sábado, 9 de mayo de 2020

Ciclo A - Pascua - Domingo V


10 de mayo de 2020 - V DOMINGO DE PASCUA – Ciclo A

                  "Yo soy el camino, la verdad y la vida"

   Hechos 6,1-7

   En aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua
griega se quejaron contra los de lengua hebrea, diciendo que en le suministro
diario no atendían a sus viudas. Los apóstoles convocaron al grupo de los
discípulos y les dijeron:
   No nos parece bien descuidar la Palabra de Dios para ocuparnos de la
administración. Por tanto, hermanos, escoged a siete de vosotros, hombres de
buena fama, llenos de espíritu de sabiduría, y los encargaremos de esta
tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la Palabra.
   La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno
de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, Prócoro, Nicanor, Simón, Parmenas y
Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos
les impusieron las manos orando.
   La Palabra de Dios iba cundiendo y en Jerusalén crecía mucho el número de
discípulos; incluso sacerdotes aceptaban la fe.

   I Pedro 2,4-9

   Queridos hermanos:
   Acercándoos al Señor, la piedra viva desechada por los hombres, pero
escogida y preciosa ante Dios, también vosotros, como piedras vivas, entráis
en la construcción del templo del Espíritu, formando un sacerdocio sagrado
para ofrecer sacrificios espirituales que Dios acepta por Jesucristo.
   Dice la Escritura: "Yo coloco en Sión una piedra angular, escogida y
preciosa; el que crea en ella no quedará defraudado".
   Para vosotros los creyentes es de gran precio, pero para los incrédulos
es la piedra que desecharon los constructores: ésta se ha convertido en
piedra angular, en piedra de tropezar y en roca de estrellarse.
   Y ellos tropiezan al no creer en la palabra: ése es su destino.
   Vosotros, en cambio, sois una raza elegida, un sacerdocio real, una
nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas
del que os llamó a salir de la tiniebla y a entrar en su luz maravillosa.

   Juan 14,1-12

   Dijo Jesús a sus discípulos:
   -No perdáis la calma, creed en Dios y creed también en mí. En la casa de
mi Padre hay muchas estancias, si no os lo habría dicho, y me voy a
prepararos sitio. Cuando vaya y os prepare sitio, volveré y os llevaré
conmigo, para que donde estoy yo, estéis también vosotros. Y adonde yo voy,
ya sabéis el camino.
   Tomás le dice:
   -Señor, no sabemos a dónde vas ¿Cómo podemos saber el camino?
   Jesús le responde:
   -Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí.
Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis
y lo habéis visto.
   Felipe le dice:
   -Señor, muéstranos al Padre y nos basta.
   Jesús le replica:
   -Hace tanto que estoy con vosotros ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha
visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tu: "Muéstranos al Padre"? ¿No
crees que yo estoy en el Padre y el Padre en mí? Lo que yo os digo no lo
hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, Él mismo hace las
obras. Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, creed a las
obras. Os lo aseguro: el que cree en mí, también él hará las obras que yo
hago, y aun mayores. Porque yo me voy al Padre.
                         
