sábado, 8 de febrero de 2020

Ciclo A - TO - Domingo V

9 de febrero de 2020 - V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                    "Vosotros sois la sal de la tierra, vosotros sois la luz del mundo"

-Is 58,7-10
-Sal 111
-1Co 2,1-5
-Mt 5,13-16

   Mateo 5,13-16
  
   Dijo Jesús a sus discípulos:
   Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con
qué‚ la salaréis? No sirve más que para tirarla fuera y que la pise la gente.
   Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en
lo alto de un monte. Tampoco se enciende una vela para meterla debajo del
celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de la
casa.
   Alumbre así vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras
y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo.

Comentario

    Las imágenes de la sal y de la luz ayudan a centrar de inmediato la
atención en el núcleo del mensaje presentado por las lecturas de este domin-
go. Los discípulos de Jesús son sal y luz en este mundo.
   Como primer paso en la comprensión del evangelio, hay que anotar que se
trata de la continuación de las bienaventuranzas. Esa colocación sugiere ya
la interpretación de que, en la medida en que se viven esas actitudes
características de los seguidores de Jesús, se es la sal que da sabor y la
luz que ilumina a los demás.
   La idea que está detrás de la imagen de la sal es la penetración profunda
en la realidad, para transformarla. Su fuerza expresiva está en el hecho de
que la sal es un artículo de primera necesidad, imprescindible en la vida de
los hombres, y en su capacidad de, aun en pequeña cantidad, cambiar con su
virtud la cualidad de la materia en que se disuelve. Esa es también la misión
a la que están llamados los discípulos de Jesús. La imagen parece sugerir que
no es necesaria una presencia masiva para que todo cambie, basta que la sal
mantenga su autenticidad.
   Un texto del Levítico nos ayuda quizá a encontrar las raíces de esta
imagen. Dice así: "Sazonaréis todas vuestras ofrendas. No dejaréis de echar
a vuestras ofrendas la sal de la alianza de vuestro Dios. Todas las ofrecerás
sazonadas" (2,13). Podemos así decir que quien vive las bienaventuranzas hace
posible que el mundo entero se transforme en "ofrenda" de la alianza. Su vida
es ese nexo de alianza que lleva a la relación entre Dios y el mundo.
   Y a las ideas de la penetración en las realidades de este mundo para
cambiarlas se añade, con la imagen de la luz, la de la difusión del evangelio
presente en el corazón del creyente. Aunque muy íntimo, es algo que no se
puede ocultar, que tiende a irradiarse por sí mismo. Se trata de dejar que
viva esa dinámica, profunda y concreta, que va de la transformación del co-
razón al cambio de la conducta, de la fe aceptada como luz en la propia vida
a las obras que la expresan y que son capaces de provocar en los demás un
movimiento de apertura similar.
   Esa es la "sabiduría" (2ª. lectura) con la que somos llamados a vivir en
este mundo. No se trata de persuadir a los otros con sublime elocuencia, sino
de dar testimonio con la fuerza del Espíritu Santo. Para ello es necesario
admitir que la luz que presentamos no es nuestra. Es Cristo la verdadera luz
del mundo (Jn 8,12), testigo a su vez del Dios en quien no existen las
tinieblas (1Jn 1,5)
   Esa transparencia hará posible que los hombres conozcan al verdadero Dios
y le den gloria.

