sábado, 21 de diciembre de 2019

Ciclo A - Adviento - Domingo IV


22 de diciembre de 2019 - IV DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo A

                            "Dios-con-nosotros"

   Isaías 7,10-14  

   En aquellos días, dijo el Señor a Acaz:
   -Pide una señal al Señor tu Dios en lo hondo del abismo o en lo alto del
cielo.
   Respondió Acaz:
   -No la pido, no quiero tentar al Señor.
   Entonces dijo Dios:
   -Escucha, casa de David: ¿no os basta cansar a los hombres sino que
cansáis incluso a Dios? Pues el Señor, por su cuenta, os dará una señal.
   Mirad: la virgen está encinta y da a luz un hijo, y le pone por nombre
Emmanuel (que significa: "Dios-con-nosotros").

   Romanos 1,1-7

   Pablo, siervo de Cristo Jesús, llamado a ser apóstol, escogido para
anunciar el Evangelio de Dios.
   Este Evangelio, prometido ya por sus profetas en las Escrituras Santas,
se refiere a su Hijo, nacido, según lo humano, de la estirpe de David; cons-
tituido, según el Espíritu, Hijo de Dios, con pleno poder por su resurrección
de la muerte: Jesucristo nuestro Señor.
   Por Él hemos recibido este don y esta misión: hacer que todos los
gentiles respondan a la fe, para gloria de su nombre. Entre ellos estáis
también vosotros, llamados por Cristo Jesús.
   A todos los de Roma, a quienes Dios ama y ha llamado a formar parte de su
pueblo santo, os deseo la gracia y la paz de Dios nuestro Padre y del Señor
Jesucristo.

   Mateo 1,18-24

   El nacimiento de Jesucristo fue de esta manera:
   La madre de Jesús estaba desposada con José‚ y antes de vivir juntos
resultó que ella esperaba un hijo, por obra del Espíritu Santo.
   José, su esposo, que era bueno y no quería denunciarla, decidió repu-
diarla en secreto. Pero apenas había tomado esta resolución se le apareció
en sueños un Ángel del Señor, que le dijo:
   -"José‚ hijo de David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer,
porque la criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un
hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los
pecados".
   Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por
el profeta:
   Mirad: la virgen concebirá y dará  a la luz un hijo, y le pondrá por
nombre Enmanuel (que significa: "Dios-con-nosotros").
   Cuando José‚ se despertó hizo lo que le había mandado el Ángel del Señor
y se llevó a casa a su mujer.
                     
Comentario

   En la narración que el evangelista Mateo nos ofrece de los episodios de
la infancia de Jesús, el acontecimiento que hoy presenta la liturgia tiene
la función de establecer la conexión del Mesías con el rey David, portador
de las promesas de Dios.
   La cadena genealógica (Mt 1,1-16), rota en el último eslabón (José‚ no
engendra a Jesús), queda de algún modo restablecida por la intervención de
Dios al reafirmar la unión matrimonial entre María y José: "José‚ hijo de
David, no tengas reparo en llevarte a María, tu mujer, porque la criatura que
hay en ella viene del Espíritu Santo" (1,20).
   Si nos fijamos en el contenido del relato, el peso mayor del texto
evangélico está en la acción de Dios, quien mediante su Espíritu ha realizado
algo que está fuera del alcance de la comprensión humana: la encarnación del
Verbo. Lo que viene después son explicaciones para ayudar a asumir de manera
activa y responsable cuanto Él, en su infinita sabiduría, entiende realizar
para salvar al hombre.
   De esta forma se cumplen también, y Mateo lo subraya de forma especial,
las palabras de los profetas referentes al Mesías. El signo no pedido por
Ezequías, pero aun así ofrecido por Dios, aparece realizado en la plenitud
de los tiempos de forma misteriosa: Jesús, nacido de la estirpe de David,
según lo humano es verdaderamente el Emmanuel, el "Dios-con-nosotros".
   Ya desde el comienzo, se nos revela el dato esencial acerca de la
personalidad de Jesús: aun compartiendo en todo nuestra condición humana, su
origen mismo da entender su naturaleza divina. La sorpresa producida por la
anticipación de Dios a toda intervención humana revela su poder creador y la
libertad y amor de su iniciativa. "El se ha fijado en la humildad de su
esclava", dirá María (Lc 1,48).
   La virginidad de María y de José son así el lugar donde se manifiesta la
intervención libre y gratuita de Dios en la historia de los hombres en el
momento de su máxima cercanía. Queda así claro el protagonismo divino en la
obra de la salvación. Este aspecto es subrayado por el significado del nombre
que José‚ deberá imponer a la criatura que se está formando en el seno de
María. "Tú le pondrás por nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de los
pecados" (1,21).

