sábado, 9 de noviembre de 2019

Ciclo C - TO - Domingo XXXII


10 de noviembre de 2019 - XXXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo C

                           "Serán hijos de Dios"

      Lucas 20,27-38

      En aquel tiempo se acercaron a Jesús unos saduceos, que niegan la
resurrección de los muertos, y le preguntaron:
      - Maestro, Moisés nos dejó escrito: "Si a uno se le muere su hermano,
dejando mujer, pero sin hijos, cásese con la viuda y dé descendencia a su
hermano". Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin
hijos. Y el segundo y el tercero se casaron con ella, y así los siete
murieron sin dejar hijos. Por último murió la mujer. Cuando llegue la
resurrección de los muertos, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los
siete han estado casados con ella.
      Jesús les contestó:
      - En esta vida, hombres y mujeres se casan; pero los que sean juzgados
dignos de la vida futura y de la resurrección de entre los muertos no se
casarán. Pues ya no pueden morir, son como ángeles; son hijos de Dios, porque
participan de la resurrección. Y que resucitan los muertos, el mismo Moisés
lo indica en el episodio de la zarza, cuando llama al Señor "Dios de Abrahán,
Dios de Isaac, Dios de Jacob". No es Dios de muertos, sino de vivos, porque
para Él todos están vivos.

Comentario

      En el evangelio de hoy los saduceos ("que negaban la resurrección")
proponen a Jesús una pregunta insidiosa. Su finalidad parece ser tanto la de
ridiculizar la concepción que los fariseos tenían de la vida del más allá 
como la de poner en dificultad a Jesús y así desacreditar su enseñanza.
      Jesús deja de lado los aspectos más o menos grotescos de la pregunta
y va directamente al punto clave: el hombre no termina con la muerte, Dios
es un Dios de vivos, la condición de vida actual es transitoria con respecto
a la vida futura. Citando las palabras del Exodo (3,6), Jesús refuta a los
saduceos en su propio terreno, pues ellos sólo admitían los libros del
Pentateuco, en cuanto solo esos eran considerados escritos por Moisés. No
responde, pues, a la pequeña pregunta suscitada, sino a la gran cuestión de
la resurrección de los muertos dentro de la cual se resuelve también lo que
le han preguntado.
      Las palabras de Jesús dejan entrever algunos detalles de la condición
del hombre en la vida futura: "no se casarán", serán "como los ángeles", "no
pueden morir", "serán hijos de Dios". Es difícil establecer nexos de cau-
salidad entre esas proposiciones. De hecho las traducciones muestran grandes
divergencias. La explicación más correcta parece ser el decir que la razón
de todo está en las palabras que siguen al texto: "Dios es un Dios de vivos".
El es el viviente y fuente de toda vida, por eso "los que sean dignos de la
resurrección" serán en plenitud hijos de Dios, no morirán, no se casarán,
serán como los ángeles.
      Con su muerte y resurrección Jesús dará la prueba definitiva de la
verdad de sus enseñanzas. Jesús es el primogénito de los que resucitan de
entre los muertos (Col 1,18), el primogénito de una multitud de hermanos (Rm
8,29).

                            La vida de Nazaret

      En Nazaret empezó ya a vivirse la novedad del Reino de los cielos. Una
de sus características más relevantes es la virginidad: "no se casarán".
      En el momento del anuncio del nacimiento del Mesías, descubrimos que
María había hecho propósito de permanecer virgen: "no conozco varón" Lc 1,34.
El relativo anacronismo del propósito de la virginidad pone aún más de
relieve la novedad de los tiempos mesiánicos. Poco después esa planta nacería
con fuerza en la Iglesia.

      La concepción virginal del Mesías -tan alejada de los mitos paganos del
mismo género- es un signo claro tanto de la trascendencia de Cristo como de
la realidad de la encarnación. Pero muestra también cómo Dios es el único
autor de la vida nueva. La concepción virginal de Jesús es también una nueva
creación. José no es el padre biológico de Jesús, ni se trata tampoco de una
generación en sentido biológico por parte de Dios.
      María y José, unidos en matrimonio, vivieron en Nazaret la novedad de
la virginidad, no como una carencia, sino como una sobreabundancia de vida.
Dios, autor de la vida, había intervenido en María en un modo maravilloso.
Ella, la llena de gracia, había sido colmada por la acción y el poder del
Espíritu Santo. Como sucedió con el arca de la alianza cuando "la gloria del
Señor llenó el santuario y Moisés no pudo entrar en la tienda del encuentro
porque la nube se había posado sobre ella y la gloria del Señor llenaba el
santuario" Ex 40,34-45.
      El amor de María y José estuvo al servicio de la llegada del Reino de
Dios a la tierra, por eso, aunque casados, son también perfecto modelo de
"quienes se hacen eunucos por el reino de Dios" Mt 19,12, anticipando como
signo lo que será la condición de todos en la otra vida.