Comentario

   El texto del evangelio, que ilumina también las otras lecturas de hoy,
forma parte del primer discurso de despedida pronunciado por Jesús durante
la última cena. Desde el punto de vista redaccional, esta sección (Jn 13,31
- 14,31) está compuesta por cuatro unidades con la misma estructura: Jesús
da una explicación sobre su próximo "éxodo pascual", los apóstoles no
entienden y sucesivamente uno de ellos (Pedro, Tomás, Felipe, Judas) le
formulan una pregunta que da ocasión a Jesús para ampliar y explicitar lo que
inicialmente había querido decir. El pasaje de este domingo recoge la segunda
y tercera de estas unidades.
   Es Tomás en primer lugar quien pregunta por el "camino" que los
discípulos deberán seguir para llegar adonde Jesús, según sus propias
palabras, se dispone a ir. En la mentalidad común de los hebreos, "camino"
es toda la vida humana interpretada como éxodo hacia Dios, "camino" es
también la ley (Cfr Sal 119) que conduce a El... Jesús responde
presentándose como "el camino" que sustituye a todos los otros para llegar
al encuentro con Dios. "Nadie se acerca al Padre sino por mí". El es único
mediador, la puerta por la que pasa el rebaño (Jn 10,7). Los otros dos
términos usados por Jesús en su respuesta ("verdad" y "vida") están en íntima
relación con el primero. Jesús es el camino en cuanto revela al hombre la
verdad acerca de Dios y le conduce a la vida misma de Dios haciéndole hijo
suyo.
   La segunda pregunta, la de Felipe, permite a Jesús continuar la
explicación. Pero no procede a la manera de una exposición lógica, sino
volviendo, como en círculos concéntricos, siempre sobre el mismo tema.
Felipe, que como muchos de sus contemporáneos, esperaba en una manifestación
del poder y la gloria de Dios en el momento de la venida del Mesías, es
guiado por Jesús hacia la fe verdadera que consiste en ver en el mismo Jesús
el signo definitivo de la presencia de Dios en el mundo. Para el IV
evangelio, Jesús es la pura transparencia del Padre: "Quien me ve a mí está 
viendo al Padre". Y la razón está en la unión inefable, que va mas allá  de
todas las categorías humanas, entre el Padre y el Hijo. "Yo estoy en el Padre
y el Padre en mí".
   Lo sorprendente está en el hecho de que Jesús, a renglón seguido, aplica
a sus discípulos lo mismo que está diciendo de sí mismo: "Quien cree en mí...
" La Iglesia es imagen de Jesús como Él lo es del Padre. Desde aquí podemos
también meditar la 2ª. lectura en la que S. Pedro nos invita a ser uno con
Jesús. El es la "piedra viva" y nosotros somos llamados a ser "piedras vivas"
en el templo del Espíritu. Por medio de Él podemos ofrecer el sacrificio de
nuestra vida.

                         "En la casa de mi Padre"

   Las explicaciones de Jesús durante la última cena comunican a los
discípulos el alcance que tendrán los acontecimientos inminentes que van a
vivir. En ellos se pondrá de manifiesto la gloria de Dios y las relaciones
existentes entre las divinas personas.
   Una de las expresiones elegidas por Jesús para hablar del misterio
pascual es la de volver a la casa del Padre. La misma expresión había
utilizado, según el evangelio de Lucas, cuando sus padres lo encontraron en
el templo de Jerusalén. "¿No sabíais que yo tenía que estar en la casa de mi
Padre?" (2,49). En el texto evangélico que hoy meditamos, se habla de una ida
y de una vuelta para llevar junto a Él a sus discípulos.
   Jesús parece querer desdramatizar el choque que supondrá su muerte ("No
estéis agitados") hablando de su próximo retorno y de la posibilidad de estar
siempre con Él. Pero sobre todo presentando su ida al Padre como un acto de
hospitalidad: "Voy a prepararos sitio". Habitar la misma casa es una forma
de expresar la pertenencia a la misma familia y de vivir la misma vida.
   Si meditamos el evangelio desde Nazaret, no podemos por menos de recordar
el movimiento descendente y encarnatorio que ha precedido ese "ir al Padre".
La vuelta de Jesús, para llevar consigo a sus discípulos queda así cargada
de esa acogida hospitalaria que Él recibió en la casa de María y de José en
Nazaret. Ellos lo recibieron en la humildad y en la fe cuando se encarnó y
lo acompañaron cuando después de decir que tenía que estar en la casa de su
Padre "bajó con ellos y vino a Nazaret y siguió bajo su autoridad" (Lc 2,51).
   Jesús, la vía única hacia el Padre, ha hecho primero el camino hacia
nosotros, se ha acercado a nuestra condición humana, para que nosotros
podamos compartir su condición divina.
   Los Padres de la Iglesia veían en la condición terrena del hombre un ir
acostumbrándose a su destino eterno en la casa del Padre. Podemos así
considerar nuestro vivir "bajo el humilde techo de Nazaret" con Jesús, María
y José, como un ir acostumbrándonos a compartir con ellos (y con todos los
hombres) las "moradas eternas" (Lc 16,9).
   La conversión consiste precisamente en emprender el camino que conduce a
la casa del Padre (Cf Lc 15).

Señor Jesús, derrama sobre nosotros
el Espíritu Santo que nos lleva
a creer en el Padre y a creer en ti,
a ir al Padre a través de ti,
a ver al Padre viéndote a ti,
a conocer al Padre conociéndote a ti,
a estar en el Padre como tú estás,
a decir las cosas como oídas antes al Padre,
a hacer las mismas obras que tú hacías,
a pedirlo todo al Padre en tu nombre,
para que su gloria se manifieste en todos sus hijos.