                        El drama de María y de José

   Como en muchos otros momentos de la historia de la salvación, el designio
amoroso de Dios se manifiesta y se realiza a través de las circunstancias
humanas, a veces a través de situaciones dramáticas para las personas. Es lo
que sucede en este caso con María y José.
   Los escasos datos que ofrece el evangelista son suficientes para dejar
adivinar el drama que se produjo en la joven familia, en formación, de Naza-
ret después del anuncio del Ángel a María. ¿Fue ella quien comunicó a José
la noticia, la buena noticia? Así cabe suponer. Al primer momento de
agradecimiento y admiración por lo que Dios había hecho en la que iba a ser
su esposa, siguen los días de angustia y desconcierto para José: Pero sin
duda también para María a cuya mirada no podía escapar la situación de su
prometido.
   José sufre, pero su dolor no viene de que, ni siquiera por un instante,
se haya asomado a su espíritu la menor duda acerca de la conducta de María.
Toda su preocupación viene de saber cuál es el papel que él puede desempeñar
en los planes de Dios, cuando Éste parece haber tomado la iniciativa y actuar
por su cuenta desbordando las previsiones humanas.
   El mismo "temor" que tantos otros habían experimentado ante una
manifestación portentosa de Dios (recordemos a Moisés, Elías, etc), lo siente
ahora José. Igual le había sucedido a María. Para ella la pregunta, cuando
se le anunció su futura maternidad, era: Entonces, ¿qué va a ser de mi
virginidad? Las palabras del Ángel le dieron la respuesta. Para José la
pregunta ante la gravidez de María era: Entonces, ¿qué va a suceder con
nuestro matrimonio?
   En esa situación una alternativa le atormentaba: o quedarse con María,
usurpando, por así decirlo, el título de "padre", o retirarse, tomando todas
las precauciones para perjudicar lo menos posible a la que estaba a punto de
ser definitivamente su mujer. En esta segunda opción, por la que José se
inclina según el evangelista, el matrimonio se deshace, la perspectiva de la
fundación de una familia queda desvanecida…
   El mensaje del cielo responde punto por punto a todas las preguntas que
angustiaban a José en ese momento difícil:
   "No tengas reparo en llevarte a María, tu mujer". Dios quiere, pues ese
matrimonio. La familia constituida por María, José‚ y la criatura que nacerá 
está también en sus planes.
   "La criatura que hay en ella viene del Espíritu Santo". Esto confirma y
esclarece plenamente el sentido de la maternidad de María y de su propia
paternidad.
   "Tú le pondrás por nombre Jesús". Será, pues, él quien tendrá que asumir
todas las funciones de padre de Jesús, comenzando por la de darle un nombre
que ya define su misión.
   Con estas palabras, los nubarrones de la angustia se rasgan y aparece el
cielo sereno. Se ve clara la luz que alumbra el camino y que permite acoger
sin reservas el plan de Dios.