                               Nuestra vida

      En un mundo de ideologías inmanentistas y sumido en algunas partes en
la civilización del consumo, el cristiano, todo cristiano, está llamado a dar
testimonio de la vida futura. Su fe proclama que si esta vida tiene un
sentido es en función de un futuro trascendente. Y ese futuro no falla porque
no está garantizado por la afirmación de una teoría o por el esfuerzo de los
hombres, sino por el mismo Dios, que ha resucitado a Jesús.
      El testimonio de la vida futura, de la trascendencia, no es negación
de lo que ahora vivimos, ni de las tareas mundanas, al contrario, es darlas
todo su valor. Pero al mismo tiempo la fe en la otra vida relativiza todo
lo presente, afirmando que lo definitivo no es el orden de este mundo.
      En esta línea de pensamiento es particularmente significativa la opción
por el celibato hecha por un cierto número de cristianos. Al igual que la
virginidad de María y de José, el celibato por el reino de los cielos en
seguimiento de Cristo, tiene como motivación última, no la negación del amor,
sino el don de Dios y su intervención en la historia personal de un hombre
o de una mujer para hacerle un signo especial de lo que será la plenitud del
Reino.
      Quien opta por el celibato introduce en su amor dos dimensiones propias
de la otra vida: la inmediatez del amor absoluto a Dios y la universalidad
del amor a los hombres. Naturalmente, estas dimensiones se viven en la
fragilidad de la carne y con todo el lastre de la debilidad humana. Aun así,
la Iglesia reconoce un signo muy valioso de los bienes futuros, de la si-
tuación final de la historia humana cuando ya "ni hombres ni mujeres se
casarán porque ya no pueden morir puesto que serán como los ángeles".

TEODORO BERZAL hsf

sábado, 2 de noviembre de 2019

Ciclo C - TO - Domingo XXXI


3 de noviembre de 2019 - XXXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo C

                 "Hoy ha llegado la salvación a esta casa"

Lucas 19,1-10

      En aquel tiempo entró Jesús en Jericó y atravesaba la ciudad. Un hombre
llamado Zaqueo, jefe de publicanos y rico, trataba de distinguir quién era
Jesús, pero la gente se lo impedía, porque era bajo de estatura. Corrió más
adelante y se subió a una higuera para verlo, porque tenía que pasar por
allí.
      Jesús, al llegar a aquel sitio, levantó los ojos y dijo:
      - Zaqueo, baja enseguida, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.
      Bajó en seguida y lo recibió muy contento. Al ver esto, todos mur-
muraban diciendo: Ha entrado a hospedarse en casa de un pecador.
      Pero Zaqueo se puso en pie y dijo al Señor:
      - Mira, la mitad de mis bienes, Señor, se la doy a los pobres; y si de
alguno me he aprovechado, le restituiré cuatro veces más.
      Jesús le contestó:
      - Hoy ha sido la salvación de esta casa; también éste es hijo de
Abrahán. Porque el Hijo del hombre ha venido a buscar y a salvar lo que
estaba perdido.  

