sábado, 17 de marzo de 2018

Ciclo B - Cuaresma - Domingo V


18 de marzo de 2018 - V DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo B

                          "Queremos ver a Jesús"

Jeremías 31,31-34

      Mirad que llegan días -oráculo del Señor- en que haré con la casa de
Israel y la casa de Judá una alianza nueva.
      No como la que hice con vuestros padres, cuando los tomé de la mano
para sacarlos de Egipto: Ellos, aunque yo era su Señor, quebrantaron mi
alianza; -oráculo del Señor-. Sino que así será la alianza que haré con
ellos, después de aquellos días -oráculo del Señor-: Meteré mi ley en su
pecho, la escribiré en sus corazones; yo seré su Dios, y ellos serán mi
pueblo.
      Y no tendrá que enseñar uno a su prójimo, el otro a su hermano, dicien-
do: Reconoce al Señor. Porque todos me conocerán, desde el pequeño al grande
-oráculo del Señor-, cuando perdone sus crímenes, y no recuerde sus pecados.

Hebreos 5,7-9

      Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas,
presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en
su angustia fue escuchado.
      Él, a pesar de ser Hijo, aprendió sufriendo a obedecer. Y, llevado a
la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de
salvación eterna.

Juan 12,20-33

      En aquel tiempo entre los que habían venido a celebrar la Fiesta había
algunos gentiles; estos, acercándose a Felipe, el de Betsaida de Galilea, le
rogaban:
      -Señor, quisiéramos ver a Jesús.
      Felipe fue a decírselo a Andrés; y Andrés y Felipe fueron a decírselo
a Jesús.
      Jesús les contestó:
      -Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. Os
aseguro, que si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo;
pero si muere, da mucho fruto. El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que
se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que
quiera servirme, que me siga y donde esté yo, allí también estará mi
servidor; a quien me sirva, el Padre le premiará.
      Ahora mi alma está agitada y, ¿qué diré?: Padre, líbrame de esta hora.
Pero si por esto he venido, para esta hora. Padre, glorifica tu nombre.
      Entonces vino una voz del cielo:
      -Lo he glorificado y volveré a glorificarlo.
      La gente que estaba allí y lo oyó decía que había sido un trueno; otros
decían que le había hablado un Ángel.
      Jesús tomó la palabra y dijo:
      -Esta voz no ha venido por mí, sino por vosotros. Ahora va a ser juzga-
do el mundo; ahora el Príncipe de este mundo va a ser echado fuera. Y cuando
yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí.
      Esto lo decía dando a entender la muerte de que iba a morir.

Comentario

      La Palabra de Dios nos invita a caminar en este domingo con ánimo
renovado hacia la pascua. El deseo de ver a Jesús manifestado a Felipe por
algunos peregrinos griegos, con el que se abre el evangelio, da pie a una
catequesis sobre el misterio pascual.
      Tenemos que notar en primer lugar que en el lenguaje del cuarto
evangelio "ver" es algo más que una percepción de las cosas. Para Juan el
verbo ver cuando va referido a Jesús significa frecuentemente creer. A partir
de esa interpretación, avalada por muchos textos (Cfr. Jn 1,14; 18,51; 3,11.
32 ...), el lector de la Palabra es invitado a entrar y situarse en la "hora"
de Jesús, el momento en que "es glorificado" el Hijo del Hombre.
      Ese momento descrito por el evangelio de hoy es llamado el Getsemaní
del cuarto evangelio y tiene una intensidad inmensa, subrayada por el
realismo del sufrimiento de Jesús en el paso de la carta a los Hebreos.
      El Hijo, en medio de su agitación interior, acepta la voluntad del
Padre: "Padre, manifiesta la gloria tuya", es decir acepta su propia muerte,
como pone de manifiesto la parábola del grano de trigo narrada poco antes.
      Y nosotros somos invitados a "ver" a Jesús, es decir a reconocer en Él
al Señor, no porque otros nos lo digan, sino por nosotros mismos (2ª.
lectura), por ese movimiento interior del corazón que da la fe, don del
Espíritu Santo, que lleva a creer en Él.
      Pero creer en Él significa compartir su destino: "El que quiera
seguirme, que me siga, y allí donde esté yo, está también mi servidor" (Jn
12,26).
      Esta es la nueva alianza en la que se nos propone entrar hoy como
pueblo de Dios y cada uno individualmente: "Esta es la alianza que haré con
la casa de Israel en aquellos días". Esta es la alianza que renovamos hoy
participando en la eucaristía.

