sábado, 4 de mayo de 2019

Ciclo C - III Domingo de Pascua


5 de mayo de 2019 - III DOMINGO DE PASCUA - CicloC

                              "¡Es el Señor!"

      Hechos 5,27b-32.40b-41

      En aquellos días, el sumo sacerdote interrogó a los Apóstoles y les
dijo: ¿No os habíamos prohibido formalmente enseñar en nombre de ése?. En
cambio, habéis llenado Jerusalén con vuestra enseñanza y queréis hacernos
responsables de la sangre de ese hombre.
      Pedro y los Apóstoles replicaron: Hay que obedecer a Dios antes que a
los hombres. "El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús a quien vosotros
matasteis colgándolo de un madero. La diestra de Dios lo exaltó haciéndolo
jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los
pecados". Testigo de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a
los que le obedecen.   
      Azotaron a los Apóstoles, les prohibieron hablar en nombre de Jesús y
los soltaron. Los Apóstoles salieron del Consejo, contentos de haber merecido
aquel ultraje por el nombre de Jesús.

      Apocalipsis 5,11-14

      Yo, Juan, miré y escuché la voz de muchos ángeles: eran millares y
millones alrededor del trono y de los vivientes y de los ancianos, y decían
con voz potente: "Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la
riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza".
      Y oí a todas las creaturas que hay en el cielo, en la tierra, bajo la
tierra, en el mar, -todo lo que hay en ellos- que decían "Al que se sienta
en el trono y al Cordero la alabanza el honor, la gloria y el poder por los
siglos de los siglos".
      Y los cuatro vivientes respondían: Amén.
      Y los ancianos cayeron rostro en tierra, y se postraron ante el que
vive por los siglos de los siglos.

      Juan 21,1-19
     
      En aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al
lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera: Estaban juntos Simón Pedro,
Tomás apodado Mellizo, Natanael el de Caná  de Galilea, los Zebedeos y otros
discípulos suyos.
      Simón Pedro les dice:
      - Me voy a pescar.
      Ellos contestaron:
      - Vamos también nosotros contigo.
      Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada.
      Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los
discípulos no sabían que era Jesús.
      Jesús les dice:
      - Muchachos, ¿tenéis pescado?
      Ellos contestaron:
      - No.
      El les dice:
      - Echad la red a la derecha de la barca y encontraréis.
      La echaron, y no tenían fuerzas para sacarla, por la multitud de peces.
Y aquel discípulo que Jesús tanto quería le dice a Pedro:
      - Es el Señor.
      Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la
túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca,
porque no distaban de tierra más que unos cien metros, remolcando la red con
los peces.
      Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
      - Traed de los peces que acabáis de coger.
      Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta
de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió
la red.
      Jesús les dice:
      - Vamos, almorzad.
      Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque
sabían bien que era el Señor.
      Jesús se acerca, toma el pan y se los da; y lo mismo el pescado.
      Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos, después
de resucitar de entre los muertos.
      Después de comer dice Jesús a Simón Pedro:
      - Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?
      El le contestó:
      - Sí Señor, tú sabes que te quiero.
      Jesús le dice:
      - Apacienta mis corderos.
      Por segunda vez le pregunta:
      - Simón, hijo de Juan, ¿me amas?
      El le contesta:
      - Sí Señor, tú sabes que te quiero.
      El le dice:
      - Pastorea mis ovejas.
      Por tercera vez le pregunta:
      - Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?
      Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez si lo quería
y le contestó:
      - Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero.
      Jesús le dice:
      - Apacienta mis ovejas. Te lo aseguro: cuando eras joven, tú mismo te
ceñías e ibas a donde querías; pero cuando seas viejo, extenderás las manos,
otro te ceñirá y te llevará a donde no quieras.
      Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios.
      Dicho esto, añadió:
      - Sígueme.