                                 "Servir"

   La elección de los primeros diáconos (1ª. lectura), la invitación a ser
"piedras vivas" (2ª. lectura) y el gesto de Jesús de preparar a los suyos un
lugar (Evangelio) convergen hacia una llamada al servicio, si queremos poner
en práctica lo que la Palabra nos dice.
   La división de funciones que los apóstoles establecen, motivada por un
conflicto en la primera comunidad cristiana, a primera vista parece reflejar
una situación antitética al ideal descrito por Lucas poco antes: "Un solo
corazón y un alma sola".
   Es bueno notar que las dos funciones: el servicio de la Palabra y el
servicio de las mesas, son expresadas con la misma palabra (diaconía). Esto
parece sugerir que la única actitud válida para contribuir a la construcción
de la comunidad cristiana es el servicio. Tal actitud tiene además un gran
valor de testimonio, es la manifestación clara de que el Espíritu del
resucitado sigue vivo.

   La mentalidad actual tiende a eliminar el concepto de servicio,
pretendiendo que todo trabajo, toda acción en favor de los demás, sea pagada,
remunerada. En algunas ocasiones se corre incluso el riesgo de hacer el
ridículo o de ser considerado un ingenuo si uno hace un gesto de servicio sin
pretender nada a cambio. A fuerza de reivindicaciones laborales (muy
legítimas en ciertos casos) podemos ponernos en contra del espíritu
evangélico del servicio como manifestación del amor a los demás.
   La institución de los diáconos en la comunidad cristiana para el servicio
interno es una fuerte invitación a toda la Iglesia para colocarse al servicio
del hombre ofreciéndole el don de la salvación. Es la forma de hacer presente
a lo largo de la historia la actitud fundamental de Jesús "venido no para ser
servido, sino para servir y dar la vida para rescatar a muchos" (Mc 10,45).
   Si queremos, pues, dar cabida en nuestra vida de cada día al mensaje de
la Palabra, demos espacio y tiempo al servicio poniendo a disposición del
bien común las cualidades, las fuerzas, los talentos, los dones que hemos
recibido de Dios. Así crecerá y se desarrollará nuestra comunidad.

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sábado, 2 de mayo de 2020

Ciclo A - Pascua - Domingo IV


3 de mayo de 2020 - IV DOMINGO DE PASCUA - Ciclo A

                     "Yo soy la puerta de las ovejas"

   Hechos 2,14a. 36-41

   El día de Pentecostés se presentó Pedro con los once, levantó la voz y
dirigió la palabra:
   -Todo Israel está cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros cruci-
ficasteis, Dios lo ha constituido Señor y Mesías.
   Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los
demás apóstoles:
   -¿Qué tenemos que hacer, hermanos?
   Pedro les contestó:
   -Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os
perdonen los pecados, y recibiréis el Espíritu Santo. Porque la promesa vale
para vosotros y para vuestros hijos y, además, para todos los que llame el
Señor Dios nuestro, aunque estén lejos.
   Con éstas y otras muchas razones los urgía y los exhortaba diciendo:
   -Escapad de esta generación perversa.
   Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día se les agre-
garon unos tres mil.

   I Pedro 2,20b-25

   Queridos hermanos:
   Si obrando el bien soportáis el sufrimiento, hacéis una cosa hermosa ante
Dios, pues para esto habéis sido llamados, ya que también Cristo padeció su
pasión por vosotros, dejándoos un ejemplo para que sigáis sus huellas.
   El no cometió pecado ni encontraron engaño en su boca; cuando le
insultaban, no devolvía el insulto; en su pasión no profería amenazas; al
contrario, se ponía en manos del que juzga justamente. Cargado con nuestros
pecados subió al leño, para que, muertos al pecado, vivamos para la justicia.
Sus heridas os han curado. Andabais descarriados como ovejas, pero ahora
habéis vuelto al pastor y guardián de vuestras vidas.

   Juan 10,1-10

   Dijo Jesús a los fariseos:
   -Os aseguro que el que no entra por la puerta en el aprisco de las
ovejas, sino que salta por otra parte, ése es ladrón y bandido; pero el que
entra por la puerta es pastor de las ovejas. A éste le abre el guarda y las
ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las
saca fuera. Cuando ha sacado a todas sus ovejas, camina delante de ellas, y
las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán,
sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.
   Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les
hablaba. Por eso añadió Jesús:
   -Os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido
antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon. Yo
soy la puerta: quien entre por mí, se salvará, y podrá entrar y salir, y
encontrará pastos. El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer
estrago; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante.