"aprendió a obedecer"

      El pasaje de la carta a los Hebreos que leemos hoy, puede darnos una
pista para meditar el evangelio desde Nazaret, es decir, desde "los días de
su vida mortal", o "de su carne", si se traduce a la letra, indicando así la
debilidad, sufrimiento y limitación de la condición humana de Jesús.
      También este texto podría llamarse el Getsemaní de la carta a los
Hebreos. En él se pone de manifiesto que Jesús era verdaderamente un hombre,
como lo revela también a su modo la permanencia en Nazaret. El Hijo de Dios
recorrió verdaderamente todas las etapas de la aventura humana, sin dejar de
lado el sufrimiento y la muerte.
      "Sufriendo aprendió a obedecer". El que había crecido en Nazaret
"sumiso" a María y a José, tuvo que dar luego ese último y supremo paso del
aprendizaje de la obediencia, mediante el sufrimiento. Camino duro el de la
obediencia, sobre todo si se tiene que dar en la escuela del dolor.
      Jesús, profundamente humano en Nazaret y en Getsemaní, obediente a sus
padres y a su Padre, comparte la condición del hombre que se somete ante el
silencio y el misterio de Dios: silencio y misterio de los largos años de
Nazaret, silencio y misterio de la cruz.
      Fue la penetración progresiva en nuestra tierra durante los largos años
de Nazaret lo que permitió a aquel "buen grano" de trigo, sembrado por el
Espíritu Santo en el seno de María, consumirse totalmente en su pasión y
muerte para ser "causa de salvación eterna de todos los que le obedecen a
Él". Ese es el misterioso plan de Dios: quien es obediente y se somete, por
la resurrección de entre los muertos, llegará a ser Señor a quienes todos
obedecen y a quien todo le está sometido; "Dios le escuchó, pero después de
aquella angustia" (Heb. 5,8).
      Así pues, quien "podía liberarlo de la muerte" no lo hizo sino después
de haberlo dejado compartir plenamente nuestra condición humana, a través del
sufrimiento y de la muerte, para indicar por donde pasa el camino de nuestra
vida y de nuestra salvación.

Padre, junto con Jesús
ponemos toda nuestra confianza en ti:
"glorifica tu nombre";
"sea santificado tu nombre".
Queremos colocarnos con Él "en la brecha" (Eclo 45,23),
"con oraciones, súplicas, gritos y lágrimas"
e interceder por el pueblo que sufre,
por quienes no ven sentido a su sufrimiento,
por quienes no encuentran luz en su vida,
por quienes no saben esperar cuando tu callas.
Pueda, Señor, nuestra oración y nuestra entrega,
unidas a las de Cristo,
ser también fuente de Amor y de vida nueva.

Entrar en la "nueva alianza"

      Necesitamos siempre una conversión del corazón, de lo más profundo de
nosotros mismos, si queremos permanecer en la condición filial de Jesús, tal
y como aparece en el evangelio de hoy. Quizá sea esta experiencia de
filiación la más profunda y la más dolorosa que podamos vivir.
      Compartir la condición filial de Jesús, en la que hemos sido
introducidos por el bautismo, no es perderse en vanos lamentos ante un Dios
aparentemente mudo e incomprensible. Se trata de dar el salto de la fe para
abandonarse con absoluta confianza entre las manos del Padre y de entregar
en el mismo gesto la vida por los demás. Tal es el impulso único del corazón
ganado por el amor.
      El camino del discípulo y de toda comunidad cristiana es el de la cruz.
No podemos imaginar una fecundidad verdadera que no pase por la donación, en
plena libertad , de la propia vida.
      La cruz queda así como signo que corrige toda ilusión de una eficacia
fácil y también todo desaliento ante la prueba, porque sabemos que, como para
Jesús, también para nosotros, en la cruz queda sellada la alianza nueva de
Dios con los hombres y de esa alianza surge el hombre plenamente libre y
totalmente realizado.

TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 10 de marzo de 2018

Ciclo B - Cuaresma - Domingo IV


11 de marzo de 2018 - IV DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo B

             "Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único"

2 Crónicas 36,14-16. 19-23

      En aquellos días, todos los jefes de los sacerdotes y el pueblo
multiplicaron sus infidelidades, según las costumbres abominables de los
gentiles, y mancharon la Casa del Señor, que Él se había construido en
Jerusalén.
      El Señor, Dios de sus padres, les envió desde el principio avisos por
medio de sus mensajeros, porque tenía compasión de su pueblo y de su Morada.
Pero ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras
y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su
pueblo a tal punto, que ya no hubo remedio.
      Incendiaron la Casa de Dios y derribaron las murallas de Jerusalén;
pegaron fuego a todos sus palacios y destruyeron todos sus objetos preciosos.
Y a los que escaparon de la espada los llevaron cautivos a Babilonia, donde
fueron esclavos del rey y de sus hijos hasta la llegada del reino de los
persas; para que se cumpliera lo que dijo Dios por boca del Profeta Jeremías:

      "Hasta que el país haya pagado sus sábados, descansará todos los días
      de la desolación, hasta que se cumplan los setenta años".

      En el año primero de Ciro, rey de Persia, en cumplimiento de la Palabra
del Señor, por boca de Jeremías, movió el Señor el espíritu de Ciro, rey de
Persia, que mandó publicar de palabra y por escrito en todo su reino:
      "Así habla Ciro, rey de Persia: El Señor, el Dios de los cielos, me ha
dado todos los reinos de la tierra. Él me ha encargado que le edifique una
Casa en Jerusalén, en Judá. Quien de entre vosotros pertenezca a su pueblo,
¡sea su Dios con él y suba!"

Efesios 2,4-10

      Dios, rico en misericordia, por el gran amor con que nos amó: estando
nosotros muertos por los pecados, nos ha hecho vivir con Cristo -por pura
gracia estáis salvados- nos ha resucitado con Cristo Jesús y nos ha sentado
en el cielo con Él.
      Así muestra en todos los tiempos la inmensa riqueza de su gracia, su
bondad para con nosotros en Cristo Jesús.
      Porque estáis salvados por su gracia y mediante la fe. Y no se debe a
vosotros, sino que es un don de Dios: y tampoco se debe a las obras, para que
nadie pueda presumir.
      Somos, pues, obra suya. Dios nos ha creado en Cristo Jesús, para que
nos dediquemos a las buenas obras, que Él determinó practicásemos.

Juan 3,14-21

      En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo:
      -Lo mismo que Moisés elevó la serpiente en el desierto, así tiene que
ser elevado el Hijo del Hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida
eterna.
      Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Hijo único, para que no
perezca ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna.
      Porque Dios no mandó su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para
que el mundo se salve por Él.
      El que cree en Él, no será condenado; el que no cree, ya está
condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
      Esta es la causa de la condenación: que la luz vino al mundo, y los
hombres prefirieron la tiniebla a la luz, porque sus obras eran malas.
      Pues todo el que obra perversamente detesta la luz, y no se acerca a
la luz, para no verse acusado por sus obras.
      En cambio, el que realiza la verdad se acerca a la luz, para que se vea
que sus obras están hechas según Dios.

Comentario

      En Jesús levantado en la cruz tenemos la plena revelación del amor de
Dios al hombre y al mundo. Al acto de donación por parte del Padre,
corresponde por parte de Jesús la entrega generosa y total (inmolación) para
salvarnos.
      La Palabra proclamada hoy por la Iglesia nos presenta en primer término
el resumen de un siglo de historia del pueblo de Israel. El cuadro puede
resultar emblemático para el conjunto de la historia humana y de nuestra
historia personal. Al pecado del hombre se contrapone la oferta de amor, de
amistad y de liberación por parte de Dios.
      Esta historia de salvación tiene su punto culminante en el momento en
que Jesús, el Hijo de Dios, muere en la cruz.
      La radicalidad y el alcance profundo, tanto del gesto de Dios como de
las transformaciones operadas en el hombre por la vida nueva son subrayados
por S. Pablo. El apóstol habla del "Dios rico en misericordia" y del "gran
amor con que nos amó" y refiriéndose al hombre dice que "cuando estábamos
muertos por las culpas, nos dio la vida por el Mesías" (Ef 2,4)
      En esa revelación del amor de Dios está también la revelación de quién
es el hombre: misterio de pecado y de ansia de liberación. Su drama se juega,
como apunta la última parte del pasaje evangélico, en el dilema
juicio-salvación, luz-tinieblas, hacer el bien-hacer la verdad.
      La única vía señalada por el evangelio está en esa mirada a quien ha
sido elevado en la cruz, que traduce la actitud profunda de quien cree
verdaderamente.