Comentario

      El Evangelio de S. Juan en su última página cuenta la tercera aparición
de Jesús a sus discípulos en un relato cargado de símbolos y con detalles muy
significativos.
      Jesús se aparece a los apóstoles junto al mar de Tiberíades. Según el
Evangelio de S. Mateo, el mismo Cristo resucitado había dicho a las mujeres:
"Id a avisarles a mis hermanos que vayan a Galilea: allí me verán" Mt 28,10.
Pero al principio no lo reconocen. Sólo después del milagro empiezan a darse
cuenta de quién se trata.
      El primero en reconocerlo es el discípulo amado. Quizá tenía los ojos
más limpios. Cuando su semblante está dibujado dentro, los ojos captan pronto
al Señor. Sin embargo, no es el discípulo amado el protagonista de la escena.
Enseguida interviene Pedro. Era él quien había tenido la iniciativa de ir a
pescar y ahora, movido por su carácter impulsivo y por su gran amor al Señor,
no vacila en lanzarse al agua para ir adonde él estaba. Será también Pedro
quien saque las redes con la pesca milagrosa y el interlocutor de Jesús en
el diálogo que sigue al almuerzo a las orillas del lago.
      Es muy significativa la actitud de los discípulos que "no preguntan
quién era, sabiendo muy bien que era el Señor". Los Hechos de los Apóstoles
dicen que Jesús se les apareció "durante muchos días" Hech. 13,10, pero da la
impresión de que no acababan de acostumbrarse a este modo de presencia del
Señor. Este les prepara el almuerzo, se los da, les hace participar
pidiéndoles algo suyo. Se diría que emplea todos los medios para entrar en
comunicación con ellos, pero ellos parece que no acaban de convencerse. En
la aparición del cenáculo "los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor"
(Jn 20,20) y también sin duda en esta ocasión, pero no acababan de hacerse
a este nuevo modo de estar el Señor con ellos.
      "Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió y lo mismo el pescado".
Es el mismo gesto de la multiplicación de los panes y de la institución de
la Eucaristía. Se diría que con este gesto Jesús ha querido educar a sus
discípulos para que lo reconozcan en el nuevo modo de presencia con que él
estará para siempre en su Iglesia. La Eucaristía, celebrada en la Iglesia,
es el signo por excelencia de su manifestación de su presentarse ante los
Discípulos a partir de entonces. Cada vez que coman y beban el cuerpo y la
sangre del Señor en la Eucaristía, renovarán el misterio de Cristo, muerto
y resucitado, y él estará presente en medio de ellos como don de vida en el
signo del pan y del vino.
      Después de la comida viene en el evangelio el diálogo de Jesús con
Pedro. Con la triple respuesta de amor, Pedro borra la triple negación de su
momento de debilidad. Pedro ya no se escandaliza de su propia fragilidad,
pero sobre todo no se escandaliza de la cruz de Cristo. Como buen discípulo
se apresta a tomar la cruz y a caminar tras el Maestro: Pedro se había ceñido
el vestido para ir en busca del Señor a la orilla del mar. Ahora Jesús le
anuncia que otro le ceñirá indicando con qué muerte iba a glorificar a Dios.
Jesús le había mostrado ya el camino con el gesto de ceñirse para servir ("se
puso a lavarles los pies a los discípulos" Jn 13,5) Ahora Pedro debe com-
prender que su misión de servicio en la Iglesia le llevará hasta el martirio.

