sábado, 6 de junio de 2020

Ciclo A - Santísima Trinidad


7 de junio de 2020 - SOLEMNIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD – Ciclo A

                         "Tanto amó Dios al mundo"

   Éxodo 34,4b-6. 8-9

   En aquellos días, Moisés subió de madrugada al monte Sinaí, como le había
mandado el Señor, llevando en la mano las dos tablas de piedra.
   El Señor bajó en la nube y se quedó con él allí, y Moisés pronunció el
nombre del Señor.
   El Señor pasó ante él proclamando:
   -El Señor es un Dios compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en
clemencia y lealtad.
   Moisés al momento se inclinó y se echó por tierra.
   Y le dijo:
   -Si he obtenido tu favor, que mi Señor vaya con nosotros, aunque este es
un pueblo de cerviz dura; perdona, nuestras culpas y pecados y tómanos como
heredad tuya.

   II Corintios 13,11-13

   Hermanos: Alegraos, trabajad por vuestra perfección, animaos; tened un
mismo sentir y vivid en paz.
   Y el Dios del amor y de la paz estará con vosotros. Saludaos mutuamente
con el beso santo.
   Os saludan todos los fieles.
   La gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del
Espíritu Santo esté siempre con vosotros.

   Juan 3,16-18

   En aquel tiempo dijo Jesús a Nicodemo:
   -Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que no perezca
ninguno de los que creen en Él, sino que tengan vida eterna. Porque Dios no
mandó a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se
salve por Él. El que cree en Él, no será condenado; el que no cree, ya está
condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios.
                    
Comentario
  
   La Iglesia nos conduce a lo largo del año litúrgico a acoger el designio
salvífico del Padre, a entrar en comunión con Cristo y a dejarnos transformar
progresivamente por el Espíritu Santo. Son tres aspectos de la misma
realidad. En la solemnidad de la Santísima Trinidad somos invitados a un
esfuerzo de unificación de nuestra vida cristiana penetrando en la
contemplación de la vida misma de Dios, origen y meta de la iniciativa de la
salvación, de la redención, de la santificación.
   Un primer paso podemos darlo con la lectura del Exodo. El cap. 34 nos
sitúa en el acontecimiento de la teofanía del Sinaí. A pesar de la
infidelidad del pueblo de Israel, Dios no renuncia a su proyecto de salvación
y amor, y se manifiesta nuevamente a Moisés. En esta ocasión proclama ante
él su nombre propio YHWH (Yahvé), que previamente le había revelado (Ex 3,13-15).
Pero ahora da un paso más en el camino de la revelación con un gesto y con
una palabra. El gesto es el de acercarse y quedarse con Moisés ("El Señor
bajó de la nube y se quedó allí con él" (Ex 34,5). Y la palabra expresa los
atributos más característicos de su vida íntima: la bondad y la misericordia,
la clemencia y la lealtad.
   Si en el Antiguo Testamento Dios se revela como un ser personal, con
quien, como hace Moisés, se puede tratar (aun desde el respeto sumo y la
adoración), en el Nuevo Testamento se manifiesta en la pluralidad de las
personas, descubriéndonos las relaciones que existen entre ellas y con
nosotros. A esto apunta el texto trinitario que leemos hoy en la segunda
lectura. Su parte final, convertida actualmente en saludo litúrgico, señala
bien ese aspecto tripersonal de la vida de Dios y sus relaciones con nosotros
a la vez unitarias y diferenciadas "la gracia de Jesucristo", "el amor de
Dios", "la comunión del Espíritu Santo" (1Co 13,13).
   La invitación sucesiva a penetrar en la vida misma de Dios nos viene del
Evangelio. Para entender plenamente el breve pasaje que leemos, habría que
tener en cuenta toda la conversación de Jesús con Nicodemo. Queda, sin
embargo, bien clara la idea de fondo: el amor de Dios, que constituye lo más
profundo de su ser, se revela definitivamente en la entrega del Hijo para que
el mundo se salve. El don del Hijo, más que ninguna otra palabra, pone de
relieve el entendimiento total entre las personas divinas, su mutua
implicación en el ser y en el actuar y la irrevocabilidad de la salvación
concedida al hombre de una vez para siempre. Esa posibilidad de salvación,
ofrecida por el Espíritu Santo a cada hombre en el tiempo, señala el
compromiso de Dios con este mundo, que es obra suya pero que está marcado
también por el pecado del hombre.