Comentario

      El evangelio de hoy narra el encuentro de Jesús con Zaqueo en la ciudad
de Jericó. Siguiendo un procedimiento empleado en otras ocasiones, el
evangelista presenta el acontecimiento y, sólo al final, las palabras de
Jesús hacen comprender la hondura de lo que ha sucedido.
      En el relato queda bien claro que lo importante es la fe en Jesús y el
encuentro con Él. No se dice por qué motivos Zaqueo deseaba ver a Jesús. Lo
cierto es que según la narración evangélica es Jesús quien levanta la vista
y lo ve. Empieza entonces para él un proceso que le llevará a cambiar de
vida.
      Jesús pide alojamiento en casa de Zaqueo, pero lo que busca en realidad
no es tanto la casa como la persona de Zaqueo. Otros acogieron a Jesús en su
casa y nunca se abrieron a la fe en Él (Lc 7,36 ss). Zaqueo, en cambio, es
"hijo de Abrahán", es decir, hombre de fe.
      Ese es el paso decisivo para que se dé una auténtica conversión, que
lleva a la transformación de la vida. Pero además la conversión, cuando es
auténtica, opera una verdadera revolución social, sin violencia, pero muy
eficaz: el dinero adquirido con el robo pasa de ser instrumento de opresión
a medio concreto de comunión y de solidaridad con los pobres.
      En Zaqueo se realizó de modo admirable la palabra del Apocalipsis:
"Estoy a la puerta y llamo; si alguno me abre, entraré y cenaré con él y él
conmigo" Ap 3,20. La casa de Zaqueo, acogiendo a Jesús y dejándose acoger por
Él, se convirtió en un cenáculo abierto también a los pobres. El encuentro
auténtico con Dios abre siempre al encuentro con los hombres.

                        El Salvador llegó a Nazaret

      La salvación llegó a casa de Zaqueo, cuando Jesús entró en ella, porque
aquel había creído. En la casa de Nazaret entró el Salvador cuando María y
José dieron el sí de la fe al maravilloso plan de Dios de salvar a los
hombres mediante la encarnación de su Hijo.
      No podemos decir que la salvación del mundo se produjo porque María y
José creyeron, como si Dios estuviera ligado a tal o cual persona para
cumplir su obra, pero de hecho así aconteció porque Él lo quiso.
      Ahora bien; María y José no son sólo el canal por donde vino la
salvación al mundo. En ellos aconteció también la salvación cuando recibieron
al Salvador. Su vida, como la de Zaqueo, como la de todos los creyentes,
sufrió una reorientación radical producida por el encuentro con Cristo.
      Ellos no tenían bienes materiales adquiridos injustamente para empezar
a repartir. Pero supieron orientar toda su vida al servicio de Jesús y, a
través de Él, al servicio de todos los hombres.
      La casa de Nazaret empezó ya a ser casa de salvación mientras Jesús,
María y José vivían en ella. Por eso no es arriesgado presentar a la familia
de Nazaret como imagen viva de la Iglesia que "es en Cristo como un
sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad
de todo el género humano" L.G. 1.
      Más aún, en Nazaret, en la vida santa de Jesús, en María y José la sal-
vación llegó a su realización más plena y perfecta, de modo que la casa de
Nazaret es también, de alguna manera, anticipación de la casa del Padre en
el momento final de la historia, cuando Dios lo sea "todo en todos" ICo
15,28.

                         Jesús es nuestro Salvador

      Viviendo en Nazaret, el encuentro con Jesús es algo habitual, forma
parte de las realidades de cada día. A partir del primer encuentro y de la
llamada a vivir en Nazaret hoy, Jesús entra en casa siempre como Salvador.
      El gran peligro del que vive en Nazaret es acostumbrarse a lo mara-
villoso y hacer que lo cotidiano se vuelva rutinario. Como en Nazaret no
brillaron las luces de la pascua, tampoco en el Nazaret de ahora brilla el
fulgor de la resurrección. No se ven aún los resultados últimos de la sal-
vación.
      Pero la salvación está allí donde Jesús está, aunque no se vea.
Necesitamos dejar que nuestros encuentros diarios con Jesús nos vayan
transformando progresivamente, abriendo cada vez más nuestro corazón y
nuestras manos hasta que coincidan con el gesto de entrega total por la
redención del mundo.
      El evangelio nada dice de la vida de Zaqueo después del primer paso de
su conversión.
      A la luz de Nazaret nosotros sabemos que el primer paso de la acep-
tación de Jesús en la vida, tiene que ir seguido de muchos otros que vayan
haciendo penetrar la salvación en todas las dimensiones de la persona hasta
cambiar todo el yo.
      De Nazaret tampoco conocemos los pasos intermedios, pero al final nos
encontramos con Jesús portador de la salvación a todos los hombres y
dispuesto a morir por ellos y a María capaz de seguirlo de cerca hasta la
cruz y de colaborar en la edificación de la Iglesia.
      Esa es también la meta de los que hoy queremos vivir en Nazaret: dejar
crecer en nosotros la salvación de modo que podamos ser también, con la
gracia de Dios, portadores de salvación a nuestros hermanos los hombres.