Jesús bajó a Nazaret

      En el lenguaje simbólico del cuarto evangelio, el camino de Jesús hacia
el Calvario y la sucesión de los tormentos que le fueron infligidos en su
pasión hasta llegar a la crucifixión, son vistos como una progresiva
elevación y glorificación porque son contemplados por el evangelista a la luz
de la pascua.
      En el pasaje que leemos hoy hay ya un indicio de ese modo de ver las
cosas, cuando recordando la experiencia del pueblo de Israel en el desierto,
afirma que "también el Hijo del hombre tiene que ser levantado en alto, para
que todos los que crean en Él tengan vida eterna" (Jn 13,14)
      Ese camino de abajamiento y humillación que es la pasión y muerte en
cruz, visto por Juan como elevación, nos hace pensar en Nazaret y aprender
a leer el Evangelio a la luz de ese misterioso abajamiento y limitación que
supone la encarnación. "Jesús bajó a Nazaret", dice S. Lucas, en sentido
geográfico porque Jerusalén está más elevada. Pero, guiados por el
evangelista Juan, podemos ver en ese camino en descenso un paso en la
trayectoria seguida por Jesús que va desde su salida de Dios hasta su muerte
en la cruz (Jn 3,13). La mirada del creyente, que según Juan debe volverse
al crucificado, puede descubrir ya en quien bajó a Nazaret los mismos rasgos
de aquel que subió a la cruz para salvar a los hombres. Y nuestra mirada
debería estar llena de luz y de confianza, como la de María y José, a cuya
autoridad Él se sometió.
      Nazaret se sitúa así en el camino que va hacia la cruz y nos revela
también el amor de Dios "que dio a su Hijo único" y lo dio a través de una
familia como para hacernos comprender mejor lo que significa tener un hijo
sólo y sacrificarlo por alguien. En ese gesto inaudito, que humanamente
hablando nubla todo el horizonte de esperanza de una familia, (en este caso
la de Dios) se escondía misteriosamente el triunfo de la resurrección y de
la donación de la vida nueva a la multitud.

Padre santo, viendo a tu Hijo Jesús,
hemos comprendido tu amor inmenso.
Su donación total
es la revelación de tu deseo
de hacer pasar el hombre de la muerte a la vida,
de las tinieblas a la luz,
de la condena a la salvación.
Te pedimos tu espíritu de amor,
que nos lleve con confianza,
a someter toda nuestra vida
al juicio de tu misericordia
y a imitar el gesto de Jesús,
que ofreció su vida para que todos se salven.

"Hacer la verdad"

      La Palabra de Dios que hemos leído hoy nos juzga y nos salva a la vez.
Ella nos revela quien es Dios quienes somos nosotros, pero después del gesto
amoroso de Dios coloca entre nuestras manos la posibilidad de una respuesta
positiva.
      Necesitamos una profunda actitud de acogida para dejar que la luz
penetre en nuestras situaciones de pecado y visite nuestras tinieblas. Este
"hacer la verdad" (hacer la luz) en nosotros mismos es el primer paso para
obrar conforme a la verdad y acercarnos a la luz de la vida en nuestras
palabras y en nuestras actividades.
      La claridad interior, llena de la misericordia de Dios, es la mirada
que salva, mirada de la fe que reconoce en Jesús muerto en la cruz a aquel
hijo del hombre que bajó del cielo para redimir a todos los hombres. La
verdad es que aquél a quien miramos, también nosotros lo hemos traspasado (Jn
19,37)
      Muchas veces no logramos "hacer la verdad" en nuestra vida ni "venir
a la luz" porque rehusamos comprender el signo (la cruz) que da sentido a
todos los otros signos. Nos aferramos en ver en lo que hay de cruz en nuestra
vida sólo un signo de muerte cuando deberíamos ver que representa la entrega
hasta el final de nuestras fuerzas y de nuestro amor. sólo entonces el
abajamiento de Nazaret está en función de la elevación de la cruz.