Comentario

   Después de haber escuchado ampliamente los relatos de la resurrección,
que resuenan todavía en la primera lectura de este domingo (" Dios lo ha
constituido Señor y Mesías"), la Iglesia nos lleva a escuchar la voz de Jesús
en los días de su vida mortal. Lo hace, sin embargo, después de pasar por la
interpretación redentora del sacrifico de la cruz ("cargado con nuestros
pecados subió al leño", 2ª. lectura).
   El evangelio es el comienzo del cap. 10 de S. Juan y hay que situarlo en
su contexto para poder comprenderlo mejor. Forma parte de la sección en que
se describen los acontecimientos que siguen a la fiesta de las tiendas (Jn
7,1-10,21). Es la continuación de la conclusión que Jesús saca de la reacción
de los fariseos ante el milagro de la curación del ciego: los que pretenden
ver, son ciegos.
   Esto explica el tono polémico de la primera parte del pasaje (vv. 1-6).
Jesús pone una similitud sin referirla explícitamente a nadie. El evangelista
afirma expresamente que "ellos no entendieron de qué les hablaba". El
significado parecía, sin embargo, claro: entrar por la puerta es asumir la
responsabilidad de presentarse en nombre de Dios, pretender interpretar su
voluntad, situarse como guía y mediador frente al pueblo. En el pasado así
se habían presentado los reyes, sacerdotes y profetas. En el momento presente
también pretenden lo mismo. Jesús, a su vez, entra en Jerusalén y es recibido
como "el que viene en nombre del Señor" (Jn 12,13).
   Ante la dificultad de comprensión de sus interlocutores, Jesús explica la
similitud aplicándola directamente a su persona en una doble instancia: "Yo
soy la puerta" (vv 7-11) y "Yo soy el buen pastor" (vv. 11-18).

   En sentido absoluto, Jesús se presenta como el único mediador entre Dios
y los hombres (Tim 2,5; Ef 2,8). Por lo tanto, ese es también el criterio para
que sus seguidores puedan discernir entre los verdaderos pastores que, en
espíritu de servicio, buscan como él el bien, el crecimiento, la libertad de
las ovejas, y los "ladrones y bandidos" que buscan su propio interés (Cfr.
Ez 34,2-3).
   Así pues, la expresión "los que han venido antes de mí" puede referirse
también a los que vienen después y hablan y actúan en nombre de Jesús. El
mismo Juan denuncia el caso de los que se presentaban como falsos mesías en
la Iglesia naciente (1Jn 2,18).
   Sólo Jesús es la puerta y quien entra y sale a través de Él encontrará la
abundancia de la vida que Él da. Jesús es la puerta y el modelo de todos los
pastores que no buscan un dominio sobre el rebaño (1Pe 5,3). El mismo
aparecerá un día como supremo y único Pastor.