                             La luz de Nazaret

   La Palabra de Dios pide a los cristianos ser luz para el mundo. Meditando
desde Nazaret el evangelio de hoy, podemos descubrir cómo cumplir esa misión
de ser guía y prestar ese servicio al que somos llamados.
   Nuestro modo de iluminar el mundo no puede ser distinto del de Jesús. Él
que es "luz de luz", se hizo hombre para salvarnos. La encarnación es, pues,
el modo elegido por Dios para redimir al hombre y mostrarle el camino de su
liberación.
   Mediante la encarnación, el Dios invisible se hace de algún modo visible,
palpable. "Lo que oímos, lo que vieron nuestros ojos, lo que contemplamos y
palparon nuestras manos...", insiste S. Juan (1Jn 1,1). Esa es la manera
elegida por Dios para que el hombre pueda llegar a la plenitud de la verdad,
para que pueda descubrir lo invisible a través de la visibilidad de la huma-
nidad de Cristo. Así el hombre, siguiendo a Cristo, puede comprender la
relación que le une con Dios y, de rechazo, entender su propia dignidad. "En
realidad el misterio del hombre no se aclara de verdad sino en el misterio
del verbo encarnado" (G.S. 22). Siguiendo las huellas de Jesús, el hombre,
en su condición limitada y perecedera, puede imitar la santidad misma de Dios
y entrar en comunión con Él.
   Hay, pues, una relación profunda entra las dos imágenes que nos presenta
el evangelio: la sal y la luz. Contemplando la encarnación de Cristo, podemos
decir que la luz verdadera llega al mundo cuando Él se encarna, es decir,
cuando Él penetra en nuestro mundo y, dejando de lado su condición divina
(Flp. 2) se identifica (se disuelve, si queremos prolongar la imagen de la
sal) totalmente en nuestra condición humana. De manera que su misión
reveladora e iluminadora está en profunda relación con la situación
existencial en que se coloca mediante la encarnación.
   Como en otras ocasiones cabe añadir que la larga permanencia en Nazaret,
que permitió a Jesús la penetración capilar en nuestra condición humana,
subraya necesariamente la dimensión encarnatoria. En Nazaret se ve
palpablemente que era necesario ser auténticamente hombre para llevar el
mensaje de la salvación a todos los hombres desde la misma condición en que
ellos se encuentran. La luz alumbra a todos los de la casa cuando está en la
casa. 
   Pero la luz no puede mantenerse por mucho tiempo oculta, no se ha hecho
para eso. "La luz verdadera, la que alumbra a todo hombre, estaba llegando
al mundo" (Jn 1,9). Por eso salió Jesús de Nazaret, desde su condición de
hombre plenamente asumida, para ir al encuentro de todo hombre. "No se
enciende una lámpara para meterla debajo de un celemín..."

Te bendecimos, Señor Jesús,
por llamar a tus discípulos
a ser portadores de tu luz
encarnándose en las situaciones
en que son llamados a vivir.
Queremos mantenernos siempre unidos a ti,
mediante la acción del Espíritu Santo,
para no perder
esa fuerza transformadora
capaz de dar un sentido nuevo a este mundo.
Así el Padre será glorificado.

                          "Vuestras buenas obras"

   Las lecturas de este domingo llevan al cristiano a tomar conciencia de su
responsabilidad frente al mundo. El crecimiento en la identidad cristiana se
juega precisamente en la capacidad de relación con las realidades que lo
rodean en este mundo.
   Seguir a Jesús, asumiendo las actitudes de las bienaventuranzas, quiere
decir ser conscientes de que el discípulo posee en sí mismo, por el don que
se le ha hecho en el bautismo, una "sabiduría" (una sal) que da una orienta-
ción nueva, un significado distinto a cuanto existe en este mundo. Y el mundo
necesita que alguien le comunique el significado auténtico de su existencia
y de cuanto hay en él para no morir encerrado en sí mismo.
   De ahí nace la responsabilidad del cristiano. Él posee esa fe que afirma
la realidad de un Dios del que vienen todas las cosas y hacia el que todo se
mueve. Una persona así puede cambiar desde dentro las situaciones concretas
de la vida y el sentido del mundo en general. "Y esa es la victoria que ha
derrotado al mundo: nuestra fe; pues, ¿quién puede vencer al mundo sino el
que cree que Jesús es el Hijo de Dios?" (1Jn 5,4).
   Pero el evangelio de hoy llama al cristiano no a declaraciones abstractas
de su fe, sino a expresarla en un lenguaje significativo para la sociedad de
hoy con la transparencia indiscutible de las buenas obras. De ahí la
continuidad lógica con lo que propone la 1ª. lectura: "Parte tu pan con el
hambriento... Entonces romperá tu luz como la aurora" (Is 58,8).
   La exigencia de las "obras", capaces de hacer brotar la luz, de remitir
directamente al "Padre que está en los cielos", pide en las actuaciones con-
cretas del discípulo de Jesús una fuerte motivación de fe y una gran autenti-
cidad en las finalidades que se propone conseguir.
   La eficacia transformadora de las acciones del cristiano en una lógica
puramente humana no es garantía de que llegue a dar al mundo ese "sabor" que
necesita para que los hombres den gloria al Padre. Por eso le será necesario
no apartarse del sentido que tiene la cruz de Cristo (2ª. lectura), pues
mediante el sin sentido aparente de su muerte, como con el sin sentido de su
vida en Nazaret, es cómo Dios ha redimido el mundo.