   Te bendecimos, Padre, por tu inmenso amor.
   Te bendecimos por el don de Jesús, hecho hombre.
   Te bendecimos por la acción del Espíritu Santo
   que lleva a cabo, en silencio,
   las grandes obras que nadie puede comprender.
   Gracias también por la fe sincera,
   por la gran humildad,
   por el amor recíproco de María y José,
   que tú pusiste a prueba
   y confirmaste de modo tan claro y tan fuerte.
   Danos hoy su fe para que sepamos acoger
   en Jesús, el Salvador,
   tu designio de amor sobre los hombres.

                             Vivir el adviento
  
   En la última fase del tiempo de adviento, la Iglesia nos guía en su
liturgia hacia una actitud m s contemplativa. Se trata de interiorizar el
sentido de los acontecimientos y de descubrir en su pluralidad y variedad de
significados, el único verdadero acontecimiento: la visita que Dios hace al
hombre.
   El drama de María y de José recogido en el evangelio de hoy no deja lugar
a dudas: Dios traza su historia entre los hechos que nosotros vivimos. Pero
además lo hace de una manera nueva y desconcertante para los hombres. No es
previsible su modo de actuar. Por eso, entonces como ahora, pide una actitud
radical de apertura y de confianza en Él.
   La actitud de alerta, de atención, de vigilancia que se nos pedía al
comienzo del adviento, viendo al "justo" José y a su esposa María, que juntos
se dejan conducir por la mano de Dios, cobra mayor cuerpo y realismo. No se
nos pide una espera indefinida, que remite todo a un futuro borroso e
indeterminado. Dios es el Emmanuel, es el Dios-con-nosotros, que no se ha
resignado, por así decirlo, a vivir en su soledad, sino que ha querido
compartir el destino del hombre y se ha introducido para siempre en su
historia de modo que nada de lo que en ella acontece le es ajeno.
   La disponibilidad de María y de José para acogerlo en el modo en que Él
quería manifestarse en el momento supremo, es la clave para saber acoger
todas las otras manifestaciones de su acción salvadora en el mundo. Sólo
donde se encuentran corazones generosos, capaces de dejar los propios planes,
para acogerse recíprocamente y hacer posible la salvación del hombre, que se
realiza en Cristo, es posible que vaya adelante el plan de Dios.
   Hoy se nos llama a esa "virginidad" de la mente y del corazón para estar
totalmente disponibles a la acción de Dios en nuestras vidas.

TEODORO BERZAL hsf

sábado, 14 de diciembre de 2019

Ciclo A - Adviento - Domingo III


15 de diciembre de 2019 - III DOMINGO DE ADVIENTO - Ciclo A

                      "¿Eres tú el que ha de venir?"

   Isaías 35,1-6a. 10

   El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la
estepa, florecerá como flor de narciso, se alegrará con gozo y alegría.
   Tiene la gloria del Líbano, la belleza del Carmelo y del Sarón.
   Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios. Fortaleced
las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes
de corazón: Sed fuertes y no temáis.
   Mirad a vuestro Dios, que trae el desquite; viene en persona, resarcirá 
y os salvará.
   Se despegarán los ojos del ciego, los oídos del sordo se abrirán, saltará 
como ciervo el cojo, la lengua del mudo cantará y volverán los rescatados del
Señor.
   Volverán a Sión con cánticos: en cabeza, alegría perpetua; siguiéndolos,
gozo y alegría. Pena y aflicción se alejarán.

   Santiago 5,7-10

   Tened paciencia, hermanos, hasta la venida del Señor.
   El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra mientras
recibe la lluvia temprana y tardía.
   Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del
Señor está cerca.
   No os quejéis, hermanos, unos de otros para no ser condenados. Mirad que
el juez está ya a la puerta.
   Tomad, hermanos, como ejemplo de sufrimiento y de paciencia a los
profetas, que hablaron en nombre del Señor.