                                 La puerta

   No es fácil penetrar en el significado del evangelio de hoy a pesar de su
aparente sencillez. El contenido se basa en dos imágenes (la puerta, el
pastor) que son polivalentes en el texto mismo y están relacionadas entre sí.
Estas imágenes son usadas como similitud para ilustrar una realidad.
   La similitud es empleada varias veces en el evangelio como forma de
expresión. Se distingue de la parábola porque pasa directamente de la imagen
a la realidad, mientras que ésta última interpone la narración de una
historia libremente inventada. La eficacia comunicativa de la similitud está 
en la claridad con que se ve el punto de comparación existente entre la
imagen y la realidad significada, en este caso entre la puerta, el buen
pastor y Cristo.
   Cuando se trata de similitudes y parábolas, la lectura nazarena del
evangelio tiene siempre la posibilidad de meditar cómo Jesús capta en su
ambiente, en su pueblo de Nazaret, las realidades de la vida humana para
después hacerlas portadoras de un significado que las sobrepasa, hasta
convertirlas en medios para revelar los misterios del Reino.
   Hay, sin embargo, otro aspecto que conviene tener presente. Las
similitudes, las alegorías, las parábolas, son palabras o relatos de Jesús,
pero son también muchas veces palabras que nos dicen algo acerca de la
identidad de Jesús. La afirmación clara y rotunda que leemos hoy "Yo soy la
puerta de las ovejas" nos invita a recorrer este segundo camino.
   La imagen de la puerta está empleada con doble sentido: Jesús entra por
la puerta y Jesús es la puerta. El primer sentido nos descubre de forma
sintética todo el misterio de la vida de Jesús desde su encarnación hasta su
éxodo pascual. En otro lugar Jesús sintetiza así su vida: "Salí del Padre y
vine al mundo, ahora dejo el mundo y voy al Padre". Entrar por la puerta y
llegar hasta donde están las ovejas, conocerlas y ser conocido por ellas,
llamarlas por su nombre, son todas expresiones que ponen de manifiesto ese
camino de acercamiento de Dios hacia el hombre realizado en Jesús de Nazaret.
Sacar las ovejas, guiarlas y llevarlas a pastos abundantes alude necesaria-
mente a su obra liberadora y redentora.
   Notemos sin embargo que el punto de comparación entre el buen pastor y
los otros, está en el entrar o no entrar por la puerta. Es ese gesto familiar
de entrar por la puerta lo que garantiza la simpatía de quien está encargado
de abrir la puerta y de las ovejas del rebaño. El paso por la puerta de la
encarnación que ha permitido a Jesús ser uno como nosotros es lo que
garantiza la realidad de su obra redentora. Es ese paso el que le permite ser
conocido y seguido.
   Para el evangelista Juan ése es también el criterio de discernimiento de
la fe verdadera. "Toda inspiración que confiesa que Jesús es el Mesías venido
ya en la carne mortal, procede de Dios" (1Jn 4,3). Viendo la trayectoria de
Cristo a la luz de la encarnación, podemos decir que el haber entrado por la
puerta es lo que le ha permitido luego ser la puerta por donde entran y salen
quienes van a la vida y ser el buen pastor que conduce todo el rebaño.

Señor Jesús, la proclamación de la Palabra
nos da acceso a escuchar tu voz
en toda su pureza e intensidad.
Queremos escuchar y entender lo que nos dices
para aprender a distinguir el acento de tu voz
de todos los otros
para poder seguir tu llamada.
Te bendecimos por la libertad que nos has dado
con tu venida hasta donde nosotros estábamos
y por la abundancia de vida
que ofreces a quienes te siguen.
Con la fuerza de tu Espíritu
queremos salir hacia la luz y hacia la vida
para testimoniar lo que has hecho con nosotros.
  
                         "¿Qué tenemos que hacer?"

   Es la pregunta que se hicieron quienes escucharon el discurso de Pedro
sobre la resurrección de Cristo y es la pregunta que tenemos que hacernos
también nosotros siempre después haber escuchado, meditado e interiorizado
la Palabra de Dios.
   La respuesta sobre el camino concreto que tenemos que seguir para llevar
a cabo lo que nos dice la Palabra de Dios está muy condicionado por el modo
cómo acogemos la misma Palabra.
   El domingo pasado veíamos que a los dos de Emaús les ardía el corazón
mientras escuchaban lo Jesús les decía explicando las Escrituras. A los
habitantes de Jerusalén las palabras de Pedro "les traspasaron el corazón"
y entonces fue cuándo preguntaron "¿Qué tenemos que hacer?" (Hech 2,37).
   Las ovejas siguen al pastor porque conocen su voz. Al "esfuerzo" que Dios
ha hecho por venir a hablarnos con palabras humanas y comprensibles para
llamarnos a cada uno por nuestro nombre, debe corresponder el esfuerzo que
nosotros hacemos por escuchar y comprender su voz.
   Es la presencia viva de Cristo en la comunidad cristiana la que hace que
su palabra sea siempre actual, esté siempre viva. Esa presencia impide que
la palabra se convierta en un texto muerto. Por eso sus palabras son
"espíritu y vida" (Jn 6,63). Como consecuencia, también nosotros debemos
"hacernos presentes" a la Palabra con la atención y la fe. "Los evangelios
mismos envejecen, decía Orígenes, si no los lee el hombre nuevo".
   De esa comunión profunda, que surge en el diálogo, de cada cristiano y de
cada comunidad en cuanto tal, con Cristo pastor, surge el itinerario concreto
hacia la vida.
   En la 1ª. lectura S. Pedro propone los pasos concretos que se deben dar:
conversión, bautismo (que comprende la confesión de la fe y el perdón de los
pecados) y la efusión del Espíritu Santo. Son los pasos fundamentales para
aquel grupo de personas a las que hablaba, pero también el punto de
referencia de toda comunidad para emprender o confirmar el camino de
fidelidad de toda comunidad cristiana.