VOLVER A NAZARET - Hno. TEODORO BERZAL



sábado, 25 de enero de 2020

Ciclo A - TO - Domingo III


26 de enero de 2020 - III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A
                                    
"Está cerca el Reino de los cielos"

-Is 8,23-9,3
-Sal 26
-1Co 1,10-13,17
-Mt 4,12-23

   Mateo 4,12-23

   Al enterarse Jesús de que habían arrestado a Juan se retiró a Galilea.
Dejando Nazaret, se estableció en Cafarnaún, junto al lago, en el territorio
de Zabulón y Neftalí. Así se cumplió lo que había dicho el profeta Isaías:
   "País de Zabulón y país de Neftalí, camino del mar, al otro lado del
Jordán, Galilea de los gentiles. El pueblo que habitaba en tinieblas vio una
luz grande; a los que habitaban en tinieblas y sombras de muerte, una luz les
brilló".
   Entonces comenzó Jesús a predicar, diciendo:
   -Convertíos porque esta cerca el Reino de los cielos.
   Pasando junto al lago de Galilea vio a dos hermanos, a Simón, al que
llamó Pedro, y a Andrés, que estaban echando el copo en el lago, pues eran
pescadores.
   Les dijo:
   -Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres. Inmediatamente dejaron
las redes y le siguieron.
   Y pasando adelante vio a otros dos hermanos, a Santiago, hijo de Zebedeo,
y a Juan, que estaban en la barca repasando las redes con Zebedeo, su padre.
Jesús los llamó también. Inmediatamente dejaron la barca y a su padre y lo
siguieron.
   Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el
Evangelio del Reino de Dios, curando las enfermedades y dolencias del pueblo.
                       
Comentario

   La llamada urgente a la conversión es el mensaje central de la Palabra de
Dios en este domingo. Ese es el anuncio que Jesús, repitiendo lo que Juan
Bautista predicaba, proclama al comienzo de su ministerio público.
   El texto evangélico se articula en cuatro partes bien diferenciadas que
forman la introducción al discurso de la montaña, elemento central del
evangelio de Mateo.
   La primera parte narra el comienzo de la actividad de Jesús. Si todos los
evangelios señalan que comenzó a predicar en Galilea, sólo Mateo siente la
necesidad de justificar esta circunstancia con un texto del Antiguo Testa-
mento en el que el profeta Isaías anuncia la liberación de las "sombras de
la muerte" para esas tierras, tradicionalmente alejadas (y no sólo
geográficamente) del centro religioso y político que era Jerusalén. Es allí
donde, contrariamente a todas las previsiones, empezó a brillar la luz de la
buena nueva traída por el Mesías.
   Mateo da a continuación de forma sintética el contenido de la predicación
de Jesús: "Convertíos porque está cerca el Reino de los cielos". El
imperativo de la conversión está motivado por la cercanía del reinado de
Dios. Podríamos intentar traducir la fuerza que tiene de por sí el anuncio
expresándolo en otros términos. Sonaría más o menos así: Dios ha decidido
intervenir definitivamente en la historia humana creando un orden nuevo de
cosas cuyo centro es la persona de Jesús; si no queréis que todo lo que
existe quede sin sentido, tenéis que abandonarlo o reorganizarlo de modo que
responda a ese reinado que Dios establece en el mundo.
   El motivo del imperativo de conversión está en la proximidad de la llegada
del Reino de Dios. Y la urgencia viene concretizada en la escena que el
evangelio narra a continuación: la llamada a los discípulos.
   Del "convertíos", llamada genérica dirigida a todos, se pasa a la llamada
personalizada dirigida a Pedro, Andrés, Santiago y Juan, mientras están
ocupados en sus quehaceres cotidianos.
   Vemos así concretamente que la llamada a la conversión, es una llamada al
seguimiento de Jesús. Se advierte también la radicalidad y prontitud de la
invitación y de la respuesta. Esa prontitud traduce en lo concreto de la vida
la inminencia con la que se anuncia la llegada del Reino de Dios: "Está 
cerca".
   Concluye el evangelio de hoy con un resumen de lo que fue toda la vida de
Jesús: anuncio del evangelio del Reino y curación de los males del pueblo.
Maravillosa síntesis hecha de palabras y hechos, de atención a cada persona,
que se irradia en toda la región y tiende a abarcar el mundo entero. Mateo
repite la misma expresión al concluir el sermón de la montaña y los milagros
que le siguen, formando así una sección literaria bien determinada por una
inclusión (cfr. Mt 4,23 = Mt 9,35).