   Mateo 11,2-11
  
   Juan, que había oído en la cárcel las obras de Cristo, le mandó a
preguntar por medio de dos de sus discípulos:
   -¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?
   Jesús les respondió:
   -Id a anunciar a Juan lo que estáis viendo y oyendo: los ciegos ven y los
inválidos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos
resucitan, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia. ¡Y dichoso el que
no se siente defraudado por mí!
   Al irse ellos, Jesús se puso a hablar a la gente sobre Juan:
   -¿Qué salisteis a contemplar en el desierto, una caña sacudida por el
viento? ¿O qué fuisteis a ver, un hombre vestido con lujo? Los que visten con
lujo habitan en los palacios. Entonces, ¿a qué salisteis, a ver un profeta?
   Sí, os digo, y más que profeta; él es de quien está escrito:
   "Yo envío mi mensajero delante de ti para que prepare el camino ante ti".
   Os aseguro que no ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista,
aunque el más pequeño en el Reino de los cielos es más grande que él.
                         
Comentario

   Como el domingo pasado, el mensaje de la Palabra de Dios se cifra hoy en
la relación entre Juan Bautista y Jesús. La liturgia nos invita a dar un paso
más en la reflexión, yendo desde los dos estilos de vida y de mensaje hacia
la identidad de las personas.
   De todos los momentos en los que se habla de Juan Bautista en el
evangelio (infancia, predicación inicial, bautismo de Jesús, encarcelamiento
y muerte) el pasaje que leemos hoy tiene un significado particular para
descubrir su identidad y, de rechazo, la del Mesías.
   Por lo que dice el evangelio, podemos suponer que Juan se encuentra en un
momento de crisis; no sólo porque está en la cárcel, sino sobre todo por la
duda que se asoma a su conciencia. Su misión y su vida entera tienen sentido
en función de la aparición inmediata del Mesías. Si esto no acontece, todo
se hunde en el vacío. Pero Juan, en cuanto hombre de gran fe, en cuanto
profeta, no se deja aprisionar interiormente por la situación en que vive,
ni por la desesperanza a la que podría llevarle la duda que empieza a nacer
del contraste entre lo que él anunciaba y lo que oye decir. Por eso pregunta,
y lo hace de una manera explícita y perentoria: "¿Eres tú el que ha de venir
o tenemos que esperar a otro?".
   La respuesta de Jesús comporta la revelación de su propia identidad, y en
segundo término también de la de Juan Bautista.
   En la pregunta y en la respuesta hay una profunda enseñanza para toda
búsqueda que se realiza desde la fe. A Jesús se le reconoce como Mesías por
las obras que realiza. Pero se trata no de una mera constatación del valor
benéfico de éstas, sino de saber interpretarlas como cumplimiento de las
promesas formuladas en la Escritura para el momento de la aparición del
Mesías. Es ese paso de fe, que confirma la esperanza, el que Jesús con su
respuesta ayuda a dar a Juan (y con él a nosotros).
   Quizá la duda de Juan había nacido de la falta de correspondencia entre
las obras que él había anunciado como propias del Mesías y lo que ahora oía
contar desde la cárcel acerca de Jesús, o bien de la dilación en la llegada
del Reino de Dios como él lo entendía. Lo cierto es que necesitaba una ayuda
para seguir creyendo.
   El camino elegido por Dios para salvar al hombre desconcierta, si no se
asume en la fe. Esa fe que hoy, como en los tiempos de Juan, debe revestirse
de paciencia (2ª. lectura) porque, a pesar de todas las apariencias, "la
venida del Señor está cerca". Desde la fe en Cristo, la bella descripción de
la situación que se producirá cuando Dios se manifieste, confirma la
realización de las promesas y nos remite hacia su cumplimiento total en la
plenitud del Reino (1ª. lectura).