TEODORO BERZAL hsf


sábado, 26 de octubre de 2019

Ciclo C - TO - Domingo XXX


27 de octubre de 2019 - XXX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

                 "El publicano volvió a casa justificado"

      Lucas 18,9-14

      En aquel tiempo dijo Jesús esta parábola por algunos que, teniéndose
por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás:
      - Dos hombre subieron al templo a orar. Uno era un fariseo; el otro,
un publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior: ¡Oh Dios!, te
doy gracias, por que no soy como los demás: ladrones, injustos, adúlteros;
ni como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo
lo que tengo.
      El publicano, en cambio, se quedó atrás y no se atrevía ni a levantar
los ojos al cielo; sólo se golpeaba el pecho, diciendo: ¡Oh Dios!, ten
compasión de este pecador. Os digo que éste bajó a su casa justificado y
aquél no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla
será enaltecido.

Comentario

      La parábola del fariseo y del publicano nos muestra de forma clara dos
maneras de ser del hombre en relación con Dios.
      La oración del fariseo parece ser a primera vista un agradecimiento a
Dios. Pero su finalidad es poner de manifiesto el propio mérito que lleva a
exigir a Dios una recompensa. Tal modo de expresarse ante Dios desnaturaliza
y destruye la relación con Él porque el hombre, en último análisis, quiere
tener sometido a Dios con su modo de obrar. Es una posición radicalmente
falsa.
      El publicano, por el contrario, está en la verdad. Es la verdad radical
que coloca al hombre en su situación de indigencia frente a Dios. Es la
verdad de saber que él no puede salvarse por sí mismo ni entrar en amistad
con Dios por su propia iniciativa. Es el primer paso para abrirse a la acción
de Dios: reconocerse pecador e incapaz de salvarse.
      Ambos personajes encarnan la oposición entre dos tipos de justifi-
cación: la que viene del hombre y la que viene de Dios.
       La mentalidad farisaica considera que es posible salvarse a fuerza de
cumplir exactamente la ley. Por el contrario, quien se reconoce pecador se
pone en disposición de recibir la justificación que viene de Dios. S. Pablo
lo dirá explícitamente: "Porque nuestra tesis es esta: que el hombre se
rehabilita por la fe, independientemente de la observancia de la ley" Rm
3,28.
      Esa es también la conclusión de la parábola. El publicano "bajó a casa
bien con Dios", el fariseo, no.

                           La verdad de Nazaret

      Desde el comienzo, Jesús, María y José‚ se colocaron en la verdad de la
humildad.
      María se declaró "la esclava del Señor", José se puso a sus órdenes,
Jesús "asumió la condición de siervo".
      Los tres unidos en familia, vivieron como nadie la espiritualidad de
los pobres de Yavé. Esa espiritualidad se caracteriza por "una actitud de
apertura a Dios y la disponibilidad de quien todo lo espera del Señor"
(Puebla, Pobreza, 4).
      Uno de los mejores retratos del pobre de Yavé nos viene presentado por
el salmo 37. Según este salmo es pobre de Yavé quien:
-     confía en el Señor: su seguridad está en Dios;
-     tiene sus delicias en el Señor: Dios es quien colma su vida;
-     encomienda a Dios su camino: Dios es el único guía de su existencia;
-     se queda en silencio ante el Señor: es la actitud de espera de quien
      sabe que Dios lo conoce todo y es bueno.
      Esta figura del pobre de Yavé es la que mejor retrata, de una parte,
al publicano del evangelio de hoy y, de otra, a los componentes de la Sagrada
Familia. Estos últimos vivieron en esa actitud profunda de pobreza espiritual
que tiene como notas: la humildad, la sencillez de vida, la esperanza, la
confianza en Dios.
      Es esta la actitud que provoca la acción salvadora y liberadora de
Dios, no sólo para quien la tiene sino para todo el pueblo.
      Es esta la actitud que mejor prepara a una colaboración sincera y total
con el designio de salvación que Dios tiene para el mundo.
      Es esta la actitud que da al hombre toda su dignidad y lo glorifica
definitivamente al colocarlo en la relación correcta con Dios.