                              "Dejó Nazaret"

   El comienzo de la llamada vida pública de Jesús supone el abandono del
pueblo donde había crecido para trasladarse a Cafarnaún, población que Mateo
presenta después en su evangelio como la ciudad de Jesús (cfr. Mt 9,1).
   Carlos de Foucauld ha escrito en su diario una página espléndida titulada
precisamente "La última noche de Jesús en Nazaret". Vale la pena leerla.
   "23 de febrero. Señor mío Jesús, esta es la última noche que pasas en
Nazaret antes del bautismo. La última noche de tu vida escondida, la última
noche de esa primera parte de tu vida, de tu tranquila y suave oscuridad de
Nazaret. Aún una noche para orar con María como lo has hecho tantas veces y
luego todo acabará para siempre. Tendrás que pasar después otras noches en
oración con tu Madre, pero ya nunca más en esta
oscuridad, en este retiro, en esta soledad no sólo del lugar sino del alma,
desconocido de todos excepto para ella. Que se cumpla la voluntad de Dios,
sea cual fuera, bendita sea. El bien y la gloria de Dios brotará de esos
sufrimientos. Para que Él sea servido y amado tienes tú que darle a conocer
y puesto que te has hecho hombre, oh Señor mío, tendrás que sufrir. Es una
ley universal que viene desde Adán: el hombre sólo puede hacer el bien sobre
la tierra a costa de mucho sufrimiento, "con el sudor de su frente". Mañana
dejarás este pueblecillo que te ha acogido y ocultado durante treinta años
¡Qué angustia para tu Madre que contempla temblando el futuro, el camino que
se abre delante de ti! Y sin embargo está resignada; adora, acepta, ama la
voluntad de Dios. Pero aun queriendo de todo corazón lo que Dios quiere,
incluso tus sufrimientos, ¡cómo sufre de todo corazón también! Y tú, Dios
mío, tu partías a la vez triste y gozoso para ofrecer a Dios ese sacrificio
completo que le da toda gloria, y gozoso también por poder proporcionar el
bien a los hombres. ¡Qué prisa tenías por ser bautizado con ese bautismo de
tu sangre! Deseabas con ardiente deseo llegar a la última cena..."
   Con esa despedida, leída ya por Charles de Foucauld a la luz de la
Pascua, Jesús cumple el gesto que ilumina con el evangelio toda la región de
la Galilea y el mundo entero.
   En la perspectiva del evangelio de Mateo existen dos tipos de oscuridad:
una que hay que rescatar, iluminar, dar vida (son las "tinieblas y sombras
de muerte") otra es la oscuridad y silencio donde se va forjando la luz y la
palabra. Esta última es la de los "años oscuros" de Jesús en Nazaret.
La luz del mundo fue creciendo en Nazaret de manera que cuando se mostró a
todos, para que se cumpliera la palabra de Isaías, era ya la "luz grande" que
podía iluminar a todo el pueblo.
   Toda la vida de Jesús ha podido ser interpretada como una aparición
luminosa: "La gracia manifestada ahora por la aparición en la tierra de
nuestro Salvador, el Mesías Jesús; Él ha aniquilado la muerte y ha irradiado
la vida y la inmortalidad por medio del evangelio" (2Tim 1,10)
  
   Señor Jesús, luz de las gentes,
   que alumbras a todo hombre venido a este mundo,
   te bendecimos y agradecemos
   por habernos sacado de la tiniebla de la muerte
   y habernos llevado al Reino del Padre de las luces,
   del que viene todo don perfecto.
   Que el fuego de tu Espíritu
   nos purifique y transforme
   de modo que podamos mirarnos en ti
   y desde ti ser también nosotros luz
   para todos los que están en la casa.