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sábado, 25 de abril de 2020

Ciclo A - Pascua - Domingo III


26 de abril de 2020 - III DOMINGO DE PASCUA – Ciclo A

                          "Ellos lo reconocieron"

   Hechos 2,14. 22-23

   El día de Pentecostés, se presentó Pedro con los once, levantó la voz y
dirigió la palabra:
   -Escuchadme, israelitas: Os hablo de Jesús de Nazaret, el hombre que Dios
acreditó ante vosotros realizando por su medio milagros, signos y prodigios
que conocéis. Conforme al plan previsto y sancionado por Dios, os lo
entregaron, y vosotros, por mano de paganos, lo matasteis en una cruz. Pero
Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte; no era posible que la
muerte lo retuviera bajo su dominio pues David dice:
       Tengo siempre presente al Señor,
         con Él a mi derecha no vacilaré.
       Por eso se me alegra el corazón,
         exulta mi lengua
         y mi carne descansa esperanzada.
       Porque no me entregarás a la muerte,
         ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.
       Me has enseñado el sendero de la vida,
         me saciarás de gozo en tu presencia.
   Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: El patriarca David murió y
lo enterraron, y conservamos su sepulcro hasta el día de hoy. Pero era
profeta y sabía que Dios le había prometido con juramento sentar en su trono
a un descendiente suyo; cuando dijo que "no lo entregaría a la muerte y que
su carne no conocería la corrupción", hablaba previendo la resurrección del
Mesías. Pues bien, Dios resucitó a este Jesús, y todos nosotros somos
testigos.
   Ahora, exaltado por la diestra de Dios, ha recibido del Padre el Espíritu
Santo que estaba prometido, y lo ha derramado. Esto es lo que estáis viendo
y oyendo.

   I Pedro 1,17-21

   Queridos hermanos:
   Si llamáis Padre al que juzga a cada uno, según sus obras, sin parciali-
dad, tomad en serio vuestro proceder en esta vida.
   Ya sabéis con qué os rescataron de ese proceder inútil recibido de
vuestros padres: no con bienes efímeros, con oro o plata, sino a precio de la
sangre de Cristo, el cordero sin defecto ni mancha, previsto antes de la
creación del mundo y manifestado al final de los tiempos por nuestro bien.
   Por Cristo vosotros creéis en Dios, que lo resucitó y le dio gloria, y
así habéis puesto en Dios vuestra fe y vuestra esperanza.

   Lucas 24,13-35

   Dos discípulos de Jesús iban andando aquel mismo día, el primero de la
semana, a una aldea llamada Emaús, distante unas dos leguas de Jerusalén;
iban comentando todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían,
Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no
eran capaces de reconocerlo. El les dijo:
   -¿Qué conversación es esta que tenéis mientras vais de camino?
   Ellos se detuvieron preocupados. Y uno de ellos que se llamaba Cleofás,
le replicó:
   -¿Eres tú el único forastero en Jerusalén, que no sabe lo que ha pasado
allí estos días?
   El les preguntó:
   -¿Qué?
   Ellos le contestaron:
   -Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en
palabras ante Dios y todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes
y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros
esperábamos que Él fuera el futuro liberador de Israel. Y ya ves, hace dos
días que sucedió todo esto. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo
nos han sobresaltado, pues fueron muy de mañana al sepulcro, y no encontraron
su cuerpo, e incluso vinieron diciendo que habían visto una aparición de
ángeles, que les habían dicho que estaba vivo. Algunos de los nuestros fueron
también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a
Él no lo vieron.
   Entonces Jesús les dijo:
   -¡Qué necios y torpes sois para entender lo que dijeron los profetas! ¿No
era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria?
   Y comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les explica lo que
se refería a Él en toda la Escritura.
   Ya cerca de la aldea donde iban, Él hizo ademán de pasar adelante, pero
ellos le apremiaron diciendo:
   -Quédate con nosotros porque atardece y el día va de caída.
   Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos tomó el pan,
pronunció la bendición, lo partió y se los dio. A ellos se les abrieron los
ojos y lo reconocieron. Pero Él desapareció.
   Ellos comentaron:
   -¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos
explicaba las Escrituras?
   Y, levantándose al momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron
reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
   -Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón.
   Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían
reconocido al partir el pan.