                        "La criatura dio un salto"
  
   La pregunta de Juan desde la oscuridad de la cárcel nos lleva a pensar en
el primer encuentro que tuvo con Jesús, cuando ambos vivían en el seno de sus
madres. Ya desde esos momentos iniciales el evangelio perfila lo que más
tarde se iría manifestando: la misión de Juan está en función de la venida
de Jesús, y con su testimonio ayuda a descubrir quién era realmente el
Mesías.
   Recordemos brevemente la escena descrita por Lucas (1,39-42). María
(algunos autores avanzan la hipótesis poco probable de que fuera acompañada
por José) entra en la casa de Zacarías y saluda a Isabel, su prima, ya
entrada en años y encinta. "En cuanto oyó Isabel el saludo de María, la
criatura dio un salto en su vientre" (1,41). Más adelante la misma Isabel
explica que se trata de un salto "de alegría" (1,44). El término "saltar"
empleado por Lucas es sorprendente. No se refiere a un movimiento cualquiera,
sino a un saltar ritmado, a un paso de danza provocado por la alegría. Los
exégetas lo ponen en relación con la danza de David ante el arca, lugar de
la presencia del Señor (2Sam 6). Y esa alegría de Juan en el seno de su madre
tiene una causa: el Ángel Gabriel se lo había anunciado a Zacarías en estos
términos, "Se llenará de Espíritu Santo ya en el seno de su madre" (Lc 1,15).
Ciertamente se puede observar que en la escena de la visitación no se afirma
explícitamente que Juan fuera lleno del Espíritu Santo, sino su madre. Quizá 
porque el evangelista considera que la madre y el niño (aún en el seno)
forman un solo ser viviente o porque es Isabel la que habla.
   Desde la oscuridad de la cárcel, donde el evangelio nos presenta hoy a
Juan, es bueno recordar esa escena de gozo que anuncia la vocación del
profeta ya en sus comienzos. El es el amigo del esposo, que se alegra mucho
al oír su voz, y su alegría llega al colmo cuando el Mesías crece (Jn 3,30).
   Y, sin embargo, Juan necesita que Jesús le anuncie la buena nueva, le
ayude a dar el paso de la antigua a la nueva alianza para aceptarla como Dios
la ha previsto. En realidad, como Jesús explica en los versículos que siguen
al texto que se lee hoy, hay una ruptura fundamental: "La ley y todos los
profetas han profetizado hasta Juan... Desde que apareció Juan hasta ahora
se usa violencia contra el Reino de Dios" (Mt 11,14.12).
   Todos necesitamos ponernos a la escucha de Jesús para aceptarlo mediante
la fe como el Mesías enviado por Dios, para descubrir que el camino de la
salvación por Él elegido, responde al plan de Dios, y no violenta ni a las
personas ni los tiempos establecidos.
   El camino de la fe pasa por los momentos exaltantes de la alegría, pero
se aquilata cuando, desde la oscuridad se acepta, con la ingenuidad de un
niño, el paso hacia lo que Dios ha dispuesto. Así se es grande en el Reino.
  
   Señor Jesús, tu modo de obrar
   nos revela quién eres,
   y tu manera de ser
   nos dice quién es Dios.
   Te bendecimos Jesús, Hijo de Dios,
   porque también hoy quieres,
   mediante la acción de tu Espíritu,
   que seamos nosotros
   una presencia de salvación
   entre la gente con la que vivimos.
   Tú eres verdaderamente el que debe venir,
   eres t£ el que nosotros necesitamos,
   el que colma y supera
   todas nuestras esperanzas
   y el que nos enseña con su obrar
   como construir ya ahora el Reino que esperamos.