                            "Luz de las gentes"

   "La Iglesia es en Cristo luz de las gentes..." Así comienza la constitu-
ción del Vaticano II sobre el misterio de la Iglesia. La Palabra de Dios nos
lleva hoy a tomar conciencia personal de ello y a tratar de encarnarlo en la
vida como camino de conversión.
   Ante todo tenemos que recordar que, como amaban decir los Padres de la
Iglesia, nuestro bautismo es una "iluminación". Comentan así el himno
paulino: "Despierta tú que duermes y te iluminará el Mesías" (Ef. 5,14).
   S. Justino expresó en estos términos el simbolismo del bautismo: "Esta
ablución se llama iluminación porque quienes reciben esta doctrina tienen el
espíritu iluminado. Y por eso en el nombre de Jesucristo, que fue crucificado
bajo el poder de Poncio Pilato, y en el nombre del Espíritu Santo, que
predijo por medio de los profetas toda la historia de Jesús, es lavado aquel
que es iluminado".
   El bautismo es iluminación porque al neófito se le entrega la plenitud de
la verdad revelada. Pero lejos de toda interpretación intelectualista, los
padres insistían en el camino de conversión de vida que supone el bautismo.
Se trata, en efecto de ir transformando la vida entera con la luz recibida,
de ir dejando de lado las obras de las tinieblas, porque la noche está ya
avanzada (Rom 3,11).
   En la medida en que dejemos crecer la luz en nosotros mismos podremos ser
testigos de Cristo e iluminar a quienes nos rodean y a los que somos
enviados: "Vosotros sois la luz del mundo... Alumbre también vuestra luz a
los hombres; que vean el bien que hacéis y glorifiquen a vuestro Padre del
cielo" (Mt 5,14-16).
   Muchas son las obras a las que está llamado el cristiano para ser testigo
de la luz recibida. La 2ª. lectura de hoy nos invita a una particularmente
importante: ser testigos de unidad y comunión, que es como decir que la luz
es sólo una, Cristo. La unidad de la fe es el mayor signo que se puede
ofrecer para su credibilidad. Por eso la renuncia a las polémicas inútiles
y a las divisiones internas en la comunidad es un gran paso en el camino del
testimonio y de la evangelización. Lo que vemos evidente a nivel mundial en
el movimiento ecuménico es también cierto en el ámbito concreto de nuestra
comunidad.

VOLVER A NAZARET - Hno. TEODORO BERZAL


sábado, 18 de enero de 2020

Ciclo A - TO - Domingo II


19 de enero de 2020 - II DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                       "Este es el cordero de Dios"

-Is 49,3.5-6
-Sal 39
-1Co 1,1-3
-Jn 1,29-34

   Juan 1,29-34

   Al ver Juan a Jesús que venia hacia él, exclamó:
   -Éste es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Éste es aquel
de quien yo dije: "Tras de mí viene un hombre que está por delante de mí,
porque existe antes que yo". Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con
agua, para que sea manifestado a Israel.
   Y Juan dio testimonio diciendo:
   -He contemplado el Espíritu que bajaba del cielo como una paloma y se
posó sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me
dijo: aquél sobre quien veas bajar el Espíritu y posarse sobre Él, Ése es
aquél que ha de bautizar con Espíritu Santo.
   Y yo lo he visto, y he dado testimonio de que Éste es el Hijo de Dios.
                          