                            Infancia espiritual

      Mirando a Nazaret, el gesto del publicano aparece como la punta de un
iceberg. Es el signo de toda una disposición de alma y corazón, de una forma
de vivir que llega a su plenitud en Cristo, quien "se rebajó hasta someterse
a la muerte y muerte de cruz" Fil 2,8,l, que no conocía el pecado.
      Esa es la forma típica del cristiano. Es la postura de la infancia
espiritual del evangelio, que sabe recibir como don la realidad del reino,
que vive en apertura, disponibilidad y confianza de cara a Dios, que es capaz
de construir fraternidad porque no se coloca por encima de los demás.
      Santa Teresa de Lisieux describió como nadie lo que es la infancia
espiritual cuando le preguntaron lo que entendía por "permanecer siempre
como un niño ante Dios". Esta fue su respuesta: "Es reconocer la propia nada
y esperarlo todo de Dios, como un niño pequeño lo espera todo de su padre,
sin preocuparse de nada, ni de ganar fortuna. Incluso en la casa de los
pobres a los niños se les da lo que necesitan, pero cuando los niños se hacen
grandes, su padre les dice: Ahora tienes que trabajar tú, ya te puedes bastar
a ti mismo. Precisamente para no tener que oír esas palabras yo no he querido
llegar a ser grande puesto que me siento incapaz de ganar mi propio pan, que
es la vida eterna del cielo. Así pues, siempre he permanecido pequeña,
teniendo sólo como ocupación la de recoger flores. Flores de amor y de
sacrificio para ofrecérselas a Dios" Novissima verba p. 125-126.
      Esta infancia espiritual que tiene su fundamento en el bautismo y está 
hecha de confianza total en el Padre, de abandono a su providencia maternal
y de atención amorosa a su voluntad, es a la vez la primera condición y el
mejor fruto de la vida nazarena.

TEODORO BERZAL hsf


sábado, 19 de octubre de 2019

Ciclo C - TO - Domingo XXIX


20 de octubre de 2019 - XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo C

                      "Orar siempre y no desanimarse"

Lucas 18,1-8

      En aquel tiempo, Jesús, para explicar a los discípulos cómo tenían que
orar siempre sin desanimarse, les propuso esta parábola:
      - Había un juez en una ciudad que ni temía a Dios ni le importaban los
hombres. En la misma ciudad había una viuda que solía ir a decirle: "Hazme
justicia frente a mi adversario"; por algún tiempo se negó, pero después se
dijo: "Aunque ni temo a Dios ni me importan los hombres, como esa viuda me
está fastidiando, le haré justicia, no vaya a acabar pegándome en la cara".
      Y el Señor respondió:
      - Fijaos lo que dice el juez injusto; pues Dios, ¿no hará justicia a
sus elegidos que le gritan día y noche?, ¿o les dará  largas? Os digo que les
hará  justicia sin tardar. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará 
esta fe en la tierra?

Comentario

      La parábola de la viuda y el juez necesita de poco comentario para ser
comprendida. El texto mismo del evangelio dice la finalidad que Jesús se
propuso al contarla ("para explicarles que tenían que orar siempre") y ofrece
elementos suficientes para su interpretación.
      La enseñanza es muy clara y sencilla: si un hombre severo y duro, como
el juez injusto, es capaz de conmoverse ante la súplica insistente de una
pobre viuda, ­cuánto más Dios, que es infinitamente bueno, no acogerá nues-
tras súplicas!
      La imagen en negativo que el juez injusto ofrece de Dios tiende a poner
de manifiesto la enseñanza central que se quiere inculcar: la perseverancia
en la súplica. Y esto no porque Dios lo necesite. Ante Dios no hace falta
insistir para convencerlo. El mismo Evangelio nos previene contra la
tentación de cifrar la eficacia de la oración en la abundancia de palabras
(Mt 6,7-8) "pues vuestro Padre sabe lo que os hace falta antes de que se lo
pidáis". Quienes necesitamos de la oración perseverante somos nosotros. Y la
necesitamos para mantener siempre encendida la lámpara de la fe. Hay una
relación profunda entre la fe y la oración. Así como la oración es una
expresión clara de la fe, ésta necesita para vivir y crecer del alimento
constante de la oración Mt 15,28.
      La oración perseverante es la respuesta adecuada al Dios que es siempre
fiel. Dios actúa permanentemente prodigando el bien en favor de sus hijos los
hombres (Lc 11,9-13). La apertura constante a Él en la oración es necesaria
para que su plan de amor y de salvación continúe realizándose siempre en
nosotros y en el mundo.