                                La Trinidad

   Hablar de Dios como Trinidad de personas en comunión de ser, de vida, de
acción, nos lleva también directamente al corazón del misterio de Nazaret.
   La reflexión de la Iglesia sobre la Trinidad divina ha seguido, sobre
todo en Occidente, el método llamado psicológico. Se basa en la observación
de la persona humana en su aspecto más espiritual, para establecer, por
analogía y a partir de los datos de la revelación, cómo es Dios. Ese método
tiene como fundamento el hecho de que el hombre ha sido creado "a imagen de
Dios"; por lo tanto, a partir de la "imagen" podemos acceder a la realidad.
Fue S. Agustín en el tratado De Trinitate quien elaboró ese método para
integrar, en una explicación coherente, los datos del evangelio. Según él,
la actividad humana del conocimiento, que elabora un concepto y se expresa
en una palabra, es la que mejor idea puede darnos, por analogía, del origen
del Verbo en Dios. Por otra parte, el acto del amor humano es lo que más se
asemeja al modo de ser del Espíritu Santo.
   Aunque de atribución dudosa, un texto de S. Gregorio de Nyssa explica de
modo gráfico el modo de proceder del método psicológico: "Si quieres conocer
a Dios, conócete antes a ti mismo. Por la comprensión de tu ser, por su
estructura, por lo que hay dentro de ti, podrás conocer a Dios. Entra en ti
mismo, mira en tu alma como en un espejo, descifra su estructura y te verás
a ti mismo como imagen y semejanza de Dios".
   La gran autoridad doctrinal de S. Agustín influyó en toda la teología
medieval y escolástica sobre la Trinidad, la cual fue afinando cada vez más
los conceptos y las palabras para expresar sutilmente ese gran misterio.
   La tradición de las Iglesias orientales adopta otro punto de vista. Para
ella, el punto de partida es la pluralidad de las personas, vistas en su
distinción y relaciones mutuas, como las presenta la Biblia. De ahí se pasa
a la consideración de la unidad divina. Y desde esa posición se critica a la
teología latina de pretender racionalizar demasiado el misterio.
   Existen, sin embargo, posibilidades reales de diálogo y entendimiento
entre las dos formas de ver el mismo misterio. A título de ejemplo recogemos
unas palabras de S. Gregorio Nazianceno que resta importancia a la diversidad
de puntos de vista: "Apenas empiezo a pensar en la Unidad, la Trinidad me
ilumina con esplendor. Apenas empiezo a pensar en la Trinidad, la Unidad se
apodera de mi".
   Al método psicológico se le han hecho muchas críticas, sobre todo en
tiempos recientes; pero lo cierto es que no se han elaborado suficientemente
otros, como pudiera ser uno de corte sociológico que tomara en consideración
más que la estructura y funciones del individuo, las relaciones de las
personas entre sí, teniendo siempre presente la incapacidad del lenguaje
humano para hablar del misterio.
   En esta última vía, sin duda el núcleo familiar ofrecería las mejores
posibilidades de reflejar de algún modo lo más profundo de la vida divina.
Es de suponer que una teología de ese estilo pudiera también iluminar mejor
la relación existente entre la Sagrada Familia y el misterio de la Trinidad.

Dios Padre bueno, que has roto el silencio
que separaba al hombre de ti
y le has tendido tus manos con misericordia;
Dios que en Jesús te has hecho hombre,
hijo y compañero de camino
hasta dar la vida por nosotros;
Dios Espíritu Santo, que haces presente la fuerza salvadora
del misterio de Cristo en todos los tiempos,
en todos los lugares y situaciones,
reúne a todos los pueblos en una sola familia
que invoque a Dios como Padre,
por medio de Jesús, el Señor,
y construya en este mundo una casa habitable,
a imagen de la del cielo.