Comentario

   La liturgia nos invita a volver nuevamente nuestra mirada hacia el
acontecimiento del bautismo de Jesús. Esta vez desde el evangelio de S. Juan,
que no narra directamente el hecho, pero profundiza en su significado.
   En la celebración eucarística se lee en primer lugar, como el domingo
pasado, un texto de Isaías sobre la figura del siervo de Yavé. Esta figura
misteriosa, que tiene a la vez rasgos individuales y colectivos, y anuncia
una personalidad que llevará consigo el destino y la misión de todo el pue-
blo, nos habla ya a su modo de Jesús. Será Él quien llevará a cabo, como un
nuevo Moisés, el éxodo definitivo del nuevo pueblo de Dios. El texto de hoy
subraya además su misión universal: "Te hago luz de las naciones, para que
mi salvación alcance hasta el confín de la tierra" (49,6).
   Esta figura del "siervo" nos ayuda a entender la expresión central del
evangelio de hoy. Juan Bautista señalando a Jesús, dice: "Este es el cordero
de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29). Recordemos además que
cuando se anuncia la "pasión" del siervo de Yavé se lo compara con un
"cordero llevado al matadero" (Is 53,7). Es posible que en la expresión de
Juan Bautista referida a Jesús haya una alusión a esa mansedumbre. La alusión
sería m s explícita si la traducción castellana diera plenamente el sentido
original del texto. Sonaría así: "... el cordero de Dios que quita el pecado
del mundo cargándolo sobre sí". Estaría de este modo más cerca de Is 53,11:
"Mi siervo justificará a muchos porque cargará con los crímenes de ellos".
   Pero hay también en la figura del "cordero" una referencia a la víctima
de la Pascua. Los evangelistas en la narración de la última cena y de la
pasión de Jesús multiplican las alusiones al cordero inmolado, signo de la
liberación nueva y definitiva traída por Cristo.
   Y hay una tercera pista de reflexión por donde entender la exclamación de
Juan Bautista. En el ámbito apocalíptico (recordemos que tanto Juan Bautista
como Juan el evangelista se movían en ese ambiente) el "cordero", manso y
desarmado, tiene una fuerza misteriosa capaz de imponerse a sus adversarios
(Cfr. Ap. 14,10; 17,14) En este caso hay que notar que no se trata de una
victoria sobre los enemigos, sino sobre el mal, sobre el pecado del mundo,
y no destruyéndolo, sino cargando con él.
   El testimonio de Juan Bautista, culmen de su misión profética, consiste
precisamente en identificar a Jesús, en reconocerlo y mostrarlo a los demás.
Pero ese testimonio sólo puede darse en virtud de la acción del Espíritu
Santo. Juan confiesa, en efecto que "no lo conocía", como para indicar que
el reconocimiento de la verdadera identidad de Jesús es fruto de una revela-
ción que se acoge mediante la fe.

                                 "Éste es"

   El valor del testimonio de Juan Bautista está en el hecho de haber
descubierto bajo la apariencia humilde de un hombre cualquiera, que se pone
en la fila de los pecadores y se somete a un bautismo de agua, al cordero de
Dios, al Hijo de Dios. "Yo no lo conocía, pero he salido a bautizar con agua
para que se manifieste a Israel" (Jn 1,31).
   Como en muchos otros casos de la historia de la salvación, se produce
aquí la paradoja de la revelación: Dios se manifiesta a la vez que esconde
su gloria en la figura de uno que se presenta sin ninguna apariencia externa,
como uno de los muchos que acudían a escuchar al profeta y a ser bautizados
por él. Esa paradoja llegará a su extremo en la cruz, donde la gloria de Dios
se manifestará precisamente en el extremo fracaso.
   En esa misma clave están escritos los evangelios de la infancia de
Cristo: la gloria de Dios se manifiesta en la pobreza y en la humildad. La
serie de teofanías (= manifestaciones de Dios) de los primeros años de la
vida de Jesús en el evangelio de Lucas va puntualmente acompañada de otros
tantos subrayados que ponen de relieve la pobreza y humildad de las
condiciones en que se producen. Veamos algunas.
   Como lugar donde es anunciada la venida del Hijo del Altísimo es escogido
Nazaret, pueblo desconocido; a una virgen, llena de gracia, que se reconoce
"sierva"; cuando nace Jesús la gloria de Dios resplandece sobre unos
pastores. En la presentación en el templo de quien es proclamado "Santo" y
"Salvador", luz y gloria del pueblo, se hace sólo la ofrenda propia de los
pobres. A la afirmación insólita de Jesús de que debe estar en la casa de su
Padre, sigue la humilde sumisión a sus padres y el descenso a Nazaret. María
rubrica en su canto esa paradoja constante de Dios en su modo de obrar:
"Derriba del trono a los poderosos y exalta a los humildes; a los hambrientos
los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos" (Lc 1,52).
   No son, pues, las apariencias externas las que pueden llevar a la fe
aceptada y confesada. En el caso de Juan Bautista (igual que para María y
José) lo que lleva al reconocimiento del Mesías es esa correspondencia
establecida por la acción de la gracia entre el signo anunciado y lo que se
ve con los ojos de la carne: "Aquel sobre quien veas bajar el Espíritu y
posarse sobre Él, Ése es" (Jn 1,33).
   Esa experiencia inicial del testimonio que arranca de la fe será más
adelante en la Iglesia una ley permanente. El IV evangelio asocia indisolu-
blemente el testimonio del Espíritu Santo al de los discípulos de Jesús:
"Cuando venga el abogado que os voy a enviar yo de parte de mi Padre, Él será
testigo en mi causa: también vosotros sois testigos, porque habéis estado
conmigo desde el principio" (Jn 15,26-27). Al haber visto a Jesús desde el
principio debe, pues, asociarse el haber recibido el Espíritu Santo para
poder dar testimonio de Jesús, para poder decir: "Éste es".