                             Jesús en Nazaret

      También María y José tuvieron que acostumbrarse al nuevo modo de pre-
sencia de Dios entre los hombres cuando vino a "visitarnos" en Jesús.
      El israelita sabía que Dios "está en el cielo" y que el templo de Je-
rusalén era el lugar de la manifestación de su presencia. Por eso hacia ese
lugar convergía toda la actitud religiosa del pueblo de Israel. Los profetas
habían expresado con términos muy claros que Dios está por encima de los
lugares que él mismo elige para manifestarse: "El cielo es mi trono y la
tierra el estrado de mis pies: "¿Qué templo podréis construirme o qué lugar
para mi descanso?" Is 66,1 "No os hagáis ilusiones con razones falsas
repitiendo: el templo del Señor, el templo del Señor, el templo del Señor"
Jr 7,4 El mismo Salomón que construyó el primer templo oró así: "Ahora, pues,
Dios de Israel, confirma la promesa que hiciste a mi padre David, siervo
tuyo. Aunque, ¿es posible que Dios habite en la tierra? Si no cabes en el
cielo y en lo más alto del cielo, cuánto menos en este templo que he cons-
truído I Re 8,27.
      Aun así los judíos seguían pensando en Jerusalén como lugar de la
presencia de Dios. "Vosotros (los judíos) decís que el lugar donde hay que
celebrarlo está en Jerusalén" dijo a Jesús la Samaritana (Jn 4, 20). "Sus padres
(María y José‚) iban cada año a Jerusalén por las fiestas de Pascua" Lc 2,41.
      Pero cuando a María "le llegó el tiempo del parto "y dio a luz a su
hijo primogénito" (Lc 2,7), todo cambió. "La Palabra se hizo hombre, acampó
entre nosotros y contemplamos su gloria" Jn. 1,14.  "El es imagen del Dios
invisible" Col 1,15. "Dios, la plenitud total, quiso habitar en él" Col 1,19.
      El tiempo de Nazaret es como los "muchos días" en que Jesús se mani-
festó a sus discípulos después de la resurrección, es un tiempo de aprendizaje
al nuevo modo de estar Dios-con-nosotros. Es un ir acostumbrando los ojos a
la nueva luz.
      La acogida generosa dispensada por María y José‚ al Dios que había ve-
nido para liberar a su pueblo (Lc 1,68), preparó el tiempo en que "no daréis
culto al Padre ni en este monte ni en Jerusalén... Pero se acerca la hora,
o mejor dicho, ha llegado, en que los que dan culto auténtico, darán culto
al Padre con espíritu y verdad, pues de hecho el Padre busca hombres que lo
adoren así" Jn 4,22-23.
      La experiencia de María va aún más adelante puesto que ella vivió tam-
bién de cerca el misterio pascual y los primeros tiempos de la Iglesia post-
pentecostal.

                        En el tiempo de la Iglesia

      "Cristo está siempre presente en su Iglesia, sobre todo en la acción
litúrgica. Está presente en el sacrificio de la misa, sea en la persona del
ministro, ofreciéndose ahora por ministerio de los sacerdotes el mismo que
se ofreció en la cruz, sea sobre todo en las especies eucarísticas. Está pre-
sente con su virtud en los sacramentos, de modo que cuando alguien bautiza
es Cristo quien bautiza. Está presente en su palabra, pues cuando se lee en
la Iglesia la Sagrada Escritura, es él quien habla. Está presente, por último
cuando la Iglesia suplica y canta salmos, el mismo que prometió: "Donde están
dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos" (Mt 18,20)
S.C.7.
      Estamos en una nueva fase de la economía de la salvación. Cristo, como
a los apóstoles en la orilla del lago, como a María y José‚ en Nazaret, se nos
presenta en un modo nuevo. Ahora, en el tiempo de la Iglesia, se nos presenta
bajo múltiples formas. Pero como en Nazaret o como en la orilla del lago de
Tiberíades, lo primero que necesitamos para reconocerlo es la fe y lo segundo
es el impulso del amor para seguirlo dando la vida por los demás.
      María y José‚ vivían, como Juan el apóstol, con el corazón despierto,
y cuando Dios se presentó en su vida en un modo inesperado y sorprendente (a
José‚ en sueños, a María a través de un mensajero celeste), ellos en seguida
supieron reconocerlo, supieron también que era "el Señor".
      A la luz del evangelio de hoy, la vida de Nazaret nos enseña a vivir
en nuestro tiempo atentos al Señor que se presenta de mil modos en nuestra
vida y a dar el paso generoso de seguirlo hasta el fin.

TEODORO BERZAL hsf



sábado, 27 de abril de 2019

Ciclo C - II Domingo de Pascua


28 de abril de 2019 - II DOMINGO DE PASCUA - Ciclo C
                          
         "Llegó Jesús, se puso en medio y dijo: paz con vosotros"

      Hechos 5,12-16

      Los Apóstoles hacían muchos signos y prodigios en medio del pueblo.
      Los fieles se reunían de común acuerdo en el pórtico de Salomón; los
demás no se atrevían a juntárseles, aunque la gente se hacía lenguas de
ellos; más aún, crecía el número de los creyentes, hombres y mujeres, que se
adherían al Señor.
      La gente sacaba los enfermos a la calle, y los ponía en catres y cami-
llas, para que al pasar Pedro, su sombra por lo menos cayera sobre alguno.
      Mucha gente de los alrededores acudía a Jerusalén llevando enfermos y
poseídos de espíritu inmundo, y todos se curaban.

      Apocalipsis 1,9-11a.12-13.17-19

      Yo, Juan, vuestro hermano y compañero en la tribulación, en el reino
y en la esperanza en Jesús, estaba desterrado en la isla de Patmos, por haber
predicado la palabra de Dios y haber dado testimonio de Jesús.
      Un domingo caí en ‚éxtasis y oí a mis espaldas una voz potente, como una
trompeta, que decía: Lo que veas escríbelo en un libro, y envíaselo a las
siete iglesias de Asia.
      Me volví a ver quién me hablaba, y al volverme, vi siete lámparas de
oro, y en medio de ellas una figura humana, vestida de larga túnica con un
cinturón de oro a la altura del pecho.
      Al verla, caí a sus pies como muerto.
      El puso la mano sobre mí y me dijo: No temas: Yo soy el primero y el
último, yo soy el que vive.
      Estaba muerto, y ya ves, vivo por los siglos de los siglos; y tengo las
llaves de la Muerte y del Infierno.
      Escribe, pues, lo que veas: lo que está sucediendo y lo que ha de su-
ceder más tarde.

      Juan 20,19-31

      Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los
discípulos en una casa con las puertas cerradas, por miedo a los judíos.
      Y entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
      - Paz a vosotros.
      Y diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos
se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
      - Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
      Y dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
      - Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados les
quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos.
      Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando
vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
      - Hemos visto al Señor.
      Pero él contestó:
      - Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en
el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
      A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con
ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
      - Paz a vosotros.
      Luego dijo a Tomás:
      - Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi
costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
      Contestó Tomás:
      - ¡Señor mío y Dios mío!
      Jesús le dijo:
      - ¿Porque me has visto has creído?. Dichosos los que crean sin haber
visto.
      Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús
a la vista de los discípulos. Estos se han escrito para que creáis que Jesús
es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su
Nombre.

Comentario

      El evangelio de hoy nos presenta a Cristo resucitado en plena cons-
trucción de su Iglesia nacida del sacrificio redentor.
      Presentándose en medio de los discípulos, los saluda con la paz y les
infunde la paz, don de la salvación realizada con su muerte y resurrección
para toda la humanidad. El gesto de mostrar las manos y los pies lleva en
primer lugar a los apóstoles a no confundirlo con un fantasma, pero sobre
todo a identificarlo con el Jesús a quien habían conocido antes de la pasión
y muerte. Esta identificación del resucitado con el crucificado es fun-
damental para la fe de los apóstoles y para la nuestra.
      Una vez más el evangelio subraya el cambio radical de quien empieza a
creer. "Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor". Esta vez el
cambio viene expresado como paso de la tristeza a la alegría, cosa que ya
había sido predicha por Jesús antes de padecer: "Lloraréis y os lamentaréis
vosotros. Mientras el mundo estará alegre: vosotros estaréis tristes, pero
vuestra tristeza acabará en alegría" Jn 16,20. La alegría es, en efecto, un
don típico de la pascua.
      La acción del resucitado, reconocido como Señor, en su Iglesia, con-
centrada entonces en la comunidad de los discípulos, comprende tres aspectos:
la misión, la donación del Espíritu Santo y del poder de perdonar los
pecados.
      - "Como el Padre me ha enviado, os envío yo también". Con estas pala-
bras Jesús confía a la Iglesia que Él ha fundado su misma misión divina:
anunciar a la humanidad el reino de Dios y la salvación. La Iglesia se
convierte así en "sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con
Dios y de la unidad de todo el género humano" L.G. 1. Esta confianza que Dios
pone en los hombres al entregarles su plan divino de salvación, es un miste-
rio que a la vez entusiasma y da miedo. La presencia del Cristo resucitado
y la acción del Espíritu Santo son la garantía de que la Iglesia podrá 
cumplir tan sublime misión.
      - "Recibid el Espíritu Santo". "Exaltado así a la diestra de Dios, ha
recibido del Padre el Espíritu Santo que estaba prometido y lo ha derramado"
Hch. 2,23, dirá  S. Pedro después de Pentecostés. Y S. Juan afirma que antes
de la resurrección de Cristo "no había Espíritu por que Jesús no había sido
glorificado" Jn 7,39.
      El Espíritu Santo comunicado por Cristo funda en los discípulos la
realidad de la vida nueva, los lleva al conocimiento de la verdad completa
y a testimoniar con fuerza y confianza que "Jesús es el Señor".
      - "A quienes perdonáis los pecados..." La donación del Espíritu Santo
y la comunicación del poder de perdonar los pecados están en íntima conexión.
Es con el poder del Espíritu como los apóstoles y sus sucesores pueden
liberar, sanar, renovar al hombre caído en pecado; es con el poder del
Espíritu Santo como la Iglesia se renueva en el camino de crecimiento hacia
la plenitud del Reino.
      La segunda parte del evangelio narra la experiencia de fe del apóstol
Tomás. Su camino de fe subraya la identidad personal entre el crucificado y
el resucitado, pone de manifiesto el riesgo que supone la fe y provoca la
bienaventuranza de "los que tienen fe sin haber visto".

                   Precariedad y permanencia de Nazaret

      El evangelio de hoy en su conjunto da una sensación de plenitud, de
vida, de inmensa apertura hacia el futuro. La presencia del Señor resucitado
lo llena todo de luz y de paz. La donación del Espíritu garantiza la fuerza
y la unidad.
      Bajar desde estas alturas a Nazaret puede causar impresión de pobreza,
de limitación, de precariedad. Y sin embargo en Nazaret tenemos ya la fe de
quienes creen sin haber visto, pues en nada aparecería la gloria del Señor
cuando estaba con María y José. Su fe, como la de Abrahán, se apoyaba sólo
en la promesa del Señor: ­"¡Dichosa tú la que has creído! porque lo que te ha
dicho el Señor se cumplirá " Lc 1,45.
      En Nazaret fue recibido el Espíritu Santo con mayor fuerza y plenitud
que en ningún otro sitio: "El Espíritu Santo bajará sobre ti y la fuerza del
Altísimo te cubrirá con su sombra! Lc 1,35. Y su acción transformó por
completo la vida de María y de José.
      En Nazaret se comenzó a experimentar lo que significa vivir con Jesús
como centro de la familia, de la comunidad. Allí los "discípulos" María y
José empezaron a "ver" al Señor.
      Y sin embargo estas grandes realidades estaban ocultas, no aparecían,
se vivían sin el brillo pascual. Pero la muerte y la resurrección de Cristo
han rescatado para siempre el sentido de los años de Nazaret. Lo que en
Nazaret aparecía incipiente y germinal, se ha revelado, a la luz de la
Pascua, permanente y definitivo.

                                   Ahora

      La ascensión de Cristo a los cielos nos obliga a bajar al Nazaret de
ahora donde es más real que nunca la bienaventuranza de "los que creen sin
haber visto".
      La situación es diferente, pero la oscuridad de la fe que se vivió en
Nazaret nos ayuda a vivir la oscuridad y misterio de reconocer a Cristo en
la humildad del pan, en el hermano que está a nuestro lado, en los pobres,
en la Palabra, en quien tiene las manos, los pies o el costado llagados.
      La apuesta que supuso la fe de María y de José en el Cristo aún no
resucitado estimulan nuestra fe en el Cristo que aún no vemos glorioso y nos
ayuda en el camino que lleva hacia Él.

TEODORO BERZAL hsf


sábado, 13 de abril de 2019

Ciclo C - Domingo de Ramos


14 de abril de 2019 - DOMINGO DE RAMOS EN LA PASIÓN DEL SEÑOR – Ciclo C

                                "Jesús Nazareno, Rey de los Judíos"

      Isaías 5,4-7

      Mi Señor me ha dado una lengua de iniciado, para saber decir al abatido
una palabra de aliento.
      Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los iniciados.
      El Señor Dios me ha abierto el oído; y yo no me he rebelado ni me
he echado atrás.
      Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, la mejilla a los que mesaban
mi barba.
      No oculté el rostro a insultos y salivazos.
      Mi Señor me ayudaba, por eso no quedaba confundido; por eso endurecí el
rostro como pedernal, y sé que no quedaré avergonzado.

      Filipenses 2,6-11

      Cristo, a pesar de su condición divina no hizo alarde de su categoría
de Dios; al contrario se despojó de su rango, y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.
      Y así, actuando como un hombre cualquiera, se rebajó hasta someterse
incluso a la muerte, y una muerte de cruz.
      Por eso Dios lo levantó sobre todo, y le concedió el "Nombre -sobre-
todo-nombre"; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble -en el
Cielo, en la Tierra, en el Abismo-, y toda lengua proclame: "¡Jesucristo es
Señor!" para gloria de Dios Padre.

      Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Lucas, 22,14-23,56.

Comentario

      Todo el Evangelio de Lucas está transido de la tensión de Jesús, que
con mirada fija en la meta avanza hacia Jerusalén.
      La procesión de los ramos, imagen de la Iglesia que marcha y que aclama
a su Señor, está animada por este dinamismo de caminar hacia Jerusalén. "Y,
dicho esto, Jesús echó a andar delante de ellos, subiendo hacia Jerusalén"
Lc 9,20.
      Jerusalén es el lugar destinado por el Padre para que Jesús cumpla
definitivamente su misión de revelar el amor de Dios y de redimir al hombre.
En Jerusalén Jesús realiza plenamente el evangelio (buena noticia) del don
misericordioso de Dios al hombre. Y de Jerusalén saldrá la Palabra de Dios
para extenderse por todo el mundo, como el mismo Lucas narra en los Hechos
de los Apóstoles.
      La narración de la pasión nos coloca delante del momento supremo del
misterio de Cristo, que sella toda su trayectoria humana y lo abre a la
resurrección. La figura del Maestro aparece en su plenitud. Llama al
discípulo a seguirlo por el camino de la cruz, de la conversión, del perdón
y de la total confianza en el Padre.
      Al oír el relato de la pasión cada uno de nosotros es interpelado y se
ve obligado a tomar una postura ante el Señor que camina hacia el Calvario
con Simón cireneo, con las mujeres de Jerusalén, con los jefes del pueblo,
con los soldados o con uno de los dos ladrones. La narración se abre con la
institución de la Eucaristía y, en sintonía con el Jesús que entrega su
cuerpo y su sangre por nosotros, los discípulos son invitados a "hacer lo
mismo" en memoria suya.
      El anuncio de la traición de Judas y de la negación de Pedro preparan
la hora del combate supremo de Jesús que comienza en el jardín de los olivos,
se continúa ante el Sanedrín, ante Pilato y ante Herodes y culmina en la
cruz. La narración litúrgica nos deja en compañía de José‚ de Arimetea y las
piadosas mujeres que habían seguido a Jesús desde la Galilea.
      El evangelista presenta la pasión y muerte de Jesús como cumplimiento
de la voluntad de Dios y como entrega libre por parte de Jesús, pero también
como un hecho histórico resultado de la postura de Jesús ante las autoridades
religiosas y civiles, de las maquinaciones de los miembros del Sanedrín, de
la traición de Judas. Llegamos a penetrar en el misterio sólo si a través de
las causas humanas que llevaron a tan trágico desenlace, descubrimos con la
fe la trascendencia del gesto de Jesús que se entrega por nuestros pecados
y si aprendemos a llevar con Él y como Él nuestra cruz de cada día.
      Ante Cristo que muere en la cruz, sobran todas las palabras, porque en
ninguna de ellas cabe todo el significado de lo que allí se vivió. Es mejor
ponerse de rodillas, contemplar en silencio hasta dejarse traspasar por el
misterio y adentrarse en lo que Jesús experimentó hasta que el Espíritu Santo
nos lleve a "tener la misma actitud del Mesías Jesús" Fil 2,5.