                                   Vida

   La Palabra de Dios en la solemnidad de la Santísima Trinidad nos invita
más que a un esfuerzo intelectual para penetrar el significado del dogma, a
entrar en comunión con el misterio. Misterio que se desvela y se realiza en
la historia y es la fuente de nuestra salvación.
   La experiencia cristiana auténtica, cuando va madurando, se hace cada vez
más trinitaria. Por eso hemos de preguntarnos cómo va creciendo en nuestra
vida la relación personal con Dios que se nos ha comunicado en Jesús y se nos
hace presente por medio del Espíritu Santo. Veamos ante todo si se trata de
una relación entre personas, donde a pesar de la distancia infinita hay dos
sujetos activos, Dios y yo, dos conciencias despiertas, dos presencias
recíprocas, dos vidas que se entrecruzan, se condicionan, se comparten, se
aman...
   Tendríamos que dar luego un nuevo paso para ver como va madurando nuestra
experiencia de relación con un Dios que es pluripersonal. Será bueno
comprobar si nuestro acceso a Dios en la oración va siendo efectivamente cada
vez más, como la Iglesia nos educa en la liturgia, por medio de Jesucristo,
en el Espíritu Santo. Constatemos también si nuestra conciencia de ser
habitados por la Trinidad se va haciendo cada vez más clara hasta establecer
una reciprocidad y habitar nosotros mismos la Trinidad como nuestra casa.
   La relación con la Trinidad, cuando es verdadera, devuelve al cristiano
su auténtica imagen de persona. A fuerza de mirarse en la Trinidad, se
comprende cada vez mejor a sí mismo en sus dimensiones más profundas. Puede
comprobar así cómo la medida de su madurez coincide con la de su amor a los
otros y con la generosidad del don que hace de su propia vida.
   Se cumple de este modo el ciclo de toda vida cristiana que consiste en
acoger el amor como don de Dios y entregarlo nuevamente a los demás para que
crezca y se multiplique, siendo así "alabanza de la gloria de su gracia" (Ef 1,3-6).

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf


sábado, 30 de mayo de 2020

Ciclo A - Pentecostés


31 de mayo de 2020 - DOMINGO DE PENTECOSTES – Ciclo A

                   "Se llenaron todos de Espíritu Santo"

   Hechos 2,1-11

   Todos los discípulos estaban juntos el día de Pentecostés. De repente un
ruido del cielo, como un viento recio, resonó en toda la casa donde ese
encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamarada, que se repartían,
posándose encima de cada uno. Se llenaron todos de Espíritu Santo y
empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el
Espíritu le sugería.
   Se encontraban entonces en Jerusalén judíos devotos de todas las naciones
de la tierra. Al oír el ruido, acudieron en masa y quedaron desconcertados,
porque cada uno los oía hablar en su propio idioma. Enormemente sorprendidos
preguntaban:
   -¿No son galileos todos esos que están hablando? Entonces, ¿cómo es que
cada uno los oímos hablar en nuestra lengua nativa?
   Entre nosotros hay partos, medos y elamitas, otros vivimos en Mesopo-
tamia, Judea, Capadocia, en el Ponto y en Asia, en Frigia o en Panfilia, en
Egipto o en la zona de Libia que limita con Cirene; algunos somos forasteros
de Roma, otros judíos o prosélitos; también hay cretenses y árabes; y cada
uno los oímos hablar de las maravillas de Dios en nuestra propia lengua.