   Señor Jesús, en quien reposa el Espíritu Santo,
   tú eres quien nos ha liberado
   cargando con nuestros pecados.
   Te adoramos en esa unión tan íntima con el Espíritu Santo
   que va mucho más allá 
   de lo que nosotros podemos entender y decir,
   pero que sabemos te marca profundamente
   y revela tu identidad.
   El es quien te hace Hijo frente al Padre
   y quien te hace hermano y salvador nuestro.
   Te pedimos ese mismo Espíritu
   ya que eres tú quien bautiza en Él.

                             Nuestro bautismo

   El mensaje de la Palabra de Dios nos invita a continuar la reflexión
sobre nuestro bautismo iniciada el domingo pasado. Señalábamos ya dos
aspectos: el camino permanente de conversión y la relación entre el bautismo
y la misión. Veamos hoy algunos otros que nos ayuden a vivir ese hecho
fundacional de nuestra vida cristiana.
   Típica del IV evangelio es la afirmación de que el Espíritu Santo no sólo
bajó sobre Jesús en el momento de su bautismo, sino que se posó y se quedó
en Él de forma permanente. Esa comunión esencial entre Jesús y el Espíritu
Santo nos dice también algo a los que hemos sido bautizados por Él "con
Espíritu Santo". El bautismo nos marca con el sello indeleble del Espíritu
Santo para la vida eterna. Así pues, nuestra vida cristiana no consiste sólo
en no hacer nada que pueda contristar al Espíritu que vive en nosotros, sino
en dejarnos guiar por Él. "Vosotros, en cambio, no estáis sujetos a los bajos
instintos, sino al Espíritu, ya que el Espíritu de Dios habita en vosotros;
y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ése no es cristiano" (Rom 8,9-10).
   El bautismo hace, pues, también relación al pecado. No sólo en cuanto,
mediante él, el pecado original y los pecados personales quedan perdonados,
sino en cuanto nos configura con "el cordero de Dios que quita el pecado del
mundo". Nos compromete así en una lucha permanente contra el mal en nosotros
mismos, en los demás, en el ambiente en que vivimos.
   Dos son los errores que podemos cometer en esta lucha. Uno consiste en
ignorar la realidad del pecado aceptando explicaciones ideológicas que
tienden a camuflarlo o a removerlo del inconsciente colectivo. Queriendo
desdramatizarlo todo se corre el riesgo de negar en último término el drama
de la redención del hombre efectuada por Cristo.
   El otro error es pretender luchar desde fuera contra algo que está dentro
de nosotros y en los demás. El "cordero de Dios", al que hemos contemplado
hoy, señalado por Juan, nos enseña a quitar el pecado del mundo cargando con
é. ¿Qué puede significar esto en nuestra vida? En primer lugar saber unir
la condición del "siervo", capaz de hacerse cercano a quien peca, a quien es
débil o se encuentra encasillado en su orgullo. Pero también quizá la
capacidad de asumir con paz nuestros pecados, emprendiendo una y mil veces
el camino que pasa por el sacramento de la reconciliación y pone en la pista
de una nueva conversión.

VOLVER A NAZARET - Hno. TEODORO BERZAL