TEODORO BERZAL.hsf


sábado, 3 de marzo de 2018

Ciclo B - Cuaresma - Domingo III


4 de marzo de 2018 - III DOMINGO DE CUARESMA – Ciclo B

                    "El celo por tu casa me consumirá"

Éxodo 20,1-17

      El Señor pronunció las siguientes palabras:
      Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto, de la esclavitud.
      No tendrás otros dioses frente a mí. No te harás ídolos ni figura alguna
de lo que hay arriba en el cielo, abajo en la tierra, o en el agua debajo de
la tierra.
      No te postrarás ante ellos, ni les darás culto; porque yo, el Señor tu
Dios, soy un dios celoso: castigo el pecado de los padres en los hijos,
nietos y biznietos, cuando me aborrecen. Pero actúo con piedad por mil
generaciones cuando me aman y guardan mis preceptos.
      No pronunciarás el nombre del Señor, tu Dios, en falso. Porque no
dejará el Señor impune a quien pronuncie su nombre en falso.
      Fíjate en el sábado para santificarlo. Durante seis días trabaja y haz
tus tareas, pero el día séptimo es un día de descanso, dedicado al Señor, tu
Dios: no harás trabajo alguno, ni tú, ni tu hijo, ni tu hija, ni tu esclavo,
ni tu esclava, ni tu ganado, ni el forastero, que vive en tus ciudades.
Porque en seis días hizo el Señor el cielo, la tierra, el mar y lo que hay
en ellos. Y el séptimo día descansó; por eso bendijo el Señor el sábado y lo
santificó.
      Honra a tu padre y a tu madre: así prolongarás tus días en la tierra,
que el Señor, tu Dios, te va a dar.
      No matarás. No cometerás adulterio. No robarás. No darás testimonio
falso contra tu prójimo. No codiciarás los bienes de tu prójimo: no
codiciarás la mujer de tu prójimo, ni su esclavo, ni su esclava, ni un buey,
ni un asno, ni nada que sea de él.

Corintios 1,22-25

      Hermanos:
      Los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría. Pero nosotros
predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los
griegos; pero para los llamados a Cristo -judíos o griegos-: fuerza de Dios
y sabiduría de Dios.
      Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios
es más fuerte que los hombres.

Juan 2,13-25

      En aquel tiempo se acercaba la Pascua de los judíos y Jesús subió a
Jerusalén. Y encontró en el templo a los vendedores de bueyes, ovejas y
palomas, y a los cambistas sentados; y, haciendo un azote de cordeles, los
echó a todos del templo, ovejas y bueyes, y a los cambistas les esparció las
monedas y les volcó las mesas y a los que vendían palomas les dijo:
      -Quitad esto de aquí: no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre.
      Sus discípulos se acordaron de lo que está escrito: "el celo de tu casa
me devora".
      Entonces intervinieron los judíos y le preguntaron:
      -¿Qué signos nos muestras para obrar así?
      Jesús contestó:
      -Destruid este templo, y en tres días lo levantaré.
      Los judíos replicaron:
      -Cuarenta y seis años ha costado construir este templo, ¿y tú lo vas
a levantar en tres días?
      Pero Él hablaba del templo de su cuerpo. Y cuando resucitó de entre los
muertos, los discípulos se acordaron de que lo había dicho, y dieron fe a la
Escritura y a la Palabra que había dicho Jesús.
      Mientras estaba en Jerusalén por las fiestas de Pascua, muchos creyeron
en su nombre, viendo los signos que hacía; pero Jesús no se confiaba con
ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba el testimonio de nadie
sobre un hombre, porque Él sabía lo que hay dentro de cada hombre.

Comentario

      Al igual que en el episodio de las bodas de Caná, que precede al
evangelio propuesto para este domingo, el evangelista Juan ofrece con el
hecho narrado una serie de connotaciones simbólicas que ayudan a leerlo más
en profundidad.
      Jesús expulsa a los mercaderes del templo. Pero no es que Él pretenda
con ese gesto reformar el culto del templo de Jerusalén y llevarlo a su
primitiva pureza. Su acción, como ocurre frecuentemente en el cuarto
evangelio, es un signo. La purificación del templo es ese signo de la
"destrucción " del templo: "destruid este templo y en tres días lo levantaré"
(2,19). La segunda parte de la frase puesta por Juan en boca de Jesús nos
remite al signo definitivo que será su muerte y resurrección. A partir de
ésta, el verdadero templo será su cuerpo, es decir éste será el "lugar" del
verdadero culto dado a Dios, "en espíritu y en verdad". . Su cuerpo muerto
y resucitado será en la época de la nueva alianza el punto de encuentro entre
Dios y el hombre.
      Ese es el gran signo, escándalo para unos y locura para otros, como
dice S. Pablo en la segunda lectura, y pone a prueba la fe verdadera. De esa
fe habla también la última parte del evangelio. La fe, en efecto, es esa
capacidad de leer e interpretar los signos de los tiempos desde dentro, no
deteniéndose en la realidad material del signo sino yendo hacia el contenido.
Y en la catequesis simbólica que propone el cuarto evangelio el contenido del
signo es evidentemente Cristo, muerto y resucitado. Sólo a partir de esa fe
auténtica, que Jesús conoce, es posible interpretar correctamente los hechos
de su vida y también (añadimos nosotros) los de nuestra propia historia.