   I Corintios 12,3b-7. 12-13

   Hermanos: Nadie puede decir "Jesús es Señor", si no es bajo la acción del
Espíritu Santo.
   Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu; hay diversidad de
servicios, pero un mismo Señor; y hay diversidad de funciones, pero un mismo
Dios que obra todo en todos. En cada uno se manifiesta el Espíritu para el
bien común.
   Porque, lo mismo que el cuerpo es uno y tiene muchos miembros, y todos
los miembros del cuerpo, a pesar de ser muchos, son un solo cuerpo, así es
también Cristo.
   Todos nosotros, judíos y griegos, esclavos y libres, hemos sido bauti-
zados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo. Y todos hemos bebido
de un sólo Espíritu.

   Juan 20,19-23

   Al anochecer de aquel día, el día primero de la semana, estaban los
discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. En
esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
   -Paz a vosotros.
   Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se
llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
   -Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
   Y dicho esto exhaló el aliento sobre ellos y les dijo:
   -Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les
quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

Comentario

   En la solemnidad de Pentecostés las lecturas de la misa están orientadas
a presentarnos la persona y la acción del Espíritu Santo en la Iglesia y en
el mundo.
   Para el evangelista Juan hay un primer Pentecostés el día mismo de la
resurrección de Jesús. Según S. Lucas, Jesús promete el Espíritu Santo la
tarde de la Pascua (24,40), pero sólo cuarenta días más tarde se cumple la
promesa.
   Como en el II domingo de Pascua hemos leído el mismo evangelio que hoy,
centraremos más nuestra atención en el relato del acontecimiento de
Pentecostés que nos ofrece la 1ª. lectura.
   Para los israelitas Pentecostés fue al principio una fiesta agrícola
unida a la recogida de las primeras mieses. Luego se le añadió el significado
de conmemorar la donación de la ley en el Sinaí y recibió el nombre de fiesta
de las semanas después del año 70 de la era cristiana. La coincidencia de la
efusión del Espíritu Santo con esa fiesta subraya la dimensión histórica del
acontecimiento, su inserción en la historia de los hombres.
   La parte de la narración que leemos en la liturgia tiene dos núcleos
fundamentales. Ambos subrayan la acción del Espíritu Santo como en dos
círculos concéntricos. En el primero podemos considerar lo que hace el
Espíritu Santo en el cenáculo, donde están reunidos los discípulos de Jesús;
en el segundo lo que hace fuera, donde está la multitud, representante de
todos los pueblos de la tierra.
   El narrador subraya que en el cenáculo estaban todos los discípulos de
Jesús. Esa unidad material de la presencia parece ya sugerir la otra unidad
más profunda creada por el Espíritu. Este irrumpe de forma incontrolable,
fuerte, improvisa, para significar que se trata de un don que viene de lo
alto y que mantiene su total libertad. Su acción transformadora en el
interior de las personas se manifiesta exteriormente con el signo del fuego
y con la capacidad de comunicar y de alabar a Dios ("empezaron a hablar
lenguas extranjeras").
   Pero también fuera del cenáculo hay una acción del Espíritu Santo. En
contraste con la confusión, fruto del pecado, que se produce en Babel (Gen
11,1-9), el Espíritu Santo escribe ese nuevo código de comunicación que
permite a los hombres entenderse y reconstruir su unidad perdida.
   La explosión del Espíritu, que inaugura la misión de la Iglesia, se
produce cuando ambos círculos se encuentran, cuando los apóstoles abandonan
el cenáculo y hablan de las maravillas de Dios a la multitud. En contraste
con los habitantes de Babel, que pretendían no separarse nunca ("para
hacernos famosos y no tener que dispersarnos por la superficie de la tierra",
Gen 9,4), los apóstoles son enviados a "todas las naciones de la tierra", La
acción del Espíritu consiste en que cada uno los entiende en su propia
lengua. Se construye así la comunidad basada en la comunión, que cuenta con
la diversidad de cada persona y de cada pueblo.

                                Una familia

   Proyectada desde siempre por el amor infinito del Padre, realizada por el
Hijo con su venida entre los hombres, la Sagrada Familia es también desde el
principio la obra del Espíritu Santo.
   El Espíritu Santo es el gran protagonista de los primeros momentos de la
vida de Jesús, tal y como nos los narra sobre todo el evangelista Lucas.
   En el relato de la infancia de Cristo se dice de tres personajes que
estaban llenos del Espíritu Santo: Juan Bautista (Lc 1,15), Isabel, su madre,
(Lc 1,41) y Zacarías, su padre, (Lc 1,67). Otros, como Simeón y Ana son
movidos interiormente por ese mismo Espíritu (Lc 2,26-27). A José se le
anuncia que "la criatura que María lleva en el seno es obra del Espíritu
Santo" (Mt 1,21). Y la acción del Espíritu Santo llega a su ápice en el
momento de la encarnación del Verbo: "El Espíritu Santo bajará sobre ti y la
fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc 1,35)
   Como en Pentecostés, la acción divina se manifiesta con poder, eliminando
los obstáculos y barreras que se oponían a la fecundidad de Isabel (Lc 1,25)
o que causaban el mutismo de Zacarías, pero, sobre todo, haciendo las
"grandes cosas" de que habla María en el Magnificat. Aparece así evidente que
finalmente Dios, en la plenitud de los tiempos, "ha desplegado el gran poder
de su derecha" (Lc 1,51) y que nada es imposible para Él (Lc 1,37). El
Espíritu Santo, tanto como poder que viene de lo alto, como moviendo a las
personas desde su interior, a veces con evidentes manifestaciones carismá-
ticas, es el sujeto principal de todo lo que se realiza en los albores de la
era mesiánica.
   El misterio de Nazaret nos habla de esa acción profunda y duradera del
Espíritu Santo en María y José para construir en la fe y en el amor una
familia entorno a Jesús. Y de Jesús mismo se dice que "fue ungido con la
fuerza del Espíritu Santo" (Hech 10,38).
   Fue el Espíritu Santo quien creo la célula germinal que llamamos Sagrada
Familia en su unidad primordial. Si más tarde ese mismo Espíritu reuniría en
unidad con su poder a la gran dispersión de los hombres para formar la
familia de los hijos de Dios, es porque ya en los comienzos (misterio de la
encarnación) había reunido de una dispersión aún mayor a Dios y al hombre en
la persona de Jesús. En torno a esa unidad primera, para prepararla, para
llevarla a cumplimiento, quiso unir también en familia a María y a José. Como
más tarde sucedería con el grupo de los apóstoles, también de su desinte-
gración, de su envío a los demás, nacería una familia más grande, la de los
creyentes en Jesús.

Te bendecimos, Espíritu Santo,
que el Hijo nos ha mandado desde el seno del Padre.
Tú haces de la Iglesia el cuerpo de Cristo
y el sacramento de salvación para los hombres;
Tú que con tus dones y carismas la haces variada y múltiple,
articulada y compacta,
para que pueda ejercer su misión;
Tú, que trabajas también constantemente fuera de la Iglesia
haciendo madurar los tiempos
y conduciéndolo todo hacia el Reino,
por caminos que nosotros ignoramos.
Te pedimos hoy una nueva efusión de tus dones
y un conocimiento cada vez más claro de quién eres tú
y de tu acción
para poder colaborar mejor contigo.