                            Alegría y humildad

   Después de dar el paso de la fe para reconocer en Jesús al enviado de
Dios que cumple todas sus promesas, la Palabra de Dios nos invita a asumir
en nuestra vida y a realizar lo que podríamos llamar la praxis mesiánica, es
decir, ese modo de obrar, a la vez cercano al hombre y trascendente, delicado
y firme, que vemos en Jesús. "El Señor hace justicia a los oprimidos, da pan
a los hambrientos..." (Sal 145). Ese es el único modo de trabajar con
eficacia en la construcción del Reino de Dios, que se anuncia al proclamar
la buena nueva.
   Para asumir ese talante, ese estilo de vida, hemos destacado dos actitu-
des cristianas muy cercanas entre sí: la humildad y la alegría. Se desprenden
fácilmente de la figura de Juan, vista en su relación con Jesús en los
diversos momentos de su vida, y son un ingrediente necesario del modo de
actuar para los que siguen a Jesús.
   Ese gozo ante la salvación operada por Dios en la historia de manera
definitiva con la venida de Cristo, no debe abandonar nunca al cristiano, ni
siquiera en los momentos de duda o confusión, cuando parece que nada se
mueve, cuando los tiempos son mucho m s largos de lo que se había previsto.
   Y luego está la humildad. ¡Cuánto la necesitamos! En primer lugar para
saber preguntar como Juan. No es fácil a veces reconocer el propio estado de
confusión, de ignorancia, de duda... y saber ir a preguntar a quien nos puede
iluminar, confortar, animar. Humildad también para aceptar en nuestra vida
y en la de los demás que en último término la grandeza en el Reino no se
establece por la importancia de la función que uno desempeña en la Iglesia
o en la sociedad, ni por la belleza del mensaje del Mesías.

TEODORO BERZAL hsf

sábado, 30 de noviembre de 2019

Ciclo A - Adviento - Domingo I


1 de diciembre de 2019 - I DOMINGO DE ADVIENTO – Ciclo A

                     "Cuando venga el Hijo del hombre"

   Isaías 2,1-5

   Visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén:
   Al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor, en la
cima de los montes, encumbrado sobre las montañas.
   Hacia Él confluirán los gentiles, caminarán los pueblos numerosos. Dirán:
Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob.
   El nos instruirá en sus caminos y marcharemos por sus sendas; porque de
Sión saldrá la ley, de Jerusalén la palabra del Señor.
   Será árbitro de las naciones, el juez de pueblos numerosos. De las
espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas.
   No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra.
   Casa de Jacob, ven; caminemos a la luz del Señor.

   Romanos 13,11-14

   Hermanos: daos cuenta del momento en que vivís; ya es hora de
espabilarse, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando
empezamos a creer. La noche está avanzada, el día se echa encima: dejemos las
actividades de las tinieblas y pertrechémonos con armas de la luz.
   Conduzcámonos como en pleno día, con dignidad. Nada de comilonas ni,
borracheras, nada de lujuria ni desenfreno, nada de riñas ni pendencias. Ves-
tíos del Señor Jesucristo, y que el cuidado de vuestro cuerpo no fomente los
malos deseos.

   Mateo 24,37-44

   Dijo Jesús a sus discípulos:
   -Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará cuando venga el Hijo del hombre.
   Antes del diluvio la gente comía y bebía y se casaba, hasta el día en que
Noé entró en el arca; y cuando menos lo esperaban llegó el diluvio y se los
llevó a todos; lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre:
   Dos hombres estarán en el campo: a uno se lo llevarán y a otro lo
dejarán; dos mujeres estarán moliendo: a una se la llevarán y a otra la
dejarán.
   Estad en vela, porque no sabéis qué día vendrá vuestro señor.
   Comprended que si supiera el dueño de casa a qué hora de la noche viene
el ladrón estaría en vela y no dejaría abrir el boquete en su casa.
   Por eso estad también vosotros preparados, porque a la hora que menos
pensáis viene el Hijo del hombre.

