sábado, 8 de agosto de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XIX


9 de agosto de agosto de 2020 - XIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                                   "¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!"

-1Re 19,9. 11-13
-Sal 84
-Rom 9,1-5
-Mt 14,22-33

Mateo 14,22-33

   Después que sació a la gente, Jesús apremió a sus discípulos para que
subieran a la barca y se le adelantaron a la otra orilla mientras Él despedía
a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para
orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy
lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. De
madrugada se les acercó Jesús andando sobre el agua. Los discípulos, viéndole
andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, pensando que era un
fantasma. Jesús les dijo en seguida:
   ¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
   Pedro le contestó:
   -Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti andando sobre el agua.
   Él le dijo:
   -Ven.
   Pedro bajó de la barca y echo a andar sobre el agua acercándose a Jesús;
pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y
gritó:
   -¡Señor, sálvame!
   En seguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
   -¡Qué poca fe! ¿Por qué has dudado?
   En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se
postraron ante Él diciendo:
   -Realmente eres Hijo de Dios.

Comentario

   La primera parte del evangelio de este domingo puede servir de empalme
con el anterior. Jesús despide a la multitud y ordena a sus discípulos que
pasen en barca a la otra orilla del lago. Mientras Él se retira a orar. Se
diría que su oración solitaria prolonga el gesto de elevar los ojos al cielo
y de bendecir a Dios efectuado durante el milagro de la multiplicación
de los panes. Pero puede ser también la preparación para el signo de caminar
sobre las aguas, que vendrá después. Se diría que Jesús encuentra en su
relación con el Padre la lucidez para rechazar la tentación de un mesianismo
triunfante y falso, y para ser fiel y coherente con ella.
   Detengámonos ahora en el episodio central del texto de hoy: Jesús camina
sobre las aguas. El análisis de algunas particularidades en la narración de
Mateo nos permitirá, como otras veces, penetrar en lo esencial del mensaje.
   Mateo sigue de cerca lo que dice el evangelio de Marcos (6,41-52). Pero
éste insiste en el poder de Jesús, que calma la agitación de las olas, y en
la incredulidad de los discípulos ("ellos no habían comprendido el milagro
de la multiplicación de los panes y su corazón permanecía cerrado" 6,52).
Mateo, por su parte, ve más a los discípulos en cuanto grupo. Para él es la
barca la que está agitada por las olas, y no tanto sus ocupantes. Además
parece fijarse más en el miedo de los discípulos que en su cerrazón. Mateo
es el único de los evangelistas que habla del gesto de Pedro, que lleno de
entusiasmo comienza a caminar sobre las olas como su Maestro, aunque luego
su fe vacila. Finalmente, en el evangelio de Mateo, contrariamente a lo que
sucede en el de Marcos, los discípulos proclaman explícitamente su fe en
Jesús como Hijo de Dios.
   Teniendo en cuenta estos datos, la intención de Mateo parece clara. En un
relato que tenía originariamente un marcado carácter cristológico, ha
subrayado también la dimensión eclesial. No se trataba sólo de mostrar la
identidad de Jesús con su poder sobre los elementos naturales, sino también
su capacidad de restablecer la calma, la paz y la serenidad en el grupo de
los que creían en Él.
   Cuando Mateo escribe su evangelio, ha pasado ya el tiempo de las primeras
conversiones y de la rápida propagación del evangelio. Las primeras
dificultades internas y las primeras persecuciones llevan a pensar a la
Iglesia que su camino a través del tiempo no será fácil. Se diría que en el
relato de Mateo se traslucen ya de alguna manera, esas dificultades y que su
mensaje es por tanto un mensaje de esperanza. Aun en medio de las tinieblas
y preocupaciones, el Señor resucitado es el apoyo firme de su Iglesia. La
personalización del drama en el apóstol Pedro subraya la necesidad de una fe
fuerte para continuar el camino con Jesús.

"Cristo según la carne"

   Para meditar la Palabra de Dios desde el punto de vista del misterio de
Nazaret, nos fijaremos hoy sobre todo en la segunda lectura.
   S. Pablo abre su corazón al comienzo del cap. 9 de la carta a los romanos
y revela su drama interior: la mayoría de los miembros del pueblo de Israel
no ha aceptado a Cristo. Para él esto es desconcertante, sobre todo viendo
cómo los paganos se abren a la fe. Los judíos tenían en principio muchas más
oportunidades ya que su historia les había conducido, por así decirlo, al
Mesías.
   Y precisamente en la enumeración de los "privilegios" que tienen los
miembros del pueblo de Israel, S. Pablo menciona uno que se refiere
directamente al misterio de Nazaret: "De ellos proviene Cristo según la
carne" (Rom 9,5).
   Es importante constatar cómo Pablo sitúa a Cristo en la línea de todos
los dones ofrecidos por Dios a Israel a lo largo de su historia. Pero al
mismo tiempo el don de Cristo supera a todos los otros, es la oportunidad
definitiva.
   Pocas son las veces que Pablo se refiere al Cristo de la historia, a la
vida humana de Jesús. En esta ocasión lo hace de forma sintética, pero
expresa bien el aspecto de pertenencia de Cristo al pueblo de Israel y su
inserción en las relaciones de Dios con su pueblo.
   La expresión "según la carne" había sido ya utilizada por Pablo en el
prólogo de la misma carta a los Romanos, cuando dice que Cristo era "de la
descendencia de David según la carne" (1,2).
   Muchas veces hemos meditado el misterio de Nazaret viendo a Jesús, con
María y José, en cuanto miembros de pueblo de Israel, compartiendo sus
costumbres, su mentalidad, su fe y esperanza en las promesas de Dios. Hoy
contemplamos a Cristo como don al pueblo de Israel, el último y más
importante porque los resume todos ya que es la donación de sí mismo a los
hombres. El drama de Israel está no en su larga historia mezclada de
fidelidad e infidelidad, sino en no haber respondido a la hora de la verdad,
en el momento clave en que surgió de sus mismas entrañas el Mesías esperado.
En ese punto clave se sitúa el misterio de Nazaret.
   La fe humilde de María y de José, que al mismo tiempo continúa la de
Israel y sabe dar el primer paso hacia la nueva alianza, aparece así, por
contraste, en todo su esplendor. Es el camino que otros "pobres de Yahvé"
siguieron también y al que estamos llamados nosotros.
   Pero esto en la sencillez y encarnación de cada día. Sin ningún orgullo,
pues la fe es don de Dios y nada sabemos de sus juicios que son
impenetrables. Es la conclusión a la que llegará S. Pablo en su reflexión
sobre el desenlace de la historia de Israel en los capítulos siguientes de
esta misma carta a los Romanos.

Te bendecimos, Padre,
porque no abandonas nunca a los que creen en ti.
En el momento culminante nos enviaste a Jesús, el Señor,
y Él permanece siempre cerca de sus discípulos.
Danos la fuerza del Espíritu Santo
en los momentos de vacilación
en las situaciones de prueba
a las que nuestra debilidad
se ve sometida constantemente.
Queremos compartir de un lado
la seguridad de la salvación
que ofrece la Iglesia
y de otro las angustias y preocupaciones
de todos los hombres.

Nuestra fe

   Nos es familiar la imagen de la barca combatida por las olas y el viento
para representar la Iglesia. Los Padres acudieron frecuentemente a ella. Una
situación extraordinaria de los discípulos de Jesús ha servido para
representar la condición permanente de la Iglesia. Se puede decir que se
cumple así de algún modo la intención del evangelista que con el relato de
hoy pretendía expresar las dificultades en que se mueve siempre quien quiere
seguir a Jesús y anunciar su mensaje.
   En el mismo sentido apunta la experiencia del profeta Elías que hemos
visto en la 1ª. lectura. No es en la violencia de los fenómenos, no es en el
ruido aparatoso donde Dios se manifiesta, sino en la suavidad de la brisa.
   Esos momentos excepcionales de la manifestación del Señor, nos remiten
siempre a la cotidianidad de nuestra experiencia cristiana. En ella tienen
lugar los momentos de duda y de vacilación como también los momentos en los
que parece podemos tocar con la mano la presencia del Señor.
   Debemos saber reducir a la medida de cada una de nuestras jornadas
ordinarias la confiada súplica de Pablo, la confesión humilde de los
discípulos, la actitud contemplativa de Elías, la fe de María y de José que
supieron reconocer al Mesías cuando Dios lo sacaba del pueblo de Israel para
entregarlo al mundo.
   Nuestro drama de la fe se juega en las aguas movedizas de lo cotidiano,
en las mil circunstancias de cada día que ponen a prueba la fe que
confesamos. A veces esperamos una ayuda extraordinaria de parte de Dios,
cuando más arrecia la prueba, y somos incapaces de reconocerlo en los signos
más sencillos en que se esconde. Nos dejamos vencer por el miedo o queremos
que se muestre en alguna forma fuera de lo normal, mientras ignoramos la mano
que nos tiende en las muchas manos que nos ayudan cada día y no sentimos en
la brisa que nos roza la revelación misteriosa de su presencia.

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sábado, 1 de agosto de 2020

Ciclo A - TO - Domingo XVIII


2 de agosto de 2020 - XVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO - Ciclo A                   
                                    
                       "Partió los panes y se los dio a los discípulos"

-Is 55,1-3
-Sal 144
-Rom 8,35. 37-39
-Mt 14,13-21

   Mateo 14,13-21

   Al enterarse Jesús de la muerte de Juan el Bautista, se marcha de allí en
barca a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por
tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús al gentío, le dio lástima
y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a
decirle:
   -Estamos en despoblado y es muy tarde; despide a la multitud para que
vayan a las aldeas y se compren de comer.
   Jesús les replicó:
   -No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.
   Ellos le replicaron:
   -Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.
   Les dijo:
   -Traédmelos.
   Mandó a la gente que se recostara en la hierba, y, tomando los cinco
panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición,
partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron
a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos
llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y
niños.

Comentario

   Al discurso de las parábolas sigue en el evangelio de Mateo una sección
narrativa de la que forma parte el milagro de la multiplicación de los panes
que leemos en este domingo. El hecho es narrado por todos los evangelistas
y, si nos atenemos a la opinión de la mayoría de los comentaristas actuales,
Mateo, siguiendo a Marcos, narra dos veces el mismo acontecimiento. En todos
los relatos evangélicos el sentido global del milagro es el mismo, pero cada
uno de ellos presenta algunas particularidades que nos ayudan a penetrar con
mayor profundidad en el mensaje de la Palabra de Dios.
   Mateo sigue, en general, la narración del episodio hecha por Marcos. Nos
fijaremos, pues, más bien en las particularidades que ofrece.
   Mateo ofrece una explicación al hecho de que Jesús estuviera en lugares
poco frecuentados o desérticos: la reciente muerte violenta del Bautista,
cuyas consecuencias podían ser negativas también para Él. Aun así, "la
multitud lo seguía", anota sólo Mateo. Aparece así más destacada la figura
de Jesús como guía del pueblo que, a través del desierto, lo lleva al
banquete de la nueva alianza. Ser Él, en efecto quien dará el verdadero
maná. Aquí puede oírse la resonancia de la 1ª. lectura.
   Tenemos tres detalles en la narración de Mateo que acentúan la dimensión
eucarística del milagro. El primero se refiere al momento en que se produce:
"al caer de la tarde". Es la misma expresión empleada por el evangelista en
la última cena de Jesús con sus discípulos (Cfr. 26,20). Por otro lado,
cuando los discípulos ponen a disposición del maestro lo poco que tienen para
tantos, el evangelista concreta exactamente que se trata de cinco panes y dos
peces. Pero cuando se trata de distribuirlos a la gente, en Mateo sólo se
habla de los panes. ¿Omisión involuntaria o subrayado del elemento empleado
también en la eucaristía? Pero evidentemente es sobre todo la coincidencia
de los gestos de Jesús (bendecir, romper y distribuir) lo que más hace
entrever la dimensión eucarística. Los otros detalles ayudan también.
   Cabe igualmente destacar cómo es distinta la actitud de Mateo y la de
Marcos cuando se trata de describir el papel de los discípulos de Jesús en
el acontecimiento. Marcos subraya la incomprensión y desconfianza (Mc 6,37),
mientras que en Mateo se cuenta con ellos para la realización del gesto
milagroso. Quizá se dé a entender así a qué funciones eclesiales estaban
llamados...
   En la lectura litúrgica del milagro los otros dos textos de la misa
amplían el sentido de don gratuito que tiene la multiplicación del pan y la
abundancia de los bienes de la salvación (1ª. lectura); como también la
liberalidad y consistencia del amor de Dios manifestado en Cristo, al que
ninguna otra potencia ni dificultad puede vencer (2ª. lectura).
   La insistencia en la perennidad de la alianza ofrecida por Dios habla ya
bien claramente de ese amor inquebrantable que Dios tiene al hombre y que se
ha manifestado en Jesús.

                                  Nazaret

   El misterio de Nazaret consiste esencialmente en la presencia humana del
Hijo de Dios durante años en el seno de una familia. Su presencia viva,
tangible, cotidiana es el centro de la experiencia humana y espiritual de
María y de José, quienes constituyen en torno a Él una comunidad de fe. Esta
comunidad que vive a diario la presencia de Jesús y lo tiene como punto de
referencia de su ser y de su actuar es ya esa comunidad mesiánica de gente
humilde que lo seguirá y creerá en Él durante su vida pública y por lo tanto
la imagen más cercana a esa otra comunidad que llamamos Iglesia.
   La comunidad de Nazaret, que vive de forma inmediata la presencia de
Jesús, nos ayuda a entender la comunidad en la que el evangelio se hace
palabra escrita, mensaje de salvación para todas las generaciones. Hay un
rasgo que une, como un hilo de oro, la comunidad cristiana a la que se dirige
Mateo en su evangelio y la familia de Nazaret: es la estima por la presencia
del Señor. El evangelio de Mateo se cierra con estas palabras: "Mirad que yo
estoy con vosotros cada día, hasta el fin del mundo"(28,28). Ese "cada día"
realizado en el signo sacramental y en los otros signos de la presencia de
Cristo resucitado, esta muy cercano a la cotidianidad de la experiencia de
Nazaret.
   Y es esa experiencia de la presencia del Señor la que, creemos nosotros,
lleva a la comunidad de Mateo a ver en la narración del milagro de la
multiplicación de los panes un anuncio más o menos explícito de esa otra
multiplicación que se produce en la "fracción del pan", en la eucaristía. De
esa forma la narración del milagro no es la simple crónica de un hecho más
o menos maravilloso en la vida de Jesús, sino que se carga de un significado
nuevo y vivo para la Iglesia de todos los tiempos y para cualquier comunidad
cristiana.
   La meditación de la experiencia de Nazaret nos permite así entrar en el
corazón mismo del misterio cristiano subrayando un rasgo que es esencial para
la Iglesia y para toda comunidad cristiana. El Vaticano II, hablando de los
religiosos, se expresa así: "La comunidad, como verdadera familia, reunida
en nombre del Señor, goza de su divina presencia (Mt 18,20) por la caridad
que el Espíritu Santo difunde en los corazones (Rom 5,5)". P.C. 15.
   Y en un texto de alcance más universal: "Este pueblo mesiánico tiene por
cabeza a Cristo "que fue entregado por nuestros pecados" y resucitó por
nuestra salvación" (Rom 4,25), y habiendo conseguido un nombre que está sobre
todo nombre, reina ahora gloriosamente en los cielos. Tiene por condición la
dignidad y libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el
Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como
el mismo Cristo nos amó (Cfr. Jn 13,34). Tiene por último como fin la dilata-
ción del Reino de Dios... "(L.G. 9).

Señor Jesús, que dándote totalmente a nosotros
nos has mostrado de forma patente el amor de Dios,
queremos cantar la victoria de ese amor
eterno, pleno, transfigurado,
a pesar de las dificultades y limitaciones,
en medio de las cuales estamos viviendo.
Confiamos en la fuerza del Espíritu Santo
que continúa construyendo la Iglesia entorno a ti
y nos da la certeza de que el amor del Padre
dura siempre.
Queremos renovar constantemente
la experiencia de comunión
con Dios y con los hombres
que tú nos propones cada día en la eucaristía.

                                 Comunión

   Si meditamos con atención el evangelio de este domingo, vemos que a
través de él se desarrollan dos secuencias lógicas que se oponen radicalmente
y entre las que se mueve también muchas veces nuestra vida.
   Una es la interpretación de los hechos que dan los discípulos de Jesús y
la solución que proponen: hay mucha gente, el lugar es desértico, se hace
tarde... luego lo mejor es la dispersión de la multitud y que cada uno trate
de solucionar el problema de la subsistencia como pueda...
   Totalmente distinto es lo que propone Jesús: reunir la gente, decirle que
se siente y darle de comer...
   La solución imaginada por los discípulos es realista y de una
racionalidad impecable, pero tiende hacia la disgregación, hacia la
insolidaridad, lleva a que cada uno se refugie en su esfera privada... Lo que
Jesús propone, por el contrario, promueve de inmediato la participación y la
comunión.
   La exégesis racionalista ha querido a veces explicar todo el contenido de
este pasaje del evangelio a base de ese mecanismo de tipo social. El milagro
consistiría únicamente en repartir bien lo que el grupo tiene porque ha
sabido encontrar a alguien que sabe estimular el dinamismo de la solidaridad.
Pero el dato evangélico desautoriza esas interpretaciones: "Solo tenemos
cinco panes y dos peces... Comieron unos cinco mil hombres...".
   Jesús no es sólo, como José en Egipto, un buen administrador de lo que la
naturaleza produce. Su acción encierra un misterio que va más allá del saber
distribuir bien o de saber organizar a la gente. Pero no por eso es menos
cierto que el milagro viene a confirmar y, por así decirlo, a ratificar el
movimiento de comunión que las palabras y los gestos de Jesús habían
suscitado. Se constituye así el grupo inmenso de "los que habían comido".
   El evangelio de Juan (cap. 6) explica, sin embargo, la fragilidad de ese
grupo que se consideró ya saciado por haber comido el pan material una sola
vez y no supo buscar el otro tipo de alimento que Jesús ofrecía también.

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sábado, 25 de julio de 2020

Ciclo A -TO - Domingo XVII


26 de julio de 2020 - XVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO – Ciclo A

                          "El Reino de los cielos es semejante a..."

-1Re 3,5. 7-12
-Sal 118
-Rom 8,28-30
-Mt 13,44-52

   Mateo 13,44-52

   Dijo Jesús a la gente:
   -El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en el campo: el
que lo encuentra, lo vuelve a esconder, y, lleno de alegría, va, vende todo
lo que tiene y compra el campo. El Reino de los cielos se parece también a
un comerciante en perlas finas, que, al encontrar una de gran valor, se va
a vender todo lo que tiene y la compra. El Reino de los cielos se parece tam-
bién a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces; cuando está 
llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y
los malos los tiran.
   Lo mismo sucederá al final del tiempo: saldrán los ángeles, separarán a
los malos de los buenos y los echarán al horno encendido. Allí será el llanto
y el rechinar de dientes: ¿Entendéis bien todo esto?
   Ellos contestaron:
   -Sí.
   Él les dijo:
   -Ya veis, un letrado que entiende del Reino de los cielos es como un
padre de familia que va sacando del arca lo nuevo y lo antiguo.