Comentario

   La liturgia va guiando la experiencia pascual de los creyentes a través
de un itinerario que presenta los diversos aspectos de la resurrección de
Cristo. En el domingo de Pascua nos presentó el acontecimiento de la
resurrección, en el segundo domingo la identidad del resucitado con el
crucificado del Gólgota y en este tercer domingo nos presenta el camino de
la fe de los discípulos, que se realiza a través de la comprensión de las
Escrituras y el signo de la eucaristía.
   En el arco de la jornada en que se produce la resurrección de Cristo,
Lucas (y él sólo) inserta la narración de los discípulos que van a Emaús. Se
trata de un episodio secundario que lo carga de un gran significado humano,
espiritual y teológico.
   Dos amigos se vuelven a casa tristes y desilusionados. A través de su
conversación, primero entre ellos y después con el desconocido que se les
acerca, conocemos la causa de su estado de ánimo: "Nosotros esperábamos que
Él fuera el liberador de Israel... " Y se extrañan de que haya alguien que
no conozca lo ocurrido.
   Se diría que el evangelista quiere subrayar la dificultad del camino de
la fe. Los testimonios de la resurrección de Jesús para los dos que van a
Emaús no significan nada. Son banalizadas las palabras de las mujeres, las
apariciones de los ángeles, la comprobación de que la tumba estaba vacía...
   El Señor resucitado se acerca a ellos y les explica las Escrituras.
Seguramente ellos habían leído o escuchado lo que dicen las Escrituras muchas
otras veces, pero no habían penetrado su significado; sobre todo no habían
entendido que ellas "den testimonio" de Jesús (Jn 5,39). Con las palabras del
Maestro algo empieza a cambiar en su interior ("nuestro corazón ardía", dirán
después) pero los ojos de su fe permanecen aún cerrados.
   Con gran sabiduría el evangelista muestra que la Escritura introduce en
el conocimiento del misterio del Señor, pero falta el paso decisivo de la fe
que sólo se cumple ante el signo del pan.
   Los ojos de los discípulos sólo se abren cuando, a través de los gestos
de Jesús, repetidos otras veces seguramente en su presencia, entran en la
gracia del sacramento y lo reconocen vivo junto a ellos. Pero en ese mismo
momento Jesús resucitado desaparece de su vista. La experiencia de Cleofás
y su amigo (anónimo para que cada cual pueda identificarse con él) es
paradigmática de todo creyente.
   Dejando de lado las apariciones, el creyente está llamado a buscar a
Cristo en la Escritura y a reconocerlo vivo y presente en los signos de su
presencia que son en primer lugar los sacramentos de la Iglesia.

                            "Al partir el pan"