En Nazaret

      Sólo podemos imaginar la fidelidad cotidiana de la Sagrada Familia a
los tres momentos de oración de las familias judías de su tiempo, su
asiduidad a la reunión semanal de la sinagoga y a la peregrinación anual a
Jerusalén para la fiesta de Pascua. El Evangelio únicamente alude a este
último aspecto de la celebración de la fe en la Sagrada Familia (Lc 2,41).
      Pero el propio Evangelio cita explícitamente otros rasgos fundamentales
que nos permiten descubrir en la Familia de Nazaret una vida de oración
profunda, intensa, perseverante. El evangelio de hoy subraya con particular
insistencia este último aspecto, por eso nos detendremos sólo en él.
      La perseverancia indica la permanencia activa en la oración. Y la
oración no es sólo súplica y petición, es también apertura a Dios, acogida
de su Palabra, alabanza y adhesión generosa a su voluntad, amor...
      A Jesús le encontramos siempre abierto al Padre. El evangelio habla
repetidamente de su oración: en la vida de cada día, en los momentos
importantes, en la noche. En el huerto de Getsemaní, Jesús insistía en la
oración (Lc 22,44).
      El mensaje del Nuevo Testamento sobre María se abre con su disponi-
bilidad a Dios en la anunciación y se cierra con la escena de su oración en
el cenáculo, en compañía de los apóstoles y de la comunidad. Son los dos
extremos de toda una vida perseverante en la oración.
      De José conocemos su atención a la voz de Dios y su prontitud en
obedecerla.
      Jesús, María y José formaron en Nazaret una comunidad orante, una
comunidad siempre abierta a Dios y con una confianza sin límites en el Padre.
Su oración fue perseverante no sólo porque duró el tiempo, sino porque llevó
la oración hasta las últimas consecuencias que es la entrega de la propia
vida por los demás.

Perseverar en la oración

      La oración es una de las componentes fundamentales de la perseverancia
cristiana: "vigilad y orad" Mc 14,38.
      La existencia cristiana se desarrolla necesariamente en medio de
múltiples dificultades (Rm 5,3; 2Tes 1,6-7). "Todo el que se proponga vivir
como buen cristiano será perseguido" 2Tm 3,12. Por eso S. Pablo recomienda
a los cristianos mostrarse firmes en la fe (ICo 16,13), es decir, fuertemente
unidos a la verdad del evangelio y en permanente actitud de confianza en Dios
que es fiel (ICo 1,9).
      El cristiano que quiere vivir de verdad el evangelio necesita fuerza
y coraje: "Sed hombres, sed robustos" ICo 16,13. "Dios no nos ha dado un
espíritu de cobardía sino un espíritu de valentía, de amor y de dominio
propio" 2Tim 1,7.
      Nuestra vida cristiana se desarrolla en el tiempo presente, entre la
victoria de Cristo muerto y resucitado y la verificación de tal victoria, al
final de la historia de la salvación. Es ya partícipe, de alguna manera, de
la salvación definitiva y sin embargo esa vida nueva hay que defenderla contra
las potencias del mal, contra el mundo, que trata siempre de envolverla en
una lógica de cerrazón a Dios, y contra uno mismo. Porque el hombre viejo
sigue luchando contra el hombre nuevo.
      En esta situación de combate que caracteriza toda existencia cristiana
si desea mantenerse fiel, la perseverancia en la oración es sencillamente
algo esencial. El cristiano sabe bien que con sus propias fuerzas es
imposible. Por eso S. Pablo dice: "Dejad que os robustezca el Señor con su
poderosa fuerza" Ef 6,10. Y hablando de su propia experiencia exclama: "Para
todo me siento con fuerzas en Aquel que me robustece" Fil 4,14.
      Una mirada a Jesús, María y José en Nazaret, siempre disponibles,
siempre abiertos para que el poder de Dios actuara en ellos, nos ayudará a
vivir esta fe y oración perseverante, que el evangelio de hoy nos enseña, y
sin las cuales no hay verdadera vida cristiana que dure.

TEODORO BERZAL hsf