                                 La unidad

   El Espíritu Santo se nos presenta hoy como el gran artífice y constructor
de la unidad en la Iglesia y fuera de ella.
   El está en todos los comienzos como fuerza que da vida (comienzo de la
creación del mundo y del hombre, comienzo de la Iglesia), asegurando esa
unidad radical sobre la que se asientan todos los valores y desde la que
parte todo crecimiento. Por eso hemos de ver la unidad en nuestra familia,
en nuestra comunidad, en la Iglesia en primer lugar como un don precioso que
nos viene de Dios. Es un don gratuito que compromete nuestra responsabilidad.
La oración de Jesús era: "Yo les he dado a ellos la gloria que tú me diste,
la de ser uno, como lo somos nosotros, yo unido a ellos y tú conmigo para que
queden realizados en la unidad (Jn 17,22-23).
   Hemos de aprender a vivir este don precioso de la unidad en la variedad
de los dones naturales y de la gracia, en la diversidad de los carismas en
la multiplicidad de las situaciones culturales y de los tiempos que nos toca
vivir, si de verdad queremos construir la comunión. Hay una dialéctica
unidad-pluralidad en la que ambos términos se reclaman mutuamente. Tenemos
que aprender no sólo a vivirla con serenidad y equilibrio para pasar del uno
al otro extremo, sino también a buscar apasionadamente la unidad en la
variedad de las manifestaciones del Espíritu. Como cristianos hemos de promo-
ver sinceramente la libertad y belleza de esas formas diversas de encarnar,
de vivir, de servir el evangelio.
   Por eso la unidad está también delante de nosotros como una esperanza y
como una tarea siempre inacabada. Sólo cuando "Dios lo será todo en todos"
tendremos la unidad perfecta. Mientras tanto nuestro esfuerzo por construir
la unidad en todos los ámbitos debe dirigirse en un doble sentido:
reconciliación para reconstruir nuestras fracturas internas (personales y
comunitarias) y, llenos del Espíritu Santo, encuentro con todos en la
pluralidad de sus lenguajes y situaciones para reconstruir el tejido de las
relaciones humanas e iluminar el mundo con la luz del evangelio.

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf

sábado, 23 de mayo de 2020

Ciclo A - Ascensión


24 de mayo de 2020 - SOLEMNIDAD DE LA ASCENSION DEL SEÑOR - Ciclo A
                  
                                          "Id y haced discípulos"

   Hechos 1,1-11

   En mi primer libro, querido Teófilo, escribí de todo lo que Jesús fue
haciendo y enseñando hasta el día en que dio instrucciones a los apóstoles,
que había escogido movido por el Espíritu Santo, y ascendió al cielo. Se les
presentó después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo
y, apareciéndoseles durante cuarenta días, les habló del reino de Dios.
   Una vez que comían juntos les recomendó:
   -No os alejéis de Jerusalén; aguardad que se cumpla la promesa de mi
Padre, de la que os he hablado, Juan bautizó con agua; dentro de pocos
días, vosotros seréis bautizados con Espíritu Santo.
   Ellos lo rodearon preguntándole:
   -Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar la soberanía de Israel?
   Jesús contestó:
   -No os toca a vosotros conocer los tiempos y las fechas que el Padre ha
establecido con su autoridad. Cuando el Espíritu Santo descienda sobre
vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea,
en Samaría y hasta los confines del mundo.
   Dicho esto, lo vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la
vista. Mientras miraban fijos al cielo, viéndolo irse, se les presentaron dos
hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
   -Galileos, ¿que hacéis ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que
os ha dejado para subir al cielo volverá como le habéis visto marcharse.

   Efesios 1,17-23

   Hermanos: Que el Dios del Señor nuestro Jesucristo, el Padre de la
gloria, os dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo. Ilumine los
ojos de vuestro corazón para que comprendáis cuál es la esperanza a la que
os llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos y cuál
la extraordinaria grandeza de su poder para nosotros, los que creemos, según
la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de
entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo
principado, potestad, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre
conocido, no sólo en este mundo, sino en el futuro.
   Y todo lo puso bajo sus pies y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre
todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que lo acaba todo en todos.

   Mateo 28,16-20

   Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había
indicado. Al verlo ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose
a ellos, Jesús les dijo:
   -Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced
discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del
Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he
mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del
mundo.
                        
Comentario
  
   La solemnidad de la Ascensión que celebra el último momento de la vida
terrena de Cristo, es también el acto último de su resurrección. El misterio
de Cristo, como es celebrado en el año litúrgico, tiene su primera
manifestación en la Navidad y Epifanía, su momento central en la Pascua con
el complemento natural de la Ascensión y Pentecostés. La Ascensión marca el
comienzo del camino de la Iglesia en la historia y su llamada a dar
testimonio de Cristo hasta los confines del tiempo y del espacio.