   El relato del encuentro de Cristo resucitado con los dos que iban camino
de Emaús tiene un gran valor sacramental, puesto que ellos lo reconocieron
"al partir el pan".
   Meditando el evangelio desde Nazaret no podemos dejar de subrayar el
gesto de partir el pan. No queremos hacerlo en contraposición con las
palabras de bendición que Jesús usó en esos momentos y en el de la
institución de la Eucaristía. Queremos sencillamente fijarnos en el gesto,
porque es una parte importante de la celebración de la fe, pero también
porque nos lleva fácilmente al tiempo de Nazaret. Jesús vio muchas veces y
probablemente también realizó el gesto del jefe de familia de partir el pan.
Más tarde Él cargaría ese gesto de un significado nuevo al establecerlo como
forma de celebrar la nueva alianza entre Dios y los hombres.
   "Partir el pan". Para el israelita toda comida, incluso la más ordinaria
y sencilla, tenía un alto valor humano y religioso, que Jesús asimiló
profundamente en la vida de cada día en su familia de Nazaret. El Evangelio
presenta con frecuencia a Jesús participando en reuniones que incluían una
comida (Caná, Jn 2,1-11; con la familia de Lázaro, Lc 10,38-42; con los
publicanos y pecadores, Mt 9,10; Lc 19,2-10). Después de su resurrección,
Jesús come con sus discípulos (Lc 24,30; Jn 21,13). Pero los evangelios y
también S. Pablo ponen especial atención en describir los gestos y las
palabras de Jesús durante la última cena. Y entre los gestos ocupa un lugar
privilegiado el de "partir el pan". Jesús aparece así como el verdadero padre
de familia, que reúne a los suyos y les distribuye el alimento para nutrirlos
y ponerlos en comunión de vida unos con otros. El gesto de partir el mismo
pan para ser comido por todos significa la comunión de fe y de destino, pero
también el sacrificio que supone la ruptura.
   De hecho las primeras comunidades cristianas usaron la expresión
"fracción del pan" para designar la comida realizada en memoria del Señor.
Más adelante se impondría la palabra eucaristía = acción de gracias o
bendición. Es difícil saber si las comidas fraternas de los primeros
cristianos de Jerusalén incluían también propiamente la celebración
sacramental (Hech 2,42-46). Progresivamente se pasó de la comida ordinaria
a la "cena del Señor" (1Co 11,20-34) y se fue liberando de las connotaciones
estrictamente judías para pasar a ser la celebración cristiana anual y
también semanal (Hech 20,7-11) (Cfr.Líon Dufour, Diccionario de teología
Bíblica, voz Eucaristía).
   Dos cosas queríamos señalar con esta consideración: 1) que el gesto tan
humano de partir el pan, aprendido en Nazaret, sirvió como gesto fundamental
para instituir la eucaristía y sirve hoy para celebrarla en la Iglesia ("los
sacramentos no son sólo palabras, son también acciones", Catecismo de la
Iglesia Católica, 1153-1155); 2) que la primera expresión para designar la
eucaristía aludía precisamente a ese gesto de fracción del pan que Jesús hizo
también en presencia de los dos de Emaús.

Te bendecimos, Señor Jesús,
en el gesto de partir el pan,
perpetuado para siempre en el sacramento de la Eucaristía.
Que tu palabra reveladora de la verdad
haga arder nuestros corazones
con el fuego de tu Espíritu
y podamos reconocerte en todas las formas de tu presencia.
Danos esa atención que teme
dejarte pasar de largo
en tantas ocasiones como te acercas a nosotros
casi de forma imperceptible.
Te necesitamos siempre, Señor,
en nuestra vida.

                             "El desapareció"

   La inmediatez y continuidad de la presencia de Jesús en Nazaret contrasta
con la fugacidad de sus apariciones postpascuales. Poco a poco Jesús fue
educando a los que estaban con Él para que pudieran reconocerlo en ese otro
modo de presencia que se realiza a través de los signos.
   Jesús nos dice con el relato evangélico de hoy que su poder salvador es
sacramental. Es decir, que su presencia llega a nosotros desde su condición
actual de resucitado. Por eso cuando los discípulos de Emaús lo reconocen en
el signo, cesa ese otro modo de presencia extraordinario que es la aparición.
Así pueden entender que la vida del resucitado no es un retorno al modo de
vivir de antes. Su muerte ha roto para siempre esa continuidad y lo ha
constituido Señor y Salvador.
   "Entró para quedarse con ellos", dice el texto evangélico. Evidentemente,
para quedarse de otro modo, en la permanencia de la fe, en la posibilidad de
"re-crear" su presencia a través de los signos que Él mismo había
establecido.
   El relato de los dos de Emaús es verdaderamente una parábola de la
condición peregrinante del creyente. Toda su fuerza expresiva está en el
realismo de la visibilidad con que se presenta el resucitado. Cuando caminaba
con ellos, no lo veían, aunque su corazón algo les decía; cuando empezaron
a verlo, Él desaparece. Ellos se esperaban del Mesías que cumpliera los
signos y prodigios capaces de liberar a Israel. Pero Jesús resucitado empieza
a ejercer su poder de otra forma, presentándose con unos signos que cambian
el corazón de las personas y comunican, no a un solo pueblo sino a todos los
hombres, la verdadera liberación. Esa es la nueva alianza de Dios con los
hombres en la que Cristo nos introduce derramando su propia sangre.
   La Palabra nos convoca hoy a renovar nuestra fe en los sacramentos de la
Iglesia y por medio de los sacramentos de la Iglesia. Los gestos y las
palabras quedan vacíos sin esa fe capaz de comprenderlos en profundidad y de
dejar que vayan transformando nuestra vida hasta que un día nuestros ojos se
abran, purificados por la muerte, para poder contemplar al Señor en su misma
condición gloriosa.

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf