para construir cada día
   comunidades transparentes y solidarias
   donde tu puedas ser reconocido y amado por todos.
   Así llegaremos un día también nosotros
   a ser huéspedes tuyos;
   cuando nos abras las puertas del Reino
   para decirnos: "Venid, benditos de mi Padre..."

Enviados

   Existe una relación profunda entre la primera y la segunda parte del
evangelio leído hoy, que ayuda a entender el dinamismo de la vida apostólica:
la unión a Cristo permite que el destinatario de la acción apostólica pueda
reconocerlo y acogerlo en la persona del enviado. El decreto Perfectae
Caritatis lo expresa de esta forma hablando de los religiosos: "Así
impulsados por la caridad que el Espíritu Santo difunde en sus corazones (Cfr
Rom 5,5) viven más y más para Cristo y para su Cuerpo que es la Iglesia (Cfr
Col 1,24). Porque cuanto más fervientemente se unan a Cristo por medio de esa
donación de sí mismos, que abarca la vida entera, más exuberante resultará 
la vida de la Iglesia y más intensamente fecundo su apostolado". (P.C. 1).
   Por eso nunca se insistirá bastante en la unión con Cristo cuando se
trata de colaborar en la obra de la salvación. Todo el esfuerzo de
desprendimiento, que puede llegar hasta las relaciones más profundas, debe
ser visto en esta perspectiva. El radicalismo evangélico tiene como
explicación y razón de ser la unión con Cristo para permitirle actuar a
través de sus enviados.
   El bautismo nos introduce en esa muerte a nosotros mismo ("Hemos muerto
con Cristo", 2ª. lectura) que nos permite entrar en una comunión de vida cada
vez más fuerte con Cristo hasta compartir plenamente su misterio pascual. Es
esa fuerza interior la que debe capacitarnos para ir dando poco a poco lo que
tenemos ("un vaso de agua"). De esa forma Cristo se irá convirtiendo en el
todo de nuestra vida y quienes nos escuchen y reciban podrán reconocerlo en
nosotros.
   Se trata de un ejercicio de transparencia y sencillez que dura toda la
vida porque nuestros defectos y pecados hacen opaca su imagen. Su realización
compromete todas las fuerzas de quien se entrega al apostolado y unifica el
esfuerzo ascético con el esfuerzo apostólico.

TEODORO BERZAL.hsf

sábado, 24 de junio de 2017

Ciclo A - TO - Domingo XII

25 de jun io de 2017 - XII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                            "No tengáis miedo"

-Jer 20,10-13
-Sal 68
-Rom 5,12-15
-Mt 10,26-33

Mateo 10,26-33

   Dijo Jesús a sus apóstoles:
   -No tengáis miedo a los hombres, porque nada hay cubierto que no llegue
a descubrirse; nada hay escondido que no llegue a saberse. Lo que os digo de
noche decidlo en pleno día, y lo que os digo al oído pregonadlo desde la
azotea.
   No tengáis miedo a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma.
No; temed al que puede destruir con el fuego alma y cuerpo. ¿No se venden un
par de gorriones por unos cuartos?; y, sin embargo, ni uno solo cae al suelo
sin que lo disponga vuestro Padre. Pues vosotros hasta los cabellos de la
cabeza tenéis contados. Por eso, no tengáis miedo, no hay comparación entre
vosotros y los gorriones.
   Si uno se pone de mi parte ante los hombres, yo también me pondré de su
parte ante mi Padre del cielo. Y si uno me niega ante los hombres, yo también
lo negaré ante mi Padre del cielo.

Comentario

   El evangelio de este domingo forma parte del discurso llamado de la
misión en el que Jesús, después de haber constatado la falta de obreros para
recoger la mies elige, constituye en autoridad y envía al grupo de los
apóstoles en misión. El pasaje que leemos hoy comprende las recomendaciones
finales a los que son enviados. Recordemos que en el contexto del evangelio
de Mateo, este envío es como un ensayo de lo que el resucitado hará al
despedirse de los apóstoles (Mt 28,28).
   El texto se presenta articulado en tres partes y cada una de ellas tiene
como centro la expresión "no tengáis miedo". Esa expresión asegura la unidad
formal del pasaje y guiará también nuestra reflexión.
   En la primera parte se ofrece como motivo de confianza la fuerza
irresistible del mensaje mismo que tiende a pasar necesariamente del secreto
a su publicación, de lo escondido a lo manifiesto, de las tinieblas a la luz,
de la intimidad de la confidencia a la divulgación. Jesús previene a sus
discípulos contra el miedo de que el mensaje recorra su camino.
   La segunda invitación a no tener miedo viene motivada por la
contraposición entre el poder de los hombres y el poder de Dios. Aquéllos,
si acaso, pueden matar el cuerpo, pero el destino final de las personas está
entre las manos de Dios. Las dificultades del anuncio impondrán al apóstol
una opción entre lo perecedero y lo que vale verdaderamente, como dice
explícitamente el final del evangelio (vv. 32-33).
   La última invitación a no tener miedo viene de una imagen sugestiva: la
comparación entre el valor de un pájaro y el de un apóstol de Cristo. El
argumento "a fortiori" es evidente y sugiere una confianza inmensa en el
Padre, que se preocupa no sólo del destino definitivo del enviado, sino
también de su situación concreta en este mundo.
   Esa invitación a la confianza viene reforzada, porque en el evangelio se
encuentra un eco de la experiencia de Jeremías (1ª. lectura). En su situación
de angustia y aprieto, pone toda su esperanza en el Señor y exclama: "A ti
he encomendado mi causa".
   La 2ª. lectura ofrece un motivo más en la misma línea: la abundancia y
gratuidad del don de la salvación en comparación con la universalidad del
pecado. El apóstol encontrará siempre en esa desproporción entre el perdón
y el pecado, un nuevo impulso para continuar en su misión y para ofrecer a
todos la salvación obtenida por Cristo.

Salió de Nazaret

   El conjunto de consejos y recomendaciones que Jesús da a sus apóstoles,
que componen el discurso de la misión, nos llevan, si queremos leer el
evangelio a la luz de Nazaret, a pensar en la experiencia personal del mismo
Jesús.
   Los versículos que preceden al pasaje leído hoy así lo sugieren: "Un
discípulo no es más que su maestro, ni un esclavo más que su amo... Y si al
cabeza de familia lo han llamado Belcebú ¡Cuánto más a los de su casa!".
   Un día Jesús dio el paso de salir a la luz, de dejar la vida familiar y
privada para ponerse a predicar y descubrir lo que estaba escondido, diciendo
a plena luz lo que hasta entonces quizá sólo había susurrado al oído.
   El sabía por propia experiencia que ese paso no se da sin dificultad. Los
comentaristas del evangelio descubren sutilmente en las palabras que el
evangelista pone en boca de Jesús sobre las dificultades y persecuciones que
encontrarán los apóstoles, un reflejo de la situación en que el texto se
escribía: la tensión y los momentos de abierta persecución de los judíos
contra las primeras comunidades cristianas (Cfr. Mt 10,23). Sin desatender
ese aspecto, podemos ver también todo el peso que tiene la experiencia
personal de Jesús.
   Los profetas han sido siempre hombres de contradicción. Muchas veces han
tenido que vencer en primer lugar la resistencia que ofrecía su propia
persona a la misión recibida, para después enfrentarse a las dificultades
provenientes de los destinatarios de su mensaje. Tal es el caso de Jeremías,
a quien en la primera ocasión que Dios le habla es para decirle: "No digas
que eres un muchacho", porque donde yo te envíe irás, lo que te mande lo dirás.
No les tengas miedo que yo estoy contigo para librarte, oráculo del Señor"
(Jer 1,7-8). La 1ª. lectura de la misa de hoy abunda en ese mismo sentido.
   Jesús, el profeta por excelencia, también fue desde el principio "signo
de contradicción" (Lc 2,34). Ciertamente en su caso se da una perfecta
armonía entre la persona y su mensaje, pero tuvo que soportar la
incomprensión de sus familiares y la resistencia de aquellos a quienes
estaban destinadas sus palabras que discuten su autoridad y lo rechazan (Cfr
Lc 20,1-19).
   La salida de Nazaret hubo de suponer para Jesús el gozo de proclamar a
todos el mensaje que llevaba dentro y al mismo tiempo la incertidumbre de la
respuesta por parte de quienes lo oían con la variedad de actitudes que se
describen por ejemplo en la parábola del sembrador.
   Para Jesús, mensajero del Padre, la salida de Nazaret no era sólo memoria
y expresión de la misión recibida al venir a este mundo, sino experiencia
concreta que le autorizaba a dar consejos a sus enviados.