Comentario

   Como introducción al mensaje evangélico, la liturgia nos presenta la
sabiduría de Salomón. Su capacidad de discernir el verdadero valor, que para
él consistía en saber gobernar a su pueblo, es ampliamente elogiado por el
autor sagrado. Dejando de lado riquezas y honores, sabe pedir en su oración
lo que realmente le conviene y su oración es escuchada. El mismo libro de los
Reyes muestra posteriormente cómo le fueron concedidas también la riqueza y
los honores, a pesar de su infidelidad. Lo que importa es tener un corazón
sabio e inteligente, como Salomón desea. En eso está verdaderamente el mejor
tesoro.
   El capítulo de las parábolas del Reino se cierra en el evangelio de Mateo
con tres comparaciones brevísimas que leemos en este domingo.
   Las dos primeras, la del tesoro y la del mercader de perlas, son casi
paralelas. En ambas se subraya la capacidad del protagonista para descubrir
un bien que está por encima de los demás y su prontitud para dejar todo y
obtener lo que más estima. Queda así claro cuál es la actitud que el
discípulo de Jesús debe adoptar frente al anuncio del Reino. Ante el gran
tesoro del Reino que Dios ofrece gratuitamente en Jesús, no queda más remedio
que acogerlo y valorarlo por encima de todas las demás cosas.
   Cada una de estas dos parábolas, a pesar de su significado fun-
damentalmente idéntico, acentúa un aspecto que conviene destacar. En la del
tesoro encontrado en el campo, se subraya la alegría del afortunado. La
alegría es uno de los signos más claros de todo discernimiento bien hecho,
de quien ha sabido elegir bien. En la segunda parábola se destaca la
sagacidad del comerciante capaz de distinguir, entre muchas perlas, la que
vale más que entre todas las demás. Sólo una larga experiencia en el oficio
permite llegar a un juicio tan certero.
   La parábola de la red parece tener el mismo sentido que la de la cizaña,
ya comentada el domingo pasado. Aquí, sin embargo los elementos de la
comparación quedan reducidos a lo esencial: la distinción entre peces buenos
y malos, y la distinción entre los dos tiempos, el de la pesca en el presente
y el de la selección, que se hará en el futuro. Esa esencialidad contribuye
a destacar la distinción entre unos y otros: no caben situaciones
intermedias.
   La conclusión del discurso de las parábolas es también altamente
significativa. A lo largo de la exposición de estas narraciones, el
evangelista ha ido intercalando varios pasajes en los que da las razones de
este modo de presentar el mensaje que Jesús practicaba, como también la
explicación de algunas de las parábolas. En la conclusión se insiste sobre
la necesidad del "comprender". Es necesario comprender no sólo ese modo de
transmitir el mensaje, sino el contenido del mismo. Jesús lo subraya con el
ejemplo del escriba capaz de integrar lo nuevo y lo antiguo. Parece ser el
ideal de quien, habiendo dado cabida a la novedad del Reino, es capaz de
conservar los valores de la antigua alianza. Ese es también un tipo de
sabiduría nada despreciable.

                           "Lo esconde de nuevo"