   Los versículos conclusivos del evangelio de Mateo, además de su
significado propio ya denso, se cargan, leídos en la liturgia de esta fiesta,
de un contenido nuevo. En realidad, son la mejor respuesta a la pregunta "¿Qué
hacéis mirando al cielo?" formulada en la 1ª. lectura de la misa.
   La última aparición del resucitado encuentra varias versiones según los
evangelistas. El texto de Mateo presenta dos partes bien diferenciadas: una
narración de los hechos y las palabras de Jesús.
   En la sobria narración cabe destacar el significado del lugar elegido por
Jesús para manifestarse por última vez: un monte de Galilea. En otras partes
de este mismo evangelio hemos visto ya el significado simbólico de la montaña
como lugar de revelación. También la región de Galilea tiene su importancia
en el evangelio de Mateo: es allí donde Jesús empezó su ministerio y es
también el punto de partida de la misión universal de la Iglesia.
   Pero además el Jesús que se presenta a los apóstoles empieza a hablar
recordando la figura docente del sermón de la montaña, tan familiar en el
evangelio de Mateo. Las primeras palabras que Jesús pronuncia, por una parte
hacen eco a un pasaje del libro de Daniel ("Le dieron poder y dominio" 7,14),
referidas al "hijo del hombre", y por otra parecen aludir a las falsas
propuestas del tentador en el desierto (Mt 3,13). Tienen, sin embargo, un
alcance más amplio y universal. La expresión "cielo y tierra" tiene un valor
absoluto que manifiesta a su manera la divinidad de Cristo.
   En el mandato misionero ("Id y haced discípulos... ") cabe destacar la
fórmula trinitaria que pone de relieve el don de la vida nueva recibida por
quien se bautiza y el contenido de la fe de quien se hace discípulo de Jesús.
En esa misma línea cabe señalar la importancia que aquí, como en todo el
evangelio de Mateo, tiene la enseñanza, es decir la transmisión del
contenido de la fe. (El evangelio de Lucas acentúa más bien el valor del
testimonio). Lo que Jesús ha enseñado ha sido fundamentalmente el misterio
de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo y su llamada a entrar en el Reino. Eso
es lo que tendrán que hacer también los apóstoles. El punto de referencia
sigue siendo Él: se trata de hacer discípulos suyos y su presencia misteriosa
acompañará siempre a los enviados.
   Hay, pues, una continuidad real entre la misión de Jesús y la de su
Iglesia.

                          "Yo estoy con vosotros"

   Un comentario al evangelio de Mateo concluye con estas palabras: "En el
conjunto del relato pascual hemos notado muchas correspondencias con el
relato de la infancia de Jesús: los nombres de "José" y de "María", la misión
de un José que por una parte introduce a Jesús en la descendencia de David
y de otro José que lo introduce en el reino de los muertos; la misión del
Ángel del Señor; la importancia de Galilea en detrimento de Jerusalén; la
apertura del evangelio a los paganos (los Magos y todas las naciones); las
reticencias y el rechazo de los jefes de los judíos. Y para ilustrar estos
dos paneles el del comienzo y el del final, el nombre prestigioso de Jesús,
el Emmanuel, Dios con nosotros. Esta sorprendente perspectiva confirma la
unidad de la obra de Mateo e ilumina el contenido de su evangelio".
   Dentro de ese panorama fijémonos con un poco más de atención en la última
frase del evangelio de Mateo: "Yo estoy con vosotros... " Su resonancia
nazarena es evidente Si el mandato misionero de Jesús, nos ha llevado a
pensar en los días de su vida pública, estas últimas palabras nos llevan a
pensar en su vida en Nazaret.
   Los tiempos mesiánicos comienzan cuando las profecías que anuncian la
presencia de Dios mismo en medio de su pueblo, se hacen realidad en Jesús.
"Yo estoy con vosotros, oráculo del Señor" (Ag. 1,13). Mateo al comienzo de
su evangelio ve cumplidas esas profecías con la encarnación de Cristo: "Esto
sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio del
profeta: la virgen concebirá y dará a luz un hijo y le pondrá por nombre Em-
manuel, que significa Dios con nosotros" (Mt 1,23).
   En la encarnación, lo mismo que en el momento de la ascensión, se agudiza
la tensión presencia-ausencia, inmanencia-trascendencia, misterio-historia.
En ambos momentos el paso de una fase de la historia de la salvación a otro
está definido por el modo de presencia de Dios en medio a su pueblo. El
tiempo de la Iglesia se caracteriza por esa presencia escondida de Cristo en
medio de sus discípulos para desarrollar mediante la acción del Espíritu
Santo, toda la virtualidad contenida en el misterio pascual. Si el camino de
la encarnación llevó a Jesús a hacerse compañero de todo hombre compartiendo
con Él su condición humana, comienza ahora un segundo camino de encarnación
en compañía de sus discípulos para acercarse a los hombres de todas las
naciones y hacer que con el bautismo compartan su vida divina.
   El "estar con", que María y José‚ vivieron en primera persona durante los
largos años de Nazaret, es imagen de la respuesta de reciprocidad de todo
apóstol que quiera colaborar en la obra de la evangelización. Esa
reciprocidad fue pedida por el mismo Jesús: "Seguid conmigo, que yo seguiré
con vosotros. Si un sarmiento no sigue en la vid, no puede dar fruto" (Jn
15,4).

Te pedimos, Padre, en nombre de Jesús,
el Espíritu Santo para que ilumine nuestros ojos
y podamos comprender la grandeza de tu poder
manifestado en la resurrección y ascensión de Jesús
y para que podamos llevar la verdad del evangelio
a nuestro ambiente y hasta los confines de la tierra.
Que tu Espíritu guíe siempre a la Iglesia
en el camino de penetración del evangelio
en las diversas culturas,
y en la espera paciente de que el mensaje cristiano
vaya siendo asimilado, madure
y dé frutos de santidad y de justicia

                                  Misión

   La ausencia física del resucitado coloca a los apóstoles ante el vasto
mundo al que llevar el evangelio para hacer discípulos de Jesús. Después de
dos mil años, la Iglesia, echando una mirada sobre la situación actual, está
cobrando una nueva conciencia de su responsabilidad misionera. "Nuestro
tiempo, testigo de una humanidad en movimiento y en búsqueda, exige un
renovado impulso en la actividad misionera de la Iglesia. Los horizontes y
las posibilidades de la misión se están ensanchando y nosotros los cristianos
estamos llamados a desplegar un valor verdaderamente apostólico que tiene
como fundamento la confianza en el Espíritu Santo. Es Él, en efecto, el
protagonista de la misión" (R. M. 30).

   En cualquier situación en que nuestra comunidad cristiana se encuentre
inserta, está llamada a un nuevo impulso evangelizador. Hay situaciones
misioneras de primera línea donde grupos enteros nunca han oído hablar de
Cristo y el evangelio es totalmente desconocido. Hay situaciones en las que
la comunidad cristiana está sólidamente arraigada y produce excelentes frutos
de santidad. Hoy no se puede vivir ninguna situación de forma cerrada. Otros
países, otras culturas, llaman constantemente a una responsabilidad comparti-
da.
   El caso más frecuente es, sin embargo, el de una situación intermedia en
la que los bautizados abandonan el camino de la fe, no se sienten miembros
integrantes de la comunidad cristiana, han oído hablar del evangelio pero lo
han olvidado o no hacen nada para llevarlo a la vida. Los "confines de la
tierra", de los que habla el evangelio de hoy, se encuentran muchas veces en
la puerta de nuestra casa y dentro de ella.
   Debemos tomar conciencia de que la misión a la que somos llamados
comporta en todos los casos una nueva evangelización. Sólo un nuevo anuncio
del evangelio puede despertar una nueva respuesta en el hombre para comenzar,
o cobrar nuevos ánimos en el camino del discipulado que lleva a la plenitud
de vida trinitaria a la que somos llamados.

VOLVER A NAZARET - TEODORO BERZAL hsf