Comentario

   El año litúrgico se abre con el anuncio de la segunda venida de Cristo.
Anuncio que nos lleva a tomar conciencia de nuestra condición de caminantes
en esta vida y suscita en nosotros un fuerte impulso de esperanza.
   Al sentirnos miembros de un pueblo peregrinante, que tiene su meta en el
futuro, nos invita la visión de Isaías contada en la primera lectura. Es Dios
quien espera y atrae con su presencia al pueblo elegido y a todos los pueblos
de la tierra hacia su casa, hacia el lugar donde Él habita.
   En ese ambiente de tensión hacia el futuro, en el espacio y en el tiempo,
creado por la liturgia, las palabras de Jesús en el evangelio resuenan con
mayor intensidad. Leemos hoy una parte del llamado discurso escatológico en
la versión de Mateo. Se trata del último de los cinco largos discursos de
Jesús, que jalonan el evangelio de Mateo, quien nos acompañará a lo largo del
ciclo "A".
   La fuerza de las palabras de Jesús radica en una doble comparación. Por
una parte está el argumento histórico: "Lo que pasó en tiempos de Noé, pasará 
cuando venga el Hijo del Hombre". Por otro lado, la comparación con un hecho
de la vida corriente: "Si supiera el dueño de casa a qué hora viene el
ladrón, estaría en vela".
   En ambos casos el punto central del significado es el "elemento sor-
presa". Ni los coetáneos de Noé pensaban en una posible intervención de Dios,
ni se piensa habitualmente en la "visita" nocturna de los ladrones.
   La conclusión que se debe sacar no es, sin embargo, fatalista, como si
nada se pudiera hacer para prevenir o preparar lo que nos espera. El
evangelio invita, por el contrario, a una actitud de vigilancia, es decir,
de atención y responsabilidad. La suerte distinta que corren los "dos hombres
que están en el campo" y las "dos mujeres que están moliendo", o Noé y su
familia en contraposición con la de sus contemporáneos, no es el resultado
de una solución arbitraria, independiente del modo en que habían vivido.
   De ahí la invitación a la atención, a mantenerse despiertos. Esta invitación
se hace más apremiante si consideramos, como lo hace S. Pablo en la 2ª.
lectura, que se está produciendo un doble movimiento acelerador de la
historia: la salvación está cada vez más cerca, viene a nuestro encuentro.
Por nuestra parte debemos dejar que la gracia del bautismo vaya transformando
nuestro hombre viejo y "vistiéndonos del Señor Jesucristo".
   Ser miembros vivos de un pueblo que camina significa introducir la
esperanza como motivo de nuestro propio cambio interior y de las situaciones
que nos rodean para que el reino de Dios esté cada vez más cerca.

                          La sorpresa del anuncio

   El itinerario de crecimiento en la vida cristiana que representa cada año
litúrgico, comienza con la invitación a revivir la espera gozosa del Mesías
en el momento de la encarnación, como modo de preparar su retorno glorioso
al final de los tiempos.
   Esa invitación a revivir el acontecimiento pasado como forma de preparar
el futuro, nos abre el camino para meditar el evangelio que anuncia la
llegada del Hijo del Hombre desde la perspectiva del misterio de Nazaret, es
decir, desde el momento en que se anunció su primera venida.
   La escatología cristiana, que habla de lo que sucederá en las últimas
fases de la historia, hunde sus raíces en el pasado: Por eso la esperanza no
es una utopía, sino una luz animada por la certeza de que se cumplirá lo que
se anuncia.
   "Lo que pasó... pasará...". El punto de referencia que toma Jesús para
indicar cómo será el fin del mundo es lo que sucedía en tiempos de Noé. Todos
vivían inmersos en los quehaceres inmediatos de la vida y sólo algunos (sólo
Noé) percibió la llamada de Dios y se preparó.
   En esa misma línea de atención y escucha hay que situar la atención de
María y de José en Nazaret. Es cierta la amarga constatación del evangelista
Juan cuando hablando de la Palabra, dice: "En el mundo estuvo y, aunque el
mundo se hizo mediante ella, el mundo no la conoció. Vino a su casa pero los
suyos no la recibieron" (Jn 1,10-11). Pero también es cierto que cuando el
anuncio de la llegada del Mesías fue dirigido primero a María y luego a José,
ellos lo acogieron y respondieron afirmativamente. Lo mismo sucederá al final
de los tiempos.
   El anuncio, sin embargo, sorprendió a María. Lucas dice al narrarlo que
ella "se turbó", no tanto por la presencia del Ángel cuanto por el contenido
de las palabras que le dirigía.
   Nadie esperaba tanto la venida del Mesías como los israelitas verdaderamente
creyentes en las promesas que Dios había hecho a sus padres. Y sin
embargo, cuando se cumple la promesa, cuando llega el Mesías, sorprende a
todos. Sorprende a Herodes, y con él a toda Jerusalén que "se sobresaltó" (Mt
2,3-4) al oír decir que habían visto la estrella que lo anunciaba.
   El anuncio sorprende también a María y a José‚ pero ¡qué distinta la
suerte de quien entonces esperaba verdaderamente y de quien no le importaba
nada o incluso lo temía! Como dijo el anciano Simeón, la aparición de aquel
niño reveló lo que se escondía en el corazón de cada uno. Así sucederá
también al final de los tiempos...
  