   No es buen método de interpretación el buscar un significado a cada uno
de los detalles de las parábolas. Estas tienen un sentido unitario que se
capta en la fuerza del témino de comparación: la figura, la imagen, el
comportamiento recogido en la experiencia de la vida corriente que revela la
verdad de orden espiritual.
   Si se destaca un detalle, hay que saberlo integrar en el sentido global
de la parábola mostrando cómo ilumina su contenido desde un ángulo
particular. Es lo que pretendemos hacer leyendo la experiencia de Nazaret a
la luz de ese detalle destacado en el título, que forma parte de la parábola
del campo en la que se encuentra el tesoro.
   El texto dice que el hombre que encuentra el tesoro "lo esconde de
nuevo". Se distinguen así tres momentos en el tiempo de la narración de la
parábola: el descubrimiento del tesoro, el momento más o menos largo en que
el tesoro ya descubierto permanece nuevamente escondido bajo tierra y la
plena posesión del mismo. Sólo en este último momento el tesoro puede ser
mostrado sin temor puesto que el campo pertenece ya plenamente a quien
descubrió su riqueza.
   Si vemos en el tesoro, como nos enseña el evangelio, no tal o cual valor
de la vida ni tampoco el Reino de Dios como un dominio abstracto de Dios
sobre el mundo, sino que lo identificamos con Jesús mismo, entonces podemos
decir que el segundo momento del que hablábamos, en que el tesoro es ya
conocido pero ha sido escondido de nuevo, coincide con el tiempo de Nazaret.
   Después de la revelación inicial a María y a José, y a algunos otros "que
esperaban la redención de Israel", por mucho tiempo aún el tesoro estuvo
escondido. El misterio de Cristo, "que no había sido comunicado a los hombres
en los tiempos antiguos" (Ef 3,3), permaneció también oculto durante un largo
período después de haber sido inicialmente revelado.
   Los primeros que lo descubrieron, vivieron esa "alegría" desbordante y
esperanzada de quien sabe que un día el tesoro les pertenecerá 
definitivamente porque están dispuestos a dejarlo todo por él. Además saben
que será puesto a disposición de todos para que todos los que quieran, puedan
beneficiarse de él. Es lo que María canta en el Magníficat: "Su misericordia
llega a sus fieles de generación en generación".
   Esa alegría del hombre de la parábola que sabe que el tesoro está allí y
que puede ser de él para siempre, esa alegría no exenta de preocupaciones,
pero que pone alas a la esperanza y lleva a dejarlo todo, sin mirar cuánto
vale, porque sabe que lo que esconde la tierra vale más, es la misma que se
vivió en Nazaret durante mucho tiempo.

Te bendecimos, Padre, porque en Cristo
nos has dado el conocimiento y la verdad.
Él es el tesoro por el que vale la pena dejarlo todo.
Te pedimos la gracia del Espíritu Santo,
que abra nuestro corazón a la verdadera sabiduría,
para saber encontrar el tesoro de nuestra vida
y esconderlo de nuevo
hasta que sepamos darlo todo
para poseerlo definitivamente.
  
                              Discernimiento

   La atención sobre uno mismo y sobre la situación que le rodea para captar
lo que verdaderamente vale, "lo bueno, lo perfecto, lo que agrada a Dios"
(Roma 12,2), es una de las dimensiones fundamentales del vivir cristiano. A
ella parece invitarnos de forma insistente el mensaje de la Palabra de Dios.
   Existe un primer y fundamental discernimiento que consiste en descubrir
en Jesús la llegada del Reino de Dios, como algo absoluto y superior a todo
lo demás. Pero a ese descubrimiento inicial debe seguir una actitud concreta
de discernimiento en la vida de cada día para ir viendo en cada caso lo que
es conforme con ese valor primero. En esa confrontación es donde se juega la
bondad o maldad de cada "pez" que es pescado en nuestra vida. De manera que
el discernimiento final, el que se hace en un futuro que está más allá del
tiempo, no hará más que manifestar de forma definitiva lo que han sido
nuestras opciones presentes.
   El cap. 8º de la carta a los Romanos, que venimos leyendo todos estos
domingos, constituye en el fondo una gran llamada a someter toda nuestra
existencia al influjo del Espíritu Santo, el cual nos llevará a identificar
nuestra vida con Cristo. "Él es para nosotros sabiduría, justicia y
redención" (1Co 1,30) tal es el designio que el Padre ha "pensado" desde
siempre para todos los hombres: "Que lleguemos a ser, según la imagen de su
Hijo" (Roma 8,29).
   Este don y esta promesa deben espolear cada día nuestra atención para
buscar con verdadero empeño dónde esta la verdad. Es más, la alegría de haber
descubierto el verdadero tesoro, pone en la balanza que tenemos en nuestras
manos el contrapeso que nos indica constantemente el valor que tienen las
demás cosas. No podemos perder de vista esa perspectiva si queremos juzgar
las situaciones y los acontecimientos con sabiduría y en conformidad con lo
que un día se descubrirá.
   Vivir en esa actitud de atención y de fidelidad constante es una gracia
grande que el Señor no niega a quienes quieren ser suyos y seguirlo.

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