                                El Nazareno

      El calificativo que sirvió a Pilato para identificar al condenado a
muerte aquel día y que mandó clavar en su cruz nos da pie para volver al
tiempo que hizo posible llamarlo así. En efecto, Jesús, colgado de la cruz
es "el nazareno".
      Como ha escrito un autor, Belén es la patria teológica de Jesús, Na-
zaret es la patria histórica y geográfica. En Belén nació "para que se cum-
pliera lo anunciado por los profetas" Mt 2,6. Nazaret, pueblo ignorado por
el Antiguo Testamento, es el lugar donde se crió, donde se fue gestando con
su denominación de "Nazareno" el misterio que hizo posible que se lo
llamaran así en el momento de su entrega suprema en la cruz.
      Sólo después de la resurrección puede darse una interpretación exacta
de lo que significó la muerte de Jesús en la cruz. El mismo Jesús resucitado
se esforzó por hacérselo comprender a los dos de Emaús: "¡Qué torpes sois y
qué lentos para creer lo que anunciaron los profetas!”, ¨¿No tenía el Mesías que
padecer todo eso para entrar en su gloria?" Lc 24,25-26. Y sólo desde esa
misma perspectiva puede entenderse la luz que el misterio de la cruz arroja
sobre Nazaret.
      El Jesús que un día sería crucificado vive en la humildad de Nazaret.
Aunque los evangelios con su silencio sobre los años de Nazaret nos lleven
instintivamente a dar un salto en el vacío y ver de pronto al Jesús adulto
que anuncia la llegada del reino, la realidad no pudo ser así: la vida avanza
poco a poco.
      Los planteamientos que llevaron a Jesús al sacrificio de la cruz no
pudieron improvisarse. Los evangelios, escritos desde una comunidad que cree
en Jesús resucitado y que ha encontrado ya una explicación a su muerte
redentora, dan algunos detalles sobre los primeros años de la vida de Jesús
que conectan directamente con el misterio de la cruz y ayudan a entenderlos
en todo su profundo significado.
      "Este está puesto para que todos en Israel caigan o se levanten. Ser 
una bandera discutida, mientras que a ti una espada te traspasará el corazón,
así quedará patente lo que todos piensan" Lc 2,35. "Levántate, toma al niño
y a su madre y huye a Egipto; quédate allí hasta nuevo aviso, porque Herodes
va a buscar el niño para matarlo" Mt 2,13. "Levántate, toma el niño y a su
Madre y vuelve a Israel; ya han muerto lo que intentaban acabar con el
niño... Fue a establecerse en un pueblo que llaman Nazaret" Mt 2,23 "Mira con
qué angustia te buscábamos tu padre y yo" Lc 2,48.
      La persecución interesada de los poderosos, la no aceptación por parte
de los suyos, su condición de profeta discutido, su total sumisión a la
voluntad del Padre, su misteriosa vinculación con Jerusalén y su templo, su
condición de Mesías libertador del pueblo, son otros tantos aspectos ya pre-
sentes germinalmente en el comienzo de su vida y con el tiempo se con-
vertirían en la trama misma de su muerte en cruz.

                               Nuestra cruz

      No se puede ser cristiano en plenitud sin asimilar en nuestra vida la
dimensión de dolor, de fracaso, de soledad, de muerte que todo vivir lleva
consigo. Cristiano es sólo quien vive, como el Nazareno, en actitud de entre-
ga permanente de la vida en favor de los demás.
      ¿Cómo vivir hoy el misterio de la cruz en una comunidad que se inspira
en Nazaret para trazar su estilo de vida?.

      Vive el misterio de la cruz:

      - La comunidad donde es posible el perdón: reconciliación con Dios y
      perdón mutuo entre los hermanos.
      - La comunidad donde se asume el mal, el pecado, lo negativo, donde se
      cuenta con ello.
      - La comunidad atenta a la debilidad y limitación de sus miembros.
      - La comunidad que se sabe y se acepta pecadora, no sólo en sus miem-
      bros tomados individualmente sino ella misma en su conjunto.
      - La comunidad que acepta la enfermedad, el fracaso, el desengaño de
      alguno de sus miembros y sabe integrarlo en su vida. 
      - La comunidad que se siente débil y a veces impotente ante la obra
      apostólica que tiene confiada
      - La comunidad donde cada miembro está dispuesto a sacrificarse por los
      demás, a dar su tiempo, sus cualidades, su vida misma.
      - La comunidad donde se vive el radicalismo evangélico con serenidad
      y gozo.
      - La comunidad que se siente fracasada en su anhelo de construir la
      fraternidad y no pierde aún la esperanza de conseguirlo.
      - La comunidad que se siente acosada por un ambiente hostil y lucha por
      mantener su identidad y por ser luz y fermento en la masa. 
      - Una comunidad así está compartiendo con Jesús el misterio de su
      muerte redentora.
     
      Una comunidad así está reproduciendo el ideal de Nazaret, donde tampoco
todo fue fácil, donde hubo sufrimiento y angustia, huida del perseguido,
obediencia y pobreza, aceptación del dolor y de la muerte, trabajo y donación
total al otro. El misterio de la cruz, visto desde Nazaret, nos enseña hoy
a vivir como hermanos.

TEODORO BERZAL hsf