El signo de Nazaret

      El cuerpo "destruido" de Jesús a través de su pasión y de su muerte,
se fue construyendo poco a poco en Nazaret.
      A partir de la fe en el gran signo, el último y definitivo, que es la
resurrección, ¿tendrá algún significado el crecimiento "en estatura" que
llevó a cabo en Nazaret?
      "En tres días lo levantaré", decía Jesús hablando de su propia
resurrección. Pero sus adversarios, razonando en un modo puramente humano,
le recuerdan los "cuarenta y seis años" que había costado el construirlo.
Ellos, sin embargo, observa Juan "no sabían que el templo del que hablaba era
su propio cuerpo" (v 21). Lo maravilloso del signo está, pues, en el
contraste entre los "tres días" y los "cuarenta y seis años".
      La construcción del cuerpo-templo de Jesús se hizo poco a poco, piedra
a piedra, en Nazaret. El misterio de muerte y destrucción que precedió el
gran momento del "levantamiento" del sepulcro contradice la perspectiva
humana del crecimiento y la maduración. Es una "locura" y un "escándalo".
      Y sin embargo, si miramos más en detalle las cosas, todo crecimiento
lleva consigo un aspecto de muerte y de destrucción, y esto ya en el orden
natural. Lo sorprendente es que esto se dio también en el orden de la gracia,
por voluntad e inmenso amor del Padre. Se trata de esa vinculación entre la
muerte de Cristo y nuestra vida nueva, entre la destrucción de su cuerpo y
esa maravillosa fecundidad manifestada en la Iglesia y en el reino.
      De este modo, una vez más la sombra de la cruz se proyecta sobre
Nazaret y nos ayuda a comprender el maravilloso desarrollo del cuerpo de
Cristo, no como una prolongación natural de su crecimiento en Nazaret, sino
como fruto de la "destrucción" a la que voluntariamente se sometió.
      La maravilla del signo está en que el crecimiento "en estatura", lento
y progresivo, según el orden natural, es señal de ese otro crecimiento, "en
tres días", que supone la fuerza resucitadora de Dios.

      Te bendecimos, Padre,
      por tu maravilloso designio de salvación.
      Animados por el espíritu Santo,
      que en el bautismo has derramado sobre nosotros,
      queremos alabarte y darte gracias
      "en espíritu y en verdad",
      desde el templo nuevo, reconstruido,
      que es el Cuerpo de Cristo.
      En comunión con Él,
      y sintiéndonos piedras vivas,
      queremos aceptar y cumplir tu voluntad,
      queremos ofrecer nuestra propia existencia
      "como sacrificio vivo, consagrado y agradable" a ti.

Nuestro sacerdocio

      Los pasos de conversión que el tiempo de cuaresma nos pide, deben
llevarnos a una progresiva incorporación a Cristo, quien se ofreció a sí
mismo como sacrificio agradable al Padre para salvar al mundo. Él es, como
dice una plegaria eucarística, al mismo tiempo "sacerdote, víctima y altar".
      Nuestro bautismo, que nos hace templo del espíritu Santo, nos capacita
también para la maravillosa función de ser, en Cristo, sacerdotes de nuestra
propia ofrenda, de nuestra propia existencia. Ese es nuestro "culto
espiritual" (Rom 12,2). En el fondo la intervención de Jesús en el templo de
Jerusalén no trataba de modificar las leyes del culto hebraico, sino de
llegar a ese culto nuevo que se basa en la fe en su persona y tiene el
bautismo como signo sacramental.
      Se trata, pues, en nuestro esfuerzo de conversión, de purificar nuestra
fe, "Él conocía al hombre por dentro" (Jn 2,26), para que nuestra ofrenda sea
verdadera y pura.
      Sólo la adhesión a Jesús, que lleva a compartir su destino de
"destrucción-reconstrucción" nos pone en camino para transformar toda nuestra
existencia según la voluntad de Dios. Ese es el sentido de los mandamientos
que hoy se leen en la primera lectura. Su práctica concreta produce el hombre
nuevo que encuentra su realización en el reino de Dios predicado por Cristo.

TEODORO BERZAL.hsf