   Nos sorprenderás, Señor, cuando llegues.
   No sabemos cuánto queda aún de la noche,
   pero sabemos que la aurora está ya cerca.
   Nos sentimos, con alegría y esperanza,
   parte viva de un pueblo que camina
   hacia ti que vienes a su encuentro.
   Y cuando se crucen nuestros caminos
   comenzará la fiesta que no tiene fin
   en tu santa morada.
   Mientras tanto nos vamos preparando en la espera
   y en la escucha de todos los que nos traen noticias de ti.
   En realidad, todo lo que nos rodea,
   en su belleza incompleta,
   en su miseria o en la tragedia de su armonía truncada
   nos invita a esperar.

                           Ir hacia el que viene

   El núcleo central del mensaje litúrgico de este domingo, como el de todo
el Adviento, es el anuncio de la venida del Señor, del camino que Él ha hecho
para venir al encuentro del hombre y que culminará al final de los tiempos
con su aparición gloriosa en este mundo. El adviento (= venida) es, ante todo,
un movimiento de Dios hacia el hombre.
   Debemos tomar conciencia de que lo que esperamos es el cumplimiento de la
salvación, de ese plan maravilloso que Dios ha concebido para el hombre y
para el mundo, y de que es Él, ante todo, quien lo lleva adelante. Y esto no
para desentendernos, sino para fomentar nuestra responsabilidad y compromiso.
El ha puesto todo entre nuestras manos, ¿qué hemos hecho de ello?
   Hay una espera por parte del hombre de que la salvación llegue a su
cumplimiento. Pero Dios también lo espera y no podemos defraudar la confianza
que Él ha puesto en nosotros.
   La parusía, dice Teillard de Chardin, se producirá por la acumulación de
los deseos y esperanzas de los hombres... Ciertamente, cada esperanza puesta
en un futuro mejor, cada deseo de un encuentro con el Señor son un paso que
contribuye a acelerar el momento del gran encuentro. Pero la parusía viene,
sobre todo, por el gran deseo que Dios tiene de encontrar al hombre. El nos
sorprenderá no sólo porque llegará en un momento imprevisto, sino también por
el regalo que nos trae: "Lo que el ojo nunca vio, ni la oreja nunca oyó, ni hombre
alguno ha imaginado, es lo que Dios ha preparado para los que le aman" (1Co
2,9).
   Es esa esperanza la que nos pone en pie y nos incita a seguir caminando.
Ella nos lleva también a reanimar todos los motivos de esperanza que vemos
a nuestro alrededor, seguros como estamos de que todos ellos tienen un
sentido en el gran designio de salvación, cuyo panorama completo, por ahora,
sólo Dios ve.

TEODORO BERZAL hsf