   Te bendecimos, Señor Jesús,
   que has experimentado tú mismo el "favor del Padre"(Lc 2,40)
   y la alegría y dificultad de anunciar su mensaje.
   Te bendecimos porque para cumplir tu misión
   has entregado tu vida por nosotros
   y ahora estás junto al Padre
   para ponerte a favor de quienes vencen el miedo en sí mismos
   y se declaran testigos tuyos.
   Danos la fuerza del Espíritu Santo
   para saber llevar tu mensaje
   a los lugares donde vivimos
   y a las personas a las que somos enviados.

El envío

   El envío que Jesús hace de sus apóstoles es el tipo de todos los otros
que se hacen en la Iglesia, grandes o pequeños. Leyendo por entero el
discurso de la misión se percibe perfectamente que en el centro está la
preocupación por la persona del apóstol, su preparación, su formación.
   Jesús pone como piedra fundamental de esa preparación la confianza total
en el Padre y en las posibilidades de crecimiento y expansión que tiene el
mensaje por sí mismo. Esa confianza y seguridad de que en último término hay
alguien que está con el enviado y responde por él, es esencial para moverse
con libertad. Es lo que hacía exclamar a S. Pablo: "¿Si Dios está con
nosotros, quien estará contra nosotros?" (Rom 8,13). Y en otra ocasión: "Sé
en quién he puesto mi confianza" (2Tim 1,12).
   En la actualidad, cada vez es más clara la conciencia de que todos los
cristianos somos responsables de la misión apostólica. En verdad, el
imperativo de Jesús: "Id y predicad el evangelio" mantiene siempre vivo su
valor, y está cargado de una urgencia que no puede decaer. Sin embargo, la
actual situación, no sólo del mundo, sino de tantas partes de la Iglesia,
exige absolutamente que la palabra de Cristo reciba una obediencia más rápida
y generosa. Cada discípulo es llamado en primera persona, y ninguno puede
escamotear su propia respuesta: "Ay de mí si no predicara el evangelio" (1Co
9,16)" (Ch. L. 33).
   En cuanto llamado a repetir la experiencia de Jesús y de los apóstoles,
el cristiano, lleno de confianza en quien lo envía y acompaña, debe abrir los
ojos a la realidad del mundo secularizado en el que se encuentra y contar,
ya de entrada, con la indiferencia y oposición a su mensaje y la oposición
a su persona. Por eso deberá repetir frecuentemente en su interior las
palabras del Maestro: "No les tengáis miedo..."
   Las actitudes negativas, las reacciones incluso violentas, no pueden
doblegar la fuerza y libertad de quien se siente sostenido por el Señor. La
consideración de las dificultades, anunciadas o ya experimentadas, no deben
desanimar al apóstol. Deben ser, por el contrario una invitación a hacerse
más fuerte en el Señor. La experiencia de la iglesia muestra que en las
circunstancias adversas se han producido los mas hermosos testimonios.

TEODORO BERZAL.hsf